DIGAMOS LAS COSAS POR SU NOMBRE

populismo

De la barbarie del fanatismo

La barbarie de vivir esclavizado por unas creencias hasta llegar al punto de ofrecer la vida por ellas. ¡Ese amor a la vida, que es el santuario que la evolución humana ha construido para velar por su mantenimiento! El cristianismo o el islamismo han formado o forman parte de esa barbarie. ¡Entregar la vida, lo más preciado, por una idea! Del mismo modo, la creencia de un samurái acerca del deber de vivir en la esclavitud por pleitesía al honor y a la obediencia a su señor. Todo esto forma parte de la inconsistencia lógica del homo sapiens.

El deber

Es una orden asentada en el subterráneo de la conciencia. Una orden alimentada por un temor a una consciente o inconsciente amenaza en caso de incumplimiento. La dicha amenaza puede que pierda su vigencia con el tiempo, puede haberse borrado de la conciencia, pero sigue produciendo sus efectos temerosos hasta que no se examina a fondo la causa de su existencia. La amenaza puede referirse a un dios justiciero, a una creencia, a un sentimiento como la culpa o la vergüenza, o tal vez a una antigua previsión de lo que podría ocurrir en caso de incumplir el deber.

Mordaza legal. Los nuevos talibanes.

Propuesta de Margarita Robles en nombre del grupo parlamentario socialista: que se castigue con la pena de prisión de seis meses a dos años a quienes justifiquen o enaltezcan por cualquier medio de expresión “el franquismo”. Es decir, se prohíbe argumentar y ni siquiera examinar públicamente con rigor un periodo histórico. Esto recuerda la mordaza de la Iglesia durante la Edad Media.

El sentimiento como árbitro de la moral

Si uno de los nortes de la nueva moral es encontrar la felicidad a toda costa (lo cual ya inhabilita al sujeto para encontrarla) y el sentimiento es el hacedor de la felicidad, el sentimiento se convierte en árbitro y gobierno de esa nueva moral.

heidegger

Ejemplo de la filosofía ante la que los burros con orejeras se inclinan

Heidegger: “Sólo puedo dejar de estar porque estoy, solo puedo dejar de ser porque soy; porque sólo se acaba lo que todavía es”. Es decir, lo que nos está diciendo de ese modo tan snob es que “sólo puedo sacar lo que está dentro”. A esa sarta de obviedades oscuras se la conoce como profundidad filosófica.

Las palabras de Mario Bunge son muy esclarecedoras al respecto: Heidegger tiene todo un libro sobre El ser y el tiempo. ¿Y qué dice sobre el ser? “El ser es ello mismo”. ¿Qué significa? ¡Nada! Pero la gente como no lo entiende piensa que debe ser algo muy profundo. Vea cómo define el tiempo: “Es la maduración de la temporalidad”. ¿Qué significa eso? Las frases de Heidegger son las propias de un esquizofrénico. Se llama esquizofacia. Es un desorden típico del esquizofrénico avanzado.

Más del animalismo

En el animalismo más extremo van de la mano una naturaleza hipersensible, casi enfermiza, y un fanatismo totalitario. Lo curioso es que esa misma mezcla se da en los revolucionarios, sean de izquierdas o de derechas: hipersensibilidad justiciera y un odio feroz acompañado de ansias de venganza.

Lo justo

Aquello que consideramos justo obedece a tres razones que dicta nuestro cerebro: a las creencias que tenemos acerca del mundo, a los sentimientos que nos embargan, y a los intereses que nos guían (yendo más allá, las tres razones están muy relacionadas entre sí y se ejercen influencia mutua). En esencia, la apreciación de lo justo es totalmente arbitraria.

