De religiones y nacimientos

 

La moralidad religiosa está resquebrajándose en el mundo occidental mientras que crece hasta alcanzar el fanatismo –antes desconocido—en  el ámbito del Islam. Las religiones más conocidas y con más seguidores son muy antiguas; muchos de sus valores, de sus doctrinas, de los mitos que refieren, aparecen ya en las épocas en que la escritura nació, unos 5.500 años atrás. El que aun pervivan tales doctrinas nos muestra la inclinación natural que tiene el hombre para creer en los dioses.

Todas las religiones han tratado de encumbrar a sus Maestros señalando nacimientos en los que tuvieron lugar hechos prodigiosos: así ocurrió cuando nacieron Zaratustra y Buda; algunos otros como Moisés y Sargón (que sería el creador del imperio acadio en Mesopotamia), fueron abandonados en una cesta de mimbre a la corriente de un río; Ciro el Grande fue amamantado por una perra, al igual que los hermanos Rómulo y Remo, fundadores de Roma, fueron amamantados por una loba; el prodigio que se obró al nacer Jesucristo fue el de que varios reyes o magos de Oriente acudiesen a adorarle. De igual manera, la celebración de la Navidad como la fecha del nacimiento de Jesucristo, el 25 de diciembre, es la misma fecha en que  nacían los dioses en la región de Oriente Próximo, así que cuando los concilios concluyeron que Jesucristo era Dios, tuvieron que asignarle esa fecha de nacimiento.Como se ve, los mitos de diferentes lugares del mundo están relacionados. Otro ejemplo bien claro es el del diluvio Universal, que aparece en religiones de todas las partes del mundo. Las esencias éticas y religiosas de lugares muy apartados también están relacionadas.

El fundador de la religión cristiana fue Jesucristo. Jesucristo era judío, así que muchas de las creencias del cristianismo acompañan también al judaísmo. Pero, ¿todo lo que relata la Biblia (el Antiguo Testamento es la Torah de los judíos) lo dictó Jehová (Yahwe) a los judíos, los inventaron estos, o lo copiaron?

En gran medida la Torah se redactó durante el cautiverio de los judíos en Babilonia, entre el 583 y el 537 a. C. hasta que los liberó Ciro II el Grande, rey de Persia. Babilonia era el gran centro cultural (y aseguran también que de perversión, por eso era conocida como la Gran Puta) del mundo antiguo. Situada en Mesopotamia (la actual Iraq, en donde nació la civilización), reunió en ella todo el saber de toda la región y de Persia (la Irán actual). Primero fue una ciudad sumeria, después fue acadia, luego sufrió numerosas invasiones hasta acabar siendo una satrapía persa en el periodo que relatamos. De todas esas culturas bebieron los judíos durante su cautiverio, y de ahí surgió la Torah.

Por ejemplo, estamos familiarizados con el Diluvio Universal, pero tal mito aparece por primera vez en el delicioso Poema de Gilgamesh, de 5.000 años de antigüedad. De una época similar es el escrito Descenso de Innana a los infiernos, en los que aparece por primera vez los infiernos y los demonios y el terror al averno. Pero si existía una religión que estaba tomando preponderancia entre los persas en la época del cautiverio, ésta era el mazdeísmo, Ciro II la instituyó como religión del imperio.

El mazdeísmo tiene como dios supremo a Ahura Mazda, aunque luego tiene una legión de dioses a su servicio tal como los arcángeles están al servicio del dios cristiano. Y la similitud no es casual, sino que el cristianismo imitó en eso –en esa cohorte de dioses—al mazdeísmo. Quien predicó el Mazdeísmo fue Zaratustra, quien nos suena más por el libro de Nietzsche, Así habló Zaratustra, o por la música de Richard Strauss, Así habló Zaratustra , en la película de Kubrick, 2001, una odisea en el espacio, pero bien podemos decir que a Zaratustra le debemos gran parte de las formas religiosas que conocemos. La lucha del Bien y el Mal, la lucha de los ángeles buenos contra los demonios, la separación de justos e injustos tras de la muerte, la esperanza en el Juicio Final y la Resurrección de los Muertos, la espera de un Mesías redentor, la bondad en el obrar, pensar y hablar… Todos estos puntos y otros varios fueron trasladados del mazdeísmo a la Torah judía durante su cautiverio en Babilonia, y posteriormente incorporados al cristianismo.

Pero el cristianismo incorporó más razones religiosas de otros sitios. Parece indudable que  Juan el Bautista conocía de primera mano las enseñanzas esenias (los esenios eran un grupo judío que vivía en la pobreza compartida) y hasta el mismo Jesucristo siguen en algunos puntos las enseñanzas esenias, como en compartir las riquezas, comer en comunidad, creer que la riqueza invalidaba para salvarse etc. Tampoco se puede negar cierta influencia de las doctrinas budistas en las doctrinas de Cristo, como la táctica de no ofrecer resistencia al contrario que el Buda expresa con las palabras “la rama que se inclina ante el viento le resiste, mientras que la rama fuerte se rompe”, y Jesucristo expresa con las palabras “si te golpean en una mejilla ofréceles la otra”, que denotan actitudes para apaciguar al “otro”, y en este sentido tanto las doctrinas budistas como las cristianas en referencia al trato social, son de apaciguamiento.

El cristianismo incorporó el dios del Antiguo Testamento, Yahwe o Jehová, dios único, que aparece en el judaísmo en los tiempos de la estancia de las tribus hebreas en Egipto, y parece corresponderse al dios Aton establecido por el faraón Akenaton.

A la muerte de Jesucristo y a partir de la predicación de Pablo de Tarso, el cristianismo entró en contacto con la filosofía griega, produciendo muchas corrientes gnósticas e incorporando “misterios” y simbologías al cristianismo durante varios siglos, dando lugar a luchas entre partidarios de unas opciones mistéricas y otras en diferentes concilios.

A su vez, el cristianismo y el judaísmo influyeron enormemente en la configuración de las doctrinas islámicas que predicó Mahoma, pues Arabia era entonces el lugar donde habitaban muchos miles de judíos y varias ramas cristianas.

Como se ve, todo está influenciado y no hay nada nuevo bajo el Sol.

 

Pensar con las tripas

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Como dijo el viejo torero Rafael “El Gallo” cuando supo que el oficio de Ortega y Gasset era el de pensador: tiene que haber gente para todo (en realidad dijo ‘tié kaver gente pató’), hay gente que piensa con el cerebro y hay gente que piensa con las tripas. Voy a poner ejemplos de ello.

