Libre Albedrío III (y final)

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¿Qué ocurre a nivel neuronal cuando se produce un pensamiento o se toma una decisión? Ciertas regiones del cerebro se activan y se conectan; ciertas zonas de formación evolutiva reciente reciben aferencias de zonas más antiguas y viceversa. En esas activaciones no solo se transmiten potenciales eléctricos, sino también neurotransmisores e incluso hormonas, recorriendo circuitos que se ven afectados por su acción química y eléctrica, y activando otras redes y produciendo estados de ánimo determinados.

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¿De qué depende ese baile de sustancias químicas y eléctricas que se produce en las neuronas y en otros tipos de células llamadas gliales? De los ambientes químicos existentes en el interior y en el exterior de las células. Según sea la relación de desequilibrio entre esos ambientes y según sean estos, algunas largas proteínas singularmente enrolladas sobre sí mismas ―y que son las puertas de entrada y salida de sustancias de la célula―se abrirán o cerrarán al paso de ciertas moléculas o átomos, dando lugar al inicio y mantenimiento del baile químico señalado.

Así que la acción biológica de actividad celular se reduce a la acción química de ciertas moléculas, pero la acción química se reduce a su vez a una acción física: por ejemplo, el enrollamiento de las proteínas, su modificación en la apertura o cierre de sustancias a la célula, depende en último término de las cargas eléctricas de sus partículas interactuando con las cargas de las partículas de los ambientes considerados.

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Algo semejante a lo dicho para una célula en particular ocurre para las redes neuronales, aunque la complejidad explicativa aumente, pero no su esencia, que es la misma: los pensamientos, las razones, los sentimientos, las emociones, las decisiones, son reducibles a acciones químicas, que se reducen a acciones físicas, y, consecuentemente, la acción mental es determinismo puro, pues la física lo es.

Ahora bien, a nivel psicológico, el lector atento habrá adivinado que falta por averiguar qué sujetos motivan el desequilibrio químico existente entre el interior y el exterior celular. Esa es la pieza que falta en el engranaje. Ahí se encuentra el meollo del asunto. Y es un meollo complejo. Los sujetos son varios y se encuentran interrelacionados.

El organismo humano ha sido pergeñado para responder al entorno con ciertas garantías de éxito para la supervivencia y el éxito reproductivo. Poseemos varios sistemas cerebrales para hacer frente al medio, para adaptarnos provechosamente a él. El enamoramiento, la ira la vergüenza, el resentimiento, el afecto, el deseo, el miedo, los instintos, el dolor, el placer…, son respuestas de esos sistemas al medio ambiente (sea éste un medio social, o cualquier otro entorno considerado) con vistas a la finalidad señalada. Pero todas esas respuestas se producen en el cerebro relacionalmente de acuerdo al grado de afección que el medio ambiente nos produce.  Nuestros sistemas de percepción envían señales químicas y eléctricas a otros sistemas neuronales, alterando la composición química del correspondiente medio intercelular, produciendo a su vez nuevos desequilibrios químicos que dan comienzo al trajín de otras redes neuronales.

Resumiéndolo con un ejemplo, la visión de un hermoso cuerpo produce que se envíen señales químicas a ciertas regiones cerebrales y que se alteren los equilibrios y ambientes químicos de ciertas redes neuronales, dando lugar a lo que conocemos como un estado de deseo, y haciendo surgir derivativamente pensamientos acordes con él.

Todo comportamiento humano y toda acción mental son reducibles a esos procesos químicos y físicos. Puro determinismo. La aparente libertad de acción, el aparente libre albedrío, no son otra cosa que un espejismo engendrado desde esta oculta complejidad. También se podría considerar como una ilusión subproducto de la conciencia con cierta utilidad evolutiva: la de hacernos sentir distintos, diferenciados, humanos, dueños de nuestro destino, hacedores y no meras máquinas celulares que el instinto conduce. Tal vez esa ilusión provenga de la capacidad de poseer memoria, de tener conciencia del pasado y percibir que es diferente del presente y que nos sentimos responsables de ello.

Libre Albedrío II

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              En la anterior entrada expuse los dos distintos conjuntos de sistemas de que dispone el cerebro para percibir la conveniencia de un asunto y, consecuentemente, decidir. Por un lado está el sistema límbico y otros sistemas aún más antiguos que gobiernan las emociones, los instintos y las acciones reflejas; por otro lado están los sistemas que en mayor medida operan en la conciencia.

Pero la cuestión resulta mucho más complicada de lo que parece a simple vista porque unos sistemas y otros se ejercen mutua influencia. Por esa razón y antes de proseguir en esa línea, examino dos experimentos clínicos que son famosos en el campo de las neurociencias.

El primero de ellos fue llevado a cabo por el doctor Benjamín Libet, de la Universidad de California en San Francisco. Mediante tal experimento descubrió que un poco antes de hacer consciente la decisión de llevar a cabo un acto, dicha decisión ya se refleja (ya ha sido tomada) en la actividad de áreas subcorticales de las que no somos conscientes. Por ejemplo, antes de decidir mover un dedo, las redes neuronales motoras que controlan dicho movimiento a nivel subcortical ya habían decidido mover el dedo.

Esto es, la conciencia aparece solo como mero notario que da fe de lo que en el subconsciente ya se ha decidido. Es este subconsciente quien evalúa las opciones que se presentan y es él quien decide. La decisión la recibe después la conciencia, creyendo ilusamente que ha sido ella quien ha decidido.

El segundo experimento lo llevó a cabo el doctor Robert Heath. Fue como sigue: a un  paciente aquejado de un cierto desorden neurológico se le colocaron varios electrodos en el cerebro. En un cierto momento en que el paciente describía lo apenado que se hallaba por la enfermedad terminal de su padre, el doctor Heath estimuló con los electrodos el septum  del paciente, un área del sistema límbico que participa en los procesos de placer con carácter sexual. En menos de 15 segundos el paciente olvidó su pena y comenzó a sonreír picaronamente y a hablar de planes para seducir a una amiga. Según su propia confesión, “los planes han acudido de pronto a m i cabeza”.

Esquemáticamente, la estimulación de la actividad de una zona del sistema límbico originó un  cambio de pensamientos y de sentimientos.

Volvamos al hilo de la influencia mutua que se ejercen los sistemas arriba dichos. Se ha de tener en cuenta que las emociones y los instintos afectan de manera muy importante a nuestro pensamiento y a los senderos que toma la razón; pero también se produce la influencia en sentido inverso, pues nuestras razones y pensamientos influyen en agrandar o diluir el grito emocional e instintivo. Se sabe también que las creencias que poseemos acerca de un determinado asunto, determinan en gran medida la predisposición emocional y sentimental hacia su ocurrencia.

Por otro lado, el sistema intelectivo, haciendo uso de la imaginación y de la memoria, labora especulativamente en el presente con vistas al futuro en razón de encontrar a largo plazo lo conveniente en referencia a cualquier asunto de la vida. Pero, en cambio, en las cuestiones que se han de dilucidar a corto plazo, en la inmediatez, la facultad intelectiva suele intervenir poco, y nos mueven rutinas de acción basadas en costumbres, usos o creencias, o bien nos guiamos a instancias del miedo o del placer que nos presentan en primer término los asuntos.

Como se ha podido ver, un auténtico galimatías: una intrincada influencia entre los distintos sistemas encargados de percibir la conveniencia del organismo, y la intervención ―y la frecuente disputa entre ellos― de sistemas encargados de la percepción de lo conveniente a largo y a corto plazo.

Dicho lo dicho, se vislumbra que los sistemas que operan en el ámbito de la conciencia, como los sistemas intelectivos, ejercen la doble labor de percibir lo que conviene al individuo (sobre todo a largo plazo), pero también la de resaltar lo que le resultaría a éste conveniente frente a la conveniencia que perciben los sistemas que operan en el subconsciente. Pero, ¿toman estos sistemas conscientes la decisión respecto a las conveniencias presentadas, o su acción se limita a presentarlas?

El lector que haya estado atento se habrá percatado de que su labor es de mera presentación. El sistema evaluador y que decide no se halla en el ámbito de la conciencia.  Opera en su subterráneo y tiene por misión evaluar cada conveniencia en razón del peso de miedo o placer que presenta. En el sistema límbico se evalúa la placentera e instintiva conveniencia que representa el hecho de engañar a la esposa con la compañera de la oficina, a la vez que la conveniencia de evitar el hecho por temor a las consecuencias de dicha acción.

La decisión se elabora en el subconsciente pero conscientemente podemos laborar para otorgar más peso a la conveniencia intelectiva que a la conveniencia instintiva a la hora de ser evaluadas emocionalmente.

Veamos las razones que presenta un fumador que pretende dejar de fumar. Las razones relativas a la prevención, al miedo a los efectos del tabaco, deben lograr un peso mayor que las razones del placer de fumar. Uno debe crear una preocupación por fumar dentro de sí, un temor a fumar. Recuérdese el dicho de Spinoza de que para hacer frente a una emoción debemos de emplear otra que la venza. En la evaluación, el peso de ese temor debe ser mayor que el peso que aporta el placer.

En ese sentido se puede decir que uno decide libremente. No es la conciencia en último término quien decide dejar de fumar, sino que es el sistema evaluador del subconsciente, pero  desde la conciencia podemos agrandar el peso de lo conveniente que resulta tirar el cigarrillo.

Vistas así las cosas, esa decisión libre en el sentido considerado, como capacidad para agrandar el peso que presente aquello que la conciencia estima conveniente, como capacidad que es, no es igual en unos individuos que en otros. No solamente porque la capacidad intelectiva de unos y otros es distinta, ni porque el influjo de las emociones tenga distinta potencia en unas y otras personas, sino también por la propia naturaleza de cada cual para dar mayor peso a la conveniencia que presenta el intelecto. De ahí que a ciertas personas les resulta relativamente fácil dejar de fumar mientras que a otras les resulta imposible. Así que el libre albedrío varía de unas personas a otras.

