Libre Albedrío II

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              En la anterior entrada expuse los dos distintos conjuntos de sistemas de que dispone el cerebro para percibir la conveniencia de un asunto y, consecuentemente, decidir. Por un lado está el sistema límbico y otros sistemas aún más antiguos que gobiernan las emociones, los instintos y las acciones reflejas; por otro lado están los sistemas que en mayor medida operan en la conciencia.

Pero la cuestión resulta mucho más complicada de lo que parece a simple vista porque unos sistemas y otros se ejercen mutua influencia. Por esa razón y antes de proseguir en esa línea, examino dos experimentos clínicos que son famosos en el campo de las neurociencias.

El primero de ellos fue llevado a cabo por el doctor Benjamín Libet, de la Universidad de California en San Francisco. Mediante tal experimento descubrió que un poco antes de hacer consciente la decisión de llevar a cabo un acto, dicha decisión ya se refleja (ya ha sido tomada) en la actividad de áreas subcorticales de las que no somos conscientes. Por ejemplo, antes de decidir mover un dedo, las redes neuronales motoras que controlan dicho movimiento a nivel subcortical ya habían decidido mover el dedo.

Esto es, la conciencia aparece solo como mero notario que da fe de lo que en el subconsciente ya se ha decidido. Es este subconsciente quien evalúa las opciones que se presentan y es él quien decide. La decisión la recibe después la conciencia, creyendo ilusamente que ha sido ella quien ha decidido.

El segundo experimento lo llevó a cabo el doctor Robert Heath. Fue como sigue: a un  paciente aquejado de un cierto desorden neurológico se le colocaron varios electrodos en el cerebro. En un cierto momento en que el paciente describía lo apenado que se hallaba por la enfermedad terminal de su padre, el doctor Heath estimuló con los electrodos el septum  del paciente, un área del sistema límbico que participa en los procesos de placer con carácter sexual. En menos de 15 segundos el paciente olvidó su pena y comenzó a sonreír picaronamente y a hablar de planes para seducir a una amiga. Según su propia confesión, “los planes han acudido de pronto a m i cabeza”.

Esquemáticamente, la estimulación de la actividad de una zona del sistema límbico originó un  cambio de pensamientos y de sentimientos.

Volvamos al hilo de la influencia mutua que se ejercen los sistemas arriba dichos. Se ha de tener en cuenta que las emociones y los instintos afectan de manera muy importante a nuestro pensamiento y a los senderos que toma la razón; pero también se produce la influencia en sentido inverso, pues nuestras razones y pensamientos influyen en agrandar o diluir el grito emocional e instintivo. Se sabe también que las creencias que poseemos acerca de un determinado asunto, determinan en gran medida la predisposición emocional y sentimental hacia su ocurrencia.

Por otro lado, el sistema intelectivo, haciendo uso de la imaginación y de la memoria, labora especulativamente en el presente con vistas al futuro en razón de encontrar a largo plazo lo conveniente en referencia a cualquier asunto de la vida. Pero, en cambio, en las cuestiones que se han de dilucidar a corto plazo, en la inmediatez, la facultad intelectiva suele intervenir poco, y nos mueven rutinas de acción basadas en costumbres, usos o creencias, o bien nos guiamos a instancias del miedo o del placer que nos presentan en primer término los asuntos.

Como se ha podido ver, un auténtico galimatías: una intrincada influencia entre los distintos sistemas encargados de percibir la conveniencia del organismo, y la intervención ―y la frecuente disputa entre ellos― de sistemas encargados de la percepción de lo conveniente a largo y a corto plazo.

Dicho lo dicho, se vislumbra que los sistemas que operan en el ámbito de la conciencia, como los sistemas intelectivos, ejercen la doble labor de percibir lo que conviene al individuo (sobre todo a largo plazo), pero también la de resaltar lo que le resultaría a éste conveniente frente a la conveniencia que perciben los sistemas que operan en el subconsciente. Pero, ¿toman estos sistemas conscientes la decisión respecto a las conveniencias presentadas, o su acción se limita a presentarlas?

