Del reparto justo

lobo

En mi anterior entrada Psicología, sentimientos e injusticia, hablé de la tendencia humana a percibir como justo aquello que nos produce satisfacción o conveniencia. Hoy voy a hablar acerca de la posibilidad de determinar un sentido de lo justo que desde la razón económica resulte irrebatible argumentalmente, aunque no lo sea desde la razón que alegan los sentimientos.

De lo arduo que resulta el sentar alguna base sólida desde donde poder abordar con ciertas garantías de ecuanimidad el juicio sobre lo justo o injusto de un asunto o de un dictamen, da cuenta el sorprendente hecho de que poseemos un mecanismo neuronal que procura por la justificación de los propios actos y creencias. Las neurociencias lo han puesto de manifiesto mediante experimentos que no viene a cuento detallar.

Si lo que percibimos justo obedece a nuestro interés ―a la satisfacción, conveniencia o grata sentimentalidad que nos produce―irremediablemente nos encontramos sobre arenas movedizas a la hora de señalar “imparcialmente” lo que consideramos justo. Es decir, al responder  al interés personal, lo justo no se puede universalizar, cada cual tendrá su propio sentido de la justicia y generalmente no coincidirá con el sentido que aprecien los demás.

Tal vez se aclare lo dicho echando mano del sentimiento de la compasión, que constituye una de las bases de la moral (las principales bases sentimentales de la moral son la vergüenza y la culpa).

La compasión, que surgió evolutivamente con la “finalidad” de cohesionar los grupos humanos, puede, no obstante ser tan alabada, producir una interpretación de lo justo deleznable. Me detengo un instante en analizar algunos de los posibles efectos de establecer lo justo compasivamente, es decir, poniendo a la compasión como juez.

Empecemos por señalar que nuestro cerebro construye mentalmente un “nosotros” y un “ellos”, y juzga de manera radicalmente distinta las acciones de quienes catalogamos en un grupo o en otro. Con uno de los “nuestros” vale la disculpa, la compasión, el afecto…; con uno de “ellos” vale el odio, el culpabilizar, el juicio perverso de sus actos…

En los distintos grupos políticos, religiosos, familiares, económicos, etc., es fácil de ver esa radical diferenciación del juicio que emitimos acerca de un mismo acto cuando éste es realizado por uno del propio grupo o cuando lo realiza un individuo del grupo oponente. Acerca de un tema de tan candente actualidad como es el del terrorismo islamista, se han llegado a escuchar voces de algún sujeto de la extrema izquierda que ha llegado a justificar los atentados de París: en el “nosotros” de ese sujeto se encuentran los islamistas radicales. Eso explica su aberrante juicio.  Otro caso semejante de disparidad de juicios sobre lo justo de una acción o de un reparto, dependiendo del sujeto implicado, se manifiesta en algunos animalistas que, con evidente pasión, declaran que es de justicia otorgar a los animales iguales derechos y condiciones de vida que los poseídos por los humanos, y pretenden que se penalice con graves penas a quienes no los respeten, mientras que se muestran indiferentes ante las calamidades que pueden estar padeciendo un grupo de humanos. En su “nosotros” se encuentran los animales.

Así que la compasión, que depende de la categoría  “nosotros”,  no resulta ser un buen aliado para determinar un sentido de lo justo que resulte universalmente aceptado con argumentos de la razón, aunque  lo sea con argumentos sentimentales.

Veamos un caso de reparto de bienes que universalmente es considerado justo. Malinowski descubrió durante sus investigaciones con pueblos primitivos que la base del orden social en las sociedades pequeñas es el Principio de Reciprocidad. Te doy, te ayudo, te presto, colaboro en tu empresa, en la esperanza de que tú me devuelvas en igual medida. Bien es verdad que cuando dos individuos cooperan a partes iguales en una determinada labor, en el fuero interno de cada uno de ellos se desea obtener el mayor beneficio posible, aun a costa de mermar el beneficio del otro cooperante. Recuérdese que nuestra esencia es el egoísmo. Pero ambos perciben que lo justo es la igualdad en el reparto de beneficios por haber sido la misma la aportación de cada uno de ellos. Es esta una estrategia apropiada para el mantenimiento de la relación cooperante, que evita disputas y sentimientos de agravio. Al proporcionar tales ventajas a la actitud cooperante, es decir, al obtener ambos cooperantes beneficios de la cooperación, las acciones, las ayudas y los repartos basados en el Principio de reciprocidad se perciben universalmente como justos. Si uno de los cooperantes recibiese menos de lo que le corresponde según el principio nombrado, se sentiría agraviado y ello sería un factor decisivo para dejar de cooperar y para el enfrentamiento.

El tal principio lo podemos extender al caso en el que uno de los cooperantes aporta a la cooperación en mayor medida que el otro. Parece obvio en tal caso que lo justo sería el reparto equitativo de recibir en proporción a lo que se ha aportado. Pero no resulta tan obvio como parece porque cuando se hacen aportaciones desiguales aparece la consideración del mérito de cada cual, y medir este mérito conlleva graves complicaciones. Sirva de ejemplo del desacuerdo en los criterios con que medir el mérito la propuesta marxista: “De cada cual según sus capacidades, a la cual según sus necesidades”.  Una propuesta ilusa que ha traído el desastre económico a todos los países que han ensayado modelos comunistas; pero también una propuesta que pone de manifiesto el gran desconocimiento de la naturaleza humana de que Marx y Engels hacían gala. Simplemente negaban el mérito ¡y esperaban que todos cooperasen con todas sus fuerzas!

Y es que si un individuo presenta, en una cooperación con otro, más méritos que éste, por ejemplo, mayores capacidades creativas o mayor ingenio o más fuerza, el que presenta menos méritos se siente doblemente agraviado, no solo por recibir menos en el reparto de beneficios, sino también por poseer menores capacidades. Dado nuestro carácter egoísta, el mérito que presentan los demás y que sobresale por encima del nuestro nos parece injusto, y suele conducir al nacimiento de envidias, odios y resentimientos. El Igualitarismo proclama esa injusticia, niega el mérito, y encauza esos resentimientos. Para el Igualitarismo, lo justo es la igualdad en el reparto.

Así que para que el mérito de algunos sea reconocido por todos, al menos desde la óptica del beneficio personal, es decir, con la razón y los números aunque no necesariamente con el sentimiento, para que al menos desde ese punto de vista el reparto desigual sea considerado como justo, es preciso que del mérito de unos pocos saquen beneficio todos.

Esta solución de lo justo está contenida secretamente en las doctrinas calvinistas. Calvino justificó la desigualdad de riquezas y estatus entre los hombres. Con su conducta y sus éxitos cada individuo se demostraba a sí mismo y a los demás que era uno de los Elegidos por Dios. El calvinista Adam Smith lanzó estas razones: “Los hombres son egoístas por naturaleza, dejémosles comportarse económicamente según su egoísmo les dicte, pues se verán irremediablemente conducidos por la mano de Dios a la búsqueda del bien de la comunidad”. Esto es, cada individuo colabora egoístamente de tal forma que el esfuerzo conjunto conduce a la obtención del máximo beneficio para la sociedad.

Dicho con otras palabras y evitando cualquier referencia religiosa: logrando mediante leyes que todos los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima, el actuar en lo económico egoístamente procura el mayor beneficio posible, no solo para el propio individuo, sino también para todos los miembros de la comunidad. El mérito de un o repercute en el beneficio de todos. Además, el éxito de cada cual es el reflejo de sus propios méritos, lo cual evita el gran problema de tener que determinar la vara de medir los méritos (una vara de medir que se estira o encoge según el “otro” sea o no uno de los “nuestros”). El éxito obtenido evidencia el mérito.

¿Extraña que esa fórmula de lo justo en el reparto diera los mayores frutos económicos que se habían producido jamás en la historia de la humanidad, que produjera la Revolución Industrial y el auge del capitalismo? Claro, una condición que he señalado y que no se halla presente en el capitalismo real es el la de que los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima. Esto implica una optimización de los recursos humanos, esto es, todo el mundo tendría que poder acceder en igualdad de condiciones a los recursos económicos, algo que las diferentes posiciones de partida de unos individuos y otros hace imposible, lo que origina que el éxito económico y el reparto de riquezas dependa en gran medida de la posición inicial desde la que parte un individuo.

Así que en este modelo ideal capitalista (aunque inicialmente el capital estaría socializado) el reparto justo se realizaría de acuerdo al mérito mostrado por cada individuo en generar riqueza que repercutiese a favor de la comunidad, y la vara de medir ese mérito sería precisamente el éxito obtenido por el sujeto en la obtención de beneficios. Económicamente, todo el mundo obtiene beneficios del éxito de cada sujeto. De ese modo, desde el mero punto de vista económico, el desigual reparto de riquezas entre los distintos miembros de la comunidad se consideraría justo porque egoístamente satisface a todos, ya que produce el mayor beneficio posible para cada uno de ellos.