CONTINUARÁ…

Libre albedrío I

CEREBRO

En un sentido estricto significa que mediante los mecanismos de la mera conciencia somos capaces de decidir nuestra acción en el mundo. Esto es, que al «yo consciente» le corresponde la autoría de nuestras decisiones; y que  tenemos autonomía, que «nuestras» decisiones no están predeterminadas ni forzadas desde otros ámbitos «fuera» de la conciencia. De forma radical y extrema, el libre albedrío implicaría que es de la acción exclusiva de la conciencia de donde surgen los motivos de la decisión y la decisión misma.

Claro está que la supuesta  acción de los mecanismos de la conciencia reduciría los procesos que tienen lugar fuera de ella, en el subconsciente, a meros comparsas y servidores silentes de la razón, que los  gobernaría con manu militari y absoluto control. Evidentemente, no es así la cosa. Las pasiones emergen desde las afueras del control de la razón sin que la conciencia sepa siquiera de las causas profundas de su emergencia.

Así que, obviamente, no existe en nosotros el libre albedrío en el sentido estricto antedicho. Pero conviene averiguar con qué sentido y en qué grado se puede hablar de la autoría y autonomía del yo consciente en la decisión, y, consecuentemente, con qué sentido y en qué grado el libre albedrío.

Ello dependerá del papel que la entidad conciencia juegue en la holística estructura del organismo y de su acción: de la interrelación de los diversos sistemas orgánicos –entre los que se encuentran los propios de la conciencia–, de la comunicación que establezcan entre sí, de la dependencia, subordinación y control de los unos sobre los otros…

Con la intención señalada anteriormente, conviene poner en claro una premisa que resulta obvia desde el punto de vista evolutivo: todos los sistemas que obran en el organismo han sido pergeñados como adaptaciones evolutivas, por la utilidad que mostraron para que el organismo sobreviviera en el medio considerado (o porque no resultaron ser un impedimento vital).

También conviene realzar algunas cuestiones conocidas: sólo somos conscientes de aquello que supone alguna actividad del neocórtex. Pero para que se produzca algún grado de consciencia, deben entrar en funcionamiento muchas partes del cerebro que operan en el subconsciente. La memoria, la atención, las sensaciones, el pensamiento, la razón… son componentes principales de la conciencia, sin embargo, ¿sabemos algo de su emergencia?, ¿sabemos algo de las causas por las que un pensamiento, un deseo o una emoción surgen a la conciencia (en cuyo plano son reconocidas)? Brotan de un hontanar  subterráneo del predio conciencia, más allá de él, más profundo, oculto;  y lo hacen «mostrándose», pero sin mostrar las causas de su emergencia.

Bien, vayamos al grano. Se trata de decidir sobre un asunto en cuestión. Por lo tanto, considerando  que la decisión se produjera en el plano de la conciencia, se trataría de conocer conscientemente lo que al tal asunto convendría, y aquello de lo que resultase mayor conveniencia  resultaría ser la decisión. Pero pudiera ser que el organismo dispusiese de otros sistemas para «reconocer» la conveniencia, sistemas distintos a los de la conciencia; al fin y al cabo la funcionalidad del organismo se asienta en percibir, en su sentido más amplio, las amenazas y posibilidades del medio, y responder adecuadamente a ellas con la finalidad teleológica de sobrevivir. Por ejemplo, en situaciones de inmediato peligro, la amígdala «responde»  incluso antes de que dicho peligro se haga consciente. En tal caso es el sistema límbico (en donde se halla la amígdala), desde el subconsciente, quien ha «decidido» y quien impulsa a la acción. En otras palabras: es la amígdala quien ha «reconocido» el peligro y quien tiene dispuesta la acción «conveniente» para gestionarlo.

Se saca en claro con este ejemplo que el organismo-en-pleno dispone de otros sistemas distintos a los propios de la conciencia para reconocer ciertos eventos relevantes para supervivencia y responder a ellos convenientemente. El organismo tiene codificada la situación y la respuesta a ella; y en dicha codificación participa usualmente la experiencia, aunque resulte innato el automatismo de la respuesta. Los deseos y los instintos actúan así. Vemos a una hermosa mujer y la deseamos, pero no es «nuestra» la decisión de que tal deseo surja, y menos de que fulja como lo hace; no es una decisión de la conciencia, del «yo consciente». Ni lo es el que sintamos un frío temor cuando un mal aliñado desconocido se dirige a nuestro encuentro en un sombrío callejón. Tampoco es de la incumbencia de ese «yo» la «decisión» de huir como alma que lleva el diablo en tal circunstancia; ni de que miremos con ojos vidriosos y sentimiento anhelante los pechos de la mujer. Se trata de meros reflejos, de acciones instintivas sobre las que la conciencia obra y se percata después, al cabo de unas décimas de segundo.

Así que, actuando fuera del plano de la conciencia, mediante mecanismos automáticos, el organismo «reconoce» objetos y hechos relevantes para la supervivencia (objetos y hechos que estima «convenientes» o «inconvenientes» para la supervivencia) y responde a ellos según esa conveniencia. Ya lo señaló Descartes: «El deseo es la agitación del alma causada por los espíritus, que la disponen a las cosas que ella se representa como convenientes». Se ha de resumir, pues, diciendo que el organismo dispone de varios sistemas distintos para el «conocimiento» de la realidad. Algunos como la razón, situados en la superficie de la conciencia, y otros escondidos en sus subterráneos. Desde estas ocultas profundidades, el instinto y el deseo nos lanzan hacia lo que el organismo estima «conveniente» para la supervivencia, mientras que el miedo nos retrae de lo que el organismo estima «inconveniente» para sobrevivir. El organismo, considerando su holística estructura funcional, «reconoce» de forma distinta a como conocen los mecanismos de la conciencia.

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Expongo un ejemplo burdo con la pretensión de evidenciarlo. El del hombre casado al que la convivencia prolongada con una compañera de trabajo hace caer en la tentación erótica que se concita entre ellos, y que practica con la susodicha un rápido y ardiente intercambio sexual. Como el tal individuo sigue enamorado de su mujer (no hace aún un año que se conocen), su conciencia le avisa primeramente de que el deseo suscitado no resulta conveniente, y más adelante, tras de la consumación del deseo, le regala un sentimiento de culpa acompañado de un cierto  displacer o malestar, y le avisa de nuevo de los peligros y problemas que pueden surgir y de lo inconveniente de la acción realizada. Resulta, así, que los mecanismos de la conciencia reconocen inconveniencia, mientras que, ¡ah, aparente incongruencia!, otros mecanismos más primitivos, causantes de los instintivos, son «reconocedores» de lo conveniente de la acción. El organismo ha tenido que optar entre la conveniencia propuesta por la razón y la «conveniencia» propuesta por el deseo sexual. Ha tenido que optar… y «decidir».  Deducimos de ello que el organismo dispone de al menos dos sistemas distintos de «conocer», y que, en este caso,  los dos muestras conveniencias distintas. La memoria, el pensamiento, la razón, nos dan desde el plano de la conciencia (con titubeos, con cambio de criterios, con análisis antagónicos, a veces, de los asuntos) un dictamen de lo que conviene; mientras que, desde zonas subcorticales, obrando en el ámbito de lo insconsciente y «disparando» desde allí, las emociones y los instintos nos dan otro dictamen diferente. Tal vez convenga recordar que el organismo se dirige hacia lo que percibe «conveniente» mediante los deseos y los instintos, instrumentos estos del organismo, antiquísimos, y que velan por su supervivencia

Hasta aquí, no obstante, he considerado que esos sistemas actúan independientemente entre sí; lo cual es falso. Se hallan interconectados y se proyectan influencias mutuamente. Tradicionalmente la razón nos hacía humanos y el instinto nos hace animal, y tradicionalmente han sido considerados independientes, y han sido considerados «puros» en el sentido de que cada uno de ellos actúa con una finalidad bien definida y determinada; pero ese es un modelo ideal que no se atiene al verdadero carácter de promiscuidad e interrelación con que se manifiestan en nosotros esos instrumentos que son la razón y el instinto. Lo cierto es que en el cerebro existe una imbricación íntima de la corteza asociativa, responsable en gran medida de la conciencia, con los sistemas subcorticales responsables de las pulsaciones más primitivas.  Es manifiesto que emociones e instintos invaden con su acción el plano de la conciencia, influyendo de manera característica en su funcionamiento e incluso en misma emergencia. Y también los mecanismos de la conciencia influyen decisivamente en el desarrollo, en el modelado, en la magnificación o atenuación de los disparos emocionales e instintivos. La cosa se complica aún más porque en el conocimiento (y en el «reconocimiento») de la conveniencia (y de la «conveniencia») que procuran la conciencia y el sistema instintivo intervienen, como sistema evaluador, las emociones. Para aclarar estas cuestiones expongo a continuación un caso muy similar al expuesto anteriormente.

