CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA I

El hecho ha sido observado en multitud de ocasiones en muchas especies animales. Comprenderlo solo precisa de un ejemplo: Un rebaño ovino pastando apaciblemente a unas decenas de metros de un despeñadero; un pastor al que un fortuito menester aleja unos instantes del ganado; un oveja madura que por razones extrañas, obedeciendo a un mero instinto ocasional,  obedeciendo a una pulsión, echa a trotar y se desboca hacia el precipicio. Ahora viene el asunto principal: suele ocurrir que las demás ovejas, en fila, siguen los pasos de la primera y se despeñan también.

Los seres humanos no somos tan distintos a esas ovejas. Como ellas, somos gregarias, solemos tener pastores políticos y religiosos, y, los suicidios colectivos –siguiendo las indicaciones o doctrinas de un líder—han sido harto numerosos en nuestra especie. Desde sectas religiosas que se han inmolado a una orden de su líder, hasta la infinitud de guerras que no tuvieron otro propósito que el enfrentamiento entre líderes, ni otro resultado posible que la muerte de centenares, miles o millones de seres humanos.

Somos animales, somos gregarios y seguimos a un líder cual rebaño de ovejas o de lobos o de caribús. Nos creemos distintos porque, de manera singular, poseemos conciencia, pero, realmente, todas nuestras decisiones se toman en ese ámbito subterráneo que es el inconsciente.

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La conducta de los animales –deslindándonos ahora de ellos—resulta mucho menos complicada que la nuestra: es guiada y catapultada de manera casi exclusiva por los instintos. Sus instintos les indican la conveniencia que poseen las cosas para su supervivencia y bienestar, y les impulsan a conseguirlas. Los humanos disponemos, además, de otros mecanismos neuronales para percibir dicha conveniencia: poseemos la razón y los sentimientos, es decir, poseemos conciencia, poseemos la capacidad de obrar en el presente con vistas al futuro empleando el conocimiento del pasado. Esa amplitud de conveniencias (conveniencia instintiva, sentimental, racional) origina que la vida del hombre resulte un permanente conflicto: una  lucha interior entre conveniencias. El instinto nos suele decir una cosa, el sentimiento otra distinta y la razón otra más enrevesada aún.

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Hace poco comenté en un blog que nuestra civilización trata de reprimir nuestra naturaleza instintiva, nuestra naturaleza animal, y que en esa represión solapada se encuentra en gran medida la raíz de muchas de las enfermedades cuya etiología los médicos se encuentran incapaces de descubrir. Que tales enfermedades son harto frecuentes en quienes, por una causa u otra, han reprimido fuertemente su acción instintiva: quienes huyen de la relación social por temor a la alteridad del ‘otro’, quienes sofocan ilimitadamente su sexualidad, quienes llenos de temor a la experiencia social se refugian en  la soledad o en los animales, en los hipercompasivos, en aquellos que se horrorizan ante cualquier crueldad por insignificante que sea, en aquellos que temen todo lo que huela a competir, en quienes carecen de un itinerario de vida o no poseen un propósito vital. Abjurar de lo instintivo, querer matar la parte animal de uno mismo, lo entiende el organismo, de manera inconsciente, como un suicidio. Los impulsos instintivos se dirigen entonces, no a satisfacerse, sino a descompensan el funcionamiento de los diversos órganos del cuerpo, y, junto con el miedo, el gran represor del instinto, provocan la enfermedad.

En otros casos, una idea se apodera de nosotros, se asienta en la conciencia en forma de creencia (no siendo otra cosa que una ilusión), y obnubilando la razón y redireccionando la acción sentimental hacia el propósito que indica dicha idea, esto es, mostrándonos ciegamente una única e ilusa conveniencia, nos lanza a realizar grandes revoluciones y a producir grandes catástrofes en su nombre. El ejemplo de la Alemania de Hitler o del comunismo soviético, especialmente con Stalin, son bastante elocuentes al respecto. Pero no es preciso señalar casos extremos como los dichos, el ámbito social está lleno de comportamientos disparatados auspiciados por creencias que producen en las gentes una visión de la realidad alterada que puede llegar al fanatismo, esto es, a no ver más allá de sus narices, a pensar que todo el mundo está equivocado menos él, y a considerar su enemigo y declarar la guerra a todo aquel que discrepe de su verdad. El sectario, el revolucionario, el terrorista, son algunos tipos característicos de este tipo de gente. Es como si su cerebro estuviera cortocircuitado y solo la idea que le ronda produjera allí actividad. Los ejemplos son numerosos y no es preciso exponerlos.  Se está descubriendo que muchas enfermedades mentales son consecuencia de ese cortocircuitado y del miedo.

