Lo políticamente correcto II. Marcuse y la doble faz del «buenismo»

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En relación a las preguntas que formulé al final de mi anterior post en este Blog, ¿quiénes manejan lo políticamente correcto?, ¿cuáles son sus orígenes?, la respuesta es clara: principalmente los movimientos igualitaristas. Es decir, los que abogan por una sociedad donde todos los individuos que la integran posean las mismas libertades y derechos, pero también el mismo estatus social y el mismo nivel de riqueza; sin que, en consecuencia, la laboriosidad que muestre cada cual, sus capacidades o sus méritos, esto es, sin que todo aquello que uno aporta de manera desigual a lo aportado al bien común por los demás se le otorgue valor alguno. Se trata de equiparar al mediocre con el excelente, al capaz con el incapaz, al laborioso con el bigardo.

Han existido numerosos movimientos igualitaristas a lo largo de la historia, el cristianismo primitivo fue uno de ellos, y el marxismo es otro que en ciertos ambientes sociales y culturales sigue aún en boga. Ningún movimiento igualitarista ha tenido éxito ni ha durado gran cosa. Los últimos intentos, los que experimentaron con sistemas comunistas, tal como los habidos en Rusia y en China, tuvieron que ejercer una represión brutal sobre la población y acabaron conduciéndola a la miseria. Así que muchos intelectuales marxistas se desengañaron de esos modelos y trataron de alcanzar el Igualitarismo por otro camino. A tal propósito se creó en 1923 la llamada Escuela de Frankfurt. Entre sus pensadores más prominentes figuran Horkheimer, Adorno, Marcuse, Benjamín y Habermas. De sus doctrinas arranca lo políticamente correcto.

El interés de dicho grupo se cifraba en instaurar el socialismo en Occidente, pero su método no consistía en provocar una revolución violenta según el modelo de la soviética, sino en buscar la destrucción revolucionaria de la civilización occidental socavando paulatinamente sus valores. Borrar el matrimonio y la familia, la nación, los símbolos, los héroes, el cristianismo, lo fuerte, la competitividad, la excelencia…

Pero tal propósito se ve obstaculizado por barreras muy poderosas, a saber: 1.-cómo justificar lo factible de que en esa sociedad utópica igualitaria el individuo, condenado a la imposibilidad de asenso  social y económico, coopere motivado y con esfuerzo al bien común (se considera que en esta sociedad nuestra todo individuo se mueve por motivos egoístas); 2.-cómo justificar que pueda reinar en dicha sociedad la convivencia pacífica entre las gentes, esto es, que los rencores, envidias, celos, egoísmos, ambición, crueldad, ansias de venganza, odio, rencor…, desaparezcan en esa sociedad “liberada”; 3.-cómo conseguir adeptos a esa causa si, en palabras de Marcuse, “el proletariado ha perdido su negatividad”, ha dejado de ser revolucionario.

Con motivo de solventar los dos primeros puntos los pensadores nombrados echaron mano –increíblemente—de una idea ya antigua: la del buen salvaje rousseauniano. La consideración de que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad quien le corrompe. Más aún, Rousseau aduce que es la desigualdad social la que hace al hombre perverso; así que, al respecto, la propuesta implícita en los pensadores de la Escuela de Frankfurt se podría formular así: Somos buenos por naturaleza, de ahí que si reinase la igualdad entre los hombres esa innata bondad sería manifiesta y en las relaciones humanas se harían realidad el afecto y el esfuerzo desinteresado a favor de la comunidad, esto es, se alcanzaría el Paraíso socialista, se resolverían los dos primeros obstáculos. (Rousseau creía que la bondad del hombre se podría hacer surgir a través de la educación de los niños en el amor y en la suavidad en el trato, aunque él fue entregando una a uno a sus cinco hijos al hospicio. Esa doble faz de Rousseau aparece también en Marcuse. Algunos que muestran muy a las claras su resentimiento social y su odio a la humanidad, están enamorados, sin embargo, de la idea de amor a la humanidad. Rousseau era un resentido social que odió a todos cuantos le ayudaron, casi todos los enciclopedistas).

