Libro de ensayos acerca del comportamiento humano

Sinopsis

Ésta es una obra que incluye distintos ensayos acerca de los principales factores que rigen la conducta humana: qué factores son estos, cuál es su origen y su singular cometido, cómo se imbrican, influyen y enredan los unos con los otros… A tales preguntas trata de dar respuesta este libro, y a tal fin se analizan el instinto de poder o prominencia y la acción de los deseos y los sentimientos en los más variados comportamientos humanos. Pero, también, y como factor principal, se analiza el imperio que en la conciencia de cada individuo establecen sus singulares creencias. Las creencias dotan al hombre de una perspectiva, de unos particulares anteojos a través de los cuales mirar el mundo, pero también aportan los criterios para juzgarlo. Las creencias construyen en la conciencia de cada cual ilusiones a la medida de su temor y de sus deseos, y colocan en su horizonte imaginativo la conveniencia a conseguir. El comportamiento humano se cifra en esas complejas influencias.

ÍNDICE

 

  1. La evolución de la mente
  2. Lo pasional
    1. Instintos
    2. El deseo
    3. Funcionalidad de las emociones
    4. El temor y el miedo
    5. Los sentimientos
  3. Creencias mágicas y religiosas
  4. Las creencias en el grupo
  5. Las creencias
  6. Moral, instinto y orden social
  7. Moral, sociedad e historia
  8. Hegel y Marx
  9. El psicoanálisis
  10. Marcuse
  11. El «buenismo»

El animal moral

Algunos grandes libros (II). La sociedad abierta y sus enemigos

La sociedad abierta y sus enemigos. Karl Popper.

En los ambientes culturales de la izquierda así como en cualquier escrito de pensadores marxistas, Karl Popper era considerado, o bien ―en cuanto a su valor como filósofo― un don nadie, o bien se le tildaba de reaccionario de la peor especie. Así que yo, adherido  hasta bien tarde a tales gremios, tardé en leerle. Cuando lo hice, ya tenía yo criterio y pensamiento «propios» (quiero decir: que no eran reflejo del pensamiento de la manada) y emitía mis propios juicios. Leí detenidamente a Popper, el libro referido, y comprendí por qué era denostado por la izquierda marxista. Popper no se encarama a las fútiles ramas metafísicas ni chapotea en las ciénagas de la dialéctica hegeliana __lo que le procuró la malquerencia de la filosofía ocupada y enredada en esos menesteres__, sino que con fría lógica de científico indaga los hechos del mundo de las ideas.  Indaga en Platón e indaga en el marxismo y pone en evidencia  el pulso totalitario que late en ambos. El marxismo, al disponer al sistema democrático como mero y prescindible  medio de conseguir la sociedad socialista, es decir, al ser su meta el imponer el socialismo y mantenerlo contra viento y marea, lleva adherido en su misma estructura el germen del totalitarismo.

Al lector de La sociedad abierta y sus enemigos se le desmorona Hegel. Popper muestra de él no solo su inanidad, sino también la estupidez humana responsable de haberlo colocado en los altares de la filosofía. El lector que tenga cierto conocimiento de las leyes físicas podrá sacar conclusiones clarificadoras. Dice Hegel:

El sonido es el cambio en la condición específica de segregación de las partes materiales y en la negación de esta condición; tan solo una idealidad abstracta o ideal, por así decirlo, de esa especificación. Pero este cambio, en consecuencia, es inmediatamente, en sí mismo, la negación de la subsistencia específica material, que es, por lo tanto, la idealidad real de la gravedad y cohesión específicas, es decir, el calor. El aumento de calor de los cuerpos en resonancia, semejante al que experimentan los cuerpos por el rozamiento, señala la aparición del calor que se origina, conceptualmente, junto con el sonido.

También trae Popper  a colación la diatriba que lanza Schopenhauer contra Hegel:

Schopenhauer, que tuvo el placer de conocer a Hegel personalmente y que sugirió el uso de las palabras de Shakespeare –“esa charla de locos que sólo viene de la lengua y no del cerebro”—para definir la filosofía de Hegel trazó el siguiente cuadro: «Hegel, impuesto desde arriba por el poder circunstancial con carácter de Gran Filósofo oficial era un charlatán de estrechas miras, insípido, nauseabundo e ignorante, que alcanzó el pináculo de la audacia garabateando  e inventado las mistificaciones más absurdas. Toda esa tontería ha sido calificada ruidosamente de sabiduría inmortal por los secuaces mercenarios, y gustosamente aceptada como tal por todos los necios, que unieron así sus voces en un perfecto coro laudatorio como nunca antes se había escuchado. El extenso campo de influencia espiritual con que Hegel fue dotado por aquellos que se hallaban en el poder, le permitió llevar a cabo la corrupción intelectual de toda una generación.»

Algunos grandes libros (I). Pedro Páramo

 

Preliminar:

En este espacio secuenciado que inauguro pretendo sucintamente mostrar algunos de esos libros que hollan el espíritu de uno dejando en él huella perenne. Irán desfilando con cierta periodicidad los literarios, los que hablan de historia, unos cuantos que desgranan razones de la Física o de la Biología, algún otro se adentrará en la Filosofía…, y aún de otros muchos saberes distintos. Todo ello con el permiso de quien me lea.

Pedro Páramo de Juan Rulfo

El Pedro Páramo fue para mí una casualidad y una rara sorpresa. Aunque ya era un ávido lector, Juan Rulfo me decía poca cosa. Así que no recuerdo cómo compré el librito, quizá casualmente, quizá por algo de su portada que me llamó la atención. Y recuerdo que comencé a leerlo y después de unas pocas páginas me asaltaron dos sentimientos, el de un extraño gozo y el de un absoluto desconcierto. Desconcierto porque hecha mi mente a las cosas de la lógica, buscaba el discurrir de un argumento que no asomaba por parte alguna. Gozo porque las simples palabras que allí tintan, que pasan como arrastrándose, están desprovistas de todo adorno, aluden a cosas primordiales, y su esencia se enreda gozosamente en el ánimo del que las recibe. Literatura en estado puro. Destilada.

Una vez leído el librito lo has de volver a leer para encontrar a los personajes, para ubicarlos en los ámbitos de vida, muerte y sueño que también has de encontrar. Y entonces te percatas de que «aquello» es Méjico, en donde la calavera adorna las festividades y la muerte y la vida se hallan al mismo indistinguible nivel. Y lo vuelves a leer, ahora hechas las composiciones pertinentes, para degustar sus palabras y caminar ―ayudado por el acaso escaso hilo de Ariadna que con las anteriores lecturas has trenzado―por los ámbitos que ahora vislumbras y por sus vericuetos.

Dice Pedro Páramo en el comienzo:

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella se muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo».

Y al final dice:

«Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco sobre la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras».

Entre el principio y el final dice otras cosas como ésta:

«Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre».