Las fábulas clásicas y la política

gallina huevosoro

 

La gallina de los huevos de oro. Esopo. Samaniego. La Fontaine

Cuentan que un hombre tenía una gallina que ponía huevos de oro, pero el brillo de la riqueza le acrecentó su ambición hasta el extremo de imaginar que se haría rico matándola y extrayendo la gran cantidad de huevos que debía albergar en sus entrañas. Así lo hizo y perdió la riqueza que obtenía con cada huevo.

Como muy pocas fábulas logran, ésta muestra lo inquietante de la falta de cordura humana; muestra lo ilusorio de nuestras ideas; muestra lo trágico y descerebrado de nuestro proceder.

Conozco profesores universitarios, investigadores científicos con capacidad demostrada, conozco individuos que en sus labores emplean razonamientos apabullantes, conozco sujetos con una inteligencia fría como el hielo…, y, sin embargo, resulta fácil encontrar entre ellos a muchos ciegos de ambición y deseo que pretenden matar a la gallina de los huevos de oro. Incluso me atrevería a decir que son mayoritarios los que albergan dicho propósito.

En un blog de contrastada calidad intelectiva y literaria, no hace mucho apareció una propuesta que fue de forma entusiasta aceptada y alabada por los diversos comentaristas: “Si se repartieran las riquezas del país entre todos los españoles, todos seríamos ricos y dichosos”. Otro de los contertulios, no contento, propuso repartir la riqueza de Amancio Ortega (el dueño de Inditex, uno de los dos o tres hombres más ricos del mundo) entre los empleados.

Y lo dicho provenía de gente con capacidad intelectual demostrada ―aunque con experiencia escasa―pero, claramente, con una absoluta falta de previsión lógica para el futuro. Ignoran lo que es factible y colocan en su lugar lo deseable. Con desearlo ya vale, se cumplirá, piensan. De nada les sirve saber que las experiencias cooperativistas han fracasado en España una tras otra; de nada les sirve saber que en todo lugar en donde se implantó el igualitarismo o se estuvo en ciernes de ello, la cosa concluyó en desastre; de nada les sirve saber que Amancio Ortega salió de la nada y con sus capacidades y su esfuerzo ha conseguido crear decenas de miles de puestos de trabajo… De nada les vale saber todo eso porque el deseo de destripar a la gallina y repartirse sus huevos de oro les ciega. Cuando la maten y se la coman y encuentren que no tenía huevos de oro en sus entrañas y sobrevenga la miseria, se preguntarán ―tal como otros muchos hicieron en situaciones históricas parecidas―, y ahora qué hacemos.

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El alacrán y la rana. Esopo

Cuenta esta fábula que un alacrán le pide a una rana que le ayude a cruzar el río. La rana, ignorante, bondadosa –o  quizá con temor a negarse—, carga con el alacrán a sus espaldas. A mitad del trayecto el alacrán pica a la rana. ¿Por qué me picas y me matas a mí que te he ayudado?, dice la rana muriendo, a lo que el alacrán responde: no lo pude evitar, está en mi naturaleza.

¿Cuántas veces no ha picado el alacrán del nacionalismo catalán o vasco a las sucesivas ranas que han gobernado España?, ¡Y todavía no se han enterado éstas que picar está en su naturaleza! Desde la Transición democrática española los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP han transigido con las constantes exigencias, insultos y desprecios que les han propinado los nacionalismos catalán y vasco, y han seguido inclinándose ante ellos. No saben, ignoran, son cortos de miras, o van a su simple interés inmediato, que en la naturaleza del nacionalismo está el hacerse la víctima y exigir siempre más de lo que se le ofrezca; que su esencia es, como la del alacrán, picar a quienes les ayudan a mantenerse a flote. En cuanto dejaran de picar, desaparecerían del mapa político, así que ninguna ayuda que se les ofrezca hará que dejen su aguijón tranquilo.

La respuesta nacionalista a las innumerables claudicaciones de los gobiernos centrales ha sido la de aumentar sus exigencias, su victimismo, su despilfarro, su saltarse las leyes del Estado, el aumento de sus mentiras y de su propaganda contra España. Ahora mismo, ante el envite separatista y su burla hacia las instituciones españolas, el gobierno del PP les regala cuatro mil millones de euros extras, les promete la construcción del Corredor Mediterráneo, y se hace garante de la inmensa deuda que han acumulado en robos y despilfarros. La próxima picadura será mortal, y la rana del gobierno central preguntará angustiada: ¿por qué me has picado si te he complacido en todo cuanto pides?

 

 

 

El subconsciente pasional

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Presento a continuación El subconsciente pasional, el segundo ensayo del libro Animal moral.  El libro, ya saben, versa sobre la conducta individual y la organización social, en cuanto a sus bases biológicas y el papel que juegan las creencias que poseemos.

