Asuntos personales y asuntos mundanos

 

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*—Fíjate bien: aquel que odia la excelencia y el mérito es un mediocre carcomido por la envidia.

*—La nueva diosa que dirige el navegar moral de Occidente, “el sentimiento”. El sentir por encima de toda razón y de toda conveniencia. Existe una pléyade de sacerdotes totalitarios del sentir.

*—-Los medios infunden en las gentes creencias y sentimientos y secuestran la razón. Como nunca anteriormente, ésta es una época en que la razón está abducida. Los continuos mensajes lanzados por los medios, que tienen la misión de desinformar a la audiencia y obnubilar la razón, refuerzan cada día los grilletes con que ésta se encuentra maniatada.

*—Los humanos necesitamos un horizonte, necesitamos un proyecto de futuro que nos aporte esperanza e ilusión, que nos revitalice a diario. Quien no sea capaz de crearlo como individuo, pronto se verá sometido a la ilusión del rebaño, y concebirá el paraíso en hacer caer a los que están por encima de él y en tener el pesebre lleno.

*—El rebaño siempre da su sí a toda ocurrencia del maestro/rabadán que con voz grave sea anunciada como verdad.

*—De la ignorancia de la filosofía acerca de las pasiones humanas se deriva el que se ocupe en divagar sobre asuntos etéreos de todo género. Si se escruta en los grandes problemas que ocupan a los filósofos, no aparece por ningún lado el que debería ser el más importante de todos: ¿a qué complejas entidades obedece la conducta humana?

*—¿Qué es el rito?: un intento de penetrar mágicamente en las entrañas del Universo con el fin de participar de sus esencias.

*—En mucha gente el odio es el principal condimento de su personalidad, el que les da un más reconocible aroma y sabor.

*—Extrañamente, hay gentes a las que no les importa la vida en sí, sino una idea por la que son capaces de sacrificar esa vida.

*—Desde el momento en que el valor de una supuesta obra de arte depende casi con exclusividad de quien la firma, el arte que pueda contener es accesorio y el esnobismo social pasa a regir el asunto.

*—Meta a su enemigo en casa, mímelo, concédale todos los derechos del mundo, manténgalo a cuerpo de rey, y luego espere tranquilo a que le quite sus libertades y le clave su cuchillo.

*—Cuando mueren las personas que en el pasado formaron parte de tu rutina diaria, desaparecen las referencias que conformaban ese pasado añorado, es como si se fuera arrancando poco a poco de uno, es como si fueras perdiendo poco a poco la identidad que ese pasado te confería, por eso la añoranza es dolorosa. Es como si la identidad de uno fueran todos sus recuerdos y vivencias, y al desaparecer alguno de esos elementos perdiéramos algo nuestro, algo que nos conformaba, como si nos arrancaran parte de nosotros, sobre todo si el que muere nos fue querido y necesario.

*—Un deber puede constituirse en principio básico de la existencia, llegando a tener más fuerza que la propia felicidad o la propia vida. Así el deber con la esposa o esposo, con los hijos o con un dictado religioso.

*—Un escritor, un artista, un pensador, puede reconocerse por la obsesiva dedicación a su labor, que no es otra que mirarse a sí mismo para descubrir la belleza exterior o las razones que gobiernan el mundo

 

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*—Resulta curioso cómo se fanatiza a las masas; basta un eslogan o dos y el temor al qué dirán para que las masas, ciegas en su acción, se arremolinen en torno al rabadán y cometan todo tipo de atropellos. Lo que está pasando en Cataluña y lo que pasó en Yugoslavia nos hace pensar en la irracionalidad esencial del hombre.

*— Cataluña es el ejemplo de cómo una minoría, alegando derechos territoriales y con la vergonzante pasividad de los políticos españoles, puede amedrentar a una mayoría hasta hacerles renegar de su cultura y de sus raíces. En psicología llaman a este fenómeno Síndrome de Estocolmo.

*—Algunos alegan: son iguales el nacionalismo español y el catalán. ¿Cómo va a ser lo mismo el predicar la comunión que el predicar el enfrentamiento?, ¿cómo va a ser igual integrar y compartir que segregar?,  ¿cómo van a ser iguales los cauces democráticos y los cauces revolucionarios?, ¿cómo se pueden emparejar la mano tendida y el odio, el imperio de la ley y el imperio de la represión contra los que no piensan igual? ¿En qué país del mundo se prohíbe y persigue una lengua y se intenta erradicar aunque sea mayoritaria entre la población? Tal hecho solo ocurre en Cataluña, y es uno de sus muchos tics fascistas. La agitación social promovida para el día 1 de Octubre tiene el mismo significado que la marcha hacia Roma de Mussolini o la quema del Reichstag por los nazis. Esa exhibición agresiva de banderas y cánticos violentos, ¿no recuerda a la parafernalia nazi? ¿no recuerdan esas juventudes a las juventudes hitlerianas o a las bolcheviques? Todo ello se completa con los tontos-borregos y los atemorizados pusilánimes.

*—Los políticos españoles: Pablo Iglesias, que no es tonto, su propia cabeza le está destruyendo, le está comiendo por dentro. Se le ve constreñido, hinchado, sufriendo. No es extraño, el movimiento asambleario que ha levantado es un auténtico manicomio. En las asambleas siempre las propuestas más radicales, más salidas de las vísceras, son las que obtienen el aplauso por miedo a ser tildado uno de tibio. Sin embargo, Pedro Sánchez, de quien la luz de la inteligencia está ausente pero le brillan las luces del odio, de la ambición y la crueldad, es decir, aquello que arrastra a las masas descontentas, es una figura emergente. Tal vez sea el mejor candidato a rabadán para llevar al rebaño… ¿al precipicio? Rajoy el pusilánime sigue gobernando, eso sí, dando tumbos, pero los vientos económicos favorecen su rumbo. A Puigdemón, hombre medroso por naturaleza, aunque también creidillo y fofo, le sigue acojonando la CUP. Ribera sigue empeñado en seguir en medio, así que recibe bofetadas por todos lados y a todos estorba.

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*— Se ha de desconfiar de quienes, sin una realidad que se lo exija o sugiera y sin motivos objetivos de agravio, se lanzan con apariencia beatífica, con una rama de olivo en la mano, a clamar por la liberación nacional o por el derecho a decidir o por la libertad de los pueblos o por cualquier ocurrencia estrambótica que carece de razones objetivas. La tal rama de olivo se transforma pronto en espada flamígera que siembra la discordia y la violencia.