El lector que haya estado atento se habrá percatado de que su labor es de mera presentación. El sistema evaluador y que decide no se halla en el ámbito de la conciencia.  Opera en su subterráneo y tiene por misión evaluar cada conveniencia en razón del peso de miedo o placer que presenta. En el sistema límbico se evalúa la placentera e instintiva conveniencia que representa el hecho de engañar a la esposa con la compañera de la oficina, a la vez que la conveniencia de evitar el hecho por temor a las consecuencias de dicha acción.

La decisión se elabora en el subconsciente pero conscientemente podemos laborar para otorgar más peso a la conveniencia intelectiva que a la conveniencia instintiva a la hora de ser evaluadas emocionalmente.

Veamos las razones que presenta un fumador que pretende dejar de fumar. Las razones relativas a la prevención, al miedo a los efectos del tabaco, deben lograr un peso mayor que las razones del placer de fumar. Uno debe crear una preocupación por fumar dentro de sí, un temor a fumar. Recuérdese el dicho de Spinoza de que para hacer frente a una emoción debemos de emplear otra que la venza. En la evaluación, el peso de ese temor debe ser mayor que el peso que aporta el placer.

En ese sentido se puede decir que uno decide libremente. No es la conciencia en último término quien decide dejar de fumar, sino que es el sistema evaluador del subconsciente, pero  desde la conciencia podemos agrandar el peso de lo conveniente que resulta tirar el cigarrillo.

Vistas así las cosas, esa decisión libre en el sentido considerado, como capacidad para agrandar el peso que presente aquello que la conciencia estima conveniente, como capacidad que es, no es igual en unos individuos que en otros. No solamente porque la capacidad intelectiva de unos y otros es distinta, ni porque el influjo de las emociones tenga distinta potencia en unas y otras personas, sino también por la propia naturaleza de cada cual para dar mayor peso a la conveniencia que presenta el intelecto. De ahí que a ciertas personas les resulta relativamente fácil dejar de fumar mientras que a otras les resulta imposible. Así que el libre albedrío varía de unas personas a otras.

CONTINUARÁ…

Libre albedrío I

CEREBRO

En un sentido estricto significa que mediante los mecanismos de la mera conciencia somos capaces de decidir nuestra acción en el mundo. Esto es, que al «yo consciente» le corresponde la autoría de nuestras decisiones; y que  tenemos autonomía, que «nuestras» decisiones no están predeterminadas ni forzadas desde otros ámbitos «fuera» de la conciencia. De forma radical y extrema, el libre albedrío implicaría que es de la acción exclusiva de la conciencia de donde surgen los motivos de la decisión y la decisión misma.

Claro está que la supuesta  acción de los mecanismos de la conciencia reduciría los procesos que tienen lugar fuera de ella, en el subconsciente, a meros comparsas y servidores silentes de la razón, que los  gobernaría con manu militari y absoluto control. Evidentemente, no es así la cosa. Las pasiones emergen desde las afueras del control de la razón sin que la conciencia sepa siquiera de las causas profundas de su emergencia.

Así que, obviamente, no existe en nosotros el libre albedrío en el sentido estricto antedicho. Pero conviene averiguar con qué sentido y en qué grado se puede hablar de la autoría y autonomía del yo consciente en la decisión, y, consecuentemente, con qué sentido y en qué grado el libre albedrío.

Ello dependerá del papel que la entidad conciencia juegue en la holística estructura del organismo y de su acción: de la interrelación de los diversos sistemas orgánicos –entre los que se encuentran los propios de la conciencia–, de la comunicación que establezcan entre sí, de la dependencia, subordinación y control de los unos sobre los otros…

Con la intención señalada anteriormente, conviene poner en claro una premisa que resulta obvia desde el punto de vista evolutivo: todos los sistemas que obran en el organismo han sido pergeñados como adaptaciones evolutivas, por la utilidad que mostraron para que el organismo sobreviviera en el medio considerado (o porque no resultaron ser un impedimento vital).

