CATALUÑA, ¿DERECHO A DECIDIR?

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¿Es el “derecho a decidir  algo más que un eslogan? Me estoy refiriendo al derecho a decidir alegado por el independentismo catalán como argumento principal de sus reivindicaciones:  la celebración de un referéndum –restringido a los ciudadanos catalanes—cuyo hipotético resultado favorable sería vinculante y forzaría su separación del resto de España. Digámoslo de otra forma: ¿contiene tal derecho sustancia  argumental, o se trata solo de palabras fetiche que una ideología desquiciada dicta como fantasía delirante a una generación adoctrinada hasta la médula, a una generación que ha tomado la lucha por la independencia como un motivo para la épica, para sentir una emoción de la que ha carecido por completo a lo largo de su vida? Sea lo que sea, sustancia argumentativa o mero eslogan –lo cual trataré de dilucidar—lo cierto es que ha mostrado gran eficacia en su propósito.

Muchos eslóganes compuestos de palabras fetiche han sido lanzados –desde ese histérico programa de lograr la independencia contra viento y marea—para uso y alucinación de las masas juveniles catalanas adoctrinadas: España nos roba, libertad para Cataluña, etc. Téngase en cuenta que de aquella disyuntiva en que se debatía Apollinaire, el orden o la aventura, la juventud siempre elije esta última, y, careciendo de necesidades básicas, sin emociones reseñables en su vida y en la seguridad de salir indemnes de cualquier algarada, les resulta placentero hacer la aventura revolucionaria.

Pero tales eslóganes, con su referencia a las palabras fetiche, libertad y patria, han desatado históricamente las emociones de descerebrados de toda índole. El recurso a utilizarlas es antiguo, no ha habido dictadura en el mundo que no la haya empleado: los bolcheviques decían luchar por la libertad, Hitler, Maduro, los Castro en Cuba, son otros grandes “libertadores” de la patria. La libertad la ensalzan a menudo quienes pretenden acabar con ella.

En referencia al título, hemos de dilucidar quién tiene derecho a decidir sobre qué poder público ostenta la soberanía en Cataluña.  Veámoslo del siguiente modo: que viviendo en una comunidad social y política consolidada, una parte de ésta –un restringido “nosotros”—, tenga todo el derecho a decidir sobre aquello que es suyo con carácter exclusivo y sin cargas (siempre y cuando tal decisión no afecte al resto de la comunidad en alguno de sus derechos) parece fuera de toda duda.  También lo parece el derecho a que se restituya a sus antiguos propietarios aquello que les ha sido arrebatado previamente de modo ilegal o por la fuerza. Bien…, el independentismo quiere apoyar la sonoridad democrática que desde luego tiene el “derecho a decidir”, con hacer ver que se cumplen los dos supuestos mentados, un derecho exclusivo de los catalanes para poseer, y un derecho a que se les restituya una soberanía territorial que les fue usurpada –dicen ellos—hace ahora tres siglos. Pero, ¿Se encuentra Cataluña en alguno de estos supuestos?¿Poseen los que viven en Cataluña derechos exclusivos sobre este territorio y sobre todo cuanto le atañe? Vayamos por partes.

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Tradicionalmente se ha reconocido el derecho de restitución de soberanía a aquella población que la ha poseído de forma continuada a lo largo de la historia y que le ha sido arrebatada por la fuerza en fechas relativamente cercanas. Esa es la razón por la que la ONU, en ese sentido, dictaminó a favor del derecho a decidir sobre la soberanía de las antiguas colonias y protectorados de los imperios europeos de los siglos XIX y XX. Sin embargo, Cataluña no ha tenido jamás en su historia entidad como nación (si bien es cierto que el concepto “nación” cobra el significado que tiene hoy en día a partir de la época napoleónica), ni siquiera soberanía propia. Cataluña formó parte de la llamada Marca Hispánica, que dependía de los monarcas carolingios, y que estaba constituida por condados. Más adelante pasó a depender de la Corona de Aragón, y entró a formar parte de España con los Reyes Católicos en 1479. La paranoia de que Cataluña perdió su soberanía tras la Guerra de Sucesión española, en 1713, no la sostiene ningún historiador serio. De hecho, hubo en Cataluña partidarios de los dos bandos, del bando de Felipe de Borbón y del bando del Archiduque Carlos de Austria, y todos ellos luchaban por España en nombre del rey, y con especial énfasis Rafael Casanova, a quien el independentismo catalán rinde, extrañamente, singular pleitesía.