 

 

De La Verdad

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Ya a la temprana edad de diez años ofrecí muestras de no estar muy en mis cabales. Estuviera yo cuerdo o no, mi madre sí estuvo mucho tiempo preocupada conmigo: no era inusual que me quedase quieto, mirando absorto al infinito y más allá, y que se me cayese al suelo lo que tuviese en las manos, por ejemplo, el bocadillo de la mañana o un vaso de agua. Con el tiempo, la gente empezó a considerarme un bicho raro porque discrepaba de las opiniones de mis compañeros de clase e incluso de las de los profesores.

A aquellos embelesamientos que me arrobaban, viniendo a aumentar el muestrario de mis rarezas, se unió una extraña disposición para cuestionarme las verdades firmemente establecidas, así como un sentimiento amargo ante las mentiras. Mi madre me advertía con regaños: “si hablo con fulanita de cualquier cosa, no corrijas nada de lo que yo diga, pues las pequeñas mentiras que digo son fórmulas de cortesía social”. Pero yo, erre que erre, solía poner en repetidos aprietos a mi madre o a su interlocutora, señalando las faltas a la verdad que cometían. Es como si las falsedades me produjeran urticaria.

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Lo cierto es que con el tiempo se me fue desarrollando una extraña capacidad para percibir las fallas lógicas de los asuntos que desfilaban ante mis ojos. Y aún perdura. Por ejemplo, pongo atención a un documental televisivo que relaciona la historia de las comunidades humanas con los cambios climáticos de la época, y mis antenas pronto descubren medias verdades, excesos en las generalizaciones, especulaciones que son presentadas como verdades científicas, deducciones que no son tales, etc. etc. Ahora que el Cambio Climático está de moda, los divulgadores aprovechan el filón y cargan las tintas en supuestas verdades recién inventadas. En el documental del que hablo, quienes no estén atentos pueden sacar la equivocada conclusión de que toda acción humana a lo largo de la historia se debe al cambio climático; incluso los más antiguos enigmas históricos son aquí explicados por el clima. Por ejemplo, los antiguos “pueblos del mar” de que hablan la Biblia y los anales egipcios y sirios sin aclarar el misterio de su procedencia, son tratados en el documental como emigrantes climáticos.

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Una verdad que está de moda, que cabalga en la cresta de la ola de la más rabiosa actualidad, es un poderoso atractivo para que la gente se adhiera a ella. Si pasa de moda, la verdad se resquebraja. En los años setenta y ochenta Marx era idolatrado por la tribu filosófica;  hoy ha pasado de moda y su verdad ha dejado de ser objeto de adoración.

El gran público –y todos formamos parte de él, sobremanera en la juventud—tiene necesidad de que la realidad le sea interpretada. Así que, en cuanto a creencias políticas o religiosas, nos solemos adherir –sentimentalmente—a verdades cuyas intríngulis conceptuales desconocemos pero cuya imagen, puesta de moda, satisface nuestras ansias de rebeldía social o de amparo existencia en caso de verdad religiosa.

De joven me adherí al marxismo y a Lenin y al Che Guevara, sin conocer de ellos un ápice más allá de la fatua pretensión del ‘todos iguales’. Posteriormente leí y razoné y descubrí nuevas verdades y a la verdad anterior se le cayó el velo y apareció ante mí llena de pústulas e infección. Aprender es, más que nada, descreer de lo previo.

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Sin embargo, más que por el hecho de aprender verdades nuevas que rebaten a las antiguas, la mayoría de la gente cambia sus verdades políticas cuando cambia de estatus social. Quien sube de estatus suele enseguida ver agujeros en la verdad que predica el socialismo, mientras que quien baja de estatus empieza a ver a éste mucho más justo. Nuestra verdad la solemos amoldar a nuestros intereses.

Pero algunos no cambian nunca de verdad. Se aferran a ella como el naufrago a un salvavidas. Cierto es que muchos de estos no han cambiado nunca de estatus social ni han aprendido nada nuevo que ilumine alguna falla contenida en su verdad. Son rocas inamovibles y se muestran orgullosos de serlo. El cambio les produce vértigo.

Luego, resumiendo, las grandes verdades de la política, de la religión, del orden social, no son tales, sino meros encajes y acomodos a los intereses particulares de cada cual. Pero, ¿qué decir de la verdad científica o filosófica?

Se plantea este interesante asunto: ¿Cómo determinar o establecer la verdad o falsedad de una determinada proposición? En la Ciencia, el método de indagación empleado y la constatación empírica son quienes proporcionan el valor probatorio, quienes sustentan la fiabilidad. Cuando nos alejamos de las ciencias experimentales, la verdad se torna resbaladiza. Tal cosa ocurre en el campo de la Historia, por ejemplo.

Algunos otros se arrogan una suerte de excelsitud por la que dejan de estar sometidos al fuero de la realidad y la experimentación. Tal cosa la hacen los metafísicos. Otros colocan la etiqueta  ‘científicas’ a sus teorías y alegan estar exentos de tener que presentar pruebas experimentales. Tal pretensión ha sido empleada por el psicoanálisis, la homeopatía y el materialismo dialéctico marxista. La etiqueta es un mero disfraz para disimular su desnudez.

La solución práctica más plausible –fuera de algunas elucubraciones filosóficas—para establecer o determinar la verdad de una proposición, parece ser la del consenso entre estudiosos y entendidos en el tema de que se trate. Del consenso entre historiadores se edifica la verdad histórica; del consenso entre climatólogos se determina la verdad sobre el clima etc.

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Pero esta solución no está exenta de inconvenientes graves. Uno de los mayores es el que yo llamo “el inconveniente de la grey abducida”. Los miembros del rebaño formado alrededor de una idea o un personaje, por contacto y ósmosis, suelen adquirir el mismo criterio y suelen usar todos los mismos argumentos, de manera que, más por seguidismo ciego que por indagación, acaban todos sosteniendo y defendiendo la misma verdad. ¡Aviados estaríamos si fuesen exclusivamente psicoanalistas quienes establecieran la verdad o falsedad del carácter científico del psicoanálisis! ¡Y, sin embargo, así ha sido hasta hace poco!

¡Y qué decir si tuviésemos que fiar de la ‘verdad’ de Hegel, de Lacan, de Derrida o de Heidegger por el veredicto que emita sobre el asunto cada uno de sus respectivos rebaños, más teniendo en cuenta que la grey suele otorgar a todo lo oscuro y enrevesado un plus de reconocimiento de veracidad! ¡Y, sin embargo, así ha sido hasta ahora!