Inteligencia

Dice Stephen Hawking que la inteligencia es la capacidad de adaptarse al cambio

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Intelectuales de izquierdas

Resulta muy curioso: la mayoría de los llamados intelectuales de izquierdas dicen defender la libertad (y la levantan santuarios desde sus púlpitos), pero proclaman su admiración por regímenes totalitarios y por  dictadores. Marcuse abogaba por quitar la libertad de manera absoluta a las gentes para así poder educarles a su antojo; Sartre era un firme defensor del comunismo y sentía una fuerte admiración por Mao. Foucault fue más lejos y además de sentir admiración por Mao, lo sentía por Jomeini y su revolución islámica en Irán, mientras que en los países donde había libertad le daban nauseas. Resulta también chocante que Carillo, íntimo amigo del atroz dictador rumano, Ceausescu, y la Pasionaria, siempre al lado de Stalin, el mayor criminal de la historia, sean proclamados todavía defensores de la libertad. No resulta tan extraño que George Orwell los reconociera a tiempo de escribir 1984.

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Las vanguardias del odio

Es notorio que los partidos políticos clásicos carecen de ideología y lo único que les preocupa es cómo conseguir rápidamente el poder. PSOE y PP son un buen ejemplo de ello. Su gran reto es conseguir que sus varios centenares de miles de afiliados continúen mamando de la ubre de Papá-Estado. Así que, sin ideas que ofrecer, se inclinan a apoyar las ideas de grupos minoritarios organizados cuyas proclamas las carga el odio y cuyas propuestas llevan el propósito de la destrucción, aunque se disfracen con pieles de cordero. El Populismo de Podemos, el Feminismo y el Animalismo, son algunos de esos grupos.

No hablo de los militantes o seguidores, sino de sus vanguardias. Sean movimientos revolucionarios o redentores, sus vanguardias se mueven por odio. Odio a la Democracia Liberal y a todos sus valores y libertades, en el caso del Populismo; odio a los hombres y a la institución familiar, en el caso del feminismo; odio a los sentimientos fuertes y a la consideración del ser humano como algo singular, en el caso de animalismo. El odio actúa de punta de lanza para cambiar la sociedad.

Tan fuerte es hoy en día el poder de estos grupos que las mentiras más escandalosas, las estadísticas amañadas, la más burda manipulación informativa, las polémicas superfluas, las cosas más nimias e insignificantes, mediante un gran aparato de medios y un repiqueteo constante, son presentadas –magnificadas—como  verdades inobjetables que todo el mundo debe acatar. Y si alguien presenta reticencias a aceptarlas envían contra él a la policía del pensamiento que junto a las numerosas y absurdas leyes que han conseguido aprobar, constituyen los medios televisivos y online. Hoy se persigue con todo denuedo a la libertad en nombre de la libertad.

De los grupos

Recuérdese: todas las doctrinas que colocan al grupo delante del individuo conducen al totalitarismo.

 

 

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA II

 

CONVENIENCIA SENTIMENTAL

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Los sentimientos nos sugieren que determinada conducta o acción frente a los demás es aceptable y grata o, por el contrario, es reprobable. Nos hacen sentir atracción o repulsión, malquerencia o bienquerencia, gozo o malestar, paralizan la acción o nos impulsan a ella. Frente al otro, frente a quien nos relacionamos, nos concitan un rumbo y una intención. En resumidas cuentas, mediante dicho sentir hacen resaltar en nuestra conciencia lo conveniente  de tal o cual modo de actuar en relación a tal o cual individuo, predisponiéndonos a estar alerta o a confiar despreocupadamente.

Los sentimientos surgieron como tales en las primitivas agrupaciones de homo sapiens ( muy plausiblemente, se esbozaron en la época del homo erectus), con vocación de actuar a modo de reguladores sociales. La compasión, la vergüenza, la culpa, la envidia, los celos…actúan como instrumentos de la naturaleza humana. Procuran por un difícil equilibrio entre los intereses individuales y los sociales. Propugnan una difícil entente entre el competir con los demás y el cooperar con ellos.

Para sobrevivir en un medio hostil, nuestros primitivos ancestros tuvieron que competir y cooperar entre ellos. Lo mismo ocurre hoy en día en cualquier  negocio: en la empresa los trabajadores cooperan y compiten entre ellos por obtener beneficios empresariales y por alcanzar estatus a costa de los demás. Para estas labores resultaron y resultan de gran utilidad los sentimientos (y también para la convivencia y para la defensa del grupo y del individuo…).

