SENTIRES Y PENSARES

FRANCESES…

Los franceses siempre han sabido vender Francia muy bien. Sus vinos, sus quesos, su cine (¡no el cine actual francés, por Dios, qué horror!), la Ilustración francesa…Pero los genuinos y grandes creadores de la Ilustración fueron los británicos; los vinos y los quesos españoles no tienen nada que envidiar a los suyos; y tengo que decir que muchos de los grandes directores franceses envejecen tan mal que visionar de nuevo sus películas suele producir sonrojo. Pero ¡qué bien se saben vender!

¿COMUNISMO DEMOCRÁTICO?

En un régimen comunista no puede haber libertad de comercio o, en general, libertad económica, pues se engendrarían diferencias sociales que pondrían en cuestión su fundamento igualitario. No puede haber libertad individual, pues todo el colectivo ha de seguir el mismo paso. No puede haber democracia porque su vocación y su propósito es el ser un reino perpetuo de igualdad, mientras que la democracia es tan voluble como el carácter humano, lo cual echaría a perder esa perpetuidad.

HÉROES

El héroe es la figura que encarna los valores sobre los que se edifica una sociedad. Aquiles fue el héroe de una sociedad guerrera como la griega. Los santos fueron los héroes de la sociedad donde se resaltaba la fe católica y el sacrificio. Hoy son héroes la ya no tan niña Greta Thunberg, que ilumina a la juventud en una Cruzada contra el CO2, o aquel que rescata a un gatito que no se atreve a bajar de un árbol.

BRUTO

¿Quién no ha deseado ser Bruto en su juventud, señalando a un César al que acuchillar para implantar lo que se creía justa república comunista? ¡Locuras de juventud!

DESAPARICIÓN

Al morir un ser querido, su huella en tu memoria se ennegrece y un cierto vaho de melancolía se infunde en tu espíritu. Ya no lo verás más; ya no podrás alegrarte en su compañía; ya no podrás saludarle de lejos; ya no podrás preguntarle por el rumbo de su vida… Todas esas posibilidades, palpitantes hasta entonces, desaparecen. Todo un mundo de sucesos posibles ha desaparecido, así que los recuerdos en común se tiñen de negro, la mente se ofusca de tristeza y la conciencia se pone de luto.

ILUSIÓN

La ilusión es un bote que te permite mantener el ánimo a flote en las vorágines aguas del océano de la vida.

LA CONCIENCIA ESCINDIDA DE LOS JÓVENES

Los jóvenes, al carecer de experiencia y de conocimientos, en el concilíabulo de toma de decisiones que es la conciencia, apenas poseen creencias firmes, y las que tienen las han tomado prestadas sin ser repensadas, ni contrastadas. Tales creencias prestadas suelen llevar adheridos sentimientos y emociones de grupo (amigos, ideologías, dirigentes que les sugestionan), y,  si a eso, unimos que tales jóvenes se encuentran en época de rebeldía, de iniciación guerrera, resulta que tales sentimientos se apoderan de su conciencia y toman las decisiones por ellos. Por otro lado y en otro sentido, actúa en ellos su naturaleza, así que suele ocurrir que por un lado pretendan destacar, ser prominentes, ser millonarios, cobrar conspicua fama, y, por otro lado, clamen en favor del igualitarismo, de eliminar el mérito y de esclavizarse a las creencias del grupo.

LENGUAS SAGRADAS

El sumerio, la lengua que hablaban y escribían los habitantes de la Baja Mesopotamia, cuna de la civilización, se siguió empleando en la escritura y en los rituales religiosos varios cientos de años después de desaparecer su uso coloquial. Algo semejante ocurrió con el sánscrito védico en la India, que se mantuvo como lengua del culto brahmánico casi dos mil años, a pesar de que por mucho tiempo los sacerdotes ignoraban el significado de las palabras que utilizaban en sus rituales.

El hebreo se mantuvo como lengua religiosa entre los sacerdotes judíos cuando su uso como lengua de Israel había desaparecido y era el arameo la lengua común. Esa resistencia la trajo de vuelta al uso entre la población. También el latín se refugió en el ritual religioso consiguiendo pervivir hasta nuestros días.

LINGUAS FRANCAS

Otras lenguas no necesitaron el refugio religioso para sobrevivir a los tiempos y ser empleadas como linguas francas por extensas zonas del Mediterráneo. El acadio y luego el arameo en Oriente próximo y medio; el latín en el  mundo romano; el griego entre las clases cultas de Imperio romano de Occidente y en la población del Imperio romano de oriente, así como el imperio seléucida y en el Ptolomeo; el español en tiempos de Carlos I y de Felipe II; el francés hasta comienzos del siglo XX. ¿Hasta cuándo perdurará la lengua inglesa como lingua franca ahora que el imperio angloamericano se encuentra en franca decadencia?

Clima e historia

La historia que desvelan los registros geológicos y climáticos nos habla de catástrofes que jugaron un importante papel en la biodiversidad de la Tierra, en la configuración del clima y en la andadura de los primeros homos y, posteriormente, en la singladura del homo sapiens por este mundo. La formación del Istmo de Panamá no solo dio lugar a la formación de la Corriente del Golfo, cambiando el clima en una parte de Europa del Norte, sino que posibilitó también un puente para que muchos animales pasasen a América del Sur. La aparición geológica de la hendidura por donde discurren las aguas del río Congo separó a chimpancés y a bonobos, y posiblemente contribuyó a la aparición de la sabana africana, el hábitat que permitió que apareciesen los primeros homos. Un análisis reciente de la superposición del hábitat de los homínidos  entre  aproximadamente 300.000 y 400.000 años sugiere que fueron  transiciones climáticas en el sur de África y Eurasia, las que contribuyeron a evolución de las poblaciones de Homo Heidelbergensis hacia el Homo sapiens y los Neandertales, respectivamente. Las glaciaciones en Europa abrieron un paso a través del Estrecho de Bering que hizo posible las migraciones hacia el continente americano. La desaparición de los neandertales pudo deberse en buena medida al deshielo que siguió a las glaciaciones mencionadas.

Ya en tiempos históricos, la erupción del volcán de la isla de Santorini[1] provocó la desaparición de la rica civilización minoica y posiblemente estuvo en el origen de las migraciones de los Pueblos del Mar unas decenas de años después. También el mito de Moisés y las diez plagas de Egipto[2] pueden ser una realidad que se fue transmitiendo deformada —como se transmiten los mitos y las leyendas— durante varios siglos. Otras civilizaciones desaparecieron sin apenas dejar rastro. El clima en el Sahara cambió 7.000 años atrás y se transformó en un desierto[3]. Recientemente se ha descubierto que la desaparición del Imperio asirio pudo deberse a una sequía que se prolongó durante 60 años[4]. Se especula actualmente con que la cultura del valle del Indo pudo haber desaparecido a causa de cambios en el ciclo del monzón. Los habitantes de Harappa, Kalibangan y Mohenjo-daro abandonaron esas ciudades hacia el 1.700 a.C.

Se asegura también que el cambio climático influyó en la caída del Imperio romano. Entre los siglos V y VII, durante la denominada Miniedad del Hielo, la temperatura media bajó cuatro grados[5]. Por el contrario, un periodo cálido entre el 900 y el 1.300, denominado Pequeño Óptimo, posibilitó que los vikingos se estableciesen en Groenlandia y que la vid se cultivase en Inglaterra y Escocia.

