JETAS, BOLAS DE NIEVE,  NECIOS Y CIVILIZACIÓN

Sobran motivos para creer que este país está rodando hacia el abismo. Son hechos evidentes que están arrancando con descaro nuestras raíces culturales e históricas; que la convivencia social se está yendo al garete en todas partes; que se están cercenando nuestras libertades y derechos…

Los psicólogos dicen que los humanos somos los únicos seres vivos capaces de prever las consecuencias de nuestros propios actos, pero eso solo es cierto, y no siempre, en cuanto al efecto inmediato y en casos muy simples. De otro lado, más que en la previsión, la filosofía, a fin de singularizar al ser humano y ponerlo en relevancia, siempre ha puesto el énfasis en designar a la razón como principal gestor de nuestro comportamiento, aunque, en realidad, los verdaderos gestores y promotores de nuestros actos son los deseos y los sentimientos.

En atención a lo dicho, la actualidad social nos muestra que la gran mayoría de personas no perciben las consecuencias que acarrearía el llevar a cabo las acciones que propugnan, las ideas que defienden o las empresas que acometen. Para ponerlo de manifiesto voy a utilizar como ejemplos tres acontecimientos de la actualidad (de entre una infinidad que podrían servir a ese propósito). Acontecimientos tales como la entrada indiscriminada de migrantes africanos ilegales, como la permisividad para con las formas culturales de los migrantes musulmanes que chocan de frente con nuestras leyes y con los valores de nuestra civilización, y, por último, el trato discriminatorio en favor de la mujer en muchos tipos de situaciones y de actividades. Tales sucesos, si bien se trataron de justificar al principio con un argumentario de ‘necesidad’, compasión universal y justicia, pronto su dinámica les sacó de quicio y pronto produjeron efectos devastadores en nuestra sociedad.

Vayamos al lío. De manera directa o con subterfugios, un gran número de personas del ámbito ‘progre’ se han expresado a favor de abrir de par en par las fronteras a la inmigración ilegal. Unai Sordo y Pepe Álvarez, secretarios generales de CCOO y de UG respectivamente, Pedro Almodóvar y otros muchos han hecho declaraciones en ese sentido. Los englobo en el tipo IDEOLÓGICO-JETA que luego explicaré.  En fin, preguntémonos ¿cuáles serían las consecuencias de llevarse a cabo dicha apertura? Voy a utilizar un símil al respecto.

Soltamos una piedra desde la cima de un montículo nevado con buena pendiente. La piedra echa a rodar pendiente abajo, adhiriéndose a ella la nieve del sendero que traza, de manera que va formándose una bola blanca que crece y crece hasta hacerse gigantesca e imparable. Soltar la piedra es como abrir las fronteras a los inmigrantes ilegales. Más de mil quinientos millones de personas habitan África. Una parte significativa de ella se verían arrastrados por ese ‘efecto llamada’. La bola de nieve sería de un tamaño monstruoso. ¿Es eso lo que pretenden los JETAS nombrados?

Otra piedra semejante: la permisividad social y legal, así como el favoritismo económico, hacia la inmigración musulmana. Como ocurre en muchas ciudades europeas, en algunas españolas ya existen barrios exclusivos en donde rige la Shariá en lugar de las leyes de nuestro país, en donde incluso se practican algunas costumbres bárbaras como la ablación del clítoris o los matrimonios forzados. Sin embargo, lo que resulta más perverso desde el punto de vista social es que en esos barrios fulge de forma mayoritaria la intención de acabar con la democracia y con la civilización occidental y, por el crecimiento demográfico que experimentan (crecimiento regado con ayudas surgidas de nuestros impuestos), en no mucho tiempo lo conseguirán.