La crueldad, los celos, el odio, la envidia –en  ciertas circunstancias—, actúan en nosotros en forma de pulsiones que nos impelen a competir; la compasión, la vergüenza, el afecto, facilitan, en cambio, la cooperación. Así que los sentimientos, con las pulsiones y la predisposición que nos producen hacia los demás, muestran a la conciencia el comportamiento que al sistema emocional le resulta conveniente cuando un individuo se encuentra frente a otros individuos.

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El compasivo “percibe” conveniencia en actuar con misericordia frente a unos y con odio frente a otros; el vergonzoso “percibe” conveniencia en evitar situaciones en las que podría aparecer deshonroso; la conveniencia del envidioso se cifra en hacer desaparecer al oponente que le hace sombra…

Los sentimientos tienen una importante particularidad: son en alto grado educables, lo cual les confiere un plus de potencial peligro. Incluso pueden ponerse de moda, tal como la compasión y la conmiseración lo están ahora. Los horrores de la 2ª Guerra Mundial fueron un toque de clarín para que se evitara la crueldad e imperase  la compasión. En el fondo, ese es el programa de la filosofía de la llamada Escuela de Frankfurt. El buenismo, cuya moralidad impera hoy en día en Occidente, hunde sus raíces en esa fuente.

La compasión es hoy, a nivel social, el sentimiento estrella, pero la compasión se alimenta de temor, y este sentimiento es el gran reconductor de conciencias. El temor es un miedo anticipado imaginativamente, es el sentimiento que nos produce la percepción de una amenaza en ciernes. Sentimos temor por un peligro supuesto, no por un peligro presente.

En el espectro humano se pueden observar caracteres más o menos medrosos (y también algún Juan Sin Miedo) pero, como sentimiento que es, es educable. Lo sentimos especialmente cuando otros lo sienten y lo comunican.

El temor se propaga entre las gentes como una llama en la estopa; es altamente contagioso y puede agrandarse en nuestra conciencia hasta el delirio. Voy a poner un ejemplo. En marzo de 1220 Gengis Khan tomó Samarcanda y masacró a su población. Igual suerte sufrió el Jorasán iraní y Afganistán. Las ciudades fueron reducidas a escombros y los cronistas musulmanes de la época narran que los cráneos apilados formaban montañas. Tal devastación provocó en el imperio musulmán un temor inmenso hacia los mongoles. Un temor que podemos apreciar por el relato del cronista Ibn al-Athir:[i]

Me han contado cosas que apenas pueden creerse; tan grande era el es­panto que Alá había puesto en todos los corazones. Se cuenta, por ejem­plo, que un solo jinete tártaro entró en una ciudad muy poblada y se puso a matar a todos sus habitantes uno tras otro sin que nadie se atreviera a defenderse. He oído decir que un tártaro, no teniendo ningún arma y que­riendo matar a uno que había hecho prisionero, le ordenó que se acostara en tierra, fue a buscar un sable y después mató a ese desgraciado, que no se había movido.

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La conveniencia que manifiesta un temor prudente es provechosa; no lo es, en cambio,  la conveniencia de actuar de acuerdo a los dictados de un temor desbocado, pavoroso, ni tampoco la de actuar sin temor alguno –es decir, no ser precavido—cuando existe peligro. El temor prudente nos alerta sobre los peligros, mientras que en el temor desbocado esa alerta se hace obsesiva y nos paraliza o nos hace huir despavoridos.

En cualquier caso, la conveniencia que dictan los sentimientos es de por sí peligrosa si no está sometida al control de las razones del intelecto que miran por nosotros mismos. No ha sido infrecuente en la historia que el compadecido clave un puñal en la espalda del compasivo. En la encrucijada en que nos hallamos, con la mitad de la población africana y de Oriente Medio queriendo llegar a las costas europeas, esa historia es muy probable que se repita.

Percibimos otro tipo de conveniencia que no he nombrado hasta ahora y que quizá sea la más determinante en nuestra conducta. Me refiero a la conveniencia que percibimos en las cosas a través de las creencias que poseemos, pero de esto hablaré en una próxima entrada.