El listado de otras numerosas oscilaciones climáticas que produjeron hambrunas, que derrumbaron civilizaciones o que cambiaron el curso de los acontecimientos sociales en todo el mundo podría resultar interminable. Sin embargo, la ciencia actual es incapaz de predecir cuándo se producirá la próxima catástrofe climática[6] o geológica, así que llevar una contaduría de ellos no permite averiguar tendencias históricas ni ciclos. No son relevantes para el propósito de encontrar un hilo conductor en la historia.


[1] https://degreyd.minsal.cl/santorini-1-614-ac-el-cataclismo-que-tumbo-a-una-civilizacion-y-creo-mitos/

https://www.agenciasinc.es/Noticias/Tsunamis-en-Santorini-pudieron-inspirar-el-exodo-biblico

[2] https://www.libertaddigital.com/ciencia-tecnologia/ciencia/2014-12-05/el-exodo-realidad-o-mito-1276535372/

[3] https://www.investigacionyciencia.es/noticias/cmo-se-desertific-el-shara-15954

[4] En una tablilla de arcilla de hace 2.700 años, el astrólogo y sacerdote Akkulanu escribía al rey asirio Asurbanipal sobre los años de sequía que venían sufriendo: «En cuanto a las escasas lluvias de este año y que no hubiera cosecha, es un buen augurio para la vida y bienestar del rey mi señor». Pero la sequía acabó durando 60 años y fue decisiva para que la ciudad de Nínive y con ella todo el Imperio neoasirio colapsaran en el 612 antes de esta era. https://elpais.com/elpais/2019/12/09/ciencia/1575875145_996776.html

[5] https://elpais.com/elpais/2016/02/08/ciencia/1454942821_371470.html

[6] El tan anunciado apocalipsis climático tiene mucho más de cuento de brujas que de científico.

De las Creencias

Sean religiosas, ideológicas, tengan formas de costumbres, de valores, de mitos, de moral…, son las creencias quienes cincelan los rasgos más firmes y definitorios de una civilización; son, podríamos decir, sus vigas maestras, y son, también, su decoración. Las creencias acerca de la patria, el territorio, la nación, la lengua, acerca de los dioses a los que temer y rogar, las creencias acerca del más allá, acerca de la justicia, del poder, de la igualdad social, acerca de derechos, libertades y obligaciones que chinos, persas, romanos, atenienses, escandinavos, aztecas, sumerios, asirios, nazis…, tuvieron a lo largo de diferentes periodos históricos, determinan en extensa medida su civilización. De resultas, cambia ésta cuando cambian aquellas. Cambió la civilización nórdica cuando la mayor parte de escandinavos fueron convertidos al cristianismo; y cambió la civilización visigoda en el momento en que el islam puso sus reales en la península ibérica; o, digamos también, cambió la civilización rusa cuando la ideología comunista se marcó a sangre y fuego en la conciencia de sus gentes. Son las creencias quienes disponen al temor y al deseo en orden de combate y frente al enemigo proclamado por las ideas que de ellas surgen. Pensemos en cómo modeló a Europa el cristianismo. La historia es también el combate entre unas creencias y otras, y no siempre los conquistadores impusieron a los conquistados las suyas.

La fuerza de las creencias se ha manifestado frecuentemente gigantesca. Cientos de años de represión del judaísmo en Asia y en Europa no fue capaz de quebrar la fe judaica. Muchos mozárabes, cristianos en las tierras de Al-Ándalus, se mantuvieron en su fe durante todo el periodo de la Reconquista a pesar de las desventajas y sufrimientos que tal actitud les causaba. Esa fuerza se muestra gigantesca en los musulmanes que se negaron a cambiar de religión cuando cayó definitivamente el islam en la península ibérica, sufriendo persecuciones y expulsiones por ello. Esa misma fuerza es la responsable del rebote de la religión en Rusia y Polonia tras la caída del comunismo en esos países. Pero tenemos, sobre todo, la fuerza que proporcionaron las creencias islámicas a los beduinos de Arabia, por cuya fe y siguiendo el dictado del profeta, la yihad, creó la fulminante expansión musulmana en Asia, África e Hispania.

Hay una predisposición en el hombre a creer en una entidad superior, perfecta y justa, a la que someterse y a la que entregar la vida en sacrificio. La entidad puede reconocerse como un dios o como una idea, como una religión o como una ideología, como Yahvé, Alá o el comunismo. En esas entidades se busca protección y justicia, y se mantienen enraizadas en el marco de las creencias populares desde hace miles de años, aunque el mundo sea ahora completamente distinto a como fue cuando cobraron plenitud. No hace muchos años que aún se practicaba en ciertas zonas rurales de Francia y España ceremonias de fertilidad al lado de megalitos prehistóricos; y la actual expresión religiosa hacia vírgenes y santos apenas tiene diferencias de matiz con la que se daba miles de años atrás para con dioses y diosas de la fertilidad.

Creencias en supersticiones, en la astrología, en todo tipo de –mancias, en el destino, en magias y poderes místicos, siguen teniendo su vigencia en la actualidad, como si nosotros, los seres humanos, sin importar los adelantos científicos ni las condiciones de vida, sin importar la sabiduría de uno o su inteligencia, estuviésemos predispuestos desde la cuna a creer en una justicia universal, en un dios benevolente y justiciero, y en un más allá donde se recibe el premio por una vida de virtud. Existe todo un universo de creencias en duendes y duendecillos a los que el temor y el deseo abren la puerta.

AÑO NUEVO, ILUSIÓN NUEVA

Una pregunta: ¿en qué nos diferenciamos de las vacas?… Respuesta interesada: en que nosotros nos aburrimos y las vacas no. Las vacas pueden estar paciendo en el prado —en el mismo prado—horas y horas, días y días, semanas y semanas, toda su vida sin mostrar signo alguno de inquietud, dolor, disgusto o aburrimiento. En cambio, en los humanos aparece el hastío al poco de no hacer nada o de hacer algo repetitivo o, simplemente por encontrarse ‘bajos de ánimo’ o porque la actividad que les congrega no es de su agrado. Entonces, para que el tedio no pese como una losa en nuestro cerebro ligero de pensamientos y emociones, aparece el deseo de beber, o de fumar hierba, o de esnifar una raya, o de escuchar música a todo volumen, o de masturbarse o de realizar una orgía sexual. Y si tales remedios fallan —lo que, por razones varias, resulta harto probable—comienza en la cabeza del sujeto la quejumbrosa danza de la depresión del ánimo (no hace muchos años, se contenía ésta en aflicción, melancolía, tristeza… pero hoy nadie se detiene en zarandajas, todos entran en la depresión ‘a saco’), llegando en ocasiones a la desesperación de pretender suicidarse[1]. ¡ Por Dios!, ¡Bendita vaca en el prado!

Como remedio contra el aburrimiento y el hastío, la Evolución nos ha dotado con la capacidad de ilusionarnos, capacidad de la que carece la vaca —por mucho que los animalistas muestren su desacuerdo—, y la ilusión nos permite salir del prado para trazar otros derroteros vitales.

Parece ser —y en esto hay común acuerdo entre los psicólogos—que el mejor remedio para combatir el aburrimiento y encorajinar el ánimo consiste en tener un objetivo en la vida por el cual luchar, ilusionarse y disciplinarse… Mano de santo, dicen, contra el estado de ánimo de los suicidas. Al respecto, nos dice Bertrand Russell en La conquista de la felicidad, que «Probablemente el aburrimiento influyó más que nada en la costumbre de cazar brujas, como el único deporte que podía alegrar las noches invernales. … Las guerras, las matanzas y las persecuciones han constituido una parte de la lucha contra el aburrimiento. … Al menos la mitad de los pecados de la humanidad han sido cometidos para huir de él. …  Lo contrario del aburrimiento es la excitación. … La caza era excitante y la guerra y el galanteo.» Quizás haya en la base de muchos movimientos sociales un poso de aburrimiento que combaten con acciones y actitudes en defensa de los animales, la naturaleza, o bien se hacen mercenarios o miembros de ONG.