También conviene realzar algunas cuestiones conocidas: sólo somos conscientes de aquello que supone alguna actividad del neocórtex. Pero para que se produzca algún grado de consciencia, deben entrar en funcionamiento muchas partes del cerebro que operan en el subconsciente. La memoria, la atención, las sensaciones, el pensamiento, la razón… son componentes principales de la conciencia, sin embargo, ¿sabemos algo de su emergencia?, ¿sabemos algo de las causas por las que un pensamiento, un deseo o una emoción surgen a la conciencia (en cuyo plano son reconocidas)? Brotan de un hontanar  subterráneo del predio conciencia, más allá de él, más profundo, oculto;  y lo hacen «mostrándose», pero sin mostrar las causas de su emergencia.

Bien, vayamos al grano. Se trata de decidir sobre un asunto en cuestión. Por lo tanto, considerando  que la decisión se produjera en el plano de la conciencia, se trataría de conocer conscientemente lo que al tal asunto convendría, y aquello de lo que resultase mayor conveniencia  resultaría ser la decisión. Pero pudiera ser que el organismo dispusiese de otros sistemas para «reconocer» la conveniencia, sistemas distintos a los de la conciencia; al fin y al cabo la funcionalidad del organismo se asienta en percibir, en su sentido más amplio, las amenazas y posibilidades del medio, y responder adecuadamente a ellas con la finalidad teleológica de sobrevivir. Por ejemplo, en situaciones de inmediato peligro, la amígdala «responde»  incluso antes de que dicho peligro se haga consciente. En tal caso es el sistema límbico (en donde se halla la amígdala), desde el subconsciente, quien ha «decidido» y quien impulsa a la acción. En otras palabras: es la amígdala quien ha «reconocido» el peligro y quien tiene dispuesta la acción «conveniente» para gestionarlo.

Se saca en claro con este ejemplo que el organismo-en-pleno dispone de otros sistemas distintos a los propios de la conciencia para reconocer ciertos eventos relevantes para supervivencia y responder a ellos convenientemente. El organismo tiene codificada la situación y la respuesta a ella; y en dicha codificación participa usualmente la experiencia, aunque resulte innato el automatismo de la respuesta. Los deseos y los instintos actúan así. Vemos a una hermosa mujer y la deseamos, pero no es «nuestra» la decisión de que tal deseo surja, y menos de que fulja como lo hace; no es una decisión de la conciencia, del «yo consciente». Ni lo es el que sintamos un frío temor cuando un mal aliñado desconocido se dirige a nuestro encuentro en un sombrío callejón. Tampoco es de la incumbencia de ese «yo» la «decisión» de huir como alma que lleva el diablo en tal circunstancia; ni de que miremos con ojos vidriosos y sentimiento anhelante los pechos de la mujer. Se trata de meros reflejos, de acciones instintivas sobre las que la conciencia obra y se percata después, al cabo de unas décimas de segundo.

Así que, actuando fuera del plano de la conciencia, mediante mecanismos automáticos, el organismo «reconoce» objetos y hechos relevantes para la supervivencia (objetos y hechos que estima «convenientes» o «inconvenientes» para la supervivencia) y responde a ellos según esa conveniencia. Ya lo señaló Descartes: «El deseo es la agitación del alma causada por los espíritus, que la disponen a las cosas que ella se representa como convenientes». Se ha de resumir, pues, diciendo que el organismo dispone de varios sistemas distintos para el «conocimiento» de la realidad. Algunos como la razón, situados en la superficie de la conciencia, y otros escondidos en sus subterráneos. Desde estas ocultas profundidades, el instinto y el deseo nos lanzan hacia lo que el organismo estima «conveniente» para la supervivencia, mientras que el miedo nos retrae de lo que el organismo estima «inconveniente» para sobrevivir. El organismo, considerando su holística estructura funcional, «reconoce» de forma distinta a como conocen los mecanismos de la conciencia.