 

 

 

 

[i] René Grousset, El Imperio de las Estepas, página 304

Pensamientos dispersos al calor del estío

  1. Los más pasionales, los más aguerridos, los que más odian, son siempre la vanguardia de cualquier movimiento. Primeramente arrastran a los indecisos; más tarde, a los pusilánimes.
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  2. ¿Qué pretenden los hombres de las mujeres y viceversa? Qué busca la mujer en el hombre: seguridad; qué busca el hombre en la mujer: belleza; qué admira la mujer en el hombre: la fuerza; qué admira el hombre en la mujer: la dulzura; qué busca la mujer fuera del matrimonio: pasión; qué busca el hombre fuera del matrimonio: sexo; qué reprocha la mujer al hombre en el matrimonio: no ser el ideal buscado; qué reprocha el hombre a la mujer en el matrimonio: que se pase el día reprochando; qué pretende la mujer del hombre: que se someta a su voluntad; qué pretende el hombre de la mujer: que sea el descanso del guerrero.audrey5
  3. Cuando la realidad es penosa la ilusión de otra realidad crece.
  4. La necesidad de esperanza nos hace receptivos a cualquier ilusión.
  5. Un ánimo emocionalmente alterado es un manantial de ilusiones.
  6. La oscuridad se ha convertido en la atmósfera lumínica de la filosofía; el éter es su escenario.
  7. Las creencias nos proporcionan: certezas, conveniencias, previsiones, sentimientos, prejuicios, criterios y perspectivas.
  8. Uno siempre busca justificarse a sí mismo, incluso negar la responsabilidad de sus propios actos; pero en épocas de zozobra, de futuro incierto, de inseguridad, uno busca un enemigo a quien hacer culpable de todo lo que a uno le pasa.
  9. El resentimiento es un flujo prolongado de impotencia.
  10. Rousseau amaba la idea de humanidad, pero odiaba a la humanidad.
  11. El sentimiento de injusticia que padecen algunas gentes es tan enorme que son capaces de poner sus vidas en peligro por una causa que creen que acabará con la injusticia.
  12. Cuanto más fuerte es el odio y el resentimiento que mueven al fanático, más se convence de estar en posesión de la verdad y de que su causa es justa.
  13. ¡Qué ingenuos somos los hombres! Dicen los biólogos que en casi todas las especies son las hembras las que eligen. Los machos se engalanan de colores y plumas, despiden aromas seductores o se presentan con todo tipo de cantos y espectáculos de danza.

Medea. Arrebato[i] sentimental.

 

Crueldad, venganza y sentimientos.

En la filosofía griega la sentimentalidad fue mirada de reojo, con prevención, belicosidad o desdén. Tal actitud amarró  el posterior pensamiento filosófico ―hasta nuestros días―a la argolla de la idealidad, de lo etéreo de sustanciar el conocimiento del ser humano sin mirar sus entrañas, imaginándolo mediante el solo uso de la razón. La actitud de prescindir de las pasiones como causas motoras de nuestra conducta y como armazón de lo humano ha lastrado su quehacer desde entonces.

Sin embargo, la tragedia griega presenta al hombre desnudo, real, agitado violentamente por lo pasional. Si se trata de hallar lo real del «ser» humano, en sus pasiones se ha de mirar.

Soberbia, despecho, odio, crueldad, compasión, piedad, deseo de venganza… son las actrices que intervienen en la función sentimental que se representa en la Medea de Eurípides. Mírese atentamente en ella para encontrar lo humano.

Recuérdese que Medea es hija del rey de la Cólquide y que presta valiosísima ayuda a Jasón para conseguir el Vellocino de oro. Que despedaza a su mismo hermano Apsirto para que Jasón pueda escapar del cerco del rey, y que, llegados a Yolco, mediante un sutil engaño, da muerte al rey Pelias en defensa de los derechos de Jasón. Éste le jura fidelidad eterna. La obra que nos ocupa cuenta a Medea odiando a Jasón porque se ha casado con la hija del rey  Creonte, rompiendo así su promesa. Medea, en venganza, dará muerte a esa nueva esposa, Glauce, a Creonte, y a sus propios hijos.