La tercera piedra: las leyes discriminatorias a favor de las mujeres y de la llamada ideología de género. Nadie a estas alturas desconoce el gigantesco muro de desconfianza que se levanta entre personas de uno y otro sexo en ciertos temas y relaciones…; los cientos de miles de denuncias falsas sin perjuicio alguno para las que así denuncian (oficialmente no hay denuncias falsas, ya que se obvia investigarlas, pero hasta el mismo ministro promotor de la ley y uno de los magistrados del tribunal constitucional que la dio por buena, las han sufrido, así como otros ardientes defensores de dicha ley). Con las ingentes cantidades de dinero recibidas por las feministas radicales se ha promocionado el odio hacia los hombres, la disminución de nacimientos, la desaparición del mérito para optar a un puesto, la introducción de la ideología de género en los colegios…, con el resultado, silenciado, de más de ochenta mil intentos de suicidio de jóvenes cada año.

Sin prever las consecuencias, los políticos, los activistas ideológicos y los necios que no ven más allá de sus narices, han promovido que se lanzaran estas piedras que ahora son bolas enormes de nieve y que están arrasando la convivencia en España. Los políticos, por cobardía algunos y todos buscando un rédito electoral a corto plazo. Los activistas, por mero odio, por mero deseo destructivo y con la pretensión de vivir a costa de su griterío. Los necios, por simpleza. Así que la bola de nieve sigue aumentando de tamaño y arrasando nuestras raíces, nuestra cultura, nuestra civilización y nuestra convivencia. El globalismo, con sus multimillonarios y sus tecnócratas bien parapetados, aporta las piedras y retira los obstáculos para que rueden sin impedimentos, pero es la ideología quien las lanza. Una ideología que carga de odio y de sentimientos destructivos los corazones de sus leales. Y si los activistas son generalmente ciegos cuando no locos, pues el resentimiento ideológico les pone una venda en los ojos y en sus corazones desarraigo, son los JETAS los más perversos, pues atisban la destrucción que ocasionará la bola de nieve rodando cuesta abajo y no hacen nada al respecto, al contrario, favorecen su rodadura.

Se está llevando a cabo el desmantelamiento de una civilización forjada durante miles de años sin que muchos de los promotores de tal felonía tengan previsión alguna de la irremediable ruina social que acarreará, aunque otros muchos, aquellos cuyo único sentido de la vida es el destruir, estén al tanto y disfruten con ello, si bien, sufrirán las consecuencias también. Porque en esa sociedad europea y española nos convertiremos en siervos de la gleba, aunque sin raíces con que alimentar el espíritu, sin libertades, controlados al detalle, empobrecidos. Esa sociedad ha sido posible por la servidumbre y la cobardía de políticos que se enrocan en “a lo hecho, pecho” o por una ignorancia sectaria que les impide mirar la realidad. Y la hacen posible las huestes de activistas, ciegos de ideología y resentimiento. Y, también, los simples que obedecen sin entender y los pusilánimes que no saben decir “esta boca es mía”. Por la acción irresponsable de todos ellos se está derrumbando la civilización occidental.

De las Creencias

Sean religiosas, ideológicas, tengan formas de costumbres, de valores, de mitos, de moral…, son las creencias quienes cincelan los rasgos más firmes y definitorios de una civilización; son, podríamos decir, sus vigas maestras, y son, también, su decoración. Las creencias acerca de la patria, el territorio, la nación, la lengua, acerca de los dioses a los que temer y rogar, las creencias acerca del más allá, acerca de la justicia, del poder, de la igualdad social, acerca de derechos, libertades y obligaciones que chinos, persas, romanos, atenienses, escandinavos, aztecas, sumerios, asirios, nazis…, tuvieron a lo largo de diferentes periodos históricos, determinan en extensa medida su civilización. De resultas, cambia ésta cuando cambian aquellas. Cambió la civilización nórdica cuando la mayor parte de escandinavos fueron convertidos al cristianismo; y cambió la civilización visigoda en el momento en que el islam puso sus reales en la península ibérica; o, digamos también, cambió la civilización rusa cuando la ideología comunista se marcó a sangre y fuego en la conciencia de sus gentes. Son las creencias quienes disponen al temor y al deseo en orden de combate y frente al enemigo proclamado por las ideas que de ellas surgen. Pensemos en cómo modeló a Europa el cristianismo. La historia es también el combate entre unas creencias y otras, y no siempre los conquistadores impusieron a los conquistados las suyas.

