La cuestión catalana (IV)

Argumentos en las creencias nacionalistas

Las doctrinas establecen supuestas verdades sobre ciertos hechos de la realidad que sirven al doctrinario como fundamento en sus argumentaciones. Por ejemplo, una de las supuestas verdades-fundamento de la doctrina marxista es la expresada mediante la fórmula «desigualdad social y económica=injusticia». Si por conveniencia ―emocional, generalmente―y convencimiento la doctrina hace suelo en la conciencia, se convierte en creencia, esto es, se convierte en rutina del pensamiento, sobre dicho suelo pone esa doctrina sus reales, expande su imperio, y levanta una barrera sentimental para que las supuestas verdades que contiene pasen a considerarse inobjetables, esto es, para que cualquier razón o argumento en su contra sea tratado como una amenaza y se rechace. «Todo cuanto atente contra las ideas doctrinarias hay que rechazarlo; todo cuanto atente contra las verdades que esa doctrina contiene hay que destruirlo», son las instrucciones operativas que la protectora barrera sentimental coloca en la conciencia del individuo.

Las verdades fundamentales que la doctrina contiene son el germen del que surgirán las raíces de toda argumentación doctrinal y de la  sentimentalidad pertinente. De tal modo que ya asentada la doctrina y hecha creencia en la conciencia del individuo, pone en éste unos anteojos que ofrecen la perspectiva de una realidad que resulta, así, sesgada, a la vez que proporciona unos criterios para juzgarla, y, correspondientemente al cariz del juicio, encauzar la sentimentalidad. Es decir, toda creencia establece una ilusión de la realidad que moviliza los sentimientos hacia la conveniencia y el propósito que en esa ilusión se expresan.

Las creencias se fortalecen en la conciencia de los individuos mediante los sentimientos que concitan, pero no son las razones ni los argumentos justificativos de una doctrina en particular quienes hacen aflorar la sentimentalidad, sino el hecho de que en las supuestas verdades contenidas en la doctrina resuenen los atávicos ecos de nuestro pasado tribal. En tal caso aflora fácilmente la sentimentalidad. Uno de los atavismos que palpita con más fuerza en la conciencia del hombre es la promesa de redención de una existencia insatisfactoria mediante la consecución de un paraíso. El paraíso, como posibilidad, obnubila la conciencia de los hombres. Que la creencia posea un escaso núcleo conceptual, pero que dibuje en la imaginación del creyente un paraíso redentor, hace que la conciencia del individuo se hinche de potencia sentimental. La marcha del pueblo de Israel a través del desierto en busca de la Tierra de Promisión es un buen ejemplo de ello.

Las creencias nacionalistas prometen ese paraíso. Ahí radica gran parte de su fuerza. Pero antes de hablar de ese paraíso vayamos a descubrir primero al nacionalismo catalán. La supuesta radical verdad del nacionalismo catalán se cifra en esta afirmación: «Cataluña es una nación oprimida por el Estado español». En realidad dos afirmaciones, que Cataluña sea una nación, y que esté oprimida por el Estado español. La primera tiene más de conjetura que de objetiva verdad, pues no se amolda a los principales indicadores que definen una nación, ni como categoría histórica ni como voluntad muy mayoritaria de sus ciudadanos; pero la segunda carece de cualquier valor de verdad, pues de una simple comparación de los derechos democráticos y libertades que se disfrutan en Cataluña con los disfrutados en cualquier otra región de Europa se constata su falta de fundamento. Así que, dado que esta supuesta radical verdad no posee la entidad suficiente ―como «verdad»― para mover conciencias, el nacionalismo catalán las trata de remover mediante la promesa redentora de un paraíso.

El ilusorio paraíso de una Cataluña independiente ilumina el sendero del nacionalismo, y desde la imaginación de cada creyente, de cada adoctrinado, llama a la acción para la «liberación nacional»,  aunque no existan libertades que conquistar ni opresiones que sacudir ni siquiera resulte pertinente que esa supuesta liberación sea denominada «nacional». Pero aunque tanto el ilusorio paraíso carezca de factibilidad como que la «liberación nacional» sea un mero sinsentido, poseen, sin embargo, el valor de un lema o consigna, o mejor aún, el valor de un grito de guerra tribal. La ilusión que infunden, eso es lo que importa a efectos prácticos, no el que sean sinsentidos o sinrazones. Llaman a razones de la emoción tribal, y la tribu, además de llamar a los primigenios instintos grupales, en un mundo globalizado en donde el individuo se siente extraño, le proporciona cobijo y consuelo.

Derivadamente de la promesa de paraíso y de la radical verdad del nacionalismo expuestas, en los acólitos del nacionalismo catalán aparecen  dos categorías mentales, el «nosotros», que alberga a todos los seguidores de esa doctrina y a todos los defensores de esa supuesta verdad antedicha, y el «ellos», donde por exclusión se incluye a todos los que no comulgan con ella. Pero esta categoría «ellos», al irse haciendo  más radical y furioso el grito de guerra tribal señalado, se va transformando en la mente del nacionalista catalán en la categoría «enemigos», y contra estos se encauza entonces toda la insatisfacción y sentimentalidad que ha ido fraguando el adoctrinamiento: malquerencia, odio, rabia, venganza, ira…

Ahora bien, suele ocurrir ―y en el nacionalismo catalán ha ocurrido― que la promesa de paraíso no tenga suficiente envergadura significativa  para calar en la conciencia del dubitativo o indeciso hacia el nacionalismo y para conseguir atraerlo al rebaño. De sobras es conocido que hasta no hace mucho el nacionalismo independentista catalán era muy reducido. La estrategia para hacerle crecer, esto es, para que la promesa redentora encuentre eco en su corazón, ha sido la inversa a la que la lógica hace usual. Si lo razonable es que fuese la seducción argumentativa quien abriera camino para la infusión de las doctrinas nacionalistas y para hacer que la verdad radical resplandezca en el corazón del neófito, y entonces, a partir del asentamiento de la doctrina como creencia, conseguir que forme mentalmente la categoría de «enemigo» que vigoriza sus sentimientos y su adhesión a la causa, la estrategia, digo, ha sido la inversa: primeramente se ha «creado» al enemigo, para que después, la promesa redentora calara en el corazón del converso a la causa. Bellamente lo expresó Indro Montanelli: «Los pueblos sólo se unen cuando tienen un enemigo común». Así que el adoctrinamiento mediante la «inmersión lingüística», mediante la denigración continua en los medios dependientes de la Generalitat de la cultura y de los valores españoles, mediante las incesantes campañas de victimismo, de tergiversación y falsedad en el tratamiento de la Historia, de las burlas y ataques incesantes a los símbolos de España (con el consentimiento implícito o la mirada hacia otro lado de todos los partidos políticos), ha logrado crear y fortalecer a la categoría «enemigos» en la mente de los ciudadanos de Cataluña. Y una vez lograda esta categorización y encauzados los sentimientos, la promesa redentora y la supuesta verdad radical se infunden con mayor facilidad.

Bien es verdad que ante lo endeble de la argumentación que señala la promesa de la Cataluña independiente, y de que a España en su conjunto se le pueda aplicar la consideración de enemigo (pues mayoritariamente la población de Cataluña tiene sus raíces en otras regiones de España), para poder mejor vencer la resistencia de los reticentes a tomar como verdades las consideraciones expuestas, el nacionalismo catalán tuvo que dar un empujón más a lo ilusorio de esas consideraciones  y echar mano de un supuesto agravio que calara en lo más íntimo de estos ciudadanos reticentes, que calara y resonara en su egoísmo personal: «España nos roba». Tal supuesto agravio ha disparado el número de cabezas del rebaño nacionalista, pues, por una parte, se vitaliza lo factible de la promesa redentora (fuera de España seríamos más ricos), se señala claramente al enemigo, España; se trae al primer plano de la conciencia de la gente el supuesto agravio, lo que desata y encauza la sentimentalidad, y otorga argumentos al egoísmo del individuo.  Luego el supuesto agravio, como eficaz lema o slogan, produce nacionalismo.

Tales creaciones: verdad radical, promesa redentora de un paraíso, manejo de los atavismos tribales, categorización y fortalecimiento del «enemigo», infusión del sentimiento de agravio, consignas, encauzar la sentimentalidad a unos propósitos, generar ilusiones que obnubilen, falseamiento y tergiversación de los hechos históricos…, constituyen los pilares del independentismo catalán con miras a sus propósitos.

La cuestión catalana (III)

La perversa dinámica nacionalista

El nacionalismo catalán «fetén», el de los Pujol, Mas y compañía, surge a finales del siglo XIX coincidiendo con una realidad económica próspera en Cataluña que hizo aflorar una potente burguesía. Al comparar esta burguesía su riqueza, el comercio e industria que generaban, con las miserias existentes en otras regiones de España, aparece en esa clase social catalana un sentimiento de superioridad (que siempre se acompaña con desprecio hacia los considerados inferiores) que les impulsa a lograr que les sea reconocida en toda la península su prominencia[1] en forma de poder y privilegios. En adelante el nacionalismo catalán siempre buscará con sus reivindicaciones  manifestar énfasis en esa superioridad alegada, ser primus inter pares. Como Mas y Pujol han manifestado reiteradamente, no está en su interés separarse de España, sino gobernarla. Quizá porque Cataluña ha vivido muy bien dentro de España. Les servía un Estado de las Autonomías  o un federalismo asimétricos, con Cataluña mirando al resto de España desde lo alto. La secesión, nunca ha sido buscada por el nacionalismo de este tipo, el de los rimbombantes apellidos catalanes de la burguesía.