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Si retrocedemos aún más en el tiempo, tampoco fue el territorio que hoy llamamos Cataluña una entidad separada;  desde los tiempos de Roma se reconoce una unidad geográfica y de caracteres comunes que se llamó Hispania. Así se pone también de manifiesto por la participación de los reinos de Navarra, Castilla, León y Aragón (en el cual estaban integrados los condados catalanes) en la batalla de las Navas de Tolosa contra los almohades musulmanes. Otro signo de unidad territorial es que, de manera explícita los titulares de esos reinos acuden a rendir pleitesía a Alfonso VI de Castilla-León cuando en 1077 adopta el título de Emperador de toda España.

Faltándole razones históricas, el independentismo hace recaer la alegación de exclusividad en una supuesta identidad catalana basada en la yuxtaposición de un territorio, una lengua y (en el fuero interno de muchos de sus dirigentes) una raza.

Pero, ¿existe tal yuxtaposición?, y, en caso de que así fuere, ¿denotaría derechos de exclusividad?

Las razones de identidad por territorio, raza y lengua,  ensalzadas por todos los nacionalismos excluyentes –entre ellos los de corte fascista y el mismo nazismo alemán— han sido reforzadas en los últimos cuarenta años de la mano del antiguo presidente de la Generalitat catalana,  Jordi Pujol con el propósito de presentarlas como certificado de legitimidad de los derechos que se alegan.  Para ese propósito, la historia ha sido tergiversada hasta extremos esperpénticos[1]: se han reformado los mapas, haciendo aparecer de la nada histórica una nueva entidad que denominan “Països catalans” (países catalanes), en los que se incluyen las Islas Baleares, la Autonomía valenciana y parte de los territorios de la actual Aragón. En cuanto a la lengua, habiéndose hablado hasta nuestros días de forma muy mayoritaria el castellano, se ha querido suprimir esa lengua común mediante una educación y una enseñanza impartidas exclusivamente en catalán. En cuanto a la raza, aunque defender en nuestros días una singularidad racial no resulta políticamente conveniente, muchos adalides del  independentismo[2] no han podido evitar manifestarse con desprecio hacia los ciudadanos de otras regiones españolas[3] o hacia los inmigrantes provenientes del resto de España que han recalado en Cataluña, o incluso hacia los que meramente hablan en castellano, tildándoles de bestias[4].

Así que el independentismo catalán ha querido forzar  una imagen de Cataluña –con mano de hierro y con una política de acoso que nada envidia a la practicada en los regímenes fascistas—en la que se yuxtapondrían idealmente tres factores, el territorial, el lingüístico y el racista o supremacista. Todo ello con el ánimo de presentar derechos de exclusividad. Pero, como he mostrado, tal imagen no se encuentra en la Cataluña real sino en las mentes calenturientas de los independentistas, aunque en esa labor fraudulenta se hayan empleado con denuedo los medios de comunicación y los responsables de Educación catalana durante los últimos cuarenta años.

Ese intento de falsificar la realidad del bilingüismo y de la cultura de raíz española reinantes en Cataluña se ha llevado a cabo mediante un sistema de adoctrinamiento grandioso que ni siquiera Hitler o Stalin pudieron llevar a cabo con la extensión e intensidad con que ha sido llevado a cabo en Cataluña. Nada puede resultar más falso que la identificación de una población con una lengua donde más del 75% de los apellidos son no catalanes y donde el castellano es la lengua materna mayoritaria. El desprecio hacia esta mayoría castellano parlante (y hacia los que presentan apellidos no catalanes[5]) es quien funda el nacionalismo catalán.

Así que no les asiste la historia en su empeño, pues su pertenencia a España lleva siglos bien consolidada, ni nunca se les ha arrebatado una soberanía plena –que  nunca han tenido con la amplitud de la de ahora—ni  su pretensión de unidad territorial, lingüística o de raza presenta realidad alguna.

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Así que, en verdad, lo que se pretende con el derecho a decidir—mero eslogan falsario, como se ha podido ver, sin argumentos de verdad que lo respalden—es quitar los derechos que les asisten a los demás españoles a decidir sobre Cataluña y considerarse en ella como en su tierra; lo que pretende es arrogarse el derecho de negar al resto de la comunidad “España” su derecho sobre una parte de su territorio; es conculcar los derechos de los demás. Es más, asevera el ala más radical del independentismo que solo son catalanes aquellos que hablan catalán y quieren la independencia de Cataluña[6].  Es decir, su derecho a decidir, es un atentado contra la esencia misma de la democracia, la que señala que Sobre lo que es de todos han de decidir todos.