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Expongo un ejemplo burdo con la pretensión de evidenciarlo. El del hombre casado al que la convivencia prolongada con una compañera de trabajo hace caer en la tentación erótica que se concita entre ellos, y que practica con la susodicha un rápido y ardiente intercambio sexual. Como el tal individuo sigue enamorado de su mujer (no hace aún un año que se conocen), su conciencia le avisa primeramente de que el deseo suscitado no resulta conveniente, y más adelante, tras de la consumación del deseo, le regala un sentimiento de culpa acompañado de un cierto  displacer o malestar, y le avisa de nuevo de los peligros y problemas que pueden surgir y de lo inconveniente de la acción realizada. Resulta, así, que los mecanismos de la conciencia reconocen inconveniencia, mientras que, ¡ah, aparente incongruencia!, otros mecanismos más primitivos, causantes de los instintivos, son «reconocedores» de lo conveniente de la acción. El organismo ha tenido que optar entre la conveniencia propuesta por la razón y la «conveniencia» propuesta por el deseo sexual. Ha tenido que optar… y «decidir».  Deducimos de ello que el organismo dispone de al menos dos sistemas distintos de «conocer», y que, en este caso,  los dos muestras conveniencias distintas. La memoria, el pensamiento, la razón, nos dan desde el plano de la conciencia (con titubeos, con cambio de criterios, con análisis antagónicos, a veces, de los asuntos) un dictamen de lo que conviene; mientras que, desde zonas subcorticales, obrando en el ámbito de lo insconsciente y «disparando» desde allí, las emociones y los instintos nos dan otro dictamen diferente. Tal vez convenga recordar que el organismo se dirige hacia lo que percibe «conveniente» mediante los deseos y los instintos, instrumentos estos del organismo, antiquísimos, y que velan por su supervivencia

Hasta aquí, no obstante, he considerado que esos sistemas actúan independientemente entre sí; lo cual es falso. Se hallan interconectados y se proyectan influencias mutuamente. Tradicionalmente la razón nos hacía humanos y el instinto nos hace animal, y tradicionalmente han sido considerados independientes, y han sido considerados «puros» en el sentido de que cada uno de ellos actúa con una finalidad bien definida y determinada; pero ese es un modelo ideal que no se atiene al verdadero carácter de promiscuidad e interrelación con que se manifiestan en nosotros esos instrumentos que son la razón y el instinto. Lo cierto es que en el cerebro existe una imbricación íntima de la corteza asociativa, responsable en gran medida de la conciencia, con los sistemas subcorticales responsables de las pulsaciones más primitivas.  Es manifiesto que emociones e instintos invaden con su acción el plano de la conciencia, influyendo de manera característica en su funcionamiento e incluso en misma emergencia. Y también los mecanismos de la conciencia influyen decisivamente en el desarrollo, en el modelado, en la magnificación o atenuación de los disparos emocionales e instintivos. La cosa se complica aún más porque en el conocimiento (y en el «reconocimiento») de la conveniencia (y de la «conveniencia») que procuran la conciencia y el sistema instintivo intervienen, como sistema evaluador, las emociones. Para aclarar estas cuestiones expongo a continuación un caso muy similar al expuesto anteriormente.