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Recojamos que somos gregarios, que solemos seguir a líderes y a fiar en su opinión, que poseemos mecanismos diversos y de diversa antigüedad evolutiva para percibir aquello que nos conviene para nuestro bienestar, que las ideas anidan en nuestro cerebro fabricando ilusiones que nos guían a comportamientos desastrosos, que renegar de manera notable de nuestra acción instintiva puede enfermar la mente y el cuerpo…

Nos falta hablar de la conveniencia sentimental y de la racional, y también somos capaces de producir tecnología y cultura y moral, pero estos temas serán tratados en próximas entradas de este Blog.

Libre albedrío I

CEREBRO

En un sentido estricto significa que mediante los mecanismos de la mera conciencia somos capaces de decidir nuestra acción en el mundo. Esto es, que al «yo consciente» le corresponde la autoría de nuestras decisiones; y que  tenemos autonomía, que «nuestras» decisiones no están predeterminadas ni forzadas desde otros ámbitos «fuera» de la conciencia. De forma radical y extrema, el libre albedrío implicaría que es de la acción exclusiva de la conciencia de donde surgen los motivos de la decisión y la decisión misma.

Claro está que la supuesta  acción de los mecanismos de la conciencia reduciría los procesos que tienen lugar fuera de ella, en el subconsciente, a meros comparsas y servidores silentes de la razón, que los  gobernaría con manu militari y absoluto control. Evidentemente, no es así la cosa. Las pasiones emergen desde las afueras del control de la razón sin que la conciencia sepa siquiera de las causas profundas de su emergencia.

Así que, obviamente, no existe en nosotros el libre albedrío en el sentido estricto antedicho. Pero conviene averiguar con qué sentido y en qué grado se puede hablar de la autoría y autonomía del yo consciente en la decisión, y, consecuentemente, con qué sentido y en qué grado el libre albedrío.

Ello dependerá del papel que la entidad conciencia juegue en la holística estructura del organismo y de su acción: de la interrelación de los diversos sistemas orgánicos –entre los que se encuentran los propios de la conciencia–, de la comunicación que establezcan entre sí, de la dependencia, subordinación y control de los unos sobre los otros…

Con la intención señalada anteriormente, conviene poner en claro una premisa que resulta obvia desde el punto de vista evolutivo: todos los sistemas que obran en el organismo han sido pergeñados como adaptaciones evolutivas, por la utilidad que mostraron para que el organismo sobreviviera en el medio considerado (o porque no resultaron ser un impedimento vital).

También conviene realzar algunas cuestiones conocidas: sólo somos conscientes de aquello que supone alguna actividad del neocórtex. Pero para que se produzca algún grado de consciencia, deben entrar en funcionamiento muchas partes del cerebro que operan en el subconsciente. La memoria, la atención, las sensaciones, el pensamiento, la razón… son componentes principales de la conciencia, sin embargo, ¿sabemos algo de su emergencia?, ¿sabemos algo de las causas por las que un pensamiento, un deseo o una emoción surgen a la conciencia (en cuyo plano son reconocidas)? Brotan de un hontanar  subterráneo del predio conciencia, más allá de él, más profundo, oculto;  y lo hacen «mostrándose», pero sin mostrar las causas de su emergencia.