La fuerza de las creencias se ha manifestado frecuentemente gigantesca. Cientos de años de represión del judaísmo en Asia y en Europa no fue capaz de quebrar la fe judaica. Muchos mozárabes, cristianos en las tierras de Al-Ándalus, se mantuvieron en su fe durante todo el periodo de la Reconquista a pesar de las desventajas y sufrimientos que tal actitud les causaba. Esa fuerza se muestra gigantesca en los musulmanes que se negaron a cambiar de religión cuando cayó definitivamente el islam en la península ibérica, sufriendo persecuciones y expulsiones por ello. Esa misma fuerza es la responsable del rebote de la religión en Rusia y Polonia tras la caída del comunismo en esos países. Pero tenemos, sobre todo, la fuerza que proporcionaron las creencias islámicas a los beduinos de Arabia, por cuya fe y siguiendo el dictado del profeta, la yihad, creó la fulminante expansión musulmana en Asia, África e Hispania.

Hay una predisposición en el hombre a creer en una entidad superior, perfecta y justa, a la que someterse y a la que entregar la vida en sacrificio. La entidad puede reconocerse como un dios o como una idea, como una religión o como una ideología, como Yahvé, Alá o el comunismo. En esas entidades se busca protección y justicia, y se mantienen enraizadas en el marco de las creencias populares desde hace miles de años, aunque el mundo sea ahora completamente distinto a como fue cuando cobraron plenitud. No hace muchos años que aún se practicaba en ciertas zonas rurales de Francia y España ceremonias de fertilidad al lado de megalitos prehistóricos; y la actual expresión religiosa hacia vírgenes y santos apenas tiene diferencias de matiz con la que se daba miles de años atrás para con dioses y diosas de la fertilidad.

Creencias en supersticiones, en la astrología, en todo tipo de –mancias, en el destino, en magias y poderes místicos, siguen teniendo su vigencia en la actualidad, como si nosotros, los seres humanos, sin importar los adelantos científicos ni las condiciones de vida, sin importar la sabiduría de uno o su inteligencia, estuviésemos predispuestos desde la cuna a creer en una justicia universal, en un dios benevolente y justiciero, y en un más allá donde se recibe el premio por una vida de virtud. Existe todo un universo de creencias en duendes y duendecillos a los que el temor y el deseo abren la puerta.

Herencia moral y civilización

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La moral de un grupo humano y su cultura están tan íntimamente entrelazadas que tales términos resultan sinónimos en muchos casos. Pero no voy a hablar de cultura o de moral, sino de su influjo sobre el modo de vida, la actitud ante el trabajo y el grado de desarrollo económico y social de diferentes sociedades. Podemos considerar la moral social como el conjunto de reglas y creencias que inclinan a los individuos a obrar –de manera consciente o inconsciente—de un cierto modo so pena de ser reprobados o reprendidos por los demás o por uno mismo si su obrar ha producido. De tal consideración se deduce que los usos y costumbres sociales también se hallan incluidos en la moral.

Ahora nos preguntamos, ¿qué influencia tiene la moral, tal como se ha expuesto, en las sociedades de nuestros días, aparte de la obvia de regular la convivencia en los grupos humanos?, ¿tiene que ver con el contraste que se observa en el modo de vida y en la riqueza de unos países y otros? A eso me refiero, ¿es responsable la herencia moral de los norteamericanos y de los argelinos de sus diferencias sociales y económicas –además de la influencia del factor hábitat y clima, tan distintos en esos países?