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De nuestra historia evolutiva conservamos una gran avidez por las grasas y los azúcares (los Mac Donald y las pastelerías o las tiendas de chuches se han creado a la sombra de esa avidez nuestra). En nuestro pasado de escaseces fueron sustancias muy demandadas por su alto valor calórico y, en el organismo, consecuentemente con ello,  se esbozó un especial placer gustativo por ese tipo de productos. Sin embargo, en la actualidad y en los países occidentales, la abundancia de tales nutrientes y el escaso gasto metabólico que realizamos por actividad  han motivado que ya no resulte conveniente el tomarlos.  Algunos tipos de diabetes, el sobrepeso, problemas del corazón, respiratorios… son los disgustos que nos causa ese «obsequio» de la evolución humana que es la avidez por ellos. El caso es que «nos los pide el cuerpo»; esto es, el organismo «reconoce» que dichos alimentos representan un bien a conseguir para nuestra supervivencia y, movilizado en el placer de consumirlos, nos impulsa a ello. No obstante, la conciencia nos avisa de lo poco convenientes que resultan. ¡Y el organismo se encuentra en un brete!, ¿a quién hago caso?  Claro, puede aducir alguien: «en eso consiste el libre albedrío, en la posibilidad de imponer las razones de la razón frente a las pasiones». Pero no es tan sencilla la cosa. En primer lugar, porque la razón no actúa sola. Mediante la razón analizamos los pros y contras de tomarlos y de no tomarlos, pero quien íntimamente valora los dichos pros y contras no es la razón, sino las emociones. Es el peso emocional que nos suscitan los pros y los contras quienes dirigen el análisis de la razón y finalmente quienes dan el veredicto. ¡Y dicho más exactamente!: como aún en un substrato de la emoción se hallan el placer y el displacer del miedo al peligro, estos son en última instancia quienes dan el veredicto que la razón sólo se encarga de reconocer y transmitir. Ante el pastel de marras el sujeto obeso siente que todo su  cuerpo está conjurado para engullirlo, pero una voz de peligro (de miedo condicionado a ciertos productos) trae la memoria que avisa: ¡cuidado, si engordas no gustarás a fulanita!, ¡cuidado, si comes ese pastel te sentirás molesto contigo mismo después!, ¡cuidado, con esa tripa que se te está poniendo, pues serás el hazmerreír de la oficina! Y también escucha los gritos del placer: ¡qué más da un pastel más o menos, si tiene tan buen aspecto!, ¡total, la vida son cuatro días y hay que aprovecharlos!, ¡ya estoy harto de pasar hambre y no consigo adelgazar!… La razón no ha tenido que ver en la emergencia de unos gritos u otros, sino que obedecen a motivos de miedo o placer.

 CONTINUARÁ…

Sobre la verdad y el rebaño. Contra los mixtificadores y los tontos.

La verdad, la única verdad posible y plausible, aunque siempre provisional, es la que se establece por consenso o, en su ausencia, por acuerdo y convenio entre los entendidos de la materia a que aquella hace referencia. También de tales requisitos precisa la verdad científica, aunque, además, tenga la someterse al imperio del experimento. La razón no basta, pues la razón suele actuar en el suelo de los prejuicios y del desconocimiento de las causas y suele levantar a menudo ilusorios castillos de arena. Hace falta el concilio y el concierto. La evidencia individual no es suficiente.
Para los mortales, la verdad lanzada por el concierto de los entendidos debe ser la más fiable, la más verosímil de todas las alternativas a ella. Pero en realidad tal acuerdo y el que sea la más aceptada tampoco la convierte en verdad. Puede ser que esté falseada adrede por un subgrupo del grupo de entendidos, un subgrupo que monopolice la voz y la voluntad ―e incluso la conciencia―del grupo total y establezca, así, una tiranía sobre él.
Una tiranía en la moda en la historia en la filosofía… en cualquier ciencia. Los ejemplos son infinitos: tiranía del marxismo sobre la filosofía y la historia del siglo XX, tiranía de Hegel sobre la filosofía del siglo XIX, tiranía del materialismo dialéctico aplicado a la biología y protagonizado por Lysenko en la URSS, tiranía del psicoanálisis en la psicología del siglo XX…
En todos los casos se produce la siguiente secuencia: se forma un grupo de aduladores-aprovechados que actúan de portavoces y profetas del rebaño de pretendidamente entendidos en el tema, sean filósofos, historiadores, psicólogos, políticos, biólogos, etc. Acuerdan la verdad y la ponen de moda, y el rebaño les sigue dócilmente practicando el sans-culottismo contra los que se oponen a ella. Consiguen que nadie se atreva a decir en voz alta que el emperador está desnudo. Tal afrenta conduce al ostracismo. El temor a ser apartado del redil con los pesebres llenos.
Las falsas verdades ―o incluso las más sublimes y oscuras tonterías confitadas al gusto del rebaño, como las de Hegel―se aposentan así en las conciencias de los hombres por decenios o por siglos sin encontrar negativas respuestas. Lo que la Iglesia practicó durante mil años, lo han seguido practicando después esas manadas de «entendidos»: la falsedad, el oscurantismo, la opresión ideológica, la siembra en los campos del pensamiento de las más oscuras estupideces… y la complicidad de las reses bípedas de esos rebaños por mor del interés económico, político, o simplemente por no parecer tonto si se atreviera a negarlo.
Y no es cosa del pasado. Se sigue idolatrando a Hegel a Lacan, al psicoanálisis, a Heidegger, a Marx, a Marcuse, y siguen tratando de enviar a otros Galileos o a otros Copérnicos o Borges al ostracismo.
Ya veremos en qué acaba el antaño llamado Calentamiento Global y ahora nombrado Cambio climático al comprobar que la Tierra ha dejado de calentarse. Se han tomado por hechos científicos lo que no son más que hipótesis, pero lo avalan los miles de investigadores del clima que viven de que el tal calentamiento cale en la conciencia de los hombres como indiscutible verdad.
Y como antaño, las discrepancias se pagan caras: se pone la señal de apestado sobre quien asegure que el emperador está desnudo.
La metafísica, sin embargo, no está desnuda, se le viste de palabrería vana. Eso sí, sigue siendo tan estéril como siempre lo ha sido.

Filosofía y felicidad  

 

La Filosofía tiene respuestas múltiples para cada cuestión que se le presenta. Esta falta de unicidad del pensamiento filosófico hacia un determinado asunto no  es un desmérito, sino que manifiesta los diferentes modos de ver de la realidad y las diferentes  conveniencias que animan a los hombres, la inaprensibilidad de la verdad. Y tan inaprensible como se muestra la verdad de un asunto se muestra la felicidad. Verdad y felicidad son entidades poliédricas cuyas caras brillan a la luz de la visión y de la conveniencia de cada cual. Como el oráculo de Delfos, su quid está en la interpretación que cada uno le da.

En uno de los comentarios a la anterior entrada La felicidad, Mireia me apunta la siguiente aseveración de Albert Camus: «You will never be happy if you continue to search for what happiness consists of. You will never live if you are looking for the meaning of life». Esto es, la felicidad es tan escurridiza como el azogue: si la pretendes asir entre los dedos, se escapa sin siquiera dejar mancha en la piel. No obstante ―y perdóneseme el atrevimiento―, tan solo para poseer de ella un concepto inicial (chato quizá, poco riguroso seguramente) me atrevo a ponerle vallas que la delimiten. Y voy, también, a continuación, a exponer algunos pensamientos que de esa dama llamada felicidad han tenido algunos filósofos de renombre.

La felicidad es un estado de una cierta satisfacción personal y sostenida en el tiempo, acompañada de un importante grado de gozosa animosidad en la vida, como resultado de la cual el sujeto se muestra conforme con su situación y con la marcha de los asuntos de su vida; es un percibir gratamente la conveniencia de lo que el presente depara y de lo que del futuro se espera; es poseer un proyecto ilusionante y saborear satisfactoriamente los frutos que el camino seguido ofrece. Es, en fin, un estado de bienestar con firmes cimientos.

Hay ciertos dones que predisponen  a ser felices, verbigracia, poseer hermosura o riquezas, pues la posesión de fama, honores, poder, riqueza y belleza producen gran satisfacción a sus poseedores.

Sin embargo, dado que el sentimiento de felicidad, para que surja y se mantenga, precisa de una percepción grata de los dones, posibilidades y atributos  de uno mismo al compararse con los que disfrutan  los demás (nos resulta casi imposible sustraernos a no considerar como doloroso agravio el que al compararnos con los demás nos hallemos por debajo), y dado que las creencias del individuo en cuestión influyen muy determinantemente  sobre su percepción del mundo ―en particular, sobre los dones y atributos propios y ajenos y sobre el grado de conformidad acerca de ellos― y sobre los juicios que emite, de manera consecuente,  dichas creencias influirán en gran medida en sentirnos felices y satisfechos o infelices y desgraciados. Al fin y al cabo somos lo que creemos. Ya lo dice Schopenhauer[i]: «Una apreciación justa del valor de los que uno es en sí y para sí mismo, comparado con lo que solo es a los ojos de los demás, puede aportar mucho a nuestra felicidad». Quien ilusoriamente se percibe con dones y atributos que nadie le reconoce, tarde o temprano se cargará de rencor. Y quien desea vehemente aquello que no le es factible poseer, tarde o temprano se verá como Sísifo, desesperado por no poder alcanzar nunca la cima deseada.

Si hemos de creer a Hobbes, «todo goce del alma, toda satisfacción, proviene de que al compararse uno con los demás pueda tener una opinión elevada de sí mismo». Una buena opinión de sí mismo parece necesaria para ser feliz, pero cosa distinta es el cómo mostrarse ante los demás. La opinión de los «otros» resulta extraordinariamente relevante para nuestra felicidad, y esa opinión refleja de algún modo nuestra actuación social.

Sin embargo, los filósofos difieren en cómo debemos mostrarnos ante los demás para lograr su beneplácito y parabienes, pues a la postre la opinión de los demás sobre uno mismo es determinante para nuestra felicidad.