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

 

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

En esta dirección puede echar un vistazo a los temas:

 

 

Ensayo 2º: EL SUBCONSCIENTE PASIONAL

 

Resumen

Los mecanismos instintivos y emocionales y otros muchas mecanismos reflejos, sin que seamos conscientes de ello, elaboran en el laberinto del subconsciente  nuestro modo de pensar, nuestras apetencias, la conveniencia o inconveniencia que sintamos hacia ciertas razones, doctrinas, objetos, hechos o conductas. Después se representa todo ello en el escenario de la conciencia, con lo cual nos percatamos de lo cosas que ocurren en el interior de nosotros mismos, como los deseos y los sentimientos. Además, esa representación nos produce el delirio de que es la razón la principal gestora de nuestra mente. Pero en el fondo todo resulta ser pura conveniencia del organismo.

Deseamos a una mujer o a un hombre  hermoso, o un rico pastel, o ser el más amado o el más listo…,  pero es el instinto quien nos lo sugiere y nos lanza a conseguirlo. La ira nos lanza a la violencia o a la malquerencia, la compasión nos empuja a ofrecer y ayudar, el temor nos impele a alejarnos, la culpa nos infringe castigo, los celos nos lanzar a aprisionar a la persona amada… Y son también esas razones del subconsciente las que nos inducen el pensamiento correspondiente. El organismo, desde el subterráneo de la conciencia nos seduce y nos dicta lo que le resulta conveniente y nos empuja para que lo logremos.

En muchos aspectos apenas nos hemos alejado unos pocos pasos de nuestros cercanos parientes primates. Nuestros instintos y nuestras emociones son muy semejantes. Es en el deseo y en el temor y en los instintos y en la conciencia en donde radica la diferencia.

En el surgimiento del deseo se interrelacionan la conciencia y el instinto. En la conciencia, mediante los mecanismos de la imaginación y del pensamiento, se focaliza y se mantiene en candelero el objeto que el instinto señala como conveniente para la vida del individuo, el objeto que debe ser “poseído” en la consumación del deseo.

Todos los deseos están guiados hacia tres grandes finalidades: la sexualidad, la alimentación y la prominencia del propio individuo sobre los demás.

El temor es al miedo lo que el deseo al instinto. Mediante la imaginación se representa y es la imaginación quien lo fortalece o lo desvanece. El temor es un miedo al por-venir concitado imaginativamente. Percibimos una posible amenaza  y la conciencia produce mediante la imaginación situaciones de futuro en la que lidiamos con ella. En ese acto de lidia se gesta el temor, es decir, se concita al miedo.

Los sentimientos contienen emociones, un modo alterado de pensar ―con pensamientos acordes a la emoción sentida―, y ciertos grados de placer o dolor. Nacieron con vocación de ser reguladores de la conducta social. En otras palabras, un sentimiento es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra supervivencia y nuestro éxito reproductivo.

Añado un último apunte a este esquemático resumen: casi todos los sentimientos están cargados de temor y de deseo. La vergüenza, la culpa, la envidia, el orgullo, la soberbia… tienen todos que ver con el deseo de éxito social y con el temor al fracaso.

 

 

LA VERGÜENZA (II)

Sigo a partir de lo expuesto en la entrada anterior, LA VERGÜENZA (I).

La timidez, el pudor, el sentimiento del ridículo son las formas de esa vergüenza expuesta. Es la timidez una turbación sentida frente a extraños o ante  quienes se carece de confianza.  Un caso especial de  timidez aparece a causa de la mirada del «otro».

El pudor también se debe a la presencia del «otro» y a su mirada, pero se trata de una mirada que nos desnuda. Deseamos ser percibidos con cualidades honrosas, dignos, sobre lo alto de un pedestal, así que intentamos ocultar nuestras flaquezas, nuestras miserias, nuestro cuerpo a los ojos de los demás. El temor al juicio ajeno se refiere aquí a lo que mostramos.

Que un comportamiento ha resultado poco digno se suele manifestar mediante el sentimiento del ridículo, que es una  vergüenza en peligro de extinción, promoviéndose en el día de hoy su desaparición por inservible y perniciosa: «últimamente se ha perdido el sentido del ridículo», se dice. Este sentimiento se manifiesta al realizar un acto que resulta fallido y poco honroso, como resbalar y caer aparatosamente en un charco, quedarse sin habla en un acto público[i], derrumbar un grupo de latas apiladas en un supermercado… No se trata tanto aquí del temor al posible juicio negativo que los demás muestren ante el fallo que hemos cometido, sino del miedo inducido por la certidumbre de que es así, por la certeza de que esa posibilidad ha ocurrido. No nos cabe duda de que nuestra acción ha resultado fallida. José Antonio Jaúregui, en su libro Cerebro y Emociones, manifiesta de forma acertada la singularidad de este sentimiento:

Cuando se desencadena el mecanismo del ridículo se desencadena al mismo tiempo la vergüenza, pero no siempre ocurre al revés. Un marido sorprendido pegando a su mujer es castigado con la sensación de vergüenza, pero no con la del ridículo. Un marido sorprendido recibiendo una paliza de su mujer es penalizado con la vergüenza y el ridículo.