Pero desde la época de la Transición las reivindicaciones del nacionalismo catalán formuladas con tal ánimo de prominencia sobre los demás (porque la prominencia trae la «pela» consigo, y la pela es la pela) han generado una perversa dinámica en su relación con España. Una dinámica que la ceguera y la estupidez de los sucesivos gobiernos centrales no han sabido o querido reconocer. Ya que el fundamento de este nacionalismo se encuentra en resaltar la prominencia de Cataluña y de sus prohombres sobre el resto de Comunidades Autónomas y sus respectos prohombres, su reivindicación principal incide siempre en la diferenciación. Que se resalte el «hecho diferencial catalán» en el reparto de competencias autonómicas; «no al café para todos», que repetían ufanos los políticos catalanes hace unos años. Pero al Gobierno central le resulta imposible satisfacer esa petición de reparto desigual, ese constante pedir más y más del Gobierno catalán cuando al cabo de unos pocos años las competencias de que disfrutaba Cataluña eran asumidas también por otras comunidades. De haber sido satisfecha dicha deferenciación, hubiera traído enseguida un sentimiento de agravio comparativo para los habitantes del resto de Autonomías, que les empujaría de nuevo a rasar en competencias y derechos con Cataluña. Así que la perversa dinámica no parece tener solución: a cada petición de cota diferencial de competencias responden las otras Autonomías con exigencia similar, con lo que Cataluña vuelve a pedir la diferenciación a su favor…, y así el cuento de nunca acabar. Recuérdese que al poco de ser aprobada la Constitución el nacionalismo catalán ya reclamaba un Estatuto diferenciado; se pidió un desarrollo acelerado del Estatuto para el caso catalán; posteriormente pidieron que España fuera magnánima en la interpretación de la letra del Estatut y de la Constitución; más adelante, se pidió reformar esta última; vino después el nuevo Estatuto catalán, y, como las demás Autonomías reclamaron y crearon el suyo, el nacionalismo catalán precisaba, según esa perversa dinámica señalada, dar un paso más allá. En eso estamos ahora. De igual manera, primero se pidió gestionar un15 % de la recaudación de Hacienda, luego un 30 %, y posteriormente la totalidad.

Siempre que el nacionalismo catalán pide y se les da, reclaman lo mismo las otras Autonomías y se les ha de dar, con lo cual la dinámica señalada sigue y sigue. Solo en el hipotético caso de que Cataluña resaltase en competencias y privilegios por encima del resto de Comunidades quedaría satisfecho el nacionalismo catalán, pero tal desequilibrio es inaceptable por parte de esas otras Comunidades. Sólo en caso de tal asimetría, de tal desequilibrio, la perversión desaparecía de esa dinámica apuntada. Pero ahí no acaban los problemas para el Gobierno Central, pues al contar con una ley electoral que favorece de manera harto exagerada a los nacionalismos, estos tienen la sartén por el mango a la hora de pactar la gobernabilidad del país con el PSOE o con el PP, que necesitan de sus votos. Esto es, los partidos nacionales PSOE y PP han estado cautivos del voto de CIU, lo cual ha posibilitado que en Cataluña CIU haya creado muchas leyes contradiciendo la Constitución, haya interpretado otras a su antojo, o incluso se las haya pasado por el forro de la faltriquera («estos  barrufets de Madrid, qué nos van a venir a nosotros imponiéndonos nada»).

Por si fuéramos pocos, parió la abuela, se generó una nueva y también perversa dinámica dentro de Cataluña. Maragall comprendió que el éxito de CIU y Pujol  durante tantos años residía en lo efectivo cántico nacionalista, los malos son ellos, y en ese reclamar privilegios (que disfrazaban de derechos) sin cesar; así que, por no ser menos, intentó emular a Pujol y se sacó de la manga un nuevo Estatuto que nadie había pedido. La nueva dinámica de la política interna de Cataluña, la imaginaron del siguiente modo  los pensantes de Mas, una vez ganadas las elecciones: Si el PSC ha hecho un nuevo Estatut (con la estulticia zapateril como ayuda), nosotros, CIU, no nos podemos quedar atrás, hemos de tensar la cuerda aún más, no sea que perdamos el pedigrí nacionalista a manos de ellos, así que hemos de pedir el 100% de la fiscalidad de Cataluña, y si se niegan, amenazaremos con la independencia y el Estado catalán. Así que se entró en esa dinámica de rivalidad entre CIU y PSC por ver quién lleva la bandera del nacionalismo ondeando más alto. Si tú pides esto, yo más. La perversión ha resultado ser aún mayor, pues quien ha salido claramente beneficiada en ese duelo ha sido ERC.

Se advierte que la solución a la que finalmente llevará el nacionalismo catalán a su «archienemiga» España es el crear una confederación de Estados dentro de la península, lo cual procura grandes ventajas a Cataluña pero representa un vuelco a la estructura política de las Autonomías existente. Tal posibilidad llenaría de gozo al nacionalismo, pues les otorgaría una absoluta independencia política y económica ―con una posición industrial y de comunicaciones dominante―y tendrían al resto de España sometida a ese dominio mediante su situación como zona de tránsito de mercancías y viajeros hacia Europa, además de contar con el centro de telecomunicaciones de toda la península (que de nuevo la estulticia zapateril les regaló graciosamente. ¡Los socialistas siempre haciendo el caldo gordo al nacionalismo!).  No veo cómo Europa y España podrían dejar a una Cataluña independiente fuera del euro con esa necesidad de atravesar su territorio y de tener el sistema de telecomunicaciones que utiliza toda España, pero menos aún por la carencia de ideas al respecto y el poco ímpetu del Gobierno central en relación al asunto. (Continuará)


[1] El ansia de prominencia no solo se da en la relación social de unos  individuos con otros: ese querer destacar por encima del «otro» en todo aquello que uno estima conveniente; sino que también se da entre grupos, tenemos el ejemplo de los equipos de fútbol, de los partidos políticos, etc, etc. Pero se exacerba ese ansia de prominencia cuando se encuentra un elemento de diferenciación como puede ser la lengua, y a ese elemento se le da un exagerado relieve. Por esa razón, para que los ciudadanos entren mejor al trapo y poder capearlos mejor, se producen las campañas de inmersión lingüística (la Historia es más maleable, se la puede utilizar mejor en provecho propio falsificándola o tergiversándola).

La cuestión catalana (II)

En la época de la Transición española y en vísperas de elecciones, los dirigentes de la izquierda daban grandes mítines en Barcelona. En Montjuic asistí a varios del PSC y del PSUC a los que acudieron Felipe González y Carrillo respectivamente. Cuando los oradores eran dirigentes regionales los asistentes al acto prestaban atención mediana (estaban disgregados en una extensa área), pero en el mitin final, cuando se trataba de Felipe González o de Santiago Carrillo, la gente se acercaba expectante formando una muchedumbre compacta y atenta a sus palabras. Como la inmensa mayoría de los asistentes eran emigrantes o hijos de ellos procedentes de otras regiones de España, el castellano era prácticamente la única lengua hablada. De hecho, según estadísticas de la propia Generalitat, el castellano era todavía en 1984 la lengua vehicular de más de un 75% de ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, ya por ese año comenzaba el forzado proceso de inmersión lingüística en catalán, ya se empezaba a cuestionar la enseñanza en castellano, y ya el PSC y el PSUC y sus sindicatos filiales UGT y CCOO empezaban a cambiar a los dirigentes que no hablasen correctamente el catalán, primándose los nombres y apellidos catalanes.

¿No resulta necesario preguntarse por qué unos partidos políticos que representan de manera muy mayoritaria a ciudadanos castellano-parlantes, arraigados en culturas de diferentes regiones de España, no pongan objeción alguna ante los intentos (que enseguida empezarían a darse) de erradicar el castellano de las aulas, ante la denigración frecuente de todo lo que oliese a español en las dependientes televisiones públicas de Cataluña, y un largo etcétera de agravios, y más aún, que, como se verá, cooperen en ello con entusiasmo, como sintiéndose satisfechos de que se intente borrar una cultura ―la mayoritaria entre la población― y sustituirla por otra? Esto es: ¿no resulta necesario preguntarse por qué la izquierda pone en valor la territorialidad, en detrimento de la voluntad democrática de las gentes que habitan ese territorio? Trataré de contestar a esa pregunta.

Para ello me resulta necesario explicar lo que se conoce en bilogía como «efecto residente». En muchas especies animales se manifiesta un comportamiento que se conoce como defensa territorial. Cada individuo se aferra a un determinado territorio y lo defiende de los intrusos que lo quieren ocupar. Como «efecto residente» se considera el mayor ímpetu con que combate el residente frente al recién llegado, el intruso. ¿Se produce este efecto en la especie humana? Se ha de decir que sí, y median en ello los sentimientos. Por ejemplo, los residentes catalanes, siendo minoritarios en muchos lugares y ambientes de Cataluña (sobre manera en la época de la Transición), emplean un superior espíritu de combate para la defensa de sus supuestos singulares derechos territoriales que el que emplean los intrusos procedentes del resto de España en defender los suyos. También los residentes alegan poseer mayores derechos en otras cuestiones como la lingüística, y creen poseer una supremacía moral en relación a los intrusos,  a quienes consideran «usurpadores».

