Derechos, Igualitarismo, Feminismo, Animalismo

Desde el siglo XVI todo tipo de humanistas han considerado que los derechos de igualdad ante la justicia, de libertad de acción y conciencia, y el derecho del individuo a tener amparo social ante los infortunios, son los derechos sociales básicos a los que cada miembro de la comunidad –por  su mera pertenencia a ésta—es acreedor; junto con el derecho a la vida, son derechos derivados de su dignidad como miembro de la sociedad.

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En la exigencia de tales derechos  se produjo la Revolución Inglesa, la lucha de los calvinistas de los Países Bajos contra la monarquía española, la Revolución francesa y la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Frutos de esa exigencia fueron la Carta de los Derechos de los ingleses, la preponderancia del Parlamento inglés sobre el rey, la Declaración de Independencia de los EEUU, y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, proclamada por la Asamblea Nacional Constituyente de la Revolución francesa.

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En los derechos básicos señalados  y en las cartas y declaraciones mencionadas se establece un equilibrio entre el principio de igualdad de todos los hombres y sus libertades. Sin embargo, el fulcro en donde se asienta tal equilibrio se ha corrido en numerosas ocasiones hacia un lado o hacia el otro, hacia la Igualdad –a costa de la libertad—o  hacia las Libertades –a costa de la igualdad. En los regímenes comunistas tenemos un ejemplo claro del primer tipo de corrimiento;  el capitalismo inglés o norteamericano del siglo XIX son buenos ejemplos del segundo tipo de corrimiento. Una cosa resulta clara (aunque una gran parte de los intelectuales no parecen haberse enterado): todo aumento de la igualdad –económica o de rango—entre  los miembros de una comunidad es a costa de libertades.

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Generalmente, los más capaces, los más emprendedores, los mejor posicionados socialmente, se inclinan hacia las libertades, mientras que quienes carecen de tales dones, espoleados por el resentimiento que tales carencias producen, se manifiestan a favor de la igualdad en detrimento de la libertad. La liberal democracia y la socialdemocracia europeas constituyen un buen ejemplo de sistemas que se equilibran, que mueven escasamente el fulcro hacia un lado o hacia el otro, aumentando el amparo social o las libertades en los periodos de alternancia en los que gobiernan. Pero esta homeostasis que imperaba en Europa se está resquebrajando. Por un lado, la Globalización, los traslados de capitales y empresas y la destrucción de empleo; por el otro, el avance del viejo Igualitarismo constreñidor de libertades, ahora con nuevos rostros producto de diversas y novedosas mutaciones adaptadas a los tiempos modernos: Populismo, Buenismo, Ecologismo extremo, Feminismo radical, Animalismo. Hoy voy a hablar un poco de estas dos últimas, añadiendo previamente lo muy loable que resulta la defensa feminista de la igualdad de derechos de hombres y mujeres, así como el respeto que cada individuo merece de mantener el trato afectivo que mejor que parezca con los animales.

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El Feminismo radical pretende imponer la igualdad entre hombres y mujeres más allá de los patrones establecidos por la naturaleza de unos y otros: más allá de la igualdad de derechos, tal tipo de feminismo pretende igualar las naturalezas, amoldando la masculina a la femenina, “capando” al “macho”. Tal tipo de feminismo es el que ha introducido el llamado “concepto de género”.

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En contra de las incontables evidencias que la Biología, la Evolución, la Antropología y la Sociología aportan acerca de las diferencias sexuales y de los caracteres del hombre y de la mujer, el feminismo radical proclama que tales diferencias se deben a la educación, y afirman que el ‘género’ es una construcción sociocultural. Esto es, descreen  que la biología sea quien determine la condición masculina o femenina, así que, con la pertinente educación se formarían seres asexuados, al menos en el comportamiento y en la manera de pensar. De ahí que tal grupo propugne que ya en el ámbito familiar como en el escolar, se forme a niños y niñas con los mismos principios, valores, costumbres y modos de actuar, y que en los juegos se integren unos y otros[1].

En realidad, pretenden que el hombre y la mujer, en su naturaleza y en toda la geografía de su personalidad, sean ‘iguales’ por imperativo legal. Pretende también imponer esa igualdad en todas las esferas económicas y organizativas de la sociedad. Por decreto y mediante la coacción ejercida por la tiranía moral establecida por los medios de comunicación.

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La igualdad salarial entre hombres y mujeres, la paridad de unos y otros en los Consejos de Administración de las empresas y en los equipos directivos, etc., son un ataque en toda regla contra el valor del mérito, el carácter emprendedor y la productividad como elementos vertebradores de las diferencias salariales; es decir, son un ataque contra la libre empresa y las reglas de la concurrencia competitiva y contra la ley de la oferta y la demanda. Para conseguirlo se valen, también, de los reclamos propagandísticos, falseados, en los que se alegan diferencias salariales entre hombres y mujeres para un mismo trabajo, sin especificar qué trabajos son esos ni si unos y otros producen y rinden lo mismo.

Pero con la aparente pretensión de esa igualdad,  el feminismo radical ha conseguido que se impongan ventajas sociales y ventajas legales a favor de la mujer y en perjuicio o en detrimento del hombre: los permisos de maternidad o lactancia, la posibilidad de adoptar niños, la protección preferente de la mujer en casos de divorcio, la tutela de los hijos en tales casos, y, sobre todo, la ley de discriminación positiva a favor de la mujer, conocida como Ley integral contra la violencia de género; una ley que señala a los hombres como foco de violencia y que facilita que la mujer rencorosa saque clara ventaja en los casos de separación o divorcio. Otras acciones del feminismo radical, como la imposición del denominado “lenguaje no sexista”, no son sino sinsentidos producto de un ansia de revancha.

En cualquier caso, este tipo de feminismo va mucho más allá de otorgar los mismos derechos básicos a hombres y mujeres, y busca la igualdad forzada[2], una igualdad que basa en el absurdo principio de que lo femenino y lo masculino son construcciones culturales, o bien camufla como igualdad lo que es revancha. Como todo Igualitarismo, pretendiendo imponer sus postulados, se muestra con tintes totalitarios, enemigo de las ciertas libertades. De haber seguido la camarilla del ínclito Rodríguez Zapatero en el gobierno, ahora no resultaría extraño que los equipos de fútbol contaran con la mitad de hombres y la mitad de mujeres, y con un transexual de portero.

Pero quien propugna el mayor disparate en cuestiones igualitarias es el Animalismo. Proclaman sus huestes que todos los animales han de poder disfrutar de los derechos básicos mentados[3]. Esto no es ni más ni menos que una hiperextensión aberrante de los derechos que nuestra especie se otorga; no es ni más ni menos que un disparate evolutivo; no es ni más ni menos que un ultraje al egoísmo propio de nuestra especie[4]; no es ni más ni menos que abdicar  de la naturaleza humana instintiva y de sus satisfactorios frutos.

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No alegan para ello otra razón de peso que el supuesto sufrimiento de los animales[5], que su reblandecida sensibilidad pone en alto valor, sin atender para nada a la inteligencia de que estamos dotados, a la conveniencia de la especie, al interés, al egoísmo humano. Utilizan el sentimiento para obnubilar el pensamiento y maniatar la inteligencia.

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Postulo que en el animalista influyen de forma determinante tres factores que generalmente confluyen: la experiencia en cada uno de ellos de un largo camino de temor y huída del ‘otro’, lo que les provoca un repudio hacia su propia especie; el de un reblandecimiento instintivo –repudian las satisfacciones instintivas de fuerza—y un entregarse a lo afectivo como único modelo de satisfacción[6]; y el factor de la moda, el de alinearse acríticamente con las creencias y las sensibilidades que imperan en el rebaño.

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El animalista al que me refiero es cruzado de su fe y trata de imponer al resto de la sociedad su reblandecida sensibilidad con todos los medios a su alcance. Es un religioso que pretende imponer un absurdo y aberrante igualitarismo entre los humanos y los animales, y, consecuentemente, es un enemigo de la libertad humana. Sus constantes manifestaciones contra las libertades de otros grupos y de otros individuos dan certificado de su carácter totalitario.

 

 

 

 

[1] En la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero se lanzó con cierta tibieza la posible obligatoriedad de esa integración a todos los niveles.

[2] Ortega y Gasset expresa muy bien el ansia de algunos que pretenden ser iguales en todo porque la excelencia en los demás les duele: «Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Se sienten condenadas a formar parte de la plebe moral e intelectual de nuestra especie. Cuando se quedan solas les llega de su propio corazón bocanadas de desdén para sí mismas. Lo que hoy llamamos opinión pública y democracia no es en gran parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.»

 

[3] La proclama “Respeto a la vida de los animales” que contiene en su esencia el veganismo, o bien, “Respeto a todas las formas de vida”, tiene únicamente sentido con las connotaciones religiosas que conlleva. Lo sienten como un mandato divino y construyen un santuario a cualquier ser vivo. Cuanto más desaparece hoy en día la fe de las gentes en dioses y cielos, más crece el sentimiento religioso de comunión con la Tierra, los animales… Tal como ocurría en las religiones animistas, muchos necesitan sentirse conectados al cosmos de alguna manera. Bien es cierto que no saben en qué animales poner el límite en cuanto a otorgar esos derechos básicos mentados, aunque la mayoría lo ponen en los animales que poseen un sistema nervioso central, lo cual no aporta más razones que el dar derechos a todo ser vivo o a ninguno.

[4] Porque la razón profunda y el fundamento de las razones éticas se encuentra en el egoísmo humano: nos otorgamos razones y normas para obtener una convivencia que nos sea beneficiosa.

[5] Cosa más que dudosa, pues el sufrimiento es una propiedad de la conciencia, de la que carecen los animales.

[6] Gozando de la compañía de los animales de compañía –un sucedáneo afectivo exento de peligros—hacen de estos animales su refugio y el motivo de sus satisfacciones.

Saludo al otoño

En esta Entrada figuran dos propósitos; uno es el de saludar al otoño, con una suerte de oda barata que pone de manifiesto que esto no es lo mío; el otro propósito es el de cumplir con varios conocidos que me pidieron poner en este Blog el escrito que leí el viernes pasado en recuerdo de Manuel Benito Moliner  con el motivo de poner su nombre al Centro Cultural de Huesca.