 

Pero existe otro tipo de vergüenza por la que se suele pagar un alto tributo. El Diccionario de uso de María Moliner lo define de esta manera: «Sentimiento penoso de pérdida de dignidad por alguna falta cometida por uno mismo o por persona con quien uno está ligado, o por una humillación o un insulto sufridos.» En un ámbito social en donde todos se conocen, conduce a menudo al desastre. El hijo que roba, la joven que ha quedado embarazada de un desconocido, el padre de familia que ha sido objeto de mofa en público, quien ha realizado una estafa en la empresa en que trabaja, la mujer que ha sido descubierta engañando al marido… En todos los casos, el sujeto y toda su familia sufren rebaja en la altura de su pedestal social: una pérdida de honra, buen nombre, dignidad, confianza. La acción vergonzosa puede seguir produciendo sus efectos toda la vida del individuo; dichos sucesos no prescriben moralmente, se mantienen latentes, callados, pero prestamente pueden ser recordados, utilizados contra quien los cometió. De ahí que en esos ámbitos en que tal vergüenza adquiere los tintes señalados, resultan primordiales los comportamientos que eviten los hechos que se reprueban; resulta primordial mantener incólume la dignidad y la honra, el juicio favorable del ojo ajeno. Aún se conoce otro tipo de vergüenza, con el sentido de diligencia para preservar la dignidad que tanto se estima. Produce los comportamientos debidos por «el qué dirán». Una hija de ella es la llamada vergüenza torera. Más que sentir vergüenza, el sujeto percibe lo vergonzoso y lo evita.

En cualquier caso, como es fácil de ver, la vergüenza resulta aliada de la moral, o más propiamente, la vergüenza es el principal instrumento coercitivo de la moral. La vergüenza como constreñidora de los instintos por temor al ojo ajeno. La vergüenza como reguladora de la conducta humana. Y podemos extender esa acción más allá de la vergüenza: los sentimientos en general, como instrumento principal de la acción moral, incluso: los sentimientos como raíces de la moral, como sustancias vitales de la moral, como naturaleza moral del hombre. Los sentimientos, parte de la naturaleza humana, con la utilidad para lidiar un compromiso entre la necesidad de competir y de cooperar, de un compromiso entre la búsqueda de prominencia y de juicio social favorable. Tratan de conciliar las necesidades de dominio y de estima social, de pulsión a sobresalir y de temor al ojo ajeno. Producen conductas adecuadas al equilibrio entre esos impulsos.

 

 

[i] Recuerdo mi asistencia como espectador a la lectura de una tesina en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Barcelona. El título de la tesina era El pecado según San Jerónimo. Subió el sujeto al estrado, miró al público y al jurado, se detuvo, apoyó su mano derecha en la mesa, bajó lo ojos… y así hasta que pasaron diez minutos de reloj, sin pronunciar palabra alguna. Hasta que el director de su tesina le vino a disculpar por su ofuscación.  El miedo lo había mantenido paralizado.

LA VERGÜENZA (I)

            Hoy voy a hablar de la vergüenza, uno de los sentimientos más conspicuos  y, hasta no muchos años atrás, un instrumento de la moral reprobadora para el mantenimiento de un estilo de vida y de un determinado orden social. Pero un instrumento que obedece a razones del subconsciente.

El sentimiento de vergüenza en el hombre atiende a la necesidad y a la pretensión de aparecer ante los demás (sobre todo ante quienes más nos importan) cargado de cualidades, magnífico, sobresaliente, relevante; atiende a que lo que uno muestre sea un calco de aquello que idealmente se desea mostrar, a que la impresión que reciban los demás sea la deseada, a que el «yo ideal» se manifieste y luzca a los ojos ajenos con toda su perfección y potencia. Pero la clave del sentimiento se encuentra en la propia inseguridad. El sujeto[1] percibe en los otros (en aquellos que juzgan su actuación) una  amenaza a su prestigio social y se concita el temor; un temor que puede maniatar el pensamiento o lanzar al vuelo a la imaginación. El temor empieza entonces a quebrantar el ánimo. El deseo de obtener una alta nota en el examen  junto al temor a sacar un suspenso, forman el antagónico tándem que construye la vergüenza. Así que el deseo y el temor aparecen como artífices de nuestro estado sentimental. El conferenciante o el enamorado se han cargado de deseos de gloría en su propósito, de aparecer a los ojos de su público o de su amada subidos a un alto pedestal, pero momentos antes de aparecer en el proscenio o de presentarse a la mujer deseada, empiezan a dudar de si darán de sí todo lo que esperan dar; perciben la amenaza de los «otros», del público o de la amada, y perciben la amenaza de su posible rechazo. Aparece el temor. Notan la boca reseca, un malestar angustioso, paralización; las palabras se niegan a salir, las ideas dejan de brotar, todo lo domina la emoción: el miedo se ha hecho presente. Tal es una de las más frecuentes escenas que desarrolla la vergüenza.