En anteriores Entradas de este Blog he hablado de la fuerte tendencia que mostramos a justificar nuestras acciones, aunque si la misma acción la cometiera otro individuo nos parecería horrenda. A justificarnos a nosotros mismos y a justificarnos delante de los demás. El ansia por aparecer sin culpa ante el ojo ajeno hace que validemos cualquier excusa e incluso que el argumento que empleamos para ello lo consideremos lógico. Nos la llegamos a creer, llegamos a tomar cualquier excusa como infalible verdad.

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Existe el pensamiento individual y el pensamiento grupal. Éste consiste en un esquema conceptual formado por ciertas creencias sobre el mundo y por ciertos juicios acerca de la realidad, que se repiten en las conciencias de todos los miembros del grupo de referencia. Ahora bien, cuando dichas creencias y juicios acerca de un asunto son idénticos en todos los miembros del grupo, cuando cobran su imperio en  todos ellos e impiden la posibilidad de que emerjan juicios distintos a los que manifiesta el grupo, con toda propiedad podemos hablar de reses bípedas en vez de individuos, y de rebaño en vez de grupo.

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Un rebaño es una asociación de ganado que un pastor dirige a su antojo mediante su gayata y mediante ciertas voces y silbidos. Así ocurre con un rebaño de ovejas y con un rebaño de hombres. El rebaño, como un todo, también busca la justificación de sus actos y el justificarse a los ojos de los demás, y también le resulta lícita y lógica cualquier excusa o cualquier juicio que emplee para esa justificación.

La res bípeda cree en la excusa como si ésta poseyera una lógica contundente, como di derivara de los principios más básicos del intelecto. Sin embargo, vista desde fuera del rebaño, un somero y desapasionado examen basta generalmente para percibir su fealdad, su carencia de lógica, su falta de razones, o, mejor dicho, no posee otras razones que las de la pasión, y esas razones no vienen de la conciencia sino del intestino, tal como si se hubieran fraguado en él.

Hoy presento tres excusas –que aparecen como juicios—del tipo señalado, tres excusas que son harto populares, que se emplean profusamente como acendrada verdad. Uno de estos juicios –extraordinariamente extendido en estos tiempos de crisis—asevera que el igualitarismo, el comunismo, es la esencia de la equidad y de lo puro y bueno, siendo el único suelo posible para la paz social y la felicidad humana.

Cuando una res tiene una creencia asentada es difícil que razón alguna en contra le haga mella. Actúa como una coraza colocada en la conciencia de cada miembro del rebaño que impide que allí se asienten nuevas ideas y juicios distintos a los que el pastor dictamina. De nada valen contra esa coraza las razones de la experiencia comunista en los países donde este sistema se implantó. De nada vale que todas esas experiencias condujeran a dictaduras despiadadas y a la miseria generalizada. De nada valen tampoco la experiencia de tantas sectas igualitaristas que destruyeron como personas a los individuos que las integraban, o que acabaron en suicidios colectivos. Ni valen las razones que aporta el filósofo Karl Popper (el filósofo más importante del siglo XX junto con Bertrand Russell) en La sociedad abierta y sus enemigos, de que el igualitarismo conduce irremediablemente al totalitarismo.

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Las excusas justificativas que forman la coraza o escudo en la conciencia de las reses de este rebaño (y que tratan de justificar el juicio acerca de la bondad del comunismo) son:

  1. En esos países no se instauró el verdadero comunismo porque sus dirigentes lo pervirtieron desde buen comienzo.
  2. USA es el verdadero culpable del fracaso de los sistemas comunistas, debido a que torpedeó esos procesos.
  3. Karl Popper era un facha (fin de la discusión)

Así que, según esas excusas, China, Rusia, todos los países del Este de Europa, Camboya, Laos, Cuba, Corea del Norte, se hundieron en la miseria y el totalitarismo debido a sus malos gobernantes. Nada tuvo que ver en ello la implantación del comunismo. Esta es la lógica de las tripas. Y, claro, EEUU es culpable de todo cuanto de malo ocurre en el mundo, es el chivo expiatorio que elimina nuestras responsabilidades. Y, claro, Karl Popper, un hombre exquisitamente culto, un amante de la verdad y la libertad por encima de todo, un hombre apenas comprometido en movimientos políticos, era un facha, ¡por qué dudarlo! Éstas son las razones del intestino.

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Pero existe en la actualidad un ejemplo aún más elocuente de excusa justificativa. Verán, por lo escuchado recientemente en varias tertulias televisivas (sería muy injusto denominarlos debates), los responsables de la deriva nacionalista catalana no son el Sr. Maragall (que implantó la semilla más fructífera del independentismo al inventarse la necesidad de un nuevo Estatuto Autonómico que nadie demandaba, por mero interés personal) ni es el antiguo presidente del gobierno de España, el señor Zapatero (que con su falta de previsión e inteligencia apoyó ese proceso y abrió la caja de los truenos) ni es tampoco el muy corrupto Honorable señor Pujol (que sustentó su poder y su latrocinio a través de la denigración constante de España, a quien hacía responsable de todos los males enraizados en Cataluña) ni siquiera culpan a Ezquerra Republicana (que odia todo cuanto recuerde a España) ni al señor Mas (que ha impulsado contra viento y marea el proceso independentista para ocultar sus miserias y corrupciones). No. Según estos adalides de las razones del intestino, los verdaderos culpables de la deriva nacionalista catalana son el Partido Popular y Ciudadanos, “por protestar contra el proceso y poner el grito en el cielo por ello” (sic) No sé si ustedes se habrán percatado del esplendor de la magnífica lógica empleada: no es responsable de una acción el valedor de ella ni el que la instigó ni el que la ejecutó, sino el que protesta de que dicha acción se lleve a cabo. No es el culpable el asesino, sino la víctima.

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Pero la palma de las excusas y de pensar con los intestinos se la lleva la que trata de exculpar al radicalismo islámico de toda su barbarie asesina. La excusa es ésta: Si ellos atentan ahora en Europa, los cristianos lo hicieron primero mediante las cruzadas. Excusa que se complementa con esta otra cuando se emiten juicios contra el fanatismo musulmán: Si ahora ellos son fanáticos, también los cristianos lo eran. Como se aprecia, la lógica de las frases es la siguiente: los musulmanes de ahora tienen derecho a la venganza por lo que hicieron los cristianos hace 900 años (es decir,  se trata de justificar la revancha de Oriente contra Occidente, las personas no importan ni el tiempo transcurrido tampoco); y si los cristianos eran fanáticos hace 900 años, los musulmanes tienen el mismo derecho a serlo ahora. El absurdo lógica o la lógica del absurdo.