Pero el hombre no es simplemente un animal económico, es sobre todo un animal sentimental, y ese desigual reparto, inobjetablemente justo de acuerdo con la razón económica, no lo sería con la razón sentimental: el sentimiento de agravio comparativo (y el consiguiente resentimiento contra los de más éxito) seguiría produciéndose en aquellos que muestran menos mérito, que obtienen menos éxito y cuyas expectativas de mejorarlo son pequeñas. Esas razones sentimentales llevarían a muchos a preferir la miseria para todos antes que la desigualdad. Tales son las razones que presenta el Igualitarismo extremo, cuya razón sentimental les dicta la fórmula de “lo justo en el reparto es la igualdad”.

No por razones de justicia social, como se suele alegar, sino por razones de conciliación social y de compasión (la compasión, por la conveniencia de armonía social, abre el “nosotros” a todos los miembros de la comunidad), la comunidad detrae riqueza de los más económicamente favorecidos y la asigna gratuitamente a los menos favorecidos. Pero esto, como ya he dicho, no es una cuestión de justicia en el reparto, sino de caridad y acuerdo y armonía social, y no es éste el tema.

Fases de la revolución socialista

Dice Bertrand Russell en La conquista de la felicidad que «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Movidos por el odio y teniendo en el horizonte imaginativo la idealizada sociedad que fabrica su deseo, los revolucionarios se lanzan al asalto del poder sin preguntarse qué hacer después de vencer. Una ilusión construida irracionalmente les hace creer que después de derribar las instituciones y poderes que estorban, estos se reconstruirán solos en la forma que dictan los propios deseos, pero la realidad del día después desbarata inmediatamente la ilusión construida y se tienen que echar mano de fórmulas totalitarias para seguir manteniendo el poder. Tal es el gran drama de las revoluciones.

De manera general, las revoluciones socialistas han ido alcanzando hitos similares y han desembocado en la misma tragedia, una tiranía personal o de partido. Tomo de ejemplos a las revoluciones en Cuba, Rusia, China, Camboya e incluso la pretendida revolución de Podemos en España. Los hitos o fases por las que discurren son las que siguen:

Fase prelimiar:
Existencia de condiciones de opresión, corrupción o miseria muy elevadas .

Fase 1
El resentimiento acumulado por los jóvenes contra la situación política y social, origina grupos y movimientos contestatarios que suelen actuar de forma asamblearia en la clandestinidad .

Fase 2
Debido a la dinámica del movimiento asambleario, las ideas más extremistas y los individuos más capaces se imponen como líderes .

Fase 3
El programa de acción que establecen es el de dinamitar la organización político-económica y social existente, con la exaltación del Socialismo y de los valores del Igualitarismo, así como el desprecio a la “democracia burguesa” .

Fase 4
Mediante acciones generalmente violentas, se intenta la toma del poder.

Fase 5
Las primeras medidas tras del triunfo revolucionario suelen consistir en expropiaciones forzosas, controles del mercado, y repartos de bienes para satisfacer las ansias igualitaristas de los seguidores.

Fase 6
Amenazados, muchos empresarios, emprendedores, el capital internacional y los individuos más cualificados, salen del país.

Fase 7
La economía del país enseguida se resiente. Parte de la población se opone al nuevo orden que se quiere imponer. Se suceden las revueltas contra el nuevo gobierno, y en muchos casos se llega a la guerra civil.

Fase 8
Para poder sofocar mejor los descontentos y la desilusión de la población, el gobierno revolucionario se hace con el control de todos los poderes. El régimen enseña su cariz totalitario.

Fase 9
Se agudiza la ruina económica por la salida de capitales y de recursos humanos señalados en la fase 6. Se empieza a disipar la buena acogida de la revolución en amplios sectores de la población.

Fase 10
Con el fin de mantener la revolución a toda costa y a cualquier precio, comienza un proceso de adoctrinamiento extremo, y se impone una dictadura que en algunos casos resulta hereditaria .

Actualidad llameante

 

1.-Elecciones europeas

En Europa avanzan los partidos euroescépticos, que son tildados de «extrema derecha» por la moral buenista imperante; por el contrario, en España avanzan los partidos que podríamos tildar de «extrema izquierda». En Europa se muestran más egoístas, es decir, más de acuerdo con la realidad de la naturaleza humana, y ante los peligros que acechan al bienestar propio se atienen al principio rector del «nosotros primero», mientras que en España, el país de la ilusión ―el país de los ilusos―, el país de las utopías sin pies ni cabeza, el país de los reinos de Taifas, un trozo importante de la población, en vez de pronunciarse por el deseo de lo factible y benéfico, en actitud de revancha se pronuncian en favor de lo inviable y perjudicial.

Aquí nos puede el quijotismo, nos evadimos de la realidad para vivir en el mundo de las ilusiones descerebradas. Este es el país del cantonismo, de los Sánchez Gordillo, del liliputiense Montilla, de los ilusos Zapatero, de los pusilánimes Rajoy, de Carlos II el Hechizado, de Fernando VII el Deseado, de los machos ibéricos Juan Carlos, de los fanáticos nuevos conversos que como Torquemada pretenden quemar en la hoguera a todos cuantos el nacionalismo señale como herejes. Este es el país del paganismo de las romerías marianas.

En este país ha nacido una secta religiosa de irreligiosos ateos-paganos en cuyo líder se funden los tradicionales rostros de Jesucristo y la Virgen María, y que marchan en romería por el viacrucis de la indignación. ¡Encima, el pollo objeto de la nueva veneración se llama Pablo Iglesias!

Este país, España, es la novia frívola y poco fiable, la novia que con frecuencia te desdeña, la novia que solo a su manera y a destiempo te da cariño, la que a todas horas te atormenta, y, sin embargo… ¡la quieres tanto!

2.-Champions

El Real Madrid campeón de la Champions League, campeón de Europa,  que se decía antes. La tribu Real Madrid cuyos grandes héroes guerreros ―mercenarios como Jenofonte y sus diez mil―han derrotado a todas las tribus enemigas. Las luchas tribales trasladadas ―y ritualizadas―al terreno de la competición deportiva.  Imitación ritual pero no menos emotiva, no menos visceral; la Anábasis, el camino de muchos años por el desierto, y el descenso a los infiernos de la guerra, la catarsis purificadora. La necesidad de triunfar que tiene el individuo a través del triunfo del grupo al que pertenece; la necesidad de orgullo, la necesidad de euforia, la necesidad de alejarse de la monótona realidad, la necesidad de victorias. El ansia de triunfo, el ansia de prominencia; en lo más hondo, la evolución actuando sobre el individuo a través de la tribu.

3.-Cataluña y Ucrania

Los fanáticos pro-rusos del Este de Ucrania contra los fanáticos ucranianos del Oeste. Putin, una vez traída al redil Crimea (traídas sus bases navales y el petróleo del Mar Negro) hace de Poncio Pilatos pero juega con la injerencia o no injerencia a desarmar las reacciones europeas y americanas.

El reciente ganador de las elecciones ucranianas ya habla de Federalismo. Ucrania es el espejo de Cataluña, pero con imágenes distorsionadas. En Cataluña no hay fanatismo opositor. Quien posee el fanatismo posee la fuerza, y más si, comparativamente, enfrente reina la pusilanimidad. Por esa razón el nacionalismo catalán no acepta el Federalismo. Por eso buscan lo que buscan, lo que siempre han buscado: la entelequia que la izquierda española le va a poner en bandeja de plata: el Federalismo (que no es tal) asimétrico. Esto es, lo que siempre ha buscado el nacionalismo catalán: la prominencia respecto a España.

Mantener lo ventajoso, acrecentarlo, y desembarazarse de las inconveniencias. Figurar como superiores: más ricos, más cultos, más altos, más guapos, más inteligentes, más capaces. Y, desgraciadamente, lo conseguirán. En esa jaula de grillos del PSOE y en ese Camposanto del PP y en ese manicomio de amantes de las dictaduras sudamericanas de IU y PODEMOS (que se descubrirá que son el mismo), no existe un gramo de oposición a ese infame proyecto que trae la guerra a españoles y catalanes. Desgraciadamente lo conseguirá, y, si no, tiempo al tiempo. Y ¡ojalá!, yo solo sea un agorero.

Nacionalismo y psicoanálisis

Tendemos a justificar nuestros actos. Solemos tener a mano una justificación para cualquier disparate o yerro que cometamos. Uno de los recursos más eficaces  para ello consiste en transferir la culpa y la responsabilidad por nuestras iniquidades a los demás: considerar a los «otros» culpables de nuestros propios actos y de nuestra errada conducta.

Freud tuvo la ocurrencia de que todas las alteraciones patológicas de la personalidad adulta se gestan en la primera infancia. En Tres ensayos sobre teoría sexual, Freud, sin aportar prueba alguna (si no es la mera referencia a una supuesta investigación psicoanalítica que nunca expone), postula que las conductas sexuales en la primera infancia están en el origen de las perversiones, neurosis y alteraciones psíquicas que se producen en la madurez. Así, hablando  de los niños que tienen tendencia a chupetear los labios de su madre o su nodriza, llega a decir: «Si esta importancia se conserva ―se refiere al chupeteo―, tales niños llegan a ser, en la edad adulta, inclinados a besos perversos, a la bebida y al exceso de fumar; mas, si aparece la represión, padecerán de repugnancia ante la comida y de vómitos histéricos».