La  vergüenza, tal como ocurre con todos los sentimientos, posee un innato fondo emocional, pero adquiere carácter, forma e intensidad mediante aprendizaje. Desde la infancia se inculca a los niños el temor a ciertos comportamientos y actitudes sociales; se condiciona el temor a ciertas situaciones, a ciertos sucesos y a ciertas personas; bajo la pena de castigos se exhorta a una manera de obrar de acuerdo al criterio socialmente aceptado; se enseña la gravedad de perder tal afecto o tal apoyo; en fin, se induce el temor a la reprobación social y a conculcar las normas. Sin embargo, el temor se acrecienta cuando hay mucho que perder, y así como el rico teme perder sus posesiones en mucho mayor grado que teme el pobre perder su habitáculo, quien haya cargado su «yo ideal» con excesivas «riquezas», quien haya puesto mentalmente su pedestal a una altura extraordinaria, sentirá mayor temor a la pérdida, a la caída, sentirá mayor vergüenza.

En esa doble acción de las pasiones, del desear y del temer, se encierra la vergüenza. Es una lid entre dos caballeros: el deseo de aparecer triunfante, y el temor a la derrota. Ante los «otros» se juega el individuo su valor social, el valor que los demás le otorguen, y eso es tanto para el hombre como jugarse la vida, así que ante tal peligro, se entiende que el temor le ronde, que el temor aparezca.

El temor, realimentando en la imaginación los miedos del pasado, trayendo a colación experiencias semejantes a la se dibuja en el presente, anuncia de antemano el fracaso de la empresa. El deseo presenta imágenes de triunfo; el temor las presenta, de fracaso. El resultado de ese debate es la vergüenza. En otros términos se entenderá quizá mejor el asunto: la vergüenza (la timidez en este caso) como esencia de lo social: el impulso a presentarse ante los «otros» con prominencia, y, a la vez, el miedo  a su alteridad, al peligro que esa alteridad representa; y el miedo a ser rebajadodel pedestal  de la prominencia que se desea tener. Como resultado: una zozobra del ánimo, un enzarzamiento entre fuerzas opuestas, un quebranto, una actividad mental constreñida a ese combate interno que opera en círculo.

Como es el temor su principal causante, los efectos que produce esa suerte de vergüenza son, derivativamente, los que produce el miedo. Sumisión: el sujeto se conduce humildemente, quiere ofrecer apaciguamiento, quiere evitar el conflicto. Paralización: el sujeto se muestra rígido, aterido, cabizbajo, incapaz de articular palabra. Huida: evita encontrarse con fulanito, no se atreve a subir al estrado, desearía desaparecer en ese momento, echa a correr… Agresividad: se muestra violento en la defensa de sus tesis…

 

[1] Puede suceder que no sea la conciencia en realidad quien perciba la amenaza, sino la parte inconsciente del cerebro.

Del amor y otros fenómenos (VI)

Logística del amor con la intención de que sea perdurable (II)

Considerando que evaluamos con las razones del intelecto y con las razones que presentan los sentimientos, en la evaluación que preconicé en el post precedente pueden presentarse los siguientes casos:

Caso A: Unas y otras razones o conveniencias son adversas. Ni los sentimientos hacia la otra persona de la pareja ni los juicios que emitamos acerca de ella ni ningún recuerdo feliz ni ninguna esperanza presentan un dictamen favorable. En tal caso la mejor opción posible es romper la relación (y este consejo se sale de la intención del escrito que no es otra que analizar el comportamiento humano. Es un consejo gratuito). Algunos, ingenuamente, y solo guiados por el temor a la soledad o a perder prerrogativas separándose, creen factible un futuro mejor para la pareja; un futuro a imagen del propio deseo o del propio temor. Es una ilusión que puede resultar muy dolorosa, ya que sus probabilidades de éxito son escasísimas, pues falta la llama del amor o al menos un rescoldo de ella. Las pavesas no sirven.

