Medea. Arrebato[i] sentimental.

 

Crueldad, venganza y sentimientos.

En la filosofía griega la sentimentalidad fue mirada de reojo, con prevención, belicosidad o desdén. Tal actitud amarró  el posterior pensamiento filosófico ―hasta nuestros días―a la argolla de la idealidad, de lo etéreo de sustanciar el conocimiento del ser humano sin mirar sus entrañas, imaginándolo mediante el solo uso de la razón. La actitud de prescindir de las pasiones como causas motoras de nuestra conducta y como armazón de lo humano ha lastrado su quehacer desde entonces.

Sin embargo, la tragedia griega presenta al hombre desnudo, real, agitado violentamente por lo pasional. Si se trata de hallar lo real del «ser» humano, en sus pasiones se ha de mirar.

Soberbia, despecho, odio, crueldad, compasión, piedad, deseo de venganza… son las actrices que intervienen en la función sentimental que se representa en la Medea de Eurípides. Mírese atentamente en ella para encontrar lo humano.

Recuérdese que Medea es hija del rey de la Cólquide y que presta valiosísima ayuda a Jasón para conseguir el Vellocino de oro. Que despedaza a su mismo hermano Apsirto para que Jasón pueda escapar del cerco del rey, y que, llegados a Yolco, mediante un sutil engaño, da muerte al rey Pelias en defensa de los derechos de Jasón. Éste le jura fidelidad eterna. La obra que nos ocupa cuenta a Medea odiando a Jasón porque se ha casado con la hija del rey  Creonte, rompiendo así su promesa. Medea, en venganza, dará muerte a esa nueva esposa, Glauce, a Creonte, y a sus propios hijos.

La obra enseguida nos aporta dos bases sentimentales: en la personalidad de Medea ha hecho la soberbia baluarte, y Medea se siente despechada contra Jasón.

Dice el diccionario María Moliner que la soberbia «es una cualidad o actitud de la persona que se tiene por superior a las que le rodean, y desprecia y humilla a las que considera inferiores». El Larrouse añade que «es estimación excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás». El soberbio destaca por «no dar su brazo a torcer», aunque tal actitud le provoque adversidad. El soberbio muestra empecinamiento en resistir y en despreciar. Se enroca cuando el sentido común aconseja el apaciguamiento.

Del despecho, que germina mejor en la mujer, dice la RAE que «es una malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad». El diccionario WordReference lo abrevia así: «Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa».

Medea es soberbia, no se detiene ante nada; y siente despecho hacia Jasón porque este ha preferido a la joven Glauce, rompiendo el juramento de fidelidad pactado. Medea siente como injusticia el abandono de que es objeto (pues Jasón no ha cumplido ―en reciprocidad― con los enormes servicios que ella le prestó). Ese abandono lo considera ella una injusticia y una traición que se unen al despecho y lo agrandan, que hacen que destile odio.

Lo orgánico señala un único camino posible para aliviar el dolor que tales sentimientos le producen: la venganza cruel: producir en Jasón igual o mayor dolor que el dolor que ella sufre. La tragedia arranca.

Al comienzo de la obra la nodriza advierte del estado de ánimo de Medea:

                                            Aborrece de los hijos y no disfruta al contemplarlos

                                             Violento es su ánimo y no tolerará ser menospreciado

                                             Quien gane su odio no obtendrá fácilmente el premio de la victoria.

El deseo de venganza parece ocupar su conciencia. Ninguna otra cosa importa. Jasón ha de sentir un dolor y una pérdida semejantes a los que ella siente. La reciprocidad en el dolor se vislumbra como única fuente posible de satisfacción.

Lo que la psicología al uso no dice (quizás porque lo ignora o por prudencia o porque le temblaría la voz) es que cuando se odia con esa pasión con que Medea odia a Jasón, no solo se odia al individuo, sino también a cada uno de sus rasgos. Y no solo se odian esos rasgos en Jasón, sino también en sus hijos. Las similitudes con el padre, las muecas, las sonrisas idénticas, el cómo él y cómo ellos fruncen de igual modo el ceño, el cómo se parecen en los andares y cómo se enojan de manera semejante… A través del odio a esos rasgos, en el parecido que muestran con el padre, Medea odia a sus hijos.

La misma nodriza, demostrando una funesta previsión, ordena a un criado:

                                               Y tú mantenlos lo más apartado posible y no los aproximes a su

                                               encolerizada madre, pues la he observado ya dirigiéndoles a

                                                estos una mirada de toro, como si fuera a intentar algo.

Poco después, Medea confirma esa intención

                                               ¡Ojalá muráis en unión de vuestro padre!

Terrible sentencia que puede parecer increíble, pero que es harto sentida por cualquier mujer que desate sentimentalmente nudo semejante.

A Medea la sentimos muy capaz de llevar a cabo ese horrendo crimen; crimen que la satisfaría en el grado en que causase al padre un dolor semejante al suyo. Recuérdese que es soberbia y que está ocupada por el odio y el deseo de venganza.

No obstante, lo contradictorio del espíritu humano hace su aparición, y el dolor y la humillación sufridos parecen hacer mella en su ánimo, parecen imponerse sobre su soberbia, parecen abatirla. La aflicción aparece en escena.

                                               Perdida me veo y, al perder la alegría de vivir, quiero morir,

                                                amigas mías, pues quien sabía claramente que lo era todo

                                                para mí, mi marido, se ha convertido en el peor de los hombres.

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Dice también:

                                                ¡Ojalá una llama celeste me atravesara la cabeza!,

                                               ¡Ojalá deje esta vida odiosa!

