CINE Y NATURALEZA HUMANA

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Atisbar las razones más profundas de nuestro comportamiento (vislumbrar un puente lógico entre nuestra conducta y nuestra naturaleza) es un asunto complejo. Ni tan siquiera los sabios profesionales que se ocupan de ello –psiquiatras, psicólogos, filósofos, neurocientíficos, etólogos—han dado con verdades que resulten ser firmes, profundas e inequívocas. Sin embargo, quienes muestran un alto grado de conocimiento acerca de nuestra naturaleza son los directores de cine. Los buenos directores, claro, aquellos que logran que el espectador se identifique con el protagonista y participe de sus pasiones y de sus avatares. Aquellos directores que zarandean emocionalmente al espectador y lo abducen y lo angustian y dejan en él la grata ilusión de haber sido el protagonista de la ficción representada.

Si uno visiona una buena película y se muestra atento a las pasiones que le brotan, tal vez aprenda cosas nuevas acerca de su naturaleza íntima. Tal como ocurre cuando se mira uno los rasgos de la cara en un espejo, la atención a nuestras pasiones durante el  visionado de la película nos puede mostrar rasgos ocultos de nuestra naturaleza.

Pónganse delante de la pantalla y atienda a las situaciones cinematográficas y a sus propios sentimientos. Más de uno de ustedes se descubrirá gozoso ante el dolor que sufre el malvado de la película. A tal clase de gozo se le denomina crueldad y se considera hoy en día uno de los mayores pecados que existen, pero no se puede negar que forma parte de nuestra naturaleza más íntima.

Conozco un sinfín de películas que generan rabia e indignación en el espectador. Es fácil conseguirlo cuando la película muestra una lacerante injusticia social. Claro que, para ello, se tienen que infundir valores éticos apropiados en el espectador. ¿Cómo se hace? Generalmente, no con razones sino con imágenes que mueven a la compasión, que nos mueven a identificarnos con los compadecidos, presentando lastimosamente –como merecedora de lástima—una situación social. En este sentido, algunos filmes maravillosos son los de Novecento, de Bernardo Bertolucci, Octubre y El acorazado Potemkin, de Serguei M. Einsenstein, con los que propagó en Occidente una ola piadosa y justificadora hacia la Revolución soviética (así que el terror del Archipiélago Gulag nos pilló desprevenidos).

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Nuestra naturaleza clama por reparar la injusticia, y clama por hacerlo de la manera que sentimos más justa, esto es, mediante la venganza. La venganza es la fórmula más universal y primitiva de justicia. Ojo por ojo y diente por diente, prescribe la ley del Talión. El espectador identificado con el protagonista siente suya la necesidad de tomar cumplida venganza, y la siente como si de un hecho justiciero se tratase. (Muchas de las acciones y propuestas  de los movimientos que a fecha actual dominan el clima moral existente, me refiero a feministas, islamistas, igualitaristas…, presentan a las claras el marchamo de la venganza en su intencionalidad). Conozco algunas películas decentes cuya temática es la venganza, como Les diaboliques, de Henri-Georges Clouzot, pero las más vistas han sido bodrios en las que su actor principal fue Charles Bronson. Éstas resultaron ser muy comerciales porque en ellas se satisfacía  una venganza contra los delincuentes que atemorizan muchos barrios norteamericanos. El filón de la venganza, la crueldad y la injusticia siempre da de sí; resultan extraordinariamente humanos. Hoy en día se intentan expulsar de nuestra naturaleza esas pasiones. ¡Ilusos!

No es preciso remarcar la clase de pasiones (y su intensidad) que surgen en los espectadores de un film de contenido sexual, lo que demuestra su importancia esencial. Cuando se abolió la censura en Europa, la película Emmanuelle barrió de la conciencia de los europeos la prevención hacia la sexualidad.

Las películas que exaltan el sentimiento de pertenencia a la tribu, o el impulso por competir, siempre han sido abundantes en el cine. Las hazañas –individuales o colectivas—de héroes valerosos y aguerridos han formado parte de la niñez de muchas generaciones. Ingleses y norteamericanos han sabido explotar perfectamente este filón. Cualquier película de tema bélico responde a este tipo. Nombraré dos que, además,  derrochan buen gusto y sensibilidad, a la par que abordan temas de honor, deber etc., me refiero a Las cuatro plumas (versión de 1939), de Zoltan Korda, y a la mucho más reciente Carros de Fuego, de Hugh Hudson, sobre los atletas británicos en las olimpiadas de París de 1924. Orgullo, honor, deber, deseos de victoria, patriotismo, son ingredientes de ellas y lo mismo sienten los espectadores porque esas pasiones forman parte esencial de nuestra naturaleza. Otra cosa es que ahora se intenten desvalorizar.

Otro tipo de pasiones que nos hacen sentir algunos filmes, las pasiones más reconocidas en la actualidad, surgieron en nosotros durante nuestra historia evolutiva debido a la necesidad de cooperar para sobrevivir. El afecto, la ternura, el amor, son algunas de ellas. Matar a un ruiseñor es toda una delicia cinematográfica que logra sacar de nosotros la ternura más sincera. Cierto es que a veces el afecto y la ternura desembocan en amor cuando se amalgaman con la sexualidad. Pero el amor no es catalogable: puede ser destructor, puede mover al odio, al sacrifico, a la venganza, al rencor, a los celos, a desear el dolor. Es una bocanada de pura irracionalidad. Ahí tenemos a Glenn Close en Atracción fatal. Pero también puede encender la llama que produce la más excelsa luz de nuestro ser. Vean aquel Love Story que hizo en su día llorar a la reina Isabel de Inglaterra.

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Un tipo de cine, muy en boga en la actualidad, versa sobre distopías futuristas, o sobre tensiones psicológicas, o produce incesantes sobresaltos en el espectador, o  repugnancia o todo tipo de miedos; juegan a crear en el vidente la ilusión de peligros inminentes o sensaciones de malestar o aversión, pero aliviados por el control que tiene la conciencia de que aquello no es real. Esas series cinematográficas donde se da tanta abundancia de muertos vivientes, de asesinos de violencia extrema, de vampiros y licántropos, pero también de sociedades futuristas reprimidas y de mundos tenebrosos, responden a los esquemas dichos. Blade Runner, Los juegos del hambre y la serie televisiva Black Mirror, son algunos ejemplos. La angustia la sentimos como si estuviera bajo palio, pero eso no obsta para que el corazón se desboque por la afluencia de opiáceos y neurotransmisores diversos que nos hacen sentir “vivos”, que nos producen sensación de aventura con control. El espectador tiene su alma en vilo, y eso, para gente joven en edad de iniciación guerrera que sigue una vida bastante anodina, significa satisfacer una naturaleza que le pide riesgo (pero no en exceso), que le pide estar con el alma en vilo durante un par de horas.

Todas esas pasiones que sentimos en el cine forman parte de la naturaleza humana,  nos enardecen, son las progenitoras de nuestro comportamiento social. Sin embargo, habrá reparado el lector en que la inteligencia no ha aparecido por ningún lado. En realidad, casi nunca viene a ser la causa primera de nuestra conducta. Las películas con diálogos exquisitos, con tramas apasionantes, con análisis en profundidad, apenas cobran relevancia en el cine actual. Si antaño existió, iba dirigido a un público selecto para quien la inteligencia de los personajes y del diálogo era cuestión principal en el film. Bocatto di Cardinale. Hoy ha desaparecido.

TONTOS, VICTIMISMO Y REVANCHA

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Hace unos meses escuché de tapadillo, por canales de escasa difusión –porque hoy en día las verdades se mantienen ocultas—, que un profesor de Jaén realizó en clase un comentario acerca de las buenas condiciones climáticas de la zona para el curado del jamón. A tal hecho es difícil encontrarle malignidad alguna, pero se encontró: el profesor fue denunciado por los padres de uno de los alumnos, musulmán él, y la denuncia llegó hasta el juez, que, con sentido común –rara avis—dictaminó que “no ha lugar a proceso alguno”.

Además de jamón, la cosa tiene su miga, pues en varios centros escolares de Cataluña (en donde la progresía y el nacionalismo se ensamblan) algunos profesores han pedido al alumnado no traer bocadillos de jamón para despachar en el recreo pues podría herir la sensibilidad de sus compañeros musulmanes. Ya saben ustedes que el cerdo es para estos un animal impuro.

Pero en la cuestión de “cuidadín, no vayamos a herir sensibilidades”, España no está a la cabeza, ni mucho menos. En la británica ciudad de Mánchester la directora de una galería de arte retiró de la exposición el cuadro de Hylas y las Ninfas para no agraviar a los visitantes de espíritu sensible. En EEUU no se quedaron atrás: se exigió retirar un cuadro del Museo Metropolitano de Nueva York porque en él aparece una niña a la que se le trasparenta la ropa interior.

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Pero no se alarmen aún. Más morrocotuda es la noticia de que el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres exigió que “desaparecieran del programa de estudios filósofos como Platón, Descartes y Kant, por ser racistas, colonialistas y blancos”. Y, de nuevo, en Norteamérica no se quedan atrás: en algunas escuelas estadounidenses “se pide la prohibición de clásicos como Matar a un ruiseñor y Huckleberry Finn, del Diario de Ana Frank , de Romeo y Julieta y de La Biblia.”

El escritor Javier Marías, autor de las noticias entrecomilladas, publicadas en El País Semanal, achacaba este esperpéntico gusto por la queja idiota y la exigencia sin sentido al empoderamiento por parte de los tontos de la vida pública en los países de Occidente. Yo no estoy muy seguro de que solo sea eso. Detrás de tanta tontería como se escenifica hay mucho odio canalizado y dirigido a propósitos bien definidos.

Sonreímos cuando la alcaldesa de Barcelona hace alarde de ser analfabeta en Historia al llamar fascista al almirante Cervera, que defendió en 1898 la posición española en Cuba contra Norteamérica. Sonreímos cuando algún diputado socialista pide otorgar derechos humanos a chimpancés y a perros, o que se indemnice a los musulmanes que fueron expulsados de España hace más de 500 años. Nos mueve a sonreír el que la ONU haya establecido 112 géneros diferenciados a los que puede acogerse la ciudadanía y con los que puede identificarse. Y también, ¡cómo no mostrar sonrisa!, cuando algunas paladines de la Ideología de Género exigen el reconocimiento de nuevos vocablos, tales como “miembra” y “portavoza”.

Pero la sonrisa se nos puede helar en la boca. Voces autorizadas atestiguan que a algunos miembros de la RAE les entra el tembleque cuando alguien les pide enderezar un entuerto lingüístico promocionado por el feminismo. Hoy nadie que ostente un cargo público se atreve a decir una sola palabra en contra de la ideología de género o del multiculturalismo. Sería despedido ipso facto. Existen múltiples casos de ello.