Se trata, por lo tanto, de una Entrada atípica con la que espero no defraudar del todo.

 

Hacia su efímero ocaso,

Cual ave de plumaje cárdeno

En vuelo titubeante,

Aletea la tarde

 

Acuna hojas el viento

Que derrama la enramada

Como lágrimas tristes de amante

En el adiós a su amada

 

En la alberca cercana,

Entre juncos y hojarasca,

El aire suspira al agua

Y extiende  ondas irisadas

 

Tras  una ventana,

La joven sueña con amores

Mientras la arboleda brama

Y alfombra el suelo escarlata

 

 

Se enseñorea el otoño de la floresta

Y un hilo de luz dorada

Deposita su melancolía

en el corazón de la muchacha

 

Una brisa acariciante

Asciende por sus carnes

Fraguando deseos

Y ajetreos de cama

 

A mis cansados huesos acuden,

A raudales,

Enjambres de recuerdos

Y de angustiosos pesares

 

Cierra la joven los ojos y

De la puerta de su corazón

A las ventanas de su entendimiento

Un murmullo de mariposas viaja

 

Sueña ella una serenata

De entrelazados cuerpos desnudos

Y una roja y violenta luna

Esparciéndose en la almohada

 

También yo espero

Desde mi retiro sombrío

Un murmullo similar

De lunas rojas y anhelos

 

A MANOLO BENITO

 

Eugenio me ha pedido que hable de la relación de Manolo con la literatura. Y el empeño no me resulta fácil. No porque yo no estuviese al tanto de esa relación  o porque ésta no existiese, sino porque cuando tocábamos el tema literario lo hacíamos de manera festiva, siempre lo acompañábamos con unos tragos, así que, a decir verdad, los recuerdos aquellos los tengo un poco borrosos.

Lo festivo nos ocupó un buen número de años, durante los cuales  unos cuantos amigos nos  reuníamos, viernes o sábado noche,  para hablar de lo humano y lo divino, y, claro, de  libros.

Recuerdo que en esas reuniones los escritores hispanoamericanos estaban muy presentes. García Márquez y Borges, eran siempre temas de discusión y alabanza, pero sobre todo nos encandilaba el Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Recuerdo un hecho que muestra el carácter de Manolo. Un día, al poco de conocernos y tras  hablar  de Cien Años de Soledad, se acercó a su casa y me trajo el libro Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri, que trata de la descarnada contienda de realistas y patriotas por la independencia de Venezuela. Toma, me dijo, en este libro se prefigura el realismo mágico de la novela sudamericana.

Y me lo regaló tal como me regalaría más adelante otros varios, libros raros, como el Diario de Mircea Eliade, Historia de Mahoma, o la Moral a Nicómano, de Aristóteles, añadiendo: “Ya he encontrado otro bicho raro a quien interesan estos libros”.

Quiero  hablar un poco de la tertulia que manteníamos. Manolo, Eugenio, Víctor Pardo, Ramón Guirao, y yo como fijos, aunque varios ambulantes nos visitaban de vez en cuando. El Apolo,  el Ricocú  el Rugaca eran nuestras bases de operaciones. Comíamos, bebíamos, hablábamos de libros, pero, sobre todo, festejábamos lo literario.

Me explico con ejemplos. El libro La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez, fue durante una  temporada  nuestro modelo festivo. En esa novela, una cofradía de personajes esotéricos aficionados al alcohol, que andan en procesión de taberna en taberna y que intentan encontrar la fuente que les devuelva la juventud, eran los personajes que  imitábamos. Cada semana traíamos leído un nuevo capítulo y nos regocijábamos comentando e incluso repitiendo algunos hechos entresacados de la lectura.

Y también festejábamos ocurrencias, como la de Mario Benedetti en un lupanar, desnudo ante varias meretrices,  en la celebración, creo recordar, de su 60 cumpleaños.

Teníamos, incluso, nuestra musa particular, una musa que en ocasiones nos acompañaba y que alguna vez nos deleitó la madrugada con extrañas y sugerentes danzas.

Pero había otro Manolo mucho más profundo. Un Manolo que no creía mucho en la ilusión de la felicidad y que ponía todo su rigor y vitalidad en ser auténtico. Creía él que la autenticidad es la virtud primera. Y creía –también—que  el hombre es educable, no tanto al modo rousseauniano, no tanto socialmente, sino más como individuo.

Para ello, jaleaba Manolo el desprendimiento de las máscaras sociales, el descreimiento de las grandes narraciones ideológicas, le gustaba caminar desnudo frente al mundo; y,  el ir siempre de la mano de la bondad y la fraternidad.

 

En coherencia con ese credo,  sus poetas preferidos eran los que dibujaban con mayor verdad esa forma de autenticidad suya: Luis Agustín Goytisolo era uno de los primeros, pero, sobre todo, a Manolo le encantaba José María Fonollosa, el poeta de vida solitaria que se negó a leer a sus contemporáneos para no dejarse influenciar por ellos y que publica en 1990, un año antes de su muerte, tras de 29 años de silencio. El poeta de Ciudad del hombre: Nueva York, y de Ciudad del hombre: Barcelona. El poeta al que encontraron muerto junto al poema que comienza:

 

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

 

Manolo escribió poesía y relato corto. Un buen día   me envió el cuento, Una Navidad de locos, del 2007. En el cuento hace ingresar al protagonista en un hospital psiquiátrico, en donde la locura y la cordura son indistinguibles, van  de la mano en todo momento.

En el cuento desmenuza el fariseísmo de la sociedad, pone lo humano en carne viva,  y poco a poco va destruyendo los cachivaches morales que envuelven a pacientes y a enfermeros. Un poema ocupa la parte final del relato. Concluyo, leyéndolo.

 

Envidio a los demás esa rara habilidad

que tienen para posponerlo todo.

Congelan un amor apasionado

(¡congelan el fuego!),

retrasan la lectura de un libro,

aplazan sine die declarar

que están hartos del mundo.

 

Y llegan a viejos hablando del tiempo,

como si quisieran disimular

todos los deseos incumplidos.

 

Yo, por contra, vivo entregado al amor,

casi siempre en solitario,

leo libros viscerales en cuanto

caen en mis manos.

No me canso de denunciar

la apatía, la modorra

de mi especie que ha convertido

este hábitat en la sala de espera

de un tanatorio.

 

Pero no llegare a viejo, para qué,

qué me importan las inclemencias climáticas

si tengo que vivir día a día,

minuto a minuto, soportando

la adversidad colectiva:

sus reglas estúpidas,

sus leyes tiránicas, su vacío vital.

 

Y, aunque estoy solo en esta reflexión,

mantengo que la vida es corta e intensa

y la muerte larga y fría.

No, afortunadamente, no llegaré a viejo.

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA I

El hecho ha sido observado en multitud de ocasiones en muchas especies animales. Comprenderlo solo precisa de un ejemplo: Un rebaño ovino pastando apaciblemente a unas decenas de metros de un despeñadero; un pastor al que un fortuito menester aleja unos instantes del ganado; un oveja madura que por razones extrañas, obedeciendo a un mero instinto ocasional,  obedeciendo a una pulsión, echa a trotar y se desboca hacia el precipicio. Ahora viene el asunto principal: suele ocurrir que las demás ovejas, en fila, siguen los pasos de la primera y se despeñan también.

Los seres humanos no somos tan distintos a esas ovejas. Como ellas, somos gregarias, solemos tener pastores políticos y religiosos, y, los suicidios colectivos –siguiendo las indicaciones o doctrinas de un líder—han sido harto numerosos en nuestra especie. Desde sectas religiosas que se han inmolado a una orden de su líder, hasta la infinitud de guerras que no tuvieron otro propósito que el enfrentamiento entre líderes, ni otro resultado posible que la muerte de centenares, miles o millones de seres humanos.

Somos animales, somos gregarios y seguimos a un líder cual rebaño de ovejas o de lobos o de caribús. Nos creemos distintos porque, de manera singular, poseemos conciencia, pero, realmente, todas nuestras decisiones se toman en ese ámbito subterráneo que es el inconsciente.

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La conducta de los animales –deslindándonos ahora de ellos—resulta mucho menos complicada que la nuestra: es guiada y catapultada de manera casi exclusiva por los instintos. Sus instintos les indican la conveniencia que poseen las cosas para su supervivencia y bienestar, y les impulsan a conseguirlas. Los humanos disponemos, además, de otros mecanismos neuronales para percibir dicha conveniencia: poseemos la razón y los sentimientos, es decir, poseemos conciencia, poseemos la capacidad de obrar en el presente con vistas al futuro empleando el conocimiento del pasado. Esa amplitud de conveniencias (conveniencia instintiva, sentimental, racional) origina que la vida del hombre resulte un permanente conflicto: una  lucha interior entre conveniencias. El instinto nos suele decir una cosa, el sentimiento otra distinta y la razón otra más enrevesada aún.

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Hace poco comenté en un blog que nuestra civilización trata de reprimir nuestra naturaleza instintiva, nuestra naturaleza animal, y que en esa represión solapada se encuentra en gran medida la raíz de muchas de las enfermedades cuya etiología los médicos se encuentran incapaces de descubrir. Que tales enfermedades son harto frecuentes en quienes, por una causa u otra, han reprimido fuertemente su acción instintiva: quienes huyen de la relación social por temor a la alteridad del ‘otro’, quienes sofocan ilimitadamente su sexualidad, quienes llenos de temor a la experiencia social se refugian en  la soledad o en los animales, en los hipercompasivos, en aquellos que se horrorizan ante cualquier crueldad por insignificante que sea, en aquellos que temen todo lo que huela a competir, en quienes carecen de un itinerario de vida o no poseen un propósito vital. Abjurar de lo instintivo, querer matar la parte animal de uno mismo, lo entiende el organismo, de manera inconsciente, como un suicidio. Los impulsos instintivos se dirigen entonces, no a satisfacerse, sino a descompensan el funcionamiento de los diversos órganos del cuerpo, y, junto con el miedo, el gran represor del instinto, provocan la enfermedad.