En una conferencia escuché al señor Savater la siguiente pregunta –que él hacía a sus alumnos del curso de filosofía: un hombre sale del trabajo hacia su casa pero por no dar un rodeo se interna en un bosque donde es atracado y apaleado. ¿Quién es el culpable?

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Una buena cantidad de alumnos echó la culpa a la infancia penosa del atracador, causa de que se hiciese delincuente.  (Ni que decir tiene que estos alumnos eran freudianos). Otra cantidad aún mayor culpó del atraco al Sistema, que posibilitaba las desigualdades e impulsaba a delinquir. (Naturalmente estos alumnos eran anticapitalistas). Dos o tres alumnos echaron la culpa a la víctima por adentrarse en el bosque. (Estos, claro, eran de moralidad laxa). Pero nadie, ¡¡¡Nadie!!!, culpó al atracador. ¡Tomar el rábano por las hojas!

El mundo se ha vuelto tan disparatado, ha desaparecido el sentido común de forma tan radical, que tal vez debamos buscar la cordura en la selva.

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA III

 

 

LAS CREENCIAS Y LA CONVENIENCIA QUE PRESENTAN

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¿Cómo resaltar la importancia de las creencias en nuestra conducta social?

 

La gente vive y muere por sus creencias. Por creencias se hicieron pirámides gigantescas, catedrales inmensas, monumentos grandiosos, en fin, altares magníficos a las creencias humanas. Por creencias se lanzaban contra las naves enemigas los kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial; en la India, por creencias la viuda del difunto era ofrecida  a morir en la pira funeraria; por creencias se fundan o se destruyen los imperios, se suicidan colectivamente grupos humanos, se inmolan los terroristas del Daesh en sangrientos atentados; por creencias se altera la razón o se pierde la visión de la realidad y se ve a ésta transformada en fantasía o en esquizoide ilusión. Cuando una creencia se implanta en una comunidad y crea en ella un clima de opinión, y aporta criterios y verdades nuevos,  acaba imponiendo una dictadura moral, es decir, nos dice lo que está bien y lo que está mal, y ejerce de rectora de nuestra conducta social.

Si, tal como se ha explicado en las dos entradas anteriores de este blog,  el sistema instintivo y el sistema sentimental, nos dictan –mediante la pulsión que nos hacen sentir—las  conductas sociales a seguir (y en ese dictado para realizar tal o cual acción muestran la conveniencia percibida en él por dichos sistemas), para dicho menester de dictar nuestra conducta las creencias que anidan en nuestra conciencia acerca de la realidad son la crème de la crème.

Asumimos  las creencias de nuestros padres, de los medios, de los líderes de opinión, de los políticos; seguimos sus criterios, hacemos nuestros sus juicios; confiamos en ellos buscando seguridad. Entendemos el mundo a través de su opinión y juzgamos según su juicio. Delegamos en ellos, fiamos en ellos, hacemos dejación en ellos de nuestra responsabilidad para entender la realidad. Así que ponemos nuestra seguridad, nuestra conducta y nuestras esperanzas en sus manos. Nos convertimos en rebaño de conciencia moldeada de acuerdo a los propósitos de los líderes. Hitler y Mussolini crearon así su rebaño fiel. Cuando murió Stalin, millones de personas que habían sufrido opresión y que habían perdido a algún ser querido por la política asesina del tirano, lloraban con dolor la muerte del ‘padrecito’.

 

Pero, ¿qué son las creencias, de dónde proviene su fuerza?

 

Nos dice Julián Marías que  «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos con la perspectiva que nos aportan las creencias que tenemos. Bueno, en realidad, debemos decir que son ellas las que nos tienen, las que se apoderan de nosotros. Una creencia anida en la conciencia del individuo y hace que éste sienta y se comporte de tal o cual manera ante una situación determinada. La creencia se suelda a nuestra conciencia y construye aquí la base de nuestra conducta, de nuestros juicios, de nuestro sentir e incluso de nuestro pensar. De ahí su fuerza. Las creencias nos dirigen, nos zarandeas, nos señalan dónde está el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la mentira y la verdad.

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¿Qué beneficios nos reporta el ‘creer’?

 

En primer lugar, sirven para automatizar nuestra conducta. Gracias a que nos proporcionan una previsión de la realidad, ante cada acontecimiento no tenemos que sopesar a cada instante la conducta más adecuada o conveniente, es decir, nos evita ese delirio en que nos introduce la duda, ese delirio de análisis y pros y contras que ésta trae consigo. O dicho de otra manera, las creencias nos proporcionan, criterios,  juicios y sentimientos para escrutar el mundo y posicionarnos frente a él. Nos indican el camino de lo que se anhela, su busca o se teme. Nos proporcionan certezas, un suelo por el que caminar desprevenidamente.

Y no importa si contienen o no verdad. Lo que importa es que nos proporcionen convencimiento. Si analizamos cualquier creencia en profundidad la derrumbamos. Ahí tenemos creencias sin ton ni son que están profundamente arraigadas en una parte importante de la humanidad: la astrología, el tarot, la homeopatía, las cosmovisiones místicas, etc., etc. Lo que satisface de ellas es que proporcionan previsión de la realidad, satisfacen las ansias de saber de sus acólitos, dan cobijo y amparo, o generan ilusiones satisfactorias. Generalmente se amoldan a la horma de nuestros deseos y temores. De ahí que las creencias más poderosas –como las creencias religiosas y otras de las que hablaremos— manejan profusamente el temor y el deseo.

 

Somos crédulos

 

Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  ‘ciencias’ de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán… Y tales creencias nos transforman, nos pueden aportar ánimo o desesperación, deseos de vivir o de morir. Tracios y Celtas creían en la transmigración de las almas, en la metempsicosis, y poseían un gran desprecio de sus vidas, lo que les proporcionaba una gran valor en las batallas.

Toda creencia es una ilusión de la realidad, una fantasía acerca del mundo. El ser humano necesita ilusión. Cuando la realidad no le satisface –y casi nunca lo logra—la ilusión, la esperanza, son su salvaguardia. La ilusión, al satisfacer virtualmente el deseo encerrado en ella, alivia la realidad, la hace soportable, incluso la reemplaza.  El temor y el deseo son las entidades que fabrican las ilusiones en nuestra mente; y lo hacen tomando las alas de la imaginación y edificando, fijando y organizando creencias a su albedrío. La mente se halla ocupada a todas horas en trazar ilusiones a la medida de los deseos y de los temores. Para entender que sea posible tener fe en las creencias más absurdas, conviene resaltar nuestra naturaleza ilusoria. Tenemos que entender que son el temor y el deseo quienes suscitan esas ilusorias creencias; que son el temor y el deseo quienes nos hacen crédulos.