En esos instantes Medea ve el mundo como un erial en donde sólo crece el sufrimiento. La depresión anímica parece tomar sus riendas. Todo es negro. La vida no merece ser vivida. Ahora siente que los hijos sufrirán el mismo calvario que ella ha sufrido. Se apiada de ellos. Por amor… ¡desea que mueran!

                                              Jamás entregaré mis hijos a mis enemigos para que sean ultrajados.

 

Pero enseguida el orgullo y la soberbia, acuden en su auxilio. Habla con Jasón y de ello se acrecienta su odio y se afirma su decisión de vengarse de él a través de sus hijos.

                                            Cualquier cosa menos causar risa en mis enemigos.

                                              Pues, no es soportable, amigas, ser la irrisión

                                               de mis enemigos

                                               CORIFEO: ¿osarías matar tu semilla, mujer?

                                                MEDEA: Sí, pues así sufrirá la mayor herida mi esposo.

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Sobre Medea planea la pasión de matar a sus hijos ¡por amor a ellos! o ¡por odio a Jasón!, según el estado de ánimo que prevalezca en ella, según se imponga la piedad o el deseo de venganza, según se doblegue su ánimo o la soberbia lo levante con furia.

En algunos momentos vacila, se arrepiente, piensa en llevárselos con ella fuera del país, se apiada, encoge su ánimo. En esos momentos la razón interviene para sofocar las violentas pasiones que la zarandean, pero la razón es endeble como una hoja frente a las tormentas del espíritu. Nada puede.

                                              Comprendo qué crímenes voy a cometer, pero

                                                más fuerte que mis pensamientos resulta mi ira.

 

Más que el amor a sus hijos, más que la razón, más que la piedad, más que la repugnancia moral del crimen, más que el dolor, más que la vida, puede en ella el grito del «yo» pidiendo satisfacer el deseo de venganza, demandando preponderar sobre Jasón, exigiendo devolver un sufrimiento acrecentado.

                                                 MEDEA: me beneficia el dolor, con tal que no te mofes tú.

                                                   …Tú, tras ultrajar mi lecho, no ibas a tener una vida grata

                                                   mofándote de mí; ni tampoco la princesa, ni quien te propuso

                                                   la boda, Creonte.

Y esas exigencias y demandas producen su efecto, la acción vengativa; y, en la venganza, la crueldad como elemento de gozo, de satisfacción.

                                                   JASÓN: ¿Y, con todo, los mataste?

                                                     MEDEA: Sí, por afligirte.

Ahora los dos sufren por igual. Empatan, lo que le produce satisfacción. Están en «paz» el uno con el otro. La representación toca a su fin.

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Ese bamboleo de sentimientos y estados de ánimo, esa ofuscada e inoperante razón, ese deseo de venganza cruel, esa profusa manifestación de la naturaleza humana, forman el verdadero entramado argumental de la obra. Si se han de buscar las razones íntimas del obrar humano, mírese en Eurípides y en la Tragedia griega, y no en idealizaciones ni en garabatos acerca del ser.

[i]  Arrebato tiene su origen en la llamada “a rebato” que se realizaba en una población por medio del toque de campana, llamando a los vecinos a la defensa ante cualquier peligro. La urgencia de atajar éste movilizaba a los hombres a actuar con toda su pasión.

 

 

LA VERGÜENZA (II)

Sigo a partir de lo expuesto en la entrada anterior, LA VERGÜENZA (I).

La timidez, el pudor, el sentimiento del ridículo son las formas de esa vergüenza expuesta. Es la timidez una turbación sentida frente a extraños o ante  quienes se carece de confianza.  Un caso especial de  timidez aparece a causa de la mirada del «otro».

El pudor también se debe a la presencia del «otro» y a su mirada, pero se trata de una mirada que nos desnuda. Deseamos ser percibidos con cualidades honrosas, dignos, sobre lo alto de un pedestal, así que intentamos ocultar nuestras flaquezas, nuestras miserias, nuestro cuerpo a los ojos de los demás. El temor al juicio ajeno se refiere aquí a lo que mostramos.

Que un comportamiento ha resultado poco digno se suele manifestar mediante el sentimiento del ridículo, que es una  vergüenza en peligro de extinción, promoviéndose en el día de hoy su desaparición por inservible y perniciosa: «últimamente se ha perdido el sentido del ridículo», se dice. Este sentimiento se manifiesta al realizar un acto que resulta fallido y poco honroso, como resbalar y caer aparatosamente en un charco, quedarse sin habla en un acto público[i], derrumbar un grupo de latas apiladas en un supermercado… No se trata tanto aquí del temor al posible juicio negativo que los demás muestren ante el fallo que hemos cometido, sino del miedo inducido por la certidumbre de que es así, por la certeza de que esa posibilidad ha ocurrido. No nos cabe duda de que nuestra acción ha resultado fallida. José Antonio Jaúregui, en su libro Cerebro y Emociones, manifiesta de forma acertada la singularidad de este sentimiento:

Cuando se desencadena el mecanismo del ridículo se desencadena al mismo tiempo la vergüenza, pero no siempre ocurre al revés. Un marido sorprendido pegando a su mujer es castigado con la sensación de vergüenza, pero no con la del ridículo. Un marido sorprendido recibiendo una paliza de su mujer es penalizado con la vergüenza y el ridículo.