En otros casos, una idea se apodera de nosotros, se asienta en la conciencia en forma de creencia (no siendo otra cosa que una ilusión), y obnubilando la razón y redireccionando la acción sentimental hacia el propósito que indica dicha idea, esto es, mostrándonos ciegamente una única e ilusa conveniencia, nos lanza a realizar grandes revoluciones y a producir grandes catástrofes en su nombre. El ejemplo de la Alemania de Hitler o del comunismo soviético, especialmente con Stalin, son bastante elocuentes al respecto. Pero no es preciso señalar casos extremos como los dichos, el ámbito social está lleno de comportamientos disparatados auspiciados por creencias que producen en las gentes una visión de la realidad alterada que puede llegar al fanatismo, esto es, a no ver más allá de sus narices, a pensar que todo el mundo está equivocado menos él, y a considerar su enemigo y declarar la guerra a todo aquel que discrepe de su verdad. El sectario, el revolucionario, el terrorista, son algunos tipos característicos de este tipo de gente. Es como si su cerebro estuviera cortocircuitado y solo la idea que le ronda produjera allí actividad. Los ejemplos son numerosos y no es preciso exponerlos.  Se está descubriendo que muchas enfermedades mentales son consecuencia de ese cortocircuitado y del miedo.

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Recojamos que somos gregarios, que solemos seguir a líderes y a fiar en su opinión, que poseemos mecanismos diversos y de diversa antigüedad evolutiva para percibir aquello que nos conviene para nuestro bienestar, que las ideas anidan en nuestro cerebro fabricando ilusiones que nos guían a comportamientos desastrosos, que renegar de manera notable de nuestra acción instintiva puede enfermar la mente y el cuerpo…

Nos falta hablar de la conveniencia sentimental y de la racional, y también somos capaces de producir tecnología y cultura y moral, pero estos temas serán tratados en próximas entradas de este Blog.

Pensamientos dispersos al calor del estío

  1. Los más pasionales, los más aguerridos, los que más odian, son siempre la vanguardia de cualquier movimiento. Primeramente arrastran a los indecisos; más tarde, a los pusilánimes.
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  2. ¿Qué pretenden los hombres de las mujeres y viceversa? Qué busca la mujer en el hombre: seguridad; qué busca el hombre en la mujer: belleza; qué admira la mujer en el hombre: la fuerza; qué admira el hombre en la mujer: la dulzura; qué busca la mujer fuera del matrimonio: pasión; qué busca el hombre fuera del matrimonio: sexo; qué reprocha la mujer al hombre en el matrimonio: no ser el ideal buscado; qué reprocha el hombre a la mujer en el matrimonio: que se pase el día reprochando; qué pretende la mujer del hombre: que se someta a su voluntad; qué pretende el hombre de la mujer: que sea el descanso del guerrero.audrey5
  3. Cuando la realidad es penosa la ilusión de otra realidad crece.
  4. La necesidad de esperanza nos hace receptivos a cualquier ilusión.
  5. Un ánimo emocionalmente alterado es un manantial de ilusiones.
  6. La oscuridad se ha convertido en la atmósfera lumínica de la filosofía; el éter es su escenario.
  7. Las creencias nos proporcionan: certezas, conveniencias, previsiones, sentimientos, prejuicios, criterios y perspectivas.
  8. Uno siempre busca justificarse a sí mismo, incluso negar la responsabilidad de sus propios actos; pero en épocas de zozobra, de futuro incierto, de inseguridad, uno busca un enemigo a quien hacer culpable de todo lo que a uno le pasa.
  9. El resentimiento es un flujo prolongado de impotencia.
  10. Rousseau amaba la idea de humanidad, pero odiaba a la humanidad.
  11. El sentimiento de injusticia que padecen algunas gentes es tan enorme que son capaces de poner sus vidas en peligro por una causa que creen que acabará con la injusticia.
  12. Cuanto más fuerte es el odio y el resentimiento que mueven al fanático, más se convence de estar en posesión de la verdad y de que su causa es justa.
  13. ¡Qué ingenuos somos los hombres! Dicen los biólogos que en casi todas las especies son las hembras las que eligen. Los machos se engalanan de colores y plumas, despiden aromas seductores o se presentan con todo tipo de cantos y espectáculos de danza.

El subconsciente pasional

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Presento a continuación El subconsciente pasional, el segundo ensayo del libro Animal moral.  El libro, ya saben, versa sobre la conducta individual y la organización social, en cuanto a sus bases biológicas y el papel que juegan las creencias que poseemos.

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

 

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

En esta dirección puede echar un vistazo a los temas:

 

 

Ensayo 2º: EL SUBCONSCIENTE PASIONAL

 

Resumen

Los mecanismos instintivos y emocionales y otros muchas mecanismos reflejos, sin que seamos conscientes de ello, elaboran en el laberinto del subconsciente  nuestro modo de pensar, nuestras apetencias, la conveniencia o inconveniencia que sintamos hacia ciertas razones, doctrinas, objetos, hechos o conductas. Después se representa todo ello en el escenario de la conciencia, con lo cual nos percatamos de lo cosas que ocurren en el interior de nosotros mismos, como los deseos y los sentimientos. Además, esa representación nos produce el delirio de que es la razón la principal gestora de nuestra mente. Pero en el fondo todo resulta ser pura conveniencia del organismo.

Deseamos a una mujer o a un hombre  hermoso, o un rico pastel, o ser el más amado o el más listo…,  pero es el instinto quien nos lo sugiere y nos lanza a conseguirlo. La ira nos lanza a la violencia o a la malquerencia, la compasión nos empuja a ofrecer y ayudar, el temor nos impele a alejarnos, la culpa nos infringe castigo, los celos nos lanzar a aprisionar a la persona amada… Y son también esas razones del subconsciente las que nos inducen el pensamiento correspondiente. El organismo, desde el subterráneo de la conciencia nos seduce y nos dicta lo que le resulta conveniente y nos empuja para que lo logremos.

En muchos aspectos apenas nos hemos alejado unos pocos pasos de nuestros cercanos parientes primates. Nuestros instintos y nuestras emociones son muy semejantes. Es en el deseo y en el temor y en los instintos y en la conciencia en donde radica la diferencia.

En el surgimiento del deseo se interrelacionan la conciencia y el instinto. En la conciencia, mediante los mecanismos de la imaginación y del pensamiento, se focaliza y se mantiene en candelero el objeto que el instinto señala como conveniente para la vida del individuo, el objeto que debe ser “poseído” en la consumación del deseo.

Todos los deseos están guiados hacia tres grandes finalidades: la sexualidad, la alimentación y la prominencia del propio individuo sobre los demás.

El temor es al miedo lo que el deseo al instinto. Mediante la imaginación se representa y es la imaginación quien lo fortalece o lo desvanece. El temor es un miedo al por-venir concitado imaginativamente. Percibimos una posible amenaza  y la conciencia produce mediante la imaginación situaciones de futuro en la que lidiamos con ella. En ese acto de lidia se gesta el temor, es decir, se concita al miedo.

Los sentimientos contienen emociones, un modo alterado de pensar ―con pensamientos acordes a la emoción sentida―, y ciertos grados de placer o dolor. Nacieron con vocación de ser reguladores de la conducta social. En otras palabras, un sentimiento es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra supervivencia y nuestro éxito reproductivo.

Añado un último apunte a este esquemático resumen: casi todos los sentimientos están cargados de temor y de deseo. La vergüenza, la culpa, la envidia, el orgullo, la soberbia… tienen todos que ver con el deseo de éxito social y con el temor al fracaso.

 

 

Medea. Arrebato[i] sentimental.

 

Crueldad, venganza y sentimientos.

En la filosofía griega la sentimentalidad fue mirada de reojo, con prevención, belicosidad o desdén. Tal actitud amarró  el posterior pensamiento filosófico ―hasta nuestros días―a la argolla de la idealidad, de lo etéreo de sustanciar el conocimiento del ser humano sin mirar sus entrañas, imaginándolo mediante el solo uso de la razón. La actitud de prescindir de las pasiones como causas motoras de nuestra conducta y como armazón de lo humano ha lastrado su quehacer desde entonces.

Sin embargo, la tragedia griega presenta al hombre desnudo, real, agitado violentamente por lo pasional. Si se trata de hallar lo real del «ser» humano, en sus pasiones se ha de mirar.

Soberbia, despecho, odio, crueldad, compasión, piedad, deseo de venganza… son las actrices que intervienen en la función sentimental que se representa en la Medea de Eurípides. Mírese atentamente en ella para encontrar lo humano.

Recuérdese que Medea es hija del rey de la Cólquide y que presta valiosísima ayuda a Jasón para conseguir el Vellocino de oro. Que despedaza a su mismo hermano Apsirto para que Jasón pueda escapar del cerco del rey, y que, llegados a Yolco, mediante un sutil engaño, da muerte al rey Pelias en defensa de los derechos de Jasón. Éste le jura fidelidad eterna. La obra que nos ocupa cuenta a Medea odiando a Jasón porque se ha casado con la hija del rey  Creonte, rompiendo así su promesa. Medea, en venganza, dará muerte a esa nueva esposa, Glauce, a Creonte, y a sus propios hijos.

La obra enseguida nos aporta dos bases sentimentales: en la personalidad de Medea ha hecho la soberbia baluarte, y Medea se siente despechada contra Jasón.

Dice el diccionario María Moliner que la soberbia «es una cualidad o actitud de la persona que se tiene por superior a las que le rodean, y desprecia y humilla a las que considera inferiores». El Larrouse añade que «es estimación excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás». El soberbio destaca por «no dar su brazo a torcer», aunque tal actitud le provoque adversidad. El soberbio muestra empecinamiento en resistir y en despreciar. Se enroca cuando el sentido común aconseja el apaciguamiento.

Del despecho, que germina mejor en la mujer, dice la RAE que «es una malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad». El diccionario WordReference lo abrevia así: «Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa».