La obra enseguida nos aporta dos bases sentimentales: en la personalidad de Medea ha hecho la soberbia baluarte, y Medea se siente despechada contra Jasón.

Dice el diccionario María Moliner que la soberbia «es una cualidad o actitud de la persona que se tiene por superior a las que le rodean, y desprecia y humilla a las que considera inferiores». El Larrouse añade que «es estimación excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás». El soberbio destaca por «no dar su brazo a torcer», aunque tal actitud le provoque adversidad. El soberbio muestra empecinamiento en resistir y en despreciar. Se enroca cuando el sentido común aconseja el apaciguamiento.

Del despecho, que germina mejor en la mujer, dice la RAE que «es una malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad». El diccionario WordReference lo abrevia así: «Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa».

Medea es soberbia, no se detiene ante nada; y siente despecho hacia Jasón porque este ha preferido a la joven Glauce, rompiendo el juramento de fidelidad pactado. Medea siente como injusticia el abandono de que es objeto (pues Jasón no ha cumplido ―en reciprocidad― con los enormes servicios que ella le prestó). Ese abandono lo considera ella una injusticia y una traición que se unen al despecho y lo agrandan, que hacen que destile odio.

Lo orgánico señala un único camino posible para aliviar el dolor que tales sentimientos le producen: la venganza cruel: producir en Jasón igual o mayor dolor que el dolor que ella sufre. La tragedia arranca.

Al comienzo de la obra la nodriza advierte del estado de ánimo de Medea:

                                            Aborrece de los hijos y no disfruta al contemplarlos

                                             Violento es su ánimo y no tolerará ser menospreciado

                                             Quien gane su odio no obtendrá fácilmente el premio de la victoria.

El deseo de venganza parece ocupar su conciencia. Ninguna otra cosa importa. Jasón ha de sentir un dolor y una pérdida semejantes a los que ella siente. La reciprocidad en el dolor se vislumbra como única fuente posible de satisfacción.

Lo que la psicología al uso no dice (quizás porque lo ignora o por prudencia o porque le temblaría la voz) es que cuando se odia con esa pasión con que Medea odia a Jasón, no solo se odia al individuo, sino también a cada uno de sus rasgos. Y no solo se odian esos rasgos en Jasón, sino también en sus hijos. Las similitudes con el padre, las muecas, las sonrisas idénticas, el cómo él y cómo ellos fruncen de igual modo el ceño, el cómo se parecen en los andares y cómo se enojan de manera semejante… A través del odio a esos rasgos, en el parecido que muestran con el padre, Medea odia a sus hijos.

La misma nodriza, demostrando una funesta previsión, ordena a un criado:

                                               Y tú mantenlos lo más apartado posible y no los aproximes a su

                                               encolerizada madre, pues la he observado ya dirigiéndoles a

                                                estos una mirada de toro, como si fuera a intentar algo.

Poco después, Medea confirma esa intención

                                               ¡Ojalá muráis en unión de vuestro padre!

Terrible sentencia que puede parecer increíble, pero que es harto sentida por cualquier mujer que desate sentimentalmente nudo semejante.

A Medea la sentimos muy capaz de llevar a cabo ese horrendo crimen; crimen que la satisfaría en el grado en que causase al padre un dolor semejante al suyo. Recuérdese que es soberbia y que está ocupada por el odio y el deseo de venganza.

No obstante, lo contradictorio del espíritu humano hace su aparición, y el dolor y la humillación sufridos parecen hacer mella en su ánimo, parecen imponerse sobre su soberbia, parecen abatirla. La aflicción aparece en escena.

                                               Perdida me veo y, al perder la alegría de vivir, quiero morir,

                                                amigas mías, pues quien sabía claramente que lo era todo

                                                para mí, mi marido, se ha convertido en el peor de los hombres.

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Dice también:

                                                ¡Ojalá una llama celeste me atravesara la cabeza!,

                                               ¡Ojalá deje esta vida odiosa!