Schopenhauer aconseja la precaución y el no volar demasiado alto: «¡Qué bisoño es quien imagina que mostrar espíritu e inteligencia es un medio para ganarse el aprecio en sociedad», « Entre hombres, como amigos, son los más tontos e ignorantes los más apreciados y buscados, y entre las mujeres, las más feas. … Cualquier tipo de superioridad espiritual tiene la propiedad de aislar», « Saber unir la cortesía con el orgullo es una obra de arte.  … Después de una meditación seria y de mucho reflexionar, cada cual tiene que obrar lo más conforme posible con su propio carácter», « Quien quiera que su juicio merezca crédito, tiene que expresarlo con frialdad y sin pasión.  … No debemos caer en la tentación de alabarnos a nosotros mismos», «Tenemos que considerar secretos todos nuestros asuntos personales.  … Es más aconsejable mostrar cordura por lo que se calla que por lo que se dice. Lo primero es cosa de prudencia; lo segundo, de la vanidad».

Para ser feliz es partidario de limitar la acción y el espíritu, de poner límite a nuestros deseos, coto a nuestros apetitos, dominar nuestra cólera, cuidarse de cualquier tipo de afectación, aconseja mostrar cordura más por lo que se calla que por lo que se dice, y recomienda que entre nuestro pensamiento y nuestra palabra se abra una sima suficientemente ancha.

Bertrand Russell, otro gran filósofo pero muy distinto en talante al anterior,  asevera que la modestia excesiva está muy relacionada con la envidia[ii], aunque nos previene contra el engreimiento y contra la pérdida del sentido de la realidad por las adulaciones. También nos previene contra el pedir demasiado, que es el mejor camino para obtener lo menos posible.

En cambio, Nietzsche, el radical Nietzsche, aboga en todo momento por mostrarse ante los demás lo más elevado posible[iii]: «Mientras la vida asciende, felicidad igual a instinto », «Faltan las cosas mejores cuando comienza a faltar el egoísmo, «Sin crueldad no hay fiesta[iv] », «Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro», «Es bueno todo lo que eleva al individuo por encima del rebaño[v] », «El sufrimiento es bueno porque vuelve aristócratas a los hombres ».

Claro que, bien mirado, Nietzsche sólo busca la felicidad de los fuertes, de los elevados, mientras que desprecia la felicidad de los débiles: «Universal y verde felicidad-prado del rebaño, llena de seguridad, libre de peligro, repleta de bienestar y felicidad ».

En resumidas y simplificadas cuentas, Schopenhauer cifra la felicidad en la precaución ante lo social y en la gratificante soledad dedicada al conocimiento; Bertrand Russell, en cambio, dice que la felicidad fundamental depende, sobre todo, de lo que pudiéramos llamar un interés amistoso por las personas y las cosas; Nietzsche, en el poder y en la fuerza, en seguir los impulsos de vida, en elevarse por encima de los demás hombres.

Ahora bien, en lo que difieren aún en mayor medida estos tres filósofos es en  la apreciación del modo de vida a seguir para lograr ser feliz. Dice Schopenhauer: « El hombre rico en ingenio e inteligencia aspirará a la ausencia de dolor, a la tranquilidad y al ocio, y elegirá la vida retirada. Por eso la eminencia de espíritu conduce a la insociabilidad », « El hombre que se ocupa de sus pensamientos, a quien la soledad le es bienvenida, su centro de gravedad descansa enteramente en él, en sí mismo»,  o trae a colación una sentencia de Goethe : «Aquel que nació con talento para algún menester, en él encuentra la felicidad de su vida»;  pero Schopenhauer insiste de nuevo en los valores de la soledad :« Un sentimiento aristocrático es el que alimenta la inclinación al retiro y a la soledad. … No cabe otra cosa sino la elección entre soledad o vulgaridad, », «Los grandes espíritus anidan en las alturas, semejantes al águila, solos », «Hay que evitar confraternizar e intimar con naturalezas ordinarias. … Si, no obstante, valoramos realmente a alguien, debemos ocultárselo como si se tratara de un crimen».

Bertrand Russell, muy contrariamente a Schopenhauer, desdeña ese retiro, esa soledad, ese preocuparse por sí mismo: «El interés por uno mismo, al contrario, no conduce a ninguna actividad progresiva. Puede llevarnos a escribir un diario, a caer en el psicoanálisis, o tal vez a meterse fraile. … La disciplina externa es el único camino que pueden seguir hacia la felicidad esos infortunados, cuya absorción en sí mismos es demasiado rotunda para que pueda curarse de otro modo». Más adelante clama contra ese relamerse las propias heridas que es propio de escritores y artistas: «Algunas personas cultivadas (desgracia de Lord Byron) piensan que nada tiene importancia en esta vida. Son positivamente desgraciados, pero están orgullosos de su desgracia»; «Los artistas y literatos consideran obligado ser infeliz en su matrimonio». Para Nietzsche, sólo el hombre aristocrático puede tener vida feliz, el dedicado a las actividades propias del aristócrata, a la caza, a la guerra, a ejercitar el poder.

Sin embargo, en algo se ponen de acuerdo los tres filósofos, en que superar obstáculos es uno de los mayores placeres de la existencia. No obstante, echo de menos en sus dictámenes sobre la felicidad referencias a un factor que me parece crucial para ser feliz: poseer esperanza.

En fin, he expuesto tres formas de entender los actos y labores de los hombres en aras de la felicidad; tres formas que destilan de los caracteres y creencias de cada uno de esos filósofos. Me basta añadir el apunte que me hace Mireia de lo escrito por Hemingway: «Happiness in intelligent people is the rarest think I Know». Lo cual contrasta con lo que pronuncia Schopenhauer: « Sólo son felices quienes han recibido una cantidad de intelecto que excede la necesaria para satisfacer el servicio de su voluntad». Como se ve, seguimos sin saber a qué atenernos. Pero una cosa es bien cierta (y echo mano de nuevo de las puntuaciones de Mireia): dice el recientemente desaparecido García Márquez: «No hay medicina que cure lo que cura la felicidad»

 

 

 

[i] El arte de vivir, p. 84

[ii] La conquista de la felicidad, p. 94

[iii] El crepúsculo de los ídolos

[iv] Genealogía de la moral

[v] Más allá del bien y del mal

¿Es necesaria la filosofía? (Discusión)

Yack, abro esta nueva entrada porque la respuesta a tus aseveraciones, en extensión, se me han ido de la mano.

Tú hablas de la Filosofía y de la Ciencia en términos de competición por averiguar quién posee el mejor modelo para escrutar la realidad y obtener una «verdad» que resulte universalmente aceptada. Y, en eso, es cierto, la Ciencia, con las exigencias implícitas en el Método Científico, no tiene parangón. Pero, por un lado, ambas tienen diferentes ámbitos de actuación y de operatividad. Mientras que la Ciencia se atiene a aquello que resulta aprehensible experimentalmente, la Filosofía atiende a la moral, a lo religioso, a los fenómenos históricos, a indagar introspectivamente en la acción personal, atiende al conjunto de sistemas sociales, a la relación social, a la lingüística, a las proyecciones de futuro, a la coherencia lógica de la misma Ciencia, a la forma y al fondo de relacionarse los conceptos y los conocimientos… a todos aquellos ámbitos del saber donde la Ciencia carece de potencia resolutiva. Ortega y Gasset es un buen ejemplo de filósofo en esta línea, preocupado por la lengua, la sociedad, el arte, los nacionalismos… Otra cosa, bien cierto es, es mucha filosofía se haya encaminado a examinar el epicentro del ombligo del «ser», y que este tipo de «filosofía» haya sido el centro de atención académica ―más por incapacidad para hacer otra cosa que por convicción―y se hayan aupado ellos mismos a la categoría de sabios. Honradamente, el filósofo necesita hoy en día empaparse de Ciencia para poder, al menos, limpiar de polvo y paja, de palabrería y superchería, aquellos conocimientos  sobre los que la Ciencia tiene algo que decir. Pero tal empapamiento exige grandes capacidades, por eso la espantada que muchos hacen ante todo lo que huela a científico.

Tengan o no valor de verdad, las creencias filosóficas y las teológicas han ejercido una enorme influencia en la conformación del mundo actual. La naturaleza humana necesita de creencias para andar por el mundo, para que la duda no le asalte a cada momento ante cualquier asunto, para poseer criterio, opinión y seguridad ante los hechos que ocurren a su alrededor, y necesita también la previsión de la realidad que le proporcionan las creencias. Por tal razón el hombre las absorbe como una esponja. A este respecto, los filósofos han sido clásicamente los manantiales más fecundos de creencias, y los más fiables. Esa es la razón de que hayan sido ―y sean― tan necesarios. La filosofía enseña a clasificar las ideas según provengan de la mera razón intelectiva, de la experiencia, de la utilidad o de la conveniencia; organizan el sistema del conocimiento humano; la filosofía enseña la gran variedad de opciones y perspectivas que guían por el camino más grato o el más florido o el que conduce a los campos más fértiles, enseña la diversidad y la relatividad que tienen todos los predicamentos; enseña los mundos posibles, enseña a pensar, a percibir posibilidades, a percibir nuevos horizontes; y en fin, en contraposición a lo fiable y certero aunque angosto que muestra la visión científica, la filosofía ensancha el espíritu humano. No busca la filosofía solamente la verdad objetiva que pueda proporcionarnos la ciencia, sino que busca verdades previsoras amplias que den acallen nuestras dudas.

Puesto en claro este carácter amplio de miras de la Filosofía, se ha de hacer justicia con ella en cuanto casi todos los grandes saberes que han alumbrado el mundo han salido de su seno. Los filósofos, clásicamente, han recogido y sistematizado pensamientos dispersos, tendencias y deseos, y los dieron forma, provocando con ello grandes cambios sociales: desde nuevos movimientos religiosos hasta nuevas concepciones del mundo y formas culturales nuevas. En gran medida el mundo se ha ido conformando a la medida que ellos diseñaron. En esa misma medida se halla su utilidad.