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El escritor Philip Roth, en La Mancha Humana, nos cuenta cómo se destruye la vida de un profesor universitario y la de su familia a causa de un comentario inocente, sin malicia ni intención alguna, pero que es aprovechado por adalides del victimismo racial. Como dice Javier Marías, hoy no es nadie quien no protesta, quien no es víctima, quien no se considera injuriado por cualquier cosa, quien no pertenece a una minoría o colectivo oprimidos. Hoy todo el mundo se declara víctima. El victimismo en Hollywood ha llegado a tal grado que algunas actrices, como Catherine Deneuve y Brigitte Bardon, se han preguntado si en muchos de esos pretendidos casos de acoso que ahora se han destapado no fueran “ellas” las que los alimentaron y llevaron a cabo”. Si hasta el actor Brendan Fraser, aquel de El regreso de la momia, alegando infinita sensibilidad (o tal vez mostrando infinita caradura) declara que el bajón de su carrera cinematográfica durante estos últimos años, en los que ha estado desaparecido, se debe a que un alto ejecutivo que se cruzó con él en una fiesta le tocó el culo. “Para víctima, yo”, parece decirnos.

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Pero, digo yo que todo esto se debe a algo más que a una colección de tontos y victimistas; que muchos de los tales, que se declaran acólitos de la LGTBI, igualitaristas, indigenistas, animalistas, ecologistas radicales, u otros que actúan subordinados al griterío de la progresía,  forman un amplio coro  que se presenta como históricamente agraviado y en busca de venganza. Claman contra la familia, contra el cristianismo, contra la libertad de prensa, contra la propiedad privada, contra la patria potestad de los padres, contra los derechos y libertades…

Por los excesos que pretenden aplicar, por las hirientes falsedades que pregonan, por la descarada manipulación mediática de que hacen gala, por el ánimo de venganza que fulge en la base de su razonamiento, por la tala de libertades que pretenden llevar a cabo, no parece que su propósito sea el de la reparación, la justicia o la equidad, sino el de la cruda revancha, la fría venganza y el odio calculado contra todos los valores, culturas y usos que han existido hasta ahora. Enarbolan banderas de liberación pero su utópico proyecto no es sino un cruce de distopías ya imaginadas; no es sino un mal ensamblado entrecruzamiento de la distopía que nos mostró Orwell en 1984 y la de Aldous Huxley en Un mundo feliz.

 

EDUCACIÓN, DERECHOS, LIBERTAD Y APARIENCIA

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Asistimos a un extraño hecho: una parte muy importante de lo que se conoce políticamente como “izquierda” pretende que en España la educación de los niños pase íntegramente a manos del Estado, es decir que los padres dejen de ser referencia educativa. A tal pretensión de negar el derecho natural de educar a los hijos, que se realiza en nombre de la libertad y de la igualdad, se le llama hoy en día “progresismo”.

En ciertos grupos existe una rica tradición de loar a la libertad con el propósito de abolirla. Robespierre, uno de los iniciadores de esa tradición, resulta muy ilustrativo al respecto: “A la guillotina todos aquellos que discrepen de mi idea de libertad y República.” El Igualitarismo ha llevado a cabo un gran alarde de esta farsa: no ha habido movimiento comunista en el mundo que no se haya envuelto con la bandera de la libertad mientras ponía cadenas y grilletes a los ciudadanos. Una cosa es lo que se dice y otra distinta es lo que se hace. Debemos desconfiar de quienes no concuerdan en esos dos asuntos. En lo relativo a la educación, existe un antiguo y buen ejemplo de esa discordancia. Rousseau abogaba por que se mimase a los niños, pero metió a sus cinco hijos en la inclusa nada más nacer.

Se aboga desde la izquierda por suprimir la Educación Concertada en centros de titularidad privada y, en cambio, se apoya con denuedo que todos los centros educativos sean de titularidad pública. Digo yo que tendrán sus razones, pero que éstas no se avienen a los dictados de la lógica del beneficio. Lo más común de sus repuestas cuando se les inquiere por tales razones, es un alegato sobre que la educación pública es más “progresista”; palabra ésta que no parece tener otra función que la de esconder carencias argumentativas.

Algunos planteamientos podrían ponerse sobre la mesa para atacar al sistema de Educación Concertada con centros privados, por ejemplo, que la educación y la enseñanza que se imparte en ellos sea más nefasta que los de titularidad pública, o que resultasen más caros, o que sólo unos pocos pudieran acceder a ellos; pero nada de esto es cierto de acuerdo con los organismos europeos que tratan de dilucidar tales asuntos. A nivel académico la Concertada obtiene mejores resultados y resulta económicamente más rentable. La relación del gasto por alumno entre los centros de titularidad pública y los centros concertados está en proporción de cinco a tres. En cuanto al acceso a unos centros u otros, es libre y gratuito.

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A mi entender, sólo quedan dos razones lógicas por las que se abogue por que toda la educación sea de titularidad pública; la primera, la razón de asumir que el Estado ha de encargarse de manera exclusiva  de la educación de los jóvenes, desplazado de ese papel a los padres, porque tal hecho reportaría ventajas y beneficios sociales e individuales que no se darían en otro caso (hecho deshumanizador que supone que la igualdad y la uniformidad producirían una sociedad mejor, tipo la nazi o la soviética o la que nos retrata Orwell en 1984) . Pero tal hecho atenta contra la Constitución, que reconoce la potestad de los padres en la educación de sus hijos, y, consecuentemente, la libertad para elegir el centro educativo que mejor les parezca. Ahora bien, hemos de considerar que la Constitución puede cambiarse, pero más difícil resulta cambiar nuestra naturaleza, y, a ojos vista, pocos derechos resultan tan naturales como el de criar y educar a los hijos. Así que esa pretensión de poner a los padres en un segundo plano educativo en relación con sus hijos conculca ese derecho, viola sus libertades y desprecia su dignidad.

El asunto tiene mucho mayor alcance. La razón antedicha de encargar al Estado la educación de los jóvenes se enmarca en una pretensión más amplia a la que con alguna frecuencia se alude: la de que el Estado no solo sea el garante de los derechos de los ciudadanos, sino que sea el manejador de esos derechos, que los otorgue, anule, restrinja, retuerza o amplíe, a su gusto y manera o al gusto y manera del grupo político gobernante. Esto es, la razón de que estamos hablando deriva de considerar deseable  un modelo social en el que el grupo controle y disponga a su albedrío de la libertad y de los derechos del individuo. Ya conocemos a qué clase de sociedades ha conducido históricamente tal consideración, tal planteamiento: al totalitarismo comunista o al totalitarismo nazi.

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La segunda razón anunciada la plantean las vísceras. Muchos de los que abogan por la supresión de la Concertada, alegan que no debe haber diferencias educativas entre los jóvenes; que chicas, chicos, inteligentes, atrasados, ricos, pobres, deben ser tratados por igual y aprender lo mismo (e incluso vestir de igual manera, reclaman algunos). Uniformidad absoluta. Es decir, tal planteamiento visceral proviene del Igualitarismo. En el fondo, quisieran estos igualitaristas anular las diferencias de sexo, de inteligencia, de elegancia y gracia, además de anular las diferencias de riqueza y posición social. No exagero: ese engendro conocido como ideología de género pretende inculcarnos que la única diferencia entre mujeres y hombres es la educación; los promotores de la LOGSE cifraban toda su labor en conseguir que nadie supiera más que nadie (todos los alumnos rasados al nivel del más atrasado de la clase); con la belleza aún no lo han intentado, aunque no me extrañaría que pronto empezasen, pues es notoria su animadversión a que la hermosura se exhiba en pasarelas y anuncios.

Igualdad ante todo, a costa de la libertad y de cualquier derecho. Tal es en el fondo lo que claman sus vísceras. Y esas vísceras, claro está, no son otras que la envidia y el resentimiento. Pero en el disfrute está la penitencia. Tal Igualitarismo, al tener que sofocar y reprimir a todo lo excelente, a todo aquello que destaque,  conduce irremediablemente a una sociedad totalitaria y represora como la comunista.

Así que detrás del intento de acabar con la educación en centros concertados no se halla otro motivo que el intento de instaurar un modelo totalitario que niega la libertad y los derechos del individuo y los supedita a los intereses del grupo. A eso se le llama hoy en día progresismo.

Cierto es que el progresismo lanza hacia los padres cebos  brillantes con tal de convencerlos de dejar en manos del estado su libertad y la educación de sus hijos. Hoy se inculca que los hijos, como las mascotas, son para el propio entretenimiento, y que dejando en manos del Estado a los hijos se desembarazarán de tener que soportarlos desde pequeños y de tener que responsabilizarse por ellos. Hoy se lanza que todo es relativo y que no hay ninguna firme verdad, así que lo único que importa es que tú seas feliz aquí y ahora dejando todo en manos del Estado a tiempo completo. Hoy la igualdad es valor supremo y la disciplina y el sacrificio son valores caducos que hay que abolir.

 

 

 

 

Animalismo y racionalidad

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Si he de ser sincero, por más vueltas que le doy al asunto del animalismo, no me salen las cuentas. Quiero decir que me encuentro con que sus planteamientos básicos, además de anti humanistas, carecen de la mínima coherencia lógica. No me estoy refiriendo, claro es, a la gente que disfruta y aprecia, sin más, a sus mascotas. Me refiero al núcleo duro del animalismo, mejor, dicho, a sus postulados básicos.

Uno de los puntos centrales de su doctrina (y así lo han manifestado repetidamente algunos animalistas que han intervenido en este blog) es la consideración de que la vida animal es sagrada (no me detengo a examinar este asunto, religioso y primitivo). Esto es, que bajo su punto de vista la vida de cualquier animal ha de ser respetada, y su muerte significa un crimen de infame naturaleza. Lo cual me lleva a la pregunta: ¿también es sagrada la vida de un mosquito?, y, ¿de un piojo, de una pulga? Porque en tal caso los devotos de tal doctrina tendrían que dejar de lavarse el pelo por no incurrir en el asesinato de algún parásito, y, claro está, no deberían utilizar insecticidas de ningún tipo.

No sé si a los virus y bacterias se les considerará animales –que no lo son—pero, en cualquier caso, ¡qué atroz discriminación la de considerarles menos que una chinche o una garrapata!

Cierto es que algunos animalistas, menos radicales, otorgan solo la sacralidad a la vida de aquellos animales que poseen sistema nervioso central. Pero, aún así, siguen sin salirme las cuentas, pues, ¿qué hemos de hacer en la playa si las medusa –con sistema nervioso central—nos fríen a picotazos?, ¿dejarles hacer hasta que se aburran? No, por cierto, pues al poco moriríamos por su veneno. La única solución aceptable desde esa perspectiva tiene que ser la de no bañarse en el mar.

Así que si es usted animalista seguidor de esta doctrina de vida sagrada de los animales, no se le ocurra dar un manotazo a una mosca por mucho que el moleste, y, de no ser tan radical, al menos deje de bañarse en el mar. De lo contrario y siguiendo sus propios criterios, se convertiría usted en un criminal.

Y está el asunto que algunos animalistas demandad: la igualdad de derechos de perros, primates, otras mascotas y humanos. Y confieso que mis entendederas no son capaces de imaginar qué vacío mental ha de tener quien realice este tipo de propuestas, pero, ¡de todo hay en la viña del Señor! Prometo examinar la cuestión otro día, con detenimiento.