Con tal ocurrencia Freud elimina de un plumazo la responsabilidad por nuestros propios actos, transfiriéndola al «ambiente» en que se desarrolló el individuo en las primeras etapas de su infancia. Ese «ambiente», que inicialmente se considera «sexual», lo generalizan posteriormente sus seguidores, de forma tal que los padres, la pobreza, el orden y organización de la sociedad en donde uno creció, pasan a ser los culpables del desvarío y de las alteraciones psíquicas de los individuos en la madurez, pasan a ser los verdaderos responsables de su conducta y de su iniquidad.

Esta transferencia de responsabilidades le viene a la izquierda como anillo al dedo: La organización capitalista de la sociedad es culpable de todos los males. El «enemigo» es culpable de todo lo que me pasa. En la corriente buenista de la izquierda se ve claramente esta transferencia: el delincuente, el estafador, el asesino, si vivieron en un entorno social humilde, no son responsables de las iniquidades que cometen; lo es la sociedad en que viven. Elusión de la propia responsabilidad.

El nacionalismo catalán tiene su burgués origen en considerarse superiores a las gentes del resto de España; tiene su origen en la doble consideración de que las cualidades individuales del catalán ―inteligencia, laboriosidad, organización social, cultura…―son muy superiores a las del extremeño, andaluz o castellano, y  las colectivas de Cataluña, muy superiores a las españolas.

Pero, más que por la consideración de superioridad, el nacionalismo catalán se funda por el sentimiento de superioridad, que no es sino el sentimiento de desprecio hacia quien es considerado inferior.  Por esa razón el nacionalismo, utilizando todos los medios propagandísticos a su alcance, sobre todo la televisión pública, ha tratado sistemáticamente de despreciar mediante vilipendios, burlas y engañifas, a España y sus valores. Por mor de inculcar ese sentimiento de desprecio en la población catalana, el nacionalismo ―actuando en su propio provecho―convierte a España en «el enemigo».

Con la llegada de la gran crisis que nos afecta en la actualidad, objetivamente, la consideración de superioridad se quebranta.  Si la corrupción de nuestra clase política no es menor que la del resto de España, si nuestra ruina es semejante, si nuestros disparates con el ladrillo no envidian a los de cualquier otro lugar de España, si nuestra deuda es tan abultada, si Madrid es más rica que Cataluña, creernos superiores es ilusorio, tuvo que ser el pensamiento de la sociedad catalana.

Entonces, el nacionalismo dirigente, en vez de reconocer esos hechos y asimilarlos, han echado mano del mencionado recurso del psicoanálisis: transferir la responsabilidad y las culpas de la situación catalana y de los catalanes a España. El «España nos roba», el denigrar sistemáticamente a los dirigentes políticos españoles, el poner en solfa los valores y la historia  de España, obedecen al intento de transferencia de culpas. La pretendida superioridad no queda, así, en entredicho, sino que su sentimiento aumenta: al apuntar a un enemigo al que se desprecia y contra el que se dirigen los sentimientos más violentos, se le está diciendo a la población que la superioridad propia no se puede manifestar por causa de la opresora y esquilmadora España. Cuando a un nacionalista se le pregunta si tiene el Tripartito alguna culpa en los males económicos y morales que padece Cataluña, su respuesta no deja dudas, España es culpable a través de Zapatero y su apéndice Montilla  (que pertenece a los «enemigos» por procedencia). Así, el nacionalismo, con el nuevo hatajo de conversos ganados con ese mecanismo psicológico de transferencia de culpabilidad, castiga al PSC ―que según ellos forma parte del entramado españolista del PSOE―, y  libera de culpa y premia a ERC, el gran artífice del despilfarro en Cataluña (ERC es de los «nuestros»).

Eludir la responsabilidad por los propios actos y transferirla al enemigo. Esa argucia, ese engañabobos, trae nuevos conversos al redil nacionalista.  En aguas revueltas ganancia de pescadores utilizando el recurrente anzuelo de Freud.

 

 

Caracteres fascistoides del independentismo catalán

Hoy me llega la noticia de que en Cataluña los sindicatos de profesores CCOO, CGT, USTEC-STEs y la Asamblea de Docentes, «exigen» a Rigau la insumisión frente a la LOMCE y contra las sentencias sobre el bilingüismo.

Como ya apunté en otra entrada de este Blog, Puntadas con hilo, la dicha exigencia expresa un deseo de acción que conculque la ley, y expresa una opinión que impera en los regímenes fascistas y comunistas: la de oprimir y negar derechos y libertades al discrepante o al disidente.

En primer lugar, se arenga y se exige violar la ley, lo cual es una llamada a la rebelión contra el régimen democrático y una incitación a delinquir. En segundo lugar, en la mente de tales colectivos (no se les puede aplicar «individuos» porque el rebaño quebranta la individualidad) resalta un grave desprecio hacia los valores democráticos, pues el cumplimiento de la ley lo es; resalta un desprecio hacia el derecho y la libertad a que los estudiantes sean escolarizados en la lengua materna y en la que prescribe la ley; resalta también la pretensión totalitaria de querer imponer el propio criterio por encima de la ley, por encima de la voluntad de los afectados por el asunto y por encima de los modos democráticos de acción. Y resalta también su intolerancia hacia las opiniones, derechos, y libertades de quienes no piensan igual, así como una clara tendencia a la imposición monolítica y opresora de una cultura y una lengua.

En la entrada mencionada, Puntadas con hilo, expliqué que estos eran métodos y actitudes propias de la Alemania nazi, de la Italia fascista y de la España de Franco; también de la Rusia comunista. Ahora esos mismos métodos y actitudes, como carácter del movimiento, brotan abundantemente en los ámbitos del Independentismo catalán.

Que en voz alta se ponga bien claro de manifiesto ese carácter. RT esto a todos tus seguidores.

Puntadas con hilo

1

Resulta de una  obviedad sin discusión posible que la escuela tiene que ser un reflejo de la sociedad en que se halla inmersa. Si la sociedad catalana es bilingüe y los dos idiomas se usan por igual según el deseo de los individuos, la escuela también, de forma radical, lo debería ser. Si no lo es y, por el contrario, se impone con exclusividad una lengua, no existe modo razonable alguno de negar que tal acción es opresiva y discriminatoria, que representa una vulneración represiva de la libertad y de los derechos lingüísticos de la población.

Si se pretende justificar tal acción aludiendo a un supuesto derecho de la «lengua propia» del territorio (fundamentado lo «propio» en la Territorialidad en vez de la realidad lingüística), además de pervertir intencionadamente el significado de «lengua propia», se está defendiendo la supeditación de los derechos y libertades democráticos a un supuesto valor supremo de Territorialidad. Esto es: como en la Alemania de Hitler, como en la Italia de Mussolini,  como en la España de Franco, con esta justificación se desprecian los valores democráticos y se ensalzan y ponen en un pedestal los valores derivados de una concepción sacra de lo territorial.

2

Leo en el periódico El Mundo del 8 de febrero, que el equipo rector de una escuela (a la que se pretende obligar a impartir el 25 % de las clases en castellano) ha proclamado con orgullo que «harán todo cuanto esté en sus manos para proseguir con la inmersión lingüística en catalán». ¿Qué otro significado no tiene esto sino una muestra de altanero desprecio a la ley, qué otra cosa que una loa a suprimir el derecho de enseñanza en castellano, qué otra cosa que una represión de la libertad paterna de elegir la lengua en que quieren que se eduquen sus hijos?, ¡y lo proclaman con orgullo!, ¡y son jaleados por ello por los patriotas del independentismo!, ¡como si les asistiera una moral de origen divino que se coloca por encima de la democracia, de las leyes y las normas!, ¿qué moral es ésta?, ¿no es una moral represora de libertades y derechos?, ¿no es una moral que atenta contra los valores democráticos básicos?, ¿no es una moral que quebranta la ley?, ¿no es una moral que persigue imponer un «pensamiento único»? Una moral represora que obedece a los dictados de la diosa Territorialidad.

Una moral represora muy semejante a ésta existía en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco.

3

El control de los medios de comunicación mediante dádivas o amenazas; la pretensión de imponer una «verdad» exclusiva y única en los individuos; el aleccionamiento en el fanatismo; el señalar con dedo acusador a un supuesto enemigo e inculcar odio en su contra; el alarde incesante de banderas, lemas y consignas; el falseamiento interesado de la Historia; el amedrentamiento, el acoso, la condena al ostracismo del discrepante y del disidente; el intento de convertir a los ciudadanos en rebaño…, fueron prácticas habituales en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco. Estas prácticas obedecen a una ideología y a una moral que tiene un nombre concreto desde hace casi un siglo. Se denomina fascismo.