 

Pero existe otro tipo de vergüenza por la que se suele pagar un alto tributo. El Diccionario de uso de María Moliner lo define de esta manera: «Sentimiento penoso de pérdida de dignidad por alguna falta cometida por uno mismo o por persona con quien uno está ligado, o por una humillación o un insulto sufridos.» En un ámbito social en donde todos se conocen, conduce a menudo al desastre. El hijo que roba, la joven que ha quedado embarazada de un desconocido, el padre de familia que ha sido objeto de mofa en público, quien ha realizado una estafa en la empresa en que trabaja, la mujer que ha sido descubierta engañando al marido… En todos los casos, el sujeto y toda su familia sufren rebaja en la altura de su pedestal social: una pérdida de honra, buen nombre, dignidad, confianza. La acción vergonzosa puede seguir produciendo sus efectos toda la vida del individuo; dichos sucesos no prescriben moralmente, se mantienen latentes, callados, pero prestamente pueden ser recordados, utilizados contra quien los cometió. De ahí que en esos ámbitos en que tal vergüenza adquiere los tintes señalados, resultan primordiales los comportamientos que eviten los hechos que se reprueban; resulta primordial mantener incólume la dignidad y la honra, el juicio favorable del ojo ajeno. Aún se conoce otro tipo de vergüenza, con el sentido de diligencia para preservar la dignidad que tanto se estima. Produce los comportamientos debidos por «el qué dirán». Una hija de ella es la llamada vergüenza torera. Más que sentir vergüenza, el sujeto percibe lo vergonzoso y lo evita.

En cualquier caso, como es fácil de ver, la vergüenza resulta aliada de la moral, o más propiamente, la vergüenza es el principal instrumento coercitivo de la moral. La vergüenza como constreñidora de los instintos por temor al ojo ajeno. La vergüenza como reguladora de la conducta humana. Y podemos extender esa acción más allá de la vergüenza: los sentimientos en general, como instrumento principal de la acción moral, incluso: los sentimientos como raíces de la moral, como sustancias vitales de la moral, como naturaleza moral del hombre. Los sentimientos, parte de la naturaleza humana, con la utilidad para lidiar un compromiso entre la necesidad de competir y de cooperar, de un compromiso entre la búsqueda de prominencia y de juicio social favorable. Tratan de conciliar las necesidades de dominio y de estima social, de pulsión a sobresalir y de temor al ojo ajeno. Producen conductas adecuadas al equilibrio entre esos impulsos.

 

 

[i] Recuerdo mi asistencia como espectador a la lectura de una tesina en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Barcelona. El título de la tesina era El pecado según San Jerónimo. Subió el sujeto al estrado, miró al público y al jurado, se detuvo, apoyó su mano derecha en la mesa, bajó lo ojos… y así hasta que pasaron diez minutos de reloj, sin pronunciar palabra alguna. Hasta que el director de su tesina le vino a disculpar por su ofuscación.  El miedo lo había mantenido paralizado.

LA VERGÜENZA (I)

            Hoy voy a hablar de la vergüenza, uno de los sentimientos más conspicuos  y, hasta no muchos años atrás, un instrumento de la moral reprobadora para el mantenimiento de un estilo de vida y de un determinado orden social. Pero un instrumento que obedece a razones del subconsciente.

El sentimiento de vergüenza en el hombre atiende a la necesidad y a la pretensión de aparecer ante los demás (sobre todo ante quienes más nos importan) cargado de cualidades, magnífico, sobresaliente, relevante; atiende a que lo que uno muestre sea un calco de aquello que idealmente se desea mostrar, a que la impresión que reciban los demás sea la deseada, a que el «yo ideal» se manifieste y luzca a los ojos ajenos con toda su perfección y potencia. Pero la clave del sentimiento se encuentra en la propia inseguridad. El sujeto[1] percibe en los otros (en aquellos que juzgan su actuación) una  amenaza a su prestigio social y se concita el temor; un temor que puede maniatar el pensamiento o lanzar al vuelo a la imaginación. El temor empieza entonces a quebrantar el ánimo. El deseo de obtener una alta nota en el examen  junto al temor a sacar un suspenso, forman el antagónico tándem que construye la vergüenza. Así que el deseo y el temor aparecen como artífices de nuestro estado sentimental. El conferenciante o el enamorado se han cargado de deseos de gloría en su propósito, de aparecer a los ojos de su público o de su amada subidos a un alto pedestal, pero momentos antes de aparecer en el proscenio o de presentarse a la mujer deseada, empiezan a dudar de si darán de sí todo lo que esperan dar; perciben la amenaza de los «otros», del público o de la amada, y perciben la amenaza de su posible rechazo. Aparece el temor. Notan la boca reseca, un malestar angustioso, paralización; las palabras se niegan a salir, las ideas dejan de brotar, todo lo domina la emoción: el miedo se ha hecho presente. Tal es una de las más frecuentes escenas que desarrolla la vergüenza.

La  vergüenza, tal como ocurre con todos los sentimientos, posee un innato fondo emocional, pero adquiere carácter, forma e intensidad mediante aprendizaje. Desde la infancia se inculca a los niños el temor a ciertos comportamientos y actitudes sociales; se condiciona el temor a ciertas situaciones, a ciertos sucesos y a ciertas personas; bajo la pena de castigos se exhorta a una manera de obrar de acuerdo al criterio socialmente aceptado; se enseña la gravedad de perder tal afecto o tal apoyo; en fin, se induce el temor a la reprobación social y a conculcar las normas. Sin embargo, el temor se acrecienta cuando hay mucho que perder, y así como el rico teme perder sus posesiones en mucho mayor grado que teme el pobre perder su habitáculo, quien haya cargado su «yo ideal» con excesivas «riquezas», quien haya puesto mentalmente su pedestal a una altura extraordinaria, sentirá mayor temor a la pérdida, a la caída, sentirá mayor vergüenza.

En esa doble acción de las pasiones, del desear y del temer, se encierra la vergüenza. Es una lid entre dos caballeros: el deseo de aparecer triunfante, y el temor a la derrota. Ante los «otros» se juega el individuo su valor social, el valor que los demás le otorguen, y eso es tanto para el hombre como jugarse la vida, así que ante tal peligro, se entiende que el temor le ronde, que el temor aparezca.