Tampoco me salen las cuentas al examinar el odio que dicen sentir hacia las corridas de toros. Alegan que en la fiesta taurina sufre el toro y que el sufrimiento de cualquier animal debería estar prohibido. ¡Válgame Dios!, ¡la cosa tiene su miga! Vamos a ver: si a usted, señor animalista, le dieran a escoger entre ser un toro de lidia y vivir al menos 4 años en libertad (eso si no consideramos al cabestro, cuya vida se alarga mucho más), con buenos pastos y espacio más que suficiente para retozar, o ser un pollo de granja, apelotonado y obligado a picotear día y noche, y morir a los pocos meses cuando haya alcanzado el peso establecido, ¿qué querría ser usted?, ¿qué le importaría unos minutos de supuesto sufrimiento en la plaza si ha vivido varios años de fábula?

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No es solo que no me salgan las cuentas, sino que los animalistas parecen colocar las cuentas al revés. Pues, vamos a ver: si se acabaran las corridas de toros, se sacrificarían todos los animales de lidia al dejar de tener utilidad. En otras palabras: con el fin de evitar que el toro supuestamente sufra en la plaza, se condena a muerte a cientos de miles de otros que pastan apaciblemente en la pradera. Pero esto  no parece importarles a ustedes un pimiento. ¿Dónde está la vida sagrada de los animales?

También es cierto, lo he de reconocer, que una mayoría de animalistas abogan porque no se mate a los toros de las ganaderías, sino porque se les suelte libremente. Y yo digo, ya que si los toros libres crían y se multiplican, ¿cómo nos libraríamos de sus embestidas si se nos ocurriera salir al campo a roturar la tierra, por ejemplo. Pero, ¿Y si entrasen en las ciudades y se liaran a cornadas con la gente?, ¿tendríamos que utilizar el manual buenista de lo políticamente correcto para convencerles de que dejasen de procrear y que no nos atacaran? Misterio sin resolver.

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Pero hay otra cuestión en referencia a esa idea animalista de soltar los animales en cautividad que me intriga más si cabe. Muchos casos se han dado de animalistas que han roto jaulas y puertas y han liberado a animales de granja, desde pollos hasta visones. El resultado ha sido siempre el mismo, al cabo de pocos días todos los animales “liberados” han pasado a mejor vida por falta de alimento o por caer en las garras de un depredador. Así que aparece el absurdo de preferir la muerte de los animales a permitir que vivan en granjas, lo que contradice de todas todas el principio básico animalista de considerar sagrada la vida animal. A mí, así entre nosotros, esta doctrina me resulta más difícil de entender que el misterio de la Santísima Trinidad.

Porque, en verdad, de todo lo expuesto cabe deducir que no es la vida o la muerte de los animales lo que preocupa a los animalistas, sino su hipotético sufrimiento. Así que, seamos claros y lógicos, no me vengan con el carajo de la sacralidad animal, en todo caso, háblenme del sufrimiento. Pero, ¡qué me van a decir del sufrimiento si he visto a tres perrazos enormes vivir en una piso de 50 metros cuadrados de un animalista!, ¡si estaban desquiciados perdidos por vivir en donde vivían!, ¡cómo nos vamos a atrever a hablar del sufrimiento animal! (en realidad, tendríamos que hablar del sufrimiento del hipersensibilizado animalista que adora la idea de que los animales no sufran y pretenden imponerla a los demás)

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Bien he de decir que sufrimiento y sentimiento, porque ahora resulta que a los animales de compañía se les ha otorgado la sentimentalidad. ¡¡Alto, alto!!, examinemos la cuestión. No hay sentimiento ni sufrimiento sin conciencia, alegan los neurocientíficos, y la conciencia se considera una capacidad mental que sólo los humanos poseen. Podemos hablar de dolor, de pulsaciones, de actos reflejos, pero parece poco acertado hablar del sufrimiento de un toro. Sin embargo, no les voy a negar que, en estos tiempos que corren, todo es posible. ¿Acaso no se condena hoy en día a todo aquel que siguiendo los dictados de las Ciencias Biológicas señalan que es varón quien posee los cromosomas XY y hembra quien posee los cromosomas XX? ¿Acaso los buenistas y las feministas no tienen hoy en día más poder que el mundo científico?, ¿de qué nos extrañamos?

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Admitamos que en el animalismo conviven religiosos que tienen por santa la vida animal (algunos van más allá y consideran también santa la vida vegetal, por lo que me pregunto, ¿de qué se alimentan?); conviven gentes hipersensibles a quienes se les reblandece el corazón si ven una mosca morir; y veganos a quienes el solo olor de la carne les produce vómitos; pero tengo para mí que una buena mayoría de  animalistas,  son simples cruzados contra el infiel que no sigue sus doctrinas (ya he repetido en muchas ocasiones que hay que temer a los redentores), cruzados que buscan un enemigo contra quienes verter su odio. Sospecho que si acabaran con las corridas de toros se quedarían como desangelados, sin nadie contra quien luchar. Mustios, tendrían que inventarse una nueva cruzada contra los cazadores. Me recuerda la frase aquella, “¡qué felices éramos luchando contra Franco!”

En fin, yo recomendaría –lo digo yo mismo en plan redentor, para poner un poco de orden mental—que se ame mucho a los animales de compañía, que se disfrute con ellos, que se les mime, pero, ¡por Dios!, que se deje vivir a la gente en paz, que se respeten otras opiniones, otras miradas y otras esencias.

 

 

 

 

DIGAMOS LAS COSAS POR SU NOMBRE

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De la barbarie del fanatismo

La barbarie de vivir esclavizado por unas creencias hasta llegar al punto de ofrecer la vida por ellas. ¡Ese amor a la vida, que es el santuario que la evolución humana ha construido para velar por su mantenimiento! El cristianismo o el islamismo han formado o forman parte de esa barbarie. ¡Entregar la vida, lo más preciado, por una idea! Del mismo modo, la creencia de un samurái acerca del deber de vivir en la esclavitud por pleitesía al honor y a la obediencia a su señor. Todo esto forma parte de la inconsistencia lógica del homo sapiens.

El deber

Es una orden asentada en el subterráneo de la conciencia. Una orden alimentada por un temor a una consciente o inconsciente amenaza en caso de incumplimiento. La dicha amenaza puede que pierda su vigencia con el tiempo, puede haberse borrado de la conciencia, pero sigue produciendo sus efectos temerosos hasta que no se examina a fondo la causa de su existencia. La amenaza puede referirse a un dios justiciero, a una creencia, a un sentimiento como la culpa o la vergüenza, o tal vez a una antigua previsión de lo que podría ocurrir en caso de incumplir el deber.

Mordaza legal. Los nuevos talibanes.

Propuesta de Margarita Robles en nombre del grupo parlamentario socialista: que se castigue con la pena de prisión de seis meses a dos años a quienes justifiquen o enaltezcan por cualquier medio de expresión “el franquismo”. Es decir, se prohíbe argumentar y ni siquiera examinar públicamente con rigor un periodo histórico. Esto recuerda la mordaza de la Iglesia durante la Edad Media.

El sentimiento como árbitro de la moral

Si uno de los nortes de la nueva moral es encontrar la felicidad a toda costa (lo cual ya inhabilita al sujeto para encontrarla) y el sentimiento es el hacedor de la felicidad, el sentimiento se convierte en árbitro y gobierno de esa nueva moral.

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Ejemplo de la filosofía ante la que los burros con orejeras se inclinan

Heidegger: “Sólo puedo dejar de estar porque estoy, solo puedo dejar de ser porque soy; porque sólo se acaba lo que todavía es”. Es decir, lo que nos está diciendo de ese modo tan snob es que “sólo puedo sacar lo que está dentro”. A esa sarta de obviedades oscuras se la conoce como profundidad filosófica.

Las palabras de Mario Bunge son muy esclarecedoras al respecto: Heidegger tiene todo un libro sobre El ser y el tiempo. ¿Y qué dice sobre el ser? «El ser es ello mismo». ¿Qué significa? ¡Nada! Pero la gente como no lo entiende piensa que debe ser algo muy profundo. Vea cómo define el tiempo: «Es la maduración de la temporalidad». ¿Qué significa eso? Las frases de Heidegger son las propias de un esquizofrénico. Se llama esquizofacia. Es un desorden típico del esquizofrénico avanzado.

Más del animalismo

En el animalismo más extremo van de la mano una naturaleza hipersensible, casi enfermiza, y un fanatismo totalitario. Lo curioso es que esa misma mezcla se da en los revolucionarios, sean de izquierdas o de derechas: hipersensibilidad justiciera y un odio feroz acompañado de ansias de venganza.

Lo justo

Aquello que consideramos justo obedece a tres razones que dicta nuestro cerebro: a las creencias que tenemos acerca del mundo, a los sentimientos que nos embargan, y a los intereses que nos guían (yendo más allá, las tres razones están muy relacionadas entre sí y se ejercen influencia mutua). En esencia, la apreciación de lo justo es totalmente arbitraria.

Inteligencia

Dice Stephen Hawking que la inteligencia es la capacidad de adaptarse al cambio

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Intelectuales de izquierdas

Resulta muy curioso: la mayoría de los llamados intelectuales de izquierdas dicen defender la libertad (y la levantan santuarios desde sus púlpitos), pero proclaman su admiración por regímenes totalitarios y por  dictadores. Marcuse abogaba por quitar la libertad de manera absoluta a las gentes para así poder educarles a su antojo; Sartre era un firme defensor del comunismo y sentía una fuerte admiración por Mao. Foucault fue más lejos y además de sentir admiración por Mao, lo sentía por Jomeini y su revolución islámica en Irán, mientras que en los países donde había libertad le daban nauseas. Resulta también chocante que Carillo, íntimo amigo del atroz dictador rumano, Ceausescu, y la Pasionaria, siempre al lado de Stalin, el mayor criminal de la historia, sean proclamados todavía defensores de la libertad. No resulta tan extraño que George Orwell los reconociera a tiempo de escribir 1984.

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Las vanguardias del odio

Es notorio que los partidos políticos clásicos carecen de ideología y lo único que les preocupa es cómo conseguir rápidamente el poder. PSOE y PP son un buen ejemplo de ello. Su gran reto es conseguir que sus varios centenares de miles de afiliados continúen mamando de la ubre de Papá-Estado. Así que, sin ideas que ofrecer, se inclinan a apoyar las ideas de grupos minoritarios organizados cuyas proclamas las carga el odio y cuyas propuestas llevan el propósito de la destrucción, aunque se disfracen con pieles de cordero. El Populismo de Podemos, el Feminismo y el Animalismo, son algunos de esos grupos.

No hablo de los militantes o seguidores, sino de sus vanguardias. Sean movimientos revolucionarios o redentores, sus vanguardias se mueven por odio. Odio a la Democracia Liberal y a todos sus valores y libertades, en el caso del Populismo; odio a los hombres y a la institución familiar, en el caso del feminismo; odio a los sentimientos fuertes y a la consideración del ser humano como algo singular, en el caso de animalismo. El odio actúa de punta de lanza para cambiar la sociedad.

Tan fuerte es hoy en día el poder de estos grupos que las mentiras más escandalosas, las estadísticas amañadas, la más burda manipulación informativa, las polémicas superfluas, las cosas más nimias e insignificantes, mediante un gran aparato de medios y un repiqueteo constante, son presentadas –magnificadas—como  verdades inobjetables que todo el mundo debe acatar. Y si alguien presenta reticencias a aceptarlas envían contra él a la policía del pensamiento que junto a las numerosas y absurdas leyes que han conseguido aprobar, constituyen los medios televisivos y online. Hoy se persigue con todo denuedo a la libertad en nombre de la libertad.