Sacralización de la democracia

Yack: Si la democracia se cifrara en votar una vez cada cuatro años (a unos elegibles, desconocidos para el ciudadano generalmente, y a un programa decorativo que nunca se cumple), en la URSS, en el Zimbabue de Robert Mugabe, en la Siria de Basar al-Asad, en la Venezuela de Madero, en la Cuna de los Castro o en el Irán de los ayatolás, podríamos decir que reina o ha reinado la democracia, pero nadie en su sano juicio tildaría de democráticos a los sistemas políticos de esos países.  Por otro lado, la condición de que existan varios partidos con distintas estrategias de gobierno, siendo necesaria, no es suficiente para que se instaure una democracia deseable en el sentido de corresponder el poder a la colectividad. Este país y otros muchos tienen una larga historia de bipartidismo ―que es favorecido por la disposición de medios económicos y por el sistema electivo reinante― que es propicio al acuerdo y al cambalache entre ellos en aras a su propio beneficio, produciendo frecuentemente una corrupción generalizada, una perversión de la democracia. Tampoco el cumplimiento riguroso de la ley que tú nombras es hacedor de democracia, pues esa ley puede no estar hecha para el bien común, sino para el beneficio de unos pocos, generalmente los propios partidos políticos. No. La democracia implica voz ciudadana, adecuados mecanismos prebiscitarios, participación, derechos y libertades, es decir, un modelo de democracia que facilite la convivencia en base a la voluntad general.

El método más eficaz para llegar a un sitio es el de saber de antemano el sitio al que se quiere ir. La democracia, como modelo a conseguir, debe hacerse creencia en la conciencia del ciudadano (recuerdo al lector que una creencia es una idea que ha hecho suelo en la conciencia y se ha convertido en rutina del pensamiento), debe ser rutina en relación al modo de actuar socialmente y en relación al modo de concebir los mecanismos de organización y participación política.  Si no abunda en la conciencia de los ciudadanos ese tipo de creencias, cualquier brisa producida por creencias del tipo paradisiaco o redentor ―léase nacionalismo, socialismo, comunismo, fascismo―conducirán al barco de la democracia a puertos totalitarios o caóticos, tales como el del fanatismo independentista catalán o el sistema bolivariano de Venezuela o el régimen de los ayatolás de Irán. La navegación del velero Democracia no puede supeditarse a la intención de llegar al puerto del socialismo ni del Islam; no puede amarrar en puerto alguno, su esencia está en la navegación. La Democracia no puede ser un medio para el fin del socialismo ni del Estado catalán ni del imperio de la shariat islámica. Frente a esas fuertes creencias debe reinar la creencia en la democracia: ésta debe ser el fundamento de la convivencia. Con más valor público que cualquier otra creencia. El modelo de democracia que tiene en cuenta la participación, la libertad respetuosa y respetada, los derechos del individuo y de los grupos, resulta ser el mejor modelo posible para resolver conciliatoriamente los asuntos sociales, y el modelo que produce mayor bienestar general y mayores beneficios sociales y económicos.

Se necesita infundir en la conciencia colectiva el modelo de democracia de libertades y derechos de participación e intervención sociales. Que ese modelo sirva de principio legitimador de la política. Y tener bien presente a Locke, Montesquieu y Stuart Mill. Al fin y al cabo somos máquinas movidas por los vientos de las creencias.

Revalorización de la democracia

Yack: Creo que en algo estamos los dos absolutamente de acuerdo: en la consideración que debe reinar en la ciudadanía acerca de la Democracia como algo sagrado, como fundamento de la convivencia. Pero antes hemos de ponernos de acuerdo ―a grandes rasgos―de qué entendemos cuando hablamos de sistema democrático. A mi entender, no es sólo una apariencia de representación en la que el ciudadano manifiesta en las urnas periódicamente estar de acuerdo con una opción política generalmente engañosa, sino que la entiendo como posibilidad de participación en las discusiones y decisiones que afectan a la colectividad, la entiendo como intervención del individuo en los asuntos políticos, y la entiendo como respeto a los consensos obtenidos en esas discusiones referidos al papel y a los derechos y libertades de la ciudadanía y de los distintos grupos que la integran. Y la entiendo, claro, como independencia de los poderes del Estado con un control sobre estos poderes y sobre los políticos (conseguirlo esto sería la cura más efectiva y urgente de esta democracia nuestra). Volver a Locke y a Montesquieu.

Claro, la democracia será siempre imperfecta y zigzagueante porque representa un acuerdo comunal frente a los instintos egoístas del hombre y, consiguientemente, aceptar las implicaciones que tiene conlleva necesariamente una lucha con uno mismo y con los demás por el hecho de tener que aceptar dictados que uno no desea seguir o que rechaza. Pero creo que el límite donde la democracia empieza a perder el nombre es perceptible, el límite en el que los defectos de la democracia se han pervertido es reconocible: de la putrefacción que desprende es posible detectar diferentes olores: la corrupción institucionalizada y generalizada, la absoluta pasividad del ciudadano ante los asuntos públicos, la veneración del caudillaje, el dominio político en todas las instituciones…

Cuando la democracia ha perdido su esencia participativa y ha derivado en totalitarismo, con las leyes y las instituciones al servicio de un partido o de una clase social y no sirviendo al bien común, en tales circunstancias, digo, la rebelión de la ciudadanía es un derecho para dejar de ser meros súbditos. En las revueltas de la «primavera árabe» se produjeron esas circunstancias. También esos fueron los motivos de la caída de la URSS. En el caso de Egipto, y viniendo al caso, se plantea un problema que es sólo aparente: ¿respetar la voluntad popular expresada en las urnas que llevó al poder a los Hermanos Musulmanes, quienes rápidamente manifestaron la intención de imponer un sistema totalitario, o defender la democracia, los derechos y libertades con una nueva rebelión? En mi opinión esta segunda opción es la única respetable, la defensa de las libertades y derechos de cualquier grupo que los exija. Ahí tenemos un ejemplo parecido en el caso de Zimbaue y el dictador Robert Mugabe, héroe de la izquierda mundial en los años 70 y 80, que ha acabado con la democracia en ese país y con los derechos de la población, especialmente con los derechos de los blancos. Algo que puede suceder también en Sudáfrica si se olvidan las enseñanzas democráticas de Mandela y la mayoría negra aboliere los derechos y libertades de los blancos haciendo uso de su mayoría. Caso semejante presenta Cataluña, en donde están abolidos los derechos lingüísticos de la mayoría de habla castellana. Ese es otro carácter de la democracia: en nombre de la mayoría, manifestado en las urnas, no se pueden conculcar los derechos de las minorías.

No sé si en Ucrania se produce un caso de perversión de la democracia que se pueda asimilar al totalitarismo, pero en el asunto de Gamonal no se produce y sin embargo los piquetes actuaron al modo de los sans-culottes que tanto gusta a la izquierda. No es éste el sentido de la democracia. Para ser más exactos, en una democracia tan imperfecta como la española aún existen mecanismos correctivos y producen sus efectos, por ejemplo, con el surgimiento de los nuevos partidos (VOX, UPyD, CIUDADANOS) que promueven la participación en el escenario político, de forma que esa suerte de Totalitarismo arraigada en la figura del todopoderoso Jefe del partido tiende a difuminarse y acabará desapareciendo. De tal manera que los miembros de los distintos grupos dejarán de ser rebaño para aspirar a ser ciudadanos con derechos de intervención en las decisiones, con posibilidades de hacer política a distintos niveles para que la voluntad general surja de una conciliación abierta de voluntades.

Así que en una democracia verdadera, quiero decir, si el hedor de la corrupción no ha alcanzado aún niveles notables, no es la revuelta al modo del sans-culottismo, a la que digo es tan aficionada cierta izquierda, en absoluto, un comportamiento democrático. Sí lo es la manifestación que muestre el desagrado o el disgusto de las gentes afectadas, que con su número y potencia puedan mover a las autoridades a cambiar de opinión. Pero cuando se perciba que se ha sobrepasado el límite que anuncia el Totalitarismo, la revuelta que pretenda restaurar la democracia sea bienvenida. Por ejemplo, cuando el Ejecutivo no se atenga a la legalidad o cuando ésta no sea democrática.

Por todas las razones que en la discusión han sido expuestas, el aprendizaje de la democracia debería ser un tema escolar prioritario.

Bien es cierto que la democracia necesita de aditamentos,  que tal vez un buen sistema democrático puede no ser capaz de sostener en pie a una nación o a un país o que éste pueda resquebrajarse por tendencias centrífugas o no logre infundir en las gentes el ánimo suficiente para la cooperación. Si nuestros políticos hubieran gozado de la suficiente inteligencia y honradez, habrían hecho uso de ciertos emblemas y ciertos mitos y hubieran creado una ilusión colectiva tan necesaria para la cooperación y la solidaridad social. Ahí están los casos de Francia o EEUU o China o Rusia. Pero la dejación de estas labores por parte de los sucesivos gobiernos de España (especialmente del PSOE, con su perenne indefinición de España y su avergonzarse de la bandera española) las ha dejado en manos de los nacionalismos periféricos, que han explotado los símbolos, emblemas, banderas, mitos e historias a su antojo. Pero esto tal vez sea otro asunto.

