POEMAS LEJANOS

 

El temor al sentimiento que emana de la poesía me ha hecho ser esquivo con el verso. Esa falta de práctica y labor me expone al bochorno, pero me rige la voluntad de empezar el año exaltando el sentimiento más hermoso, el del amor. Así que, quizás con poco acierto pero  con el buen deseo de ofrecer lo mejor que uno puede dar de sí en estas labores, lanzo a modo de felicitación de Año Nuevo estos versos.

 IMG_2857

Mujer diamantina

Tú, tan dura y tan frágil como el diamante,

rayas mi corazón con la dureza de tu silencio distante

 y te rompes con una caricia, con una mirada,

con una palabra de amor

 

Metamorfosis

 

Se refugia en la seda de mis brazos

como en su ovillo la crisálida,

antiguas soledades le dan alas

 y echa a volar sigilosamente,

metamorfoseada…, lejana

 IMG_2766

Gata en el tejado

 

Toco su espalada rosada de gata meliflua,

y ronronea plácida,

se inserta entre mis piernas,

jadea…

y se vence y se desfleca

toda

 

Ahora

 

Hoy,

después de tanto,

he vuelto a tocar su cuerpo

y ha surgido un murmullo de olas

Ella,

que lo fue todo,

que fue mi cárcel y mi biblia,

ahora me ama con fuego y con lluvia

Del amor y otros fenómenos (VII)

Para el mantenimiento del amor valen aquellas dos condiciones que puse en la primera entrada de esta secuencia sobre el amor: no considerar al otro como una posesión, y no entregarse nunca del todo. Esto es, no propiciar que el otro sienta que posee un objeto ni pretender tú mismo poseerlo. O dicho con otras palabras: que cada miembro de la pareja mantenga en candelero la llama de su individualidad. Pero ahora, aparentemente, me voy a contradecir (al fin y al cabo el amor es un cúmulo de contradicciones): todo amor, para perdurar y consolidarse ha de contemplar esas dos llamas confundidas en una sola, ha de conseguirse una simbiosis de gustos, deseos, sentimientos e intereses en la pareja. Cada cual debe ver su llama y la de su amada distintas pero brillando al unísono y con intensidad parecida. Para este propósito se deben de derrumbar muros, difuminar sombras, limar asperezas, tender puentes, trazar caminos comunes, ingeniar una ética del comportamiento en pareja, hablar a corazón abierto sofocando las emociones malignas, llegar a acuerdos, conciliar deseos, derrumbar desconfianzas, lograr que el deber en la pareja resulte delicia, mirar mutuamente por el otro, conseguir que la palabra sea sanadora, hacer que en presencia del otro el corazón se engalane.

Pero vayamos al grano de los peligros que proclamé en el post antecedente a éste. Si el amor en sus inicios es idealismo, visión ideal de perfección y virtudes, mantenerlo vivo cuando se desciende a la áspera realidad de la convivencia bajo la amenaza de la rutina, es tarea ardua. Exige que el tal descenso hasta esa realidad se haga paso a paso, con toda la atención puesta en ello, evitando los caminos empinados y los atajos abruptos. Exige que los dos miembros de la pareja se sujeten el uno en el otro, cuidadosamente pero con todas las fuerzas de que sean capaces. Exige que en las caídas y en los resbalones los dos se levanten prontamente y aprendan artimañas para no volver a caer. Y exige quitarse con cuidado la venda que cubría sus ojos, y aprender a descubrir el verdadero aspecto de la realidad en la convivencia: percatarse de que el colorido del amor, por fuerza, es menos brillante y hermoso que el que lucía en la imaginación. (Hay un tipo de individuos que se niega a admitir esto y cuando se consume el amor ideal con su provisional pareja, cambian de inmediato a otra para seguir en la idealización y no descender de ella).

Otro gran peligro: la acumulación de pensamientos negativos hacia el otro miembro de la pareja, lo cual conlleva, paralelamente, la acumulación de rencores que salen a relucir en caso del más mínimo conflicto, y que hacen imposible el bienestar. Para evitar que esos rencores se añejen en exceso y taladren la convivencia con su afilada barrena, es conveniente la comunicación entre los enamorados, en frío, cuando el rencor o el mal pensamiento está dormido, y conviene entonces analizarlos y relativizarlos, y ponerse para ello en la piel del otro, y en la piel de sus deseos y sus sentimientos en el momento que tuvo lugar el acto o el comportamiento que generó aquel mal pensamiento y aquel rencor; y, de esa manera, limarlo o liquidarlo con la comprensión mutua.

Otro tanto cabe decir de la desconfianza. Desconfianza generalmente de aquel que, aunque enamorado, por timidez o por acomplejamiento, le resulta imposible confiar plenamente en su pareja, pues no cree poseer garantías suficientes. La desconfianza levanta muros entre los enamorados que resultan muy difíciles de derrumbar,  al contrario, con el tiempo van fortaleciéndose, creciendo y ensanchándose. Solo cuando uno de los dos, en un acto de generosidad, confía en el otro ciegamente, este otro encuentra garantías y razones para derrumbar su propio muro, para aprender a confiar. La confianza del uno induce al otro a confiar.