(Un blog muy refrescante, ameno y candoroso de una psicóloga da unas recomendaciones muy adecuadas para aventar esas pavesas: http://porquenohaypsicologosencorea.wordpress.com/2014/01/   )

Caso B: unas razones y otras discrepan. Problema arduo se presenta. Los sentimientos hacia el otro muestran conveniencia mientras que las razones que dicta la conciencia enseñan inconveniencia de seguir la relación. Unos promueven el amor, los otros el rechazo. Lo que es imprescindible es un elemento motivador al que agarrarse, un rescoldo aunque dé poco calor. Puede ser el recuerdo de momentos dichosos o de bondades que el tiempo ha ido difuminando, o una virtud o una cualidad del otro que aún hace sentir hacia él bienquerencia, que aún se ama. Rehacer a partir de ese rescoldo la llama del amor o al menos del bienaventurado afecto compartido, significa encaminarse por un largo y pedregoso camino. Esto hay que tenerlo en cuenta en el momento de decidirse.

Si es la sentimentalidad quien alega el dictamen del “no”, la separación no conllevaría pérdida afectiva, pero puede que lo que se pierda sea seguridad, nombre, posición, amparo, riqueza, afecto filial… Si, por el contrario,  quien niega o alega inconveniencia  es la razón intelectiva, mientras que los sentimientos son favorables a seguir la relación, separarse puede resultar muy doloroso.

Como se puede ver aquí también, al tomar la decisión de separarse o de intentar recomponer la convivencia y el amor, el deseo y el temor juegan un importante papel. El deseo de libertad, de cambio de pareja, de empezar otra vida… y el temor a perder la seguridad que la pareja ofrecía, de perder afecto y otros dones que se poseían. Siempre es recomendable ―y vuelvo a hacer notar que esto es una recomendación gratuita y nunca un consultorio sentimental―ser valiente. El valor, si no es temerario, siempre es recomendable en cualquier situación.

Caso C: los dictados de la razón y los dictados sentimentales son conformes y favorables. Uno tiene el convencimiento de que las desavenencias son pasajeras y la llama del amor aún ilumina lo suficiente. En este caso y en el anterior ―siempre que la decisión tomada haya sido la de remendar o reconstruir la convivencia amorosa― conviene empezar a obrar en el edificio del amor.

Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: dado que las creencias morales acerca de las relaciones de pareja, así como las creencias sobre posibilidades de futuro que dicha pareja tenga, son quienes modelan el perfil sentimental del individuo hacia la relación, y dado, consecuentemente, que si se intenta reconstruir el amor habrá que reconstruir sentimientos, se hace necesario el intentar que las creencias de la pareja cambien. Y deben cambiar en cuanto a lo correcto e incorrecto aplicado al comportamiento amoroso, en cuanto a las relaciones sociales, en cuanto a las labores a desarrollar por cada cual, en cuanto a resolver los problemas etc. y ese cambio debe ir en la dirección de confluir pareceres y de lograr consensos. Nada más útil para ello que utilizar la siguiente argucia que resulta ser un potente algoritmo: ponerse en la piel del otro para examinar los problemas en común.

Así pues, en esa Odisea hacia Ítaca habrá que luchar contra los vientos desfavorables, contra los cantos de sirena que enloquecen a los hombres, contra las ilusiones malignas de Circe la hechicera por convertir a la pareja en animales, contra el cíclope Polifemo,  el ojo social reprobador, y contra los sediciosos e insidiosos pretendientes de Penélope, que incitarán su deseo.

Se poseen para ello los instrumentos de la inteligencia, del valor y de la palabra. El impulso de la llama de amor que aún reluce y se quiere reavivar. Se utiliza la eficaz argucia de ponerse en la piel del otro, de ver las cosas desde su punto de vista. El proyecto es el de consensuar democráticamente  un nuevo modelo de convivencia amorosa. Se posee también la finalidad, la de reconstruir el amor mediante ese modelo dicho. Que la navegación sea venturosa.

¿Cuáles son los peligros principales con que se han de enfrentar esos navegantes?

  • En los comienzos de la relación, un descenso abrupto desde la elevada posición del amor ideal al suelo áspero y duro de la realidad cotidiana.
  • Las desconfianzas, que levantan muros separadores.
  • Los pensamientos negativos sobre los comportamientos del otro, que de no ser comunicados y examinados se hacen venenosos y exhalan su pestilencia en la relación.
  • La falta de comunicación de las alegrías y los pesares.
  • La negación a destilar los conflictos con palabras para evitar que se vuelvan añejos y se conviertan en rencor.
  • El considerarse superior al otro miembro de la pareja.
  • Los problemas sexuales.
  • La falta de afectividad.
  • La rigidez mental.
  • La falta de voluntad de obrar en el edificio…

Y ahora me doy cuenta que esto se ha alargado demasiado considerando que nunca había escrito una sola palabra sobre el amor, así que seguiré otro día.