De los grupos

Recuérdese: todas las doctrinas que colocan al grupo delante del individuo conducen al totalitarismo.

 

 

El yo, los yos

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Si uno evoca la ocasión aquella en que hizo el más espantoso de los ridículos, vuelve a sentir una dentellada de vergüenza y, aún, aunque de forma aminorada, se fustiga con desdén. Tal hecho parece mostrar que poseemos un yo que nos conecta con los aconteceres pretéritos y con las emociones que palpitaron entonces. Pero, ¿y si los recuerdos nos hubieran sido implantados? En todo caso, se trata de un yo que tiene mil caras cambiantes, o, mejor, un yo reflejado en mil espejos que se deforman contantemente, o, con mayor propiedad, un yo formado por esos reflejos.

Forman parte de ese yo todos los sistemas del cerebro que procrean nuestro “ser” y velan por él. Sistema de atención, de memoria, sentimientos, razón, impulsos, imaginación, procesamiento, deseos, temor…, y otros sistemas que posibilitan que aniden creencias en nosotros y que fluyan pensamientos. Todos esos sistemas –que se encuentran muy relacionados entre sí—son  espejos donde se mira el yo y donde descubre a cada instante que ya no es el mismo que era en el instante anterior, pues en cada momento cambia la curvatura de los espejos y la imagen que producen. Así que nuestro yo cambia de manera continuada, pero algunos cambios quedan impresos con tinta que es poco menos que indeleble.

Si cambian mis creencias acerca de la realidad, cambia mi forma de escrutar y juzgar el mundo, y mi yo cambia de manera tan duradera como las nuevas creencias que han hecho en mí su asiento. Por ejemplo, ha bastado que en Cataluña prendiera la llama nacionalista para que padres, hijos, esposos, amantes, amigos íntimos, dejaran de hablarse y reemplazaran el amor que se tenían por odio. Ese nuevo yo ve de otro modo los hechos, está animado de otros sentimientos, juzga de manera diferente.

En este caso, las creencias han arraigado en regiones profundas del cerebro y desde allí gobiernan el reflejo de todos los espejos. Gobiernan la razón, la lógica, las emociones y los deseos, que se ponen a obrar a su servicio. Un nuevo yo ha aparecido; gigantesco, fanático, peligroso. El mismo yo que apareció en Yugoslavia y produjo centenares de miles de muertos croatas, musulmanes y serbios que hasta entonces vivían en concierto.

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Y, sin ir tan lejos, mi yo matutino es distinto al de la tarde, y mi yo a los 20 era muy distinto al que fue a los 40 y muy distinto al de ahora. Cada uno de nosotros ha transitado mil yos que han sentido, pensado y creído cosas muy distintas de manera muy diferente; que han sido “otros yos” que ahora apenas reconocemos.

También el yo del enamorado, el yo del fanático, el yo del guerrero, el yo del religioso o de animalista, el yo del científico, el del revolucionario… ¿no obedecen en gran medida todos ellos a las circunstancias y a las creencias y temores que uno tiene?, ¿no son intercambiables sus actores?, es decir, ¿no puede el individuo que fue torero hacerse animalista, y el pacifista hacerse guerrero? Claro que pueden. El pedófilo no siempre lo ha sido, ni tampoco el asesino, ni el masoquista ni el sádico ni el bendito, aunque tuvieran algunas predisposiciones para serlo. Ha sido la labor duradera de los tornasolados miles de yos que pergeñan los espejos quien les ha conducido  por esos caminos de anormalidad.

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Habrá quien objete que los recuerdos establecen una historia personal e intransferible que determina un solo yo, aunque sea un yo histórico y ambiguo en su manifestación, pero esta objeción –que  no refuta los múltiples yos antedichos sino que redefine el yo atribuyendo su unicidad a su cúmulo de experiencias y recuerdos—no resulta muy válida porque los recuerdos no tienen la consistencia que parecen tener. Durante los noventa del pasado siglo se dio en EEUU una plaga de acusaciones por parte de gente de mediana edad que aseguraban haber sido violados por alguno de sus progenitores durante la infancia. Más tarde se descubrió que se trataba de falsos recuerdos inducidos por una pléyade de psicoanalistas que sostenían sin criterio objetivo alguno que todas las enfermedades psíquicas provenían de abusos sexuales en la infancia.  David Eagleman, en su libro El cerebro, relata el caso de la neurocientífica Elizabeth Loftus, de la Universidad de California. Nos dice que cuando era niña su madre se ahogó en una piscina. Años más tarde un pariente le dijo que fue ella quien la encontró ahogada. Ella lo ignoraba, pero se puso a pensar en cosas que recordaba, como la llegada de los bomberos, y enseguida visualizó a su madre ahogada. Pero luego el mismo pariente la llamó para comunicarle que había sido un error, que fue su tía la que encontró el cadáver. Así que todo lo que había “recordado” era un producto de su imaginación. La memoria es frágil y muchas veces se rellena con cosas imaginadas.

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El yo viene a ser, también, valga la comparación, como la ciudadela de nuestro cuerpo, que tiene que hacer frente a las embestidas de la realidad, y para eso varía sus defensas, distribuye sus defensores, arregla lo destruido y construye nuevos torreones constantemente. Nuestros cerebros no paran de reescribir sus circuitos neuronales (no paran de curvar los espejos) para adaptarse a la realidad, y el yo cambia en correspondiente manera. Y, ¡pobre del individuo que tenga un yo poco elástico, es decir, que se haya mantenido siempre fiel a unas creencias, a unos deseos, a una forma determinada de sentimentalidad!, porque significaría que apenas ha aprendido nada en su vida.

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Literaturas celtas II

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Nos encontramos en el reino de Cornualles, situado frente a las costas del reino de Irlanda.  Los dos reinos se encuentran enfrentados. El mundo que se describe es celta, aunque adaptado a las modas de la Edad Media, que es la edad en que la historia se publica.

Tristán ha perdido a sus padres y es acogido por su tío Marcos, rey de Cornualles. Muere la mujer del rey y los nobles le urgen a tomar una esposa.

A partir de ese momento hace su aparición lo fabuloso.  Unas golondrinas que revoloteaban por el balcón de palacio donde se hallaba el rey, dejan caer en su mano un reluciente cabello rubio. Marcos, tal vez queriendo evitar un nuevo matrimonio, alega que sólo aquella a quien el cabello pertenece será su esposa. Tristán toma para sí el reto de encontrarla. Marcha a Irlanda y mata al dragón que atemorizaba el reino. Como recompensa, el rey de Irlanda le entrega a su hija Isolda (o Iseo), a quien, sorprendentemente, pertenece el dorado cabello. Tristán la conduce a Cornualles para desposarla con su tío, el rey Marcos. Pero, durante el marítimo viaje nace el drama.

Por error, la doncella de Isolda les da a beber de un odre que contiene un elixir de amor. El bebedizo, destinado a calmar su sed de agua, hace surgir en ellos una atracción que nada ni nadie puede calmar. Sin embargo, en Tristán, al amor por Isolda se superpone el cariño y el respeto por su tío el rey, a quien ella está destinada. Trata de sortear el dilema huyendo a Bretaña, pero ni la distancia ni el tiempo logran mitigar la fuerza amorosa del elixir.

Muy enfermo, organiza un complot para traer a Isolda con él. Entonces surge la tragedia. Estando a punto de reunirse de nuevo, un engaño le hace creer que no la han podido traer o no ha sido su deseo venir, y allí mismo muere de pena. Al poco, llega Isolda a su encuentro y lo ve muerto. Se abraza a él y muere de dolor.

Tal es la trágica historia de Tristán e Isolda. William Shakespeare, en su Romeo y Julieta, dispone un desenlace trágico similar. En España, Juan Eugenio de Hartzenbush, en su obra, Los amantes de Teruel, copia ese mismo final[1].  Un poeta de la corte inglesa compuso El Tristán e Isolda en 1170, y unos pocos años más tarde otro poeta francés, Robert de Borón, la reescribió, pero parece claro que la historia hunde sus raíces en la literatura galesa de Cornualles y que ambos escritores bebieron de la misma fuente celta. La obra se incluye en el Ciclo de Arturo.

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En el siglo XII, el bretón Geoffrey de Monmouth escribe la Historia de los reyes de la Gran Bretaña, con la que irrumpe en Europa el rey Arturo y sus hazañas. Arturo, de linaje celta, después de luchar contra los romanos vuelve a las Islas británicas para derrotar a Mordred (tal vez su hijo) y morir él mismo en la isla de Avalón[2] en el 542 d. C. También habla el autor de Merlín, y menciona que se basa en un manuscrito celta no encontrado.

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Pero no solo está Arturo, hay otras muchas figuras artúricas, como el caballero Lancelot del Lago, que tuvo amores adúlteros con la reina Ginebra, y que se puede rastrear también en la literatura gaélica irlandesa, pues muy parecido argumento al que entraña su figura, aparece en la literatura del Ciclo Ossiánico. Y sobre todos ellos pervive Merlín.

De la vida de Merlín, Monmouth nos dice que nació de medios maléficos sobre una joven virgen que lo bautizó en el momento de nacer para arrancarlo de las garras del diablo.  Merlín vive en el bosque aunque ronda los palacios de los reyes y nobles. El rey Uther de Pendragón le pide ayuda para seducir a Igerne de Tintagel, esposa del duque de Cornualles. Merlín confiere mágicamente al rey la figura del esposo de Igerne: yacen, se unen, y conciben a Arturo. Merlín toma a Arturo a su cuidado y le protege con su poderosa magia, llena de prodigios. No debemos de olvidar que Merlín es un druida.

Pero el poderoso mago es seducido por la bella Morgana, hermana de Arturo y maga como Merlín. La ambiciosa Morgana pretende arrebatarle su magia y poder. Merlín, anciano, seducido, enamorado, parece consentir, pues inocentemente realiza un conjuro que ella le ha sugerido y que convierte en prisionero a quien lo realiza. Así que, atrapado en una jaula de amor acaban sus días.

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Existen otros muchos personajes del Ciclo de Arturo –personajes celtas que cantaban los antiguos bardos—, cristianizados siglos después por la pluma de Godofrey de Monmouth o de Chretien de Troyes.  Tenemos a Sir Gawain, un caballero britano de la Tabla Redonda que a las órdenes de Arturo se enfrentan a los anglosajones que invadían el país. Una de las historias en que aparece es moralmente aleccionadora. Se hallan los caballeros reunidos en Camelot cuando aparece un caballero vestido de verde que lanza el reto de dejarse cortar la cabeza a cambio de hacer él lo mismo, un año después, con quien se la corte. Gawain acepta el reto. De un golpe seco de espada rueda la cabeza por el suelo. El caballero verde la recoge y marcha con ella bajo el brazo. En sus peripecias Gawain recibe cobijo en un castillo de una dama que durante tres días intenta seducirlo. Gawain vence la tentación. Al cabo del año debe ofrecer su cabeza al hacha del Caballero Verde. Pero éste le hace un mero rasguño en el cuello porque sabe que ha resistido a los encantos de la dama del castillo, que era su propia esposa.