En esos instantes Medea ve el mundo como un erial en donde sólo crece el sufrimiento. La depresión anímica parece tomar sus riendas. Todo es negro. La vida no merece ser vivida. Ahora siente que los hijos sufrirán el mismo calvario que ella ha sufrido. Se apiada de ellos. Por amor… ¡desea que mueran!

                                              Jamás entregaré mis hijos a mis enemigos para que sean ultrajados.

 

Pero enseguida el orgullo y la soberbia, acuden en su auxilio. Habla con Jasón y de ello se acrecienta su odio y se afirma su decisión de vengarse de él a través de sus hijos.

                                            Cualquier cosa menos causar risa en mis enemigos.

                                              Pues, no es soportable, amigas, ser la irrisión

                                               de mis enemigos

                                               CORIFEO: ¿osarías matar tu semilla, mujer?

                                                MEDEA: Sí, pues así sufrirá la mayor herida mi esposo.

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Sobre Medea planea la pasión de matar a sus hijos ¡por amor a ellos! o ¡por odio a Jasón!, según el estado de ánimo que prevalezca en ella, según se imponga la piedad o el deseo de venganza, según se doblegue su ánimo o la soberbia lo levante con furia.

En algunos momentos vacila, se arrepiente, piensa en llevárselos con ella fuera del país, se apiada, encoge su ánimo. En esos momentos la razón interviene para sofocar las violentas pasiones que la zarandean, pero la razón es endeble como una hoja frente a las tormentas del espíritu. Nada puede.

                                              Comprendo qué crímenes voy a cometer, pero

                                                más fuerte que mis pensamientos resulta mi ira.

 

Más que el amor a sus hijos, más que la razón, más que la piedad, más que la repugnancia moral del crimen, más que el dolor, más que la vida, puede en ella el grito del «yo» pidiendo satisfacer el deseo de venganza, demandando preponderar sobre Jasón, exigiendo devolver un sufrimiento acrecentado.

                                                 MEDEA: me beneficia el dolor, con tal que no te mofes tú.

                                                   …Tú, tras ultrajar mi lecho, no ibas a tener una vida grata

                                                   mofándote de mí; ni tampoco la princesa, ni quien te propuso

                                                   la boda, Creonte.

Y esas exigencias y demandas producen su efecto, la acción vengativa; y, en la venganza, la crueldad como elemento de gozo, de satisfacción.

                                                   JASÓN: ¿Y, con todo, los mataste?

                                                     MEDEA: Sí, por afligirte.

Ahora los dos sufren por igual. Empatan, lo que le produce satisfacción. Están en «paz» el uno con el otro. La representación toca a su fin.

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Ese bamboleo de sentimientos y estados de ánimo, esa ofuscada e inoperante razón, ese deseo de venganza cruel, esa profusa manifestación de la naturaleza humana, forman el verdadero entramado argumental de la obra. Si se han de buscar las razones íntimas del obrar humano, mírese en Eurípides y en la Tragedia griega, y no en idealizaciones ni en garabatos acerca del ser.

[i]  Arrebato tiene su origen en la llamada “a rebato” que se realizaba en una población por medio del toque de campana, llamando a los vecinos a la defensa ante cualquier peligro. La urgencia de atajar éste movilizaba a los hombres a actuar con toda su pasión.

 

 

De patriotismo, nacionalismo y rebaño

En la actualidad y en cuanto a sentimientos, existe una profunda diferenciación entre los conceptos «patriotismo» y «nacionalismo». El primero atiende al orgullo por lo propio sin rechazar lo ajeno, atiende a la exaltación del «nosotros», a la alabanza y defensa de lo que une. En cambio, en el «nacionalismo» que se pronuncia en el País Vasco y en Cataluña, en el que se pronunció en el nazismo alemán, se pervierte la intención cohesionadora que tiene el patriotismo pues se transforma al «ellos» en el «enemigo», se crea un enemigo contra quien verter las culpas propias. Este nacionalismo se fundamenta, así, más que en el orgullo, en el rencor, en el desprecio y en el odio hacia el enemigo creado. De esa manera el nacionalismo se carga de malignidad y, como se basa y sostiene en el enfrentamiento, obra en favor de quienes, promoviéndolo, tienen la pretensión de alcanzar la jefatura del rebaño. El nacionalista que aspira a rango y prominencia despeña al rebaño en beneficio propio.