Desvalorización de la democracia

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Cataluña, Ucrania, Tailandia, y en cierta medida el barrio de Gamonal en Burgos,  son lugares en donde se ha puesto en cuestión el sistema de democracia representativa y se ha optado por la acción directa. Si el odio, la rabia y el resentimiento sobrepasan ciertos límites ―si se sobrepasa la masa crítica de indignación―aparece en las gentes un desprecio hacia los valores democráticos y cobran fuerza en el grupo los viejos instintos que impulsan a la acción directa, a la lucha, a la coacción violenta como medio de conseguir los fines deseados. Pretenden hacer prevalecer mediante la acción directa los deseos de unos cuantos, restando valor a la opinión de una mayoría manifestada en las urnas.  La crisis actual favorece el resquebrajamiento de los valores democráticos por dos motivos principalmente. El primer motivo es lo propiciatoria que resulta la crisis ―por las desigualdades que se generan― para la aparición de odios y resentimientos. El segundo motivo es la decadencia moral que la crisis pone al descubierto: los valores democráticos han sido barridos por la escoba de la corrupción.

En todos los lugares antedichos, aunque sea contra el respectivo gobierno  contra quien se dirige la rebelión, lo que palpita en el fondo de esas revueltas es un descrédito de los valores democráticos y de los gobiernos que las representan. Y aún más en el fondo lo que palpita es el sentir que «nuestro odio y nuestro resentimiento justifican la acción directa». Es decir, aparecen creencias justificadoras de la rebelión. Fórmulas tales como «igualdad=justicia», «lo justo y democrático es el derecho a decidir», «poseemos derechos históricos», «voluntad popular=justicia», etc. tratan de aportar razones para justificar la rebelión violenta y para saltarse a la torera el acuerdo social que constituye la democracia, así como los valores que sostiene. Dichas fórmulas que proclaman las creencias agavillan los odios y los resentimientos y los impulsan a la acción contra el enemigo. Porque en la mente del resentido se produce una categorización del «enemigo», de aquel que por poseer más riquezas que «nosotros»,  de aquel que se opone a nuestros deseos o propósitos, de aquel que posee razones contrarias a las nuestras, de aquel que es de otra «secta» distinta a la nuestra. Y hacia ellos se canalizan los odios y los resentimientos.

Tales intentos de devaluar las razones democráticas frente a la instintiva acción directa pueden resultar en cierto modo beneficiosos  si se restringen a ser puntuales, si son excepciones que ponen de relieve la degradación democrática imperante en las instituciones y gobiernos, pero cuando se convierten en método violento y antidemocrático de resolución de disputas, tal como la acción de ETA en el País Vasco, tales intentos, digo, se convierten en gérmenes del Totalitarismo.  Por esa razón hay que combatirlos, porque aunque se presenten con la cara amable del movimiento 15 M o del la revuelta del Gamonal, e incluso aunque las razones de uno coincidan con las razones que alegan en sus reivindicaciones, e incluso cuando en uno resuenen sentimentalmente los posibles derechos que reclamen, no hay que olvidar que deben prevalecer los valores y razones democráticos, pues en caso contrario nos abocamos a la dictadura totalitaria o al caos del desgobierno y la acción directa que se produce en Venezuela, por ejemplo.

La cuestión catalana (IV)

Argumentos en las creencias nacionalistas

Las doctrinas establecen supuestas verdades sobre ciertos hechos de la realidad que sirven al doctrinario como fundamento en sus argumentaciones. Por ejemplo, una de las supuestas verdades-fundamento de la doctrina marxista es la expresada mediante la fórmula «desigualdad social y económica=injusticia». Si por conveniencia ―emocional, generalmente―y convencimiento la doctrina hace suelo en la conciencia, se convierte en creencia, esto es, se convierte en rutina del pensamiento, sobre dicho suelo pone esa doctrina sus reales, expande su imperio, y levanta una barrera sentimental para que las supuestas verdades que contiene pasen a considerarse inobjetables, esto es, para que cualquier razón o argumento en su contra sea tratado como una amenaza y se rechace. «Todo cuanto atente contra las ideas doctrinarias hay que rechazarlo; todo cuanto atente contra las verdades que esa doctrina contiene hay que destruirlo», son las instrucciones operativas que la protectora barrera sentimental coloca en la conciencia del individuo.

Las verdades fundamentales que la doctrina contiene son el germen del que surgirán las raíces de toda argumentación doctrinal y de la  sentimentalidad pertinente. De tal modo que ya asentada la doctrina y hecha creencia en la conciencia del individuo, pone en éste unos anteojos que ofrecen la perspectiva de una realidad que resulta, así, sesgada, a la vez que proporciona unos criterios para juzgarla, y, correspondientemente al cariz del juicio, encauzar la sentimentalidad. Es decir, toda creencia establece una ilusión de la realidad que moviliza los sentimientos hacia la conveniencia y el propósito que en esa ilusión se expresan.

Las creencias se fortalecen en la conciencia de los individuos mediante los sentimientos que concitan, pero no son las razones ni los argumentos justificativos de una doctrina en particular quienes hacen aflorar la sentimentalidad, sino el hecho de que en las supuestas verdades contenidas en la doctrina resuenen los atávicos ecos de nuestro pasado tribal. En tal caso aflora fácilmente la sentimentalidad. Uno de los atavismos que palpita con más fuerza en la conciencia del hombre es la promesa de redención de una existencia insatisfactoria mediante la consecución de un paraíso. El paraíso, como posibilidad, obnubila la conciencia de los hombres. Que la creencia posea un escaso núcleo conceptual, pero que dibuje en la imaginación del creyente un paraíso redentor, hace que la conciencia del individuo se hinche de potencia sentimental. La marcha del pueblo de Israel a través del desierto en busca de la Tierra de Promisión es un buen ejemplo de ello.

Las creencias nacionalistas prometen ese paraíso. Ahí radica gran parte de su fuerza. Pero antes de hablar de ese paraíso vayamos a descubrir primero al nacionalismo catalán. La supuesta radical verdad del nacionalismo catalán se cifra en esta afirmación: «Cataluña es una nación oprimida por el Estado español». En realidad dos afirmaciones, que Cataluña sea una nación, y que esté oprimida por el Estado español. La primera tiene más de conjetura que de objetiva verdad, pues no se amolda a los principales indicadores que definen una nación, ni como categoría histórica ni como voluntad muy mayoritaria de sus ciudadanos; pero la segunda carece de cualquier valor de verdad, pues de una simple comparación de los derechos democráticos y libertades que se disfrutan en Cataluña con los disfrutados en cualquier otra región de Europa se constata su falta de fundamento. Así que, dado que esta supuesta radical verdad no posee la entidad suficiente ―como «verdad»― para mover conciencias, el nacionalismo catalán las trata de remover mediante la promesa redentora de un paraíso.

El ilusorio paraíso de una Cataluña independiente ilumina el sendero del nacionalismo, y desde la imaginación de cada creyente, de cada adoctrinado, llama a la acción para la «liberación nacional»,  aunque no existan libertades que conquistar ni opresiones que sacudir ni siquiera resulte pertinente que esa supuesta liberación sea denominada «nacional». Pero aunque tanto el ilusorio paraíso carezca de factibilidad como que la «liberación nacional» sea un mero sinsentido, poseen, sin embargo, el valor de un lema o consigna, o mejor aún, el valor de un grito de guerra tribal. La ilusión que infunden, eso es lo que importa a efectos prácticos, no el que sean sinsentidos o sinrazones. Llaman a razones de la emoción tribal, y la tribu, además de llamar a los primigenios instintos grupales, en un mundo globalizado en donde el individuo se siente extraño, le proporciona cobijo y consuelo.

Derivadamente de la promesa de paraíso y de la radical verdad del nacionalismo expuestas, en los acólitos del nacionalismo catalán aparecen  dos categorías mentales, el «nosotros», que alberga a todos los seguidores de esa doctrina y a todos los defensores de esa supuesta verdad antedicha, y el «ellos», donde por exclusión se incluye a todos los que no comulgan con ella. Pero esta categoría «ellos», al irse haciendo  más radical y furioso el grito de guerra tribal señalado, se va transformando en la mente del nacionalista catalán en la categoría «enemigos», y contra estos se encauza entonces toda la insatisfacción y sentimentalidad que ha ido fraguando el adoctrinamiento: malquerencia, odio, rabia, venganza, ira…

Ahora bien, suele ocurrir ―y en el nacionalismo catalán ha ocurrido― que la promesa de paraíso no tenga suficiente envergadura significativa  para calar en la conciencia del dubitativo o indeciso hacia el nacionalismo y para conseguir atraerlo al rebaño. De sobras es conocido que hasta no hace mucho el nacionalismo independentista catalán era muy reducido. La estrategia para hacerle crecer, esto es, para que la promesa redentora encuentre eco en su corazón, ha sido la inversa a la que la lógica hace usual. Si lo razonable es que fuese la seducción argumentativa quien abriera camino para la infusión de las doctrinas nacionalistas y para hacer que la verdad radical resplandezca en el corazón del neófito, y entonces, a partir del asentamiento de la doctrina como creencia, conseguir que forme mentalmente la categoría de «enemigo» que vigoriza sus sentimientos y su adhesión a la causa, la estrategia, digo, ha sido la inversa: primeramente se ha «creado» al enemigo, para que después, la promesa redentora calara en el corazón del converso a la causa. Bellamente lo expresó Indro Montanelli: «Los pueblos sólo se unen cuando tienen un enemigo común». Así que el adoctrinamiento mediante la «inmersión lingüística», mediante la denigración continua en los medios dependientes de la Generalitat de la cultura y de los valores españoles, mediante las incesantes campañas de victimismo, de tergiversación y falsedad en el tratamiento de la Historia, de las burlas y ataques incesantes a los símbolos de España (con el consentimiento implícito o la mirada hacia otro lado de todos los partidos políticos), ha logrado crear y fortalecer a la categoría «enemigos» en la mente de los ciudadanos de Cataluña. Y una vez lograda esta categorización y encauzados los sentimientos, la promesa redentora y la supuesta verdad radical se infunden con mayor facilidad.