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De nuestra historia evolutiva conservamos una gran avidez por las grasas y los azúcares (los Mac Donald y las pastelerías o las tiendas de chuches se han creado a la sombra de esa avidez nuestra). En nuestro pasado de escaseces fueron sustancias muy demandadas por su alto valor calórico y, en el organismo, consecuentemente con ello,  se esbozó un especial placer gustativo por ese tipo de productos. Sin embargo, en la actualidad y en los países occidentales, la abundancia de tales nutrientes y el escaso gasto metabólico que realizamos por actividad  han motivado que ya no resulte conveniente el tomarlos.  Algunos tipos de diabetes, el sobrepeso, problemas del corazón, respiratorios… son los disgustos que nos causa ese «obsequio» de la evolución humana que es la avidez por ellos. El caso es que «nos los pide el cuerpo»; esto es, el organismo «reconoce» que dichos alimentos representan un bien a conseguir para nuestra supervivencia y, movilizado en el placer de consumirlos, nos impulsa a ello. No obstante, la conciencia nos avisa de lo poco convenientes que resultan. ¡Y el organismo se encuentra en un brete!, ¿a quién hago caso?  Claro, puede aducir alguien: «en eso consiste el libre albedrío, en la posibilidad de imponer las razones de la razón frente a las pasiones». Pero no es tan sencilla la cosa. En primer lugar, porque la razón no actúa sola. Mediante la razón analizamos los pros y contras de tomarlos y de no tomarlos, pero quien íntimamente valora los dichos pros y contras no es la razón, sino las emociones. Es el peso emocional que nos suscitan los pros y los contras quienes dirigen el análisis de la razón y finalmente quienes dan el veredicto. ¡Y dicho más exactamente!: como aún en un substrato de la emoción se hallan el placer y el displacer del miedo al peligro, estos son en última instancia quienes dan el veredicto que la razón sólo se encarga de reconocer y transmitir. Ante el pastel de marras el sujeto obeso siente que todo su  cuerpo está conjurado para engullirlo, pero una voz de peligro (de miedo condicionado a ciertos productos) trae la memoria que avisa: ¡cuidado, si engordas no gustarás a fulanita!, ¡cuidado, si comes ese pastel te sentirás molesto contigo mismo después!, ¡cuidado, con esa tripa que se te está poniendo, pues serás el hazmerreír de la oficina! Y también escucha los gritos del placer: ¡qué más da un pastel más o menos, si tiene tan buen aspecto!, ¡total, la vida son cuatro días y hay que aprovecharlos!, ¡ya estoy harto de pasar hambre y no consigo adelgazar!… La razón no ha tenido que ver en la emergencia de unos gritos u otros, sino que obedecen a motivos de miedo o placer.

 CONTINUARÁ…

Memoria (II)

Un acontecimiento se graba y guarda en la memoria con mayor fidelidad y nitidez si va acompañado de emoción (lo que otorga a la emoción una importancia excepcional para el aprendizaje). Cuanto mayor sea el peso emocional que otorguemos a un suceso, mejor se guardará en la memoria y mejor se recuperará, y ello sucede sobremanera, si el suceso es relevante para nuestra supervivencia. Los sucesos emocionalmente relevantes son los que mejor resisten el vendaval del olvido.

Sin embargo, a pesar de ese carácter evocador que posee la emoción sobre los hechos ocurridos, los hechos y la etiqueta emocional que se adhiere a ellos no se procesan en el cerebro como si de una sola entidad se tratase sino que se desgajan. Dice el premiado neurocientífico Antonio Damasio que guardamos el recuerdo de los hechos en sí además de un recuerdo emocional, y que ambos se procesan independientemente en áreas distintas del cerebro

La amígdala, que es una pequeña almendra (en realidad dos) del sistema límbico y que es responsable directa del disparo emocional, almacena recuerdos de las emociones vividas. Sus neuronas se reorganizan según las experiencias emocionales que se sufren. Una experiencia que es famosa en la literatura médica lo pone en evidencia.

El médico francés Eduard Claperede atendía a principios del siglo XX a una paciente que no podía formar nuevos recuerdos. En cada nueva visita la mujer le saludaba como si le viese por primera vez. Pero al buen doctor se le ocurrió un día ponerse una chincheta en la mano que le ofrecía al saludarla, y tras de sentir el pinchazo, en los días de visita que siguieron, la mujer se negó a estrechar la mano que el doctor le tendía aunque seguía sin reconocerle. Su amígdala guardaba el recuerdo emocional del pinchazo sufrido previamente.

De sufrir una lesión cerebral que desconecte la memoria episódica de los hechos o bien desconecte la amígdala, un individuo perdería la memoria de los sucesos o la memoria emocional. Si le hubiera mordido un perro con anterioridad, en el primer caso sentiría temor a los perros sin saber por qué, en el segundo caso recordaría que un perro le mordió, pero no sentiría temor alguno.