Sin embargo, la formulación que he expuesto resultaba muy pobre para ser presentada al distinguido mundo de la metafísica y de la intelectualidad marxista del siglo XX, había que darle un barniz “científico” (que entonces estaba muy de moda entre estos pensadores). Quien se encargó de esa reformulación fue Marcuse, el padre espiritual de las revueltas estudiantiles del 68 y del hipismo. Sus dos libros más populares, Eros y Civilización, y El Hombre Unidimensional, se dirigen a solventar ese asunto. Para hacerse una idea de lo “científico” de su análisis, diré que utiliza el metapsicoanálisis freudiano como herramienta (ni siquiera el psicoanálisis, que jamás ha presentado prueba alguna de su verdad ni de su poder sanador, sino el metapsicoanálisis, ese cúmulo de ocurrencias de Freud acerca de “la horda primitiva”, “del asesinato del padre”, del complejo de Edipo, etc. etc.); y aún así, aún utilizando todo ese material de derribo, retuerce frecuentemente los dictados de Freud para deducir todo aquello que desde el comienzo le interesa deducir. En El Hombre Unidimensional, sin embargo, se pasa a la dialéctica hegeliana para tratar de convencernos que hay que crear “negatividad” en las gentes para que se rebelen contra el sistema.

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Marcuse trata de remachar con estos arreglos pseudocientíficos la existencia de una supuesta naturaleza primitiva, reprimida y “olvidada” de hombre bueno. Resulta pertinente extenderse en la explicación de este asunto porque en estos libros se encuentran ya definidos todos los valores que defienden el “buenismo” y lo políticamente correcto, así como su oculto carácter represivo. Dice Marcuse que  llegados a un punto en donde es posible erradicar la escasez en todo Occidente,  demostrará mediante el alambique del psicoanálisis que desaparecerán todos nuestros instintos destructivos al absorber Eros a Tánatos, consiguiendo una sensualización y una erotización del organismo en que todo será juego, alegría y paraíso. Como lo oyen. Describiendo tal incomestible mejunje discurren las páginas del libro.

En Marcuse ya está prefigurado el “buenismo” que hoy domina la moral de Occidente: carga contra la monogamia y el patriarcado, prescribe como cosa necesaria la erotización de la personalidad, se muestra a favor del ecologismo y del trato humanitario con los animales, está a favor de la ambivalencia sexual, y proclama el orden de la sensualidad contra el orden de la razón, que convertirá el trabajo en un juego erotizado. Pero considera a la democracia liberal y capitalista un sistema absolutamente perverso y represivo al que hay que demoler. El lanzar diatribas contra todo y contra todos deja pocas dudas del carácter totalitario y represivo de sus propuestas.

“El sistema de dominación lo controla todo. Todos formamos parte de su engranaje y todos cooperamos en su funcionamiento. Como un enorme agujero negro, el sistema de dominación absorbe, manipula y pervierte cualquier actividad social. La ciencia, la tecnología, el análisis lingüístico, la filosofía analítica, el operacionalismo que impera en la sociedad, el lenguaje de los medios, el carácter positivista de las ciencias… están supeditados servilmente al sistema de dominación imperante. Aquel saber que pretenda aclarar, restringir, definir, limitar y reducir, sirve en último término a los propósitos del sistema, pierde su negatividad. “

Contra el Mal antedicho lanza Marcuse sus rayos (contra “escribas y fariseos”, especialmente contra Wittgenstein y contra Erich Fromm) en su libro El hombre unidimensional. Toda la sociedad es un escenario malsano, alienador, represor, de cartón piedra, que esconde y tapa al verdadero hombre, al verdadero mundo, a la verdadera felicidad. Sobre el mundo actual se cierne una máscara de maldad que muestra todo irreal y falso; pero Marcuse nos quiere quitar dicha máscara para que entremos en el mundo de la libertad por él inventado.