El que la Ciencia haya avanzado enormemente en el conocimiento de la materia y en los intríngulis de la vida, y haya dejado obsoletos ciertas creencias filosóficas al respecto, que eran tomadas como «verdad», no resta valor a la consideración de que en el pasado dichas creencias fuesen las más plausibles y razonables. Pero es que ―y esto pareces olvidarlo― el método científico surgió del pensamiento filosófico, y de forma amplia pero cierta se pueden considerar a las diversas ramas del saber científico surgidas del tronco de la Filosofía. Las ciencias siguen los mismos principios de la lógica que encontró la Filosofía, y siguen utilizando los mismos métodos de ésta para organizar la información, categorizar etc. las discusiones de Einstein y Bohr acerca de los postulados de la Mecánica Cuántica no fueron otra cosa que discusiones filosóficas; la lingüística no es aún otra cosa que filosofía del lenguaje; si lees En busca de Spinoza, de Antonio Damasio, uno de los más grandes neurocientíficos de la actualidad, podrás ver que aquellas concepciones y visiones (sobre todo acerca de los sentimientos y las pasiones en general) del viejo judío sefardí las recoge y las sigue Damasio; las teorías de la Historia no son sino filosofía de la historia… Donde  puede hincar el diente el tratamiento científico la filosofía se retira a laborar en otros cometidos, pero aún en la Ciencia tiene mucho que decir, tal como ha mostrado el filósofo Daniel Dennett con la Teoría de la Evolución.

Dices que sin Newton o Darwin o Aristóteles hoy sabríamos exactamente lo mismo que sabemos, y no creo que tal aseveración sea cierta. Aunque hoy en día, con la democratización del conocimiento y la exacerbación del deseo de descubrimientos económicamente rentables para el descubridor, el conocimiento se acumula por la acción de cientos de miles de cabezas pensantes, en el pasado no siempre fue así. Ni se popularizaban los conocimientos ni eran muchas las cabezas pensantes. Así que la historia del conocimiento está jalonada de hitos del saber que se levantaron cuando las circunstancias económicas, sociales y tecnológicas lo hicieron factible, pero también cuando una persona singular dio con ello. Sin esa persona y con otras circunstancias menos favorables esos hitos hubieran permanecido enterrados cientos de años. Por ejemplo, los descubrimientos de Arquímedes (se le atribuye un instrumento de medida del que recientemente se ha podido descubrir que determinaba con precisión eclipses, fases lunares, y un largo etc, y medía horas, días, meses y años); por ejemplo, el movimiento heliocéntrico fue descrito por Aristarco de Samos pero hasta Copérnico fue olvidado. Galileo no hubiera tenido lugar sin el Renacimiento (una vuelta a los saberes griegos) y sin las ricas repúblicas italianas. Newton no hubiera surgido sin el espíritu práctico y emprendedor que en Holanda, Reino Unido y Suiza impulsaba el calvinismo. Es dudoso que Leibniz hubiera formulado por sí mismo el cálculo diferencial tal como lo hizo sin las aportaciones de Newton (parece confirmado que le copió y mejoró su forma. Leibniz aparece como un  gran mentiroso:  mintió acerca de su correspondencia con Newton y negó haber conocido a Spinoza, lo cual está absolutamente comprobado). Por otro lado, te recuerdo que Leibniz, Spinoza y Newton se consideraban filósofos y aplicaban sus conocimientos filosóficos del mundo.

Si yo alegaba en el anterior escrito que la filosofía del siglo XX había sido torticera, es porque, o bien se olvidó de los problemas de la realidad, o bien se basó más que en la razón y en las evidencias, en los deseos y los sentimientos. La pléyade de filósofos marxistas, sin atenerse a los dictados del conocimiento de la naturaleza del hombre ―que se poseía desde antiguo―postularon una Historia, una moral y un método filosófico hechos a la medida de sus deseos, llegando a utopías absurdas o a estupideces que se consideraronn sacras (el comunismo como finalidad de la Historia, el hombre nuevo socialista, la dialéctica materialista y otros dislates). El utópico Marcuse, que influyó grandemente en las revueltas del 68 señalando un paraíso al alcance de la mano. El psicoanálisis de Freud, esa consideración de valor científico a cualquier ocurrencia suya… Y sigue siendo torticera porque todas esas paparruchas se siguen impartiendo en las aulas como grandes verdades. Y es que al rebaño, sea de filósofos, científicos o comerciantes, se les engatusa fácilmente con el caramelo de cualquier creencia que satisfaga su deseo.

Quizá resulte conveniente exponer ejemplarmente cómo tratan los psicólogos actuales el tema de «la felicidad», en lo que de científico tiene la psicología, y cómo lo trataron algunos grandes filósofos. Creo que en esos diferentes tratamientos o formas de enfocar dicho tema descubrirás que la Filosofía aporta ―en este caso, ¡ojo! que bien sabes que mi formación es científica―una visión mucho más amplia de la variedad de motivos, causas y razones que mueven la conducta humana; que tiene aún mucho que decir en las cuestiones en que la ciencia aún no resulta clara y determinativa; y que su profundidad en percibir eso que llamamos espíritu humano y el conjunto de relaciones sociales es mayor que el de la psicología, y, sobre todo, más enriquecedor,  con un aporte más alto de conocimientos; la filosofía resulta, aquí, más sugerente, induce más cuestiones al lector, y más ideas, hace que se sienta más pletórico, más diverso, más ambivalente, más rico en conocimiento, más feliz en suma. Al fin y al cabo lo que se busca no es el avance científico sino la felicidad.

¿Es necesaria la filosofía?

Una vez plantados los tomates y los pepinos, ya en marcha el huerto, es hora de volver a las conjeturas y a las divagaciones.

Te creo, Yack, del todo errado en tus apreciaciones valorativas de la Filosofía. No olvides que el pensamiento filosófico, junto con el teológico, han sido las matrices donde han germinado todas las ideas que, asentadas en forma de creencias en el hombre, han movido históricamente el mundo. De su ímpetu y luz se han valido las acciones humanas desde siempre. La Ciencia y la Tecnología, hasta los tiempos presentes, han sido meros instrumentos que, sí, condicionaban en cierta medida el mundo de las ideas, pero el germen de los cambios sociales y de las mentalidades estaba en éstas. Para moverse en los diferentes ámbitos de la realidad el hombre ha necesitado de las creencias que le aseguraran una «verdad», una luz, y dichas creencias han surgido clásicamente del pensamiento filosófico.

Bien es cierto que la Filosofía, como todo aquel que posee fama, prestigio o poder, ha pecado siempre de soberbia. Ilusoriamente y en apariencia, ha pretendido buscar la «verdad» pero en realidad buscaba la verdad conveniente para su gloria, ha buscado llevar razón frente a los demás antes que tener razón. Sin lugar a dudas, lo que ha ofrecido han sido perspectivas de la realidad, todo lo demás es ilusión o artimaña. A veces perspectivas turbias, con el objeto desenfocado, disparatadas muchas veces, pero no se puede negar que el mundo ha caminado de su mano.

Sin las perspectivas de Locke y de Montesquieu los sistemas de derechos, democracia y libertades inglés y norteamericano serían muy diferentes. Incluso si miramos más a lo profundo, el que en el Reino Unido, en Norteamérica, en Holanda y en Suiza surgieran dichas libertades y derechos fue una consecuencia ardua y paradójica  de las angustiosas pero impulsoras creencias calvinistas. Seguramente, también, sin las doctrinas marxistas el siglo XX hubiera sido muy distinto.

Que produzca o no buenos frutos (que los ha producido y en abundancia, gran parte de nuestra civilización y cultura es obra suya) es una cosa, pero que ha movido el mundo al mover la conciencia de las gentes es indiscutible.

Y tal vez percibamos que en los dos últimos siglos muchos de los filósofos más profundos hayan sido los menos aupados al pedestal de la gloria, mientras que otros fatuos han sido ensalzados hasta el infinito. No creo que nadie haya ahondado tanto como Nietzsche el surco del conocimiento de la naturaleza humana, pero fue el oscuro Hegel el emperador de la moda filosófica de su tiempo (todavía hoy gran parte de la filosofía se resiste a considerar que está desnudo).

Claro que las creencias surgidas de ideas filosóficas han promovido equivocaciones conceptuales graves, claro que la perspectiva que ofrecen una filosofía u otra muestran caras de la realidad deformes e incompletas, claro que su pretensión de verdad ha sido ilusa y fatua, claro que en muchos casos su labor ha sido la de construir castillos en el aire, pero el hombre necesita de esos profesionales del pensamiento abstracto que son los filósofos y de la cohorte de perspectivas que ofrecen. Las ciencias no poseen todavía capacidad para dar respuesta a la mayoría de los problemas de la naturaleza humana y de la conducta del hombre, y si se interesan por estos asuntos deben, conciliatoriamente, tomar prestado el legado filosófico. Otra cosa distinta es que la filosofía se aleje de las realidades del mundo, pose mirándose el ombligo y se envuelva en el manto de los irresolubles problemas metafísicos.

El gran problema práctico a que la filosofía se enfrenta es el de poder abarcar la extraordinaria riqueza de conocimientos que la ciencia ha puesto al descubierto. Que hoy la linterna filosófica pretenda iluminar ―con su potencialidad conceptualizadora  y categorizadora― los extensos campos científicos, resulta pretensión ardua.

El otro gran problema de la filosofía es su pérdida de influencia en la cultura, en la moral, en la política. Hoy la matriz de las ideas sociales reside en la mass media, en el pensamiento zafio pero práctico, en la confluencia y confrontación de intereses y en adoptar soluciones prácticas para el momento, y todo ello bajo el manto y la égida de lo económico. Pero la filosofía sigue siendo tan necesaria como lo ha sido siempre, con su capacidad para analizar con garantía las relaciones lógicas de los asuntos del mundo, para conceptualizar y categorizar la realidad.