Bien, vayamos al grano. Se trata de decidir sobre un asunto en cuestión. Por lo tanto, considerando  que la decisión se produjera en el plano de la conciencia, se trataría de conocer conscientemente lo que al tal asunto convendría, y aquello de lo que resultase mayor conveniencia  resultaría ser la decisión. Pero pudiera ser que el organismo dispusiese de otros sistemas para «reconocer» la conveniencia, sistemas distintos a los de la conciencia; al fin y al cabo la funcionalidad del organismo se asienta en percibir, en su sentido más amplio, las amenazas y posibilidades del medio, y responder adecuadamente a ellas con la finalidad teleológica de sobrevivir. Por ejemplo, en situaciones de inmediato peligro, la amígdala «responde»  incluso antes de que dicho peligro se haga consciente. En tal caso es el sistema límbico (en donde se halla la amígdala), desde el subconsciente, quien ha «decidido» y quien impulsa a la acción. En otras palabras: es la amígdala quien ha «reconocido» el peligro y quien tiene dispuesta la acción «conveniente» para gestionarlo.

Se saca en claro con este ejemplo que el organismo-en-pleno dispone de otros sistemas distintos a los propios de la conciencia para reconocer ciertos eventos relevantes para supervivencia y responder a ellos convenientemente. El organismo tiene codificada la situación y la respuesta a ella; y en dicha codificación participa usualmente la experiencia, aunque resulte innato el automatismo de la respuesta. Los deseos y los instintos actúan así. Vemos a una hermosa mujer y la deseamos, pero no es «nuestra» la decisión de que tal deseo surja, y menos de que fulja como lo hace; no es una decisión de la conciencia, del «yo consciente». Ni lo es el que sintamos un frío temor cuando un mal aliñado desconocido se dirige a nuestro encuentro en un sombrío callejón. Tampoco es de la incumbencia de ese «yo» la «decisión» de huir como alma que lleva el diablo en tal circunstancia; ni de que miremos con ojos vidriosos y sentimiento anhelante los pechos de la mujer. Se trata de meros reflejos, de acciones instintivas sobre las que la conciencia obra y se percata después, al cabo de unas décimas de segundo.

Así que, actuando fuera del plano de la conciencia, mediante mecanismos automáticos, el organismo «reconoce» objetos y hechos relevantes para la supervivencia (objetos y hechos que estima «convenientes» o «inconvenientes» para la supervivencia) y responde a ellos según esa conveniencia. Ya lo señaló Descartes: «El deseo es la agitación del alma causada por los espíritus, que la disponen a las cosas que ella se representa como convenientes». Se ha de resumir, pues, diciendo que el organismo dispone de varios sistemas distintos para el «conocimiento» de la realidad. Algunos como la razón, situados en la superficie de la conciencia, y otros escondidos en sus subterráneos. Desde estas ocultas profundidades, el instinto y el deseo nos lanzan hacia lo que el organismo estima «conveniente» para la supervivencia, mientras que el miedo nos retrae de lo que el organismo estima «inconveniente» para sobrevivir. El organismo, considerando su holística estructura funcional, «reconoce» de forma distinta a como conocen los mecanismos de la conciencia.

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Expongo un ejemplo burdo con la pretensión de evidenciarlo. El del hombre casado al que la convivencia prolongada con una compañera de trabajo hace caer en la tentación erótica que se concita entre ellos, y que practica con la susodicha un rápido y ardiente intercambio sexual. Como el tal individuo sigue enamorado de su mujer (no hace aún un año que se conocen), su conciencia le avisa primeramente de que el deseo suscitado no resulta conveniente, y más adelante, tras de la consumación del deseo, le regala un sentimiento de culpa acompañado de un cierto  displacer o malestar, y le avisa de nuevo de los peligros y problemas que pueden surgir y de lo inconveniente de la acción realizada. Resulta, así, que los mecanismos de la conciencia reconocen inconveniencia, mientras que, ¡ah, aparente incongruencia!, otros mecanismos más primitivos, causantes de los instintivos, son «reconocedores» de lo conveniente de la acción. El organismo ha tenido que optar entre la conveniencia propuesta por la razón y la «conveniencia» propuesta por el deseo sexual. Ha tenido que optar… y «decidir».  Deducimos de ello que el organismo dispone de al menos dos sistemas distintos de «conocer», y que, en este caso,  los dos muestras conveniencias distintas. La memoria, el pensamiento, la razón, nos dan desde el plano de la conciencia (con titubeos, con cambio de criterios, con análisis antagónicos, a veces, de los asuntos) un dictamen de lo que conviene; mientras que, desde zonas subcorticales, obrando en el ámbito de lo insconsciente y «disparando» desde allí, las emociones y los instintos nos dan otro dictamen diferente. Tal vez convenga recordar que el organismo se dirige hacia lo que percibe «conveniente» mediante los deseos y los instintos, instrumentos estos del organismo, antiquísimos, y que velan por su supervivencia