También tenemos a otro de los pertenecientes a la Tabla Redonda, al caballero galés Persifal, que se lanza en la búsqueda del Santo Grial, la copa  que supuestamente utilizó Jesucristo durante la última cena. Pero el Santo Grial continuaría siendo objeto de leyendas que la sitúan en el Monasterio de San Juan de la Peña, en Huesca, y más tarde en la Catedral de Valencia, y finalmente es objeto de la película Indiana Jones y la última cruzada.

Una de mis historias de raíz celta preferidas se halla en Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, que escribió al finalizar el siglo XIV, y es El cuento de la comadre (o viuda) de Bath. Describe cómo en tiempos de Arturo un caballero que volvía de la caza robó la virtud de una doncella, y tanta la fue la indignación que causó tal hecho que Arturo lo condenó a muerte. Pero debía ser apuesto, ya que la reina y sus damas rogaron por él hasta el extremo de que el rey dejó a merced de la reina el castigo. La esposa de Arturo le presentó una prueba que debía superar para librarse de la pena. Le encomendó averiguar qué cosa desean todas las mujeres casadas sin excepción, y le dio un año de plazo para ello.

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Da para mucho un año y las respuestas que encontró el caballero fueron muchas, que si la riqueza, que si la honra, que si los ricos vestidos y las joyas, que si el placer sexual, que si quedarse viudas… pero ninguna de ellas satisfacía al caballero por completo, y, desde luego, no ponían de acuerdo a las mujeres en que fuera la respuesta verdadera.

Cumplía el año y andaba de regreso hacia la Corte, cabizbajo y con pena porque sus pesquisas no habían resuelto la prueba. Encontró entonces una anciana, fea y arrugada, a la que en un gesto de desesperación lanzó la pregunta: “¿Qué es lo que desean las mujeres por encima de todas las cosas?” Y la vieja meditó un momento pero antes de contestar le exigió que en caso de dar la respuesta correcta el caballero habría de cumplir un deseo que ella le pidiera a su debido tiempo. El caballero aceptó.

Marcharon hacia la Corte y allí declaró ante todos los caballeros y todas las damas que “tener poder y mando sobre sus esposos es lo que más desean las mujeres de este mundo”. Y ni uno solo de los allí presentes encontró motivos para contradecir la afirmación. El caballero salvó su vida.

Pero hete aquí que la vieja exigió ante el tribunal que el caballero cumpliese la promesa que le había hecho, la promesa de que la otorgaría un deseo, y tal deseo no era otro que… el de que se casase con ella. El horror y la aflicción subieron al rostro del caballero, y, así que lo vio la fea vieja –que a lo que se aprecia era maga poderosa—le  propuso lo siguiente a modo de consuelo:  “podéis escoger en qué queréis que me transforme, o vieja y fea de por vida, y con ello conseguiréis mi lealtad, fidelidad y obediencia, o que me transforme en una hermosa joven, con lo que os exponéis a que vengan a buscarme de todos los rincones del reino y me vaya con cualquiera, quedando vos como un cornudo. Elegid.”

Temblaba el caballero solo de pensarlo. Tardó toda una mañana y al fin se decidió: “señora, decidid vos por mí”. Replicó la anciana: “así, ¿os entregáis a mi gobierno y dominio?”. Me entrego, dijo el caballero. La vieja le exigió un beso y fue recibirlo y transformarse en una bella joven de numerosos encantos.

La moraleja aparece ante nuestros ojos clara: sólo si te sometes a la mujer podrás obtener lo bueno que ella atesora.

Me falta sólo agregar algunos de los grandes escritores que han dado las tierras de Irlanda: Jonathan Swift; Geoffey Keating; Oliver Goldsmith; Thomas Moore; George Bernand Show; Oscar Wilde; James Joyce; Samuel Beckett y W. B. Yeats.

 

 

 

 

[1] He de señalar, con cierta sorna, que en Teruel ha cobrado esta historia tal renombre que es motivo de festejos y de atracción turística, en los que, pícaramente, se niega toda referencia al autor queriendo hacer creer que se trata de una leyenda local o que, incluso, los protagonistas existieron como tales alguna vez. Tienen sus estatuas, sus mausoleos y sus calles dedicadas, y las gentes que acuden al lugar tienen por seguro que existieron.

[2] Arturo no es un personaje de la Edad Media inventado; su nombre aparece ya en el poema Y Goddolin, escrito en galés alrededor del 600 por un bardo. En el siglo VI el historiador britano Gildas reconoce a Arturo como rey de los celtas britanos. En la obra Historia Brittonum, otro historiador habla de los enfrentamientos del rey Arturo con los invasores anglosajones. Aún otros manuscritos hablan de la batalla de Camlann, en la que murieron Arturo y Mordred, así que no cabe dudar de las raíces celtas del Ciclo de Arturo, aunque las historias vieran la luz a partir del siglo XII.

 

Literaturas celtas

Literaturas celtas

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Allá donde miremos, sobre todo si es cine o música o novela, es fácil que podamos descubrir lejanas o cercanas influencias celtas. El espíritu mágico del mundo celta es reconocible en Harry Potter; el espíritu guerrero que les animaba se trasluce en El Señor de los Anillos de Tolkien, y en Conan el Bárbaro; en Astérix y Obélix vislumbramos algunas de sus costumbres. Además, la música celta está de rabiosa actualidad: ahí se halla, destacando entre otros muchos autores, la figura de Enya. El oscuro mundo celta, con su atmósfera de magia y misterio, nos atrae con intensidad. De forma breve, de todo ello quiero hoy hablar, aunque en la literatura ponga el mayor énfasis.

El que, en contra de mis costumbres, me asome hoy al mundo de la literatura, y con mayor particularidad a la literatura de origen celta, se debe al flechazo que me ha producido un antiguo poema irlandés –en su versión inglesa—que luego expondré. Pero antes, para entrar en materia, hablaré de los celtas, de su idiosincrasia como pueblo y de sus vicisitudes.

Los llamados Celtas fueron pueblos de origen indoeuropeo que se extendieron hasta el siglo IV (a.C.) por un área de dos millones de kilómetros cuadrados que abarcaban el centro de Europa, oeste de la Península Ibérica, Francia, Reino Unido, Irlanda, y una buena parte de la actual Turquía, la interior.

Conocemos algunos rasgos característicos suyos. Por ejemplo, que eran amantes de practicar opíparos festines que duraban varios días. Que su gran pasión era la guerra y que los alardes guerreros estaban a la orden del día; que creían en una vida después de la muerte en la que seguirían guerreando (por tal razón, su desmedido valor, que los historiadores romanos tildaban de desprecio por sus vidas). Sabemos que creían fervorosamente en la magia de los conjuros, de los brebajes y de los hechizos, y en el fácil tránsito desde el Más Allá a esta vida. Que moraban en los bosques rodeados de empalizadas para protegerse de los enemigos. Que practicaban sacrificios humanos y que nunca construyeron ciudades ni imperios. Sabemos del poder de los druidas, del tipo de roble donde cada sexto día de la luna cortaba con hoz dorada el muérdago que utilizaba en rituales, conjuros, medicinas y antídotos de venenos. Sabemos de las periódicas ceremonias de los druidas en el claro de los bosques…pero…

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A mi entender, en el mundo celta se produce un hecho diferencial en relación a otros pueblos y a otras culturas; un hecho que será, por un lado,  el causante del escaso conocimiento que tenemos de su historia y de sus vidas, pero que, también, tendrá vital influencia en su rica literatura. Ese hecho es el no poseer escritura y el, consiguientemente,  haber tenido que depositar los acontecimientos y saberes de la tribu en la memoria de los bardos y los druidas. Los druidas eran los encargados de aprender y memorizar la historia, las leyes y los conocimientos de la tribu, de ahí el gran poder que poseyeron. Los bardos eran los poetas de las cortes celtas, sobre todo en Irlanda, y portaban con ellos todas las historias, mitos, leyendas y fantasías del mundo celta.

Los bardos tenían necesidad de deslumbrar a la noble audiencia de los palacios, y eso fomentó en los ellos una gran capacidad para transformar la narración en rica y cambiante fantasía mitológica. De esa necesidad de subyugar al oyente surge el embrión de la maravillosa literatura celta. Y entonces, cuando ya el mundo celta sólo pervivía en Irlanda, ocurre otro hecho crucial por el que conocemos la literatura celta irlandesa y por el que ha pervivido con gran vitalidad hasta nuestros días: es el hecho de que muchos bardos se convirtieron en monjes y habitaron los dispersos monasterios de Irlanda cuando el cristianismo, durante los siglos V y VI,  echó sus raíces allí.

Los grandes focos de la literatura que ha llegado hasta nuestros días: Gales, Escocia, pero, sobre todo, Irlanda y la Bretaña francesa. El porqué esas regiones sí y el porqué otras regiones no nos han trasmitido su saber, se entiende atendiendo a razones de conquista. Cuando en el 142 d.C. la muralla de Adriano terminó de construirse, lo que hoy es Inglaterra quedó sometida, aunque no así Escocia, al norte de la muralla. Durante los siglos V y VI los anglos, los jutos y los sajones, pueblos germánicos, conquistaron la Gran Bretaña pero se asentaron principalmente en su lado este, manteniéndose en Escocia, Cornualles y Gales la población celta y su cultura. Irlanda no sufrió la ocupación romana ni la anglosajona. Arribaron a sus costas los vikingos y posteriormente (1171) de los normandos (asentados ya en Inglaterra), pero apenas ejercieron poder cultural sobre la isla. Sin embargo, entre el siglo V y el VI Irlanda, con San Patricio a su cabeza, se cristianizó. Pero fue un cristianismo peculiar que se adaptó al mundo celta y plasmó su singularidad en monasterios que irradiaron a toda Europa, donde los monjes –muchos de ellos antiguos bardos—vertieron al latín las ancestrales narraciones y los conocimientos de los celtas irlandeses. Y no solo al latín, sino que, utilizando el alfabeto latino como vehículo, dieron forma escrita a la lengua gaélica de Irlanda.

El Ciclo del Ulster, puramente irlandés, y el Ciclo Ossiánico, donde irlandeses y escoceses son protagonistas, son dos de los grandes relatos del mundo celta clásico que fueron rescatados por la escritura gaélica. En el Ciclo del Ulster se relatan las aventuras guerreras de los héroes mitológicos irlandeses, sobresaliendo la figura de su campeón, Cúchulainn. El Ciclo Ossiánico está compuesto por poemas que relatan las hazañas del guerrero Finn, siendo el hijo de éste, Ossian, el narrador.

El porqué de otro foco en la Bretaña francesa requiere otra explicación. La romanización de la Galia por parte de Julio César llevó a muchos galos a refugiarse en las Islas Británicas. Una vez llegados los conquistadores romanos a estas islas, la cultura, las costumbres y las instituciones celtas se mantuvieron en buena medida inalteradas, entre ellas el druidismo. Pero con la retirada de los romanos y la llegada de los pueblos germánicos nombrados, el saqueo del mundo celta en la Britania se hace sistemático. Los britanos que pueden se refugian en las tierras altas de Escocia, en el escarpado Gales, o huyen hacia la antigua Armórica, la Bretaña francesa, cuna desde la que muchos de sus ancestros habían salido siglos atrás.