La memoria emocional también nos sirve para el reconocimiento. Ramanchandran, un afamado neurocientífico indio, relata el caso de un hombre que creía a sus padres unos impostores. Reconocía la figura y el rostro de ellos, pero pensaba que eran unos actores o unos extraterrestres que habían usurpado sus cuerpos. No sabía reconocer las señales de emoción que recibía, pues tenía dañadas ciertas conexiones de la amígdala. Tal disociación se conoce con el nombre de Síndrome de Capgas. Con la elegancia que le caracteriza, Marcel Proust pone en evidencia la franquicia que existe entre le pensamiento y la emoción que pinta en el rostro: «En la persona no vemos el pensamiento hasta que se ha difundido en esa caracola del rostro abierta como un nenúfar».

En un libro delicioso que recomiendo encarecidamente leer, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el doctor Oliver Sacks nos narra el caso de una anciana que un día, repentinamente, empezó a escuchar música de su infancia dentro de su cabeza, pensando que era una radio que había quedado encendida. Sorprendentemente, en una conversación informal una amiga mía me informó que su madre estaba «perdiendo la cabeza», pues decía escuchar a todas horas música de su niñez. Le hablé del caso que narra el doctor Sacks y le recomendé que lo leyese.

En la niñez absorbemos una ingente cantidad de experiencias, emociones, olores y sonidos, y los almacenamos con más fiabilidad que en cualquier otra etapa posterior. Un golpe fortuito o la impresión de un sueño pueden abrir de forma inconsciente una ventana a esos recuerdos.

Los olores son los grandes evocadores de los sucesos guardados en la memoria. El olor de las magdalenas recién hechas para el desayuno, traía a Marcel Proust un aluvión de recuerdos de juventud. De ellos se servía para describir con milimétrica minuciosidad un paisaje de los años evocados, un cuadro, una puesta de Sol o la angustia de los celos que le causaba Albertina.

Por todo ello, como escribió Luis Buñuel, nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada. Epicuro aseveraba que el recuerdo de placeres pasados nos ayuda a conseguir la felicidad.

Sentimientos (I)

Sentimientos

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De su andamiaje dice Antonio Damasio[i] que «son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación». Según el principio de anidamiento propuesto por este autor, parte de la maquinaria del sistema inmune está incorporada a la maquinaria de los comportamientos del dolor y del placer; parte de esta otra se halla incluida en la maquinaria de los instintos y emociones; y, finalmente, parte de todo lo anterior se incorpora a los sentimientos. Huelga añadir, visto el entramado, que cuando un sentimiento se manifiesta, se produce un proceso mental, reacciones emocionales, impulsos instintivos, se acompaña de ingredientes de dolor y placer e incluso de regulaciones más básicas. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo. Pero conviene hacerlo: los sentimientos manifiestan su esencia en lo social. Este es su caldo de cultivo, su soporte y su quicio. Evolutivamente nacieron con vocación social, y en lo social radica su funcionalidad. No se olvide esto.

Para atisbar su complejidad vale exponer un caso: un individuo ofende a otro públicamente. De forma inmediata, el ofendido siente ira contra el ofensor y vergüenza (al ser percibida por el público presente la ofensa que le hiere y rebaja) ante los presentes. La ira tiende a consumirse con violencia, pero el ofendido puede sentir temor hacia el ofensor y, a causa de ello, sofrenar los dictados de su ira. El ofendido se siente ante los demás desvalorizado, lo que produce un sentimiento con gran dosis de dolor de ánimo: la humillación. Con el paso del tiempo, el recuerdo de esa humillación mantiene la ira en candelero, haciendo aflorar un  deseo muy sentimentalizado: el odio. Éste, se revierte imaginativamente contra el ofensor como deseo de venganza (de vengar la afrenta), es decir, con el ánimo de cobrarse crecidamente la  humillación sufrida. En la escenificación mental que conlleva el deseo de venganza, se representa con gozo la obra del sufrimiento y dolor del ofensor —y este gozo por el dolor ajeno es un instinto sentimentalizado que se conoce como crueldad. De no llevarse a cabo la venganza en su debido tiempo, el odio se añeja, se encalla, se camufla en rencor, que es un sentimiento perdurable (en los lugares pequeños se transmite de generación en generación entre familias). Si quien ofende o agravia no es un individuo sino que tiene como origen lo que el agraviado u ofendido entiende como una injusticia social, la humillación genera un resentimiento contra los promotores de tal pretendida injusticia. Como se ve, toda una maraña. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo.