Hasta aquí, no obstante, he considerado que esos sistemas actúan independientemente entre sí; lo cual es falso. Se hallan interconectados y se proyectan influencias mutuamente. Tradicionalmente la razón nos hacía humanos y el instinto nos hace animal, y tradicionalmente han sido considerados independientes, y han sido considerados «puros» en el sentido de que cada uno de ellos actúa con una finalidad bien definida y determinada; pero ese es un modelo ideal que no se atiene al verdadero carácter de promiscuidad e interrelación con que se manifiestan en nosotros esos instrumentos que son la razón y el instinto. Lo cierto es que en el cerebro existe una imbricación íntima de la corteza asociativa, responsable en gran medida de la conciencia, con los sistemas subcorticales responsables de las pulsaciones más primitivas.  Es manifiesto que emociones e instintos invaden con su acción el plano de la conciencia, influyendo de manera característica en su funcionamiento e incluso en misma emergencia. Y también los mecanismos de la conciencia influyen decisivamente en el desarrollo, en el modelado, en la magnificación o atenuación de los disparos emocionales e instintivos. La cosa se complica aún más porque en el conocimiento (y en el «reconocimiento») de la conveniencia (y de la «conveniencia») que procuran la conciencia y el sistema instintivo intervienen, como sistema evaluador, las emociones. Para aclarar estas cuestiones expongo a continuación un caso muy similar al expuesto anteriormente.

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De nuestra historia evolutiva conservamos una gran avidez por las grasas y los azúcares (los Mac Donald y las pastelerías o las tiendas de chuches se han creado a la sombra de esa avidez nuestra). En nuestro pasado de escaseces fueron sustancias muy demandadas por su alto valor calórico y, en el organismo, consecuentemente con ello,  se esbozó un especial placer gustativo por ese tipo de productos. Sin embargo, en la actualidad y en los países occidentales, la abundancia de tales nutrientes y el escaso gasto metabólico que realizamos por actividad  han motivado que ya no resulte conveniente el tomarlos.  Algunos tipos de diabetes, el sobrepeso, problemas del corazón, respiratorios… son los disgustos que nos causa ese «obsequio» de la evolución humana que es la avidez por ellos. El caso es que «nos los pide el cuerpo»; esto es, el organismo «reconoce» que dichos alimentos representan un bien a conseguir para nuestra supervivencia y, movilizado en el placer de consumirlos, nos impulsa a ello. No obstante, la conciencia nos avisa de lo poco convenientes que resultan. ¡Y el organismo se encuentra en un brete!, ¿a quién hago caso?  Claro, puede aducir alguien: «en eso consiste el libre albedrío, en la posibilidad de imponer las razones de la razón frente a las pasiones». Pero no es tan sencilla la cosa. En primer lugar, porque la razón no actúa sola. Mediante la razón analizamos los pros y contras de tomarlos y de no tomarlos, pero quien íntimamente valora los dichos pros y contras no es la razón, sino las emociones. Es el peso emocional que nos suscitan los pros y los contras quienes dirigen el análisis de la razón y finalmente quienes dan el veredicto. ¡Y dicho más exactamente!: como aún en un substrato de la emoción se hallan el placer y el displacer del miedo al peligro, estos son en última instancia quienes dan el veredicto que la razón sólo se encarga de reconocer y transmitir. Ante el pastel de marras el sujeto obeso siente que todo su  cuerpo está conjurado para engullirlo, pero una voz de peligro (de miedo condicionado a ciertos productos) trae la memoria que avisa: ¡cuidado, si engordas no gustarás a fulanita!, ¡cuidado, si comes ese pastel te sentirás molesto contigo mismo después!, ¡cuidado, con esa tripa que se te está poniendo, pues serás el hazmerreír de la oficina! Y también escucha los gritos del placer: ¡qué más da un pastel más o menos, si tiene tan buen aspecto!, ¡total, la vida son cuatro días y hay que aprovecharlos!, ¡ya estoy harto de pasar hambre y no consigo adelgazar!… La razón no ha tenido que ver en la emergencia de unos gritos u otros, sino que obedecen a motivos de miedo o placer.