Los grandes y tardíos relatos que surgen de la Bretaña francesa reciben el nombre de Ciclo de Arturo: el rey Arturo, Merlín, Morgana, la Tabla Redonda, el Santo Grial, Percival, Lancerot… son figuras del paganismo celta embadurnadas de cristianismo, que significaron el nacimiento de la novela en Europa, y que constituyeron todo un fenómeno en la Europa Medieval.

Aquí pongo un punto en el escrito, por razones de longitud, para continuarlo en la siguiente entrada. Ahora quiero mostrar el hermosísimo poema,  Donal Og,  causante de mi ánimo para emprender esta narración

Torpe y pobremente he traducido,  de una traducción del gaélico al inglés realizada por Lady Augusta Gregory, lo que sigue:

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Donald Og- Anónimo irlandés del siglo VIII

 

Cercana a fenecer ayer la noche el perro hablaba de ti;

el ave agachadiza hablaba de ti desde lo hondo de su marisma.

Que eres tú el pájaro solitario que cruza los bosques,

y que estarás sin pareja hasta que llegues a mí.

 

Me hiciste una promesa y me mentiste,

que te hallaría donde el ganado se junta;

te lancé un silbido y trescientos gritos,

y allí sólo hallé un cordero que balaba.

 

Me prometiste algo que te era caro de dar,

un velero de oro bajo un mástil de plata;

doce ciudades con un mercado en cada cual,

y un hermoso patio blanco al lado del mar.

 

Me prometiste algo imposible,

que me darías unos guantes de piel de pez,

que me darías zapatos de piel de pájaro,

y un traje de la más apreciada seda de Irlanda.

 

¡Cuando llego al Pozo de la Soledad,

y sentada recorro lo que me turba;

cuando miro el mundo y no veo a mi amado,

el de cabellos con tonos de ámbar!

 

Fue aquel domingo en que te di mi querer;

el domingo anterior al de Pascua

yo arrodillada leyendo la Pasión;

y mis ojos lanzándote amor eterno.

 

Mi madre me dijo que no hable contigo hoy,

ni mañana ni el domingo;

escogió mal momento para decírmelo:

cerraba la puerta  después de que hubieran robado en la casa.

 

Está mi corazón tan negro como la negrura del endrino,

o como el negro carbón de la fragua del herrero,

o como la huella de una pisada en los salones blancos;

fuiste tú quien puso esa oscuridad en mi vida.

 

Me has arrebatado el Este y el Oeste;

te has llevado lo que estaba frente a mí y tras de mí;

te has llevado la Luna y me has arrebatado el Sol;

y mi gran temor es que me hayas quitado a Dios.

Donal Og
It is late last night the dog was speaking of you;
the snipe was speaking of you in her deep marsh.
It is you are the lonely bird through the woods;
and that you may be without a mate until you find me.

You promised me, and you said a lie to me,
that you would be before me where the sheep are flocked;
I gave a whistle and three hundred cries to you,
and I found nothing there but a bleating lamb.

You promised me a thing that was hard for you,
a ship of gold under a silver mast;
twelve towns with a market in all of them,
and a fine white court by the side of the sea.

You promised me a thing that is not possible,
that you would give me gloves of the skin of a fish;
that you would give me shoes of the skin of a bird;
and a suit of the dearest silk in Ireland.

When I go by myself to the Well of Loneliness,
I sit down and I go through my trouble;
when I see the world and do not see my boy,
he that has an amber shade in his hair.

It was on that Sunday I gave my love to you;
the Sunday that is last before Easter Sunday
and myself on my knees reading the Passion;
and my two eyes giving love to you for ever.

My mother has said to me not to be talking with you today,
or tomorrow, or on the Sunday;
it was a bad time she took for telling me that;
it was shutting the door after the house was robbed.

My heart is as black as the blackness of the sloe,
or as the black coal that is on the smith’s forge;
or as the sole of a shoe left in white halls;
it was you put that darkness over my life.

You have taken the east from me, you have taken the west from me;
you have taken what is before me and what is behind me;
you have taken the moon, you have taken the sun from me;
and my fear is great that you have taken God from me!

 

 

 

 

Fanáticos

 

Al haber sido un mucho rebelde y una pizca desconfiado, resulté refractario al sectarismo—pues las sectas exigen sumisión y confianza—aunque no niego que fui tentado a encuadrarme bajo ciertas siglas y ciertos símbolos. Dejaron de insistir en cuanto se percataron de que entre mis virtudes no estaba la de ser sumiso. No discrepar de la opinión reinante es la principal virtud del animal de rebaño. Pero yo discrepo incluso de mí mismo. Hoy puedo estar convencido de la certeza de un juicio, y mañana, tras de indagar en ello, puedo convencerme de lo contrario. Tal fluctuación, que puede parecer veleidad, no me impide poseer creencias firmes, creencias arraigadas en las arenas de la razón y de la lógica de los hechos, y, ciertamente, como todo el mundo, tengo también un poso de creencias irracionales.

La mejor manera de que uno no cambie ningún juicio o idea o creencia consiste en no aprender nada nuevo: los juicios sobre las cosas, eternamente repetidos, van día a día cavando profundas trincheras y las creencias más absurdas arraigan en la conciencia. Lo curioso del caso es que suelen ser juicios o creencias ajenas que uno toma prestadas y hace suyas sin otro criterio que el de seguir la opinión del rebaño. Esta falta de indagación, de criterio propio, esta falta de renovación de ideas, facilita la aparición del fanatismo.

El fanático, en un dogmático monólogo consigo mismo, repite: yo tengo razón; yo poseo la verdad absoluta; tú estás equivocado; tú eres mi enemigo. En esencia, todo aquel que no comparte su visión del mundo o de alguna particular parcela de la realidad, es culpable a ojos del fanático. Los que ya tenemos una cierta edad hemos conocido el fanatismo de que hacía gala la Iglesia Católica: todo aquel que no se cobijase en ella era reo del infierno. Afortunadamente, sus fanáticos propósitos han desaparecido o están desapareciendo. Todo lo contrario a lo que ocurre en el Islam, que ha revitalizado su fanatismo en los últimos lustros.

Pero hay otros grupos tanto o más fanáticos que los religiosos y que actúan como lobos con piel de cordero. El fanatismo nacionalista, cuyos dramáticos efectos se hicieron palpables con la desmembración de la antigua Yugoslavia y la orgía de sangre que tal hecho produjo. El nacionalismo catalán, que ha dividido Cataluña en dos y ha separado familias, amigos y amantes (parece como si la historia nunca enseñara nada). Tenemos a veganos que te asesinarían por el delito de comer carne; a no fumadores que te asfixiarían por encender un cigarro; animalistas que quitarían la vida a cazadores y aficionados a las corridas de toros; a ecologistas que tienen por más la vida de un lagarto o un tomillo que la vida de una persona; feministas radicales que caparían a todos los hombres; igualitaristas que serían capaces de destruir todas las riquezas y todos los bienes existentes en el país para que, en la miseria, todos fuéramos iguales.

Y tienen otra particularidad los fanáticos: pretenden redimirnos. Es decir, albergan el propósito de que seamos felices o de que ganemos la bienaventuranza eterna aunque sea a fuerza de decretos y martillazos. El comunismo y el socialismo pretendieron liberar a las gentes de su yugo, y ya sabemos lo que trajeron. Temo si alguien me quiere redimir sin yo haberlo pedido. La tradición de redimir es de las religiones: del cristianismo, del islamismo, del socialismo… Pretenden actuar altruistamente con nosotros, pero ¡que los cielos me libren de su altruismo!

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El fanático vive encerrado en una burbuja de información en la que no entran opiniones distintas a las que inyectan en dicha burbuja sus líderes. Han de leer un determinado diario, ver una determinada cadena de televisión, escuchar determinados debates o charlas, juntarse con determinados individuos…; solo así gozará el fanático de creencias firmes. La burbuja informativa no puede contener productos tóxicos. Conozco a marxistas que no leen nada que no venga reflejado desde el horizonte del marxismo; conozco a independentistas catalanes que se prohíben ver otra emisora televisiva que no sea la que propugna la independencia. Y algunos de ellos son profesores universitarios. La cortedad de sus miras, encerrados como están en una ilusión irracional y en una burbuja informativa, les imposibilita la percepción de la realidad. De no poseer una perspectiva amplia y variada, veremos la realidad deformada y mutilada, inconexa. Una monolítica forma de mirar le convierte a uno en fanático.

El fanático sitúa una idea por encima de su propia vida, por encima de sí mismo. Se hace esclavo de esa idea y está dispuesto a sacrificarse por ella. Recordemos a los que se inmolan, a los que prefieren vivir en la miseria pero ‘todos iguales’ (véase Venezuela), al payés catalán que dice preferir arruinarse e incluso morir por la independencia de Cataluña. Las naciones han inculcado siempre el fanatismo entre la población, sobre todo en caso de guerra, pero también para tener a la gente abnegada y sumisa: el ‘Patria o muerte’ de Fidel Castro, el lema de ‘Todo por la Patria’ de la Guardia Civil…

Fanático es aquel que posee una sola mirada y una inatacable convicción acerca de una idea de justicia o redención, pero la idea no lo es todo, en ocasiones apenas existe idea o tan solo existe de manera formal y el fanático se nutre sólo de odio y ansias de revancha. En el mundo musulmán la mujer juega un papel secundario y apenas posee derechos ni libertades. Preguntémonos entonces  por qué el feminismo, sobre todo el más radical, no protesta por tales ocurrencias sino, al contrario, suele defender con vehemencia al Islam. En todos los países musulmanes se persigue la homosexualidad, y en algunos el homosexual es reo de la máxima pena, pero el  lobby LGTBIC no levanta su voz contra el Islam. Existe mucho fanático con la máscara-idea puesta en el rostro, pero si la levantáramos no aparecería otra cosa que odio y revancha. Pero este es otro asunto que tal vez trate más adelante.

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Mirada incierta al futuro

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Nos hallamos, sin duda, en los albores de una época de grandes turbulencias. Los nuevos tiempos han planteado una multitud de incógnitas, cada una de ellas con sus dilemas de incierto pronóstico. En China, en India, en Corea, en Malasia, se han producido transformaciones económicas gigantescas. Las actuales corrientes migratorias solo tienen parangón con las acaecidas antiguamente en las estepas asiáticas con destino al limes romano. La interconexión global, los acelerados avances tecnológicos, los hitos alcanzados en inteligencia artificial y en la manipulación mediante biotecnología, auguran cambios drásticos en los ámbitos sociales y laborales. Parece como si los nuevos tiempos nos hubieran arrastrado a un vórtice marítimo de magnitud y alcance imprevisibles que puede hundirnos en gélidas aguas o transportarnos a viscosos universos de dimensiones desconocidas. Como el reumático que barrunta frío o lluvia por el dolor de sus articulaciones, el malestar general del mundo no parece augurar nada bueno.

Las amenazas de futuro que se ciernen sobre nuestras cabezas son de muy diferentes tipos. Algunas de ellas presentan un claro cariz geoeconómico, como el acelerado desplazamiento de los centros de producción de tecnología y riqueza de Occidente a Oriente. China, Corea del Sur y Japón, están hoy, junto con los EEUU, a la vanguardia mundial del poder financiero y tecnológico, y están dejando atrás a Europa. En relación a este aspecto, los países que no sepan adaptarse con rapidez a los cambios productivos y cuya laboriosidad no se encuentre a la altura de sus más directos competidores, pueden colapsar económicamente, pueden verse arrojados al furgón de cola del tren de la prosperidad.