Pretenden estos independentistas que su “nosotros” particular ostenta derecho exclusivo para decidir y para apropiarse de un territorio que es de todos. Esa pretensión es semejante a la de quien tras haber participado en construir con otros una casa en común quiere ahora quedarse con la planta baja, la que se presta a poner un negocio y la que sirve de entrada a las habitaciones de los demás. Porque sus puertos, sus industrias, sus comunicaciones ferroviarias, sus autopistas y su red sanitaria han sido construidas con el esfuerzo de todos los españoles. A esos independentistas no les importa siquiera que la mitad de la población vaya contra el proyecto de segregación. El derecho a decidir, como los demás eslóganes que emplean y como su mismo programa, no son otra cosa que engaños destinados a adoctrinar a la población con el propósito de ocultar la corrupción extrema reinante entre los que ahora son los dirigentes del independentismo; una huida hacia adelante que puede destruir España y provocar enconos de difícil reparación, tal como sucede ya en la mayoría de las familias catalanas. Acerca de lo que es de todos los españoles han de decidir todos los españoles.

[1] Sirvan como ejemplo los intentos burdos del Institut Nova Història de catalanizar a Santa Teresa, Colón, Hernán Cortés, Ignacio de Loyola, Leonardo da Vinci, Erasmo, El Bosco, Cervantes y El Quijote. Las teorías de los Bilbeny, Cucurull y compañía reciben, desde hace años, jugosas subvenciones y premios de entes nacionalistas y el apoyo público de políticos como Pujol, Rull o Carod-Rovira.

[2] Excepto para los chiflados miembros de la Nova Història

[3] Es muy conocido el desprecio de Pujol hacia los andaluces.Oriol Junqueras, habla incluso del ADN diferencial.

[4] Como se atrevió a decir el actual presidente de Cataluña, el señor Torras

[5] El que solo existan apenas un 15% de apellidos no catalanes entre los altos cargos de la administración da idea de la raíz de las reivindicaciones.

[6] No ponen la exigencia de poseer apellidos catalanes porque su número sería irrisorio.

LOS NUEVOS CONVERSOS

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Se denomina converso a aquel que ha adoptado nuevas creencias políticas o religiosas aborreciendo las que tenía previamente. Así lo proclaman los diccionarios, pero la cosa tiene más miga de lo que aparenta, y me atrevo a decir que hablar de creencias resulta presuntuoso en los más de los casos. Alego tal reparo porque la conversión siempre tiene mucho más de tránsito sentimental que de tránsito ideológico. Pero ya se pondrá en claro el asunto.

Lo que llama la atención en el nuevo converso es su radicalización, y a tal proceso dedico este escrito. Vemos al diputado de Congreso, el tal Rufián, que se enfrenta a sus ancestros y a su lengua materna y a sus compañeros de la infancia y se enfrenta a toda España, con una arrogancia y agresividad amenazantes y chulescas. Recordemos también que el Gran Inquisidor Torquemada era un judío converso. Y no debemos olvidar que las filas de esos radicales nacionalistas de la CUP que han paralizado la Universidad catalana durante meses están repletas de jóvenes cuya lengua materna y sus apellidos y sus amistades son de raíz castellana.

Voy a pasar a otro tipo de conversos, los que se hacen musulmanes, pues de ellos se poseen más datos en países como el Reino Unido o Norteamérica, ya que aquí en España lo políticamente correcto es una mordaza que impide que datos de ese tipo se publiquen. En esos dos países se ha puesto en evidencia que los musulmanes más radicalizados son los de reciente conversión. En el RU los conversos son un 4% del total de musulmanes pero representan un 12% de yihadistas de nacionalidad británica. En EEUU un 20% del total de musulmanes se crió en otra religión, pero un 40% de ellos fueron alguna vez arrestados bajo la sospecha de haber sido reclutados por el IS. En Francia, Alemania y Holanda resulta cuatro veces más probable que los nuevos conversos se alisten en la Yihad que los musulmanes que se criaron en esa religión.

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Los psicólogos sociales siguen debatiendo las causas de esta radicalidad del converso. Yo voy a ofrecer mi versión del proceso que tiene lugar.