 CONTINUARÁ…

El subconsciente pasional

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Presento a continuación El subconsciente pasional, el segundo ensayo del libro Animal moral.  El libro, ya saben, versa sobre la conducta individual y la organización social, en cuanto a sus bases biológicas y el papel que juegan las creencias que poseemos.

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

 

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

En esta dirección puede echar un vistazo a los temas:

 

 

Ensayo 2º: EL SUBCONSCIENTE PASIONAL

 

Resumen

Los mecanismos instintivos y emocionales y otros muchas mecanismos reflejos, sin que seamos conscientes de ello, elaboran en el laberinto del subconsciente  nuestro modo de pensar, nuestras apetencias, la conveniencia o inconveniencia que sintamos hacia ciertas razones, doctrinas, objetos, hechos o conductas. Después se representa todo ello en el escenario de la conciencia, con lo cual nos percatamos de lo cosas que ocurren en el interior de nosotros mismos, como los deseos y los sentimientos. Además, esa representación nos produce el delirio de que es la razón la principal gestora de nuestra mente. Pero en el fondo todo resulta ser pura conveniencia del organismo.

Deseamos a una mujer o a un hombre  hermoso, o un rico pastel, o ser el más amado o el más listo…,  pero es el instinto quien nos lo sugiere y nos lanza a conseguirlo. La ira nos lanza a la violencia o a la malquerencia, la compasión nos empuja a ofrecer y ayudar, el temor nos impele a alejarnos, la culpa nos infringe castigo, los celos nos lanzar a aprisionar a la persona amada… Y son también esas razones del subconsciente las que nos inducen el pensamiento correspondiente. El organismo, desde el subterráneo de la conciencia nos seduce y nos dicta lo que le resulta conveniente y nos empuja para que lo logremos.

En muchos aspectos apenas nos hemos alejado unos pocos pasos de nuestros cercanos parientes primates. Nuestros instintos y nuestras emociones son muy semejantes. Es en el deseo y en el temor y en los instintos y en la conciencia en donde radica la diferencia.

En el surgimiento del deseo se interrelacionan la conciencia y el instinto. En la conciencia, mediante los mecanismos de la imaginación y del pensamiento, se focaliza y se mantiene en candelero el objeto que el instinto señala como conveniente para la vida del individuo, el objeto que debe ser “poseído” en la consumación del deseo.

Todos los deseos están guiados hacia tres grandes finalidades: la sexualidad, la alimentación y la prominencia del propio individuo sobre los demás.

El temor es al miedo lo que el deseo al instinto. Mediante la imaginación se representa y es la imaginación quien lo fortalece o lo desvanece. El temor es un miedo al por-venir concitado imaginativamente. Percibimos una posible amenaza  y la conciencia produce mediante la imaginación situaciones de futuro en la que lidiamos con ella. En ese acto de lidia se gesta el temor, es decir, se concita al miedo.

Los sentimientos contienen emociones, un modo alterado de pensar ―con pensamientos acordes a la emoción sentida―, y ciertos grados de placer o dolor. Nacieron con vocación de ser reguladores de la conducta social. En otras palabras, un sentimiento es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra supervivencia y nuestro éxito reproductivo.

Añado un último apunte a este esquemático resumen: casi todos los sentimientos están cargados de temor y de deseo. La vergüenza, la culpa, la envidia, el orgullo, la soberbia… tienen todos que ver con el deseo de éxito social y con el temor al fracaso.

 

 

Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL

Este libro que presento y del que soy autor, Animal Moral, no es un libro de filosofía al uso, muy al contrario, en él se desdeñan a menudo muchas  razones que la filosofía emplea. Se trata de un libro de ensayos que, dentro de su mucha variedad de temas, versa sobre la conducta humana. Tanto de la conducta individual como de la colectiva, pretendiendo sonsacar sus causas recónditas y sus circunstancias.