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Presentemos primeramente a los países islámicos. Desde el siglo VII en que se fundó el Islam hasta el siglo XI en que las posturas religiosas más rígidas en la interpretación del Corán se impusieron como doctrina, los países islámicos y sus gentes hicieron gala de gran vitalidad artística, científica y comercial. Enumero algunos de sus logros matemáticos: la numeración arábiga; la utilización del cero; las fracciones decimales y sexagesimales; la extracción de raíces cúbicas; el  Binomio de Newton ( Omar Kayyam); el mismo Kayyam halla la Regla de Ruffini (que no se hallaría en Occidente hasta el siglo XIX); las operaciones con radicales y potencias (Al-Khawarizmi); la Teoría de la Razón Compuesta (Kayyam); las solución a las ecuaciones de segundo grado (al-Khwarizmi); las Ecuaciones cúbicas (al-khazin); la solución a las ecuaciones cúbicas mediante la intersección de secciones cónicas (Kayyam); el valor del número pi con seis cifras decimales correctas… Y a ello le tendríamos que añadir sus grandes logros en poesía, filosofía, comercio, industria… Hoy en día, apenas unos pocos países islámicos,  Túnez, Egipto, Indonesia y Malasia –y gracias a otras herencias culturales y religiosas que obran en ellos—se puede decir que están saliendo de su secular encapsulamiento, tan alejado de la modernidad y el progreso.

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El calvinismo surgió como una rigurosa doctrina protestante que se distinguía doctrinalmente por la creencia en la predestinación de las gentes desde el instante de su nacimiento. Pero cobra aquí su importancia porque infundió una laboriosidad sistemática en el creyente y un signo para reconocer quién era o no elegido por la Gracia divina: el tener éxito en la vida. El ansia por el éxito desató la competitividad social y promovió la aparición del capitalismo tal como lo conocemos. Todos los países en los que dejó su impronta se convirtieron en países ricos donde se multiplicó la industria y el comercio. ¿Qué países fueron estos? Holanda, Gran Bretaña, EEUU y Suiza, principalmente. Tal vez sea éste el ejemplo más claro de cómo una creencia moral influye en la vida y en el progreso económico de una sociedad. Vayamos a una moral similar en muchos aspectos al calvinismo: el luteranismo.

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El luteranismo presenta una rigidez moral semejante al calvinismo y también aboga por la laboriosidad como método para superar la angustia existencial, pero, contrariamente a este último, consideraba la movilidad social perniciosa y se supeditó al poder de los príncipes. El norte de Alemania, Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia, fueron los países más representativos del luteranismo. Hoy en día lo religioso está prácticamente excluido de ellos, pero la herencia moral en lo relativo al espíritu de trabajo, al respeto a la autoridad y a la importancia de la comunidad sigue vigente. De ahí la estabilidad social de que gozan.

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En cuanto a los países del sur de Europa: Grecia, Italia, España y Portugal, ¿cuál es la herencia moral que han recibido?… Cuestión compleja es este caso. Todos ellos tienen una historia de conquista e imperio (Bizancio se mantuvo durante mil años como imperio griego) que no fueron eficaces a nivel económico; todos esos países arrastran consigo también una larga estela de luchas y de arduas convivencias con otros pueblos y consigo mismo. Respecto a lo religioso, más que una tradición de devociones podemos hablar de resignado sometimiento al poder del catolicismo (ortodoxo en caso de Grecia). Tal historia de resignación ha germinado una falta de espíritu comunitario a la vez que un fuerte individualismo que desemboca frecuentemente en un carácter nihilista, pero a la vez hay orgullo por el pasado; y si juntamos todas esas contradicciones de carácter obtenemos un individuo resabiado que aspira aún a ser rentista e hidalgo y que no termina de ver con buenos ojos al emprendedor. Sin embargo, contra su voluntad, su individualismo obliga a las gentes a competir, y si no fuera porque esperan que el Estado les resuelva todos sus problemas, tal como antes esperaban que se los resolviese la Iglesia o el poder real, no dudo que asomarían más la cabeza.