Del amor y otros fenómenos (V)

Logística del amor  con la intención de que sea perdurable (I)

Lo que sigue no pretende ser, en absoluto, un remedo de consultorio sentimental sino un esbozo acerca de la naturaleza de las relaciones humanas de pareja. Pero, aviso, entre la pretensión y el resultado puede haber un abismo.

La empresa que me ocupa, la de reconstruir el edificio del amor o cuanto menos arreglar las paredes, los techos y los basamentos para evitar que se derrumbe y conseguir que siga siendo habitable, es un empresa humana y, como tal ―y dada la preponderante importancia que los asuntos humanos cobran en el hombre―, exige el mejor tratamiento, un tratamiento que goce de un carácter científico.

En este sentido, los pasos a seguir deben ser: un análisis de la situación de ruina en que se encuentra el edificio, un análisis de la factibilidad de su arreglo, tomar o no la decisión de arreglarlo, la elaboración, en consecuencia, de un proyecto en esa dirección, y, finalmente, el desarrollo de dicho proyecto con los esfuerzos que se requieran para ello.

Pero previamente, para un conocimiento adecuado del terreno por donde nos movemos, me resulta necesario realizar algunas aclaraciones sobre la naturaleza humana (dada la escasa atención que la filosofía tiene a este respecto ―con magníficas excepciones como la de José Antonio Marina―y la veleidosa y escasa capacidad que muestra la psicología, contaminada aún por las influencias del psicoanálisis, en este asunto).

En primer lugar se ha de hacer notar que el temor y el deseo son las entidades que mayormente marcan nuestro rumbo y manejan nuestro ánimo. Son la argamasa de los sentimientos y ellos son quienes propician y frecuentemente dirigen nuestros pensamientos.

En segundo lugar, es muy relevante percatarse de que a todo ser humano lo empuja un deseo de destacar por encima de los demás hombres en todo aquello que estima conveniente. Esto no es menos cierto en el caso de la pareja amorosa y, de forma general, en cualquier relación cooperativa. Pero siempre que en una relación libre de este tipo ―y la amorosa lo es―hay uno que destaca, otro u otros se sienten rebajados en su valer, apareciendo en ellos un sentimiento de agravio comparativo, de malestar y malquerencia hacia el que destaca que amenaza con dar al traste con la  cooperación; y también aparece ese sentimiento de agravio en el que participa en la cooperación con mayores bienes, mejores cualidades, mayor esfuerzo o mayor capacidad. De forma que la única estrategia que resulta factible para continuar la relación colaboradora, se asienta en el igualitarismo de poseer, dar y recibir cantidades semejantes, se asienta en el llamado Principio de reciprocidad. En las relaciones libres entre personas, sean de ayuda, sean de auxilio, sean de amor, sean de pretendido altruismo, sean de cualquier empresa… la reciprocidad es condición necesaria. Te doy, te ayudo, te auxilio, te presto, coopero, para que tú me des, me auxilies, me prestes, cooperes conmigo, me devuelvas en igual medida que la que te he dado o cooperado contigo. Sólo las relaciones libres que se basan en el Principio de reciprocidad se pueden sostener en el tiempo.

En tercer lugar, las creencias morales del hombre, junto a las creencias acerca de sus posibilidades en la relación social, son las principales modeladoras de su perfil sentimental y, consiguientemente, resultan determinantes en su conducta. Una vez explicitado esto, pasemos al análisis de la situación.

Cuando se va cumpliendo el plazo de caducidad del torrente químico que opera en la atracción sexual como copartícipe del enamoramiento, o bien cuando las diferentes circunstancias de la realidad van erosionando la imagen ideal que el sujeto enamorado edificó de su objeto amado, o bien si por motivos diversos los roces, los caracteres antagónicos, los daños y perjuicios recibidos, las decepciones y los enfrentamientos van introduciendo en cada miembro de la pareja rencores y malquerencias, digo que entonces, consciente o inconscientemente, cognitiva o sentimentalmente, el antaño enamorado siente la necesidad de realizar una evaluación de su vida de pareja. Realiza una doble evaluación: valora y mide lo que aporta y lo que cree obtener de la pareja; y, por otro lado, valora lo que podría obtener cambiando de objeto amoroso. Y la dicha evaluación es también doble en otro sentido, en el mecanismo que  pone en uso: es evaluación emotiva y sentimental, y es evaluación cognitiva, de pensamiento, y en contadas ocasiones se emplean también en ella los argumentos  de las razones y de la lógica. Los principales elementos de juicio para realizar dicha evaluación son el temor y el deseo; el temor a perder lo que se posee: cobijo, tranquilidad, placer sexual, bienes materiales, compañía, hijos…; y el deseo de poseer otro hombre u otra mujer distinta a la que actualmente se posee, el deseo de nuevas posibilidades…