Todas las ilusiones son remedios, de corto o largo alcance contra el endemoniado aburrimiento, pero unas resultan más eficaces que otras, si bien, todas pueden producir efectos colaterales indeseados. Por ejemplo, poseemos la tendencia a empaparnos de la ilusión-utopía, que pone en un horizonte —generalmente lejano— una utopía sugerida por una ideología, una doctrina religiosa o nacionalista.Tal ilusión-utopía, lleva consigo el peligro de fanatizar a algunos miembros del colectivo, hasta el extremo de llevarlos a considerar enemigo a todo aquel que se opone a esa esperanza o que simplemente no cree en ella. Comunismo, fascismo, socialismo, nazismo, catolicismo (en sus tiempos de poder omnímodo)  promueven tal modelo de ilusión-utopía.

Otro tipo de ilusión es la ilusión-fantasía, que viene tan magníficamente ilustrada en el Cuento de la lechera, y cuyo surgimiento suele venir propiciado por momentos de ensoñación, si bien no podemos negar la existencia de gentes que viven ensoñadoramente. La sienten también los jugadores compulsivos a la lotería y muchos de los adictos a los juegos de azar. Sin olvidarnos que se da muy a menudo en gentes de todo tipo, por ejemplo, en novelistas que padecen reiteradamente la fantasía de que este último escrito suyo le hará alcanzar el objetivo de la celebridad que tanto busca.

Todas las ilusiones vienen cargadas con esperanza, pero focalizaré ésta en un tipo de ilusión que denominaré ilusión-esperanza, que mantiene quienes han laborado con esfuerzo y poseen fe y esperanza en conseguir aquello por lo que han luchado tanto, por ejemplo, conquistar a una chica o un chico de quien están enamorados, o el labrador que espera tener abundante cosecha, o el estudiante que se dejado los codos para conseguir sacar la alta nota que le permitirá estudiar la carrera de sus sueños, o el comerciante que ha estado largos años esforzándose para sacar su negocio a flote…

La ilusión que me resulta más grata la denomino ilusión-camino, por el hecho de que uno obtiene ya recompensa durante el trayecto que sigue hacia el objetivo que se ha propuesto. Si bien la considero muy satisfactoria, resulta ardua, pues uno debe alejarse de seguir los pasos de la gente en busca de la fama, el dinero, el poder, y la satisfacción le ha de venir de su labor diario, de hacer las cosas bien hechas, de adquirir virtud, de perfeccionarse en el día a día, de disciplinarse, de refinar sus habilidades…Los que escriben por placer, el ebanista artísticamente meticuloso, el músico que ensaya por puro gusto de perfeccionar su estilo, el pensador que cada día inquiere al mundo sin otro propósito que afinar su conocimiento, el que se presta desinteresadamente o obras culturales, etc., son algunos de los tipos de personas que digo. No les da esperanza el éxito final, sino los pequeños éxitos parciales que va cosechando por el camino.

El caso es que la ilusión encorajina, hace crecer el ánimo, motiva, provee de esperanza, protege contra el aburrimiento, el nihilismo, el hastío, el cansancio vital. La Evolución nos la entregó como salvavidas, para flotar en las tenebrosas aguas oceánicas del mundo real. 


[1] El número de suicidios en España llego en el año 2020 a 4.090, siendo veinte veces mayor el número de intentos, es decir, 80.000 intentos de suicidio.

Marcuse el farsante. Eros y civilización.

A Marcuse se le atribuye ser el padre ideológico del movimiento hippie en Berkeley años 60 y del Mayo del 69 de París. Sus dos libros de mayor repercusión mediática son Eros y civilización y El hombre unidimensional. Estas líneas tratan sobre sobre el primero de ellos.

Nos dice Marcuse que, de acuerdo con Freud, la civilización se ha construido a costa de la represión instintiva, pero, contradiciendo a Freud —retorciendo las aseveraciones de éste en cada ocasión que viene bien a su tesis—, asegura que «nuestras sociedades avanzadas producen las precondiciones para la existencia de una civilización no represiva, para una ‘liberación’[1]»

¿Cómo intenta convencernos de que dicha ‘liberación’ es factible?: …mediante el uso de esas historias tremebundas que denomina metapsicoanálisis freudiano, esos adorados cuentos acerca de la Horda Primitiva, el Complejo de Edipo, Eros y Tánatos… Nos viene a decir que en el individuo se produce un alambicado proceso de sublimación no represiva que, mezclado con otro proceso de metapsicología alquímica, en el que Eros, el señor de los instintos de vida, pone bajo su dominio al instinto de muerte, hace que el hombre se transforme, y, con él, transforme la civilización.

Ahí se acaba Freud y comienza el cuento de La lechera —si es que no forma parte de él todo el libro. A falta de razones, todo son aseveraciones: echando mano de Orfeo y Narciso (¡que pasaban por allí!), el juego, la belleza, la sensualidad, la plena satisfacción instintiva…, erotizando la personalidad de los individuos, producirán un hombre libre y una nueva civilización liberadora, esto es, un nuevo paraíso terrenal.

Para Marcuse, todo es blanco o negro. El Marcuse del color negro dice que la humanidad está esclavizada por una mano negra, que estamos encadenados a su maquinaria de dominación como lo estaba el remero en las galeras romanas. Pero el Marcuse del color blanco nos salvará: con esas mezclas alquímicas de regresión, juego, imaginación, sublimación instintiva, arte, sensibilidad…, se romperán espontáneamente las cadenas y todos seremos libres en un mundo de juegos y diversiones.

Eso sí, como buen profeta bíblico, se duele del tiempo pasado, «de mayor sufrimiento pero de mayor verdad». Como el profeta Ezequiel durante el cautiverio de Babilonia, nos advierte contra la corrupción de las costumbres, contra el placer del bienestar como sucedáneo del verdadero placer, contra la conciencia feliz anestesiante, contra la pérdida de ‘negatividad’. Propugna que se supriman los coches, los televisores, los enseres domésticos…, para que el hombre se cargue de negatividad. En fin, como Jesucristo, como Marx, Marcuse ejerce de profeta y redentor. Donde faltan razones las suple con repeticiones y donde falta la lógica coloca ocurrencias, divagaciones y aseveraciones.

Tengo por seguro que Marcuse no habría querido vivir bajo el sistema social que preconizaba. De hecho, siendo marxista hasta la médula y estando esperanzado con la URSS, vivió plácidamente —y con él otros pensadores de la Escuela de Frankfurt— en la soleada California, sin que se le ocurriera por un instante ir de vacaciones a Moscú.

Yo creo que Marcuse fue un farsante, que no pretendió encontrar ninguna verdad liberadora, sino hacer un alegato ideológico marxista; que mostró un desconocimiento absoluto de la naturaleza humana en su libro (el odio, la envidia, los celos, el resentimiento, la crueldad… desaparecerían como por arte de magia mediante esa alquimia de la sublimidad no represiva). Por último, como es síntoma en todos los intelectuales marxistas, no se dice una sola palabra del ‘día después’, después de que el paraíso brote espontáneamente.


[1] Los intelectuales de izquierdas nunca han aclarado en qué consistirá dicha ‘liberación’ ni qué tipo de sociedad emergería ‘el día después’, tan solo que acabaría con el horrible monstruo del Capitalismo.

¿’Cristiano’, paulino, pagano, o de todo un poco?