Medea es soberbia, no se detiene ante nada; y siente despecho hacia Jasón porque este ha preferido a la joven Glauce, rompiendo el juramento de fidelidad pactado. Medea siente como injusticia el abandono de que es objeto (pues Jasón no ha cumplido ―en reciprocidad― con los enormes servicios que ella le prestó). Ese abandono lo considera ella una injusticia y una traición que se unen al despecho y lo agrandan, que hacen que destile odio.

Lo orgánico señala un único camino posible para aliviar el dolor que tales sentimientos le producen: la venganza cruel: producir en Jasón igual o mayor dolor que el dolor que ella sufre. La tragedia arranca.

Al comienzo de la obra la nodriza advierte del estado de ánimo de Medea:

                                            Aborrece de los hijos y no disfruta al contemplarlos

                                             Violento es su ánimo y no tolerará ser menospreciado

                                             Quien gane su odio no obtendrá fácilmente el premio de la victoria.

El deseo de venganza parece ocupar su conciencia. Ninguna otra cosa importa. Jasón ha de sentir un dolor y una pérdida semejantes a los que ella siente. La reciprocidad en el dolor se vislumbra como única fuente posible de satisfacción.

Lo que la psicología al uso no dice (quizás porque lo ignora o por prudencia o porque le temblaría la voz) es que cuando se odia con esa pasión con que Medea odia a Jasón, no solo se odia al individuo, sino también a cada uno de sus rasgos. Y no solo se odian esos rasgos en Jasón, sino también en sus hijos. Las similitudes con el padre, las muecas, las sonrisas idénticas, el cómo él y cómo ellos fruncen de igual modo el ceño, el cómo se parecen en los andares y cómo se enojan de manera semejante… A través del odio a esos rasgos, en el parecido que muestran con el padre, Medea odia a sus hijos.

La misma nodriza, demostrando una funesta previsión, ordena a un criado:

                                               Y tú mantenlos lo más apartado posible y no los aproximes a su

                                               encolerizada madre, pues la he observado ya dirigiéndoles a

                                                estos una mirada de toro, como si fuera a intentar algo.

Poco después, Medea confirma esa intención

                                               ¡Ojalá muráis en unión de vuestro padre!

Terrible sentencia que puede parecer increíble, pero que es harto sentida por cualquier mujer que desate sentimentalmente nudo semejante.

A Medea la sentimos muy capaz de llevar a cabo ese horrendo crimen; crimen que la satisfaría en el grado en que causase al padre un dolor semejante al suyo. Recuérdese que es soberbia y que está ocupada por el odio y el deseo de venganza.

No obstante, lo contradictorio del espíritu humano hace su aparición, y el dolor y la humillación sufridos parecen hacer mella en su ánimo, parecen imponerse sobre su soberbia, parecen abatirla. La aflicción aparece en escena.

                                               Perdida me veo y, al perder la alegría de vivir, quiero morir,

                                                amigas mías, pues quien sabía claramente que lo era todo

                                                para mí, mi marido, se ha convertido en el peor de los hombres.

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Dice también:

                                                ¡Ojalá una llama celeste me atravesara la cabeza!,

                                               ¡Ojalá deje esta vida odiosa!

En esos instantes Medea ve el mundo como un erial en donde sólo crece el sufrimiento. La depresión anímica parece tomar sus riendas. Todo es negro. La vida no merece ser vivida. Ahora siente que los hijos sufrirán el mismo calvario que ella ha sufrido. Se apiada de ellos. Por amor… ¡desea que mueran!

                                              Jamás entregaré mis hijos a mis enemigos para que sean ultrajados.

 

Pero enseguida el orgullo y la soberbia, acuden en su auxilio. Habla con Jasón y de ello se acrecienta su odio y se afirma su decisión de vengarse de él a través de sus hijos.

                                            Cualquier cosa menos causar risa en mis enemigos.

                                              Pues, no es soportable, amigas, ser la irrisión

                                               de mis enemigos

                                               CORIFEO: ¿osarías matar tu semilla, mujer?

                                                MEDEA: Sí, pues así sufrirá la mayor herida mi esposo.

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Sobre Medea planea la pasión de matar a sus hijos ¡por amor a ellos! o ¡por odio a Jasón!, según el estado de ánimo que prevalezca en ella, según se imponga la piedad o el deseo de venganza, según se doblegue su ánimo o la soberbia lo levante con furia.

En algunos momentos vacila, se arrepiente, piensa en llevárselos con ella fuera del país, se apiada, encoge su ánimo. En esos momentos la razón interviene para sofocar las violentas pasiones que la zarandean, pero la razón es endeble como una hoja frente a las tormentas del espíritu. Nada puede.

                                              Comprendo qué crímenes voy a cometer, pero

                                                más fuerte que mis pensamientos resulta mi ira.

 

Más que el amor a sus hijos, más que la razón, más que la piedad, más que la repugnancia moral del crimen, más que el dolor, más que la vida, puede en ella el grito del «yo» pidiendo satisfacer el deseo de venganza, demandando preponderar sobre Jasón, exigiendo devolver un sufrimiento acrecentado.

                                                 MEDEA: me beneficia el dolor, con tal que no te mofes tú.

                                                   …Tú, tras ultrajar mi lecho, no ibas a tener una vida grata

                                                   mofándote de mí; ni tampoco la princesa, ni quien te propuso

                                                   la boda, Creonte.

Y esas exigencias y demandas producen su efecto, la acción vengativa; y, en la venganza, la crueldad como elemento de gozo, de satisfacción.

                                                   JASÓN: ¿Y, con todo, los mataste?

                                                     MEDEA: Sí, por afligirte.

Ahora los dos sufren por igual. Empatan, lo que le produce satisfacción. Están en «paz» el uno con el otro. La representación toca a su fin.

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Ese bamboleo de sentimientos y estados de ánimo, esa ofuscada e inoperante razón, ese deseo de venganza cruel, esa profusa manifestación de la naturaleza humana, forman el verdadero entramado argumental de la obra. Si se han de buscar las razones íntimas del obrar humano, mírese en Eurípides y en la Tragedia griega, y no en idealizaciones ni en garabatos acerca del ser.

[i]  Arrebato tiene su origen en la llamada “a rebato” que se realizaba en una población por medio del toque de campana, llamando a los vecinos a la defensa ante cualquier peligro. La urgencia de atajar éste movilizaba a los hombres a actuar con toda su pasión.

 

 

LA VERGÜENZA (II)

Sigo a partir de lo expuesto en la entrada anterior, LA VERGÜENZA (I).

La timidez, el pudor, el sentimiento del ridículo son las formas de esa vergüenza expuesta. Es la timidez una turbación sentida frente a extraños o ante  quienes se carece de confianza.  Un caso especial de  timidez aparece a causa de la mirada del «otro».

El pudor también se debe a la presencia del «otro» y a su mirada, pero se trata de una mirada que nos desnuda. Deseamos ser percibidos con cualidades honrosas, dignos, sobre lo alto de un pedestal, así que intentamos ocultar nuestras flaquezas, nuestras miserias, nuestro cuerpo a los ojos de los demás. El temor al juicio ajeno se refiere aquí a lo que mostramos.

Que un comportamiento ha resultado poco digno se suele manifestar mediante el sentimiento del ridículo, que es una  vergüenza en peligro de extinción, promoviéndose en el día de hoy su desaparición por inservible y perniciosa: «últimamente se ha perdido el sentido del ridículo», se dice. Este sentimiento se manifiesta al realizar un acto que resulta fallido y poco honroso, como resbalar y caer aparatosamente en un charco, quedarse sin habla en un acto público[i], derrumbar un grupo de latas apiladas en un supermercado… No se trata tanto aquí del temor al posible juicio negativo que los demás muestren ante el fallo que hemos cometido, sino del miedo inducido por la certidumbre de que es así, por la certeza de que esa posibilidad ha ocurrido. No nos cabe duda de que nuestra acción ha resultado fallida. José Antonio Jaúregui, en su libro Cerebro y Emociones, manifiesta de forma acertada la singularidad de este sentimiento:

Cuando se desencadena el mecanismo del ridículo se desencadena al mismo tiempo la vergüenza, pero no siempre ocurre al revés. Un marido sorprendido pegando a su mujer es castigado con la sensación de vergüenza, pero no con la del ridículo. Un marido sorprendido recibiendo una paliza de su mujer es penalizado con la vergüenza y el ridículo.

 

Pero existe otro tipo de vergüenza por la que se suele pagar un alto tributo. El Diccionario de uso de María Moliner lo define de esta manera: «Sentimiento penoso de pérdida de dignidad por alguna falta cometida por uno mismo o por persona con quien uno está ligado, o por una humillación o un insulto sufridos.» En un ámbito social en donde todos se conocen, conduce a menudo al desastre. El hijo que roba, la joven que ha quedado embarazada de un desconocido, el padre de familia que ha sido objeto de mofa en público, quien ha realizado una estafa en la empresa en que trabaja, la mujer que ha sido descubierta engañando al marido… En todos los casos, el sujeto y toda su familia sufren rebaja en la altura de su pedestal social: una pérdida de honra, buen nombre, dignidad, confianza. La acción vergonzosa puede seguir produciendo sus efectos toda la vida del individuo; dichos sucesos no prescriben moralmente, se mantienen latentes, callados, pero prestamente pueden ser recordados, utilizados contra quien los cometió. De ahí que en esos ámbitos en que tal vergüenza adquiere los tintes señalados, resultan primordiales los comportamientos que eviten los hechos que se reprueban; resulta primordial mantener incólume la dignidad y la honra, el juicio favorable del ojo ajeno. Aún se conoce otro tipo de vergüenza, con el sentido de diligencia para preservar la dignidad que tanto se estima. Produce los comportamientos debidos por «el qué dirán». Una hija de ella es la llamada vergüenza torera. Más que sentir vergüenza, el sujeto percibe lo vergonzoso y lo evita.