De manera general, los individuos de una comunidad regida por un determinado estilo de vida y con unas determinadas formas de relación social y cultural (residentes), al ver incrustarse en esa comunidad otras gentes con distintos valores y cultura (intrusos), perciben en ellos una amenaza, surgiendo en correspondencia un sentimiento de territorialidad que les hace proclives a pelear por que sean desterradas al estricto ámbito privado todas las formas culturales intrusas (sienten un impulso a ello) y a que en cualquier otro ámbito social se impongan autoritariamente las suyas, las de los residentes, aunque en número sean minoritarios. También de manera general aparecen en los residentes el intento de desvalorizar las formas culturales de los intrusos, que consideran usurpadoras. En el caso catalán, los intrusos, desasistidos por sus líderes (preocupados estos por aparecer como nuevos conversos, como residentes), enfrentados al clima de supremacía moral propiciado por los medios de comunicación y que sus propios líderes políticos auspiciaban, se vieron acorralados individualmente, apareciendo en ellos un complejo de huésped en una tierra extraña, sin derechos que alegar para mantener sus formas culturales, así que uno a uno, indefensoso en su individualidad, tuvieron que doblar su cerviz, esto es, devaluar o renunciar a su lengua, a su cultura, sus valores, a sus derechos de decir y negar, y tuvieron que ir adaptándose a la cultura catalana.

El porqué en muchos casos el intruso, al hacerse converso, esto es, residente nuevo, se hace un fanático defensor de los residentes y perseguidor de los intrusos,  tal como el Gran Inquisidor Torquemada, es un tema que trataré en otro posterior escrito. Me interesa, no obstante, conocer  por qué los líderes políticos representantes de los intrusos cooperaron con tanto ahínco para que los derechos territoriales alegados por los residentes imperasen sobre los derechos democráticos, sobre los derechos lingüísticos y sobre los valores de los intrusos. Voces muy autorizadas hacen deber esta cooperación a la desorientación de la izquierda, encadenada, dicen, a creencias decimonónicas que muestran poco sentido en el mundo actual.

Lo cierto es que el marxismo era internacionalista  (y el PSOE ha sido marxista hasta fechas relativamente recientes) y consideraba los nacionalismos como algo reaccionario, y tal fue la opinión del PSOE hasta al menos 1917. Pero el marxismo examina la historia del mundo por medio de la dialéctica de la oposición de contrarios, un método éste tan impreciso que es capaz de justificar cualquier cosa. Mediante «ciencia tan rigurosa» el marxismo justificaba que el feudalismo es la negación y superación de la época esclavista, el capitalismo es la negación y superación del feudalismo, y de igual manera el socialismo lo sería del capitalismo. Transitando por esas obligadas estaciones de paso, el tren de la historia nos llevaría ineludiblemente al socialismo. Fin del trayecto. Así que, preliminarmente a la llegada del socialismo, se debía implantar el capitalismo burgués. De ello extrajo el PSOE la siguiente conclusión: es preciso implantar en España una revolución burguesa que aún estaba por producirse. Así que,  atentos a subirse sin demora al tren de la historia y conducirlo hasta el socialismo, consideraron que había que derrumbar a la oligarquía española de la Restauración, apoyando para ello al nacionalismo catalán. Apoyando a la Lliga de Cambó se produciría la revolución burguesa esperada y hasta que tal revolución tuviese lugar esperarían (no se podían contradecir las tesis de Marx). De esa forma, a partir de 1918, para el PSOE, el nacionalismo catalán pasó de ser una fuerza reaccionaria a ser una fuerza progresista democratizadora. A partir de ese momento nació el buenismo del PSOE hacia los otrora reaccionarios nacionalismos periféricos. Julián Besteiro, Luis Araquistaín y otros, a imitación de Stalin, que defendía los nacionalismos en su libro El marxismo y la cuestión nacional (ya sabemos qué hizo  después Stalin con los nacionalistas, pero esa es otra historia), empezaron con las grandilocuentes arengas sobre «El Estado que oprime a las nacionalidades de España», «la confederación republicana de nacionalidades ibéricas», etc., hasta llegar a negar la existencia de la nación española. Así hasta ahora.

Considérense algunas de las declaraciones hechas en los congresos del PSC en los años 70 y 80 (téngase en cuenta que la gran mayoría de los votantes de ese partido en aquellas fechas eran venidos de otros lugares de España): «Cataluña es una nación (…) La colectividad nacional catalana está oprimida por el Estado español (…) Los socialistas desarrollaremos una estrategia nacional sobre las bases siguientes: a) El ejercicio del derecho de autodeterminación, que es una exigencia inalienable e imprescindible. Mediante ese ejercicio, nuestro pueblo decidirá el marco institucional que mejor convenga a nuestra identidad nacional…»  O considérense las declaraciones de Antonio Gutiérrez, del Comité Central del PSUC (era el partido comunista en Cataluña), en 1980: «Somos un partido nacionalista, el más nacionalista, no aceptaremos que ningún partido lo sea más que nosotros».

Nada más y nada menos: ¡a mí no me gana nadie a nacionalista!, quería decir el representante de todos los andaluces, aragoneses, murcianos y extremeños que afiliados al PSUC entendían con dificultades la lengua catalana. ¿Se entiende la situación de ahora? ¡Qué grandes genios han campeado por la izquierda! La izquierda anclada en lo utópico, en lo abstracto y en el sinsentido de no prever nunca las consecuencias de sus dichos, posiciones y actos. Cooperando en despojar de raíces y valores a sus adeptos, y todo ello en defensa de los derechos de territorialidad esgrimidos por la burguesía catalana. La izquierda acomplejada, desorientada, sin criterios sensatos; la izquierda de los líderes hechos nuevos conversos que tienen que demostrar su fe irredenta catalana para purgar su complejo de charnego; la izquierda que coopera en la inmersión lingüística y en la discriminación generalizada a favor del catalán y en detrimento del castellano; la izquierda que se tapa los ojos (también la derecha española) ante el incumplimiento de las leyes por parte de la Generalitat en lo tocante a la elección de la lengua materna en la escuela, en el surgimiento de leyes que discriminaban a los profesores castellano-parlantes; la izquierda que ayuda a promover una agobiante presión social contra todo aquel que discrepase del catalanismo rampante. Han entregado al rebaño bien maniatado. Así obtenían migajas, ¡y gobernaban en Madrid! (Continuará)

Algunos grandes libros (II). La sociedad abierta y sus enemigos

La sociedad abierta y sus enemigos. Karl Popper.

En los ambientes culturales de la izquierda así como en cualquier escrito de pensadores marxistas, Karl Popper era considerado, o bien ―en cuanto a su valor como filósofo― un don nadie, o bien se le tildaba de reaccionario de la peor especie. Así que yo, adherido  hasta bien tarde a tales gremios, tardé en leerle. Cuando lo hice, ya tenía yo criterio y pensamiento «propios» (quiero decir: que no eran reflejo del pensamiento de la manada) y emitía mis propios juicios. Leí detenidamente a Popper, el libro referido, y comprendí por qué era denostado por la izquierda marxista. Popper no se encarama a las fútiles ramas metafísicas ni chapotea en las ciénagas de la dialéctica hegeliana __lo que le procuró la malquerencia de la filosofía ocupada y enredada en esos menesteres__, sino que con fría lógica de científico indaga los hechos del mundo de las ideas.  Indaga en Platón e indaga en el marxismo y pone en evidencia  el pulso totalitario que late en ambos. El marxismo, al disponer al sistema democrático como mero y prescindible  medio de conseguir la sociedad socialista, es decir, al ser su meta el imponer el socialismo y mantenerlo contra viento y marea, lleva adherido en su misma estructura el germen del totalitarismo.

Al lector de La sociedad abierta y sus enemigos se le desmorona Hegel. Popper muestra de él no solo su inanidad, sino también la estupidez humana responsable de haberlo colocado en los altares de la filosofía. El lector que tenga cierto conocimiento de las leyes físicas podrá sacar conclusiones clarificadoras. Dice Hegel:

El sonido es el cambio en la condición específica de segregación de las partes materiales y en la negación de esta condición; tan solo una idealidad abstracta o ideal, por así decirlo, de esa especificación. Pero este cambio, en consecuencia, es inmediatamente, en sí mismo, la negación de la subsistencia específica material, que es, por lo tanto, la idealidad real de la gravedad y cohesión específicas, es decir, el calor. El aumento de calor de los cuerpos en resonancia, semejante al que experimentan los cuerpos por el rozamiento, señala la aparición del calor que se origina, conceptualmente, junto con el sonido.

También trae Popper  a colación la diatriba que lanza Schopenhauer contra Hegel:

Schopenhauer, que tuvo el placer de conocer a Hegel personalmente y que sugirió el uso de las palabras de Shakespeare –“esa charla de locos que sólo viene de la lengua y no del cerebro”—para definir la filosofía de Hegel trazó el siguiente cuadro: «Hegel, impuesto desde arriba por el poder circunstancial con carácter de Gran Filósofo oficial era un charlatán de estrechas miras, insípido, nauseabundo e ignorante, que alcanzó el pináculo de la audacia garabateando  e inventado las mistificaciones más absurdas. Toda esa tontería ha sido calificada ruidosamente de sabiduría inmortal por los secuaces mercenarios, y gustosamente aceptada como tal por todos los necios, que unieron así sus voces en un perfecto coro laudatorio como nunca antes se había escuchado. El extenso campo de influencia espiritual con que Hegel fue dotado por aquellos que se hallaban en el poder, le permitió llevar a cabo la corrupción intelectual de toda una generación.»