Todas las grandes ‘verdades’ políticas, metafísicas, históricas, etc., alejadas de la verdad científica, tienen un reconocimiento de verdad en proporción a la fuerza del rebaño que cree en ellas; y dicha fuerza depende tanto del número de los miembros del rebaño como de su estupidez. Uno lee la verborrea sin sentido de muchos personajes idolatrados por poseer una ‘profunda verdad’ y se hace cruces de cómo tienen tantos estúpidos que les levantan altares. Y es que la gente adora lo que no entiende y viene envuelto en pomposos ajuares, pues lo identifican como la obra de un ser superior o incluso de un ser supremo. En el fondo seguimos siendo religiosos.

Pero si fuera de las ciencias experimentales la verdad establecida ha de ser cogida con pinzas, ha de ponerse en cuarentena y ha de sacudirse con fuerza con el fin de descubrir si está hecha de un buen tejido o es de estambre basto y quebradizo, ¿quiere esto decir que todas esas supuestas verdades son mentiras más o menos bien urdidas? Más que mentiras, la mayoría de ellas son ilusiones que han ganado adeptos por diferentes motivos y que son aupadas por ellos a la categoría de verdades sin discusión. Pero algunas de esas ilusiones despiden un cierto tufo.

Alarmados mis progenitores a causa de mis embelesos, acudieron conmigo a una mutua médica a la que estaban asociados. Como yo me quejaba también de molestias intestinales, consultamos a tres médicos distintos acerca de mis males. El veredicto que estos emitieron no pudo ser más demoledor: de no operarme urgentemente de hernia inguinal, de los llamados cornetes o vegetaciones, y de amigdalitis, aseguraron que en el futuro sería un idiota. (He de aportar el dato de que las operaciones no estaban costeadas por el seguro suscrito con la mutua médica, las tenían que pagar mis padres).

Mi padre, que no tenía un pelo de tonto y que no andaba sobrado de dinero, acudió a un inspector médico a exponer mi caso, y éste ordenó que otros galenos repitieran sus exámenes conmigo. Resultado: sano sanote de arriba abajo. Ni era idiota ni estaba en proyecto de serlo. (No negaré que en ocasiones he dudado de que el tal veredicto fuera el correcto). Lo que sucedía es que aquellos ínclitos doctores pretendían estafarnos.

El suceso me enseñó dos cosas: que el engaño y la falsedad son moneda de uso corriente –cuando  hay intereses por medio—incluso  entre quienes aparentan ser más dignos y honrados; y, segunda cosa, que yo no era más que un tipo raro que se hacía del mundo unas preguntas  raras.

Uno se explica entonces que la verdad del psicoanálisis y la verdad de la homeopatía no sean puestas en cuestión por sus respectivas greyes: porque producen buenos dividendos a sus profesionales. Con una buena remuneración, es preferible no cuestionarse la verdad de lo que se hace.

No se fíen. La verdad es voluble, esquiva, descarnada, y a veces tiene aspecto de mentira. La mentira, en cambio, casi siempre presenta un buen aspecto. Y una advertencia: desconfíe de las proposiciones que se presentan con un bonito rostro pero que no dicen nada.

 

 

 

Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL

Este libro que presento y del que soy autor, Animal Moral, no es un libro de filosofía al uso, muy al contrario, en él se desdeñan a menudo muchas  razones que la filosofía emplea. Se trata de un libro de ensayos que, dentro de su mucha variedad de temas, versa sobre la conducta humana. Tanto de la conducta individual como de la colectiva, pretendiendo sonsacar sus causas recónditas y sus circunstancias.

En él se dan cita la biología y las neurociencias, la psicología y la filosofía, cada una de ellas en la medida en  que  aportan datos relevantes para intentar descifrar  lo íntimo de dicha conducta. Pero el libro hace singular hincapié en dos factores del comportamiento que hasta la fecha han sido examinados muy superficialmente: el sentimental e instintivo, y el de las creencias que poseen los individuos sobre los asuntos del mundo.

Los ensayos son los que enumero:

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

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<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
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Hoy expongo un resumen  un  resumen razonado del primer ensayo, Evolución de la mente, en el que desfilan las condiciones del medio, las dificultades que hubieron de superar nuestros ancestros en las distintas etapas de su evolución, y las necesidades que debían resolver para lograr eficacia biológica.

Apartados del medio selvático en que se habían desarrollado sus ancestros y arrojados por cambios geológicos y climáticos a una hostil sabana, los primeros homo habilis  sólo encontraron un camino evolutivo factible para hacer frente al medio.  Fue el de un crecimiento cerebral que propiciara novedosas capacidades con las que suplir la carencia de fortaleza, velocidad, envergadura, fuertes garras…, que poseían otros animales que  habitaban la sabana. No se ha de olvidar que aquellos primeros predecesores eran esencialmente presas.

Tal camino ya había sido iniciado por otros primates cercanos, y seguir cualquier otro hubiera conducido a un callejón evolutivo sin salida posible.

Pero un aumento cerebral requiere alimentos energéticos, lo que motivó que los de su linaje se hicieran carroñeros y, más adelante, cazadores.

Como carroñeros podían tener alguna eficacia individualmente, pero como cazadores individuales eran un desastre. Solo la caza en grupo aportaba la suficiente eficacia. No obstante, esa eficacia solo se podía producir si el grupo actuaba como un todo organizado. En ese sentido, las adaptaciones biológicas que propiciaran la organización grupal cobrarían ventaja evolutiva.

También lo cobrarían ciertas habilidades como el lanzamiento de dardos o piedras y la fabricación de ciertos útiles para la caza y la defensa.

Ahora bien, organizar un grupo para que una cacería resulte eficaz requiere de numerosas acciones secuenciadas, y, sobre todo, requiere poseer dos capacidades: la de comunicarse con los otros miembros del grupo y la prever los escenarios y sucesos que pueden acaecer.

La primera de estas capacidades se fue paulatinamente construyendo hasta dar lugar a un lenguaje externo de signos que pasó  luego a ser oral, y a un lenguaje interno que es el pensamiento. La segunda capacidad requiere poseer imaginación para el futuro. Pero esta imaginación, que es la capacidad de proyectar hacia el futuro los hechos y las relaciones del pasado, necesita apoyarse en sistemas cerebrales como la memoria y el sistema de la imitación. Así que resolver  la necesidad de hacer eficaz la partida de caza produjo evolutivamente  nuevos sistemas de procesamiento cerebral y una red de relaciones entre ellos.