Bien es verdad que ante lo endeble de la argumentación que señala la promesa de la Cataluña independiente, y de que a España en su conjunto se le pueda aplicar la consideración de enemigo (pues mayoritariamente la población de Cataluña tiene sus raíces en otras regiones de España), para poder mejor vencer la resistencia de los reticentes a tomar como verdades las consideraciones expuestas, el nacionalismo catalán tuvo que dar un empujón más a lo ilusorio de esas consideraciones  y echar mano de un supuesto agravio que calara en lo más íntimo de estos ciudadanos reticentes, que calara y resonara en su egoísmo personal: «España nos roba». Tal supuesto agravio ha disparado el número de cabezas del rebaño nacionalista, pues, por una parte, se vitaliza lo factible de la promesa redentora (fuera de España seríamos más ricos), se señala claramente al enemigo, España; se trae al primer plano de la conciencia de la gente el supuesto agravio, lo que desata y encauza la sentimentalidad, y otorga argumentos al egoísmo del individuo.  Luego el supuesto agravio, como eficaz lema o slogan, produce nacionalismo.

Tales creaciones: verdad radical, promesa redentora de un paraíso, manejo de los atavismos tribales, categorización y fortalecimiento del «enemigo», infusión del sentimiento de agravio, consignas, encauzar la sentimentalidad a unos propósitos, generar ilusiones que obnubilen, falseamiento y tergiversación de los hechos históricos…, constituyen los pilares del independentismo catalán con miras a sus propósitos.

La cuestión catalana (III)

La perversa dinámica nacionalista

El nacionalismo catalán «fetén», el de los Pujol, Mas y compañía, surge a finales del siglo XIX coincidiendo con una realidad económica próspera en Cataluña que hizo aflorar una potente burguesía. Al comparar esta burguesía su riqueza, el comercio e industria que generaban, con las miserias existentes en otras regiones de España, aparece en esa clase social catalana un sentimiento de superioridad (que siempre se acompaña con desprecio hacia los considerados inferiores) que les impulsa a lograr que les sea reconocida en toda la península su prominencia[1] en forma de poder y privilegios. En adelante el nacionalismo catalán siempre buscará con sus reivindicaciones  manifestar énfasis en esa superioridad alegada, ser primus inter pares. Como Mas y Pujol han manifestado reiteradamente, no está en su interés separarse de España, sino gobernarla. Quizá porque Cataluña ha vivido muy bien dentro de España. Les servía un Estado de las Autonomías  o un federalismo asimétricos, con Cataluña mirando al resto de España desde lo alto. La secesión, nunca ha sido buscada por el nacionalismo de este tipo, el de los rimbombantes apellidos catalanes de la burguesía.

Pero desde la época de la Transición las reivindicaciones del nacionalismo catalán formuladas con tal ánimo de prominencia sobre los demás (porque la prominencia trae la «pela» consigo, y la pela es la pela) han generado una perversa dinámica en su relación con España. Una dinámica que la ceguera y la estupidez de los sucesivos gobiernos centrales no han sabido o querido reconocer. Ya que el fundamento de este nacionalismo se encuentra en resaltar la prominencia de Cataluña y de sus prohombres sobre el resto de Comunidades Autónomas y sus respectos prohombres, su reivindicación principal incide siempre en la diferenciación. Que se resalte el «hecho diferencial catalán» en el reparto de competencias autonómicas; «no al café para todos», que repetían ufanos los políticos catalanes hace unos años. Pero al Gobierno central le resulta imposible satisfacer esa petición de reparto desigual, ese constante pedir más y más del Gobierno catalán cuando al cabo de unos pocos años las competencias de que disfrutaba Cataluña eran asumidas también por otras comunidades. De haber sido satisfecha dicha deferenciación, hubiera traído enseguida un sentimiento de agravio comparativo para los habitantes del resto de Autonomías, que les empujaría de nuevo a rasar en competencias y derechos con Cataluña. Así que la perversa dinámica no parece tener solución: a cada petición de cota diferencial de competencias responden las otras Autonomías con exigencia similar, con lo que Cataluña vuelve a pedir la diferenciación a su favor…, y así el cuento de nunca acabar. Recuérdese que al poco de ser aprobada la Constitución el nacionalismo catalán ya reclamaba un Estatuto diferenciado; se pidió un desarrollo acelerado del Estatuto para el caso catalán; posteriormente pidieron que España fuera magnánima en la interpretación de la letra del Estatut y de la Constitución; más adelante, se pidió reformar esta última; vino después el nuevo Estatuto catalán, y, como las demás Autonomías reclamaron y crearon el suyo, el nacionalismo catalán precisaba, según esa perversa dinámica señalada, dar un paso más allá. En eso estamos ahora. De igual manera, primero se pidió gestionar un15 % de la recaudación de Hacienda, luego un 30 %, y posteriormente la totalidad.

Siempre que el nacionalismo catalán pide y se les da, reclaman lo mismo las otras Autonomías y se les ha de dar, con lo cual la dinámica señalada sigue y sigue. Solo en el hipotético caso de que Cataluña resaltase en competencias y privilegios por encima del resto de Comunidades quedaría satisfecho el nacionalismo catalán, pero tal desequilibrio es inaceptable por parte de esas otras Comunidades. Sólo en caso de tal asimetría, de tal desequilibrio, la perversión desaparecía de esa dinámica apuntada. Pero ahí no acaban los problemas para el Gobierno Central, pues al contar con una ley electoral que favorece de manera harto exagerada a los nacionalismos, estos tienen la sartén por el mango a la hora de pactar la gobernabilidad del país con el PSOE o con el PP, que necesitan de sus votos. Esto es, los partidos nacionales PSOE y PP han estado cautivos del voto de CIU, lo cual ha posibilitado que en Cataluña CIU haya creado muchas leyes contradiciendo la Constitución, haya interpretado otras a su antojo, o incluso se las haya pasado por el forro de la faltriquera («estos  barrufets de Madrid, qué nos van a venir a nosotros imponiéndonos nada»).

Por si fuéramos pocos, parió la abuela, se generó una nueva y también perversa dinámica dentro de Cataluña. Maragall comprendió que el éxito de CIU y Pujol  durante tantos años residía en lo efectivo cántico nacionalista, los malos son ellos, y en ese reclamar privilegios (que disfrazaban de derechos) sin cesar; así que, por no ser menos, intentó emular a Pujol y se sacó de la manga un nuevo Estatuto que nadie había pedido. La nueva dinámica de la política interna de Cataluña, la imaginaron del siguiente modo  los pensantes de Mas, una vez ganadas las elecciones: Si el PSC ha hecho un nuevo Estatut (con la estulticia zapateril como ayuda), nosotros, CIU, no nos podemos quedar atrás, hemos de tensar la cuerda aún más, no sea que perdamos el pedigrí nacionalista a manos de ellos, así que hemos de pedir el 100% de la fiscalidad de Cataluña, y si se niegan, amenazaremos con la independencia y el Estado catalán. Así que se entró en esa dinámica de rivalidad entre CIU y PSC por ver quién lleva la bandera del nacionalismo ondeando más alto. Si tú pides esto, yo más. La perversión ha resultado ser aún mayor, pues quien ha salido claramente beneficiada en ese duelo ha sido ERC.

Se advierte que la solución a la que finalmente llevará el nacionalismo catalán a su «archienemiga» España es el crear una confederación de Estados dentro de la península, lo cual procura grandes ventajas a Cataluña pero representa un vuelco a la estructura política de las Autonomías existente. Tal posibilidad llenaría de gozo al nacionalismo, pues les otorgaría una absoluta independencia política y económica ―con una posición industrial y de comunicaciones dominante―y tendrían al resto de España sometida a ese dominio mediante su situación como zona de tránsito de mercancías y viajeros hacia Europa, además de contar con el centro de telecomunicaciones de toda la península (que de nuevo la estulticia zapateril les regaló graciosamente. ¡Los socialistas siempre haciendo el caldo gordo al nacionalismo!).  No veo cómo Europa y España podrían dejar a una Cataluña independiente fuera del euro con esa necesidad de atravesar su territorio y de tener el sistema de telecomunicaciones que utiliza toda España, pero menos aún por la carencia de ideas al respecto y el poco ímpetu del Gobierno central en relación al asunto. (Continuará)


[1] El ansia de prominencia no solo se da en la relación social de unos  individuos con otros: ese querer destacar por encima del «otro» en todo aquello que uno estima conveniente; sino que también se da entre grupos, tenemos el ejemplo de los equipos de fútbol, de los partidos políticos, etc, etc. Pero se exacerba ese ansia de prominencia cuando se encuentra un elemento de diferenciación como puede ser la lengua, y a ese elemento se le da un exagerado relieve. Por esa razón, para que los ciudadanos entren mejor al trapo y poder capearlos mejor, se producen las campañas de inmersión lingüística (la Historia es más maleable, se la puede utilizar mejor en provecho propio falsificándola o tergiversándola).