Con tales nombres me refiero a cristianos —practicantes o no— de la religión conocida como cristianismo, pero, en sentido estricto, los tres grupos señalados practican y entienden cosas distintas. Con ‘cristiano’ me estoy refiriendo al cristiano de los primeros tiempos al conocedor y seguidor de las doctrinas de Jesucristo. Hoy en día, no muchos conocen esas doctrinas y casi ninguno las sigue. En cuanto a paulino, refiere a San Pablo, que creó y organizó la Iglesia cristiana; así que paulino sería aquel que siente pertenencia hacia la institución, hacia la Iglesia como organización, y que cumple con los dictados y se atiene a los dogmas de dicha Iglesia. Por otro lado, la actividad religiosa de muchos cristianos tiene mucho de los cultos paganos. Atendiendo a tales distinciones en su práctica religiosa, les pongo distinto nombre.En realidad, representan tres modos de creer, sentir y manifestar lo religioso dentro del catolicismo. Las tres formas conviven y se solapan a veces en muchos cristianos. Vamos a ver, a vista de pájaro, alguna cosa de sus médulas.

La doctrina de Jesucristo es de sobras conocida; más desconocimiento existe de san Pablo ¿Quién es san Pablo?: Saulo de Tarso, judío helenista, luego de una visión deslumbrante de Dios, pasó de perseguir a los cristianos a integrarse en su comunidad y fundar su Iglesia. Su acción apostólica nos viene descrita en Los hechos de los apóstoles —escritos por su fiel compañero Lucas— que forma parte del Nuevo Testamento. En Lucas-Hechos, San Pedro y San Pablo son los protagonistas, aunque Pablo es la figura rutilante. El libro narra su fundación de la Iglesia cristiana y la expansión del cristianismo por el Imperio romano. El relieve cristiano de Pablo comienza unos pocos años después de la muerte de Jesús, y, desde entonces, con similar furor viajero y fundador al de Teresa de Ávila, Pablo viaja por toda la costa Siria, por Cilicia, Asia Menor, Grecia, Chipre, Creta, Chipre, Roma, e incluso puede que viniese a España, tal como indican los Hechos de los Apóstoles. Visita las sinagogas, crea comunidades nuevas, dicta, ordena, reprende, felicita, da normas, predica, y en el 64 muere en Roma a causa de la persecución de los cristianos decretada por Nerón.

Pablo apenas nombra en cuatro ocasiones la doctrina de Jesucristo y no parece que dicha doctrina le importe[1]. Lo que le resulta esencial es la breve teología de la salvación de las gentes por el sacrificio de Jesús, el Mesías que Pablo convierte en Dios, que ha venido a prepararnos para la «resurrección de los muertos» y el Juicio Final. Pablo esperaba una resurrección de Cristo con toda su magnificencia.

Es aceptado que sin la figura de Pablo el cristianismo habría sido una de tantas sectas judías, pero, al extender a los gentiles la prédica de la pronta llegada del Apocalipsis final, todo el orbe se convertía en posible destinatario de la Salvación, y ese hecho fue vital para la formación de la Iglesia, a la vez que terminó por apartar a unos cristianos de otros. Santiago, el hermano de Jesús, que era la cabeza principal del cristianismo en Jerusalén, sostenía que éste estaba destinado solamente a los judíos. En el 48 o 49 tuvo lugar en esa ciudad el enfrentamiento entre el cristianismo judaico de Santiago y Pedro y el cristianismo helenista de Pablo abierto a los gentiles. Pedro y Pablo se enfrentaron y desde tal desencuentro los dos grupos comienzan a separarse. En el 135 la separación es total. En la epístola a los tesalonicenses[2], Pablo acusa a los judíos de «ser los enemigos de todos los hombres», lo que anima y justifica el posterior odio de los cristianos contra los judíos. En realidad, Pablo crea una nueva religión apoyándose en algunos puntos del cristianismo: Jesús es el hijo de Dios y ha venido a salvar el mundo; el apocalipsis y el Juicio Final están muy cercanos; la fe en Jesús salva.

Las grandes discrepancias entre el grupo de Santiago y Pedro con el grupo de Pablo tienen como objeto el orden social y la posesión de riquezas, además de la deificación, o no, del mesías Jesucristo.

El ebionita o judeocristiano está inmerso en lo que Flavio Josefo llama «alzamiento general de pobres contra ricos». Aguarda lo que Santiago llama día de la matanza, y no deifica a su mesías. Por su parte, el grecocristiano o paulino profesa que la esclavitud y las diferencias patrimoniales son cosas consentidas por Dios, y deifica al Mesías[3].

Mientras que, como ya hemos anotado, el pobrismo y el igualitarismo de Jesucristo no parecen admitir discusión, Pablo impone otro criterio:

Todos deben someterse a las autoridades establecidas […] porque quien se resiste a la autoridad se rebela contra Dios, y los rebeldes se ganan ellos mismos su condena[4].

Para Pablo lo importante es en qué crees, más que quién eres, y establece una revolución  contra el judeocristianismo similar a la de Lutero contra el catolicismo o a la del metodista Wisley contra el anglicanismo; de tal modo que ese nuevo cristianismo tomó cuerpo a partir de los años 150-160.

Ahora, yéndonos al pagano —y pronto se reconoce—es aquel que adora las imágenes simbólicas de cristos, vírgenes y santos como se adoraba el panteón de dioses de la antigüedad romana o griega. Apenas hay en él doctrina cristiana ni comunidad de creyentes ni atiende a misterios de salvación. Son las imágenes las que exaltan su fervor religioso, pero un fervor pagano: de petición de amparo, de rogatorio de sanaciones, de adoración desbocada propio de los antiguos ritos de la fertilidad. Por ejemplo, el fervor que concita la Virgen del Rocío, las procesiones para pedir que llueva etc. Doctrina, institución eclesiástica y ritos y exaltaciones se solapan, se dan la mano en el catolicismo. ¿Cuál te atrae más?


[1] https://www.arte.tv/es/videos/RC-020461/el-origen-del-cristianismo/

[2] Capítulo II, versículos 14-16

[3] Escohotado I, pág. 142

[4] Romanos 13: 1-3

Animalismo, idealismo y posmodernidad

El clima moral y cultural de Occidente en la actualidad es fruto del posmodernismo filosófico. Buena parte de los filósofos franceses de la segunda mitad del pasado siglo hinchieron de relativismo su discurso y lanzaron a la verdad desde el pedestal ecuménico donde residía a la ciénaga de la subjetividad. La consecuencia ha sido la formación de ideologías sin ideas, el empleo de argumentos vacíos de razón, la incoherencia en los asertos, la emoción como argumento, el ‘nosotros’ y el ‘ellos’, el todo vale si nos beneficia… Occidente se ha hecho tribal. Pero mientras el ‘enemigo’ es unánime, las tribus amigas son tantas y con tan diferentes criterios y dogmas que la coherencia ha desaparecido de ellas tan velozmente como la razón. Así, las vanguardias de la tribu feminista dicen luchar por los derechos de la mujer y por la igualdad de hombres y mujeres, pero apoyan los regímenes donde la mujer carece de los más elementales derechos y desconoce la libertad. El llamado socialismo del siglo XXI dice luchar por la igualdad y la libertad, pero defiende con uñas y dientes las dictaduras comunistas y los sistemas teocráticos. Las vanguardias ecologistas diezmarían la especie humana por el —dicen— ‘bienestar’ del planeta.