Porque la desconfianza suele producir, seguidamente, falta de entrega de afectividad (resulta casi imposible dar afecto sin confiar), falta de apetito sexual, rigidez en la actitud hacia el otro, rigidez en la convivencia, rutina…, todo ello como mecanismo de protección contra la desconfianza que el otro le produce. El lugar en donde se inician casi todos los procesos que conducen a la ruptura del amor en la pareja se llama desconfianza.

Así que, mediante la adecuada comunicación de pareja,  se debe poner todo el empeño posible en evitar que los conflictos mínimos queden sin resolver, pues, si no, el tiempo los agranda hasta que estallan. Y se debe de ser valiente para confiar, porque la desconfianza es producto del miedo, que es irracional, mientras que la mera precaución ―prever los eventos―es producto de la mente consciente. El pozo de los rencores y el pozo de la desconfianza tienen que vaciarse prontamente.

Y otra cuestión esencial que debe ser tomada en cuanta, es la de tener ánimo democrático en la relación, y ánimo de  igualdad de deberes y derechos y libertades para ambos miembros de la pareja. El amor requiere igualdad y correspondencia. Una relación solo será duradera cuando hay compensación mutua entre los dones que ofrece el uno y los que ofrece el otro,  cuando hay reciprocidad.  No valen la soberbia ni el sentimiento de superioridad ni el faltar el respeto a las singularidades del otro, sino la condescendencia, el ceder o claudicar a veces para hacer valer el propio criterio otras, el mirar por el bien del otro (porque su bien representa de forma indirecta tu propio bien), el tener siempre en el punto de mira la búsqueda de consenso…

Es decir, imponerse el amor como disciplina. Al fin y al cabo, el amor es una de las cosas más importantes de la vida, y sólo quien no ama no se empeña. Y no temer a las disputas, pues bien se dice que “los amores reñidos son los más queridos”.

No me inmiscuyo en lo relativo a los caracteres semejantes o complementarios para que todo resulte más sencillo en una pareja. Si los tienen semejantes y se parecen en el deseo de imponer sus propios criterios o se parecen en el carácter desconfiado, el fracaso se asegura.

Queriendo terminar más poéticamente, si plantamos una flor en el jardín, ¿dejaremos que se críe por ella sola?, ¿no quitaremos las malas hierbas que le crezcan alrededor, no la echaremos nutrientes, no procuraremos que le dé en justa medida el sol, no la protegeremos contra las heladas? A la flor, para que alcance su justo y bello desarrollo, la debemos de cuidar, de adorar, de estar atentos a su desarrollo, en fin, debemos de elaborar un proyecto para que luzca su plena hermosura. ¿Veis alguna diferencia del cuidado del la flor con el cuidado del amor? ¿No se dice cultivar el amor”? Un dicho árabe lo asevera: el amor se debe cultivar con el mismo mimo con que cuida las flores el jardinero del paraíso.

Así pues, el amor, para su cultivo, requiere de un mimo especial, de un volcar nuestra voluntad para que crezca enhiesto y hermoso. Requiere de un cuidado tan especial como el que ofrecemos a la flor más hermosa del jardín, requiere adquirir todos los conocimientos posibles para su cultivo primoroso, requiere hacerse experto, cambiar de hábitos abonar en los momentos precisos, requiere adquirir nuevas habilidades, saber muy bien el camino a seguir. Requiere, por todo lo dicho, imponérnoslo con la fuerza de una obligación. Requiere que amar e convierta en un deber sagrado.

Vuelvo también a Kayyam, qué sabias y hermosas palabras ¡y qué ardua labor!:

 

Antes que aprendas a acariciar

un rostro suave como de rosa

¡Cuántas espinas deberás arrancar

de tu propia carne!

 

Del amor y otros fenómenos (VI)

Logística del amor con la intención de que sea perdurable (II)

Considerando que evaluamos con las razones del intelecto y con las razones que presentan los sentimientos, en la evaluación que preconicé en el post precedente pueden presentarse los siguientes casos:

Caso A: Unas y otras razones o conveniencias son adversas. Ni los sentimientos hacia la otra persona de la pareja ni los juicios que emitamos acerca de ella ni ningún recuerdo feliz ni ninguna esperanza presentan un dictamen favorable. En tal caso la mejor opción posible es romper la relación (y este consejo se sale de la intención del escrito que no es otra que analizar el comportamiento humano. Es un consejo gratuito). Algunos, ingenuamente, y solo guiados por el temor a la soledad o a perder prerrogativas separándose, creen factible un futuro mejor para la pareja; un futuro a imagen del propio deseo o del propio temor. Es una ilusión que puede resultar muy dolorosa, ya que sus probabilidades de éxito son escasísimas, pues falta la llama del amor o al menos un rescoldo de ella. Las pavesas no sirven.