 

Creencias potentes y peligrosas

 

Los hombres están poco preparados para afrontar creencias basadas en la racionalidad, así que, para imprimir una dirección a los afectos y un norte a la conducta,  la expresividad simbólica, la  ritual y la mitológica resultan mucho más eficaces que el análisis racional. Sirva como ejemplo de esta simplificación conceptual  la religiosidad andaluza: lo que provoca el llanto de los rocieros o de los cofrades en una procesión, lo que exalta el ánimo al ver la imagen de la Virgen María, no son los misterios de la trinidad ni los valores de la ética cristiana ni la organización celestial, sino el simbolismo pagano, la imagen representativa del poder o la bondad. El símbolo desata de inmediato la pasión.

Las creencias Redentoras son las que manejan con más empeño la ilusión y el símbolo. Nada menos que pretenden redimir al que sufre, al oprimido, al descontento, al infeliz, al mísero. Las más conocidas y más en boga son: el nacionalismo, las religiones del Libro, el Igualitarismo marxista o comunista… Todas ellas proponen la ilusión de un Paraíso –así en el Cielo o en la Tierra—que se logrará siguiendo la conducta conveniente o pertinente al caso: la lucha por la independencia, el acatamiento a ciertos dictados religiosos, la revolución sangrienta… Las banderas, las insignias, las imágenes, los símbolos que utilizan cada una de ellas focalizan la atención del creyente, le infunden pasión y le identifican con el grupo. Su principal fuerza reside en la obnubilación que concitan las  pasiones y sentimientos. El deseo, el temor, el odio, el resentimiento que dichas creencias concitan y agavillan en las gentes, son sus armas más poderosas.

Las nuevas creencias místicas

 

Son esas creencias seudoreligiosas que los nuevos tiempos han traído. Unos tiempos de vida acomodada, de evitación a toda costa de todo cuanto huela a sufrimiento, de evitación de lucha y enfrentamiento…; unos tiempos en que se trata de eludir el temor social buscando refugio en los animales o la naturaleza. Unas creencias que han sustituido al clásico dios etéreo por esos nuevos dioses que son la Naturaleza, la Vida, la cosmovisión mística del Todo relacionado, la Justicia entretejida en los actos y en sus consecuencias…Me refiero, claro, al animalismo, al veganismo, al ecologismo extremo.

Y hacia esos dioses se vuelca el afán religioso de sus seguidores: el proselitismo, el militarismo en la creencia, la imposición de su ideario por la fuerza etc., etc.

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¿Qué conveniencia percibimos?

 

Tal como se ha podido ver,  al hombre no lo mueve la realidad, sino las ilusiones que la conciencia —sugestionada por las creencias— construye de esa realidad. Las creencias distorsionan y alteran la percepción de la realidad, categorizan esa realidad percibida, emiten juicios de valor acerca de ella, estiman la conveniencia que representa para el individuo, y disponen a los deseos y a los sentimientos al arbitrio de aquellas. Temor, deseos y sentimientos brotan, se disponen y se desarrollan en el suelo de las creencias del individuo, así que según la sustancia de éstas, adquirirán aquellos su peculiar color, su tallo, su fortaleza, su fruto, su singular desarrollo, y, las ilusiones que se construyen con ellas terminarán adquiriendo su estructura, vitalidad, colorido y forma.

 

Otro sistema que poseemos en el cerebro para percibir la conveniencia de nuestras actitudes y nuestra conducta, es el sistema intelectivo, pero sospecho que hablar de él me exigirá un arduo trabajo, así que lo dejo por ahora en el tintero.

 

AUTOJUSTIFICACIÓN

 

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En alguna entrada anterior expuse comentarios acerca de las varas de medir lo injusto o injusto de una acción. Aunque abundan los sistemas éticos y las reglas morales que dictaminan sobre la justicia y el bien y el mal, su influencia sobre nuestra conducta no es del todo determinante. Influye en ello el egoísmo de cada cual. Dicho de otro modo, cada cual tiene su vara de medir sus acciones y las de los demás; y no es una vara de dimensiones fijas, sino que se acorta o alarga de acuerdo al trascendental factor del egoísmo que guía nuestro deambular por la vida.

Voy a permitirme ir más allá: esa elasticidad de la vara de medir, esa distinta percepción de lo justo o injusto de las acciones de los individuos en sociedad, es el germen de una variada sentimentalidad. Expongo ejemplos: uno considera injusto que un compañero le desplace o haga sombra en el disfrute de un bien o en la adquisición de un estatus, y, como consecuencia, surge la envidia en él. También quien posee pocos bienes o pocas aptitudes o capacidades, suele considerar injusta su situación relativa a la de quienes poseen esos dones en una cantidad mayor, y sufren dicho agravio comparativo en forma de envidia y resentimiento, que son leña para el fuego de la revolución social y germen de creencias éticas que propugnan la igualdad.

Claramente se ha de decir: nuestro primordial egoísmo nos impele a considerar justo aquello que nos conviene, beneficia o satisface. De ahí la tendencia generalizada en el ser humano a justificar sus actos y a descargar sus culpas en los demás. En estos años de crisis, este modo de autojustificación y de elusión de la propia responsabilidad ha llegado al extremo de que se haya considerado de manera bastante generalizada cargar a los bancos la responsabilidad y la culpa de la ruina de muchos particulares, tratando de justificarlo por la razón de ‘haberles prestado dinero’, como si tal cosa fuera un delito sin par.

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Certifican este impulso hacia la autojustificación algunos experimentos científicos que desvelan la existencia de un mecanismo mental con esos fines. En ensayos de laboratorio con personas con lesiones en el cuerpo calloso o en la corteza frontal medial ―los primeros con los dos hemisferios procesando independientemente, y los segundos con algunos procesos inhibidores de la conducta suprimidos―, se observa constancia en inventar justificaciones a sus actos extraños o problemáticos. La mente es una máquina de justificarse a uno mismo, afirma Michael Gazzaniga, del colegio Darmunth en New Hampshire[i].