Pero no se ha de olvidar una capacidad nueva que resultaba decisiva para la aparición de las antes mencionadas. Me estoy refiriendo a la capacidad de aprender. Sin aprendizaje no puede darse la comunicación ni la imaginación.

Para que pudieran emerger todas estas capacidades el neocórtex tuvo que crecer mucho más que en otros primates. No solo para  aprender los requisitos de la comunicación y para gobernar sus sistemas motores, sino también para el aprendizaje de habilidades de piernas, brazos y manos, y para la creación y el uso de las tecnologías.

Y no solo el neocórtex. Para que lo aprendido se fije y se convierta en habilidad, para que resulte eficaz, debe automatizarse, debe hacerse rutina, debe ser manejada como manejamos los pedales de un coche, sin pensar en ello, y para esta automatización se precisa el concurso del cerebelo, que hubo de crecer a un ritmo igual o superior al del neocórtex.

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En fin, la imbricación de  los nuevos sistemas con los antiguos, produjeron facultades nuevas. Haciendo uso de la imaginación, el miedo se proyecta al futuro en forma de temor. El instinto se sostiene imaginativamente en forma de deseo. A su vez, la necesidad de regular el comportamiento individual dentro del grupo hizo surgir los sentimientos…

La necesidad, el azar, el medio, contribuyeron a pergeñar un organismo que, con pequeñas variaciones de unos individuos a otros, presenta una forma de percepción, una forma de procesar la información que recibe, una forma de sentir, de actuar, de desear y temer, en resumidas cuentas, de comportarse, que es la que poseen los individuos de nuestra especie. Somos el producto de todo el proceso evolutivo mencionado, somos de la forma en que la necesidad y las circunstancias del medio nos hacen ser.


Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL –
(c) –
Fernando Joya

Famas y modas

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Satisfacer a los snobs de la moda con lo extremo, con el esperpento,  con lo estrafalario, con la rareza, con la imitación de formas exóticas o con formas pertenecientes a otros ámbitos que nadan tienen que ver con el que trata la obra, son algunos de los recursos que los nuevos creadores aportan para subirse al carro de la moda.

La Nueva Cocina es un buen ejemplo de todo esto que digo. Si en el arte la belleza había dejado de ser un valor, en el mundo gastronómico deja de ser valor el sabor del plato y pasan a serlo las formas, los colores, los productos empleados, la tecnología usada en su preparación, la mezcla de gustos y olores ―sorprendentemente, también, la belleza― y, sobre todo, la innovación y la originalidad. Ferrán Adrià del restaurante El Bulli, y Andoni Luis Adúriz, del restaurante Mugaritz, son los principales representantes de este quehacer.

Por ello fueron encumbrados al altar de la moda y de la fama. El ya fallecido cocinero, Santi Santamaría, pretendiendo volver a colocar el sabor en lo alto de los valores por los que se debería apreciar el plato, se rebeló contra todo esto y fue abucheado y apaleado por la mayoría de compañeros de profesión.

Un gran fenómeno de la moda fue Chiquito de la Calzada. Saltó a esa palestra en el año 1994 con una nueva forma de contar chistes basada más en causar hilaridad con la acción y el esperpento que con lo escatológico o genital que suelen usar los cómicos al uso. Se convirtió en el mayor héroe popular que haya existido. Durante muchos años fue imitado hasta la saciedad en bares, televisiones, en las reuniones de empresa, en la escuela… La originalidad le dio un triunfo apoteósico que le llevó a ponerse de moda y a ser famoso.

También la moda se pasea por el boulevard de los sesudos filósofos y por el de otras categorías intelectuales. Derrida, Lacan, Marcuse, Heidegger, Marx, Freud… estuvieron de moda en su momento y todos alcanzaron fama duradera (que fuera merecida o no es otra cosa). Por cierto, me estoy percatando de que las modas no son tan pasajeras, que más bien resulta que la moda es un escalón primero y necesario para subir a la fama.

Los pseudointelectuales, esos snobs que creen pertenecer a una categoría especial de iniciados en el conocimiento profundo, son quienes mantienen la fama inmerecida de muchos famosos intelectuales. Y mediante su aplauso les hacen seguir subidos en el altar de la fama. Claro, viven a costa de ellos, de repetir como cacatúas sus asertos.

La filosofía académica hace ya mucho que parece haberse alejado de la realidad, y anda entretenida ensalzando y venerando a los buscadores de esencias metafísicas, cabalistas mistificadores de la palabra. Alejada de la Ciencia y de los descubrimientos científicos, se dedica a producir palabrería huera y vana acerca del ser y de la nada y de otras entelequias, pero es casi norma general que muchos filósofos caminen como el pavo real con el pecho hinchado y las plumas desplegadas mostrando una actitud altanera hacia los demás.

Sartre, Lacan, Heidegger, Derrida, son algunos de los filósofos que durante el siglo XX estuvieron de moda, y cada uno de ellos tuvo su fiel rebaño de seguidores. Para que la fama de un personaje sea perdurable ha de crearse en torno a él una tribu interesada que lo venere. Pero la tribu mayor fue la de Marx, fueron los marxianos. En los años 79 y 80 era difícil encontrar pseudointelectual alguno que no declarase en acta pública su profesión de fe a las teorías de Marx. Claro que pocos las habían leído, y casi ninguno las había analizado con criterios de realidad. Cuando los acontecimientos derribaron el muro de Berlín y el comunismo dejó de estar de moda entre la intelectualidad, la desbandada de marxianos hacia otras tribus próximas fue épica.

La pintura del siglo XX y la del siglo XXI coinciden con la filosofía en mostrar parecidos tics, en invocar significados abstractos muy alejados de la realidad, y en que sus prosélitos creen pertenecer a una categoría especial que posee especiales conocimientos y criterios para apreciar las obras pictóricas o del pensamiento.  También coinciden en considerar que el absurdo en la pintura y la oscuridad en la filosofía son valores a destacar.

De esa múltiple coincidencia se deriva también un semejante descreimiento acerca de la existencia de la verdad. De tanto tratar de jugar a las modas y a las formas, han llegado a poner de moda el nihilismo.  Cualquier cosa es arte, dicen los artistas. Cualquier verdad es relativa, dicen los filósofos. Así las cosas, quien da valor a la obra y quien la pone de moda es el autor que ya posee fama o que ya está de moda. Lo cual es otra vuelta de tuerca al absurdo. Si el autor posee el reconocimiento suficiente, cualquier broma suya se convertirá en objeto de veneración para el rebaño de los “entendidos”, y, mediante el seguidismo del sugestionado ignorante de las esencias, para todo el mundo.