En él se dan cita la biología y las neurociencias, la psicología y la filosofía, cada una de ellas en la medida en  que  aportan datos relevantes para intentar descifrar  lo íntimo de dicha conducta. Pero el libro hace singular hincapié en dos factores del comportamiento que hasta la fecha han sido examinados muy superficialmente: el sentimental e instintivo, y el de las creencias que poseen los individuos sobre los asuntos del mundo.

Los ensayos son los que enumero:

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

<a href=”http://www.safecreative.org/work/1411292620842-evolucion-de-la-mente-animal-moral&#8221; target=”_blank”>
<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
</a>

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Hoy expongo un resumen  un  resumen razonado del primer ensayo, Evolución de la mente, en el que desfilan las condiciones del medio, las dificultades que hubieron de superar nuestros ancestros en las distintas etapas de su evolución, y las necesidades que debían resolver para lograr eficacia biológica.

Apartados del medio selvático en que se habían desarrollado sus ancestros y arrojados por cambios geológicos y climáticos a una hostil sabana, los primeros homo habilis  sólo encontraron un camino evolutivo factible para hacer frente al medio.  Fue el de un crecimiento cerebral que propiciara novedosas capacidades con las que suplir la carencia de fortaleza, velocidad, envergadura, fuertes garras…, que poseían otros animales que  habitaban la sabana. No se ha de olvidar que aquellos primeros predecesores eran esencialmente presas.

Tal camino ya había sido iniciado por otros primates cercanos, y seguir cualquier otro hubiera conducido a un callejón evolutivo sin salida posible.

Pero un aumento cerebral requiere alimentos energéticos, lo que motivó que los de su linaje se hicieran carroñeros y, más adelante, cazadores.

Como carroñeros podían tener alguna eficacia individualmente, pero como cazadores individuales eran un desastre. Solo la caza en grupo aportaba la suficiente eficacia. No obstante, esa eficacia solo se podía producir si el grupo actuaba como un todo organizado. En ese sentido, las adaptaciones biológicas que propiciaran la organización grupal cobrarían ventaja evolutiva.

También lo cobrarían ciertas habilidades como el lanzamiento de dardos o piedras y la fabricación de ciertos útiles para la caza y la defensa.

Ahora bien, organizar un grupo para que una cacería resulte eficaz requiere de numerosas acciones secuenciadas, y, sobre todo, requiere poseer dos capacidades: la de comunicarse con los otros miembros del grupo y la prever los escenarios y sucesos que pueden acaecer.

La primera de estas capacidades se fue paulatinamente construyendo hasta dar lugar a un lenguaje externo de signos que pasó  luego a ser oral, y a un lenguaje interno que es el pensamiento. La segunda capacidad requiere poseer imaginación para el futuro. Pero esta imaginación, que es la capacidad de proyectar hacia el futuro los hechos y las relaciones del pasado, necesita apoyarse en sistemas cerebrales como la memoria y el sistema de la imitación. Así que resolver  la necesidad de hacer eficaz la partida de caza produjo evolutivamente  nuevos sistemas de procesamiento cerebral y una red de relaciones entre ellos.

Pero no se ha de olvidar una capacidad nueva que resultaba decisiva para la aparición de las antes mencionadas. Me estoy refiriendo a la capacidad de aprender. Sin aprendizaje no puede darse la comunicación ni la imaginación.

Para que pudieran emerger todas estas capacidades el neocórtex tuvo que crecer mucho más que en otros primates. No solo para  aprender los requisitos de la comunicación y para gobernar sus sistemas motores, sino también para el aprendizaje de habilidades de piernas, brazos y manos, y para la creación y el uso de las tecnologías.

Y no solo el neocórtex. Para que lo aprendido se fije y se convierta en habilidad, para que resulte eficaz, debe automatizarse, debe hacerse rutina, debe ser manejada como manejamos los pedales de un coche, sin pensar en ello, y para esta automatización se precisa el concurso del cerebelo, que hubo de crecer a un ritmo igual o superior al del neocórtex.