Una de las tribus con incoherencias mayores es la animalista. No refiero por tal al que ama su relación con ciertos animales y al que simplemente le disgusta el maltrato animal, sino a esas vanguardias que odian el género humano, que proclaman su lucha contra el especieísmo, esto es idea de que los animales han de tener iguales derechos que los seres humanos, lo cual es del todo absurdo e incoherente, ¿cómo ejercería sus derechos un boquerón?

Característico de las tribus es la ideología, que, religiosa o no, viene determinada por ciertas idealidades (desde espíritus a utopías, pasando por ideas identitarias que niegan la naturaleza humana), por dogmas, por la categorización ‘nosotros’ y ‘ellos’, por mandamientos de obligado cumplimiento, y por la pretensión de imponer sus dictados en todo el orbe.

Una parte del movimiento es devota del animalismo religioso. Consideran sagrada la vida de cualquier animal. Sin embargo, ¿a qué animales se refieren?, ¿también a las pulgas, las chinches, los mosquitos…?; ¿se han preguntado por las consecuencias que traería para los animales tal sacralidad?. De hecho, existe una comunidad religiosa, los jainistas,  cuyo primer mandamiento es el respeto a la vida. Sus fieles andan desnudos, se tapan la boca y la nariz para no matar a ningún ser diminuto, y se abren paso en su caminar con una escoba para no pisar a las hormigas.

Otros hacen hincapié en el sufrimiento animal. En el libro de Peter Singer, Liberación animal se  defiende una igual consideración de todos los seres capaces de sufrir. (habría que determinar si existe el sufrir —que exige tener conciencia— en los animales, y habremos de tener en cuenta que gracias a la reciente Ley de Protección Animal, el precio de los productos cárnicos se va a encarecer de manera desmesurada). Lo curioso es que presenta el movimiento animalista como un ejemplo de bondad, pero se muestra totalitario al pretender imponer a los demás su ‘verdad’ y su  sensibilidad. En todo caso, ¿por qué no sacralizar también las plantas?, ¿acaso no poseen vida?

En lo que creo que participan las vanguardias animalistas y las vanguardias ecologistas es en el deseo de huir de la realidad. Más que el amor a los animales, lo que bulle en ellos es amor a la idealidad animal o a la idealidad naturaleza. El animal como arquetipo de la inocencia, de la pureza, de la ausencia de alteridad. Ya que la realidad presenta individuos con alteridad. ¡Huyamos de esa hiriente alteridad —parecen decir esas vanguardias— y construyamos un mundo de donde esté excluida! Así, construyen ese mundo ideal en su conciencia, un mundo al que declaran su amor, por el que luchan, y no por el mundo real ni por los animales reales. Del mismo modo que los intelectuales marxistas que decían amar a la humanidad amaban la idea comunista de humanidad, no a la humanidad real. De hecho, más bien odiaban al género humano real por ser imperfecto y atroz; un género humano que el comunismo, mediante represión, educación y fusilamientos, se encargaría de eliminar. El idealismo puede traer muy malas consecuencias.

Por cierto y a modo de posdata: El denominado «Nuevo realismo filosófico » de Markus Gabriel y el llamado «Ley de aumento de la información funcional» (que pretende amplificar la evolución darwiniana a cualquier sistema, utilizando como ‘herramienta’ la adaptación), no parece ser —eufemísticamente hablando—sino «los mismos perros con diferentes collares». No introducen ninguna idea novedosa. El Nuevo realismo no me parece que cambie nada del posmodernismo excepto la nomenclatura; lo mismo se puede decir del nuevo y rimbombante sistema de evolución.

IDEAS, DICHOS Y HECHOS

  • Las nuevas generaciones no se han percatado de que la vida tiene como ingredientes principales la sangre, el sudor y las lágrimas.
  • Los humanos son seres gregarios que desean destacar por encima de los demás y tienen miedo
  • Vemos la realidad del mundo a través de los anteojos de nuestras creencias.
  • Los asuntos de quienes reclaman demasiados derechos acaban saliendo torcidos.
  • El gran Confucio dijo que la serenidad es solo la corteza del árbol de la sabiduría, pero que sirve para preservar ésta. ¡Serenidad!, el Dorado de quienes poseen un espíritu agitado.
  • Las gentes han cambiado el confesionario por el diván del psicoanalista. El diván resulta mucho más caro, ahora bien, ¿resulta más eficiente?
  • Konrad Adenauer, el canciller del milagro alemán nos advirtió: En política solo hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido. Cayetana Álvarez de Toledo lo leyó y se previno.
  • Basta la agitación que produce un sueño para que toda nuestra actividad intelectiva y sentimental diurna dé un vuelco. El ser humano es una nave movida por los vientos del azar. De la solidez de su casco y del manejo del capitán depende que la nave recobre su rumbo.
  • Los franceses guillotinaron a su rey y a parte de la nobleza; también Cromwell hizo ejecutar al rey de Inglaterra; en España, en donde hemos tenido los peores reyes de Europa, apenas si nos excedimos de enviarlos al destierro. Quizá, a pesar de todo lo que dicen de nosotros, somos demasiado civilizados, o demasiado bobos.
  • ¿Qué es un filósofo? Algunos creen que es aquel que enrevesa de tal forma un dictamen que nadie se siente capaz o con ánimos de refutarlo.
  • Amo la filosofía y me irrita ver que dos tipos de filósofos siguen teniendo renombre: los que cultivan las vaguedades y los que confunden lo oscuro con lo profundo. Los dos tipos, usualmente, labran los mismos campos y obtienen la misma cosecha: paja sin grano.
  • La metáfora es el lenguaje del pensamiento y en la comunicación es el arte supremo para cercar la verdad y presentarla debelada al oyente.
  • En la vergüenza expresamos nuestras ansias de aparentar. En la compasión, el temor a estar nosotros en el lugar del compadecido.
  • Para que surgiera el homo sapiens fue necesario que la materia, la atmósfera, el clima y la geografía de los terremotos mostrasen ciertas singularidades en ciertos periodos de tiempo. A esa conspiración de elementos debemos nuestra existencia
  • Las utopías anarquistas, comunistas, socialistas coinciden en considerar que con abolir del mundo todo lo que no les gusta, la sociedad se arreglaría por sí sola. Eliminar todo cuanto les molesta y el mundo quedaría limpio, claro y cristalino: las gentes, los hechos, los asuntos, las circunstancias discurrirían a la medida de sus deseos, plácida y felizmente.
  • El horror hacia la pena de muerte es una suerte de compasión. Lo origina el temor a la reciprocidad de situaciones. El sujeto teme que en el futuro, en mágica reciprocidad, el condenado sea él; así que al defender la abolición  defiende su vida de los percances que pueda traer el futuro.
  • Todo individuo que se cree superior siente desprecio hacia quienes cree inferiores. Es una ley de nuestra naturaleza.
  • Todo individuo pequeño siente envidia hacia los grandes. También lo dicta nuestra naturaleza.
  • ¿QUÉ ES EL HOMBRE?: Sus sentimientos, deseos, instintos, pensamientos, pero también sus esperanzas, sus anhelos, sus miedos, sus creencias… Los filósofos han olvidado todo esto, y cuando hablan del hombre hablan de cosas etéreas
  • Todo fanatismo se basa en esta premisa: cuanto más fuerte es el odio y el resentimiento más seguro está el fanático de que su causa es justa. El odio enseguida hace aflorar creencias que lo justifican.