Un artista reconocido puede crear sus obras lanzando botes de pintura sobre un lienzo, o, como Duchamp, poniendo una taza de wáter en una exposición. Sin duda alguna, esas algaradas serán consideradas obras de arte. O un acólito versado en liturgia filosófica puede tomar el siguiente texto de Hegel que habla de la planta y del animal,

El objeto mismo subsumido en el concepto es la planta, sujeta al elemento o a la pura cantidad de la tierra y produciéndose contra el elemento del aire en una infinita amplitud de producción de toda su propia individualidad y totalidad (por medio del concepto). … El concepto, de lo vivo subsumido en la intuición, es el animal; ya que esta misma subsunción es parcial,  sin que se dé también de igual manera la subsunción de la intuición en el concepto, lo vivo se representa de modo empírico real, infinitamente disgregado…

y descubrir en él profundidades insospechadas para los demás morales.

De todo lo cual se deducen dos importantes conclusiones: primera: que la naturaleza humana tiende a considerar en gran cosa e incluso a alabar aquello que dice un personaje que posee renombre, sobre todo si es oscuro y no se entiende; segunda: que tal alabanza la tiende a hacer pública con el fin de aparentar que “entiende” y, así, entrar a formar parte del elenco de “entendidos”, del elenco de los que están en la cresta de la ola de la cultura y la intelectualidad

En la moda del vestir, que aparenta ser de una volubilidad extrema, sin embargo,  el esnobismo es menor. Por mucho que un diseñador cobre importancia o que el gusto de los usuarios de la moda se fuerce mediante diversos reclamos propagandísticos, el diseñador ha de obtener el refrendo del comprador y en buena medida se debe ceñir al buen gusto para poder sacar adelante el negocio.

Más sencillo resulta forzar el gusto de los jóvenes, sobre todo a los quince años. Recuérdese la moda de los pantalones vaqueros para chicas  en torno al 2005.  La cintura del pantalón caía muy por debajo de las caderas, quedando expuestas a la visión del público no solo las temibles lorzas de grasa de la cintura desnuda, sino también el nacimiento de las cóncavas carnosidades de las nalgas y del abrupto tajo que las separa. Un auténtico cuadro abstracto. Por suerte la moda pasó.

Sin embargo, la minifalda de la británica Mary Quant perdura, no por ser bella en sí misma, sino porque permite lucir la parte quizás más bella del cuerpo de la mujer. Ahí radica su gran valor. Claro, siempre que la mujer sea joven y tenga piernas bien formadas.

Con esos condicionantes la minifalda entra en la moda que no pasa de moda, como la tortilla de patatas (de la que habla Yack en comentario a la anterior entrada), la Gioconda, las Meninas, el Tal-Majal, la Alhambra de Granada, Kant, la Sagrada Familia de Barcelona…, y tantas obras humanas que poseen fama incontestable por presentar razones de belleza, sabor, gusto, lógica o inteligencia aceptadas por el común de los mortales, por presentar razones que se adaptan a las tendencias de nuestra naturaleza.

Otras modas y famas que presentan razones poco consistentes puede que se mantengan largo tiempo porque tienen prosélitos que viven de ellas y las defienden. Escritores, filósofos,  artistas plásticos, la Homeopatía, el Psicoanálisis…, más pronto o más tarde serán arrumbadas por el tiempo al cajón de los desperdicios inservibles. Pero esto es otra historia.

 

 

Filosofía y felicidad  

 

La Filosofía tiene respuestas múltiples para cada cuestión que se le presenta. Esta falta de unicidad del pensamiento filosófico hacia un determinado asunto no  es un desmérito, sino que manifiesta los diferentes modos de ver de la realidad y las diferentes  conveniencias que animan a los hombres, la inaprensibilidad de la verdad. Y tan inaprensible como se muestra la verdad de un asunto se muestra la felicidad. Verdad y felicidad son entidades poliédricas cuyas caras brillan a la luz de la visión y de la conveniencia de cada cual. Como el oráculo de Delfos, su quid está en la interpretación que cada uno le da.

En uno de los comentarios a la anterior entrada La felicidad, Mireia me apunta la siguiente aseveración de Albert Camus: «You will never be happy if you continue to search for what happiness consists of. You will never live if you are looking for the meaning of life». Esto es, la felicidad es tan escurridiza como el azogue: si la pretendes asir entre los dedos, se escapa sin siquiera dejar mancha en la piel. No obstante ―y perdóneseme el atrevimiento―, tan solo para poseer de ella un concepto inicial (chato quizá, poco riguroso seguramente) me atrevo a ponerle vallas que la delimiten. Y voy, también, a continuación, a exponer algunos pensamientos que de esa dama llamada felicidad han tenido algunos filósofos de renombre.

La felicidad es un estado de una cierta satisfacción personal y sostenida en el tiempo, acompañada de un importante grado de gozosa animosidad en la vida, como resultado de la cual el sujeto se muestra conforme con su situación y con la marcha de los asuntos de su vida; es un percibir gratamente la conveniencia de lo que el presente depara y de lo que del futuro se espera; es poseer un proyecto ilusionante y saborear satisfactoriamente los frutos que el camino seguido ofrece. Es, en fin, un estado de bienestar con firmes cimientos.

Hay ciertos dones que predisponen  a ser felices, verbigracia, poseer hermosura o riquezas, pues la posesión de fama, honores, poder, riqueza y belleza producen gran satisfacción a sus poseedores.

Sin embargo, dado que el sentimiento de felicidad, para que surja y se mantenga, precisa de una percepción grata de los dones, posibilidades y atributos  de uno mismo al compararse con los que disfrutan  los demás (nos resulta casi imposible sustraernos a no considerar como doloroso agravio el que al compararnos con los demás nos hallemos por debajo), y dado que las creencias del individuo en cuestión influyen muy determinantemente  sobre su percepción del mundo ―en particular, sobre los dones y atributos propios y ajenos y sobre el grado de conformidad acerca de ellos― y sobre los juicios que emite, de manera consecuente,  dichas creencias influirán en gran medida en sentirnos felices y satisfechos o infelices y desgraciados. Al fin y al cabo somos lo que creemos. Ya lo dice Schopenhauer[i]: «Una apreciación justa del valor de los que uno es en sí y para sí mismo, comparado con lo que solo es a los ojos de los demás, puede aportar mucho a nuestra felicidad». Quien ilusoriamente se percibe con dones y atributos que nadie le reconoce, tarde o temprano se cargará de rencor. Y quien desea vehemente aquello que no le es factible poseer, tarde o temprano se verá como Sísifo, desesperado por no poder alcanzar nunca la cima deseada.