En cualquier caso, como es fácil de ver, la vergüenza resulta aliada de la moral, o más propiamente, la vergüenza es el principal instrumento coercitivo de la moral. La vergüenza como constreñidora de los instintos por temor al ojo ajeno. La vergüenza como reguladora de la conducta humana. Y podemos extender esa acción más allá de la vergüenza: los sentimientos en general, como instrumento principal de la acción moral, incluso: los sentimientos como raíces de la moral, como sustancias vitales de la moral, como naturaleza moral del hombre. Los sentimientos, parte de la naturaleza humana, con la utilidad para lidiar un compromiso entre la necesidad de competir y de cooperar, de un compromiso entre la búsqueda de prominencia y de juicio social favorable. Tratan de conciliar las necesidades de dominio y de estima social, de pulsión a sobresalir y de temor al ojo ajeno. Producen conductas adecuadas al equilibrio entre esos impulsos.

 

 

[i] Recuerdo mi asistencia como espectador a la lectura de una tesina en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Barcelona. El título de la tesina era El pecado según San Jerónimo. Subió el sujeto al estrado, miró al público y al jurado, se detuvo, apoyó su mano derecha en la mesa, bajó lo ojos… y así hasta que pasaron diez minutos de reloj, sin pronunciar palabra alguna. Hasta que el director de su tesina le vino a disculpar por su ofuscación.  El miedo lo había mantenido paralizado.

LA VERGÜENZA (I)

            Hoy voy a hablar de la vergüenza, uno de los sentimientos más conspicuos  y, hasta no muchos años atrás, un instrumento de la moral reprobadora para el mantenimiento de un estilo de vida y de un determinado orden social. Pero un instrumento que obedece a razones del subconsciente.

El sentimiento de vergüenza en el hombre atiende a la necesidad y a la pretensión de aparecer ante los demás (sobre todo ante quienes más nos importan) cargado de cualidades, magnífico, sobresaliente, relevante; atiende a que lo que uno muestre sea un calco de aquello que idealmente se desea mostrar, a que la impresión que reciban los demás sea la deseada, a que el «yo ideal» se manifieste y luzca a los ojos ajenos con toda su perfección y potencia. Pero la clave del sentimiento se encuentra en la propia inseguridad. El sujeto[1] percibe en los otros (en aquellos que juzgan su actuación) una  amenaza a su prestigio social y se concita el temor; un temor que puede maniatar el pensamiento o lanzar al vuelo a la imaginación. El temor empieza entonces a quebrantar el ánimo. El deseo de obtener una alta nota en el examen  junto al temor a sacar un suspenso, forman el antagónico tándem que construye la vergüenza. Así que el deseo y el temor aparecen como artífices de nuestro estado sentimental. El conferenciante o el enamorado se han cargado de deseos de gloría en su propósito, de aparecer a los ojos de su público o de su amada subidos a un alto pedestal, pero momentos antes de aparecer en el proscenio o de presentarse a la mujer deseada, empiezan a dudar de si darán de sí todo lo que esperan dar; perciben la amenaza de los «otros», del público o de la amada, y perciben la amenaza de su posible rechazo. Aparece el temor. Notan la boca reseca, un malestar angustioso, paralización; las palabras se niegan a salir, las ideas dejan de brotar, todo lo domina la emoción: el miedo se ha hecho presente. Tal es una de las más frecuentes escenas que desarrolla la vergüenza.

La  vergüenza, tal como ocurre con todos los sentimientos, posee un innato fondo emocional, pero adquiere carácter, forma e intensidad mediante aprendizaje. Desde la infancia se inculca a los niños el temor a ciertos comportamientos y actitudes sociales; se condiciona el temor a ciertas situaciones, a ciertos sucesos y a ciertas personas; bajo la pena de castigos se exhorta a una manera de obrar de acuerdo al criterio socialmente aceptado; se enseña la gravedad de perder tal afecto o tal apoyo; en fin, se induce el temor a la reprobación social y a conculcar las normas. Sin embargo, el temor se acrecienta cuando hay mucho que perder, y así como el rico teme perder sus posesiones en mucho mayor grado que teme el pobre perder su habitáculo, quien haya cargado su «yo ideal» con excesivas «riquezas», quien haya puesto mentalmente su pedestal a una altura extraordinaria, sentirá mayor temor a la pérdida, a la caída, sentirá mayor vergüenza.

En esa doble acción de las pasiones, del desear y del temer, se encierra la vergüenza. Es una lid entre dos caballeros: el deseo de aparecer triunfante, y el temor a la derrota. Ante los «otros» se juega el individuo su valor social, el valor que los demás le otorguen, y eso es tanto para el hombre como jugarse la vida, así que ante tal peligro, se entiende que el temor le ronde, que el temor aparezca.

El temor, realimentando en la imaginación los miedos del pasado, trayendo a colación experiencias semejantes a la se dibuja en el presente, anuncia de antemano el fracaso de la empresa. El deseo presenta imágenes de triunfo; el temor las presenta, de fracaso. El resultado de ese debate es la vergüenza. En otros términos se entenderá quizá mejor el asunto: la vergüenza (la timidez en este caso) como esencia de lo social: el impulso a presentarse ante los «otros» con prominencia, y, a la vez, el miedo  a su alteridad, al peligro que esa alteridad representa; y el miedo a ser rebajadodel pedestal  de la prominencia que se desea tener. Como resultado: una zozobra del ánimo, un enzarzamiento entre fuerzas opuestas, un quebranto, una actividad mental constreñida a ese combate interno que opera en círculo.

Como es el temor su principal causante, los efectos que produce esa suerte de vergüenza son, derivativamente, los que produce el miedo. Sumisión: el sujeto se conduce humildemente, quiere ofrecer apaciguamiento, quiere evitar el conflicto. Paralización: el sujeto se muestra rígido, aterido, cabizbajo, incapaz de articular palabra. Huida: evita encontrarse con fulanito, no se atreve a subir al estrado, desearía desaparecer en ese momento, echa a correr… Agresividad: se muestra violento en la defensa de sus tesis…

 

[1] Puede suceder que no sea la conciencia en realidad quien perciba la amenaza, sino la parte inconsciente del cerebro.

La felicidad  

Me asomo a la psicología[i] para tratar de averiguar las circunstancias que nos hacen felices, siempre con la reticencia de que conceptualizar el término “felicidad” es cosa poco menos que imposible, aunque aprehenderlo a través del cúmulo de experiencias propias al respecto resulta factible.

Los causantes de la felicidad son en instancia directa los «buenos» sentimientos perdurables en el tiempo, y la resistencia que ofrece nuestra personalidad a que esos sentimientos sean tumbados por  contratiempos pasajeros. Dicen los psicólogos que los sentimientos positivos contribuyen a nuestro equilibrio y sitúan al organismo en un estado de “ahorro energético”. Siguiendo a Antonio Damasio, un neurocientífico con mucho prestigio que postula que los sentimientos representan una proyección de los estados del cuerpo en el escenario de la conciencia, los sentimientos positivos avalarían un adecuado equilibrio homeostático del organismo, o lo que es lo mismo, pondrían de manifiesto la buena marcha de los asuntos de la vida.

Dichos sentimientos positivos dan fe de que el individuo se mantiene psíquicamente estable, y lo previenen contra las perturbaciones psíquicas, y, a ese respecto, señalan algunas teorías que la alegría y el buen humor tranquilizan nuestro ánimo.

Lo cierto es que el  organismo necesita y busca satisfacción y bienestar. Buscamos esas sensaciones al comer, en las relaciones sexuales, al pretender que se nos aprecie, al conseguir una meta que nos encumbra a ojos de los demás, y hasta en la más nimia de las manifestaciones humanas. Aspiramos a la satisfacción asegurada (alta posición social, riquezas, orgullo por los triunfos…) y al bienestar personal. Aspiramos a la felicidad.

Poseer esa satisfacción y ese bienestar ha sido útil para aumentar las probabilidades de supervivencia del individuo que las posee. La evolución ha pergeñado mecanismos orgánicos para impulsarnos a lograr esos bienes. Al igual que el impulso a comer o a tener relaciones sexuales favorecen claramente la supervivencia del individuo y la replicación de sus genes, también cualquier impulso tiende a satisfacerse con esa oculta intencionalidad.

Ahora bien, el bienestar duradero, eso que llamamos felicidad ―no los momentos de alborotado gozo en que nos sentimos “felices”―está constituido por una mezcla de sentimientos. Una característica que muestra la persona feliz es que suele ser permeable al entorno: se siente bien consigo misma y se relaciona amablemente con el mundo. Sin embargo, los buscadores profesionales de felicidad suelen ser infelices. Buscan continuamente el éxtasis supremo, y la insatisfacción de no conseguirlo les hace más infelices. En realidad, ya lo eran, y por la carencia de felicidad que tenían, buscaban ésta con ahínco.

Parece ser que éstas son las características que guardan correlación con las personas felices:

  • La prosperidad material y el rango social.
  • Las relaciones de amistad y de pareja.
  • La religiosidad o una cosmovisión del mundo.
  • La satisfacción y el orgullo por las cosas bien hechas y por destacar sobre los demás.

Una situación financiera desahogada y un prestigio social envidiable producen bienestar personal. El dinero no da la felicidad pero ayuda en cierta manera a ello, aunque un aumento en la posesión de dinero no hace aumentar en grado semejante la felicidad. Y puede ocurrir lo contrario: si aumentan las pretensiones de riqueza y no aumenta ésta en igual medida, puede que nos sintamos más desgraciados. Claro que más que el dinero o el rango, las buenas relaciones sociales y de pareja parecen ser los motores para alcanzar el bienestar.

También, según las encuestas, las personas religiosas suelen ser más felices que quienes no lo son. Los que destilan a todas horas odio contra la religión deberían, por esa razón, hacérselo mirar, incluso cambiar de bando. Otros cifran la felicidad en las sensaciones de placer, de drogas, sexo…, pero por razón de la adicción que crean esas sustancias,  el placer se alcanza cada vez con mayor dificultad y más esporádicamente, por lo que suelen ser invadidos por la infelicidad la mayor parte del tiempo. Por el contrario, la felicidad que se basa en valores es más sólida y no suele menguar con el tiempo.

Mihaly Csikszentmihalyi, del departamento de psicología de la Universidad de Chicago, comprobó que los sentimientos de felicidad profundos y satisfactorios surgen cuando los individuos se implican y concentran con éxito en una misión exigente. Para ese estado acuñó el término fluencia o experiencia óptima. Es característico del trabajo creativo como escribir una novela, planificar y llevar a cabo un proyecto… Requiere disciplina, requiere armarse de valor para llevar a cabo los desafíos que el proyecto presenta, pero, a cambio, se obtiene una intensificación del ánimo, la satisfacción de superar los desafíos y de vencer los miedos y de escapar de las rutinas protectoras.