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La herencia recibida por los iberoamericanos está impregnada de todo lo dicho en el párrafo anterior, y si la mezclamos con la herencia indígena el cóctel puede ser explosivo o de exquisito sabor, según cuánto se le agite y según la cantidad de ingrediente indígena que contenga. Esa herencia, dual al menos, no se ha soldado en la mayoría de los países hispanoamericanos, y en algunos no está siquiera integrada, debido a lo cual se han generado clases sociales y estilos de vida muy diferenciados. Hay implantado en todo Hispanoamérica una queja y un ansia de revancha que hasta que no se mitigue va a impedir mirar hacia adelante. Cuando un país como Chile intenta mitigarlas, las fuerzas de la negación cargan contra él con todas sus fuerzas, tal como vimos recientemente. Toda Latinoamérica tendrá que resolver sus contradicciones si no quiere que su tren de la historia descarrile.

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El país cuyo tren de progreso marcha en tren ultrarrápido es China. Claro es que se trata de una dictadura autora de la mayor represión existente en el mundo y de los mayores crímenes. Por cada cien habitantes uno es un miembro del partido (el comunista) y se encarga, en labores de comisario político, de vigilar y controlar a los noventa y nueve restantes. ¿Qué ha ocurrido en China durante los últimos treinta años para que la economía se dispare? Que ha implantado el modelo de libre mercado, el modelo capitalista en lo económico, pero comunista en lo político. ¿Solo eso? No. Existía, latiendo en el corazón de sus gentes, una moral milenaria que al liberarse de la represión del sistema estamental del imperio chino y ahora de la atadura del “todos iguales” ha dado rienda suelta a la libertad de obrar en provecho propio, al egoísmo en lo económico, provocando ese crecimiento desbocado que observamos.  ¿Qué moral es ésta? Bebe de dos fuentes, el respeto a los ancestros que pone a la familia en la cima de los valores, y la vieja doctrina de Confucio, que exalta la diligencia en el trabajo, la laboriosidad, la organización y su respeto sumiso a ella. Con tales mimbres y con libertad en lo económico, China da pasos de gigante hacia el encumbramiento de su poder. Otra cosa distinta es la felicidad de las gentes y las tensiones que puedan generarse en el futuro.

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Pero quizás el caso que refleja como ningún otro la influencia de la moral social en el modo de vida y en el progreso de las gentes, tanto a nivel social como individual, es el caso judío. Los educados en la moral, en  la ritualidad y la tradición judías han jalonado el siglo XX con los hitos más importantes en cualquier rama del saber. Karl Marx, Einstein, Von Neumann

George Cantor, Norbert Wiener, Helbert Marcuse, Karl Popper, Henry Bergson, Noam Chomsky, Ludwig Wittgenstein, Paul Samuelson, Milton Friedmn, Frank Kafka, Marcel Proust, Freud,  Gustav Mahler, Bob Dylan, Leonard Cohen… son una muestra escasísima de todos esos gigantes del saber (Incluso en cuanto a ser revolucionarios, Antonio Escohotado nos dice que –por reacción-adaptación al medio—durante el primer cuarto del siglo XX el 94% de los revolucionarios era de origen judío). ¿A qué se debe tal vitalidad intelectiva? No me cabe duda de que a la educación y a las tradiciones, que desembocan en el amor al conocimiento.

En fin, he querido poner de relieve que en buena medida lo que somos y construimos lo hacemos con la herencia cultural y moral que nos dejaron nuestros antepasados. Hoy –creo que desgraciadamente para la humanidad—cunde una tendencia a borrar el pasado y las tradiciones y valores a él asociadas. Hoy se trata de hacer de las conciencias una tabla rasa donde no quepa historia ni moral ni cultura; de esa manera, dicen, correrán mejor los aires que traen los nuevos tiempos. Me temo que una síntesis de las distopías narradas en los libros 1984 y Un mundo feliz, llega para atraparnos.