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En fin, la imbricación de  los nuevos sistemas con los antiguos, produjeron facultades nuevas. Haciendo uso de la imaginación, el miedo se proyecta al futuro en forma de temor. El instinto se sostiene imaginativamente en forma de deseo. A su vez, la necesidad de regular el comportamiento individual dentro del grupo hizo surgir los sentimientos…

La necesidad, el azar, el medio, contribuyeron a pergeñar un organismo que, con pequeñas variaciones de unos individuos a otros, presenta una forma de percepción, una forma de procesar la información que recibe, una forma de sentir, de actuar, de desear y temer, en resumidas cuentas, de comportarse, que es la que poseen los individuos de nuestra especie. Somos el producto de todo el proceso evolutivo mencionado, somos de la forma en que la necesidad y las circunstancias del medio nos hacen ser.


Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL –
(c) –
Fernando Joya

Libro de ensayos acerca del comportamiento humano

Sinopsis

Ésta es una obra que incluye distintos ensayos acerca de los principales factores que rigen la conducta humana: qué factores son estos, cuál es su origen y su singular cometido, cómo se imbrican, influyen y enredan los unos con los otros… A tales preguntas trata de dar respuesta este libro, y a tal fin se analizan el instinto de poder o prominencia y la acción de los deseos y los sentimientos en los más variados comportamientos humanos. Pero, también, y como factor principal, se analiza el imperio que en la conciencia de cada individuo establecen sus singulares creencias. Las creencias dotan al hombre de una perspectiva, de unos particulares anteojos a través de los cuales mirar el mundo, pero también aportan los criterios para juzgarlo. Las creencias construyen en la conciencia de cada cual ilusiones a la medida de su temor y de sus deseos, y colocan en su horizonte imaginativo la conveniencia a conseguir. El comportamiento humano se cifra en esas complejas influencias.

ÍNDICE

 

  1. La evolución de la mente
  2. Lo pasional
    1. Instintos
    2. El deseo
    3. Funcionalidad de las emociones
    4. El temor y el miedo
    5. Los sentimientos
  3. Creencias mágicas y religiosas
  4. Las creencias en el grupo
  5. Las creencias
  6. Moral, instinto y orden social
  7. Moral, sociedad e historia
  8. Hegel y Marx
  9. El psicoanálisis
  10. Marcuse
  11. El «buenismo»

El animal moral

Sentimientos (I)

Sentimientos

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De su andamiaje dice Antonio Damasio[i] que «son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación». Según el principio de anidamiento propuesto por este autor, parte de la maquinaria del sistema inmune está incorporada a la maquinaria de los comportamientos del dolor y del placer; parte de esta otra se halla incluida en la maquinaria de los instintos y emociones; y, finalmente, parte de todo lo anterior se incorpora a los sentimientos. Huelga añadir, visto el entramado, que cuando un sentimiento se manifiesta, se produce un proceso mental, reacciones emocionales, impulsos instintivos, se acompaña de ingredientes de dolor y placer e incluso de regulaciones más básicas. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo. Pero conviene hacerlo: los sentimientos manifiestan su esencia en lo social. Este es su caldo de cultivo, su soporte y su quicio. Evolutivamente nacieron con vocación social, y en lo social radica su funcionalidad. No se olvide esto.

Para atisbar su complejidad vale exponer un caso: un individuo ofende a otro públicamente. De forma inmediata, el ofendido siente ira contra el ofensor y vergüenza (al ser percibida por el público presente la ofensa que le hiere y rebaja) ante los presentes. La ira tiende a consumirse con violencia, pero el ofendido puede sentir temor hacia el ofensor y, a causa de ello, sofrenar los dictados de su ira. El ofendido se siente ante los demás desvalorizado, lo que produce un sentimiento con gran dosis de dolor de ánimo: la humillación. Con el paso del tiempo, el recuerdo de esa humillación mantiene la ira en candelero, haciendo aflorar un  deseo muy sentimentalizado: el odio. Éste, se revierte imaginativamente contra el ofensor como deseo de venganza (de vengar la afrenta), es decir, con el ánimo de cobrarse crecidamente la  humillación sufrida. En la escenificación mental que conlleva el deseo de venganza, se representa con gozo la obra del sufrimiento y dolor del ofensor —y este gozo por el dolor ajeno es un instinto sentimentalizado que se conoce como crueldad. De no llevarse a cabo la venganza en su debido tiempo, el odio se añeja, se encalla, se camufla en rencor, que es un sentimiento perdurable (en los lugares pequeños se transmite de generación en generación entre familias). Si quien ofende o agravia no es un individuo sino que tiene como origen lo que el agraviado u ofendido entiende como una injusticia social, la humillación genera un resentimiento contra los promotores de tal pretendida injusticia. Como se ve, toda una maraña. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo.