DIOS. EXISTENCIA Y CONSISTENCIA


¿Es la existencia de Dios una necesidad lógica? ¿Es el mundo una creación divina o es Dios una creación humana?
Tratar de demostrar la existencia de Dios ha sido un tema recurrente en el pensamiento occidental. Tal existencia resulta inextricable desde una óptica científica, por lo que tales esfuerzos parecen baldíos. En ese sentido, las “pruebas” más sólidas son las de san Agustín o santo Tomás de Aquino. En esencia, vienen a decir que todo tiene su causa y que, por lo tanto, ha de haber un dios causante del mundo. Otras “pruebas”, aún más antiguas, hacen referencia a la necesidad de que exista lo perfecto o que exista el ser omnipotente y omnipresente… En cualquier caso, Dios ha existido en la mente y en el corazón de las gentes desde que comenzó la singladura humana.
También se ha echado mano de los milagros para probar su existencia. Tales supuestos milagros probarían la existencia divina, alegaron históricamente muchos fervorosos creyentes. Sin embargo, los no creyentes apelan a la lógica de que lo inexplicable no tiene por qué ser milagroso, que solo pone de relevancia carencias en nuestros conocimientos, o, simplemente califican a los milagros como engaño.
Un razonamiento encuadrado en el marco causativo es el siguiente: «Si todo está en movimiento, alguien lo ha debido poner en marcha» (lo cual nos lleva a un bucle regresivo y reiterativo: ¿quién puso en marcha ese alguien que lo ha puesto en marcha?), que alude a la existencia de un relojero que alguna vez hubo de poner el reloj en funcionamiento. Cierto es que se puede objetar: «¡y si siempre ha estado el reloj en marcha!», es decir, «¡y si no es necesario el relojero!», o dicho de otro modo, «¡y si el reloj y el relojero son lo mismo!». La Ciencia, con no muchas excepciones, se ha puesto siempre al lado de esta posibilidad. Spinoza, Newton, Einstein, fueron partidarios de considerar la obra y manifestación del mundo como el dios mismo. El reloj es también el relojero. Tal afirma el panteísmo, que proclama la identidad sustancial entre Dios y el mundo.
Pero el panteísmo tampoco explica gran cosa, pues tan solo «considera sobrenatural el conjunto de lo natural». No nos dice si hay atributos divinos, ni si hubo un comienzo, ni tan siquiera si existe una finalidad… Quienes entienden que la cuestión es de solución imposible, quienes creen que no se puede probar la existencia ni la inexistencia divina; toman el camino más corto y “evidente”, la solución menos engorrosa, la de reconocer a Dios en la cara del mundo. Pero este Dios del panteísmo es no-religioso, aunque se le considere sobrenatural en el sentido de estar por encima de nuestros supuestos y conocimientos.
La opción religiosa, en cambio, es la de un dios antropomorfo. En el Génesis se nos dice que Dios nos hizo a su imagen y semejanza (aunque siento más probable que hayamos sido nosotros quienes hayamos hecho un dios a nuestra imagen y semejanza). La consistencia de tal Dios —con tales humanos hechos a su imagen y semejanza— es grande, tanto que desde una antigüedad muy remota la tomaron para sí un gran número de religiones. Esto es, que el hombre es una creación especial y singular en todo el Universo, una creación dotada de alma, y que el alma es, por esencia, una parte divina. Así lo aseveran las principales religiones de Oriente y Occidente. Lo cual conduce a aseverar que: Dios nos hizo semejantes a él porque somos una parte suya. Por tales razones, el alma, esa parte divina, ha sido siempre base de las especulaciones acerca de la divinidad, aunque difieran en cuanto a las circunstancias de la unión y encuentro entre alma y materia, entre alma y cuerpo.
Por mi parte, mirando el bosque desde fuera y desde lejos —desde mi agnosticismo—para poder ver el árbol, creo que el valor de Dios (de que Dios exista) no se encuentra en las explicaciones lógicas acerca de su existencia o de su esencia, sino en los sentires y satisfacciones que proporciona creer que existe, de los beneficios de creer en su existencia. Ahora bien, Dios es también un producto que los hombres manejan, por lo que es fácil que se provoquen catástrofes en su nombre. La influencia de la religión y, por tanto, de creer en Dios (en un ser divino adornado de poderes y cualidades supremas que puede operar sobre el colectivo y sobre el individuo de manera separada e independiente) ha sido siempre de gran importancia en el discurrir del hombre. La religión puede utilizarse para crear una sociedad servil, para establecer un aprisco religioso obediente y temeroso, subordinado a unos pocos. Tal ha sido su principal cometido a lo largo de la historia. Ahora bien, para el individuo —y me refiero al sujeto que es capaz de pensar y juzgar y sentir por su cuenta y riesgo—, Dios puede ser la figura de un amigo íntimo, puede ser un consuelo para el penar diario, puede ser —siguiendo el ejemplo de Jesucristo—una figura de bondad y justicia, puede reportar un gran bien a tales individuos. Cierto es que un grupo religioso bien comandado y dirigido también puede aportar a sus miembros los dones dichos en el caso del individuo. Para ello resulta necesario que esos dirigentes, los llamados mediadores de la divinidad, o, dicho con claridad, las élites eclesiásticas, no estén sujetas a grupos de poder o riqueza ni que ellas mismas los ambicionen (exigencia harto difícil, lo sé). Porque otro papel clásico de las religiones ha sido la construcción moral de una sociedad, y ahora que se están intentando destruir todos los valores y que el engaño, la mentira, el fraude, la locura, se erigen como modelos de comportamiento, ahora, digo, una moral firme, segura, es más necesaria que nunca.

En estos tiempos tan revueltos, donde la agitación de los espíritus está produciendo extrañas formas de locura, tal vez sea necesario un firme timón, o, tal como hizo Ulises, tal vez necesitemos de un palo mayor al que atarnos ante el embate de enloquecedores cantos de sirena y de la furia de destructores vientos. Tal vez, en esta extraña odisea a que nos conduce el mundo moderno, aquel monstruoso remolino, Caribdis —que Ulises sorteó con quebranto de sus naves—, venga bien representado por la agitación de las redes sociales que tratan de destruir toda embarcación que cruza por el estrecho de la Discrepancia. Desde una posición agnóstica, digo, una moral religiosa puede ser una tabla de salvación, un hito por el que guiarse por la singladura de la vida.
Ahí, también, la figura de un Dios puede resultar muy beneficiosa.

EMPODERAMIENTO FEMENINO Y SOCIEDAD BONOBO

Las sociedades occidentales están experimentando un programa de acción política y cultural que tiene como uno de sus principales propósitos al llamado empoderamiento femenino, considerando que feminizar a los hombres es requisito para alcanzarlo. Feminizar a un varón posee aquí un significado semejante a domesticarlo; y nuestra especie tiene experiencia de milenios en la domesticación. A partir del lobo y mediante cruce y selección, han aparecido todas las razas de perros existentes. También ha sido empleado el mismo método para domesticar al zorro. No digo que la selección del macho no esté siendo relevante a ese propósito de feminización (el macho humano rudo y violento está siendo rechazado para la procreación), pero, en gran medida, se está llevando a cabo culturalmente, eso sí, empleando métodos punitivos para convencer al renuente.

Se pretende que las sociedades así «educadas» sean matriarcales, que en ellas el dominio corresponda a la mujer. Ni que decir tiene que tal conversión representa una gigantesca revolución para nuestras sociedades, una de las más grandes y profundas producidas a lo largo de la historia. Para atisbar un poco las características y dimensiones que tendrá, si se lleva a buen término, echemos un vistazo a dos grupos de primates que guardan con nosotros una gran similitud en el comportamiento social.