Se evalúa lo que uno percibe que aporta a la pareja y lo que percibe que recibe de ella, ateniéndose el juicio evaluador al Principio de reciprocidad. Se perciben como elementos a juzgar, la satisfacción afectiva, la sexual, la satisfacción de las relaciones sociales logradas a través de la pareja, la belleza de cada cual[1], la posición económica y social de uno y otro, la inteligencia, la capacidad, la fama (naturalmente,  al tener presentes las ofensas recibidas, los rencores acumulados…, el juicio sobre lo que uno da y recibe no resulta imparcial, echándose más en el platillo de lo que uno da, por lo que el Principio de reciprocidad suele falsearse).  Tal es la evaluación de lo que da y recibe cada cual en la pareja. Cierto es que como en el juicio evaluador intervienen el temor, el deseo y los sentimientos, el sentido de la reciprocidad  puede también resultar erróneo por dicho motivo. Uno puede creerse  superior en belleza a su esposa o en inteligencia, o en capacidad, en posibilidades o posición social. El deseo es productor de espejismos e ilusiones.

Pero en donde el deseo produce más trastornos en la apreciación de la realidad es en la valoración de lo que podría obtener el sujeto cambiando de objeto amoroso, quiero decir, cambiando de pareja. Ahí tenemos el usual caso de quien cree que sin lugar a dudas es correspondido por la mujer que ama; o del que se enamora de toda mujer bella que le mira de soslayo, creyendo que esa mirada es un signo de amor irrefutable; o del que ve posibilidades de ser correspondido en cuanto lance un requiebro amoroso a cualquier mujer; o del que cree que puede engañar impunemente a su mujer pero que ella nunca le engañaría; o del que se cree un galán y es un hazmerreír… Todos ellos tienden equivocadamente a suponer que ganarían con un cambio de pareja.

Así que una buena evaluación requiere indagar honrada y valientemente en la realidad de sus atributos y de lo que da y recibe, requiere alejar las ilusiones y las sombras, requiere adaptarse al Principio de realidad. En caso contrario, cuando solo se persiguen espejismos, cuando el deseo se convierte en único o principal elemento para evaluar, la evaluación será desastrosa y cualquier decisión que se tome a partir de ella conllevará una posterior penalización y el correspondiente arrepentimiento. Una estrategia que puede ayudar, y mucho, para adaptarse a la realidad, consiste en ponerse en la piel del otro, es decir, sopesar desde el otro lado de la pareja la percepción que ella puede tener de mí y de lo que yo doy y recibo. También puesto en la piel del otro, revisar las causas de las supuestas ofensas recibidas, que han ido llenado de rencores la relación.

Ateniéndonos al Principio de realidad evaluamos la situación de la pareja en cuanto al Principio de reciprocidad, y utilizamos para ello los sentimientos, los deseos, la inteligencia y las creencias. Ya tenemos la evaluación hecha. Corresponde seguidamente tomar una decisión. Pero esto quedará para una posterior entrada porque mi cabeza ya no da para más y esto se ha hecho muy largo (y muy pesado, añadirá más de uno).


[1] Ulrich Renz en La ciencia de la belleza señala que de modo general, la belleza que posee cada miembro de una pareja es semejante. Si está desequilibrada es porque se compensa con estatus, fama, poder o riqueza. Hasta ese extremo se cumple el Principio de reciprocidad en el dar y recibir.

Sentimientos (I)

Sentimientos

Imagen

De su andamiaje dice Antonio Damasio[i] que «son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación». Según el principio de anidamiento propuesto por este autor, parte de la maquinaria del sistema inmune está incorporada a la maquinaria de los comportamientos del dolor y del placer; parte de esta otra se halla incluida en la maquinaria de los instintos y emociones; y, finalmente, parte de todo lo anterior se incorpora a los sentimientos. Huelga añadir, visto el entramado, que cuando un sentimiento se manifiesta, se produce un proceso mental, reacciones emocionales, impulsos instintivos, se acompaña de ingredientes de dolor y placer e incluso de regulaciones más básicas. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo. Pero conviene hacerlo: los sentimientos manifiestan su esencia en lo social. Este es su caldo de cultivo, su soporte y su quicio. Evolutivamente nacieron con vocación social, y en lo social radica su funcionalidad. No se olvide esto.