La génesis y los ingredientes que propone el citado autor los definen: Los sentimientos sociales son adaptaciones evolutivas consistentes en ciertos desencadenantes que tienen lugar en nuestro organismo ante un suceso o estímulo socialmente relevante, cuyos ingredientes principales son emociones, una representación mental del estado del cuerpo que produce imágenes, y un modo alterado de pensar, con pensamientos acordes a la emoción que se siente, así como alguna variación del dolor y del placer.  En tanto que representaciones mentales del estado del cuerpo, la conciencia entra en juego; no se trata solo del mero disparo emocional, sino que, acompañándolo,  interviene la atención, las razones, el pensamiento, los recuerdos… De ahí la importancia que cobra la corteza prefrontal ventromediana para lidiar de forma adecuada una «situación social»  con el capote de los sentimientos .  Parece ser que esa región está adaptada para detectar los estímulos socialmente relevantes, es decir, aquellos eventos o relaciones sociales que fueron de primordial importancia para el éxito o fracaso biológico de los individuos de nuestra especie. Ahora bien,  el área señalada, que se comunica con la amígdala a través de la corteza cingulada, también está comunicada con otras áreas de procesamiento superior y con otras estructuras cerebrales que sustentan la producción de imágenes, de forma que la atención, los recuerdos, la imaginación y los pensamientos mismos se suscitan y se alteran en concordancia con los «gritos» emocionales provenientes de la amígdala. El sentimiento es el cúmulo de todo ese proceso; es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra eficacia biológica. Dicho de manera que puede resultar harto sorprendente: el sentimiento es también  respuesta del organismo en su afán de seguridad. La búsqueda de seguridad constituye uno de los afanes más prominentes del organismo, enredado como se halla en esa aparente finalidad teleológica de sobrevivir y dejar descendencia.  Es decir, los sentimientos le señalan a la mente aquello por lo que tiene que preocuparse el organismo, y, en ese sentido, representan un sistema de seguridad. O de una manera más precisa: el organismo dispara los sentimientos para señalar a la mente aquello que le preocupa, aquello que la mente debe tomar en consideración; y, ¿para qué?: para que las imágenes, la razón, los pensamientos, tomen parte activa en formular la respuesta, sofocando, modelando, regulando, moldeando e incluso concitando el automatismo emocional e instintivo.

Una funcionalidad sorprendente. El organismo, «empeñado» en lograr eficacia biológica,  engarza áreas filogenéticamente muy antiguas, como el sistema límbico ―al que pertenece la amígdala―, con áreas «nuevas» como la corteza prefrontal. Engarza emociones, instintos, dolor y placer, con imágenes y razonamientos, y surgen los sentimientos en el medio ambiente en que vivimos, que es social. (Algo semejante ocurre con los deseos, que vienen a ser a los instintos lo que los sentimientos a las emociones.) También actúa el tándem dolor/placer, con la funcionalidad de recompensa/castigo, señalando a las emociones las conductas a evitar e indicando la conveniencia de dicha evitación[ii].


[i] Antonio Damasio, En busca de Spinoza, p. 41

[ii] Claro que, una consecuencia no deseada de esa señalización que produce el placer es la adicción. James Olds y Peter Milner (1954) demostraron la adicción de la rata a la cocaína y a la estimulación de los centros nerviosos que provocan el riego con dopamina. Recientemente, Serge Ahmed ha diseñado un experimento que ha puesto de manifiesto que las ratas optan por el jarabe dulce incluso antes que por la cocaína. Los humanos podemos hacernos adeptos al juego, a la bebida, a la relación sexual, a las drogas… La evolución no ha «reparado» los mecanismos del placer/dolor –eliminando de ellos la adicción–, porque no fue relevante en los modos de vida de nuestra larga historia evolutiva. Ahora sí puede serlo.