Si hemos de creer a Hobbes, «todo goce del alma, toda satisfacción, proviene de que al compararse uno con los demás pueda tener una opinión elevada de sí mismo». Una buena opinión de sí mismo parece necesaria para ser feliz, pero cosa distinta es el cómo mostrarse ante los demás. La opinión de los «otros» resulta extraordinariamente relevante para nuestra felicidad, y esa opinión refleja de algún modo nuestra actuación social.

Sin embargo, los filósofos difieren en cómo debemos mostrarnos ante los demás para lograr su beneplácito y parabienes, pues a la postre la opinión de los demás sobre uno mismo es determinante para nuestra felicidad.

Schopenhauer aconseja la precaución y el no volar demasiado alto: «¡Qué bisoño es quien imagina que mostrar espíritu e inteligencia es un medio para ganarse el aprecio en sociedad», « Entre hombres, como amigos, son los más tontos e ignorantes los más apreciados y buscados, y entre las mujeres, las más feas. … Cualquier tipo de superioridad espiritual tiene la propiedad de aislar», « Saber unir la cortesía con el orgullo es una obra de arte.  … Después de una meditación seria y de mucho reflexionar, cada cual tiene que obrar lo más conforme posible con su propio carácter», « Quien quiera que su juicio merezca crédito, tiene que expresarlo con frialdad y sin pasión.  … No debemos caer en la tentación de alabarnos a nosotros mismos», «Tenemos que considerar secretos todos nuestros asuntos personales.  … Es más aconsejable mostrar cordura por lo que se calla que por lo que se dice. Lo primero es cosa de prudencia; lo segundo, de la vanidad».

Para ser feliz es partidario de limitar la acción y el espíritu, de poner límite a nuestros deseos, coto a nuestros apetitos, dominar nuestra cólera, cuidarse de cualquier tipo de afectación, aconseja mostrar cordura más por lo que se calla que por lo que se dice, y recomienda que entre nuestro pensamiento y nuestra palabra se abra una sima suficientemente ancha.

Bertrand Russell, otro gran filósofo pero muy distinto en talante al anterior,  asevera que la modestia excesiva está muy relacionada con la envidia[ii], aunque nos previene contra el engreimiento y contra la pérdida del sentido de la realidad por las adulaciones. También nos previene contra el pedir demasiado, que es el mejor camino para obtener lo menos posible.

En cambio, Nietzsche, el radical Nietzsche, aboga en todo momento por mostrarse ante los demás lo más elevado posible[iii]: «Mientras la vida asciende, felicidad igual a instinto », «Faltan las cosas mejores cuando comienza a faltar el egoísmo, «Sin crueldad no hay fiesta[iv] », «Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro», «Es bueno todo lo que eleva al individuo por encima del rebaño[v] », «El sufrimiento es bueno porque vuelve aristócratas a los hombres ».

Claro que, bien mirado, Nietzsche sólo busca la felicidad de los fuertes, de los elevados, mientras que desprecia la felicidad de los débiles: «Universal y verde felicidad-prado del rebaño, llena de seguridad, libre de peligro, repleta de bienestar y felicidad ».

En resumidas y simplificadas cuentas, Schopenhauer cifra la felicidad en la precaución ante lo social y en la gratificante soledad dedicada al conocimiento; Bertrand Russell, en cambio, dice que la felicidad fundamental depende, sobre todo, de lo que pudiéramos llamar un interés amistoso por las personas y las cosas; Nietzsche, en el poder y en la fuerza, en seguir los impulsos de vida, en elevarse por encima de los demás hombres.

Ahora bien, en lo que difieren aún en mayor medida estos tres filósofos es en  la apreciación del modo de vida a seguir para lograr ser feliz. Dice Schopenhauer: « El hombre rico en ingenio e inteligencia aspirará a la ausencia de dolor, a la tranquilidad y al ocio, y elegirá la vida retirada. Por eso la eminencia de espíritu conduce a la insociabilidad », « El hombre que se ocupa de sus pensamientos, a quien la soledad le es bienvenida, su centro de gravedad descansa enteramente en él, en sí mismo»,  o trae a colación una sentencia de Goethe : «Aquel que nació con talento para algún menester, en él encuentra la felicidad de su vida»;  pero Schopenhauer insiste de nuevo en los valores de la soledad :« Un sentimiento aristocrático es el que alimenta la inclinación al retiro y a la soledad. … No cabe otra cosa sino la elección entre soledad o vulgaridad, », «Los grandes espíritus anidan en las alturas, semejantes al águila, solos », «Hay que evitar confraternizar e intimar con naturalezas ordinarias. … Si, no obstante, valoramos realmente a alguien, debemos ocultárselo como si se tratara de un crimen».

Bertrand Russell, muy contrariamente a Schopenhauer, desdeña ese retiro, esa soledad, ese preocuparse por sí mismo: «El interés por uno mismo, al contrario, no conduce a ninguna actividad progresiva. Puede llevarnos a escribir un diario, a caer en el psicoanálisis, o tal vez a meterse fraile. … La disciplina externa es el único camino que pueden seguir hacia la felicidad esos infortunados, cuya absorción en sí mismos es demasiado rotunda para que pueda curarse de otro modo». Más adelante clama contra ese relamerse las propias heridas que es propio de escritores y artistas: «Algunas personas cultivadas (desgracia de Lord Byron) piensan que nada tiene importancia en esta vida. Son positivamente desgraciados, pero están orgullosos de su desgracia»; «Los artistas y literatos consideran obligado ser infeliz en su matrimonio». Para Nietzsche, sólo el hombre aristocrático puede tener vida feliz, el dedicado a las actividades propias del aristócrata, a la caza, a la guerra, a ejercitar el poder.

Sin embargo, en algo se ponen de acuerdo los tres filósofos, en que superar obstáculos es uno de los mayores placeres de la existencia. No obstante, echo de menos en sus dictámenes sobre la felicidad referencias a un factor que me parece crucial para ser feliz: poseer esperanza.