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Pero quizás se encuentren las mayores amenazas –y las mayores esperanzas—en  las nuevas tecnologías y en su aplicación. Lo que se ha dado en llamar robótica, inteligencia artificial, inteligencia colectiva, biotecnología, ingeniería genética, biología sintética, están ya abriendo el camino de una nueva revolución industrial (la cuarta o quinta, según distintas apreciaciones) que, como todas las anteriores –si no mucho más—tendrá grandes repercusiones en lo económico y en lo social.

Se habla ya de que en algunos modos de producción, como las cadenas de montaje, la mano de obra será sustituida por robots en su totalidad, y que en muchas profesiones que a priori  no parece factible su automatización los grados de sustitución podrían alcanzar un 50%.

No cabe duda de que en el corto plazo estas transformaciones en los medios y modos de producción traerán consigo grandes desajustes sociales que pueden causar  rupturas en la homeostasis social de las sociedades avanzadas. Por ejemplo, un aumento desmesurado del número de parados, y una bajada general del nivel de vida de las clases medias. Pero las consecuencias a medio plazo, por la incertidumbre que presentan, pueden resultar aún más catastróficas, y las soluciones que se proponen, tales como imponer tasas contributivas por cada robot empleado o la de un salario mínimo universal, no parece que sean muy satisfactorias. No mientras las empresas puedan deslocalizarse hacia países con tasas más bajas que las existentes en los países de origen, y no mientras  la población desempleada  carezca de la perspectiva de qué hacer con su ocio y con el resentimiento que posiblemente le genere su situación laboral; además de la aparición de un nuevo estrato social (y posiblemente una refundación y transformación de los demás), la de los desempleados de por vida.

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Pero, en otro sentido, las complicaciones pueden devenir tenebrosas: las empresas, la organización social, el control sobre esa organización, la política, las decisiones de todo tipo, pueden acabar sometidas al control de los sistemas de inteligencia artificial empleados para facilitar su eficacia. Y no se olvide que estos sistemas irán siendo más y más avanzados, con mayores capacidades de procesamiento y con mayor autonomía. No existe ningún argumento convincente que nos haga creer que esos sistemas –esas nuevas entidades—no tomarán en el futuro el control total allí donde actúan. No existen argumentos convincentes que nos dé la seguridad de que no seremos desplazados. O bien, que quien controle esos sistemas (o robots) no los utilice para imponer su tiranía sobre el ciudadano y sobre la sociedad en general; o bien que los sistemas sean hackeados y envirusados, pudiéndose convertir cualquier hacker en responsable de una gran catástrofe o en la destrucción y el caos. Piénsese que los nuevos ordenadores cuánticos podrán llegar a tener velocidades de procesamiento cientos de miles de veces mayor que las de los procesadores actuales. Con ellos muchas cosas que ahora nos resultan de ciencia-ficción serán posibles; como enseñar a un robot a replicarse y a aprender (con lo cual les estaríamos dando el control futuro de la humanidad), como hacerles creadores de nuevas especies biológicas o de una nueva especie en la que lo biológico y lo electrónico se comparta.

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La biología sintética, que combina la biotecnología y la robótica, sin duda tiende un puente hacia el sueño tan antiguo de crear una forma de vida nueva. Recuérdense los proyectos de construir autómatas, tan antiguos como la guerra de Troya,  o los intentos llevados a cabo por Alberto Magno o Leonardo da Vinci, o los innumerables que se construyeron en China o en Japón o en la Europa del siglo XIX. Pero mucha mayor semejanza tendría esa nueva forma de vida con el Golem, que según la mitología judía habría sido creado de barro, a imagen de Adán, insuflándole una chispa divina. Se le daba la vida escribiendo la palabra Emet en su frente, y se le desactivaba borrando la primera letra. Meyrink Gustav escribió una novela con ese título, Golem, y lo sitúa en Praga. Y recuérdese al Monstruo del Doctor Frankestein.

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El caso es que si con el empleo de células madre resulta ya posible la reparación, e incluso creación, de órganos biológicos, y si la sustitución de cadenas de ADN en unas cuantas o en la totalidad de las células de un organismo es ya un proyecto avanzado que a poco tardar tendrá resultados prácticos, cualquier ficción estará a nuestro alcance. Pero si a tal inimaginable avance le añadimos la posible sustitución de algunos elementos biológicos de un cuerpo orgánico –un órgano o una parte de él, por ejemplo—por sistemas de nanotecnología electrónica, los cuales potenciarían o modificarían a nuestro antojo la actividad y función del órgano, el avance sería grandioso, nos convertiría en dioses.

Pero ese nuevo individuo sintético, con capacidades y atributos escogidos a la carta, podría dar lugar a una nueva especie, con rasgos seleccionados, que, en caso de aplicarse a la especie humana, desembocaría, sin duda, en ese  mundo que describe Huxley en Un mundo feliz, la producción de especímenes destinados a servir a ciertas finalidades sociales y formando parte de grupos o clases separados, según esa finalidad. Es decir, un hormiguero humano. Un auténtico peligro. Pero un mayor peligro aún es el de la creación de superhombres o superrobots con la bionanotecnología a nuestro alcance. Hemos llegado descifrar el código genético de nuestra creación, y estamos aprendiendo a reescribirlo, lo cual es ya un desafío harto peligroso, pero crear un autómata que pueda hacer lo mismo (puede ser programado para aprender) y que tenga incluso muchas mayores capacidades de procesamiento y aprendizaje de las que nosotros tenemos, que aprenda a hacer por sí mismo las labores que a nosotros nos ha costado millones de años de evolución, puede desembocar en que el dicho autómata llegue a dominar a sus creadores o que incluso pueda modificar a estos, que pueda reescribir su ADN y el nuestro, que nos convierta en objeto de su investigación, o que incluso nos borre del mapa. Todo un  peligro a dos pasos de distancia.

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Bueno, el caso es que empecé a escribir con la intención de hablar de la insostenible polución medioambiental, del terrorismo islámico, de la irracionalidad de las abigarradas megaciudades que se han creado, de los alienantes medios de comunicación, del enfrentamiento entre el capitalismo y el socialismo, de las soluciones económicas y sociales, la Globalización…, pero se me ha ido la mano y me he ido por otro camino. Tal vez más adelante vuelva a lo anterior.

 

 

 

 

 

Reflejos de luz entre las sombras

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El patriarca Abraham rogó al dios de los judíos, Yahvé, que perdonara a Sodoma si se encontraban en ella diez hombres justos. Sodoma pereció. A Jorge Luis Borges, uno de los pocos hombres de mérito por los que la humanidad debería salvarse, le negaron el Premio Nobel y fue atacado por jaurías de lobos babeando odio e ignorancia.

Los premios Nobel no son ajenos a la perversión política, singularmente en lo que se refiere a los de la Paz y la Literatura. Kessinger, Ho Chi Minh y Obama, tres de los galardonados, más se distinguieron por las guerras que desencadenaron que por la paz que supuestamente lograron. En lo literario, el que le dieran el premio a Bob Dylan en 2016 y que solo unos pocos de los grandes lo hayan recibido en el siglo XX, da idea de lo dicho.

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La verdadera realidad del mundo es que todo movimiento se rige por intereses: individuales, colectivos, económicos, ideológicos, sociales o territoriales. Todo son intereses. Esa sombra de nuestra animalidad básica que es el egoísmo, como antaño sucedía con la peste, se cobija en los rincones de cada casa. Las máscaras humanas nacieron con la pretensión de ocultar este hecho y mitigar su fuerza destructora. Pero las máscaras, como el anillo de Gollum, se incrusta en las carnes y sus sombras se introducen en el corazón de las gentes. La máscara de la paz que lució Obama ha incendiado Oriente Medio y he hecho germinar odios gigantescos y víctimas sin cuento. La máscara del altruismo la usan tanto las gentes de alto copete para tapar sus vergüenzas como el buscador de aventuras y sueldo como el compasivo. Luces y sombras.

En los mejores sentimientos anidan las víboras más venenosas. El amor a los animales, si franquea sus límites, suele convertirse en odio a la humanidad. Ha habido toda una orquestación mundial para erradicar la rudeza de los hombres, para sensibilizarlo hasta el extremo de hacerle sentir la muerte de una medusa. Se ha legislado, se han otorgado derechos, se han levantado altares al amor a los animales, y, como consecuencia, se sustituyen niños por mascotas y se evita la relación humana, incluso se detesta.

De manera paradójica, por supuesto amor a los animales se nos pide que mutilemos nuestra animalidad. Esa que reclama venganza y crueldad frente al enemigo. Pero la animalidad reprimida se vuelve contra uno mismo y contra lo humano en general. Que nadie se lleve a engaño, Caperucita y el lobo son la misma cosa, forman parte del mismo individuo, así que suele ser habitual que quienes más se visten de piadosos sean quienes más odian.

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La visión del mundo, las verdades, los valores, han seguido a lo largo de la historia un movimiento pendular, pero éste, hoy en día, se ha vuelto errático. Después de periodos de calma arrecian tempestades, después de periodos de razón, el absurdo reclama su imperio. A la lacra de la corrupción política le sigue ahora una moral populista que pretende acabar con las libertades políticas. El populismo se ha encarnado de nuevo.

Si las revueltas del 68 fueron ilusionantes, las secuelas que dejaron fueron espantosas. La incongruencia y el absurdo revolucionario fueron tan mayúsculos que, desde una Europa de libertades y riquezas, una buena parte de la juventud y de la intelectualidad, los autodenominados progresistas, reivindicaban la Unión Soviética y lucharan para imponer mediante el terror y la revolución ese modelo en sus países. Recordemos…, la Unión Soviética, mísera y abyecta prisión. Toda la ideología que les animaba eran simples mantras que repetían incansablemente: “Prohibido prohibir”, “el poder nace del cañón del fusil”, “no hay inocentes”, “toda propiedad es un robo”…, y con esas banderas se lanzaron al terrorismo. Hoy, con mantras similares, “Memoria histórica”, “violencia de género”, “derecha corrupta”, el nuevo progresismo reivindica Cuba y Venezuela, en donde la opresión y la miseria han establecido su territorio. Absurdos imitando a absurdos. Otros mantras, aun cargados con más odio, se repiten hasta la saciedad en Cataluña contra España. Sombras sobre sombras.

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 Nos aseguran estos adalides del resentimiento que cualquier conducta y actitud es válida –si no contradice a la que ellos proclaman. Hoy se proclama que el delincuente y el héroe valen lo mismo.

El ansia de notoriedad y la legión de descerebrados que creen valer en cualquier asunto lo mismo que vale el más excelso, dominan hoy el panorama social. La excelencia, el rango, el poseer criterio, la habilidad, la presteza, los méritos, son  perseguidos por las masas del resentimiento con la intención de erradicarlos. Hoy domina una moral de jóvenes, subversiva y banal.

Ser joven y ser contestatario, e incluso sentirse revolucionario, proporciona sensaciones agradables, una cierta experiencia he tenido al respecto, pero esas actitudes no deben de pasar del conato, pues a la gente joven le sobra vitalidad y le falta entendimiento. Tanto es así que entienden la democracia como el derecho a tener todo sin esforzarse en nada.