La génesis y los ingredientes que propone el citado autor los definen: Los sentimientos sociales son adaptaciones evolutivas consistentes en ciertos desencadenantes que tienen lugar en nuestro organismo ante un suceso o estímulo socialmente relevante, cuyos ingredientes principales son emociones, una representación mental del estado del cuerpo que produce imágenes, y un modo alterado de pensar, con pensamientos acordes a la emoción que se siente, así como alguna variación del dolor y del placer.  En tanto que representaciones mentales del estado del cuerpo, la conciencia entra en juego; no se trata solo del mero disparo emocional, sino que, acompañándolo,  interviene la atención, las razones, el pensamiento, los recuerdos… De ahí la importancia que cobra la corteza prefrontal ventromediana para lidiar de forma adecuada una «situación social»  con el capote de los sentimientos .  Parece ser que esa región está adaptada para detectar los estímulos socialmente relevantes, es decir, aquellos eventos o relaciones sociales que fueron de primordial importancia para el éxito o fracaso biológico de los individuos de nuestra especie. Ahora bien,  el área señalada, que se comunica con la amígdala a través de la corteza cingulada, también está comunicada con otras áreas de procesamiento superior y con otras estructuras cerebrales que sustentan la producción de imágenes, de forma que la atención, los recuerdos, la imaginación y los pensamientos mismos se suscitan y se alteran en concordancia con los «gritos» emocionales provenientes de la amígdala. El sentimiento es el cúmulo de todo ese proceso; es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra eficacia biológica. Dicho de manera que puede resultar harto sorprendente: el sentimiento es también  respuesta del organismo en su afán de seguridad. La búsqueda de seguridad constituye uno de los afanes más prominentes del organismo, enredado como se halla en esa aparente finalidad teleológica de sobrevivir y dejar descendencia.  Es decir, los sentimientos le señalan a la mente aquello por lo que tiene que preocuparse el organismo, y, en ese sentido, representan un sistema de seguridad. O de una manera más precisa: el organismo dispara los sentimientos para señalar a la mente aquello que le preocupa, aquello que la mente debe tomar en consideración; y, ¿para qué?: para que las imágenes, la razón, los pensamientos, tomen parte activa en formular la respuesta, sofocando, modelando, regulando, moldeando e incluso concitando el automatismo emocional e instintivo.

Una funcionalidad sorprendente. El organismo, «empeñado» en lograr eficacia biológica,  engarza áreas filogenéticamente muy antiguas, como el sistema límbico ―al que pertenece la amígdala―, con áreas «nuevas» como la corteza prefrontal. Engarza emociones, instintos, dolor y placer, con imágenes y razonamientos, y surgen los sentimientos en el medio ambiente en que vivimos, que es social. (Algo semejante ocurre con los deseos, que vienen a ser a los instintos lo que los sentimientos a las emociones.) También actúa el tándem dolor/placer, con la funcionalidad de recompensa/castigo, señalando a las emociones las conductas a evitar e indicando la conveniencia de dicha evitación[ii].


[i] Antonio Damasio, En busca de Spinoza, p. 41

[ii] Claro que, una consecuencia no deseada de esa señalización que produce el placer es la adicción. James Olds y Peter Milner (1954) demostraron la adicción de la rata a la cocaína y a la estimulación de los centros nerviosos que provocan el riego con dopamina. Recientemente, Serge Ahmed ha diseñado un experimento que ha puesto de manifiesto que las ratas optan por el jarabe dulce incluso antes que por la cocaína. Los humanos podemos hacernos adeptos al juego, a la bebida, a la relación sexual, a las drogas… La evolución no ha «reparado» los mecanismos del placer/dolor –eliminando de ellos la adicción–, porque no fue relevante en los modos de vida de nuestra larga historia evolutiva. Ahora sí puede serlo.