El chimpancé común vive al norte del río Congo, mientras que el llamado chimpancé enano o bonobo vive en la ribera sur. Hace aproximadamente 2 millones de años sus ancestros comunes quedaron separados a un lado y a otro del río, produciéndose un aislamiento reproductivo que ha llevado a dos especies distintas (aunque, en cierto grado, parece ser que hubo algún intercambio genético entre ellas tras su separación)

Con los chimpancés comunes nuestras semejanzas son enormes: establecen una relación jerárquica de dominio; atacan a los extraños; cometen infanticidios y se anexionan el territorio de otros machos a los que matan;  cooperan en la caza y en la guerra; establecen alianzas políticas para desplazar del poder a un individuo o a otro grupo dominante; tienen una necesidad parecida a la nuestra de mantener relaciones sociales; las hembras se encargan del cuidado de las crías; machos y hembras suelen jugar en grupos integrados por individuos del mismo sexo —los machos juegan a pelearse mientras que los juegos de las hembras suelen ser más sociales y relacionados con el cuidado de las crías, tal cual los juegos de niños y niñas en la hora del recreo escolar. El miedo, la ira, el afecto, el contacto físico, la tristeza parecen sentirlas de manera semejante a como las sentimos nosotros; y emociones e instintos parecidos a los nuestros son la base principal de su conducta.

La sociedad bonobo es bastante distinta. Sus hembras establecen entre ellas fuertes lazos sociales; se coaligan contra los machos que les molestan; practican el sexo entre ellas con más frecuencia que con los machos, lo que les sirve para reforzar las relaciones sociales y mitigar las desavenencias; hacen uso de un amplio repertorio de caricias sexuales y pueden formar muchas parejas a lo largo de su vida; en ocasiones intercambian sexo por comida con los machos; apenas hay conflictos entre grupos de bonobos; son emocionalmente más estables que los chimpancés comunes; las alianzas entre hembras ejercen el dominio social; no compiten por comida; los bebés bonobos son más creativos que los bebés chimpancés en los juegos; las hembras bonobo aleccionan, guían y cuidan de que sus hijos macho practiquen el sexo adecuadamente para la reproducción…

Comparando unos comportamientos y otros, bien se puede decir que la feminización de los hombres que hemos nombrado consistirá en transformar el comportamiento de la sociedad del chimpancé común al de la sociedad bonobo. Esto es, crear una sociedad humana ‘bonobo’. En ese sentido creo que van los cambios de valores que la sociedad occidental está llevando a cabo:

—Identidad ideológica y de género (fuera referencias identitarias con nación, biología, héroes, historia, religión).

—Leyes discriminatorias en favor de la mujer.

—Matriarcado y empoderamiento femenino.

—Contra la violencia y la guerra.

—Contra la monogamia y la familia.

—Eliminar la competición social.

—Ataque y linchamiento contra los hombres renuentes al cambio.

—Nueva religión de la Madre Tierra y del Cambio Climático.

—Equiparación forzosa de hombres y mujeres en todos los ámbitos de la sociedad

—Preponderancia de lo cultural femenino sobre lo biológico.

….

Me pregunto: ¿Seremos desde ahora bonobos después de miles de años de ejercer de chimpancés comunes?, ¿tiene la cultura en nuestro comportamiento preponderancia sobre la biología? Me gustaría saberlo.

De Sartre, Borges y Nietzsche

SARTRE

Sartre se esmeró con ahínco en engañar al público europeo para salvar el comunismo. Aseguró que en la URSS existía una absoluta libertad de prensa; alabó a Mao y a Stalin; persiguió con fiereza a todos los intelectuales franceses que se desviaron de la ortodoxia comunista (entre ellos, Albert Camus, Arthur Koestler y Simon Leys). Sartre es uno de los intelectuales del siglo XX que atacaron las democracias occidentales —donde ellos gozaban de total libertad, de una buena posición económica y del aplauso social— y defendieron las inmensas prisiones en que se habían convertido China y la URSS. Bien es cierto que Sartre era bajito, feo y tuerto —una bolita de piel y tinta, tal como le tildaba Simone de Beauvoir, además de insinuar que era impotente—, así que, sintiéndose superior intelectualmente, su resentimiento era inmenso. Un resentimiento que vertió sobre Occidente. ¡Y no hablemos de Althusser, visitante asiduo de psiquiátricos, que terminó asesinando a su mujer!¡Qué gran ejemplo hubiera dado toda esa intelectualidad, incluyendo a Pablo Picasso, yéndose a vivir un par de años a su ‘paraíso’ soviético o chino!

BORGES. NIETSZCHE

Para trazar su ficción, los escritores toman como modelos a gentes con quienes han socializado o cuyos caracteres y vivencias son harto conocidas por el público, lo cual no quita que todos los relatos literarios posean un fuerte componente biográfico. Algunos van más allá y en alguna de sus obras literarias o de pensamiento presentan un héroe en cuyos rasgos descubrimos al autor mismo. Esos personajes representan lo que el escritor hubiera querido ser en esta vida, juegan el papel que les hubiera gustado jugar y no el que han jugado.

Borges, un hombre necesitado de amparo, que vivía entre tinieblas, quiso ser un pendenciero en la pampa argentina y, en el Sur —un relato mitad autobiográfico mitad ficción— dibujó el contraste entre la realidad de su vida y su vida anhelada. El contraste entre un hombre de biblioteca, medio ciego, desmañado, asustadizo, y un hombre de pendencia y acción.

Nietzsche abogó por el hombre altivo, fuerte, despiadado, instintivo…, aristocrático, pero el fue un hombre asustado, temeroso, necesitado de afecto y protección. En carta a Franz Overbeck de diciembre de 1985, se humilla sin rubor alguno ante su amigo: «Por eso necesito que la gente se ocupe de mí. Lo poco práctico de mi naturaleza, la semi ceguera y, por otra parte, el carácter temeroso, desamparado, desanimado, que es consecuencia de mi salud, me suelen atar a situaciones que casi me matan».

Parece ser usual y propio de la naturaleza de los escritores, expresar en la escritura la satisfacción de sus deseos más íntimos, aquellos que no pueden satisfacer en su vida real. Tal acción se enmarca dentro de otra más general: mediante la escritura se evade uno de la realidad que le lastima. Esto es: escribir es un sucedáneo del vivir.

CREENCIAS QUE IMPIDEN EL PROGRESO

Debido a la acción de ciertas creencias en la sociedad, surgen y declinan civilizaciones, se impide el progreso, y la organización y el orden social se mantienen inalterados durante siglos. Vemos algunos ejemplos de declinación y de inalterabilidad del orden social. La historia presenta ejemplos bien contundentes al respecto. La doctrina de Mahoma inspiró creencias y formas de entender la vida que pronto produjeron una rica cultura y una floreciente civilización hasta el siglo XI. La numeración arábiga, las fracciones decimales, operaciones con radicales y potencias, conceptos de velocidad, aceleración, clepsidras para medir el tiempo, el uso de la brújula para la navegación, la óptica… Produjo grandes pensadores como Omar Kayyam, Al-Khawarizmi, Al-Khazín, Al-Biruni, Averroes, Al-Gazeli…Sin embargo, en el siglo XI triunfó la interpretación moral más rígida del islam y la cultura y la civilización islámica declinaron hasta desaparecer de ella todo signo de progreso. Fue borrada la libertad de criterio para interpretar El Corán y los hadiths del profeta, así que la fuerza creativa del mundo musulmán desapareció.

Han existido numerosas sociedades cuyas creencias dominantes han sido la causa de su mantenimiento en hibernación cultural, económica y social. Gran parte de los pueblos de África y Asia han pasado siglos aferrados a costumbres y religiones que obstaculizaron cualquier progreso material. No fue hasta que tomaron contacto con europeos que sus élites, con mucha dificultad, promovieron cambios en la organización social y en los modos de vida. Pero los ejemplos más claros de inalterabilidad social son las sociedades teocráticas, en donde la autoridad emana de Dios y la acción de gobierno está muy influida por la clase sacerdotal.