Otra cara del mismo asunto es la felicidad a través del orgullo y de la satisfacción de los triunfos obtenidos, tanto en el vencimiento de uno mismo por tratar de hacer las cosas bien, como por los éxitos que uno obtiene sobre los demás.

En cualquier caso, el camino a la felicidad ya es la meta; y evitar el estrés y buscar alternativas a las rutinas diarias suele rendir buenos resultados en la Bolsa de la felicidad. También los rinde el mostrar un rostro amable y alegre. Una expresión facial de alegría, voluntaria, al percutir en el cerebro, aumenta nuestro ánimo.

 

[i] Algunos datos de esta entrada están sacados de la revista Mente y Cerebro

Del amor y otros fenómenos (VII)

Para el mantenimiento del amor valen aquellas dos condiciones que puse en la primera entrada de esta secuencia sobre el amor: no considerar al otro como una posesión, y no entregarse nunca del todo. Esto es, no propiciar que el otro sienta que posee un objeto ni pretender tú mismo poseerlo. O dicho con otras palabras: que cada miembro de la pareja mantenga en candelero la llama de su individualidad. Pero ahora, aparentemente, me voy a contradecir (al fin y al cabo el amor es un cúmulo de contradicciones): todo amor, para perdurar y consolidarse ha de contemplar esas dos llamas confundidas en una sola, ha de conseguirse una simbiosis de gustos, deseos, sentimientos e intereses en la pareja. Cada cual debe ver su llama y la de su amada distintas pero brillando al unísono y con intensidad parecida. Para este propósito se deben de derrumbar muros, difuminar sombras, limar asperezas, tender puentes, trazar caminos comunes, ingeniar una ética del comportamiento en pareja, hablar a corazón abierto sofocando las emociones malignas, llegar a acuerdos, conciliar deseos, derrumbar desconfianzas, lograr que el deber en la pareja resulte delicia, mirar mutuamente por el otro, conseguir que la palabra sea sanadora, hacer que en presencia del otro el corazón se engalane.

Pero vayamos al grano de los peligros que proclamé en el post antecedente a éste. Si el amor en sus inicios es idealismo, visión ideal de perfección y virtudes, mantenerlo vivo cuando se desciende a la áspera realidad de la convivencia bajo la amenaza de la rutina, es tarea ardua. Exige que el tal descenso hasta esa realidad se haga paso a paso, con toda la atención puesta en ello, evitando los caminos empinados y los atajos abruptos. Exige que los dos miembros de la pareja se sujeten el uno en el otro, cuidadosamente pero con todas las fuerzas de que sean capaces. Exige que en las caídas y en los resbalones los dos se levanten prontamente y aprendan artimañas para no volver a caer. Y exige quitarse con cuidado la venda que cubría sus ojos, y aprender a descubrir el verdadero aspecto de la realidad en la convivencia: percatarse de que el colorido del amor, por fuerza, es menos brillante y hermoso que el que lucía en la imaginación. (Hay un tipo de individuos que se niega a admitir esto y cuando se consume el amor ideal con su provisional pareja, cambian de inmediato a otra para seguir en la idealización y no descender de ella).

Otro gran peligro: la acumulación de pensamientos negativos hacia el otro miembro de la pareja, lo cual conlleva, paralelamente, la acumulación de rencores que salen a relucir en caso del más mínimo conflicto, y que hacen imposible el bienestar. Para evitar que esos rencores se añejen en exceso y taladren la convivencia con su afilada barrena, es conveniente la comunicación entre los enamorados, en frío, cuando el rencor o el mal pensamiento está dormido, y conviene entonces analizarlos y relativizarlos, y ponerse para ello en la piel del otro, y en la piel de sus deseos y sus sentimientos en el momento que tuvo lugar el acto o el comportamiento que generó aquel mal pensamiento y aquel rencor; y, de esa manera, limarlo o liquidarlo con la comprensión mutua.

Otro tanto cabe decir de la desconfianza. Desconfianza generalmente de aquel que, aunque enamorado, por timidez o por acomplejamiento, le resulta imposible confiar plenamente en su pareja, pues no cree poseer garantías suficientes. La desconfianza levanta muros entre los enamorados que resultan muy difíciles de derrumbar,  al contrario, con el tiempo van fortaleciéndose, creciendo y ensanchándose. Solo cuando uno de los dos, en un acto de generosidad, confía en el otro ciegamente, este otro encuentra garantías y razones para derrumbar su propio muro, para aprender a confiar. La confianza del uno induce al otro a confiar.

Porque la desconfianza suele producir, seguidamente, falta de entrega de afectividad (resulta casi imposible dar afecto sin confiar), falta de apetito sexual, rigidez en la actitud hacia el otro, rigidez en la convivencia, rutina…, todo ello como mecanismo de protección contra la desconfianza que el otro le produce. El lugar en donde se inician casi todos los procesos que conducen a la ruptura del amor en la pareja se llama desconfianza.

Así que, mediante la adecuada comunicación de pareja,  se debe poner todo el empeño posible en evitar que los conflictos mínimos queden sin resolver, pues, si no, el tiempo los agranda hasta que estallan. Y se debe de ser valiente para confiar, porque la desconfianza es producto del miedo, que es irracional, mientras que la mera precaución ―prever los eventos―es producto de la mente consciente. El pozo de los rencores y el pozo de la desconfianza tienen que vaciarse prontamente.

Y otra cuestión esencial que debe ser tomada en cuanta, es la de tener ánimo democrático en la relación, y ánimo de  igualdad de deberes y derechos y libertades para ambos miembros de la pareja. El amor requiere igualdad y correspondencia. Una relación solo será duradera cuando hay compensación mutua entre los dones que ofrece el uno y los que ofrece el otro,  cuando hay reciprocidad.  No valen la soberbia ni el sentimiento de superioridad ni el faltar el respeto a las singularidades del otro, sino la condescendencia, el ceder o claudicar a veces para hacer valer el propio criterio otras, el mirar por el bien del otro (porque su bien representa de forma indirecta tu propio bien), el tener siempre en el punto de mira la búsqueda de consenso…

Es decir, imponerse el amor como disciplina. Al fin y al cabo, el amor es una de las cosas más importantes de la vida, y sólo quien no ama no se empeña. Y no temer a las disputas, pues bien se dice que “los amores reñidos son los más queridos”.

No me inmiscuyo en lo relativo a los caracteres semejantes o complementarios para que todo resulte más sencillo en una pareja. Si los tienen semejantes y se parecen en el deseo de imponer sus propios criterios o se parecen en el carácter desconfiado, el fracaso se asegura.

Queriendo terminar más poéticamente, si plantamos una flor en el jardín, ¿dejaremos que se críe por ella sola?, ¿no quitaremos las malas hierbas que le crezcan alrededor, no la echaremos nutrientes, no procuraremos que le dé en justa medida el sol, no la protegeremos contra las heladas? A la flor, para que alcance su justo y bello desarrollo, la debemos de cuidar, de adorar, de estar atentos a su desarrollo, en fin, debemos de elaborar un proyecto para que luzca su plena hermosura. ¿Veis alguna diferencia del cuidado del la flor con el cuidado del amor? ¿No se dice cultivar el amor”? Un dicho árabe lo asevera: el amor se debe cultivar con el mismo mimo con que cuida las flores el jardinero del paraíso.

Así pues, el amor, para su cultivo, requiere de un mimo especial, de un volcar nuestra voluntad para que crezca enhiesto y hermoso. Requiere de un cuidado tan especial como el que ofrecemos a la flor más hermosa del jardín, requiere adquirir todos los conocimientos posibles para su cultivo primoroso, requiere hacerse experto, cambiar de hábitos abonar en los momentos precisos, requiere adquirir nuevas habilidades, saber muy bien el camino a seguir. Requiere, por todo lo dicho, imponérnoslo con la fuerza de una obligación. Requiere que amar e convierta en un deber sagrado.

Vuelvo también a Kayyam, qué sabias y hermosas palabras ¡y qué ardua labor!:

 

Antes que aprendas a acariciar

un rostro suave como de rosa

¡Cuántas espinas deberás arrancar

de tu propia carne!

 

Del amor y otros fenómenos (VI)

Logística del amor con la intención de que sea perdurable (II)

Considerando que evaluamos con las razones del intelecto y con las razones que presentan los sentimientos, en la evaluación que preconicé en el post precedente pueden presentarse los siguientes casos:

Caso A: Unas y otras razones o conveniencias son adversas. Ni los sentimientos hacia la otra persona de la pareja ni los juicios que emitamos acerca de ella ni ningún recuerdo feliz ni ninguna esperanza presentan un dictamen favorable. En tal caso la mejor opción posible es romper la relación (y este consejo se sale de la intención del escrito que no es otra que analizar el comportamiento humano. Es un consejo gratuito). Algunos, ingenuamente, y solo guiados por el temor a la soledad o a perder prerrogativas separándose, creen factible un futuro mejor para la pareja; un futuro a imagen del propio deseo o del propio temor. Es una ilusión que puede resultar muy dolorosa, ya que sus probabilidades de éxito son escasísimas, pues falta la llama del amor o al menos un rescoldo de ella. Las pavesas no sirven.

(Un blog muy refrescante, ameno y candoroso de una psicóloga da unas recomendaciones muy adecuadas para aventar esas pavesas: http://porquenohaypsicologosencorea.wordpress.com/2014/01/   )

Caso B: unas razones y otras discrepan. Problema arduo se presenta. Los sentimientos hacia el otro muestran conveniencia mientras que las razones que dicta la conciencia enseñan inconveniencia de seguir la relación. Unos promueven el amor, los otros el rechazo. Lo que es imprescindible es un elemento motivador al que agarrarse, un rescoldo aunque dé poco calor. Puede ser el recuerdo de momentos dichosos o de bondades que el tiempo ha ido difuminando, o una virtud o una cualidad del otro que aún hace sentir hacia él bienquerencia, que aún se ama. Rehacer a partir de ese rescoldo la llama del amor o al menos del bienaventurado afecto compartido, significa encaminarse por un largo y pedregoso camino. Esto hay que tenerlo en cuenta en el momento de decidirse.