En fin, he expuesto tres formas de entender los actos y labores de los hombres en aras de la felicidad; tres formas que destilan de los caracteres y creencias de cada uno de esos filósofos. Me basta añadir el apunte que me hace Mireia de lo escrito por Hemingway: «Happiness in intelligent people is the rarest think I Know». Lo cual contrasta con lo que pronuncia Schopenhauer: « Sólo son felices quienes han recibido una cantidad de intelecto que excede la necesaria para satisfacer el servicio de su voluntad». Como se ve, seguimos sin saber a qué atenernos. Pero una cosa es bien cierta (y echo mano de nuevo de las puntuaciones de Mireia): dice el recientemente desaparecido García Márquez: «No hay medicina que cure lo que cura la felicidad»

 

 

 

[i] El arte de vivir, p. 84

[ii] La conquista de la felicidad, p. 94

[iii] El crepúsculo de los ídolos

[iv] Genealogía de la moral

[v] Más allá del bien y del mal

¿Es necesaria la filosofía? (Discusión)

Yack, abro esta nueva entrada porque la respuesta a tus aseveraciones, en extensión, se me han ido de la mano.

Tú hablas de la Filosofía y de la Ciencia en términos de competición por averiguar quién posee el mejor modelo para escrutar la realidad y obtener una «verdad» que resulte universalmente aceptada. Y, en eso, es cierto, la Ciencia, con las exigencias implícitas en el Método Científico, no tiene parangón. Pero, por un lado, ambas tienen diferentes ámbitos de actuación y de operatividad. Mientras que la Ciencia se atiene a aquello que resulta aprehensible experimentalmente, la Filosofía atiende a la moral, a lo religioso, a los fenómenos históricos, a indagar introspectivamente en la acción personal, atiende al conjunto de sistemas sociales, a la relación social, a la lingüística, a las proyecciones de futuro, a la coherencia lógica de la misma Ciencia, a la forma y al fondo de relacionarse los conceptos y los conocimientos… a todos aquellos ámbitos del saber donde la Ciencia carece de potencia resolutiva. Ortega y Gasset es un buen ejemplo de filósofo en esta línea, preocupado por la lengua, la sociedad, el arte, los nacionalismos… Otra cosa, bien cierto es, es mucha filosofía se haya encaminado a examinar el epicentro del ombligo del «ser», y que este tipo de «filosofía» haya sido el centro de atención académica ―más por incapacidad para hacer otra cosa que por convicción―y se hayan aupado ellos mismos a la categoría de sabios. Honradamente, el filósofo necesita hoy en día empaparse de Ciencia para poder, al menos, limpiar de polvo y paja, de palabrería y superchería, aquellos conocimientos  sobre los que la Ciencia tiene algo que decir. Pero tal empapamiento exige grandes capacidades, por eso la espantada que muchos hacen ante todo lo que huela a científico.

Tengan o no valor de verdad, las creencias filosóficas y las teológicas han ejercido una enorme influencia en la conformación del mundo actual. La naturaleza humana necesita de creencias para andar por el mundo, para que la duda no le asalte a cada momento ante cualquier asunto, para poseer criterio, opinión y seguridad ante los hechos que ocurren a su alrededor, y necesita también la previsión de la realidad que le proporcionan las creencias. Por tal razón el hombre las absorbe como una esponja. A este respecto, los filósofos han sido clásicamente los manantiales más fecundos de creencias, y los más fiables. Esa es la razón de que hayan sido ―y sean― tan necesarios. La filosofía enseña a clasificar las ideas según provengan de la mera razón intelectiva, de la experiencia, de la utilidad o de la conveniencia; organizan el sistema del conocimiento humano; la filosofía enseña la gran variedad de opciones y perspectivas que guían por el camino más grato o el más florido o el que conduce a los campos más fértiles, enseña la diversidad y la relatividad que tienen todos los predicamentos; enseña los mundos posibles, enseña a pensar, a percibir posibilidades, a percibir nuevos horizontes; y en fin, en contraposición a lo fiable y certero aunque angosto que muestra la visión científica, la filosofía ensancha el espíritu humano. No busca la filosofía solamente la verdad objetiva que pueda proporcionarnos la ciencia, sino que busca verdades previsoras amplias que den acallen nuestras dudas.

Puesto en claro este carácter amplio de miras de la Filosofía, se ha de hacer justicia con ella en cuanto casi todos los grandes saberes que han alumbrado el mundo han salido de su seno. Los filósofos, clásicamente, han recogido y sistematizado pensamientos dispersos, tendencias y deseos, y los dieron forma, provocando con ello grandes cambios sociales: desde nuevos movimientos religiosos hasta nuevas concepciones del mundo y formas culturales nuevas. En gran medida el mundo se ha ido conformando a la medida que ellos diseñaron. En esa misma medida se halla su utilidad.

El que la Ciencia haya avanzado enormemente en el conocimiento de la materia y en los intríngulis de la vida, y haya dejado obsoletos ciertas creencias filosóficas al respecto, que eran tomadas como «verdad», no resta valor a la consideración de que en el pasado dichas creencias fuesen las más plausibles y razonables. Pero es que ―y esto pareces olvidarlo― el método científico surgió del pensamiento filosófico, y de forma amplia pero cierta se pueden considerar a las diversas ramas del saber científico surgidas del tronco de la Filosofía. Las ciencias siguen los mismos principios de la lógica que encontró la Filosofía, y siguen utilizando los mismos métodos de ésta para organizar la información, categorizar etc. las discusiones de Einstein y Bohr acerca de los postulados de la Mecánica Cuántica no fueron otra cosa que discusiones filosóficas; la lingüística no es aún otra cosa que filosofía del lenguaje; si lees En busca de Spinoza, de Antonio Damasio, uno de los más grandes neurocientíficos de la actualidad, podrás ver que aquellas concepciones y visiones (sobre todo acerca de los sentimientos y las pasiones en general) del viejo judío sefardí las recoge y las sigue Damasio; las teorías de la Historia no son sino filosofía de la historia… Donde  puede hincar el diente el tratamiento científico la filosofía se retira a laborar en otros cometidos, pero aún en la Ciencia tiene mucho que decir, tal como ha mostrado el filósofo Daniel Dennett con la Teoría de la Evolución.