Las ideologías en la Ciencia

Voy a hablar de creencias que se tienen por fiables, por poco sentimentalizadas, que poseen –así se suele considerar—mayor grado de verdad. Me refiero a las creencias científicas. No es políticamente correcto entre los científicos aunar los vocablos «creencias» y «científicas», dado que lo científico se suele colocar en lo más alto del pedestal que anuncia la «verdad», mientras que lo todo lo relacionado con creencias se coloca en un pedestal que apenas destaca del suelo, como si el «creer» estuviera desvalorizado, fuese cosa del vulgo. Por tal razón se suele emplear «saberes científicos» o «conocimientos científicos», dándose por supuesta su verdad; pero nunca «creencias científicas», aunque creencias son. Son creencias y, como tal, se encuentra expuesta su verdad al albur de las interpretaciones; bien es cierto que es aconsejable fiarse más de unas que de otras pues se meten muchas en el mismo cajón. Responden a distintas maneras de entender y aplicar el término «científico». Las Ciencias Físicas, las más «duras» de entre todas ellas, exigen un rigor exquisito en los pasos, en las condiciones y los métodos a aplicar para validar la «verdad» del asunto que se trate. Se exige coherencia argumental, adecuada matematización, evidencia experimental verificable, predicción… Otras como las ciencias históricas, no pasan de ser meras interpretaciones de hechos parcialmente documentados y siempre analizados con parcialidad. De científico apenas poco más poseen que un cierto rigor en el análisis, y la pretensión de serlo. Resulta meridianamente claro que tras de la  parcialidad en el  análisis y del sesgo que se produce en la interpretación se encuentra  la ideología del interpretador. La visión de la realidad se percibe con las gafas de nuestra ideología. La ideología  del interpretador cincela a su antojo la verdad con el ánimo de infundir  en el lector de su obra la creencia acorde a su ideología. Véase, si no, la historia interpretada por un marxista: tras de todo suceso encuentra lucha de clases y lo económico resulta ser el fundamento de toda acción. O la historia de la antigüedad contada por  «ojos» griegos o por «ojos» romanos.

Claro, se puede alegar: «la parcialidad señalada o las ideologías no tiene ni puede tener lugar en el desarrollo e interpretación de las ciencias “duras” como la Física»… No, con reparos. No es que el investigador no la tenga, sino que la posibilidad de replicar las experiencias científicas y quedar expuesto al ridículo en caso de no obrar con diligencia, pone coto a su parcialidad. No obstante, existen los ejemplos de ello. El célebre astrofísico Arthur Eddington partió el 29 de mayo de 1919, al poco de acabada la Gran Guerra, al frente de una expedición a la isla Príncipe, en el golfo de Guinea, en la costa oeste de África, donde se vería un eclipse de Sol total. Trataba de confirmar la teoría de la Relatividad General de Einstein, que predecía  la curvatura de la luz en las cercanías solares De vuelta a Inglaterra, Eddington comparó las fotografías tomadas durante el eclipse con las que había tomado seis meses antes en Inglaterra, del mismo cielo de estrellas y con el mismo telescopio. La teoría de Einstein se confirmaba. Pero Eddington, llevado por su fe en la Relatividad, cometió de forma intencionada la poco científica acción –aunque a la larga irrelevante acción—de  desechar las fotografías que manifestaban discrepancia con lo que se esperaba encontrar. ¡Y es que la fe en una creencia se toma muchas veces como criterio de verdad[1]! A propósito, ni siquiera el mundo científico está libre de esas ilusiones, al menos hasta que la experimentación da su visto bueno o lo niega. Por ejemplo, la belleza matemática de una teoría suele ser tomada, mágicamente, como criterio de verdad entre los científicos. Cuando casi nadie tomaba en serio la Teoría de la Relatividad General, la belleza de sus fórmulas procuraba a Einstein una fe inquebrantable en ellas. En una carta al físico Arnold Sommerfeld, escribía: «Usted se convencerá de la Relatividad General una vez la haya estudiado. Por consiguiente, no voy a decir una palabra en su defensa».

El deseo, germinador de ilusiones varias, es una gafa bifocal: impulsa al descubrimiento científico, pero puede hacernos ver cosas que no son. Un ejemplo muy figurativo: Stanley Pons y Martin Fleischmann, de la Universidad de Utah, publicaron en la revista Nature un artículo sobre la denominada Fusión Fría. El 23 de marzo de 1989, en una conferencia, dieron a conocer su «descubrimiento»: se abría la posibilidad de fabricar energía barata ¡y en la propia casa de uno! En esencia consistía en un par de electrodos conectados a una batería y un recipiente con agua pesada rica en deuterio. Científicos de todo el mundo se lanzaron durante las semanas siguientes a reproducir los resultados y, sorprendentemente, ¡casi la mitad de ellos declararon haberlos reproducido! Pero la certidumbre de que aquello no era cierto se impuso. La magia de la botella no duró mucho, y el bochorno de los científicos replicadores fue grande.

Claro que, cuando no existe posibilidad de experimentar una hipótesis, las creencias y las ideologías ajenas al asunto de que se trate pueden tomar las riendas para determinar su «verdad». Tal cosa ocurre con la hipótesis del cambio climático global por las emisiones de dióxido de carbono y otros gases a la atmósfera. Los panconservacionistas del medio ambiente y la izquierda en general, ven churras donde la derecha ve merinas (hasta hace poco); aunque parece que se ha acabado imponiendo el compromiso del «por si acaso es así, dada la correlación que observamos, vamos a actuar».

Pero el ejemplo de más relieve y más ignominioso del sometimiento de la verdad científica al influjo de  creencias e ideologías en toda la historia de la humanidad –más aún que en los casos de Galileo y Copérnico—se produjo en la URSS.  En el Segundo Congreso Soviético de Granjas Colectivas, en febrero de 1935, Trofim Denisovich Lysenko, un oscuro biólogo, ataca a los genetistas soviéticos porque «con sus teorías importadas de Occidente están destruyendo la agricultura soviética»; palabras que satisficieron enormemente a Stalin. Con el utópico proyecto de transformar los cereales de invierno en cereales de primavera, ideando una suerte de lamarquismo de nuevo cuño que conseguiría adaptar las semillas al clima siberiano,  Lysenko — haciendo uso del engaño de conseguir «una nueva biología dialéctica y comunista» para lograr el apoyo de Stalin—, consiguió llegar a ser en 1938 presidente de la Academia Nacional de Ciencias Agrícolas, y ser temido en todo el ámbito agrícola y universitario. Durante tres décadas, Lysenko y sus partidarios controlaron la enseñanza, las investigaciones biológicas y la agricultura, llevando a la URSS a un fracaso tras otro en la producción de cereales. Sin embargo, ninguna evidencia en su contra fue suficiente para contrarrestar el entusiasmo que producía con sus palabras entre los dirigentes comunistas: «La teoría mendeliana de la herencia es falsa por ser reaccionaria y metafísica, y niega los principios fundamentales del materialismo dialéctico». Recuérdese que el marxismo dialéctico, sobre todo en la versión de Engels, pretende explicar todo conocimiento con oscuras palabras (a imitación del maestro supremo en esas lides, Hegel), y ataca con saña a la metafísica dominante en Occidente. Lysenko escribió: «En la URSS existen dos biologías radicalmente opuestas, una es materialista y soviética; la otra es reaccionaria, capitalista, idealista y metafísica». Como resultado del enfrentamiento, hizo prohibir la enseñanza de la genética mendeliana, y ordenó la destrucción de todos los libros e investigaciones basados en ella. Y no contento con ello, comenzó la purga política de los científicos que discrepaban de sus teorías: arrestos, deportaciones, ejecuciones, se sucedieron a cientos. ¡Durante treinta años! Los progresos en biología desaparecieron, pero ninguna evidencia en contra podía luchar contra su fervor ideológico y los apoyos que con ello conseguía. Un iluso ignorante con poder quizá sea la especie animal más peligrosa que existe, al menos la más destructiva; tenemos ejemplos de ello que nos tocan de cerca.


[1] Hay gremios que se especializan en creer en todo lo turbio o en aquello que venga envuelto en oscuridad; y en otros, lo ambiguo, lo vaporoso, lo novedoso, la belleza del asunto, o la misma jerigonza, sin más, sirven de criterio de verdad de un asunto.

¿Ciencia, o mera pretensión?

Todas las ramas del saber pretenden hacer ciencia. Es más, todos sus operarios declaran ser científicos, utilizar el método científico, investigar científicamente. Hace unos años, en una reunión de filósofos, se acertó a definir la filosofía como la Gran Ciencia. Más recientemente, leí en una revista, Investigación y Ciencia, las declaraciones de un catedrático de psicología: «No sabemos qué es la inteligencia, pero el text del C.I. la mide exactamente porque dicho text está confeccionado mediante el método científico», (¡horror!). Un pedagogo está absolutamente convencido de que la pedagogía es un producto excelso del método científico; tenemos el socialismo científico; la antropología científica etc etc

¿Atendiendo a qué razones debemos de clasificar a una rama del saber como ciencia o a una teoría como científica? En un primer nivel, o nivel más profundo, una teoría debe ser falsable y con capacidad predictiva y de descripción de la realidad. En este primer nivel sólo entrarían las ciencias físicas, y con reparos las ciencias químicas. En otro nivel entrarían las ramas del saber que describen bien la realidad, pero que por la complejidad de los temas que abordan sólo pueden ser falsadas y sólo tienen capacidad predictiva en casos concretos, parcialmente, aunque operan sobre experimentos y son estos los que las validan. Incluyo aquí a la biología, neurología y otras similares. En estos dos niveles están, por tanto, las ciencias que operan con el experimento como método de validación y conocimiento, y que buscan el reduccionismo como meta.