El temor, realimentando en la imaginación los miedos del pasado, trayendo a colación experiencias semejantes a la se dibuja en el presente, anuncia de antemano el fracaso de la empresa. El deseo presenta imágenes de triunfo; el temor las presenta, de fracaso. El resultado de ese debate es la vergüenza. En otros términos se entenderá quizá mejor el asunto: la vergüenza (la timidez en este caso) como esencia de lo social: el impulso a presentarse ante los «otros» con prominencia, y, a la vez, el miedo  a su alteridad, al peligro que esa alteridad representa; y el miedo a ser rebajadodel pedestal  de la prominencia que se desea tener. Como resultado: una zozobra del ánimo, un enzarzamiento entre fuerzas opuestas, un quebranto, una actividad mental constreñida a ese combate interno que opera en círculo.

Como es el temor su principal causante, los efectos que produce esa suerte de vergüenza son, derivativamente, los que produce el miedo. Sumisión: el sujeto se conduce humildemente, quiere ofrecer apaciguamiento, quiere evitar el conflicto. Paralización: el sujeto se muestra rígido, aterido, cabizbajo, incapaz de articular palabra. Huida: evita encontrarse con fulanito, no se atreve a subir al estrado, desearía desaparecer en ese momento, echa a correr… Agresividad: se muestra violento en la defensa de sus tesis…

 

[1] Puede suceder que no sea la conciencia en realidad quien perciba la amenaza, sino la parte inconsciente del cerebro.

La felicidad  

Me asomo a la psicología[i] para tratar de averiguar las circunstancias que nos hacen felices, siempre con la reticencia de que conceptualizar el término “felicidad” es cosa poco menos que imposible, aunque aprehenderlo a través del cúmulo de experiencias propias al respecto resulta factible.

Los causantes de la felicidad son en instancia directa los «buenos» sentimientos perdurables en el tiempo, y la resistencia que ofrece nuestra personalidad a que esos sentimientos sean tumbados por  contratiempos pasajeros. Dicen los psicólogos que los sentimientos positivos contribuyen a nuestro equilibrio y sitúan al organismo en un estado de “ahorro energético”. Siguiendo a Antonio Damasio, un neurocientífico con mucho prestigio que postula que los sentimientos representan una proyección de los estados del cuerpo en el escenario de la conciencia, los sentimientos positivos avalarían un adecuado equilibrio homeostático del organismo, o lo que es lo mismo, pondrían de manifiesto la buena marcha de los asuntos de la vida.

Dichos sentimientos positivos dan fe de que el individuo se mantiene psíquicamente estable, y lo previenen contra las perturbaciones psíquicas, y, a ese respecto, señalan algunas teorías que la alegría y el buen humor tranquilizan nuestro ánimo.

Lo cierto es que el  organismo necesita y busca satisfacción y bienestar. Buscamos esas sensaciones al comer, en las relaciones sexuales, al pretender que se nos aprecie, al conseguir una meta que nos encumbra a ojos de los demás, y hasta en la más nimia de las manifestaciones humanas. Aspiramos a la satisfacción asegurada (alta posición social, riquezas, orgullo por los triunfos…) y al bienestar personal. Aspiramos a la felicidad.

Poseer esa satisfacción y ese bienestar ha sido útil para aumentar las probabilidades de supervivencia del individuo que las posee. La evolución ha pergeñado mecanismos orgánicos para impulsarnos a lograr esos bienes. Al igual que el impulso a comer o a tener relaciones sexuales favorecen claramente la supervivencia del individuo y la replicación de sus genes, también cualquier impulso tiende a satisfacerse con esa oculta intencionalidad.

Ahora bien, el bienestar duradero, eso que llamamos felicidad ―no los momentos de alborotado gozo en que nos sentimos “felices”―está constituido por una mezcla de sentimientos. Una característica que muestra la persona feliz es que suele ser permeable al entorno: se siente bien consigo misma y se relaciona amablemente con el mundo. Sin embargo, los buscadores profesionales de felicidad suelen ser infelices. Buscan continuamente el éxtasis supremo, y la insatisfacción de no conseguirlo les hace más infelices. En realidad, ya lo eran, y por la carencia de felicidad que tenían, buscaban ésta con ahínco.

Parece ser que éstas son las características que guardan correlación con las personas felices:

  • La prosperidad material y el rango social.
  • Las relaciones de amistad y de pareja.
  • La religiosidad o una cosmovisión del mundo.
  • La satisfacción y el orgullo por las cosas bien hechas y por destacar sobre los demás.

Una situación financiera desahogada y un prestigio social envidiable producen bienestar personal. El dinero no da la felicidad pero ayuda en cierta manera a ello, aunque un aumento en la posesión de dinero no hace aumentar en grado semejante la felicidad. Y puede ocurrir lo contrario: si aumentan las pretensiones de riqueza y no aumenta ésta en igual medida, puede que nos sintamos más desgraciados. Claro que más que el dinero o el rango, las buenas relaciones sociales y de pareja parecen ser los motores para alcanzar el bienestar.

También, según las encuestas, las personas religiosas suelen ser más felices que quienes no lo son. Los que destilan a todas horas odio contra la religión deberían, por esa razón, hacérselo mirar, incluso cambiar de bando. Otros cifran la felicidad en las sensaciones de placer, de drogas, sexo…, pero por razón de la adicción que crean esas sustancias,  el placer se alcanza cada vez con mayor dificultad y más esporádicamente, por lo que suelen ser invadidos por la infelicidad la mayor parte del tiempo. Por el contrario, la felicidad que se basa en valores es más sólida y no suele menguar con el tiempo.