Yo mismo he sido observador de un notable hecho a este respecto. Una anciana con las funciones cognitivas muy deterioradas, que yacía postrada sin poder reconocer los rostros ni hablar, había hecho trizas su pañal (un pañal que se le colocaba en previsión de incontinencias) que le producía calor. Al entrar su hija en la habitación y reprobarla por ello, la anciana respondió con voz alta y clara: ‘ha sido una paloma blanca que me ha estado picoteando el pañal’.

Los distintos grupos sociales hacen uso también de su particular vara de medir lo justo. Ni siquiera con la evidencia que proporcionan las cámaras de televisión verán los seguidores del Real Madrid la justicia del penalti que les han pitado en contra, mientras que, indudablemente, lo verán así los seguidores del Barcelona, y viceversa. Para los miembros del PSOE, IU y Podemos, no habrá un acto del PP que no sea canallesco, injusto y mezquino. La culpa y la maldad pertenecen siempre al enemigo; la razón y la justicia están siempre de nuestra parte.

Poseemos predisposiciones neuronales para establecer en nuestra conciencia un ‘nosotros’ y un ‘ellos’, y juzgar los actos de unos y otros según nuestra conveniencia y la de nuestro grupo social. Piénsese en las categorizaciones, ‘izquierda’, ‘derecha’, ‘nacionalista’… y cómo juzga cada uno de estos grupos las acciones de los demás.

De todo ello resulta obvio deducir que la moral y la ética –que están impregnadas del sentido de lo justo e injusto—, por mucho que pretendan imparcialidad, han sido elaboradas mediante una vara de medir que se amolda a los intereses de los individuos o grupos creadores.

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Pero, mirando un poco más allá, la cosa se complica aún más. Cuando el sentido de lo justo que defiende un grupo con unos determinados intereses triunfa y se impone a los demás, se redibuja en la conciencia de estos un nuevo ‘nosotros’ y un nuevo ‘ellos’, así como nuevas formas éticas y morales. Por ejemplo, la proclamación ética de que ‘lo justo está en la igualdad social de todos los individuos’, promueve en quienes aceptan la proclama un sentimiento de compasión hacia los más menesterosos, que ahora pasan a formar parte de su ‘nosotros’…

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En fin, detrás de la puerta de toda justificación se esconde la patita del egoísmo humano.

 

[i] Artículo «Razón y conjetura», en Mente y Cerebro núm. 6, p. 91

 

OJOS PARA VER

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Tenemos los ojos para ver, el corazón para sentir (metafóricamente hablando), la inteligencia para relacionar conceptos, y la sabiduría para descubrir la conveniencia que nos ofrecen los hechos y las cosas. De entre todas estas capacidades nombradas, la sabiduría es la más rara –escasa—entre nosotros, la que menos abunda. De hecho es tan rara que no conozco que se haya hecho un estudio de ella en ningún ámbito académico. Posiblemente haya millones de estudios sobre la percepción, sobre los sentimientos, sobre la inteligencia, pero ni uno solo sobre la sabiduría. Ni siquiera creo que esté bien determinada su definición. Pero sabemos que la persona sabia es aquella que sabe escoger fácilmente el camino que le conviene en la vida, el camino que mejor se adecúa a sus circunstancias en busca de encontrar una parcela de felicidad o de ausencia de sufrimiento.

En Occidente, hoy en día, el corazón se ha puesto de moda. La compasión, la piedad, la conmiseración, la vergüenza, la culpa, los sentimientos que en parte regulan nuestra relación social prescriben hoy nuestra moral e incluso el espíritu de nuestras leyes. Sobremanera la compasión, que ha devenido en sentimiento radical de nuestra conducta social.

Pero, ¿es bueno que el corazón domine nuestro comportamiento? Desde luego que no. Si la inteligencia casi que está desahuciada en nuestras relaciones con los demás, y la sabiduría para con estos temas brilla por su ausencia, dejar al corazón como guía rector puede llevarnos al abismo a la vuelta de la esquina. De este asunto quiero hoy tratar, y me serviré para ello de un ejemplo de rabiosa actualidad.