Partamos del hecho ampliamente constatado de que el nuevo converso se sentía previamente “erradicado” de su ambiente social, desvinculado. El Rufián mentado tiene a gala contar que fue a raíz de su entrada en un Instituto de Educación en el que la lengua catalana dominaba con imperio, que sus mimbres nacionalistas se tejieron. Muchas de las conversiones al Islam ocurren en prisión, lugar de desamparo donde los haya; o en ambientes degradados socialmente de los que el individuo quiere escapar. En tales ambientes el sujeto se carga de resentimiento y odio, se hace antisistema, contracultural, y si un grupo que le brinde cierto cobijo llama a su puerta, la abrirá de par en par.

Para el neófito el grupo de acogida es un seno materno que le ofrece comunión y hermandad; el grupo lo “radica”, le otorga credenciales nuevas. La entrada viene a ser para él un rito purificador, tal como la inmersión de los seguidores de Juan Bautista en el río Jordán, es decir, el neófito se siente purificado, limpio de los estigmas y máculas que previamente arrastraba consigo.

Y lo que es igualmente importante, el sujeto siente que su odio y su resentimiento están justificados, ya que el grupo le presenta a un enemigo a quien hace responsable de todos los males que el neófito padecía y contra quien encauza y vierte sus odios. España es tu enemigo, Occidente es tu enemigo, es el culpable de todos tus males, le dicen severamente al neófito nacionalista catalán o al neófito islamista, y acompañan lo dicho con una palmadita de amparo y afecto en la espalda. De ese modo el aspirante a converso vence todas las prevenciones que tenía contra la doctrina que impera en el grupo de acogida. Entra en el redil agradecido y purificado.

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El siguiente paso consiste en introducir en el horizonte imaginativo del sujeto un paraíso de redención: una quimérica Ítaca en los casos del independentismo vasco o catalán, el paraíso socialista por venir en el caso del comunismo, o un placentero y eterno paraíso repleto de huríes en el caso musulmán. Tal ilusión amortigua en el converso el impacto de la sangrante realidad en que vive, y le infunde la esperanza de una felicidad venidera sin tasa.

Por último, la explicación del hecho de su radicalidad. Es el más sencillo de explicar: el nuevo converso debe ofrecer muestras fehacientes de que se consagra a su nueva fe poniéndose en la vanguardia reivindicativa. Quienes sigan las vicisitudes de las bandas callejeras latinas en ciertos países de Sudamérica o en los EEUU, o quienes, al menos, hayan visto series televisivas sobre el tema, saben que el pacto de entrada en la banda ha de sellarse con un acto de violencia o de sangre. Solo de esa manera se le considera al neófito parte del grupo, solo de esa manera se eliminan las suspicacias de los miembros más antiguos. Así se explica que los nuevos conversos musulmanes sean los más propensos a engrosar las filas de la Yihad; y se explica que se señale a los charnegos como los más agresivos en las filas del independentismo. El converso debe afianzar sus nuevas señas de identidad con un acto de agresión al enemigo. Debe hacer visible a los ojos de los demás que encauza contra él su odio.

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Asuntos personales y asuntos mundanos

 

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*—Fíjate bien: aquel que odia la excelencia y el mérito es un mediocre carcomido por la envidia.

*—La nueva diosa que dirige el navegar moral de Occidente, “el sentimiento”. El sentir por encima de toda razón y de toda conveniencia. Existe una pléyade de sacerdotes totalitarios del sentir.

*—-Los medios infunden en las gentes creencias y sentimientos y secuestran la razón. Como nunca anteriormente, ésta es una época en que la razón está abducida. Los continuos mensajes lanzados por los medios, que tienen la misión de desinformar a la audiencia y obnubilar la razón, refuerzan cada día los grilletes con que ésta se encuentra maniatada.

*—Los humanos necesitamos un horizonte, necesitamos un proyecto de futuro que nos aporte esperanza e ilusión, que nos revitalice a diario. Quien no sea capaz de crearlo como individuo, pronto se verá sometido a la ilusión del rebaño, y concebirá el paraíso en hacer caer a los que están por encima de él y en tener el pesebre lleno.

*—El rebaño siempre da su sí a toda ocurrencia del maestro/rabadán que con voz grave sea anunciada como verdad.

*—De la ignorancia de la filosofía acerca de las pasiones humanas se deriva el que se ocupe en divagar sobre asuntos etéreos de todo género. Si se escruta en los grandes problemas que ocupan a los filósofos, no aparece por ningún lado el que debería ser el más importante de todos: ¿a qué complejas entidades obedece la conducta humana?

*—¿Qué es el rito?: un intento de penetrar mágicamente en las entrañas del Universo con el fin de participar de sus esencias.