Mihaly Csikszentmihalyi, del departamento de psicología de la Universidad de Chicago, comprobó que los sentimientos de felicidad profundos y satisfactorios surgen cuando los individuos se implican y concentran con éxito en una misión exigente. Para ese estado acuñó el término fluencia o experiencia óptima. Es característico del trabajo creativo como escribir una novela, planificar y llevar a cabo un proyecto… Requiere disciplina, requiere armarse de valor para llevar a cabo los desafíos que el proyecto presenta, pero, a cambio, se obtiene una intensificación del ánimo, la satisfacción de superar los desafíos y de vencer los miedos y de escapar de las rutinas protectoras.

Otra cara del mismo asunto es la felicidad a través del orgullo y de la satisfacción de los triunfos obtenidos, tanto en el vencimiento de uno mismo por tratar de hacer las cosas bien, como por los éxitos que uno obtiene sobre los demás.

En cualquier caso, el camino a la felicidad ya es la meta; y evitar el estrés y buscar alternativas a las rutinas diarias suele rendir buenos resultados en la Bolsa de la felicidad. También los rinde el mostrar un rostro amable y alegre. Una expresión facial de alegría, voluntaria, al percutir en el cerebro, aumenta nuestro ánimo.

 

[i] Algunos datos de esta entrada están sacados de la revista Mente y Cerebro

Del amor y otros fenómenos (VII)

Para el mantenimiento del amor valen aquellas dos condiciones que puse en la primera entrada de esta secuencia sobre el amor: no considerar al otro como una posesión, y no entregarse nunca del todo. Esto es, no propiciar que el otro sienta que posee un objeto ni pretender tú mismo poseerlo. O dicho con otras palabras: que cada miembro de la pareja mantenga en candelero la llama de su individualidad. Pero ahora, aparentemente, me voy a contradecir (al fin y al cabo el amor es un cúmulo de contradicciones): todo amor, para perdurar y consolidarse ha de contemplar esas dos llamas confundidas en una sola, ha de conseguirse una simbiosis de gustos, deseos, sentimientos e intereses en la pareja. Cada cual debe ver su llama y la de su amada distintas pero brillando al unísono y con intensidad parecida. Para este propósito se deben de derrumbar muros, difuminar sombras, limar asperezas, tender puentes, trazar caminos comunes, ingeniar una ética del comportamiento en pareja, hablar a corazón abierto sofocando las emociones malignas, llegar a acuerdos, conciliar deseos, derrumbar desconfianzas, lograr que el deber en la pareja resulte delicia, mirar mutuamente por el otro, conseguir que la palabra sea sanadora, hacer que en presencia del otro el corazón se engalane.

Pero vayamos al grano de los peligros que proclamé en el post antecedente a éste. Si el amor en sus inicios es idealismo, visión ideal de perfección y virtudes, mantenerlo vivo cuando se desciende a la áspera realidad de la convivencia bajo la amenaza de la rutina, es tarea ardua. Exige que el tal descenso hasta esa realidad se haga paso a paso, con toda la atención puesta en ello, evitando los caminos empinados y los atajos abruptos. Exige que los dos miembros de la pareja se sujeten el uno en el otro, cuidadosamente pero con todas las fuerzas de que sean capaces. Exige que en las caídas y en los resbalones los dos se levanten prontamente y aprendan artimañas para no volver a caer. Y exige quitarse con cuidado la venda que cubría sus ojos, y aprender a descubrir el verdadero aspecto de la realidad en la convivencia: percatarse de que el colorido del amor, por fuerza, es menos brillante y hermoso que el que lucía en la imaginación. (Hay un tipo de individuos que se niega a admitir esto y cuando se consume el amor ideal con su provisional pareja, cambian de inmediato a otra para seguir en la idealización y no descender de ella).

Otro gran peligro: la acumulación de pensamientos negativos hacia el otro miembro de la pareja, lo cual conlleva, paralelamente, la acumulación de rencores que salen a relucir en caso del más mínimo conflicto, y que hacen imposible el bienestar. Para evitar que esos rencores se añejen en exceso y taladren la convivencia con su afilada barrena, es conveniente la comunicación entre los enamorados, en frío, cuando el rencor o el mal pensamiento está dormido, y conviene entonces analizarlos y relativizarlos, y ponerse para ello en la piel del otro, y en la piel de sus deseos y sus sentimientos en el momento que tuvo lugar el acto o el comportamiento que generó aquel mal pensamiento y aquel rencor; y, de esa manera, limarlo o liquidarlo con la comprensión mutua.

Otro tanto cabe decir de la desconfianza. Desconfianza generalmente de aquel que, aunque enamorado, por timidez o por acomplejamiento, le resulta imposible confiar plenamente en su pareja, pues no cree poseer garantías suficientes. La desconfianza levanta muros entre los enamorados que resultan muy difíciles de derrumbar,  al contrario, con el tiempo van fortaleciéndose, creciendo y ensanchándose. Solo cuando uno de los dos, en un acto de generosidad, confía en el otro ciegamente, este otro encuentra garantías y razones para derrumbar su propio muro, para aprender a confiar. La confianza del uno induce al otro a confiar.

Porque la desconfianza suele producir, seguidamente, falta de entrega de afectividad (resulta casi imposible dar afecto sin confiar), falta de apetito sexual, rigidez en la actitud hacia el otro, rigidez en la convivencia, rutina…, todo ello como mecanismo de protección contra la desconfianza que el otro le produce. El lugar en donde se inician casi todos los procesos que conducen a la ruptura del amor en la pareja se llama desconfianza.

Así que, mediante la adecuada comunicación de pareja,  se debe poner todo el empeño posible en evitar que los conflictos mínimos queden sin resolver, pues, si no, el tiempo los agranda hasta que estallan. Y se debe de ser valiente para confiar, porque la desconfianza es producto del miedo, que es irracional, mientras que la mera precaución ―prever los eventos―es producto de la mente consciente. El pozo de los rencores y el pozo de la desconfianza tienen que vaciarse prontamente.