Para atisbar su complejidad vale exponer un caso: un individuo ofende a otro públicamente. De forma inmediata, el ofendido siente ira contra el ofensor y vergüenza (al ser percibida por el público presente la ofensa que le hiere y rebaja) ante los presentes. La ira tiende a consumirse con violencia, pero el ofendido puede sentir temor hacia el ofensor y, a causa de ello, sofrenar los dictados de su ira. El ofendido se siente ante los demás desvalorizado, lo que produce un sentimiento con gran dosis de dolor de ánimo: la humillación. Con el paso del tiempo, el recuerdo de esa humillación mantiene la ira en candelero, haciendo aflorar un  deseo muy sentimentalizado: el odio. Éste, se revierte imaginativamente contra el ofensor como deseo de venganza (de vengar la afrenta), es decir, con el ánimo de cobrarse crecidamente la  humillación sufrida. En la escenificación mental que conlleva el deseo de venganza, se representa con gozo la obra del sufrimiento y dolor del ofensor —y este gozo por el dolor ajeno es un instinto sentimentalizado que se conoce como crueldad. De no llevarse a cabo la venganza en su debido tiempo, el odio se añeja, se encalla, se camufla en rencor, que es un sentimiento perdurable (en los lugares pequeños se transmite de generación en generación entre familias). Si quien ofende o agravia no es un individuo sino que tiene como origen lo que el agraviado u ofendido entiende como una injusticia social, la humillación genera un resentimiento contra los promotores de tal pretendida injusticia. Como se ve, toda una maraña. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo.

La génesis y los ingredientes que propone el citado autor los definen: Los sentimientos sociales son adaptaciones evolutivas consistentes en ciertos desencadenantes que tienen lugar en nuestro organismo ante un suceso o estímulo socialmente relevante, cuyos ingredientes principales son emociones, una representación mental del estado del cuerpo que produce imágenes, y un modo alterado de pensar, con pensamientos acordes a la emoción que se siente, así como alguna variación del dolor y del placer.  En tanto que representaciones mentales del estado del cuerpo, la conciencia entra en juego; no se trata solo del mero disparo emocional, sino que, acompañándolo,  interviene la atención, las razones, el pensamiento, los recuerdos… De ahí la importancia que cobra la corteza prefrontal ventromediana para lidiar de forma adecuada una «situación social»  con el capote de los sentimientos .  Parece ser que esa región está adaptada para detectar los estímulos socialmente relevantes, es decir, aquellos eventos o relaciones sociales que fueron de primordial importancia para el éxito o fracaso biológico de los individuos de nuestra especie. Ahora bien,  el área señalada, que se comunica con la amígdala a través de la corteza cingulada, también está comunicada con otras áreas de procesamiento superior y con otras estructuras cerebrales que sustentan la producción de imágenes, de forma que la atención, los recuerdos, la imaginación y los pensamientos mismos se suscitan y se alteran en concordancia con los «gritos» emocionales provenientes de la amígdala. El sentimiento es el cúmulo de todo ese proceso; es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra eficacia biológica. Dicho de manera que puede resultar harto sorprendente: el sentimiento es también  respuesta del organismo en su afán de seguridad. La búsqueda de seguridad constituye uno de los afanes más prominentes del organismo, enredado como se halla en esa aparente finalidad teleológica de sobrevivir y dejar descendencia.  Es decir, los sentimientos le señalan a la mente aquello por lo que tiene que preocuparse el organismo, y, en ese sentido, representan un sistema de seguridad. O de una manera más precisa: el organismo dispara los sentimientos para señalar a la mente aquello que le preocupa, aquello que la mente debe tomar en consideración; y, ¿para qué?: para que las imágenes, la razón, los pensamientos, tomen parte activa en formular la respuesta, sofocando, modelando, regulando, moldeando e incluso concitando el automatismo emocional e instintivo.

Una funcionalidad sorprendente. El organismo, «empeñado» en lograr eficacia biológica,  engarza áreas filogenéticamente muy antiguas, como el sistema límbico ―al que pertenece la amígdala―, con áreas «nuevas» como la corteza prefrontal. Engarza emociones, instintos, dolor y placer, con imágenes y razonamientos, y surgen los sentimientos en el medio ambiente en que vivimos, que es social. (Algo semejante ocurre con los deseos, que vienen a ser a los instintos lo que los sentimientos a las emociones.) También actúa el tándem dolor/placer, con la funcionalidad de recompensa/castigo, señalando a las emociones las conductas a evitar e indicando la conveniencia de dicha evitación[ii].


[i] Antonio Damasio, En busca de Spinoza, p. 41

[ii] Claro que, una consecuencia no deseada de esa señalización que produce el placer es la adicción. James Olds y Peter Milner (1954) demostraron la adicción de la rata a la cocaína y a la estimulación de los centros nerviosos que provocan el riego con dopamina. Recientemente, Serge Ahmed ha diseñado un experimento que ha puesto de manifiesto que las ratas optan por el jarabe dulce incluso antes que por la cocaína. Los humanos podemos hacernos adeptos al juego, a la bebida, a la relación sexual, a las drogas… La evolución no ha «reparado» los mecanismos del placer/dolor –eliminando de ellos la adicción–, porque no fue relevante en los modos de vida de nuestra larga historia evolutiva. Ahora sí puede serlo.