Si es la sentimentalidad quien alega el dictamen del “no”, la separación no conllevaría pérdida afectiva, pero puede que lo que se pierda sea seguridad, nombre, posición, amparo, riqueza, afecto filial… Si, por el contrario,  quien niega o alega inconveniencia  es la razón intelectiva, mientras que los sentimientos son favorables a seguir la relación, separarse puede resultar muy doloroso.

Como se puede ver aquí también, al tomar la decisión de separarse o de intentar recomponer la convivencia y el amor, el deseo y el temor juegan un importante papel. El deseo de libertad, de cambio de pareja, de empezar otra vida… y el temor a perder la seguridad que la pareja ofrecía, de perder afecto y otros dones que se poseían. Siempre es recomendable ―y vuelvo a hacer notar que esto es una recomendación gratuita y nunca un consultorio sentimental―ser valiente. El valor, si no es temerario, siempre es recomendable en cualquier situación.

Caso C: los dictados de la razón y los dictados sentimentales son conformes y favorables. Uno tiene el convencimiento de que las desavenencias son pasajeras y la llama del amor aún ilumina lo suficiente. En este caso y en el anterior ―siempre que la decisión tomada haya sido la de remendar o reconstruir la convivencia amorosa― conviene empezar a obrar en el edificio del amor.

Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: dado que las creencias morales acerca de las relaciones de pareja, así como las creencias sobre posibilidades de futuro que dicha pareja tenga, son quienes modelan el perfil sentimental del individuo hacia la relación, y dado, consecuentemente, que si se intenta reconstruir el amor habrá que reconstruir sentimientos, se hace necesario el intentar que las creencias de la pareja cambien. Y deben cambiar en cuanto a lo correcto e incorrecto aplicado al comportamiento amoroso, en cuanto a las relaciones sociales, en cuanto a las labores a desarrollar por cada cual, en cuanto a resolver los problemas etc. y ese cambio debe ir en la dirección de confluir pareceres y de lograr consensos. Nada más útil para ello que utilizar la siguiente argucia que resulta ser un potente algoritmo: ponerse en la piel del otro para examinar los problemas en común.

Así pues, en esa Odisea hacia Ítaca habrá que luchar contra los vientos desfavorables, contra los cantos de sirena que enloquecen a los hombres, contra las ilusiones malignas de Circe la hechicera por convertir a la pareja en animales, contra el cíclope Polifemo,  el ojo social reprobador, y contra los sediciosos e insidiosos pretendientes de Penélope, que incitarán su deseo.

Se poseen para ello los instrumentos de la inteligencia, del valor y de la palabra. El impulso de la llama de amor que aún reluce y se quiere reavivar. Se utiliza la eficaz argucia de ponerse en la piel del otro, de ver las cosas desde su punto de vista. El proyecto es el de consensuar democráticamente  un nuevo modelo de convivencia amorosa. Se posee también la finalidad, la de reconstruir el amor mediante ese modelo dicho. Que la navegación sea venturosa.

¿Cuáles son los peligros principales con que se han de enfrentar esos navegantes?

  • En los comienzos de la relación, un descenso abrupto desde la elevada posición del amor ideal al suelo áspero y duro de la realidad cotidiana.
  • Las desconfianzas, que levantan muros separadores.
  • Los pensamientos negativos sobre los comportamientos del otro, que de no ser comunicados y examinados se hacen venenosos y exhalan su pestilencia en la relación.
  • La falta de comunicación de las alegrías y los pesares.
  • La negación a destilar los conflictos con palabras para evitar que se vuelvan añejos y se conviertan en rencor.
  • El considerarse superior al otro miembro de la pareja.
  • Los problemas sexuales.
  • La falta de afectividad.
  • La rigidez mental.
  • La falta de voluntad de obrar en el edificio…

Y ahora me doy cuenta que esto se ha alargado demasiado considerando que nunca había escrito una sola palabra sobre el amor, así que seguiré otro día.

Del amor y otros fenómenos (V)

Logística del amor  con la intención de que sea perdurable (I)

Lo que sigue no pretende ser, en absoluto, un remedo de consultorio sentimental sino un esbozo acerca de la naturaleza de las relaciones humanas de pareja. Pero, aviso, entre la pretensión y el resultado puede haber un abismo.

La empresa que me ocupa, la de reconstruir el edificio del amor o cuanto menos arreglar las paredes, los techos y los basamentos para evitar que se derrumbe y conseguir que siga siendo habitable, es un empresa humana y, como tal ―y dada la preponderante importancia que los asuntos humanos cobran en el hombre―, exige el mejor tratamiento, un tratamiento que goce de un carácter científico.

En este sentido, los pasos a seguir deben ser: un análisis de la situación de ruina en que se encuentra el edificio, un análisis de la factibilidad de su arreglo, tomar o no la decisión de arreglarlo, la elaboración, en consecuencia, de un proyecto en esa dirección, y, finalmente, el desarrollo de dicho proyecto con los esfuerzos que se requieran para ello.

Pero previamente, para un conocimiento adecuado del terreno por donde nos movemos, me resulta necesario realizar algunas aclaraciones sobre la naturaleza humana (dada la escasa atención que la filosofía tiene a este respecto ―con magníficas excepciones como la de José Antonio Marina―y la veleidosa y escasa capacidad que muestra la psicología, contaminada aún por las influencias del psicoanálisis, en este asunto).

En primer lugar se ha de hacer notar que el temor y el deseo son las entidades que mayormente marcan nuestro rumbo y manejan nuestro ánimo. Son la argamasa de los sentimientos y ellos son quienes propician y frecuentemente dirigen nuestros pensamientos.

En segundo lugar, es muy relevante percatarse de que a todo ser humano lo empuja un deseo de destacar por encima de los demás hombres en todo aquello que estima conveniente. Esto no es menos cierto en el caso de la pareja amorosa y, de forma general, en cualquier relación cooperativa. Pero siempre que en una relación libre de este tipo ―y la amorosa lo es―hay uno que destaca, otro u otros se sienten rebajados en su valer, apareciendo en ellos un sentimiento de agravio comparativo, de malestar y malquerencia hacia el que destaca que amenaza con dar al traste con la  cooperación; y también aparece ese sentimiento de agravio en el que participa en la cooperación con mayores bienes, mejores cualidades, mayor esfuerzo o mayor capacidad. De forma que la única estrategia que resulta factible para continuar la relación colaboradora, se asienta en el igualitarismo de poseer, dar y recibir cantidades semejantes, se asienta en el llamado Principio de reciprocidad. En las relaciones libres entre personas, sean de ayuda, sean de auxilio, sean de amor, sean de pretendido altruismo, sean de cualquier empresa… la reciprocidad es condición necesaria. Te doy, te ayudo, te auxilio, te presto, coopero, para que tú me des, me auxilies, me prestes, cooperes conmigo, me devuelvas en igual medida que la que te he dado o cooperado contigo. Sólo las relaciones libres que se basan en el Principio de reciprocidad se pueden sostener en el tiempo.

En tercer lugar, las creencias morales del hombre, junto a las creencias acerca de sus posibilidades en la relación social, son las principales modeladoras de su perfil sentimental y, consiguientemente, resultan determinantes en su conducta. Una vez explicitado esto, pasemos al análisis de la situación.

Cuando se va cumpliendo el plazo de caducidad del torrente químico que opera en la atracción sexual como copartícipe del enamoramiento, o bien cuando las diferentes circunstancias de la realidad van erosionando la imagen ideal que el sujeto enamorado edificó de su objeto amado, o bien si por motivos diversos los roces, los caracteres antagónicos, los daños y perjuicios recibidos, las decepciones y los enfrentamientos van introduciendo en cada miembro de la pareja rencores y malquerencias, digo que entonces, consciente o inconscientemente, cognitiva o sentimentalmente, el antaño enamorado siente la necesidad de realizar una evaluación de su vida de pareja. Realiza una doble evaluación: valora y mide lo que aporta y lo que cree obtener de la pareja; y, por otro lado, valora lo que podría obtener cambiando de objeto amoroso. Y la dicha evaluación es también doble en otro sentido, en el mecanismo que  pone en uso: es evaluación emotiva y sentimental, y es evaluación cognitiva, de pensamiento, y en contadas ocasiones se emplean también en ella los argumentos  de las razones y de la lógica. Los principales elementos de juicio para realizar dicha evaluación son el temor y el deseo; el temor a perder lo que se posee: cobijo, tranquilidad, placer sexual, bienes materiales, compañía, hijos…; y el deseo de poseer otro hombre u otra mujer distinta a la que actualmente se posee, el deseo de nuevas posibilidades…

Se evalúa lo que uno percibe que aporta a la pareja y lo que percibe que recibe de ella, ateniéndose el juicio evaluador al Principio de reciprocidad. Se perciben como elementos a juzgar, la satisfacción afectiva, la sexual, la satisfacción de las relaciones sociales logradas a través de la pareja, la belleza de cada cual[1], la posición económica y social de uno y otro, la inteligencia, la capacidad, la fama (naturalmente,  al tener presentes las ofensas recibidas, los rencores acumulados…, el juicio sobre lo que uno da y recibe no resulta imparcial, echándose más en el platillo de lo que uno da, por lo que el Principio de reciprocidad suele falsearse).  Tal es la evaluación de lo que da y recibe cada cual en la pareja. Cierto es que como en el juicio evaluador intervienen el temor, el deseo y los sentimientos, el sentido de la reciprocidad  puede también resultar erróneo por dicho motivo. Uno puede creerse  superior en belleza a su esposa o en inteligencia, o en capacidad, en posibilidades o posición social. El deseo es productor de espejismos e ilusiones.