Dices que sin Newton o Darwin o Aristóteles hoy sabríamos exactamente lo mismo que sabemos, y no creo que tal aseveración sea cierta. Aunque hoy en día, con la democratización del conocimiento y la exacerbación del deseo de descubrimientos económicamente rentables para el descubridor, el conocimiento se acumula por la acción de cientos de miles de cabezas pensantes, en el pasado no siempre fue así. Ni se popularizaban los conocimientos ni eran muchas las cabezas pensantes. Así que la historia del conocimiento está jalonada de hitos del saber que se levantaron cuando las circunstancias económicas, sociales y tecnológicas lo hicieron factible, pero también cuando una persona singular dio con ello. Sin esa persona y con otras circunstancias menos favorables esos hitos hubieran permanecido enterrados cientos de años. Por ejemplo, los descubrimientos de Arquímedes (se le atribuye un instrumento de medida del que recientemente se ha podido descubrir que determinaba con precisión eclipses, fases lunares, y un largo etc, y medía horas, días, meses y años); por ejemplo, el movimiento heliocéntrico fue descrito por Aristarco de Samos pero hasta Copérnico fue olvidado. Galileo no hubiera tenido lugar sin el Renacimiento (una vuelta a los saberes griegos) y sin las ricas repúblicas italianas. Newton no hubiera surgido sin el espíritu práctico y emprendedor que en Holanda, Reino Unido y Suiza impulsaba el calvinismo. Es dudoso que Leibniz hubiera formulado por sí mismo el cálculo diferencial tal como lo hizo sin las aportaciones de Newton (parece confirmado que le copió y mejoró su forma. Leibniz aparece como un  gran mentiroso:  mintió acerca de su correspondencia con Newton y negó haber conocido a Spinoza, lo cual está absolutamente comprobado). Por otro lado, te recuerdo que Leibniz, Spinoza y Newton se consideraban filósofos y aplicaban sus conocimientos filosóficos del mundo.

Si yo alegaba en el anterior escrito que la filosofía del siglo XX había sido torticera, es porque, o bien se olvidó de los problemas de la realidad, o bien se basó más que en la razón y en las evidencias, en los deseos y los sentimientos. La pléyade de filósofos marxistas, sin atenerse a los dictados del conocimiento de la naturaleza del hombre ―que se poseía desde antiguo―postularon una Historia, una moral y un método filosófico hechos a la medida de sus deseos, llegando a utopías absurdas o a estupideces que se consideraronn sacras (el comunismo como finalidad de la Historia, el hombre nuevo socialista, la dialéctica materialista y otros dislates). El utópico Marcuse, que influyó grandemente en las revueltas del 68 señalando un paraíso al alcance de la mano. El psicoanálisis de Freud, esa consideración de valor científico a cualquier ocurrencia suya… Y sigue siendo torticera porque todas esas paparruchas se siguen impartiendo en las aulas como grandes verdades. Y es que al rebaño, sea de filósofos, científicos o comerciantes, se les engatusa fácilmente con el caramelo de cualquier creencia que satisfaga su deseo.

Quizá resulte conveniente exponer ejemplarmente cómo tratan los psicólogos actuales el tema de «la felicidad», en lo que de científico tiene la psicología, y cómo lo trataron algunos grandes filósofos. Creo que en esos diferentes tratamientos o formas de enfocar dicho tema descubrirás que la Filosofía aporta ―en este caso, ¡ojo! que bien sabes que mi formación es científica―una visión mucho más amplia de la variedad de motivos, causas y razones que mueven la conducta humana; que tiene aún mucho que decir en las cuestiones en que la ciencia aún no resulta clara y determinativa; y que su profundidad en percibir eso que llamamos espíritu humano y el conjunto de relaciones sociales es mayor que el de la psicología, y, sobre todo, más enriquecedor,  con un aporte más alto de conocimientos; la filosofía resulta, aquí, más sugerente, induce más cuestiones al lector, y más ideas, hace que se sienta más pletórico, más diverso, más ambivalente, más rico en conocimiento, más feliz en suma. Al fin y al cabo lo que se busca no es el avance científico sino la felicidad.

¿Ciencia, o mera pretensión?

Todas las ramas del saber pretenden hacer ciencia. Es más, todos sus operarios declaran ser científicos, utilizar el método científico, investigar científicamente. Hace unos años, en una reunión de filósofos, se acertó a definir la filosofía como la Gran Ciencia. Más recientemente, leí en una revista, Investigación y Ciencia, las declaraciones de un catedrático de psicología: “No sabemos qué es la inteligencia, pero el text del C.I. la mide exactamente porque dicho text está confeccionado mediante el método científico”, (¡horror!). Un pedagogo está absolutamente convencido de que la pedagogía es un producto excelso del método científico; tenemos el socialismo científico; la antropología científica etc etc

¿Atendiendo a qué razones debemos de clasificar a una rama del saber como ciencia o a una teoría como científica? En un primer nivel, o nivel más profundo, una teoría debe ser falsable y con capacidad predictiva y de descripción de la realidad. En este primer nivel sólo entrarían las ciencias físicas, y con reparos las ciencias químicas. En otro nivel entrarían las ramas del saber que describen bien la realidad, pero que por la complejidad de los temas que abordan sólo pueden ser falsadas y sólo tienen capacidad predictiva en casos concretos, parcialmente, aunque operan sobre experimentos y son estos los que las validan. Incluyo aquí a la biología, neurología y otras similares. En estos dos niveles están, por tanto, las ciencias que operan con el experimento como método de validación y conocimiento, y que buscan el reduccionismo como meta.

En otro nivel tendríamos a la biología evolutiva, la psicología evolutiva, la teoría económica, la paleontología… que se deben atener a los hechos tal como se les presentan, pero sin capacidad para experimentación. No son falsables ni predictivas en el sentido fuerte del término, pero al estar sustentadas por las ciencias de los primeros dos niveles, en  las que se apoyan, rechazan la especulación gratuita y se perfeccionan y remodelan a cada nuevo avance y descubrimiento de las ciencias de los niveles inferiores.

En otro nivel más elevado situaría a las llamadas ciencias débiles, como la sociología, la antropología, las diversas teorías de la historia…, escasamente falsables, nada predictivas, sin capacidad de experimentación, altamente especulativas e imbuidas de carácter subjetivo.

Y luego situaría, en el nivel cresta, a las teorías que han pasado por científicas durante muchos años “y de ciencia no tienen «ná»”, y me referiré, para no herir, a sus popes: Hegel, Freud, Lacan, Derrida y compañía.

Todos los saberes de los distintos niveles se declaran ciencia y declaran ser utilizadores del método científico, pero es abrumadoramente obvio que tienen poca cosa en común.