  • Occidente está hoy rendido a una ética promovida en buena medida por el sentimiento de la compasión. Una compasión que nos rodea, que nos obliga, que está de moda; de la compasión hiperextendida a todos aquellos que sufren y pasan miserias; extendida a los animales e incluso a las plantas; una compasión universalizada.
  • Sin embargo, las relaciones humanas básicas siempre han tenido como rector un principio que emana de la entente que establece la naturaleza egoísta de uno en conflicto con la naturaleza egoísta de los demás: el Principio de Reciprocidad. Yo te doy, te auxilio, te presto…, para que tú me des, me auxilies, me prestes… en igual medida en el futuro. Si no se devuelve la ayuda, la donación, el auxilio, queda el que dio o ayudó agraviado; lo cual es motivo de conflicto o de rotura de la relación entre uno y otro.
  • Algo semejante ocurre en la cooperación. Entre los individuos cooperantes se establece el pacto tácito de considerar justo un reparto de beneficios que sea proporcional a la labor que realizó cada cooperante (la parte del beneficio total que se debe a su labor). Tal es la forma que adquiere el Principio de Reciprocidad en la simple cooperación social. Cuando se trata de una propiedad comunal, tal principio sirve y ha servido para regular la cooperación; y, aunque se altera y se desvirtúa cuando aparece por medio la propiedad privada, parece tan adecuado para las relaciones de cooperación, ayuda o  auxilio, que todos venimos a considerarlo de justicia.
  • Cuando la relación de cooperación, ayuda o auxilio no se atiene al dicho principio de Reciprocidad, aparecen lo que se denominan comportamientos egoístas y altruistas. Objetivamente, en ese tipo de relaciones, el comportamiento egoísta es aquel en el que un sujeto percibe en mayor cantidad de lo que le corresponde en justicia (ateniéndose a la reciprocidad debida); mientras que el comportamiento altruista es aquel en que uno aporta o da más de lo que en justicia le corresponde dar. En un extremo se encuentra el comportamiento parasitario: cuando uno no da ni aporta pero recibe de los bienes de los demás. El parásito parasita a aquellos de quienes recibe.
  • Situémonos en la realidad: En toda sociedad conviven gentes de comportamiento altruista con otros de comportamiento egoísta, con parásitos sociales. Lo que llama la atención es que, desde el punto de vista objetivo con que he definido esos conceptos, muy pocas veces el objetivamente egoísta o el objetivamente altruista son señalados como tales, sino que, muy frecuentemente, una parte importante de la sociedad les asigna los papeles inversos, cambiados. Muy frecuentemente, quien hace alarde de altruismo es, de manera objetiva, un egoísta social; mientras que el señalado como egoísta resulta ser netamente altruista.
  • Por ejemplo, el individuo con arte para escabullirse de trabajar y vivir de subsidios y cambalaches, suele llamar egoístas y explotadores a todos los laborantes y suele aparecer dibujado socialmente como un altruista que busca el bien general, pero, objetivamente, no es otra cosa que un egoísta e incluso un parásito social que medra a costa de los demás. Este tipo de gente se especialista en pedir y en recibir gratuitamente todo tipo de derechos para él sin aportar nada a cambio.
  • Esto nos lleva a otro apartado, al de que los derechos sociales de que disfrutamos todos no son gratuitos. Los derechos que disfruta el parásito provienen de la diferencia entre lo que aportan a la comunidad los altruistas y lo que a cambio reciben de ella.
  • Volvamos a la compasión y a la dramática situación de la corriente migratoria hacia Europa. La compasión se ha puesto de moda y cuando algo está de moda todos quieren subirse a su carro y reprobar a quienes son reticentes a subirse. Leo en las redes sociales que han surgido en Europa cientos de miles de ciudadanos dispuestos a acoger en sus casas a inmigrantes islámicos. (Conviene hacer alguna puntualización: 1.-parece ser que los de procedencia siria que llaman a las puertas de Europa apenas representan un 30% del total; 2.-hemos de suponer que el ofrecimiento de acogida que se efectúa es gratuito, sin recibir remuneración del Estado por ello). Me jugaría una taba a que, si esa acogida por parte de particulares se produjese, no pasaría una semana sin que una mayoría de los anfitriones no estuviesen arrepentidos. Piense el lector en convivir con inquilinos que dan muestras del machismo trasnochado que se producían en España hace un siglo; con inquilinos con usos y costumbres sociales que chocan de frente con los nuestros; con inquilinos cuya religión es contraria a las libertades y a la democracia.
  • En todo caso, piense el lector ¿hasta qué grado está dispuesto a ejercer su compasión con los dolientes y necesitados del mundo?, ¿hasta el grado de perder por ello gran parte de sus propios derechos, e incluso hasta el grado de convertir nuestra sociedad en un escenario de confrontación de culturas y religiones, e incluso hasta la posible pérdida de nuestra democracia y nuestras libertades?, ¿o solo hasta el grado de que nuestro sacrificio compasivo no altere sustancialmente nuestros derechos, riquezas y libertades, y que, en compensación, sirva para aliviar nuestra conciencia? Porque dependiendo del grado de compasión que estemos dispuestos a ofrecer –si somos conscientes de nuestros actos y de las consecuencias que acarrean—a los refugiados, será mayor o menos la amenaza de desestabilización social que traerá consigo.
  • Naturalmente que se ha de atender humanitariamente, con alimentación, sanidad, enseñanza y cobijo, a los cientos de miles de desplazados por la guerra en Siria, pero otra cosa distinta es la pretensión de algunos –tal  vez sintiéndose responsables de todas las desgracias del mundo—de exigir a España y a Europa que se reparen esas desgracias y que se otorgue a todo el mundo nuestros derechos y libertades a costa de nuestros bolsillos.
  • Porque lo que está demandando esa ola compasiva que recorre Europa –sin un claro juicio, tan solo utilizando el corazón—con sus exigencias de libre entrada y derechos a la carta para todo emigrante, es ni más ni menos que el desmantelamiento de nuestra civilización. Porque, que a nadie le quepa la menor duda: si Europa abre sus puertas y acoge sin reticencias a todo el que quiera venir a ella, toda África, todo Oriente Medio y la mitad de Iberoamérica plantarían sus reales en el viejo Continente.
  • ¿Estamos dispuestos a pechar con las consecuencias que tal hecho traería consigo?, ¿estaría usted dispuesto?
    • ¿Estaría dispuesto a que España tuviese que aumentar drásticamente su deuda y disminuir hasta niveles de espanto los derechos de sus ciudadanos para mantener a una abultada población emigrante que actuaría de parásito al no haber trabajo?
    • ¿Estaría dispuesto a afrontar los conflictos religiosos y culturales que se derivarían de ello (en Alemania y Francia la política de integración basada en la multiculturalidad ha demostrado ser un fracaso, y la población en paro en esos países es muy mayoritariamente musulmana de segunda o tercera generación en Europa. Por lo general, esos musulmanes rechazan los valores occidentales y su cultura, encerrándose en su grupo?
    • En encuestas recientes del Reino Unido, casi la mitad de los jóvenes musulmanes apoyan moralmente al DAESH, ¿estaría usted dispuesto a convivir con tal amenaza?
    • Otro problema, la libertad y la democracia es algo extraño al Islam, sólo en Turquía e Indonesia se puede hablar de democracia (y con graves y grandiosas restricciones). En Egipto, Argelia, Sudán, las elecciones democráticas sirvieron para imponer la ley coránica como ordenamiento jurídico y acabar con la democracia. No es extraño que en ciertas regiones europeas el islamismo se haga mayoritario y, tal como ocurre en todos los países islámicos de Oriente Medio, reprima duramente a los no musulmanes, no solo en sus manifestaciones religiosas, sino en sus derechos y libertades. ¿Está usted dispuesto a afrontar estas posibilidades?
    • ¿Aceptaría usted que su permisividad en materia religiosa, cultural y de libertades no fuera, en reciprocidad, correspondida, y que grupos egoístas cada vez más numerosos medrasen a costa de su permanente altruismo hacia ellos?
    • ¿Es mucho pedirle que no sea solo su corazón quien juzgue, que utilice también los ojos, la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, y que actúe en consecuencia de la conveniencia que perciba?

De egoísmo, altruismo, Mesías y partidos políticos

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No niego que la filantropía, la compasión, el altruismo, la ayuda al necesitado, no produzcan efectos sociales benéficos y que resulta necesario que se practiquen y deben ser, en ciertas ocasiones y casos, aplaudidos, pero es mi parecer que, oculto o desvelado, todo acto humano es un acto egoísta, aunque su faz venga engalanada con los más bellos colores del altruismo. Y también sostengo que el animal político destaca en lo del egoísmo de conseguir poder, estatus y otros beneficios, aunque asegure laborar abnegadamente por el bienestar de los ciudadanos.