La cuestión catalana (II)

En la época de la Transición española y en vísperas de elecciones, los dirigentes de la izquierda daban grandes mítines en Barcelona. En Montjuic asistí a varios del PSC y del PSUC a los que acudieron Felipe González y Carrillo respectivamente. Cuando los oradores eran dirigentes regionales los asistentes al acto prestaban atención mediana (estaban disgregados en una extensa área), pero en el mitin final, cuando se trataba de Felipe González o de Santiago Carrillo, la gente se acercaba expectante formando una muchedumbre compacta y atenta a sus palabras. Como la inmensa mayoría de los asistentes eran emigrantes o hijos de ellos procedentes de otras regiones de España, el castellano era prácticamente la única lengua hablada. De hecho, según estadísticas de la propia Generalitat, el castellano era todavía en 1984 la lengua vehicular de más de un 75% de ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, ya por ese año comenzaba el forzado proceso de inmersión lingüística en catalán, ya se empezaba a cuestionar la enseñanza en castellano, y ya el PSC y el PSUC y sus sindicatos filiales UGT y CCOO empezaban a cambiar a los dirigentes que no hablasen correctamente el catalán, primándose los nombres y apellidos catalanes.

¿No resulta necesario preguntarse por qué unos partidos políticos que representan de manera muy mayoritaria a ciudadanos castellano-parlantes, arraigados en culturas de diferentes regiones de España, no pongan objeción alguna ante los intentos (que enseguida empezarían a darse) de erradicar el castellano de las aulas, ante la denigración frecuente de todo lo que oliese a español en las dependientes televisiones públicas de Cataluña, y un largo etcétera de agravios, y más aún, que, como se verá, cooperen en ello con entusiasmo, como sintiéndose satisfechos de que se intente borrar una cultura ―la mayoritaria entre la población― y sustituirla por otra? Esto es: ¿no resulta necesario preguntarse por qué la izquierda pone en valor la territorialidad, en detrimento de la voluntad democrática de las gentes que habitan ese territorio? Trataré de contestar a esa pregunta.

Para ello me resulta necesario explicar lo que se conoce en bilogía como «efecto residente». En muchas especies animales se manifiesta un comportamiento que se conoce como defensa territorial. Cada individuo se aferra a un determinado territorio y lo defiende de los intrusos que lo quieren ocupar. Como «efecto residente» se considera el mayor ímpetu con que combate el residente frente al recién llegado, el intruso. ¿Se produce este efecto en la especie humana? Se ha de decir que sí, y median en ello los sentimientos. Por ejemplo, los residentes catalanes, siendo minoritarios en muchos lugares y ambientes de Cataluña (sobre manera en la época de la Transición), emplean un superior espíritu de combate para la defensa de sus supuestos singulares derechos territoriales que el que emplean los intrusos procedentes del resto de España en defender los suyos. También los residentes alegan poseer mayores derechos en otras cuestiones como la lingüística, y creen poseer una supremacía moral en relación a los intrusos,  a quienes consideran «usurpadores».

De manera general, los individuos de una comunidad regida por un determinado estilo de vida y con unas determinadas formas de relación social y cultural (residentes), al ver incrustarse en esa comunidad otras gentes con distintos valores y cultura (intrusos), perciben en ellos una amenaza, surgiendo en correspondencia un sentimiento de territorialidad que les hace proclives a pelear por que sean desterradas al estricto ámbito privado todas las formas culturales intrusas (sienten un impulso a ello) y a que en cualquier otro ámbito social se impongan autoritariamente las suyas, las de los residentes, aunque en número sean minoritarios. También de manera general aparecen en los residentes el intento de desvalorizar las formas culturales de los intrusos, que consideran usurpadoras. En el caso catalán, los intrusos, desasistidos por sus líderes (preocupados estos por aparecer como nuevos conversos, como residentes), enfrentados al clima de supremacía moral propiciado por los medios de comunicación y que sus propios líderes políticos auspiciaban, se vieron acorralados individualmente, apareciendo en ellos un complejo de huésped en una tierra extraña, sin derechos que alegar para mantener sus formas culturales, así que uno a uno, indefensoso en su individualidad, tuvieron que doblar su cerviz, esto es, devaluar o renunciar a su lengua, a su cultura, sus valores, a sus derechos de decir y negar, y tuvieron que ir adaptándose a la cultura catalana.

El porqué en muchos casos el intruso, al hacerse converso, esto es, residente nuevo, se hace un fanático defensor de los residentes y perseguidor de los intrusos,  tal como el Gran Inquisidor Torquemada, es un tema que trataré en otro posterior escrito. Me interesa, no obstante, conocer  por qué los líderes políticos representantes de los intrusos cooperaron con tanto ahínco para que los derechos territoriales alegados por los residentes imperasen sobre los derechos democráticos, sobre los derechos lingüísticos y sobre los valores de los intrusos. Voces muy autorizadas hacen deber esta cooperación a la desorientación de la izquierda, encadenada, dicen, a creencias decimonónicas que muestran poco sentido en el mundo actual.

Lo cierto es que el marxismo era internacionalista  (y el PSOE ha sido marxista hasta fechas relativamente recientes) y consideraba los nacionalismos como algo reaccionario, y tal fue la opinión del PSOE hasta al menos 1917. Pero el marxismo examina la historia del mundo por medio de la dialéctica de la oposición de contrarios, un método éste tan impreciso que es capaz de justificar cualquier cosa. Mediante «ciencia tan rigurosa» el marxismo justificaba que el feudalismo es la negación y superación de la época esclavista, el capitalismo es la negación y superación del feudalismo, y de igual manera el socialismo lo sería del capitalismo. Transitando por esas obligadas estaciones de paso, el tren de la historia nos llevaría ineludiblemente al socialismo. Fin del trayecto. Así que, preliminarmente a la llegada del socialismo, se debía implantar el capitalismo burgués. De ello extrajo el PSOE la siguiente conclusión: es preciso implantar en España una revolución burguesa que aún estaba por producirse. Así que,  atentos a subirse sin demora al tren de la historia y conducirlo hasta el socialismo, consideraron que había que derrumbar a la oligarquía española de la Restauración, apoyando para ello al nacionalismo catalán. Apoyando a la Lliga de Cambó se produciría la revolución burguesa esperada y hasta que tal revolución tuviese lugar esperarían (no se podían contradecir las tesis de Marx). De esa forma, a partir de 1918, para el PSOE, el nacionalismo catalán pasó de ser una fuerza reaccionaria a ser una fuerza progresista democratizadora. A partir de ese momento nació el buenismo del PSOE hacia los otrora reaccionarios nacionalismos periféricos. Julián Besteiro, Luis Araquistaín y otros, a imitación de Stalin, que defendía los nacionalismos en su libro El marxismo y la cuestión nacional (ya sabemos qué hizo  después Stalin con los nacionalistas, pero esa es otra historia), empezaron con las grandilocuentes arengas sobre «El Estado que oprime a las nacionalidades de España», «la confederación republicana de nacionalidades ibéricas», etc., hasta llegar a negar la existencia de la nación española. Así hasta ahora.

Considérense algunas de las declaraciones hechas en los congresos del PSC en los años 70 y 80 (téngase en cuenta que la gran mayoría de los votantes de ese partido en aquellas fechas eran venidos de otros lugares de España): «Cataluña es una nación (…) La colectividad nacional catalana está oprimida por el Estado español (…) Los socialistas desarrollaremos una estrategia nacional sobre las bases siguientes: a) El ejercicio del derecho de autodeterminación, que es una exigencia inalienable e imprescindible. Mediante ese ejercicio, nuestro pueblo decidirá el marco institucional que mejor convenga a nuestra identidad nacional…»  O considérense las declaraciones de Antonio Gutiérrez, del Comité Central del PSUC (era el partido comunista en Cataluña), en 1980: «Somos un partido nacionalista, el más nacionalista, no aceptaremos que ningún partido lo sea más que nosotros».