Hay un tipo muy común de hombre que tiene en muy poco su individualidad. No emite juicios propios, los toma de los demás; carece de criterios, prefiere las consignas que le dan; vive mimetizado en el ambiente social. Es la res bípeda. Una res que necesita al rebaño como se necesita el aire para respirar. Construye su ser en la pertenencia al rebaño, en su pertenencia a la tribu. Hace de la pertenencia a un territorio, de la pertenencia a una clase social, a un partido político o a un grupo religioso, el núcleo y la esencia de su personalidad. No tiene expectativas ni creencias ni criterio ni esperanzas fuera del rebaño. Se consustancia en él.

A poco que se escarbe en un miembro del rebaño y a poco que se le separe del resto, va apareciendo una falta de vitalidad, el sujeto se va desmoronando poco a poco; empieza por sentirse incómodo en ese alejamiento, y enseguida muestra urgencia por volver al redil: enseguida se pone de manifiesto su insignificancia como individuo.  De esa urgente necesidad de pertenencia, de ese «deseo de ser prisionero, en el afecto y en el anhelo, de los demás», de no querer otra cosa que el amparo mediante la servidumbre, de ese encontrarse desnudos y desasistidos fuera del rebaño, la res bípeda del aprisco político intenta hacer virtud y proclaman la propia servidumbre al jefe como gran mérito, como gran sacrifico en aras del bienestar de la humanidad. ¡Ya se sabe que la grey política se alimenta de hipocresía y regurgita falsedad! El temor frente al mundo descarnado, el temor a la propia libertad, su radical indefensión e insignificancia como individuo lo abruman. Necesita la calidez del redil, el pesebre bien lleno, escuchar el quejido de las otras reses.

Sentimientos (I)

Sentimientos

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De su andamiaje dice Antonio Damasio[i] que «son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación». Según el principio de anidamiento propuesto por este autor, parte de la maquinaria del sistema inmune está incorporada a la maquinaria de los comportamientos del dolor y del placer; parte de esta otra se halla incluida en la maquinaria de los instintos y emociones; y, finalmente, parte de todo lo anterior se incorpora a los sentimientos. Huelga añadir, visto el entramado, que cuando un sentimiento se manifiesta, se produce un proceso mental, reacciones emocionales, impulsos instintivos, se acompaña de ingredientes de dolor y placer e incluso de regulaciones más básicas. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo. Pero conviene hacerlo: los sentimientos manifiestan su esencia en lo social. Este es su caldo de cultivo, su soporte y su quicio. Evolutivamente nacieron con vocación social, y en lo social radica su funcionalidad. No se olvide esto.

Para atisbar su complejidad vale exponer un caso: un individuo ofende a otro públicamente. De forma inmediata, el ofendido siente ira contra el ofensor y vergüenza (al ser percibida por el público presente la ofensa que le hiere y rebaja) ante los presentes. La ira tiende a consumirse con violencia, pero el ofendido puede sentir temor hacia el ofensor y, a causa de ello, sofrenar los dictados de su ira. El ofendido se siente ante los demás desvalorizado, lo que produce un sentimiento con gran dosis de dolor de ánimo: la humillación. Con el paso del tiempo, el recuerdo de esa humillación mantiene la ira en candelero, haciendo aflorar un  deseo muy sentimentalizado: el odio. Éste, se revierte imaginativamente contra el ofensor como deseo de venganza (de vengar la afrenta), es decir, con el ánimo de cobrarse crecidamente la  humillación sufrida. En la escenificación mental que conlleva el deseo de venganza, se representa con gozo la obra del sufrimiento y dolor del ofensor —y este gozo por el dolor ajeno es un instinto sentimentalizado que se conoce como crueldad. De no llevarse a cabo la venganza en su debido tiempo, el odio se añeja, se encalla, se camufla en rencor, que es un sentimiento perdurable (en los lugares pequeños se transmite de generación en generación entre familias). Si quien ofende o agravia no es un individuo sino que tiene como origen lo que el agraviado u ofendido entiende como una injusticia social, la humillación genera un resentimiento contra los promotores de tal pretendida injusticia. Como se ve, toda una maraña. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo.