Algunos grandes libros (I). Pedro Páramo

 

Preliminar:

En este espacio secuenciado que inauguro pretendo sucintamente mostrar algunos de esos libros que hollan el espíritu de uno dejando en él huella perenne. Irán desfilando con cierta periodicidad los literarios, los que hablan de historia, unos cuantos que desgranan razones de la Física o de la Biología, algún otro se adentrará en la Filosofía…, y aún de otros muchos saberes distintos. Todo ello con el permiso de quien me lea.

Pedro Páramo de Juan Rulfo

El Pedro Páramo fue para mí una casualidad y una rara sorpresa. Aunque ya era un ávido lector, Juan Rulfo me decía poca cosa. Así que no recuerdo cómo compré el librito, quizá casualmente, quizá por algo de su portada que me llamó la atención. Y recuerdo que comencé a leerlo y después de unas pocas páginas me asaltaron dos sentimientos, el de un extraño gozo y el de un absoluto desconcierto. Desconcierto porque hecha mi mente a las cosas de la lógica, buscaba el discurrir de un argumento que no asomaba por parte alguna. Gozo porque las simples palabras que allí tintan, que pasan como arrastrándose, están desprovistas de todo adorno, aluden a cosas primordiales, y su esencia se enreda gozosamente en el ánimo del que las recibe. Literatura en estado puro. Destilada.

Una vez leído el librito lo has de volver a leer para encontrar a los personajes, para ubicarlos en los ámbitos de vida, muerte y sueño que también has de encontrar. Y entonces te percatas de que «aquello» es Méjico, en donde la calavera adorna las festividades y la muerte y la vida se hallan al mismo indistinguible nivel. Y lo vuelves a leer, ahora hechas las composiciones pertinentes, para degustar sus palabras y caminar ―ayudado por el acaso escaso hilo de Ariadna que con las anteriores lecturas has trenzado―por los ámbitos que ahora vislumbras y por sus vericuetos.

Dice Pedro Páramo en el comienzo:

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella se muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo».

Y al final dice:

«Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco sobre la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras».

Entre el principio y el final dice otras cosas como ésta:

«Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre».

La cuestión catalana (I)

A estas alturas de los hechos nadie duda de que el nacionalismo independentista catalán es un torpedo lanzado contra la convivencia en Cataluña y en toda España, y que, asimismo, amenaza con destruir la estructura orgánica del Estado. Lo alarmante del caso es lo vertiginoso y reciente de su crecimiento. Si hasta hace bien poco tiempo el máximo valedor de ese independentismo, ERC, apenas reunía un 10% de los votos emitidos en Cataluña, ¿de dónde, cómo y por qué ha surgido esa marea de gentes (sobre todo jóvenes, es decir, muy influenciables) que quiere separarse del resto de España y que hasta «ayer mismo» utilizaban mayoritariamente el castellano como lengua? Iré analizando esas cuestiones, pero empiezo hablando de la cuestión propagandista encerrada en esas palabras-emblema o consignas o estandartes de las reivindicaciones nacionalistas que, encurtidas en el caldo de cultivo del independentismo y sirviéndose de la actual crisis económica, generan egoísmos y sentimientos que  hacen al individuo proclive a opiniones, justificaciones y creencias ilusas, erróneas y perversas sobre la realidad de la relación entre Cataluña y España.

«España nos roba», «derecho a decidir», «liberación nacional» son algunos de las altisonantes y huecas consignas y estandartes que, con  finalidad de engaño y de ocultar prácticas totalitarias, abren brecha en el convencimiento del ciudadano catalán. En el ánimo del receptor de esas altisonancias se evoca y se sugiere: primero, que existe un enemigo, España, que es el responsable de la crisis económica y de casi todos los males y miserias que padecemos; segundo, que la bota española obstruye nuestro camino hacia una arcadia feliz, hacia un paraíso catalán de bienestar y felicidad; tercero, que tenemos carencias de derechos y libertades porque el Estado español nos oprime, esto es, que Cataluña ha sido y sigue siendo una nación subyugada. Estos mensajes, repetidos hasta la saciedad por los medios propagandísticos de que dispone el nacionalismo catalán se incrustan en el tuétano del hombre-masa y le llevan al convencimiento de que otra realidad más satisfactoria es posible con la creación de un Estado propio. Forman parte de la promesa redentora del mesías Mas.

Pero, en cuanto a que «España nos roba», lo que Cataluña aporta al conjunto de España con el motivo de lograr una igualdad en derechos de todos los españoles y una cohesión del todo el territorio nacional, no es, en proporción, mayor ni distinta de lo que aportan las regiones más ricas de Alemania, EEUU o Suiza a las menos ricas para lograr ese mismo propósito, y se ha de considerar que ni siquiera es Cataluña la Autonomía que más aporta a ese fondo común. Así que, en realidad, lo que se encierra el «España nos roba» es, además de una ilusa promesa mesiánica de futura prosperidad: «queremos aprovecharnos del mercado español y de las ventajas que ofrece pero sin cooperar solidariamente para que otras regiones tengan los mismos derechos que nosotros», es decir, una infusión de puro egoísmo al ciudadano catalán. Eso sí, «España nos roba» presenta la misma perversa eficacia que el grito de guerra que mantuvo en Aragón a Marcelino Iglesias durante tres legislaturas: «Que nos quieren robar el agua». Pura demagogia que llama a los instintos más egoístas del ser humano, fabricando un enemigo que hace eficaz al nacionalismo: «Los malos son los “otros”»

En cuanto al «derecho a decidir», ¿a qué nivel ha de ser contemplado?, ¿en base a qué razones?, ¿razones históricas, lingüísticas, económicas, o simplemente de voluntad popular?, porque las históricas no caben tras más de cinco siglos de unión (por mucho que retuerzan y tergiversen la historia), las lingüísticas carecen de sentido siendo aún el castellano el idioma más hablado en Cataluña, y si se alegan razones de voluntad popular, ¿por qué no ha de contemplarse el «derecho a decidir» de una provincia, de una ciudad, de un pueblo? Pero aun siendo importantes estas objeciones, hay otras de mayor calado. La reforma del Estatut propuesta por Maragall (propuesta basada en la mera pretensión de perpetuarse en poder) interesaba a un 6% de la población catalana; los partidarios de la independencia, desde la transición hasta el maremágnum que trajo la crisis económica nunca habían llegado a un 20% de la población, así que los deseos de independencia no han estado en el sentimiento  de la mayoría de la población durante muchas décadas, así que el maremágnum antedicho, esa vorágine nacionalista es nueva, es muestra de las voluntades veleidosas y sugestionadas de los hombres, y es producto del albur de un cuestionamiento coyuntural y seguramente transitorio de las relaciones con España. Así que, atendiendo a ese aspecto coyuntural, breve y veleidoso que la dicha vorágine nacionalista presenta, ¿tiene sentido poner en valor un supuesto «derecho a decidir» que no tiene para el individuo otra entidad que la ilusa sugestión de la palabrería, pero que se hace servir de palanca con que derribar la convivencia en Cataluña y en España entera, y que a efectos prácticos sólo sirve a los talibanes del nacionalismo? El hombre es de naturaleza variable, es veleta zarandeado por pasión y alucinaciones, y sabe de la provisionalidad de sus creencias, así que siente la necesidad de aferrarse a algo fiable y duradero. La Constitución, en la política, cumple ese propósito. Sirve de baluarte cuando el transitorio vendaval de la crisis y los sinsabores arrecian. La Constitución pone la vista en lo firme y duradero —porque el tiempo acrisola la estupidez humana—, precisando su elaboración de capacidades, esfuerzos y asentimientos generalizados. Es algo hecho desde la conciliación para la concordia; algo firme a que agarrarse cuando soplan los vientos pasionales, cuando huracanes circunstanciales hacen enloquecer a los hombres provisionalmente, cuando las alucinaciones pretenden imponer su dictado. Tal construcción es la Constitución española. Considerando ese carácter voluble de las gentes, con buen criterio se fijan en la Constitución las condiciones que se han de dar para que ciertos derechos individuales y grupales puedan ejercitarse. Las consecuencias de ejercer el «derecho a decidir» no sólo afectarían a la convivencia en Cataluña y en España, sino que es también una amenaza a la construcción europea porque propicia la desintegración; por tales razones y con criterio unánime y concertado, la Constitución contempla que ha de ser toda España quien decida sus cambios, considerando con buenas razones y con la experiencia acumulada que en las democracias de Occidente no existe ni puede existir un país en el que una de sus regiones esté oprimida o explotada por otras, ni sometida por ellas, pues los resortes democráticos lo impedirían.