Su lectura nos produce la impresión del fanático predicador que cree hallarse poseído por la verdad, y que nos impondría esa verdad con sangre y fuego si fuese necesario, produciéndole sufrimiento nuestro disfrute si ello debilita nuestra negatividad. Le irrita que el bienestar llegue a la gente  porque se pierde negatividad. Cuando la música culta se populariza le molesta porque de esa forma los clásicos han perdido fuerza antagonista; cuando las bellas artes, la estética, cuando los privilegios culturales han llegado a las masas, le irrita por la misma razón. La pérdida de bienestar social le alegra porque aporta negatividad.  Él está en su empeño de implantar el Socialismo contra viento y marea.

“Quitarles las diversiones para que estallen: …la mera supresión de todo tipo de anuncios y de todos los medios adoctrinadores de información y diversión sumergiría al individuo en un vacío traumático…  «el no funcionamiento de la televisión y de los medios similares podría empezar a lograr, así, lo que las contradicciones inherentes del capitalismo no logran: la desintegración del sistema[i].»

 

También, como en cualquier régimen comunista, propugna la ‘dictadura educacional’:

“En realidad la sociedad debe crear primero los requisitos materiales de la libertad para todos sus miembros antes de poder ser una sociedad libre; debe crear primero la riqueza antes de ser capaz de distribuirla de acuerdo con las necesidades libremente desarrolladas del individuo; debe permitir primero que los esclavos aprendan, vean y piensen antes de saber qué está pasando y lo que pueden hacer para cambiarlo[ii].

Ellos deben ser “obligados a ser libres”, a “ver los objetos como son y algunas veces como deberían ser”, se les debe enseñar el ‘buen camino’ que están buscando.

Marcuse emprende una cruzada contra el mundo, contra la ciencia, contra la cultura, contra la felicidad de las gentes… Solo la lucha contra el sistema parece tener algún valor para él por la contradicción que apareja. Como se ha podido ver, lo políticamente correcto y la represión que consigo conlleva no son algo nuevo, ya estaba presente en las intenciones de Marcuse allá por los años cincuenta. Tal es la doble faz del “buenismo” en general, odiar al mundo y presentar la cara de amor a los demás.

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Otro pensador de la Escuela de Frankfurt, Habermas, impregna también el “buenismo” que pretende dominar la moral de Occidente y desterrar la antigua moral. Habermas encarna el dialoguismo que saca a relucir la izquierda cuando se abordan cuestiones como la relación a mantener con grupos sociales que no asumen la democracia, los derechos humanos y las libertades, tal como muchos de los grupos islámicos residentes en Europa, así como la mayoría de los países de religión musulmana. Habermas prescribe el diálogo para la resolución de conflictos. No postula un paraíso, tal como hace Marcuse, pero sí una ética de comunicación intersubjetiva que lo propicie. Prescribe unas condiciones de legitimidad y unos principios argumentativos que sean una exigencia moral. Pero ello obliga a un reconocimiento por igual a lo propio de las culturas y valores ajenos, una equiparación de valores, una relativización de valores, un considerar que en el diálogo debe pesar por igual lo democrático y lo totalitario, los derechos humanos y la sumisión a la religión. Fruto de ese pretendido diálogo surgió el proyecto de convivencia en la Multiculturalidad en Europa, que ha significado un absoluto fracaso. La alcaldesa de Madrid, la buenista Manuela Carmena, nos ha dejado un ejemplo de lo aberrante que resulta llevar el tal diálogo al extremo en que se lleva. Pocos días después de los atentados terroristas de París nos sorprendió con sus declaraciones en pro de empatizar con los terroristas del DAESH para conseguir la paz.

 

En la siguiente entrada daré respuesta a la tercera dificultad con que la Escuela de Frankfurt se enfrentó: cómo conseguir adeptos a esa causa si, en palabras de Marcuse, “el proletariado ha perdido su negatividad”, ha dejado de ser revolucionario.

 

[i] Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, editorial Ariel, Barcelona 1981, p. 274

[ii] Ibid, p. 71