*—En mucha gente el odio es el principal condimento de su personalidad, el que les da un más reconocible aroma y sabor.

*—Extrañamente, hay gentes a las que no les importa la vida en sí, sino una idea por la que son capaces de sacrificar esa vida.

*—Desde el momento en que el valor de una supuesta obra de arte depende casi con exclusividad de quien la firma, el arte que pueda contener es accesorio y el esnobismo social pasa a regir el asunto.

*—Meta a su enemigo en casa, mímelo, concédale todos los derechos del mundo, manténgalo a cuerpo de rey, y luego espere tranquilo a que le quite sus libertades y le clave su cuchillo.

*—Cuando mueren las personas que en el pasado formaron parte de tu rutina diaria, desaparecen las referencias que conformaban ese pasado añorado, es como si se fuera arrancando poco a poco de uno, es como si fueras perdiendo poco a poco la identidad que ese pasado te confería, por eso la añoranza es dolorosa. Es como si la identidad de uno fueran todos sus recuerdos y vivencias, y al desaparecer alguno de esos elementos perdiéramos algo nuestro, algo que nos conformaba, como si nos arrancaran parte de nosotros, sobre todo si el que muere nos fue querido y necesario.

*—Un deber puede constituirse en principio básico de la existencia, llegando a tener más fuerza que la propia felicidad o la propia vida. Así el deber con la esposa o esposo, con los hijos o con un dictado religioso.

*—Un escritor, un artista, un pensador, puede reconocerse por la obsesiva dedicación a su labor, que no es otra que mirarse a sí mismo para descubrir la belleza exterior o las razones que gobiernan el mundo

 

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*—Resulta curioso cómo se fanatiza a las masas; basta un eslogan o dos y el temor al qué dirán para que las masas, ciegas en su acción, se arremolinen en torno al rabadán y cometan todo tipo de atropellos. Lo que está pasando en Cataluña y lo que pasó en Yugoslavia nos hace pensar en la irracionalidad esencial del hombre.

*— Cataluña es el ejemplo de cómo una minoría, alegando derechos territoriales y con la vergonzante pasividad de los políticos españoles, puede amedrentar a una mayoría hasta hacerles renegar de su cultura y de sus raíces. En psicología llaman a este fenómeno Síndrome de Estocolmo.

*—Algunos alegan: son iguales el nacionalismo español y el catalán. ¿Cómo va a ser lo mismo el predicar la comunión que el predicar el enfrentamiento?, ¿cómo va a ser igual integrar y compartir que segregar?,  ¿cómo van a ser iguales los cauces democráticos y los cauces revolucionarios?, ¿cómo se pueden emparejar la mano tendida y el odio, el imperio de la ley y el imperio de la represión contra los que no piensan igual? ¿En qué país del mundo se prohíbe y persigue una lengua y se intenta erradicar aunque sea mayoritaria entre la población? Tal hecho solo ocurre en Cataluña, y es uno de sus muchos tics fascistas. La agitación social promovida para el día 1 de Octubre tiene el mismo significado que la marcha hacia Roma de Mussolini o la quema del Reichstag por los nazis. Esa exhibición agresiva de banderas y cánticos violentos, ¿no recuerda a la parafernalia nazi? ¿no recuerdan esas juventudes a las juventudes hitlerianas o a las bolcheviques? Todo ello se completa con los tontos-borregos y los atemorizados pusilánimes.

*—Los políticos españoles: Pablo Iglesias, que no es tonto, su propia cabeza le está destruyendo, le está comiendo por dentro. Se le ve constreñido, hinchado, sufriendo. No es extraño, el movimiento asambleario que ha levantado es un auténtico manicomio. En las asambleas siempre las propuestas más radicales, más salidas de las vísceras, son las que obtienen el aplauso por miedo a ser tildado uno de tibio. Sin embargo, Pedro Sánchez, de quien la luz de la inteligencia está ausente pero le brillan las luces del odio, de la ambición y la crueldad, es decir, aquello que arrastra a las masas descontentas, es una figura emergente. Tal vez sea el mejor candidato a rabadán para llevar al rebaño… ¿al precipicio? Rajoy el pusilánime sigue gobernando, eso sí, dando tumbos, pero los vientos económicos favorecen su rumbo. A Puigdemón, hombre medroso por naturaleza, aunque también creidillo y fofo, le sigue acojonando la CUP. Ribera sigue empeñado en seguir en medio, así que recibe bofetadas por todos lados y a todos estorba.