«Libertad y liberación de Cataluña», palabras altisonantes y hueras donde las haya. De la libertad individual, ¿existe merma de libertad en el ciudadano catalán en relación a cualquier otra región de España o de Europa? No, obviamente ninguna. Y claro como el agua que Cataluña no es una región oprimida si subyugada ni sometida, que tiene sus leyes, sus tribunales, sus propios modelos de convivencia, sus parlamentos, que legisla, ¿de quién habría que liberarla? Surge la sospecha: «algo huele a podrido en Dinamarca» cuando se observan de cerca las reivindicaciones de libertad del nacionalismo catalán. ¿No pretenderán con ese grito de libertad sacudirse las opiniones y voluntades discrepantes? Un ejemplo, aludiendo falta de libertad, hace unas semanas dimitió el equipo directivo de un Instituto de Enseñanza Secundaria porque se les obligaba a que se impartieran clases en castellano, es decir, porque no querían atenerse a la ley. Otro ejemplo, la negativa del gobierno de la Generalitat a cumplir y hacer cumplir las leyes sobre política lingüística en Cataluña. Un tercer ejemplo, el del nacionalista que en la TV3 se ufanaba de haber denunciado a cientos de comerciantes por rotular sus comercios en castellano (la ley más retrógrada que quizá haya existido). Los tres son ejemplos claros de personajes e instituciones que presentando la máscara de sentirse agraviados por la falta de libertad en Cataluña conculcan los derechos y libertades de los que discrepan de su opinión: niegan la enseñanza en castellano, impiden rotular el comercio en el idioma elegido por el comerciante, impiden que se hable en clase en otro idioma que no sea el catalán…Libertad para poder prohibir, reprimir, coartar, para imponer un totalitarismo en lo informativo y un monolingüismo, para modelar un pensamiento único. Se exigen derechos y libertades a esa entidad supuestamente agresora que es España, para negar al discrepante esos mismos derechos y libertades en nombre de la identidad catalana.  (Continuará…)

Los secretos de las piedras

Imagen

Una vez más Eugenio Monesma ha tenido el singular arte de divulgar de forma amena  la cultura popular de los pueblos de Aragón con bellas imágenes pero, también, con atrevimiento y fundamentación. Los Secretos de las piedras es una serie de documentales que se emiten en TV Aragón, y cuyo argumento principal desarrolla un descubrimiento etnológico de gran calado de  Manuel Benito Moliner, quien poco antes de que nos abandonara acertó a señalar en amplias zonas del Alto Aragón una serie de estrechas cuevas en forma de útero en las cuales y durante  el Neolítico se ejercieron rituales de fertilidad.

A Eugenio Monesma le debe Aragón y España entera el rescate del olvido que hizo de los antiguos oficios desaparecidos o a punto de desaparecer a través de sus series documentales Los oficios perdidos, pero su quehacer ha ido mucho más allá, desde series sobre la gastronomía popular o el vestido tradicional, hasta la magnífica serie sobre las consecuencias de la Guerra Civil, Las ilusiones perdidas, o un interesantísimo documental sobre Sender, o sobre los Maquis, o sobre el maestro rural. Cuando su primo Manuel Benito nos dejó, no quiso que el manto del olvido se desplegara sobre la ese gran descubrimiento –que el tiempo resaltará al relieve merecido– etnográfico cuya singularidad es casi absoluta (pues sólo en la isla de Malta existen cuevas en forma de útero con esa misma  funcionalidad ritual reproductora), y se puso manos a la obra para divulgarlo junto a otros interesantes reportajes que tienen a la piedra y a la cultura popular del Alto Aragón como elementos significativos.

La serie se puede ver en TVAragón/alacarta. 

¿Ciencia, o mera pretensión?

Todas las ramas del saber pretenden hacer ciencia. Es más, todos sus operarios declaran ser científicos, utilizar el método científico, investigar científicamente. Hace unos años, en una reunión de filósofos, se acertó a definir la filosofía como la Gran Ciencia. Más recientemente, leí en una revista, Investigación y Ciencia, las declaraciones de un catedrático de psicología: «No sabemos qué es la inteligencia, pero el text del C.I. la mide exactamente porque dicho text está confeccionado mediante el método científico», (¡horror!). Un pedagogo está absolutamente convencido de que la pedagogía es un producto excelso del método científico; tenemos el socialismo científico; la antropología científica etc etc

¿Atendiendo a qué razones debemos de clasificar a una rama del saber como ciencia o a una teoría como científica? En un primer nivel, o nivel más profundo, una teoría debe ser falsable y con capacidad predictiva y de descripción de la realidad. En este primer nivel sólo entrarían las ciencias físicas, y con reparos las ciencias químicas. En otro nivel entrarían las ramas del saber que describen bien la realidad, pero que por la complejidad de los temas que abordan sólo pueden ser falsadas y sólo tienen capacidad predictiva en casos concretos, parcialmente, aunque operan sobre experimentos y son estos los que las validan. Incluyo aquí a la biología, neurología y otras similares. En estos dos niveles están, por tanto, las ciencias que operan con el experimento como método de validación y conocimiento, y que buscan el reduccionismo como meta.

En otro nivel tendríamos a la biología evolutiva, la psicología evolutiva, la teoría económica, la paleontología… que se deben atener a los hechos tal como se les presentan, pero sin capacidad para experimentación. No son falsables ni predictivas en el sentido fuerte del término, pero al estar sustentadas por las ciencias de los primeros dos niveles, en  las que se apoyan, rechazan la especulación gratuita y se perfeccionan y remodelan a cada nuevo avance y descubrimiento de las ciencias de los niveles inferiores.

En otro nivel más elevado situaría a las llamadas ciencias débiles, como la sociología, la antropología, las diversas teorías de la historia…, escasamente falsables, nada predictivas, sin capacidad de experimentación, altamente especulativas e imbuidas de carácter subjetivo.

Y luego situaría, en el nivel cresta, a las teorías que han pasado por científicas durante muchos años «y de ciencia no tienen «ná»», y me referiré, para no herir, a sus popes: Hegel, Freud, Lacan, Derrida y compañía.

Todos los saberes de los distintos niveles se declaran ciencia y declaran ser utilizadores del método científico, pero es abrumadoramente obvio que tienen poca cosa en común.