Pero en donde el deseo produce más trastornos en la apreciación de la realidad es en la valoración de lo que podría obtener el sujeto cambiando de objeto amoroso, quiero decir, cambiando de pareja. Ahí tenemos el usual caso de quien cree que sin lugar a dudas es correspondido por la mujer que ama; o del que se enamora de toda mujer bella que le mira de soslayo, creyendo que esa mirada es un signo de amor irrefutable; o del que ve posibilidades de ser correspondido en cuanto lance un requiebro amoroso a cualquier mujer; o del que cree que puede engañar impunemente a su mujer pero que ella nunca le engañaría; o del que se cree un galán y es un hazmerreír… Todos ellos tienden equivocadamente a suponer que ganarían con un cambio de pareja.

Así que una buena evaluación requiere indagar honrada y valientemente en la realidad de sus atributos y de lo que da y recibe, requiere alejar las ilusiones y las sombras, requiere adaptarse al Principio de realidad. En caso contrario, cuando solo se persiguen espejismos, cuando el deseo se convierte en único o principal elemento para evaluar, la evaluación será desastrosa y cualquier decisión que se tome a partir de ella conllevará una posterior penalización y el correspondiente arrepentimiento. Una estrategia que puede ayudar, y mucho, para adaptarse a la realidad, consiste en ponerse en la piel del otro, es decir, sopesar desde el otro lado de la pareja la percepción que ella puede tener de mí y de lo que yo doy y recibo. También puesto en la piel del otro, revisar las causas de las supuestas ofensas recibidas, que han ido llenado de rencores la relación.

Ateniéndonos al Principio de realidad evaluamos la situación de la pareja en cuanto al Principio de reciprocidad, y utilizamos para ello los sentimientos, los deseos, la inteligencia y las creencias. Ya tenemos la evaluación hecha. Corresponde seguidamente tomar una decisión. Pero esto quedará para una posterior entrada porque mi cabeza ya no da para más y esto se ha hecho muy largo (y muy pesado, añadirá más de uno).


[1] Ulrich Renz en La ciencia de la belleza señala que de modo general, la belleza que posee cada miembro de una pareja es semejante. Si está desequilibrada es porque se compensa con estatus, fama, poder o riqueza. Hasta ese extremo se cumple el Principio de reciprocidad en el dar y recibir.

Del amor y otros fenómenos (IV)

Aunque había anunciado hablar seguidamente de la perdurabilidad del amor, o al menos de la perdurabilidad del bienestar en común de la pareja que alguna vez se sintió enamorada, por salir de tal brete si no con donaire sí con cierto decoro intelectual, dilato ligeramente la fecha de la ocasión (en el supuesto de que al estimado Yack, que la espera con cierto ánimo avieso, no le importe la dilación), y me dispongo a decir algunas palabras sobre la sexualidad.

Por cierto, animo muy encarecidamente a quien lea esto que se interese por el blog de Yack, http://tertuliafilosoficatoledo.blogspot.com.es Un extenso blog de artículos de pensamiento que destilan por todos sus poros inteligencia, arduo conocimiento y sentido común.

El amor se manifiesta como una necesidad de nuestra naturaleza. El deseo emerge de esa necesidad y congrega, seduce y dirige a un tropel de sentimientos a la misión de edificar en el enamorado, embelesadamente, un arquetipo del objeto de amor, esto es, a atribuir  a la persona amada todas las virtudes, y adornarla con las guirnaldas de toda perfección. La persona así idealmente amada es una fantasía elaborada por nuestra imaginación. (Quien escribe el guión y diseña el atrezo de esa obra imaginativa es el deseo de amor, aunque la obra se represente en el teatro de la conciencia, en donde tienen su aposento los pensamientos y la razón). Pero el tiempo trabaja derruyendo el arquetipo: la realidad destruye la imagen perfecta concebida. Con la decepción que produce el contraste, los deliciosos sentimientos que envolvían la imagen ideal en tiempos pasados se van reemplazando paulatinamente por otros que resultan odiosos. Se acaba el amor.

En la tercera entrega Del amor… señalé a varios enemigos, pero omití deliberadamente uno, quizá el más importante: la falta de conciliación sexual de los enamorados. Al fin y al cabo el amor lleva impreso la subordinación a la finalidad sexual dictada por lo biológico mediante instintos. (Recomiendo al respecto leer esta entrada de blog http://sexdelicias.wordpress.com/2014/03/03/locoa-de-amor/ de una sexóloga, en donde  pone de manifiesto el estallido hormonal y de neurotransmisores que produce la cosecha sexual y la cosecha amorosa).

Todos los placeres son adictivos: el placer sexual lo es. El instinto sexual, como el instinto que nos empuja a comer, se recarga periódicamente, pero somos conscientes de que ciertas golosinas nos compelen a seguir y seguir comiendo, a no sentirnos satisfechos con la cantidad usual; y somos conscientes también de que ciertos excesos en la ingesta de alimentos pueden desencadenar cambios metabólicos y cambios en la regulación del sistema digestivo que pueden propiciar que no se aplaque el hambre si no es con una ingesta desmesurada; y fatalmente, en ciertos casos, la disposición genética faculta un metabolismo desastroso y unas necesidades de ingesta muy alejadas de lo usual. Muy semejantes cuestiones afectan al funcionamiento del sistema sexual. Para el hombre heterosexual (economizo lenguaje: lo mismo se puede decir conceptualmente del hombre, de la mujer, del homosexual, del heterosexual o del bisexual) las chicas jóvenes representan ―para el instinto sexual de ese hombre― las golosinas que nombré anteriormente. Las chicas jóvenes y su reemplazo permanente, la novedad permanente. Quienes en el pasado disfrutaron del suficiente poder para imponer por la fuerza los dictados de su instinto sexual, lo impusieron (hoy la regulación democrática lo limita). Voy a poner algunos ejemplos:

Ya en la primera literatura escrita, en el grandioso Poema de Gilgamesh, se da cuenta de que el rey de la ciudad mesopotámica de Uruk abusaba de sus derechos reales en las noches de boda de las jóvenes de la ciudad. Como tal abuso originaba quejas y revueltas entre la población, los reyes de las ciudades estado mesopotámicas optaron por los harenes reales, quedando testimonio escrito de los existentes en el reino de Marí. Grandes edificios tuvieron que ser necesarios para albergar tanta mujer, por ejemplo, el Libro de los Reyes (11:3) nos atestigua que Salomón tuvo hasta 700 mujeres reinas y 300 concubinas. Más modesto hubo de ser el harén de Ramses II, a quien se le atribuyen 120 hijos; el del soberano inca Topa Inca Yupanqui, que tuvo 70 hijos de sus concubinas; o el del azteca Moctezuma II, que llegó a disponer de 150 concubinas. Nada les tiene que envidiar el de los actuales reyes saudíes: el fundador de la dinastía, Abdel Aziz al Saud, tuvo 145 hijos con sus 19 esposas oficiales, sin hacer cuentas de las concubinas. Aunque nada en comparación con el harén de los emperadores chinos del siglo XIX, que podía llegar a tener 3000 mujeres. Se sabe que entre los incas y aztecas  los grandes señores y los jefes acaparaban la mayoría de las mujeres disponibles. Cada hombre podía tener tantas mujeres y concubinas como su posición social le permitiera mantener. Dado también que, como en Egipto, los hijos de las esposas principales se ponían en la línea sucesoria mientras que los de las esposas secundarias y concubinas ocupaban cargos de sumos sacerdotes, visires o altos cargos administrativos –señores a su vez poderosos, con numerosas esposas e hijos—el linaje de los poderosos se hacía desmesuradamente abundante en la población. Otro ejemplo: un proyecto genético llevado a cabo recientemente ha puesto de manifiesto que hay actualmente en Asia Central 16 millones de portadores de un gen raro que se atribuye a Gengis Khan, casi un 10% de la población total. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que todos descendemos de reyes.

Algunos otros  “imponen” su dictado sexual seductoramente, mediante su belleza. Recuerdo a un actor español declarando sin empacho haber tenido más de mil amantes distintas.

Pero el común de los mortales no poseen el poder ni la belleza suficientes para lograr la satisfacción instintiva “que les pide el cuerpo”, así que, generalmente, uno se restringe a la novia, a la esposa o a la amante de turno, a lo política y moralmente correcto en estos casos (al menos lo que se considera “correcto” en la calle), sin quitar de que cada cual, en mayor o menor grado según sus precauciones y creencias, aproveche las ocasiones que le salgan al paso ―siempre que la ocasión resulte discreta. Lo que se llama echar una cana al aire (por cierto, las estadísticas al respecto son cuanto menos sorprendentes: más de un 60% de mujeres casadas inglesas declara haber realizado “saltos de cama”, lo que sugiere ―por la discreción de que se quiere hacer gala en estos casos― que el porcentaje podría ser mucho mayor).

En resumidas cuentas, la moral, la norma, la escasez de posibilidades ―al menos públicamente― ponen coto a las veleidades del deseo sexual. Sin embargo,  muchos, por motivos y circunstancias que ahora no viene al caso resaltar, caen en una adicción  que les conduce a probar sin reparo alguno todos los placeres anudados a lo sexual (sadismo, masoquismo, intercambio sexual, prácticas zoofílicas, etc). Adicción que, tratando de suplir la satisfacción de aquel instinto que pugna por lo juvenil y novedoso,  les pide más y más y que al ser desmedida y crear una continua necesidad de novedad conduce generalmente a encadenamientos, a esclavitud sexual, a perder la referencia de otra cosa que no sea la sexualidad. No digo que esté bien ni mal, esto no es un tratado de moral, sino que en el plano sexual ―y prácticamente en cualquier plano de la vida― defiendo que en el equilibrio y en el control sobre lo que se hace se halla la virtud. La servidumbre para con el placer, como cualquier otra servidumbre, nunca es aconsejable. En tales casos se pierden cualesquiera otros valores, la personalidad toda se altera, el placer pone en sus esclavos asfixiantes grilletes.

La búsqueda incesante de placer sexual en la pareja es, por las cuestiones señaladas, uno de los grandes peligros para su bienestar. Un amor languidece si en él ha muerto el placer sexual, pero se hace un infierno de deseo y necesidad nunca satisfecha cuando lo sexual preside imperiosamente la convivencia.

Ya no me quedan excusas para tratar de la perdurabilidad del amor.