Y otra cuestión esencial que debe ser tomada en cuanta, es la de tener ánimo democrático en la relación, y ánimo de  igualdad de deberes y derechos y libertades para ambos miembros de la pareja. El amor requiere igualdad y correspondencia. Una relación solo será duradera cuando hay compensación mutua entre los dones que ofrece el uno y los que ofrece el otro,  cuando hay reciprocidad.  No valen la soberbia ni el sentimiento de superioridad ni el faltar el respeto a las singularidades del otro, sino la condescendencia, el ceder o claudicar a veces para hacer valer el propio criterio otras, el mirar por el bien del otro (porque su bien representa de forma indirecta tu propio bien), el tener siempre en el punto de mira la búsqueda de consenso…

Es decir, imponerse el amor como disciplina. Al fin y al cabo, el amor es una de las cosas más importantes de la vida, y sólo quien no ama no se empeña. Y no temer a las disputas, pues bien se dice que “los amores reñidos son los más queridos”.

No me inmiscuyo en lo relativo a los caracteres semejantes o complementarios para que todo resulte más sencillo en una pareja. Si los tienen semejantes y se parecen en el deseo de imponer sus propios criterios o se parecen en el carácter desconfiado, el fracaso se asegura.

Queriendo terminar más poéticamente, si plantamos una flor en el jardín, ¿dejaremos que se críe por ella sola?, ¿no quitaremos las malas hierbas que le crezcan alrededor, no la echaremos nutrientes, no procuraremos que le dé en justa medida el sol, no la protegeremos contra las heladas? A la flor, para que alcance su justo y bello desarrollo, la debemos de cuidar, de adorar, de estar atentos a su desarrollo, en fin, debemos de elaborar un proyecto para que luzca su plena hermosura. ¿Veis alguna diferencia del cuidado del la flor con el cuidado del amor? ¿No se dice cultivar el amor”? Un dicho árabe lo asevera: el amor se debe cultivar con el mismo mimo con que cuida las flores el jardinero del paraíso.

Así pues, el amor, para su cultivo, requiere de un mimo especial, de un volcar nuestra voluntad para que crezca enhiesto y hermoso. Requiere de un cuidado tan especial como el que ofrecemos a la flor más hermosa del jardín, requiere adquirir todos los conocimientos posibles para su cultivo primoroso, requiere hacerse experto, cambiar de hábitos abonar en los momentos precisos, requiere adquirir nuevas habilidades, saber muy bien el camino a seguir. Requiere, por todo lo dicho, imponérnoslo con la fuerza de una obligación. Requiere que amar e convierta en un deber sagrado.

Vuelvo también a Kayyam, qué sabias y hermosas palabras ¡y qué ardua labor!:

 

Antes que aprendas a acariciar

un rostro suave como de rosa

¡Cuántas espinas deberás arrancar

de tu propia carne!

 

Del amor y otros fenómenos (VI)

Logística del amor con la intención de que sea perdurable (II)

Considerando que evaluamos con las razones del intelecto y con las razones que presentan los sentimientos, en la evaluación que preconicé en el post precedente pueden presentarse los siguientes casos:

Caso A: Unas y otras razones o conveniencias son adversas. Ni los sentimientos hacia la otra persona de la pareja ni los juicios que emitamos acerca de ella ni ningún recuerdo feliz ni ninguna esperanza presentan un dictamen favorable. En tal caso la mejor opción posible es romper la relación (y este consejo se sale de la intención del escrito que no es otra que analizar el comportamiento humano. Es un consejo gratuito). Algunos, ingenuamente, y solo guiados por el temor a la soledad o a perder prerrogativas separándose, creen factible un futuro mejor para la pareja; un futuro a imagen del propio deseo o del propio temor. Es una ilusión que puede resultar muy dolorosa, ya que sus probabilidades de éxito son escasísimas, pues falta la llama del amor o al menos un rescoldo de ella. Las pavesas no sirven.

(Un blog muy refrescante, ameno y candoroso de una psicóloga da unas recomendaciones muy adecuadas para aventar esas pavesas: http://porquenohaypsicologosencorea.wordpress.com/2014/01/   )

Caso B: unas razones y otras discrepan. Problema arduo se presenta. Los sentimientos hacia el otro muestran conveniencia mientras que las razones que dicta la conciencia enseñan inconveniencia de seguir la relación. Unos promueven el amor, los otros el rechazo. Lo que es imprescindible es un elemento motivador al que agarrarse, un rescoldo aunque dé poco calor. Puede ser el recuerdo de momentos dichosos o de bondades que el tiempo ha ido difuminando, o una virtud o una cualidad del otro que aún hace sentir hacia él bienquerencia, que aún se ama. Rehacer a partir de ese rescoldo la llama del amor o al menos del bienaventurado afecto compartido, significa encaminarse por un largo y pedregoso camino. Esto hay que tenerlo en cuenta en el momento de decidirse.

Si es la sentimentalidad quien alega el dictamen del “no”, la separación no conllevaría pérdida afectiva, pero puede que lo que se pierda sea seguridad, nombre, posición, amparo, riqueza, afecto filial… Si, por el contrario,  quien niega o alega inconveniencia  es la razón intelectiva, mientras que los sentimientos son favorables a seguir la relación, separarse puede resultar muy doloroso.