En otro nivel tendríamos a la biología evolutiva, la psicología evolutiva, la teoría económica, la paleontología… que se deben atener a los hechos tal como se les presentan, pero sin capacidad para experimentación. No son falsables ni predictivas en el sentido fuerte del término, pero al estar sustentadas por las ciencias de los primeros dos niveles, en  las que se apoyan, rechazan la especulación gratuita y se perfeccionan y remodelan a cada nuevo avance y descubrimiento de las ciencias de los niveles inferiores.

En otro nivel más elevado situaría a las llamadas ciencias débiles, como la sociología, la antropología, las diversas teorías de la historia…, escasamente falsables, nada predictivas, sin capacidad de experimentación, altamente especulativas e imbuidas de carácter subjetivo.

Y luego situaría, en el nivel cresta, a las teorías que han pasado por científicas durante muchos años «y de ciencia no tienen «ná»», y me referiré, para no herir, a sus popes: Hegel, Freud, Lacan, Derrida y compañía.

Todos los saberes de los distintos niveles se declaran ciencia y declaran ser utilizadores del método científico, pero es abrumadoramente obvio que tienen poca cosa en común.

Ciencia y filosofía

Creo que no es una cuestión baladí preguntarse por los conocimientos que queremos alcanzar: ¿los del mundo platónico de las ideas o los del mundo real (los que nos sean dados alcanzar acerca del mundo real)? No creo que la pregunta sea impertinente; no creo que definir la meta desde el comienzo peque de trivialidad. Buscar la primera meta, el mundo arquetípico de la perfección, es una tendencia innata en lo humano y ha forjado la forma clásica de inquirir, ha encauzado el modo de abordar los problemas desde Platón, e incluso ha definido los problemas a abordar: los de la esencia. Tal ha sido la labor más conspicua de la filosofía.
Cuando los saberes particulares quieren acercarse al mundo real, quieren describir el mundo real, entender el mundo real, se desentienden de la filosofía (de la filosofía mencionada) y se hacen ciencia (o lo pretenden). Ahí se presenta un nexo, una voluntad común: el deseo de observar el mundo real y obtener saberes “prácticos”(en el sentido de que están impregnados del conocimiento del mundo real). Estas “ciencias” ya no buscan desvelar la esencia, sino descifrar los rasgos con los que ésta se manifiesta. ¿Qué más credenciales deben presentar dichos saberes para acogerse a vivir en esa casa común llamada ciencia? Entre otras, la siguiente: ya que intentan describir la realidad, su referencia y su validación debe venir de la realidad: de ser posible, el experimento, de no serlo, la observación sistemática.
Pongo de ejemplo a la Teoría de la Evolución. A mi entender, se han dado en ella estos diez pasos:
1.-Observación sistemática.
2.-Emisión de hipótesis.
3.-Descarte de hipótesis porque no explican lo observado
4.-Mantenimiento de una sola hipótesis
5.-Examen de la hipótesis mantenida y de sus implicaciones en cuanto a que dé cuenta de las causas de todos los hechos observados.
6.-Posible ampliación de la hipótesis por la aparición de nuevos hechos que no quedaban clarificados con la formulación original
7.-La hipótesis se convierte en el cuerpo de una teoría si
A)es capaz de describir la realidad de los hechos así como sus causas, tanto de cada uno de ellos como de la globalidad.
B) No se aprecia ninguna contradicción con teorías científicas firmemente establecidas.
C) No presenta fallas lógicas como tautologías o contradicciones internas.
D) Es susceptible de ampliación por aportaciones de otras ciencias
E) No hay contradicciones esenciales para que en el futuro –con el aporte de nuevos conocimientos—no avance hacia el reduccionismo, y se la pueda matematizar.
8.-La teoría se amplía con nuevos conocimientos: herencia, estadística, genética, descubrimientos químicos etc.
9.-La teoría se mantiene incólume en su tarea de descripción de la evolución, aun con los nuevos descubrimientos
10.-En condiciones de laboratorio, la teoría se hace falsable y predictiva.
Así, el crecimiento de la T. De la Evolución por los aportes de la estadística, de la genética, de la química, no han hecho sino fortalecerla y darle, en ciertos aspectos, carácter predictivo. Por ejemplo, como era de esperar, la genética ha confirmado el origen único del ojo; mediante el ensayo de laboratorio, es posible predecir algunos derroteros evolutivos de generaciones de moscas del vinagre… La T.E. es un ente abierto que se nutre y consolida de nuevos experimentos y nuevos saberes, englobándolos.
Así, de poder darse, el experimento se convierte en el poder que valida, hace fuerte y consolida una ciencia. (Las teorías más arduas y recientes de la física, las que se suelen nombrar como ejemplo paradigmático del cambio de rumbo de la física en su método, están sometidas al imperio del experimento. Pueden surgir como extensión de otras teorías bien comprobadas y consolidadas, añadiendo varias hipótesis y prolongando sus implicaciones mediante el aparato matemático, pero al final, como ineludible condición, debe ajustarse al corsé del experimento).
Si la realidad manifiesta es el objeto de la ciencia, todo el saber se halla en la manifestación, que se encargan los científicos de debelar a su entendimiento y, por tanto, todo lo ajeno a la manifestación es entelequia, en ese orden carece de cualquier validez o certeza, siquiera de posibilidad. Luego, en frase de científico: “que sigan los filósofos entreteniéndose con la esencia”.
Desde el punto de vista del científico, la precisión de las formulaciones, el rigor metodológico, la belleza y la grandeza arquitectónica de una idea o una teoría no son sino barcos a la deriva que nunca llegan a ningún puerto si no les guía la brújula de la realidad y carecen del ancla de la observación y el experimento. La confrontación con la realidad es quien sopesa el trabajo científico. No es un sistema “superior” de conocimientos, como dice un contertulio, o un lenguaje meta-científico; es simplemente el mejor sistema de validación de lo real: La pregunta a la realidad mediante un experimento. Pero hay razones para pensar que existe ese sistema meta-científico, aunque su indagación debe ser científica. En esa aparente paradoja se mueve. Me refiero al modo en que adquirimos los conocimientos, por tanto me estoy refiriendo a la mente; por tanto me estoy refiriendo al cerebro: me estoy refiriendo a la investigación científica del cerebro; y, de nuevo, una vez más, el certificado de la realidad de cómo adquirimos los conocimientos de la realidad, lo otorga el experimento: la única forma que nuestro entendimiento entrevé de inquirir respuestas coherentes a la realidad. Podrán haber otras formas de conocimiento, pero el mundo de las ideas, sin inquirir a la realidad, no es de este mundo.
Pero ¡ojo!, entiéndase la metáfora antedicha: que no “sean de este mundo” no quiere decir que no puedan incidir como un vendaval arrebatador en las cuestiones de este mundo. Sólo que no son ideas o teorías científicas. Por ejemplo, el marxismo. La hipótesis de la lucha de clases como motor de la historia no muestra excesivos visos científicos (aunque juro que en el pasado me sacrifiqué por la idea y creí en ella con fe arrebatadora). Tal hipótesis es, en todo caso, un factor de los muchos factores que mueven al comportamiento social, y no creo que sea de los más importantes. Pero es que además se convierte en dogmatismo al negar la influencia y relevancia de otros factores, y además la teoría sólo indaga en ciertas épocas de la historia, aquellas épocas interesadamente significativas para intentar validar la hipótesis. Pero es que además los juicios y las razones están fundamentados en un sistema ético que carece a su vez de fundamentación.
Pero eso no le quita valor social. Pero para hacer ciencia social, las premisas deben vislumbrarse y las razones primeras deben de estar presentes.
Hoy, una teoría mínimamente científica que trate sobre las ciencias sociales debe estar basada en la biología y en la psicología del comportamiento. Por poner un ejemplo, la ciencia económica ve cómo su fundamento, la maximación del beneficio, y su ley, la confrontación entre la oferta y la demanda, describen muy sesgadamente la realidad económica (pues la actitud de los agentes económicos se ve influido por otros factores de un alto grado de complejidad, ligados siempre a comportamientos extra-económicos, a comportamientos que emergen derivativamente de la interacción de las tendencias biológicas innatas y el entorno cultural en que se actúa), y de esa visión surgen nuevas propuestas, nuevas indagaciones, ahí tenemos un muy reciente y valorado estudio experimental realizado en Suiza sobre la dicotomía altruismo/egoísmo aplicado a la economía, o la labor del premio Nobel de economía, Gary S. Becker, que extendió el ámbito de la T. Económica al comportamiento humano. Esa indagación de los comportamientos grupales e individuales, mediante experimentos, bajo la batuta de las teorías sobre las tendencias biológicas, es lo que a mi entender está dotando a la ciencia económica de más y más carácter científico. De esta forma intenta conciliar en su seno las diferentes metodologías que la conforman: por un lado, la metodología propia de su pretendido carácter de ciencia física (matematizada, dotada de una dinámica basada en unas leyes muy simples, capaz de realizar predicciones); por otro lado la metodología experimental y analítica de las ciencias del comportamiento; y por otro más, la metodología nada científica —la intuición basada en la práctica, diría yo—de lidiar factores imprevistos derivados de una complejidad social difícilmente sistematizable, como el rápido e imprevisto proceso de comunicación global, la generación de nuevos modelos de interacción social, las gigantescas repercusiones de la decisión tomada por unas pocas personas (asesores de Bush ), la imposible previsión de la postguerra iraquí …