Nada más y nada menos: ¡a mí no me gana nadie a nacionalista!, quería decir el representante de todos los andaluces, aragoneses, murcianos y extremeños que afiliados al PSUC entendían con dificultades la lengua catalana. ¿Se entiende la situación de ahora? ¡Qué grandes genios han campeado por la izquierda! La izquierda anclada en lo utópico, en lo abstracto y en el sinsentido de no prever nunca las consecuencias de sus dichos, posiciones y actos. Cooperando en despojar de raíces y valores a sus adeptos, y todo ello en defensa de los derechos de territorialidad esgrimidos por la burguesía catalana. La izquierda acomplejada, desorientada, sin criterios sensatos; la izquierda de los líderes hechos nuevos conversos que tienen que demostrar su fe irredenta catalana para purgar su complejo de charnego; la izquierda que coopera en la inmersión lingüística y en la discriminación generalizada a favor del catalán y en detrimento del castellano; la izquierda que se tapa los ojos (también la derecha española) ante el incumplimiento de las leyes por parte de la Generalitat en lo tocante a la elección de la lengua materna en la escuela, en el surgimiento de leyes que discriminaban a los profesores castellano-parlantes; la izquierda que ayuda a promover una agobiante presión social contra todo aquel que discrepase del catalanismo rampante. Han entregado al rebaño bien maniatado. Así obtenían migajas, ¡y gobernaban en Madrid! (Continuará)

La cuestión catalana (I)

A estas alturas de los hechos nadie duda de que el nacionalismo independentista catalán es un torpedo lanzado contra la convivencia en Cataluña y en toda España, y que, asimismo, amenaza con destruir la estructura orgánica del Estado. Lo alarmante del caso es lo vertiginoso y reciente de su crecimiento. Si hasta hace bien poco tiempo el máximo valedor de ese independentismo, ERC, apenas reunía un 10% de los votos emitidos en Cataluña, ¿de dónde, cómo y por qué ha surgido esa marea de gentes (sobre todo jóvenes, es decir, muy influenciables) que quiere separarse del resto de España y que hasta «ayer mismo» utilizaban mayoritariamente el castellano como lengua? Iré analizando esas cuestiones, pero empiezo hablando de la cuestión propagandista encerrada en esas palabras-emblema o consignas o estandartes de las reivindicaciones nacionalistas que, encurtidas en el caldo de cultivo del independentismo y sirviéndose de la actual crisis económica, generan egoísmos y sentimientos que  hacen al individuo proclive a opiniones, justificaciones y creencias ilusas, erróneas y perversas sobre la realidad de la relación entre Cataluña y España.

«España nos roba», «derecho a decidir», «liberación nacional» son algunos de las altisonantes y huecas consignas y estandartes que, con  finalidad de engaño y de ocultar prácticas totalitarias, abren brecha en el convencimiento del ciudadano catalán. En el ánimo del receptor de esas altisonancias se evoca y se sugiere: primero, que existe un enemigo, España, que es el responsable de la crisis económica y de casi todos los males y miserias que padecemos; segundo, que la bota española obstruye nuestro camino hacia una arcadia feliz, hacia un paraíso catalán de bienestar y felicidad; tercero, que tenemos carencias de derechos y libertades porque el Estado español nos oprime, esto es, que Cataluña ha sido y sigue siendo una nación subyugada. Estos mensajes, repetidos hasta la saciedad por los medios propagandísticos de que dispone el nacionalismo catalán se incrustan en el tuétano del hombre-masa y le llevan al convencimiento de que otra realidad más satisfactoria es posible con la creación de un Estado propio. Forman parte de la promesa redentora del mesías Mas.

Pero, en cuanto a que «España nos roba», lo que Cataluña aporta al conjunto de España con el motivo de lograr una igualdad en derechos de todos los españoles y una cohesión del todo el territorio nacional, no es, en proporción, mayor ni distinta de lo que aportan las regiones más ricas de Alemania, EEUU o Suiza a las menos ricas para lograr ese mismo propósito, y se ha de considerar que ni siquiera es Cataluña la Autonomía que más aporta a ese fondo común. Así que, en realidad, lo que se encierra el «España nos roba» es, además de una ilusa promesa mesiánica de futura prosperidad: «queremos aprovecharnos del mercado español y de las ventajas que ofrece pero sin cooperar solidariamente para que otras regiones tengan los mismos derechos que nosotros», es decir, una infusión de puro egoísmo al ciudadano catalán. Eso sí, «España nos roba» presenta la misma perversa eficacia que el grito de guerra que mantuvo en Aragón a Marcelino Iglesias durante tres legislaturas: «Que nos quieren robar el agua». Pura demagogia que llama a los instintos más egoístas del ser humano, fabricando un enemigo que hace eficaz al nacionalismo: «Los malos son los “otros”»

En cuanto al «derecho a decidir», ¿a qué nivel ha de ser contemplado?, ¿en base a qué razones?, ¿razones históricas, lingüísticas, económicas, o simplemente de voluntad popular?, porque las históricas no caben tras más de cinco siglos de unión (por mucho que retuerzan y tergiversen la historia), las lingüísticas carecen de sentido siendo aún el castellano el idioma más hablado en Cataluña, y si se alegan razones de voluntad popular, ¿por qué no ha de contemplarse el «derecho a decidir» de una provincia, de una ciudad, de un pueblo? Pero aun siendo importantes estas objeciones, hay otras de mayor calado. La reforma del Estatut propuesta por Maragall (propuesta basada en la mera pretensión de perpetuarse en poder) interesaba a un 6% de la población catalana; los partidarios de la independencia, desde la transición hasta el maremágnum que trajo la crisis económica nunca habían llegado a un 20% de la población, así que los deseos de independencia no han estado en el sentimiento  de la mayoría de la población durante muchas décadas, así que el maremágnum antedicho, esa vorágine nacionalista es nueva, es muestra de las voluntades veleidosas y sugestionadas de los hombres, y es producto del albur de un cuestionamiento coyuntural y seguramente transitorio de las relaciones con España. Así que, atendiendo a ese aspecto coyuntural, breve y veleidoso que la dicha vorágine nacionalista presenta, ¿tiene sentido poner en valor un supuesto «derecho a decidir» que no tiene para el individuo otra entidad que la ilusa sugestión de la palabrería, pero que se hace servir de palanca con que derribar la convivencia en Cataluña y en España entera, y que a efectos prácticos sólo sirve a los talibanes del nacionalismo? El hombre es de naturaleza variable, es veleta zarandeado por pasión y alucinaciones, y sabe de la provisionalidad de sus creencias, así que siente la necesidad de aferrarse a algo fiable y duradero. La Constitución, en la política, cumple ese propósito. Sirve de baluarte cuando el transitorio vendaval de la crisis y los sinsabores arrecian. La Constitución pone la vista en lo firme y duradero —porque el tiempo acrisola la estupidez humana—, precisando su elaboración de capacidades, esfuerzos y asentimientos generalizados. Es algo hecho desde la conciliación para la concordia; algo firme a que agarrarse cuando soplan los vientos pasionales, cuando huracanes circunstanciales hacen enloquecer a los hombres provisionalmente, cuando las alucinaciones pretenden imponer su dictado. Tal construcción es la Constitución española. Considerando ese carácter voluble de las gentes, con buen criterio se fijan en la Constitución las condiciones que se han de dar para que ciertos derechos individuales y grupales puedan ejercitarse. Las consecuencias de ejercer el «derecho a decidir» no sólo afectarían a la convivencia en Cataluña y en España, sino que es también una amenaza a la construcción europea porque propicia la desintegración; por tales razones y con criterio unánime y concertado, la Constitución contempla que ha de ser toda España quien decida sus cambios, considerando con buenas razones y con la experiencia acumulada que en las democracias de Occidente no existe ni puede existir un país en el que una de sus regiones esté oprimida o explotada por otras, ni sometida por ellas, pues los resortes democráticos lo impedirían.

«Libertad y liberación de Cataluña», palabras altisonantes y hueras donde las haya. De la libertad individual, ¿existe merma de libertad en el ciudadano catalán en relación a cualquier otra región de España o de Europa? No, obviamente ninguna. Y claro como el agua que Cataluña no es una región oprimida si subyugada ni sometida, que tiene sus leyes, sus tribunales, sus propios modelos de convivencia, sus parlamentos, que legisla, ¿de quién habría que liberarla? Surge la sospecha: «algo huele a podrido en Dinamarca» cuando se observan de cerca las reivindicaciones de libertad del nacionalismo catalán. ¿No pretenderán con ese grito de libertad sacudirse las opiniones y voluntades discrepantes? Un ejemplo, aludiendo falta de libertad, hace unas semanas dimitió el equipo directivo de un Instituto de Enseñanza Secundaria porque se les obligaba a que se impartieran clases en castellano, es decir, porque no querían atenerse a la ley. Otro ejemplo, la negativa del gobierno de la Generalitat a cumplir y hacer cumplir las leyes sobre política lingüística en Cataluña. Un tercer ejemplo, el del nacionalista que en la TV3 se ufanaba de haber denunciado a cientos de comerciantes por rotular sus comercios en castellano (la ley más retrógrada que quizá haya existido). Los tres son ejemplos claros de personajes e instituciones que presentando la máscara de sentirse agraviados por la falta de libertad en Cataluña conculcan los derechos y libertades de los que discrepan de su opinión: niegan la enseñanza en castellano, impiden rotular el comercio en el idioma elegido por el comerciante, impiden que se hable en clase en otro idioma que no sea el catalán…Libertad para poder prohibir, reprimir, coartar, para imponer un totalitarismo en lo informativo y un monolingüismo, para modelar un pensamiento único. Se exigen derechos y libertades a esa entidad supuestamente agresora que es España, para negar al discrepante esos mismos derechos y libertades en nombre de la identidad catalana.  (Continuará…)