El Egipto de los faraones mantuvo inalterados durante 1500 años su orden y su esquema social. También la sociedad Amish y otros grupos menonitas pueden ser considerados teocráticos y permanecen en formas de vida arcaicas. Si mudamos a Dios por el Comunismo y a la clase sacerdotal por las élites del partido, también han sido teocráticas la URSS y la China de Mao. La Iglesia Católica misma, durante buena parte de la Edad Media imprimió en la sociedad europea todos los caracteres de una sociedad teocrática. La prohibición de la usura y el comercio por parte de la Iglesia evitaron que Europa progresara mucho más rápidamente y prolongaron la Edad Media varios siglos. La prohibición del mercantilismo hundió a la URSS en la miseria.

Una creencia paralizadora muy extendida por Iberoamérica es la que considera culpables de todos sus males a España y Norteamérica, lo que los lleva a un estado de permanente inacción, a actuar de plañideras y a lamerse las heridas sin poner remedio alguno. En ese lamento viven paralizados hasta el extremo de que ninguna consideración de futuro parece importarles. Su vitalidad no se dirige a elaborar proyectos para el porvenir sino a quejarse del pasado y a culpabilizar a los demás de sus desgracias. La plañidera de este tipo vive de relamerse sus heridas y de aparecer como víctima ante los demás, y, claro está, de declarar a otros culpables de sus desgracias y concitar odio contra ellos.

Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Pablo Milanés…, lanzan la sangrante idea de que «España y Norteamérica se han enriquecido a nuestra costa y son la causa de nuestra pobreza». La simplona y malintencionada idea lanzada en Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, incita a regocijarse en lamerse las propias heridas antes que a intentar suturarlas. No se quiere recobrar la vitalidad, no se quieren cerrar las heridas, resulta más gozoso mostrarlas y añadir a ellas tintes rojos y señalar culpables y concitar odios, «mirad, aquí podéis ver lo que me hicieron estos o aquellos malditos, pobre de mí, mirad como sangran mis heridas». Tan gozoso resulta que se detiene cualquier propuesta de cura. Pero ya se sabe hacia dónde conduce tanto llanto y tanto victimismo: hacia Cuba y Venezuela. Se mantiene, también, en buena parte de la izquierda un sistema de mantras que están en el origen de la declinación de las sociedades donde se imponen.

  • Repartiendo las riquezas de los que más poseen, todos seríamos más ricos y viviríamos mejor
  • El dinero público se puede gastar a manos llenas porque no es de nadie.
  • El comunismo es un sistema social maravilloso que ha sido aplicado incorrectamente

No se puede negar que algunas creencias son mortíferas.

EL NOMBRE Y LA PALABRA

“Quien sabe el nombre de una cosa la posee”, reza un antiguo adagio. De esa magnífica intuición fueron partícipes casi todos los pueblos de la antigüedad. Los egipcios y los mesopotámicos tenían, además del nombre de uso común, un nombre oculto. Entrar en el conocimiento de ese “otro” nombre facultaba el poseer su alma y voluntad. También los gnósticos tenían que dar fe de su nombre secreto —escrito en su abraxas— en el momento de traspasar los límites de los cielos guardados por los arcontes. El gran Ibn Arabi, el mayor maestro del sufismo (murciano de nacimiento), otorga 100 nombres al altísimo; de 99 de ellos da cuenta, atribuyéndoles diversas manifestaciones divinas, pero el nombre número 100 es ignoto para la humanidad. El humano que consiguiera saber tal nombre se haría igual a Dios.

Hay razones neurológicas para afirmar que quien sabe nombrar una cosa la posee cognitivamente. Pondré un ejemplo: aunque me enamora la música clásica, no puedo “conocerla” (no puedo siquiera recordarla) porque no sé distinguir un adagio de un allegro, un “la” de un “si bemol”, un acorde de otro, un compás de otro, el “do” de un violín del “do” de una flauta… El día que consiga ese conocimiento, seré capaz de rememorar una frase musical, de estudiarla, de recrearme en ella, de extenderla… seré capaz de nombrarla. El nombrarla con propiedad es conceptualizarla, es decir, es ponerle una etiqueta que hace de enlace con conexiones neuronales de los conceptos relacionados con la cosa, es adquirir un gran conocimiento sobre lo nombrado. Así que, en ese sentido, nombrar una cosa es entrar en su conocimiento; es, más que una cuestión lingüística o prosódica, una cuestión cognitiva.

En un párrafo de Heidegger se menciona a la poesía como la fundación del ser por la palabra de la boca… Dicha función creadora de la palabra no es novedosa. Es otra magnífica intuición que aparece en el Génesis, en la mitología griega, egipcia, sumeria y en gran número de mitologías de todo el orbe. Algunos libros, como el Corán o el Talmut, no es que representen la palabra divina, es que son la palabra divina; no es que solo sean la palabra divina, es que son la divinidad. De ahí el empeño de toda una vida de los cabalistas (también ciertas ramas sunníes y shiies, así como el judaísmo en su conjunto) en descifrar el sentido oculto de la palabra divina, de ahí que rastreen el talmut o el corán del derecho y del revés, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, en diagonal y en vertical, alternando las letras, configurando ecuaciones numéricas con el valor de sus números… buscan poseer el poder creador de la palabra.

¿Por qué desde muy antiguo se ha otorgado ese poder creador a la palabra? Creo intuir alguna explicación de orden neurológico. Existe un mecanismo neural que “almacena” las palabras en el cerebro en relación a su tono, a su prosodia, a su semántica, a su semejanza fonética con otras palabras, a la semejanza de forma del objeto o función que designa, a las categorizaciones a las que pertenece dicha palabra. De esa concatenación casi infinita surge el poder creador de la palabra. Ésta no sólo sirve para articular el pensamiento, sino que evoca a borbotones el pensamiento. Pongámonos delante de una cuartilla en blanco. No sabemos qué escribir. Pongamos una palabra, una frase, una idea. Inmediatamente (de resultas de esa concatenación neural) nos surgirán nuevas palabras, nuevas ideas; el pensamiento empezará a bullir hasta no darnos de sí la mano para responder a todo cuanto nos surge en el pensamiento. Pero no es la conciencia quien dicta, no es la fría razón quien dicta, sino su subterráneo, el subconsciente. Las palabras, las frases, las ideas surgen sin consciencia de su emergencia. A este respecto quiero nombrar el síndrome de Marcel Proust. En Busca del Tiempo Perdido es quizá la mayor obra literaria del siglo XX. Proust escribió sus siete volúmenes a los cuarenta y tantos años, mucho tiempo después de que hubieran sucedido los hechos que narra. Escribe tumbado en la cama. Su método de trabajo consiste en empezar tomando unas magdalenas con té. Al olor de éstas, revive pormenorizadamente, vívidamente, los sucesos más minuciosos de su vida pasada. Quien haya leído su obra sabrá que no exagero, que en la descripción de un cuadro, de una frase musical escuchada muchos años antes, en la descripción del porte de monsieur de Charlus, en la perfidia que creía adivinar en Albertina o en los celos que ésta le causaba,  era detallista hasta lo microscópico. Una vez puesta la primera palabra en su pluma, un torrente de ellas acudía sin cesar.

Las palabras, por su organización neural, evocan el pensamiento, germinan otras palabras, otras ideas, otros pensamientos. Son articuladoras y creadoras de pensamiento.

No era gratuita la magnífica intuición de los antiguos.