La génesis y los ingredientes que propone el citado autor los definen: Los sentimientos sociales son adaptaciones evolutivas consistentes en ciertos desencadenantes que tienen lugar en nuestro organismo ante un suceso o estímulo socialmente relevante, cuyos ingredientes principales son emociones, una representación mental del estado del cuerpo que produce imágenes, y un modo alterado de pensar, con pensamientos acordes a la emoción que se siente, así como alguna variación del dolor y del placer.  En tanto que representaciones mentales del estado del cuerpo, la conciencia entra en juego; no se trata solo del mero disparo emocional, sino que, acompañándolo,  interviene la atención, las razones, el pensamiento, los recuerdos… De ahí la importancia que cobra la corteza prefrontal ventromediana para lidiar de forma adecuada una «situación social»  con el capote de los sentimientos .  Parece ser que esa región está adaptada para detectar los estímulos socialmente relevantes, es decir, aquellos eventos o relaciones sociales que fueron de primordial importancia para el éxito o fracaso biológico de los individuos de nuestra especie. Ahora bien,  el área señalada, que se comunica con la amígdala a través de la corteza cingulada, también está comunicada con otras áreas de procesamiento superior y con otras estructuras cerebrales que sustentan la producción de imágenes, de forma que la atención, los recuerdos, la imaginación y los pensamientos mismos se suscitan y se alteran en concordancia con los «gritos» emocionales provenientes de la amígdala. El sentimiento es el cúmulo de todo ese proceso; es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra eficacia biológica. Dicho de manera que puede resultar harto sorprendente: el sentimiento es también  respuesta del organismo en su afán de seguridad. La búsqueda de seguridad constituye uno de los afanes más prominentes del organismo, enredado como se halla en esa aparente finalidad teleológica de sobrevivir y dejar descendencia.  Es decir, los sentimientos le señalan a la mente aquello por lo que tiene que preocuparse el organismo, y, en ese sentido, representan un sistema de seguridad. O de una manera más precisa: el organismo dispara los sentimientos para señalar a la mente aquello que le preocupa, aquello que la mente debe tomar en consideración; y, ¿para qué?: para que las imágenes, la razón, los pensamientos, tomen parte activa en formular la respuesta, sofocando, modelando, regulando, moldeando e incluso concitando el automatismo emocional e instintivo.

Una funcionalidad sorprendente. El organismo, «empeñado» en lograr eficacia biológica,  engarza áreas filogenéticamente muy antiguas, como el sistema límbico ―al que pertenece la amígdala―, con áreas «nuevas» como la corteza prefrontal. Engarza emociones, instintos, dolor y placer, con imágenes y razonamientos, y surgen los sentimientos en el medio ambiente en que vivimos, que es social. (Algo semejante ocurre con los deseos, que vienen a ser a los instintos lo que los sentimientos a las emociones.) También actúa el tándem dolor/placer, con la funcionalidad de recompensa/castigo, señalando a las emociones las conductas a evitar e indicando la conveniencia de dicha evitación[ii].


[i] Antonio Damasio, En busca de Spinoza, p. 41

[ii] Claro que, una consecuencia no deseada de esa señalización que produce el placer es la adicción. James Olds y Peter Milner (1954) demostraron la adicción de la rata a la cocaína y a la estimulación de los centros nerviosos que provocan el riego con dopamina. Recientemente, Serge Ahmed ha diseñado un experimento que ha puesto de manifiesto que las ratas optan por el jarabe dulce incluso antes que por la cocaína. Los humanos podemos hacernos adeptos al juego, a la bebida, a la relación sexual, a las drogas… La evolución no ha «reparado» los mecanismos del placer/dolor –eliminando de ellos la adicción–, porque no fue relevante en los modos de vida de nuestra larga historia evolutiva. Ahora sí puede serlo.