Como se puede ver aquí también, al tomar la decisión de separarse o de intentar recomponer la convivencia y el amor, el deseo y el temor juegan un importante papel. El deseo de libertad, de cambio de pareja, de empezar otra vida… y el temor a perder la seguridad que la pareja ofrecía, de perder afecto y otros dones que se poseían. Siempre es recomendable ―y vuelvo a hacer notar que esto es una recomendación gratuita y nunca un consultorio sentimental―ser valiente. El valor, si no es temerario, siempre es recomendable en cualquier situación.

Caso C: los dictados de la razón y los dictados sentimentales son conformes y favorables. Uno tiene el convencimiento de que las desavenencias son pasajeras y la llama del amor aún ilumina lo suficiente. En este caso y en el anterior ―siempre que la decisión tomada haya sido la de remendar o reconstruir la convivencia amorosa― conviene empezar a obrar en el edificio del amor.

Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: dado que las creencias morales acerca de las relaciones de pareja, así como las creencias sobre posibilidades de futuro que dicha pareja tenga, son quienes modelan el perfil sentimental del individuo hacia la relación, y dado, consecuentemente, que si se intenta reconstruir el amor habrá que reconstruir sentimientos, se hace necesario el intentar que las creencias de la pareja cambien. Y deben cambiar en cuanto a lo correcto e incorrecto aplicado al comportamiento amoroso, en cuanto a las relaciones sociales, en cuanto a las labores a desarrollar por cada cual, en cuanto a resolver los problemas etc. y ese cambio debe ir en la dirección de confluir pareceres y de lograr consensos. Nada más útil para ello que utilizar la siguiente argucia que resulta ser un potente algoritmo: ponerse en la piel del otro para examinar los problemas en común.

Así pues, en esa Odisea hacia Ítaca habrá que luchar contra los vientos desfavorables, contra los cantos de sirena que enloquecen a los hombres, contra las ilusiones malignas de Circe la hechicera por convertir a la pareja en animales, contra el cíclope Polifemo,  el ojo social reprobador, y contra los sediciosos e insidiosos pretendientes de Penélope, que incitarán su deseo.

Se poseen para ello los instrumentos de la inteligencia, del valor y de la palabra. El impulso de la llama de amor que aún reluce y se quiere reavivar. Se utiliza la eficaz argucia de ponerse en la piel del otro, de ver las cosas desde su punto de vista. El proyecto es el de consensuar democráticamente  un nuevo modelo de convivencia amorosa. Se posee también la finalidad, la de reconstruir el amor mediante ese modelo dicho. Que la navegación sea venturosa.

¿Cuáles son los peligros principales con que se han de enfrentar esos navegantes?

  • En los comienzos de la relación, un descenso abrupto desde la elevada posición del amor ideal al suelo áspero y duro de la realidad cotidiana.
  • Las desconfianzas, que levantan muros separadores.
  • Los pensamientos negativos sobre los comportamientos del otro, que de no ser comunicados y examinados se hacen venenosos y exhalan su pestilencia en la relación.
  • La falta de comunicación de las alegrías y los pesares.
  • La negación a destilar los conflictos con palabras para evitar que se vuelvan añejos y se conviertan en rencor.
  • El considerarse superior al otro miembro de la pareja.
  • Los problemas sexuales.
  • La falta de afectividad.
  • La rigidez mental.
  • La falta de voluntad de obrar en el edificio…

Y ahora me doy cuenta que esto se ha alargado demasiado considerando que nunca había escrito una sola palabra sobre el amor, así que seguiré otro día.

Del amor y otros fenómenos (V)

Logística del amor  con la intención de que sea perdurable (I)

Lo que sigue no pretende ser, en absoluto, un remedo de consultorio sentimental sino un esbozo acerca de la naturaleza de las relaciones humanas de pareja. Pero, aviso, entre la pretensión y el resultado puede haber un abismo.

La empresa que me ocupa, la de reconstruir el edificio del amor o cuanto menos arreglar las paredes, los techos y los basamentos para evitar que se derrumbe y conseguir que siga siendo habitable, es un empresa humana y, como tal ―y dada la preponderante importancia que los asuntos humanos cobran en el hombre―, exige el mejor tratamiento, un tratamiento que goce de un carácter científico.

En este sentido, los pasos a seguir deben ser: un análisis de la situación de ruina en que se encuentra el edificio, un análisis de la factibilidad de su arreglo, tomar o no la decisión de arreglarlo, la elaboración, en consecuencia, de un proyecto en esa dirección, y, finalmente, el desarrollo de dicho proyecto con los esfuerzos que se requieran para ello.

Pero previamente, para un conocimiento adecuado del terreno por donde nos movemos, me resulta necesario realizar algunas aclaraciones sobre la naturaleza humana (dada la escasa atención que la filosofía tiene a este respecto ―con magníficas excepciones como la de José Antonio Marina―y la veleidosa y escasa capacidad que muestra la psicología, contaminada aún por las influencias del psicoanálisis, en este asunto).

En primer lugar se ha de hacer notar que el temor y el deseo son las entidades que mayormente marcan nuestro rumbo y manejan nuestro ánimo. Son la argamasa de los sentimientos y ellos son quienes propician y frecuentemente dirigen nuestros pensamientos.