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*— Se ha de desconfiar de quienes, sin una realidad que se lo exija o sugiera y sin motivos objetivos de agravio, se lanzan con apariencia beatífica, con una rama de olivo en la mano, a clamar por la liberación nacional o por el derecho a decidir o por la libertad de los pueblos o por cualquier ocurrencia estrambótica que carece de razones objetivas. La tal rama de olivo se transforma pronto en espada flamígera que siembra la discordia y la violencia.

 

 

El  nacionalismo en sus esencias

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El nacionalismo es un retorno a lo tribal. Todas las características tribales son reconocibles en él.

  1. La asunción en la conciencia nacionalista de una clara división de las categorías ‘nosotros’ y ‘ellos’.
  2. La utilización de argumentos legitimadores basados en la defensa del territorio o de la lengua.
  3. La formación de mitos acerca de héroes y hazañas que construyeron una patria impoluta en el pasado.
  4. La tergiversación de la historia mediante la proclamación de supuestos agravios históricos contra la sagrada nación.
  5. La creación de un enemigo contra quien encauzar el odio y el resentimiento nacionalista, lo cual produce cohesión nacional.
  6. La imposición de una moral maniquea, de buenos y malos, que excluye y culpabiliza a quienes no hacen gala de fe nacionalista.
  7. La formación de un fanático rebaño nacionalista que repruebe y coacciones a los discrepantes.
  8. La existencia de líderes que antepongan la nación a toda otra consideración como la familia, el trabajo etc.
  9. El establecimiento de un totalitarismo cultural e ideológico y la represión de la cultura y de las libertades del enemigo o del no nacionalista.
  10. La sacralización de la nación, esto es, el elevarla a los altares de la pureza y de la grandeza de sus valores y méritos.
  11. La reivindicación de otros territorios como propios.

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Todos estos puntos se pueden aplicar de igual manera a la Alemania nazi, a la Italia fascista o al nacionalismo vasco o catalán. Los mitos de razas, valores, supuestos imperios, de impolutas patrias originarias… fueron creados en todas esas naciones de manera y funcionalidad semejante. Pero pasemos a otras esencias.

No es que el nacionalismo sea algo nuevo, pero su ebullición actual tiene que ver con la Globalización. El nacionalista percibe que sus valores tradicionales se diluyen por el avance de formas culturales nuevas que les parecen extrañas, y que sus raíces se están perdiendo, y sienten por ello malestar, así que se vuelven hacia lo propio y lo magnifican. A ello (me refiero ahora a Cataluña y el País Vasco) se añade que su orgullo de ‘residentes’, de creerse superiores a los ‘intrusos’ emigrantes, se resquebraja. Como resultado, retornan al huevo-matriz nacionalista, buscando su calidez y pintándolo de los bellos colores de un supuesto pasado glorioso que volverá con el auge de la nación.

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En el caso catalán, la fuerza que les suministra ese ensimismamiento les hace creer factible el digerir lo extraño (a los intrusos castellano-parlantes, a los musulmanes…) y transformarlo en propio; esto es, asimilarlo mediante el elemento conversor de eliminar su lengua y hacer que adquieran la catalana. El origen primero y principal del nacionalismo catalán, que fue el desprecio hacia lo español por considerarlo inferior, adquiere ahora otras pretensiones, como la de engullir y digerir lo extraño bajo la condición de hacerle renegar de sus raíces, de sus valores, de su lengua, y acomodarlo a la lengua, costumbres y valores supuestamente catalanes. Sométete a nosotros y serás uno de los nuestros, dice el nacionalismo catalán a los intrusos. A partir de ahora nosotros seremos los rectores de esta sacrosanta nación.

Y para conseguir la reconversión vale cualquier medio y cualquier artimaña: prohibir el uso de la lengua materna de los intrusos, la reprobación social, la discriminación institucional, la amenaza…

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El fanatismo nacionalista llega hasta grados extremos. Por ejemplo, el de inventarse una lengua o resucitarla y quererla imponer a todos los ciudadanos en sustitución de la suya. En el País Vasco se hizo un refrito de dialectos que sólo hablaba un 5 % de la población en algunos valles dispersos, y esa lengua se impuso a todos los ciudadanos. Más grave aún es el caso de la llamada fabla aragonesa. En unos pocos valles de los pirineos se hablaron en siglos pasados unas formas dialectales que poco tenían que ver entre sí y que a lo sumo afectaba a unos pocos miles de personas encerradas entre montañas. Hace ya más de un siglo que dejaron de utilizarse. Pues han salido unos pocos nacionalistas que han hecho un incongruente popurrí con todo ello y pretenden que todo aragonés lo aprenda y utilice. Tal cosa no ha existido nunca como lengua, pero eso no les importa, ya que la estupidez política ha hecho posible que se haya creado una academia de la fabla, que se den premios literarios, que se creen consejerías, direcciones generales, profesores, etc. Este tipo de disparates es propio del nacionalismo. Los nacionalistas uzbekos y kazakos, una vez cayó el muro, se metieron en las bibliotecas para descubrir lenguas y culturas históricas que para la inmensa mayoría de esas poblaciones son adquisiciones nuevas.