Ciencia y filosofía

Creo que no es una cuestión baladí preguntarse por los conocimientos que queremos alcanzar: ¿los del mundo platónico de las ideas o los del mundo real (los que nos sean dados alcanzar acerca del mundo real)? No creo que la pregunta sea impertinente; no creo que definir la meta desde el comienzo peque de trivialidad. Buscar la primera meta, el mundo arquetípico de la perfección, es una tendencia innata en lo humano y ha forjado la forma clásica de inquirir, ha encauzado el modo de abordar los problemas desde Platón, e incluso ha definido los problemas a abordar: los de la esencia. Tal ha sido la labor más conspicua de la filosofía.
Cuando los saberes particulares quieren acercarse al mundo real, quieren describir el mundo real, entender el mundo real, se desentienden de la filosofía (de la filosofía mencionada) y se hacen ciencia (o lo pretenden). Ahí se presenta un nexo, una voluntad común: el deseo de observar el mundo real y obtener saberes “prácticos”(en el sentido de que están impregnados del conocimiento del mundo real). Estas “ciencias” ya no buscan desvelar la esencia, sino descifrar los rasgos con los que ésta se manifiesta. ¿Qué más credenciales deben presentar dichos saberes para acogerse a vivir en esa casa común llamada ciencia? Entre otras, la siguiente: ya que intentan describir la realidad, su referencia y su validación debe venir de la realidad: de ser posible, el experimento, de no serlo, la observación sistemática.
Pongo de ejemplo a la Teoría de la Evolución. A mi entender, se han dado en ella estos diez pasos:
1.-Observación sistemática.
2.-Emisión de hipótesis.
3.-Descarte de hipótesis porque no explican lo observado
4.-Mantenimiento de una sola hipótesis
5.-Examen de la hipótesis mantenida y de sus implicaciones en cuanto a que dé cuenta de las causas de todos los hechos observados.
6.-Posible ampliación de la hipótesis por la aparición de nuevos hechos que no quedaban clarificados con la formulación original
7.-La hipótesis se convierte en el cuerpo de una teoría si
A)es capaz de describir la realidad de los hechos así como sus causas, tanto de cada uno de ellos como de la globalidad.
B) No se aprecia ninguna contradicción con teorías científicas firmemente establecidas.
C) No presenta fallas lógicas como tautologías o contradicciones internas.
D) Es susceptible de ampliación por aportaciones de otras ciencias
E) No hay contradicciones esenciales para que en el futuro –con el aporte de nuevos conocimientos—no avance hacia el reduccionismo, y se la pueda matematizar.
8.-La teoría se amplía con nuevos conocimientos: herencia, estadística, genética, descubrimientos químicos etc.
9.-La teoría se mantiene incólume en su tarea de descripción de la evolución, aun con los nuevos descubrimientos
10.-En condiciones de laboratorio, la teoría se hace falsable y predictiva.
Así, el crecimiento de la T. De la Evolución por los aportes de la estadística, de la genética, de la química, no han hecho sino fortalecerla y darle, en ciertos aspectos, carácter predictivo. Por ejemplo, como era de esperar, la genética ha confirmado el origen único del ojo; mediante el ensayo de laboratorio, es posible predecir algunos derroteros evolutivos de generaciones de moscas del vinagre… La T.E. es un ente abierto que se nutre y consolida de nuevos experimentos y nuevos saberes, englobándolos.
Así, de poder darse, el experimento se convierte en el poder que valida, hace fuerte y consolida una ciencia. (Las teorías más arduas y recientes de la física, las que se suelen nombrar como ejemplo paradigmático del cambio de rumbo de la física en su método, están sometidas al imperio del experimento. Pueden surgir como extensión de otras teorías bien comprobadas y consolidadas, añadiendo varias hipótesis y prolongando sus implicaciones mediante el aparato matemático, pero al final, como ineludible condición, debe ajustarse al corsé del experimento).
Si la realidad manifiesta es el objeto de la ciencia, todo el saber se halla en la manifestación, que se encargan los científicos de debelar a su entendimiento y, por tanto, todo lo ajeno a la manifestación es entelequia, en ese orden carece de cualquier validez o certeza, siquiera de posibilidad. Luego, en frase de científico: “que sigan los filósofos entreteniéndose con la esencia”.
Desde el punto de vista del científico, la precisión de las formulaciones, el rigor metodológico, la belleza y la grandeza arquitectónica de una idea o una teoría no son sino barcos a la deriva que nunca llegan a ningún puerto si no les guía la brújula de la realidad y carecen del ancla de la observación y el experimento. La confrontación con la realidad es quien sopesa el trabajo científico. No es un sistema “superior” de conocimientos, como dice un contertulio, o un lenguaje meta-científico; es simplemente el mejor sistema de validación de lo real: La pregunta a la realidad mediante un experimento. Pero hay razones para pensar que existe ese sistema meta-científico, aunque su indagación debe ser científica. En esa aparente paradoja se mueve. Me refiero al modo en que adquirimos los conocimientos, por tanto me estoy refiriendo a la mente; por tanto me estoy refiriendo al cerebro: me estoy refiriendo a la investigación científica del cerebro; y, de nuevo, una vez más, el certificado de la realidad de cómo adquirimos los conocimientos de la realidad, lo otorga el experimento: la única forma que nuestro entendimiento entrevé de inquirir respuestas coherentes a la realidad. Podrán haber otras formas de conocimiento, pero el mundo de las ideas, sin inquirir a la realidad, no es de este mundo.
Pero ¡ojo!, entiéndase la metáfora antedicha: que no “sean de este mundo” no quiere decir que no puedan incidir como un vendaval arrebatador en las cuestiones de este mundo. Sólo que no son ideas o teorías científicas. Por ejemplo, el marxismo. La hipótesis de la lucha de clases como motor de la historia no muestra excesivos visos científicos (aunque juro que en el pasado me sacrifiqué por la idea y creí en ella con fe arrebatadora). Tal hipótesis es, en todo caso, un factor de los muchos factores que mueven al comportamiento social, y no creo que sea de los más importantes. Pero es que además se convierte en dogmatismo al negar la influencia y relevancia de otros factores, y además la teoría sólo indaga en ciertas épocas de la historia, aquellas épocas interesadamente significativas para intentar validar la hipótesis. Pero es que además los juicios y las razones están fundamentados en un sistema ético que carece a su vez de fundamentación.
Pero eso no le quita valor social. Pero para hacer ciencia social, las premisas deben vislumbrarse y las razones primeras deben de estar presentes.
Hoy, una teoría mínimamente científica que trate sobre las ciencias sociales debe estar basada en la biología y en la psicología del comportamiento. Por poner un ejemplo, la ciencia económica ve cómo su fundamento, la maximación del beneficio, y su ley, la confrontación entre la oferta y la demanda, describen muy sesgadamente la realidad económica (pues la actitud de los agentes económicos se ve influido por otros factores de un alto grado de complejidad, ligados siempre a comportamientos extra-económicos, a comportamientos que emergen derivativamente de la interacción de las tendencias biológicas innatas y el entorno cultural en que se actúa), y de esa visión surgen nuevas propuestas, nuevas indagaciones, ahí tenemos un muy reciente y valorado estudio experimental realizado en Suiza sobre la dicotomía altruismo/egoísmo aplicado a la economía, o la labor del premio Nobel de economía, Gary S. Becker, que extendió el ámbito de la T. Económica al comportamiento humano. Esa indagación de los comportamientos grupales e individuales, mediante experimentos, bajo la batuta de las teorías sobre las tendencias biológicas, es lo que a mi entender está dotando a la ciencia económica de más y más carácter científico. De esta forma intenta conciliar en su seno las diferentes metodologías que la conforman: por un lado, la metodología propia de su pretendido carácter de ciencia física (matematizada, dotada de una dinámica basada en unas leyes muy simples, capaz de realizar predicciones); por otro lado la metodología experimental y analítica de las ciencias del comportamiento; y por otro más, la metodología nada científica —la intuición basada en la práctica, diría yo—de lidiar factores imprevistos derivados de una complejidad social difícilmente sistematizable, como el rápido e imprevisto proceso de comunicación global, la generación de nuevos modelos de interacción social, las gigantescas repercusiones de la decisión tomada por unas pocas personas (asesores de Bush ), la imposible previsión de la postguerra iraquí …
Es decir, la moderna Teoría Económica plantea científicamente los problemas hasta donde la complejidad permite . Ese camino de conciliación entre ciencias naturales y ciencias sociales (Consilience, según la terminología del sociobiólogo Edward O. Wilson), es la aproximación más cercana –por realista—a la formulación científica de una ciencia social. De esa guisa, toda ciencia, en tanto que con pretensiones de cientificidad, deberá hollar ese camino, acercarse al conocimiento de la realidad del objeto de estudio.
Esa es, a mi modo de ver, la forma posible de analizar la realidad para entenderla; otra cosa es transformar dicha realidad. Para ello no es necesario actuar científicamente; para ello sólo son necesarias: ideas brillantes, fe en ellas, deseo de cambio y capacidad de convencimiento. Tales ideas pueden impactar socialmente porque, en el momento histórico en que se pronuncian, resuenan (en el sentido de acople y concordancia óptimos, el sentido de resonancia de las teorías físicas) como solución a los problemas que acucian a la sociedad. En tal caso, pueden dar lugar a movimientos sociales, culturales o religiosos que pueden perduran cientos o miles de años… o apenas unos meses, dependiendo si la resonancia (concordancia) es temporal o esencial. Ahí tenemos a las religiones para atestiguarlo, o a los movimientos sociales.
No es necesaria la ciencia para conseguir la transformación social, en todo caso, para analizarla. De hecho, contrariamente a la pretensión de la filosofía desde los griegos, los grupos sociales nunca son movidos por la razón (ni los individuos utilizan la razón si no es escasamente y supeditada a los sentimientos) sino por la emoción y otras tendencias innatas. Ahí tenemos a zafios del grado de Hitler, Stalin o Musolini para atestiguarlo.
Así que, en este sentido, en el de la transformación social, de cambiar el mundo, de que restalle una idea pergeñada pensando en el bien de la humanidad, no son inútiles las ideas, aunque no “beban” de la realidad tangible; más bien, lo que adquiere en tales circunstancias un halo de inutilidad es la posible formulación científica de la idea. Naturalmente que, cuanto mayor conocimiento se tenga de la realidad social y de las bases biológicas del comportamiento humano –para lo cual es necesario analizar científicamente—más realistas serán las ideas formuladas, y más previsoras serán, en cuanto a adecuar los resultados a conseguir con los deseos íntimos de los individuos. Aunque, bien es cierto, que una formulación relista puede privar a la idea de su carga emocional y diluirla como un azucarillo. La sociedad se mueve por utopías más que por propuestas realistas.
Entonces, por qué hoy el humanismo socialista de un Marcuse o un Erich Fromm carece de predicamento social?… Su proyecto de felicidad humana contiene un análisis riguroso de los deseos del hombre y de los poderes que le alienan y le impiden expresar libremente su naturaleza (libertad en el sentido de autonomía). Pero tengo que objetar: “sería hermoso que el ser humano fuese así”, tal como lo describen los autores citados, dotado del suficiente razocinio para la autonomía individual y social, lanzado por naturaleza al bien común mientras busca su felicidad… Pero el ser humano, en lo básico, es una máquina celular pergeñada para sobrevivir a través de la reproducción, con una plasticidad neuronal que da respuestas variables en situaciones cambiantes. Es ser humano no es ni bueno ni malo, es una máquina biológica. Así que lo que en mayo del 68 resonó como respuesta a un ambiente social, a unas inquietudes y anhelos, hoy pasa inadvertido porque el ambiente social es otro, otras las inquietudes, otros los anhelos, otra alineación… aunque por debajo sigan latiendo las mismas emociones y tendencias primarias, pero la respuesta de la máquina es otra porque otro es el ambiente en que se desenvuelve.
Ahora bien, digo que somos máquinas pero de la máquina emerge, a otro nivel, la consciencia que nos crea humanos, y todo lo que diga la ciencia, todo conocimiento científico queda en segundo término, queda relegado por la prominencia de lo humano. A esa prominencia se debe supeditar cualquier labor. Desde esa atalaya, es entonces necesario preguntarse ¿Qué pueden hacer la ciencia y la filosofía en aras de la humanidad? Bueno, la ciencia ya ha hecho que vivamos más rodeados de comodidades, pero me refiero a la búsqueda de soluciones. Claro, el problema es inmenso. Prefigurar la felicidad como meta a alcanzar, no es decir gran cosa. La idea de felicidad es dispar, como todo individuo, y nunca se logra con el deseo proyectado cuando éste se logra; es una idea, no un estado, una entelequia. Debemos prefigurar estados. Alguna propuesta existe que habla de dar rienda suelta a la naturaleza humana, pero eso sería lanzarnos a la vorágine de la depredación. ¿En qué apoyarse?, ¿qué atisbos ha vislumbrado la humanidad? Una propuesta ya antigua es la de la dignidad humana. Clásicamente se ha formulado con carácter de “título al portador” por el mero hecho de ser humano. Yo la reformularía –mirando a la biología del comportamiento y mirando de fundamentar en la naturaleza humana—como un título que conviene a la sociedad humana otorgar a todos los miembros de la especie. Me explico. En las raíces biológicas tenemos arraigado un comportamiento basado en la reciprocidad. Cuando sentimos que falta ésta, deviene el sentimiento de injusticia, generador de venganzas, conflictos y malestar social. El título de dignidad humana viene a asegurar –aunque esté desarrollado en un bajo nivel—el carácter de reciprocidad. Es un título que, surgido en origen en la tribu, pasó a la nación, a la raza y a la especie. Es un título que beneficia a toda la humanidad optimizando la convivencia; un factor esencial en la resolución de conflictos. De ese título de dignidad, con sus derechos adheridos como prolongación del carácter de reciprocidad, se derivan la igualdad ante la ley, el derecho internacional, la misma democracia, la humanidad como una única comunidad… (Por la misma razón del título, las religiones existentes –no la religión per se—atentan contra la dignidad humana al proclamar dictados de salvación privativos, derechos privativos… ¡no digamos ya cuando la misma religión lleva implícito la denegación de ciertos derechos a una parte de su mismo grupo como puede ser la mujer, tal como sucede en el Islam!).
¿Podemos (¿debemos?) prolongar más allá las implicaciones de la reciprocidad de la dignidad humana en las formas de organización social? ¿Podemos, con el título de la dignidad humana, decir algo del nacionalismo, de las religiones, del sistema económico? Evidentemente que sí; sería bueno para la humanidad que la dignidad humana prevaleciera en todos los asuntos que tengan que ver con las formas de organización; pero ¡atención! , ¡cuidado con la excesiva intervención, reglamentación, redención!, porque pretendiendo salvar al ser humano, acaban esclavizándolo. Temo que los factores emocionales, las tendencias oscuras (y a la vez las ideas, creencias y costumbres imbricadas en ellas) no se pueden abolir por decreto. Al nacionalismo excluyente y obsesivo se le debe combatir, pero no prohibir; uniformar siempre crea perjuicios. Se acabaría esclavizando al ciudadano al pretender otorgarle (imponerle) los valores que creemos que le harían feliz (tentación generalizada en la izquierda, con su deseo uniformador, con la sospecha de que el ciudadano es menor de edad y hay que enseñarle a vivir. Creo que una de las labores más “nobles”, más “humanas” que podría proponer un proyecto social, una vez asistidos por las formas políticas, culturales y económicas derivadas de la dignidad humana, sería la de ayudar a conseguir la autonomía individual ( enseñar a pensar, a sentir, a ser libres con toda la carga que ello implica) y propiciar el respeto al individuo y a sus personales modos de agruparse con otros individuos, porque, desgraciadamente, el estado “protector” va engulléndonos en sus fauces demoledoras; pisoteándonos individualmente.
Es decir, una nueva teoría social no puede pretender conseguir un modelo único para todas las formas de organización, para todas las formas culturales, no puede emitir unas reglas éticas uniformadas. Una nueva teoría social debe contemplar –y muy principalmente—lo “oscuro” de la condición humana, las raíces biológicas que nos zarandean y nos atan. Y una teoría social no puede ser intemporal, sino que debe dar cuenta de que el comportamiento humano se mueve en un tiempo cultural, político, económico… e interacciona con él lanzando a la palestra novedosas formas de organizarse, novedosos deseos, novedosas metas.
Así que, volviendo a la pregunta, ¿qué pueden hacer la ciencia y la filosofía en el tema social, en lo humano?, me aparece la imagen de la Consilience de Wilson. La cooperación entre los conocimientos y formas de conocimiento de la filosofía: la lógica, los sistemas de eticidad, la práctica en la destilación de los procesos de pensamiento, los saberes del mundo de las ideas… con el análisis científico, la metodología exploratoria de la realidad, los conocimientos biológicos del ser humano…
Porque la labor en que parece encaminada ahora la filosofía, la de “observar al observador” me parece un desatino conceptual. Esa labor, que ha de indagar doblemente en la realidad, sólo es posible hacerla desde la ciencia. En todo caso, lo que me parece paradigma de la esterilidad en la filosofía, es esa labor tan conspicua de mera clasificación –y déficit de conceptualización—en “ismos”: positivismo, postmodernismo, materialismo, empirismo… Creo que otras muchas labores ―además de la clasificatoria― más fructíferas, son posibles y deseables. Una de ellas, ya la he nombrado, la de Concíliense, la de reunión y conciliación de saberes; aunque, bien es verdad, que esta tarea exige penetrar en el conocimiento de las ciencias, saber de sus íntimas particularidades, destilar la esencia de esos saberes; labor a la que ahora parecen enfrentados pocos filósofos debido a su dificultad (pero no pocos científicos). Otra labor sería, en proyecto y cooperación con la biología, ese nuevo proyecto social, esa nueva ética fundamentada en raíces biológicas. Y otra labor sería la de germen de ideas de transformación social. Lacan, Derriga y sus seguidores, que se dediquen a criar gamusinos.