Recientemente se han celebrado en España elecciones a cargos municipales y autonómicos. Las banderas de la pasión se han empezado a agitar en estos comicios que son el preludio de las elecciones generales que vendrán al finalizar el año. En la derecha se ha agitado el miedo a que un cambio de gobierno destruya privilegios, valores y riquezas; en el PSOE, que representa al socialismo moderado, como andan perdidos en el laberinto de autodefinirse y de encontrar qué querer y qué aborrecer, apenas se ha agitado nada; en Podemos, sucursal del pensamiento bolivariano en España, se han agitado el odio y el resentimiento.

Podemos es la nueva máscara del viejo Igualitarismo. Es una máscara hecha con retales de populismo, mesianismo y engaño. Se asemeja más a un movimiento religioso que a un partido político. Tiene a un líder a imagen de Jesucristo; el Jesucristo representado en  los iconos mostrando su bondad a Marta y a María, y mostrando su odio a los mercaderes del templo. Un líder, un Mesías, Pablo Iglesias, que promete un Paraíso Terrenal, una nueva Tierra Prometida: por el hecho de nacer, todo el mundo tiene derecho a todo, basta quitárselo a los ricos: vivienda, 30 horas de trabajo a la semana, jubilación a los 60, paga universal de 600 euros, sanidad y educación gratuitas en todo el amplio espectro de operaciones quirúrgicas y en todo ámbito educativo. ¡La tierra de Jauja de nuevo!

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A él acuden obnubiladas las muchedumbres hambrientas de palabras y esperanzas nuevas, a su silbo acuden, a despeñarse con él si fuera preciso. La muchedumbre airada que no se resigna a haber perdido sus coches y sus vacaciones y sus subvenciones y sus lujos, la muchedumbre que quiere seguir teniendo todos los derechos del mundo solo por haber nacido, que quiere recuperar todos sus privilegios con el mero argumento del deseo de conseguirlo y de la confianza ciega en quien se lo ofrece con voz templada y le asegura que así será si le siguen y le votan y odian a quien no sea de los suyos.

Y para que esa muchedumbre se inflame, el mesías erige altares al viejo dios laico, Papá Estado, ahora remozado con plumas de nuevos colores, que protegerá a las gentes en su andar por el desierto y pondrá remedio a todos los males y extenderá sobre todo hombre y mujer su amplio manto de riquezas y bendiciones sin cuento. Y lo público reinará para siempre por los siglos de los siglos sin agobiar a nadie en el trabajo y todos ricos y felices.

Pero, a menos que el Mesías señalado sea un redomado idiota ―que no lo es―, no puede ignorar que la Tierra Prometida es un espejismo que envenena la imaginación de las gentes y que nunca podrá calmar su sed, y que incluso conduce al abismo; pero sigue adelante con su propósito redentor porque odia mucho, porque está hecho de odio, y porque el poder le ciega. ¡Apañados estamos con él!

Recordemos las palabras de Bertrand Russell:  «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Pues eso.

Del reparto justo

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En mi anterior entrada Psicología, sentimientos e injusticia, hablé de la tendencia humana a percibir como justo aquello que nos produce satisfacción o conveniencia. Hoy voy a hablar acerca de la posibilidad de determinar un sentido de lo justo que desde la razón económica resulte irrebatible argumentalmente, aunque no lo sea desde la razón que alegan los sentimientos.

De lo arduo que resulta el sentar alguna base sólida desde donde poder abordar con ciertas garantías de ecuanimidad el juicio sobre lo justo o injusto de un asunto o de un dictamen, da cuenta el sorprendente hecho de que poseemos un mecanismo neuronal que procura por la justificación de los propios actos y creencias. Las neurociencias lo han puesto de manifiesto mediante experimentos que no viene a cuento detallar.

Si lo que percibimos justo obedece a nuestro interés ―a la satisfacción, conveniencia o grata sentimentalidad que nos produce―irremediablemente nos encontramos sobre arenas movedizas a la hora de señalar “imparcialmente” lo que consideramos justo. Es decir, al responder  al interés personal, lo justo no se puede universalizar, cada cual tendrá su propio sentido de la justicia y generalmente no coincidirá con el sentido que aprecien los demás.

Tal vez se aclare lo dicho echando mano del sentimiento de la compasión, que constituye una de las bases de la moral (las principales bases sentimentales de la moral son la vergüenza y la culpa).

La compasión, que surgió evolutivamente con la “finalidad” de cohesionar los grupos humanos, puede, no obstante ser tan alabada, producir una interpretación de lo justo deleznable. Me detengo un instante en analizar algunos de los posibles efectos de establecer lo justo compasivamente, es decir, poniendo a la compasión como juez.

Empecemos por señalar que nuestro cerebro construye mentalmente un “nosotros” y un “ellos”, y juzga de manera radicalmente distinta las acciones de quienes catalogamos en un grupo o en otro. Con uno de los “nuestros” vale la disculpa, la compasión, el afecto…; con uno de “ellos” vale el odio, el culpabilizar, el juicio perverso de sus actos…

En los distintos grupos políticos, religiosos, familiares, económicos, etc., es fácil de ver esa radical diferenciación del juicio que emitimos acerca de un mismo acto cuando éste es realizado por uno del propio grupo o cuando lo realiza un individuo del grupo oponente. Acerca de un tema de tan candente actualidad como es el del terrorismo islamista, se han llegado a escuchar voces de algún sujeto de la extrema izquierda que ha llegado a justificar los atentados de París: en el “nosotros” de ese sujeto se encuentran los islamistas radicales. Eso explica su aberrante juicio.  Otro caso semejante de disparidad de juicios sobre lo justo de una acción o de un reparto, dependiendo del sujeto implicado, se manifiesta en algunos animalistas que, con evidente pasión, declaran que es de justicia otorgar a los animales iguales derechos y condiciones de vida que los poseídos por los humanos, y pretenden que se penalice con graves penas a quienes no los respeten, mientras que se muestran indiferentes ante las calamidades que pueden estar padeciendo un grupo de humanos. En su “nosotros” se encuentran los animales.

Así que la compasión, que depende de la categoría  “nosotros”,  no resulta ser un buen aliado para determinar un sentido de lo justo que resulte universalmente aceptado con argumentos de la razón, aunque  lo sea con argumentos sentimentales.