El nacionalismo es disgregador y pretende romper el principio de reconocimiento social y político en la igualdad para todos los habitantes de una región. Esa es una de sus perversiones. Ya he nombrado otras: totalitarismo, coacción a la libertad etc.

Si los nacionalismos europeos surgieron en el XIX, durante la transición de los distintos países a la sociedad industrial, y como reacción a ella, estos nacionalismos de nuevo cuñó crecen como reacción a la sociedad de la Globalización. Pero resultan más absurdos  que los anteriores, pues sus motivaciones no provienen de discriminación ni malestar social o económico alguno; y son en potencia más dañinos porque tienen mucho más por destruir.

Actualidad llameante

 

1.-Elecciones europeas

En Europa avanzan los partidos euroescépticos, que son tildados de «extrema derecha» por la moral buenista imperante; por el contrario, en España avanzan los partidos que podríamos tildar de «extrema izquierda». En Europa se muestran más egoístas, es decir, más de acuerdo con la realidad de la naturaleza humana, y ante los peligros que acechan al bienestar propio se atienen al principio rector del «nosotros primero», mientras que en España, el país de la ilusión ―el país de los ilusos―, el país de las utopías sin pies ni cabeza, el país de los reinos de Taifas, un trozo importante de la población, en vez de pronunciarse por el deseo de lo factible y benéfico, en actitud de revancha se pronuncian en favor de lo inviable y perjudicial.

Aquí nos puede el quijotismo, nos evadimos de la realidad para vivir en el mundo de las ilusiones descerebradas. Este es el país del cantonismo, de los Sánchez Gordillo, del liliputiense Montilla, de los ilusos Zapatero, de los pusilánimes Rajoy, de Carlos II el Hechizado, de Fernando VII el Deseado, de los machos ibéricos Juan Carlos, de los fanáticos nuevos conversos que como Torquemada pretenden quemar en la hoguera a todos cuantos el nacionalismo señale como herejes. Este es el país del paganismo de las romerías marianas.

En este país ha nacido una secta religiosa de irreligiosos ateos-paganos en cuyo líder se funden los tradicionales rostros de Jesucristo y la Virgen María, y que marchan en romería por el viacrucis de la indignación. ¡Encima, el pollo objeto de la nueva veneración se llama Pablo Iglesias!

Este país, España, es la novia frívola y poco fiable, la novia que con frecuencia te desdeña, la novia que solo a su manera y a destiempo te da cariño, la que a todas horas te atormenta, y, sin embargo… ¡la quieres tanto!

2.-Champions

El Real Madrid campeón de la Champions League, campeón de Europa,  que se decía antes. La tribu Real Madrid cuyos grandes héroes guerreros ―mercenarios como Jenofonte y sus diez mil―han derrotado a todas las tribus enemigas. Las luchas tribales trasladadas ―y ritualizadas―al terreno de la competición deportiva.  Imitación ritual pero no menos emotiva, no menos visceral; la Anábasis, el camino de muchos años por el desierto, y el descenso a los infiernos de la guerra, la catarsis purificadora. La necesidad de triunfar que tiene el individuo a través del triunfo del grupo al que pertenece; la necesidad de orgullo, la necesidad de euforia, la necesidad de alejarse de la monótona realidad, la necesidad de victorias. El ansia de triunfo, el ansia de prominencia; en lo más hondo, la evolución actuando sobre el individuo a través de la tribu.

3.-Cataluña y Ucrania

Los fanáticos pro-rusos del Este de Ucrania contra los fanáticos ucranianos del Oeste. Putin, una vez traída al redil Crimea (traídas sus bases navales y el petróleo del Mar Negro) hace de Poncio Pilatos pero juega con la injerencia o no injerencia a desarmar las reacciones europeas y americanas.