 

La mala luz (autor: Carlos Castán)

la-mala-luz

El libro que recomiendo se titula La mala luz, y su autor es Carlos Castán, un escritor oscense por tradición familiar, aunque quizá no por vocación personal, pues él se considera ciudadano del mundo, siendo Madrid  su arcadia juvenil ―en donde vivió alojado en los aledaños malditos de la movida, Barcelona su referencia perdida, y viva en Zaragoza. Ha publicado Frío de vivir (1997), Museo de la soledad (2000), Sólo de lo perdido (2008), Polvo en el Neón (2013), y la novela que recomiendo, La mala luz (2013), de Ediciones Destino. El lenguaje en la novela es fluido, sus perfectas frases se enhebran resonantemente a los sentimientos del lector, construyendo tejidos de soledades, añoranzas, melancolías y desesperanzas. Existe una tenue trama que es una excusa pero que focaliza y fija la atención y que se resuelve magníficamente en las últimas páginas. Se habla en la novela de literatura y de literatos malditos, y se habla del dolor y del gozo, pero, sobre todo, se habla de una pegajosa impregnación en el protagonista, hecha del lastre de los momentos vividos. Y desde esos momentos, como hitos, se despliega un territorio de sentimientos enmarcados en el sinsentido final de las cosas y los hechos. El «yo» que quedó varado en la infancia ―la única patria de los individuos―, el paulatino despedazamiento del cordón umbilical que ata al protagonista a la madre, a su infancia, a sus vivencias, a la vez que le hacen perder su asidero, lo dejan inánime, desvencijado por dentro, amarrado a un presente hecho de meras evocaciones. Pero el asesinato del amigo lo empuja a indagar esa muerte, y, en cierto modo lo anima, le da alguna esperanza, algún sosiego, algún disfrute…, aunque «Vendrán un día los investigadores y deducirán que pretendí alejarme de todo pero no acerté a encontrar las puertas de una catedral vacía en la que estaba encerrado. Conocerán que me agoté de gritar para escuchar como repuesta sólo mi propio eco bajo las cúpulas. Sabrán que me venció el cansancio, sabrán que no supe qué hacer con todo mi terror y también que necesité la muerte de mi amigo para poder contemplarme por primera vez. Vendrán un día los investigadores y sabrán de esta oscuridad, de cómo se enreda en las grietas del cerebro el deseo y la sangre, la seda y los puñales. Y verán que quise amar y no supe cómo, y que lloré por eso, y que paseé sin rumbo kilómetros y kilómetros las tardes de mi vida sin encontrar nada porque nada había en las calles ni en los árboles ni entre los árboles que no manchara el miedo que segregan mis sesos».

Alrededor de la inteligencia (III)

Howard Gadner define la inteligencia como «el potencial psicobiológico para resolver problemas y para generar resultados que sean apreciados, al menos en un determinado contexto cultural»; definición más abstracta pero que abarca más funcionalidades. Gadner señala nueve aptitudes o habilidades constituyentes de la inteligencia: la aptitud lingüística, la lógico-matemática, la musical, la espacial, la corporal-cinética, la interpersonal (la aptitud o habilidad de interpretar el estado de ánimo y las emociones de los demás, aptitud que Daniel Goleman popularizó como «inteligencia emocional»), la intrapersonal (capacidad para acceder a los propios sentimientos), la aptitud del naturalista que realiza  reconocimientos y categorizaciones, y la aptitud existencial (capacidad o aptitud para preguntarse por la existencia, la vida y la muerte).

Ahora bien, teniendo presentes las nueve aptitudes que ofrece Gadner es fácil deducir que no pueden abarcar todo el espectro de lo que entendemos por inteligencia, dejan de lado funcionalidades a tener en cuenta para la resolución de ciertos problemas, por ejemplo, para ser feliz, o para el disimulo o el engaño; y, de atenernos a la definición,  ésta resulta tan general que carece de eficacia: no describe, no delimita, no profundiza,  no posibilita el escrutar.