(Un blog muy refrescante, ameno y candoroso de una psicóloga da unas recomendaciones muy adecuadas para aventar esas pavesas: http://porquenohaypsicologosencorea.wordpress.com/2014/01/   )

Caso B: unas razones y otras discrepan. Problema arduo se presenta. Los sentimientos hacia el otro muestran conveniencia mientras que las razones que dicta la conciencia enseñan inconveniencia de seguir la relación. Unos promueven el amor, los otros el rechazo. Lo que es imprescindible es un elemento motivador al que agarrarse, un rescoldo aunque dé poco calor. Puede ser el recuerdo de momentos dichosos o de bondades que el tiempo ha ido difuminando, o una virtud o una cualidad del otro que aún hace sentir hacia él bienquerencia, que aún se ama. Rehacer a partir de ese rescoldo la llama del amor o al menos del bienaventurado afecto compartido, significa encaminarse por un largo y pedregoso camino. Esto hay que tenerlo en cuenta en el momento de decidirse.

Si es la sentimentalidad quien alega el dictamen del “no”, la separación no conllevaría pérdida afectiva, pero puede que lo que se pierda sea seguridad, nombre, posición, amparo, riqueza, afecto filial… Si, por el contrario,  quien niega o alega inconveniencia  es la razón intelectiva, mientras que los sentimientos son favorables a seguir la relación, separarse puede resultar muy doloroso.

Como se puede ver aquí también, al tomar la decisión de separarse o de intentar recomponer la convivencia y el amor, el deseo y el temor juegan un importante papel. El deseo de libertad, de cambio de pareja, de empezar otra vida… y el temor a perder la seguridad que la pareja ofrecía, de perder afecto y otros dones que se poseían. Siempre es recomendable ―y vuelvo a hacer notar que esto es una recomendación gratuita y nunca un consultorio sentimental―ser valiente. El valor, si no es temerario, siempre es recomendable en cualquier situación.

Caso C: los dictados de la razón y los dictados sentimentales son conformes y favorables. Uno tiene el convencimiento de que las desavenencias son pasajeras y la llama del amor aún ilumina lo suficiente. En este caso y en el anterior ―siempre que la decisión tomada haya sido la de remendar o reconstruir la convivencia amorosa― conviene empezar a obrar en el edificio del amor.

Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: dado que las creencias morales acerca de las relaciones de pareja, así como las creencias sobre posibilidades de futuro que dicha pareja tenga, son quienes modelan el perfil sentimental del individuo hacia la relación, y dado, consecuentemente, que si se intenta reconstruir el amor habrá que reconstruir sentimientos, se hace necesario el intentar que las creencias de la pareja cambien. Y deben cambiar en cuanto a lo correcto e incorrecto aplicado al comportamiento amoroso, en cuanto a las relaciones sociales, en cuanto a las labores a desarrollar por cada cual, en cuanto a resolver los problemas etc. y ese cambio debe ir en la dirección de confluir pareceres y de lograr consensos. Nada más útil para ello que utilizar la siguiente argucia que resulta ser un potente algoritmo: ponerse en la piel del otro para examinar los problemas en común.

Así pues, en esa Odisea hacia Ítaca habrá que luchar contra los vientos desfavorables, contra los cantos de sirena que enloquecen a los hombres, contra las ilusiones malignas de Circe la hechicera por convertir a la pareja en animales, contra el cíclope Polifemo,  el ojo social reprobador, y contra los sediciosos e insidiosos pretendientes de Penélope, que incitarán su deseo.

Se poseen para ello los instrumentos de la inteligencia, del valor y de la palabra. El impulso de la llama de amor que aún reluce y se quiere reavivar. Se utiliza la eficaz argucia de ponerse en la piel del otro, de ver las cosas desde su punto de vista. El proyecto es el de consensuar democráticamente  un nuevo modelo de convivencia amorosa. Se posee también la finalidad, la de reconstruir el amor mediante ese modelo dicho. Que la navegación sea venturosa.

¿Cuáles son los peligros principales con que se han de enfrentar esos navegantes?

  • En los comienzos de la relación, un descenso abrupto desde la elevada posición del amor ideal al suelo áspero y duro de la realidad cotidiana.
  • Las desconfianzas, que levantan muros separadores.
  • Los pensamientos negativos sobre los comportamientos del otro, que de no ser comunicados y examinados se hacen venenosos y exhalan su pestilencia en la relación.
  • La falta de comunicación de las alegrías y los pesares.
  • La negación a destilar los conflictos con palabras para evitar que se vuelvan añejos y se conviertan en rencor.
  • El considerarse superior al otro miembro de la pareja.
  • Los problemas sexuales.
  • La falta de afectividad.
  • La rigidez mental.
  • La falta de voluntad de obrar en el edificio…

Y ahora me doy cuenta que esto se ha alargado demasiado considerando que nunca había escrito una sola palabra sobre el amor, así que seguiré otro día.