El reciente ganador de las elecciones ucranianas ya habla de Federalismo. Ucrania es el espejo de Cataluña, pero con imágenes distorsionadas. En Cataluña no hay fanatismo opositor. Quien posee el fanatismo posee la fuerza, y más si, comparativamente, enfrente reina la pusilanimidad. Por esa razón el nacionalismo catalán no acepta el Federalismo. Por eso buscan lo que buscan, lo que siempre han buscado: la entelequia que la izquierda española le va a poner en bandeja de plata: el Federalismo (que no es tal) asimétrico. Esto es, lo que siempre ha buscado el nacionalismo catalán: la prominencia respecto a España.

Mantener lo ventajoso, acrecentarlo, y desembarazarse de las inconveniencias. Figurar como superiores: más ricos, más cultos, más altos, más guapos, más inteligentes, más capaces. Y, desgraciadamente, lo conseguirán. En esa jaula de grillos del PSOE y en ese Camposanto del PP y en ese manicomio de amantes de las dictaduras sudamericanas de IU y PODEMOS (que se descubrirá que son el mismo), no existe un gramo de oposición a ese infame proyecto que trae la guerra a españoles y catalanes. Desgraciadamente lo conseguirá, y, si no, tiempo al tiempo. Y ¡ojalá!, yo solo sea un agorero.

Desvalorización de la democracia

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Cataluña, Ucrania, Tailandia, y en cierta medida el barrio de Gamonal en Burgos,  son lugares en donde se ha puesto en cuestión el sistema de democracia representativa y se ha optado por la acción directa. Si el odio, la rabia y el resentimiento sobrepasan ciertos límites ―si se sobrepasa la masa crítica de indignación―aparece en las gentes un desprecio hacia los valores democráticos y cobran fuerza en el grupo los viejos instintos que impulsan a la acción directa, a la lucha, a la coacción violenta como medio de conseguir los fines deseados. Pretenden hacer prevalecer mediante la acción directa los deseos de unos cuantos, restando valor a la opinión de una mayoría manifestada en las urnas.  La crisis actual favorece el resquebrajamiento de los valores democráticos por dos motivos principalmente. El primer motivo es lo propiciatoria que resulta la crisis ―por las desigualdades que se generan― para la aparición de odios y resentimientos. El segundo motivo es la decadencia moral que la crisis pone al descubierto: los valores democráticos han sido barridos por la escoba de la corrupción.

En todos los lugares antedichos, aunque sea contra el respectivo gobierno  contra quien se dirige la rebelión, lo que palpita en el fondo de esas revueltas es un descrédito de los valores democráticos y de los gobiernos que las representan. Y aún más en el fondo lo que palpita es el sentir que «nuestro odio y nuestro resentimiento justifican la acción directa». Es decir, aparecen creencias justificadoras de la rebelión. Fórmulas tales como «igualdad=justicia», «lo justo y democrático es el derecho a decidir», «poseemos derechos históricos», «voluntad popular=justicia», etc. tratan de aportar razones para justificar la rebelión violenta y para saltarse a la torera el acuerdo social que constituye la democracia, así como los valores que sostiene. Dichas fórmulas que proclaman las creencias agavillan los odios y los resentimientos y los impulsan a la acción contra el enemigo. Porque en la mente del resentido se produce una categorización del «enemigo», de aquel que por poseer más riquezas que «nosotros»,  de aquel que se opone a nuestros deseos o propósitos, de aquel que posee razones contrarias a las nuestras, de aquel que es de otra «secta» distinta a la nuestra. Y hacia ellos se canalizan los odios y los resentimientos.

Tales intentos de devaluar las razones democráticas frente a la instintiva acción directa pueden resultar en cierto modo beneficiosos  si se restringen a ser puntuales, si son excepciones que ponen de relieve la degradación democrática imperante en las instituciones y gobiernos, pero cuando se convierten en método violento y antidemocrático de resolución de disputas, tal como la acción de ETA en el País Vasco, tales intentos, digo, se convierten en gérmenes del Totalitarismo.  Por esa razón hay que combatirlos, porque aunque se presenten con la cara amable del movimiento 15 M o del la revuelta del Gamonal, e incluso aunque las razones de uno coincidan con las razones que alegan en sus reivindicaciones, e incluso cuando en uno resuenen sentimentalmente los posibles derechos que reclamen, no hay que olvidar que deben prevalecer los valores y razones democráticos, pues en caso contrario nos abocamos a la dictadura totalitaria o al caos del desgobierno y la acción directa que se produce en Venezuela, por ejemplo.