De hecho,  puestos a desglosar o factorizar las capacidades o aptitudes de que  disponemos para resolver cualquier problema que se presente, sea del tipo que sea, tiene más enjundia quedarnos con los 120 factores (que posteriormente amplió a 150) que engloban el concepto inteligencia según Joy P. Guilford en los años sesenta. La verdad es que tienen sentido: atienden a la diversa funcionalidad de los mecanismos mentales para resolver problemas y situaciones en cada contexto determinado. Además, esta multifuncionalidad intelectiva da cuenta del hecho de que algunas personas destaquen en algunas capacidades y sean absolutamente negados en otras. Claro, esos mecanismos mentales antedichos se rigen por el funcionamiento de las distintas redes neuronales que les configuran, así que, obviamente, del buen funcionamiento de una determinada red, de la adecuada operatividad de un determinado mecanismo, no se deduce que otras redes o mecanismos mentales tengan que funcionar tan adecuadamente, así que consintamos en que existen múltiples «inteligencias» para múltiples tareas diferentes.

Dicho lo dicho, creo que resulta adecuada la siguiente definición de inteligencia (en sentido de capacidades, aptitudes o habilidades): «Es la capacidad de captar relaciones complejas, de percibir la conveniencia personal adecuada a una situación, contexto o problema, y de conseguir resolver provechosamente las acciones encaminadas a la consecución de la conveniencia percibida».

Como se puede entrever, la definición remite a tres tipos de procesamientos distintos, y en estos no participa solamente lo cognitivo, sino que en todos ellos toman parte, además, lo emocional y lo instintivo; lo cual concuerda con el funcionamiento cerebral, en cada uno de cuyos mecanismos se solapan e imbrican redes que gobiernan principalmente lo irracional, y redes cuya acción principal se desarrolla en el teatro de la conciencia.

Alrededor de la inteligencia (II)

Hace algunos años leí en una prestigiosa revista de divulgación científica una gran boutade acerca de la inteligencia y del C.I.,  dicha por un catedrático de psicología de una Universidad catalana: «Con el test del C.I. no sabemos bien qué medimos, ¡¡¡pero lo medimos con toda exactitud!!!»

Sir Francis Galton, primo de Charles Darwin, fue el primero que intentó medir la inteligencia humana, pero quien ganó respaldo científico con tal intento fue el psicólogo francés Alfred Binet, que en 1905 presentó una prueba de inteligencia que trataba de medir la comprensión del vocabulario, así como de situaciones y de relaciones verbales que eran en aquel entonces consideradas pilares del raciocinio; y con tales mediciones  pronto se demostró que se podían establecer predicciones fiables de los rendimientos escolares de los alumnos. Variantes de aquella primera prueba se siguen utilizando hoy en día para adultos e infantes, aunque poniendo más peso en aspectos lógicos y en orientación espacial. Sus defensores afirman que muestra una correlación bien explícita con el posterior éxito social, no solo con el académico. Pero muchas son las opiniones en contra. Lo que evalúa esencial mente es la capacidad lingüística y la analítica, pero no aporta datos significativos acerca de la creatividad del sujeto ni de sus saberes prácticos ni de sus aptitudes para la interacción social o para afrontar riesgos. De hecho, la correlación señalada sólo se produce en las sociedades que demandan con preferencia esas capacidades lingüísticas y analíticas que mide el test del C.I., sociedades como la estadounidense o la europea desde la Primera Guerra Mundial hasta fechas relativamente cercanas, sociedades en donde el progreso económico se basaba en el crecimiento industrial sin que el factor innovador poseyese significativa importancia. Pero tal correlación entre lo medido por el test y el nivel posterior de éxito social falla en la sociedad actual de la globalización, en donde se demanda creatividad y capacidad para tomar decisiones críticas. Hoy en día, el poseedor de un alto C.I. puede estar sentado 10 o 12 horas frente a un ordenador, con un salario bajo,  mientras que el mánager que tiene capacidad para conseguir clientes o el emprendedor que se mueve como pez en el agua en el mundo de los negocios, o el creativo que percibe fácilmente abstracciones, destacan sobre el primero en ganancias y éxito social. El que el poseedor de unas aptitudes  obtenga o no éxito social dependerá de una manera especial de que en la sociedad considerada se haga una demanda grande de ellas. Vayámonos al extremo de considerar la sociedad de los narcos mejicanos, con más de un millón de asalariados en nómina: las aptitudes demandadas, las que conducen al «éxito social» son el coraje, la sangre fría, la falta de escrúpulos, la astucia, la crueldad…, y sus poseedores son quienes «triunfan». Así que el C.I. predice con bastante acierto el rendimiento académico de un alumno, pero no el futuro rango social; y tal hecho ocurre porque académicamente son relevantes las aptitudes que mide el C.I., en otro caso tampoco sería cierto.

Claro que, como la tradición arrastra consigo una enorme masa inercial de profesionales del asunto, en este caso psicólogos que utilizan profusamente el test del C.I., de cuando en cuando hay que revitalizar la muestra que se pretende «vender» para que todo siga igual, así que en 1994, el psicólogo Richard J. Herrnstein publicó The Bell Curve, en donde recalca que existe una única inteligencia general a la que se conoce como «g», y que se refleja en el C.I. En esencia, el mantenimiento, pero presentándolo como si se hubiera descubierto y aislado un principio vital denominado «g».

El problema, tal como se expresa manifiestamente en la boutade del primer párrafo, es la falta de acuerdo en definir la inteligencia. Así que, bien mirado, todo resulta ser una boutade enorme: mientras no sepamos exactamente a qué cosa llamamos inteligencia, ¿cómo vamos a medirla?

Alrededor de la inteligencia (I)

La capacidad intelectiva no es el factor dominante en la carrera por  el éxito social; el caso hiriente de los políticos,  de muchos empresarios, de presidentes de clubes  de fútbol, de sindicalistas… lo pone claramente de manifiesto.

La inteligencia ha tenido siempre buena prensa, pero, ¿repercute favorablemente en el éxito social o cuanto menos en el bienestar personal? En relación al éxito social tenemos el ejemplo de muchos artistas, científicos y filósofos que obtuvieron admiración y un alto rango social gracias a su especial «genio», lo que no es en absoluto sinónimo de inteligencia, aunque nunca han sido tantos como pudiera parecer; en cualquier caso, en cuanto al bienestar personal, la inteligencia no resulta de ninguna manera favorecedora. Modernamente se ha llegado a correlacionar el «genio» con la neurosis, con la esquizofrenia, con la epilepsia, con la bipolaridad, con la depresión, y, desde luego, parece clara su relación con el desequilibrio mental, y firmemente establecido el escaso bienestar personal de los poseedores de «genio». La inteligencia parece reñida con la felicidad.

Borges, uno de los hombres con mayor capacidad mental y creatividad que «conozco», fue seguramente una de las personas más desgraciadas que han existido. Marcel Proust, otro genio similar, que escribió los siete volúmenes de su monumental obra En Busca del Tiempo Perdido, tendido en la cama, sin ánimo para enfrentarse a la vida,  hizo gala mientras vivió de un carácter nervioso que le impedía ser feliz. Wienner, un niño prodigio y uno de los mayores genios del siglo XX, contaba siempre la infelicidad de su infancia. Newton, con un carácter tan introvertido que actualmente es considerado como autista, unió a su gran talento para la física y las matemáticas un carácter agrio, rencoroso, y una especial incapacidad para relacionarse amistosamente con nadie. Así que, ¿es una bicoca ser un genio? El inteligente se retrae hacia el pensamiento, carece de las armas para dar empujones, es presa fácil del mediocre, que ha desarrollado más las armas de la competitividad y la astucia.

En 1905 Cesare Lombroso publicó El hombre de genio, proporcionando un listado de ellos en atención a categorías varias: baja estatura, deformidades, cabeza deformada, frente huidiza, hidrocéfalos, tartamudos, vagabundos… Llegó a la conclusión de que todos los genios se han diferenciado grandemente tanto de su padre como de su madre, y que pocos habían dejado huella genética, pues la mayoría habían sido solteros o no tuvieron descendencia (y la desgracia de la soledad confirmaría una vida desgraciada); y, por fin, de los que conservaron a sus progenitores, estos les infundieron desde la infancia una educación abrumadora que les robó cualquier atisbo de felicidad en esos años. Otro autor, Havelock Ellis, publicó en 1904, A Study of British Genius, hallando que la edad promedio de los padres de las «criaturas» era de 36 años. También encontró que en un número elevado de casos uno de los progenitores del genio había muerto al poco de nacer éste. Catherine Morris Cox publicó en 1926 la obra The Early Mental Traits o Three Hundred Geniuses, en donde clasificó a los genios en categorías de acuerdo a su supuesto cociente intelectual. En la categoría correspondiente al CI comprendido entre 100 y 110 colocó a Cervantes, Copérnico y Faraday, mientras que a John Stuart Mill lo colocó en la cima, con un CI comprendido entre 1909 y 200.

En fin, ¿es una bicoca ser inteligente? Muy probablemente la capacidad intelectual esté a la greña con la capacidad para ser feliz, como si el buen funcionamiento de una parte del cerebro actuase en detrimento del buen funcionamiento de la otra parte. Tal vez podamos concluir de todo lo expuesto que la genialidad no conlleva la felicidad sino al contrario, y que las circunstancias resultan más primordiales para la creación del genio que los genes. Por último, Cervantes, con un CI de 100 escribió El Quijote, para qué queremos más.