Es decir, la moderna Teoría Económica plantea científicamente los problemas hasta donde la complejidad permite . Ese camino de conciliación entre ciencias naturales y ciencias sociales (Consilience, según la terminología del sociobiólogo Edward O. Wilson), es la aproximación más cercana –por realista—a la formulación científica de una ciencia social. De esa guisa, toda ciencia, en tanto que con pretensiones de cientificidad, deberá hollar ese camino, acercarse al conocimiento de la realidad del objeto de estudio.
Esa es, a mi modo de ver, la forma posible de analizar la realidad para entenderla; otra cosa es transformar dicha realidad. Para ello no es necesario actuar científicamente; para ello sólo son necesarias: ideas brillantes, fe en ellas, deseo de cambio y capacidad de convencimiento. Tales ideas pueden impactar socialmente porque, en el momento histórico en que se pronuncian, resuenan (en el sentido de acople y concordancia óptimos, el sentido de resonancia de las teorías físicas) como solución a los problemas que acucian a la sociedad. En tal caso, pueden dar lugar a movimientos sociales, culturales o religiosos que pueden perduran cientos o miles de años… o apenas unos meses, dependiendo si la resonancia (concordancia) es temporal o esencial. Ahí tenemos a las religiones para atestiguarlo, o a los movimientos sociales.
No es necesaria la ciencia para conseguir la transformación social, en todo caso, para analizarla. De hecho, contrariamente a la pretensión de la filosofía desde los griegos, los grupos sociales nunca son movidos por la razón (ni los individuos utilizan la razón si no es escasamente y supeditada a los sentimientos) sino por la emoción y otras tendencias innatas. Ahí tenemos a zafios del grado de Hitler, Stalin o Musolini para atestiguarlo.
Así que, en este sentido, en el de la transformación social, de cambiar el mundo, de que restalle una idea pergeñada pensando en el bien de la humanidad, no son inútiles las ideas, aunque no “beban” de la realidad tangible; más bien, lo que adquiere en tales circunstancias un halo de inutilidad es la posible formulación científica de la idea. Naturalmente que, cuanto mayor conocimiento se tenga de la realidad social y de las bases biológicas del comportamiento humano –para lo cual es necesario analizar científicamente—más realistas serán las ideas formuladas, y más previsoras serán, en cuanto a adecuar los resultados a conseguir con los deseos íntimos de los individuos. Aunque, bien es cierto, que una formulación relista puede privar a la idea de su carga emocional y diluirla como un azucarillo. La sociedad se mueve por utopías más que por propuestas realistas.
Entonces, por qué hoy el humanismo socialista de un Marcuse o un Erich Fromm carece de predicamento social?… Su proyecto de felicidad humana contiene un análisis riguroso de los deseos del hombre y de los poderes que le alienan y le impiden expresar libremente su naturaleza (libertad en el sentido de autonomía). Pero tengo que objetar: “sería hermoso que el ser humano fuese así”, tal como lo describen los autores citados, dotado del suficiente razocinio para la autonomía individual y social, lanzado por naturaleza al bien común mientras busca su felicidad… Pero el ser humano, en lo básico, es una máquina celular pergeñada para sobrevivir a través de la reproducción, con una plasticidad neuronal que da respuestas variables en situaciones cambiantes. Es ser humano no es ni bueno ni malo, es una máquina biológica. Así que lo que en mayo del 68 resonó como respuesta a un ambiente social, a unas inquietudes y anhelos, hoy pasa inadvertido porque el ambiente social es otro, otras las inquietudes, otros los anhelos, otra alineación… aunque por debajo sigan latiendo las mismas emociones y tendencias primarias, pero la respuesta de la máquina es otra porque otro es el ambiente en que se desenvuelve.
Ahora bien, digo que somos máquinas pero de la máquina emerge, a otro nivel, la consciencia que nos crea humanos, y todo lo que diga la ciencia, todo conocimiento científico queda en segundo término, queda relegado por la prominencia de lo humano. A esa prominencia se debe supeditar cualquier labor. Desde esa atalaya, es entonces necesario preguntarse ¿Qué pueden hacer la ciencia y la filosofía en aras de la humanidad? Bueno, la ciencia ya ha hecho que vivamos más rodeados de comodidades, pero me refiero a la búsqueda de soluciones. Claro, el problema es inmenso. Prefigurar la felicidad como meta a alcanzar, no es decir gran cosa. La idea de felicidad es dispar, como todo individuo, y nunca se logra con el deseo proyectado cuando éste se logra; es una idea, no un estado, una entelequia. Debemos prefigurar estados. Alguna propuesta existe que habla de dar rienda suelta a la naturaleza humana, pero eso sería lanzarnos a la vorágine de la depredación. ¿En qué apoyarse?, ¿qué atisbos ha vislumbrado la humanidad? Una propuesta ya antigua es la de la dignidad humana. Clásicamente se ha formulado con carácter de “título al portador” por el mero hecho de ser humano. Yo la reformularía –mirando a la biología del comportamiento y mirando de fundamentar en la naturaleza humana—como un título que conviene a la sociedad humana otorgar a todos los miembros de la especie. Me explico. En las raíces biológicas tenemos arraigado un comportamiento basado en la reciprocidad. Cuando sentimos que falta ésta, deviene el sentimiento de injusticia, generador de venganzas, conflictos y malestar social. El título de dignidad humana viene a asegurar –aunque esté desarrollado en un bajo nivel—el carácter de reciprocidad. Es un título que, surgido en origen en la tribu, pasó a la nación, a la raza y a la especie. Es un título que beneficia a toda la humanidad optimizando la convivencia; un factor esencial en la resolución de conflictos. De ese título de dignidad, con sus derechos adheridos como prolongación del carácter de reciprocidad, se derivan la igualdad ante la ley, el derecho internacional, la misma democracia, la humanidad como una única comunidad… (Por la misma razón del título, las religiones existentes –no la religión per se—atentan contra la dignidad humana al proclamar dictados de salvación privativos, derechos privativos… ¡no digamos ya cuando la misma religión lleva implícito la denegación de ciertos derechos a una parte de su mismo grupo como puede ser la mujer, tal como sucede en el Islam!).
¿Podemos (¿debemos?) prolongar más allá las implicaciones de la reciprocidad de la dignidad humana en las formas de organización social? ¿Podemos, con el título de la dignidad humana, decir algo del nacionalismo, de las religiones, del sistema económico? Evidentemente que sí; sería bueno para la humanidad que la dignidad humana prevaleciera en todos los asuntos que tengan que ver con las formas de organización; pero ¡atención! , ¡cuidado con la excesiva intervención, reglamentación, redención!, porque pretendiendo salvar al ser humano, acaban esclavizándolo. Temo que los factores emocionales, las tendencias oscuras (y a la vez las ideas, creencias y costumbres imbricadas en ellas) no se pueden abolir por decreto. Al nacionalismo excluyente y obsesivo se le debe combatir, pero no prohibir; uniformar siempre crea perjuicios. Se acabaría esclavizando al ciudadano al pretender otorgarle (imponerle) los valores que creemos que le harían feliz (tentación generalizada en la izquierda, con su deseo uniformador, con la sospecha de que el ciudadano es menor de edad y hay que enseñarle a vivir. Creo que una de las labores más “nobles”, más “humanas” que podría proponer un proyecto social, una vez asistidos por las formas políticas, culturales y económicas derivadas de la dignidad humana, sería la de ayudar a conseguir la autonomía individual ( enseñar a pensar, a sentir, a ser libres con toda la carga que ello implica) y propiciar el respeto al individuo y a sus personales modos de agruparse con otros individuos, porque, desgraciadamente, el estado “protector” va engulléndonos en sus fauces demoledoras; pisoteándonos individualmente.
Es decir, una nueva teoría social no puede pretender conseguir un modelo único para todas las formas de organización, para todas las formas culturales, no puede emitir unas reglas éticas uniformadas. Una nueva teoría social debe contemplar –y muy principalmente—lo “oscuro” de la condición humana, las raíces biológicas que nos zarandean y nos atan. Y una teoría social no puede ser intemporal, sino que debe dar cuenta de que el comportamiento humano se mueve en un tiempo cultural, político, económico… e interacciona con él lanzando a la palestra novedosas formas de organizarse, novedosos deseos, novedosas metas.
Así que, volviendo a la pregunta, ¿qué pueden hacer la ciencia y la filosofía en el tema social, en lo humano?, me aparece la imagen de la Consilience de Wilson. La cooperación entre los conocimientos y formas de conocimiento de la filosofía: la lógica, los sistemas de eticidad, la práctica en la destilación de los procesos de pensamiento, los saberes del mundo de las ideas… con el análisis científico, la metodología exploratoria de la realidad, los conocimientos biológicos del ser humano…
Porque la labor en que parece encaminada ahora la filosofía, la de “observar al observador” me parece un desatino conceptual. Esa labor, que ha de indagar doblemente en la realidad, sólo es posible hacerla desde la ciencia. En todo caso, lo que me parece paradigma de la esterilidad en la filosofía, es esa labor tan conspicua de mera clasificación –y déficit de conceptualización—en “ismos”: positivismo, postmodernismo, materialismo, empirismo… Creo que otras muchas labores ―además de la clasificatoria― más fructíferas, son posibles y deseables. Una de ellas, ya la he nombrado, la de Concíliense, la de reunión y conciliación de saberes; aunque, bien es verdad, que esta tarea exige penetrar en el conocimiento de las ciencias, saber de sus íntimas particularidades, destilar la esencia de esos saberes; labor a la que ahora parecen enfrentados pocos filósofos debido a su dificultad (pero no pocos científicos). Otra labor sería, en proyecto y cooperación con la biología, ese nuevo proyecto social, esa nueva ética fundamentada en raíces biológicas. Y otra labor sería la de germen de ideas de transformación social. Lacan, Derriga y sus seguidores, que se dediquen a criar gamusinos.