En segundo lugar, es muy relevante percatarse de que a todo ser humano lo empuja un deseo de destacar por encima de los demás hombres en todo aquello que estima conveniente. Esto no es menos cierto en el caso de la pareja amorosa y, de forma general, en cualquier relación cooperativa. Pero siempre que en una relación libre de este tipo ―y la amorosa lo es―hay uno que destaca, otro u otros se sienten rebajados en su valer, apareciendo en ellos un sentimiento de agravio comparativo, de malestar y malquerencia hacia el que destaca que amenaza con dar al traste con la  cooperación; y también aparece ese sentimiento de agravio en el que participa en la cooperación con mayores bienes, mejores cualidades, mayor esfuerzo o mayor capacidad. De forma que la única estrategia que resulta factible para continuar la relación colaboradora, se asienta en el igualitarismo de poseer, dar y recibir cantidades semejantes, se asienta en el llamado Principio de reciprocidad. En las relaciones libres entre personas, sean de ayuda, sean de auxilio, sean de amor, sean de pretendido altruismo, sean de cualquier empresa… la reciprocidad es condición necesaria. Te doy, te ayudo, te auxilio, te presto, coopero, para que tú me des, me auxilies, me prestes, cooperes conmigo, me devuelvas en igual medida que la que te he dado o cooperado contigo. Sólo las relaciones libres que se basan en el Principio de reciprocidad se pueden sostener en el tiempo.

En tercer lugar, las creencias morales del hombre, junto a las creencias acerca de sus posibilidades en la relación social, son las principales modeladoras de su perfil sentimental y, consiguientemente, resultan determinantes en su conducta. Una vez explicitado esto, pasemos al análisis de la situación.

Cuando se va cumpliendo el plazo de caducidad del torrente químico que opera en la atracción sexual como copartícipe del enamoramiento, o bien cuando las diferentes circunstancias de la realidad van erosionando la imagen ideal que el sujeto enamorado edificó de su objeto amado, o bien si por motivos diversos los roces, los caracteres antagónicos, los daños y perjuicios recibidos, las decepciones y los enfrentamientos van introduciendo en cada miembro de la pareja rencores y malquerencias, digo que entonces, consciente o inconscientemente, cognitiva o sentimentalmente, el antaño enamorado siente la necesidad de realizar una evaluación de su vida de pareja. Realiza una doble evaluación: valora y mide lo que aporta y lo que cree obtener de la pareja; y, por otro lado, valora lo que podría obtener cambiando de objeto amoroso. Y la dicha evaluación es también doble en otro sentido, en el mecanismo que  pone en uso: es evaluación emotiva y sentimental, y es evaluación cognitiva, de pensamiento, y en contadas ocasiones se emplean también en ella los argumentos  de las razones y de la lógica. Los principales elementos de juicio para realizar dicha evaluación son el temor y el deseo; el temor a perder lo que se posee: cobijo, tranquilidad, placer sexual, bienes materiales, compañía, hijos…; y el deseo de poseer otro hombre u otra mujer distinta a la que actualmente se posee, el deseo de nuevas posibilidades…

Se evalúa lo que uno percibe que aporta a la pareja y lo que percibe que recibe de ella, ateniéndose el juicio evaluador al Principio de reciprocidad. Se perciben como elementos a juzgar, la satisfacción afectiva, la sexual, la satisfacción de las relaciones sociales logradas a través de la pareja, la belleza de cada cual[1], la posición económica y social de uno y otro, la inteligencia, la capacidad, la fama (naturalmente,  al tener presentes las ofensas recibidas, los rencores acumulados…, el juicio sobre lo que uno da y recibe no resulta imparcial, echándose más en el platillo de lo que uno da, por lo que el Principio de reciprocidad suele falsearse).  Tal es la evaluación de lo que da y recibe cada cual en la pareja. Cierto es que como en el juicio evaluador intervienen el temor, el deseo y los sentimientos, el sentido de la reciprocidad  puede también resultar erróneo por dicho motivo. Uno puede creerse  superior en belleza a su esposa o en inteligencia, o en capacidad, en posibilidades o posición social. El deseo es productor de espejismos e ilusiones.

Pero en donde el deseo produce más trastornos en la apreciación de la realidad es en la valoración de lo que podría obtener el sujeto cambiando de objeto amoroso, quiero decir, cambiando de pareja. Ahí tenemos el usual caso de quien cree que sin lugar a dudas es correspondido por la mujer que ama; o del que se enamora de toda mujer bella que le mira de soslayo, creyendo que esa mirada es un signo de amor irrefutable; o del que ve posibilidades de ser correspondido en cuanto lance un requiebro amoroso a cualquier mujer; o del que cree que puede engañar impunemente a su mujer pero que ella nunca le engañaría; o del que se cree un galán y es un hazmerreír… Todos ellos tienden equivocadamente a suponer que ganarían con un cambio de pareja.

Así que una buena evaluación requiere indagar honrada y valientemente en la realidad de sus atributos y de lo que da y recibe, requiere alejar las ilusiones y las sombras, requiere adaptarse al Principio de realidad. En caso contrario, cuando solo se persiguen espejismos, cuando el deseo se convierte en único o principal elemento para evaluar, la evaluación será desastrosa y cualquier decisión que se tome a partir de ella conllevará una posterior penalización y el correspondiente arrepentimiento. Una estrategia que puede ayudar, y mucho, para adaptarse a la realidad, consiste en ponerse en la piel del otro, es decir, sopesar desde el otro lado de la pareja la percepción que ella puede tener de mí y de lo que yo doy y recibo. También puesto en la piel del otro, revisar las causas de las supuestas ofensas recibidas, que han ido llenado de rencores la relación.

Ateniéndonos al Principio de realidad evaluamos la situación de la pareja en cuanto al Principio de reciprocidad, y utilizamos para ello los sentimientos, los deseos, la inteligencia y las creencias. Ya tenemos la evaluación hecha. Corresponde seguidamente tomar una decisión. Pero esto quedará para una posterior entrada porque mi cabeza ya no da para más y esto se ha hecho muy largo (y muy pesado, añadirá más de uno).


[1] Ulrich Renz en La ciencia de la belleza señala que de modo general, la belleza que posee cada miembro de una pareja es semejante. Si está desequilibrada es porque se compensa con estatus, fama, poder o riqueza. Hasta ese extremo se cumple el Principio de reciprocidad en el dar y recibir.