Así que el individuo de valía se evade de la masa y camina solo o en la mera compañía de los pocos que le son afines. Borges fue uno de esos hombres santos cuya mera existencia redime al mundo de su banalidad. Los masticadores de odio lo vilipendiaron con saña. El sayón por el que hoy los argentinos se embarcan aún en cruzadas, el que sacrificó todo por el poder, Perón, con el fin de producirle escarnio, le nombró inspector de aves. Pero el escarnio que quería infligir recayó sobre él mismo para toda la eternidad.

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Maculados por la política los prohombres de la Academia Sueca le negaron el Premio Nobel a Borges como hoy en día se lo niegan a Philip Roth y se lo entregan al díscolo Dylan (aunque confieso que su Knocking on Heaven’s door arranca notas de sublime emoción en mi espíritu). Ahora me viene a cuento, perdón por la interrupción, que dos de las más hermosas canciones que se han escrito en el siglo XX, la recién nombrada de Dylan y el Hallelujah de Leonard Cohen, pronuncian palabras sacras, como si en lo arquetípico cifráramos nuestras creaciones más excelsas. Más luces para disipar las sombras. Tal vez Borges y las dos canciones nombradas presenten valía suficiente para que un indefinido y omnipotente señor del Universo considere que la humanidad subsista. En cualquier caso, existen infinidad de otras luces que nos redimen de lo banal y perverso de nuestro existir y actuar. Ahí está la luz de la amistad, la de los bellos relatos, la del romanticismo, la del conocimiento, la de la alegría y del respeto, tratando de iluminar las sombras del odio y del absurdo.

 

LOS NUEVOS CONVERSOS

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Se denomina converso a aquel que ha adoptado nuevas creencias políticas o religiosas aborreciendo las que tenía previamente. Así lo proclaman los diccionarios, pero la cosa tiene más miga de lo que aparenta, y me atrevo a decir que hablar de creencias resulta presuntuoso en los más de los casos. Alego tal reparo porque la conversión siempre tiene mucho más de tránsito sentimental que de tránsito ideológico. Pero ya se pondrá en claro el asunto.

Lo que llama la atención en el nuevo converso es su radicalización, y a tal proceso dedico este escrito. Vemos al diputado de Congreso, el tal Rufián, que se enfrenta a sus ancestros y a su lengua materna y a sus compañeros de la infancia y se enfrenta a toda España, con una arrogancia y agresividad amenazantes y chulescas. Recordemos también que el Gran Inquisidor Torquemada era un judío converso. Y no debemos olvidar que las filas de esos radicales nacionalistas de la CUP que han paralizado la Universidad catalana durante meses están repletas de jóvenes cuya lengua materna y sus apellidos y sus amistades son de raíz castellana.

Voy a pasar a otro tipo de conversos, los que se hacen musulmanes, pues de ellos se poseen más datos en países como el Reino Unido o Norteamérica, ya que aquí en España lo políticamente correcto es una mordaza que impide que datos de ese tipo se publiquen. En esos dos países se ha puesto en evidencia que los musulmanes más radicalizados son los de reciente conversión. En el RU los conversos son un 4% del total de musulmanes pero representan un 12% de yihadistas de nacionalidad británica. En EEUU un 20% del total de musulmanes se crió en otra religión, pero un 40% de ellos fueron alguna vez arrestados bajo la sospecha de haber sido reclutados por el IS. En Francia, Alemania y Holanda resulta cuatro veces más probable que los nuevos conversos se alisten en la Yihad que los musulmanes que se criaron en esa religión.

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Los psicólogos sociales siguen debatiendo las causas de esta radicalidad del converso. Yo voy a ofrecer mi versión del proceso que tiene lugar.

Partamos del hecho ampliamente constatado de que el nuevo converso se sentía previamente “erradicado” de su ambiente social, desvinculado. El Rufián mentado tiene a gala contar que fue a raíz de su entrada en un Instituto de Educación en el que la lengua catalana dominaba con imperio, que sus mimbres nacionalistas se tejieron. Muchas de las conversiones al Islam ocurren en prisión, lugar de desamparo donde los haya; o en ambientes degradados socialmente de los que el individuo quiere escapar. En tales ambientes el sujeto se carga de resentimiento y odio, se hace antisistema, contracultural, y si un grupo que le brinde cierto cobijo llama a su puerta, la abrirá de par en par.

Para el neófito el grupo de acogida es un seno materno que le ofrece comunión y hermandad; el grupo lo “radica”, le otorga credenciales nuevas. La entrada viene a ser para él un rito purificador, tal como la inmersión de los seguidores de Juan Bautista en el río Jordán, es decir, el neófito se siente purificado, limpio de los estigmas y máculas que previamente arrastraba consigo.

Y lo que es igualmente importante, el sujeto siente que su odio y su resentimiento están justificados, ya que el grupo le presenta a un enemigo a quien hace responsable de todos los males que el neófito padecía y contra quien encauza y vierte sus odios. España es tu enemigo, Occidente es tu enemigo, es el culpable de todos tus males, le dicen severamente al neófito nacionalista catalán o al neófito islamista, y acompañan lo dicho con una palmadita de amparo y afecto en la espalda. De ese modo el aspirante a converso vence todas las prevenciones que tenía contra la doctrina que impera en el grupo de acogida. Entra en el redil agradecido y purificado.

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El siguiente paso consiste en introducir en el horizonte imaginativo del sujeto un paraíso de redención: una quimérica Ítaca en los casos del independentismo vasco o catalán, el paraíso socialista por venir en el caso del comunismo, o un placentero y eterno paraíso repleto de huríes en el caso musulmán. Tal ilusión amortigua en el converso el impacto de la sangrante realidad en que vive, y le infunde la esperanza de una felicidad venidera sin tasa.

Por último, la explicación del hecho de su radicalidad. Es el más sencillo de explicar: el nuevo converso debe ofrecer muestras fehacientes de que se consagra a su nueva fe poniéndose en la vanguardia reivindicativa. Quienes sigan las vicisitudes de las bandas callejeras latinas en ciertos países de Sudamérica o en los EEUU, o quienes, al menos, hayan visto series televisivas sobre el tema, saben que el pacto de entrada en la banda ha de sellarse con un acto de violencia o de sangre. Solo de esa manera se le considera al neófito parte del grupo, solo de esa manera se eliminan las suspicacias de los miembros más antiguos. Así se explica que los nuevos conversos musulmanes sean los más propensos a engrosar las filas de la Yihad; y se explica que se señale a los charnegos como los más agresivos en las filas del independentismo. El converso debe afianzar sus nuevas señas de identidad con un acto de agresión al enemigo. Debe hacer visible a los ojos de los demás que encauza contra él su odio.

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OPINIONES E INTUICIONES

 

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Hombres y mujeres

Cuando los hijos abandonan el nido familiar la mujer sigue ejerciendo de madre con el esposo, pero de manera displicente a menudo. Lo quiere educar, dominar, encarrilar, corregir, gobernar, como si estuviera criándolo aunque desengañada de ello, si bien, en cierto modo, inconscientemente trata de que el esposo supla a los que se han ido.

Con los años el hombre se puede obsesionar consigo mismo, se puede convertir en autista, que no hay que confundir con volverse narcisista. En cambio, la mujer suele volcar sus obsesiones hacia el exterior.

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 Los números mágicos y la Navidad

Se acerca la navidad y es hora (en España) de jugar a la lotería, es decir, de embarcarnos en la ilusión navideña de creer que la fortuna nos puede sonreír y puede hacernos ricos de la noche a la mañana. A tal propósito me gustaría brindar mi ayuda a los más ansiosos. Y nada mejor para ello que señalar los números que desde la más remota antigüedad han sido considerados mágicos. Mezclándolos, combinándolos, es la manera mágica de conseguir el premio lotero. Ahí van.

Sugiero que el número a jugar contienda el dígito 7. Siete son los colores del arco iris, siete se consideraban los planetas en la antigüedad, siete los metales, siete los días de la semana, siete artes, siete fases para alcanzar la piedra filosofal…; y es especialmente mágico para los ismaelitas, que cuentan con siete jefes espirituales, con siete profetas, con siete emanaciones divinas, con siete estados del alma, con siete escalones de conocimiento.

Otra cifra mágica es el 60. La edad mítica de los reyes mesopotámicos era sesenta veces sesenta; sesenta minutos tiene una hora; seis veces sesenta grados tiene la circunferencia; la notación matemática para el estudio de la astrología en Babilonia estaba en base sesenta…

Naturalmente, el 3. Tres eran los dioses supremos del panteón de todos los pueblos indoeuropeos; tres son las manifestaciones del Dios cristiano (Padre, Hijo y Espíritu Santo); tres son los factores vitales, cuerpo, alma y espíritu…

Añadamos el número 12. Doce son los meses del año; doce las tribus de Israel; doce son los signos del zodiaco; doce fueron los discípulos de Cristo…

Y no nos olvidemos del 22. Veintidós son primitivas letras del alfabeto; veintidós los capítulos del Apocalipsis; y un mágico dato: la relación entre los números mágicos 22 y 7 ofrece como resultado el número Pi.

Así que, de manera no exhaustiva, tenemos los números mágicos 3, 7, 12, 22, 60. Invito a combinarlos de forma mágica para obtener el número que será premiado. En esa labor no puedo ayudar.

Cierto es que en Física atómica existen otros números mágicos, el 2, 8, 20, 28, 50, 82, 126. Ignoro si serán estos o aquellos los que combinados den con el premio. Que haya suerte.

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El hombre y su máscara

Un hombre viene a ser, con el tiempo, su máscara.

Confieso que mis máscaras son ingobernables, que, sin alegar razones, aparecen y desaparecen a su antojo.

En el idioma propio del “yo”, máscara significa “uno es lo que parece”.

Un hombre sin máscara es un hombre expuesto, extraviado;  sin máscara uno tiene que ser el vociferante autista que es para poder sobrevivir frente al furor de las máscaras de los otros.

Confieso que durante muchos años lleve puesta una de esas máscaras que te moldean dolorosamente el rostro, una de esas que se te incrustan en las carnes hasta la asfixia.

Algunos presumen de llevar siempre la misma máscara, pero no saben que quien no cambia no aprende, que quien no cambia de máscara continúa siendo el asno que ha sido siempre.

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De la Leyenda Negra

He vivido muchos años de mi vida creyéndome estos cuentos: La convivencia pacífica de las tres religiones del Libro en Al-Ándalus; la Leyenda Negra del Descubrimiento de América y de la Inquisición española; el carácter liberador de los regímenes comunistas…Hace ya tiempo que me percaté de que son fábulas inventadas por intereses ideológicos. Primeramente los hicieron servir los países protestantes para denigrar el catolicismo y de paso a España, potencia imperial entonces. Luego los ha hecho servir la izquierda revolucionaria para acabar con las instituciones del Estado, y ahora también los nacionalismos de las regiones periféricas de España para destruir la convivencia.

https://www.youtube.com/watch?v=FUaB6_kix10&feature=share

El amor y la amistad

Sigo pensando que el amor y la amistad es lo único que nos salva. El amor es la locura de encontrar un encaje a tus ansias en otro cuerpo. La amistad es el fervor de encontrar tus razones en otro y depositar en él tu confianza.

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