Veamos un caso de reparto de bienes que universalmente es considerado justo. Malinowski descubrió durante sus investigaciones con pueblos primitivos que la base del orden social en las sociedades pequeñas es el Principio de Reciprocidad. Te doy, te ayudo, te presto, colaboro en tu empresa, en la esperanza de que tú me devuelvas en igual medida. Bien es verdad que cuando dos individuos cooperan a partes iguales en una determinada labor, en el fuero interno de cada uno de ellos se desea obtener el mayor beneficio posible, aun a costa de mermar el beneficio del otro cooperante. Recuérdese que nuestra esencia es el egoísmo. Pero ambos perciben que lo justo es la igualdad en el reparto de beneficios por haber sido la misma la aportación de cada uno de ellos. Es esta una estrategia apropiada para el mantenimiento de la relación cooperante, que evita disputas y sentimientos de agravio. Al proporcionar tales ventajas a la actitud cooperante, es decir, al obtener ambos cooperantes beneficios de la cooperación, las acciones, las ayudas y los repartos basados en el Principio de reciprocidad se perciben universalmente como justos. Si uno de los cooperantes recibiese menos de lo que le corresponde según el principio nombrado, se sentiría agraviado y ello sería un factor decisivo para dejar de cooperar y para el enfrentamiento.

El tal principio lo podemos extender al caso en el que uno de los cooperantes aporta a la cooperación en mayor medida que el otro. Parece obvio en tal caso que lo justo sería el reparto equitativo de recibir en proporción a lo que se ha aportado. Pero no resulta tan obvio como parece porque cuando se hacen aportaciones desiguales aparece la consideración del mérito de cada cual, y medir este mérito conlleva graves complicaciones. Sirva de ejemplo del desacuerdo en los criterios con que medir el mérito la propuesta marxista: “De cada cual según sus capacidades, a la cual según sus necesidades”.  Una propuesta ilusa que ha traído el desastre económico a todos los países que han ensayado modelos comunistas; pero también una propuesta que pone de manifiesto el gran desconocimiento de la naturaleza humana de que Marx y Engels hacían gala. Simplemente negaban el mérito ¡y esperaban que todos cooperasen con todas sus fuerzas!

Y es que si un individuo presenta, en una cooperación con otro, más méritos que éste, por ejemplo, mayores capacidades creativas o mayor ingenio o más fuerza, el que presenta menos méritos se siente doblemente agraviado, no solo por recibir menos en el reparto de beneficios, sino también por poseer menores capacidades. Dado nuestro carácter egoísta, el mérito que presentan los demás y que sobresale por encima del nuestro nos parece injusto, y suele conducir al nacimiento de envidias, odios y resentimientos. El Igualitarismo proclama esa injusticia, niega el mérito, y encauza esos resentimientos. Para el Igualitarismo, lo justo es la igualdad en el reparto.

Así que para que el mérito de algunos sea reconocido por todos, al menos desde la óptica del beneficio personal, es decir, con la razón y los números aunque no necesariamente con el sentimiento, para que al menos desde ese punto de vista el reparto desigual sea considerado como justo, es preciso que del mérito de unos pocos saquen beneficio todos.

Esta solución de lo justo está contenida secretamente en las doctrinas calvinistas. Calvino justificó la desigualdad de riquezas y estatus entre los hombres. Con su conducta y sus éxitos cada individuo se demostraba a sí mismo y a los demás que era uno de los Elegidos por Dios. El calvinista Adam Smith lanzó estas razones: “Los hombres son egoístas por naturaleza, dejémosles comportarse económicamente según su egoísmo les dicte, pues se verán irremediablemente conducidos por la mano de Dios a la búsqueda del bien de la comunidad”. Esto es, cada individuo colabora egoístamente de tal forma que el esfuerzo conjunto conduce a la obtención del máximo beneficio para la sociedad.

Dicho con otras palabras y evitando cualquier referencia religiosa: logrando mediante leyes que todos los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima, el actuar en lo económico egoístamente procura el mayor beneficio posible, no solo para el propio individuo, sino también para todos los miembros de la comunidad. El mérito de un o repercute en el beneficio de todos. Además, el éxito de cada cual es el reflejo de sus propios méritos, lo cual evita el gran problema de tener que determinar la vara de medir los méritos (una vara de medir que se estira o encoge según el “otro” sea o no uno de los “nuestros”). El éxito obtenido evidencia el mérito.

¿Extraña que esa fórmula de lo justo en el reparto diera los mayores frutos económicos que se habían producido jamás en la historia de la humanidad, que produjera la Revolución Industrial y el auge del capitalismo? Claro, una condición que he señalado y que no se halla presente en el capitalismo real es el la de que los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima. Esto implica una optimización de los recursos humanos, esto es, todo el mundo tendría que poder acceder en igualdad de condiciones a los recursos económicos, algo que las diferentes posiciones de partida de unos individuos y otros hace imposible, lo que origina que el éxito económico y el reparto de riquezas dependa en gran medida de la posición inicial desde la que parte un individuo.

Así que en este modelo ideal capitalista (aunque inicialmente el capital estaría socializado) el reparto justo se realizaría de acuerdo al mérito mostrado por cada individuo en generar riqueza que repercutiese a favor de la comunidad, y la vara de medir ese mérito sería precisamente el éxito obtenido por el sujeto en la obtención de beneficios. Económicamente, todo el mundo obtiene beneficios del éxito de cada sujeto. De ese modo, desde el mero punto de vista económico, el desigual reparto de riquezas entre los distintos miembros de la comunidad se consideraría justo porque egoístamente satisface a todos, ya que produce el mayor beneficio posible para cada uno de ellos.

Pero el hombre no es simplemente un animal económico, es sobre todo un animal sentimental, y ese desigual reparto, inobjetablemente justo de acuerdo con la razón económica, no lo sería con la razón sentimental: el sentimiento de agravio comparativo (y el consiguiente resentimiento contra los de más éxito) seguiría produciéndose en aquellos que muestran menos mérito, que obtienen menos éxito y cuyas expectativas de mejorarlo son pequeñas. Esas razones sentimentales llevarían a muchos a preferir la miseria para todos antes que la desigualdad. Tales son las razones que presenta el Igualitarismo extremo, cuya razón sentimental les dicta la fórmula de “lo justo en el reparto es la igualdad”.

No por razones de justicia social, como se suele alegar, sino por razones de conciliación social y de compasión (la compasión, por la conveniencia de armonía social, abre el “nosotros” a todos los miembros de la comunidad), la comunidad detrae riqueza de los más económicamente favorecidos y la asigna gratuitamente a los menos favorecidos. Pero esto, como ya he dicho, no es una cuestión de justicia en el reparto, sino de caridad y acuerdo y armonía social, y no es éste el tema.