La Escritura y la historia

La escritura nació para permitir que la palabra se enhebrara en el cálamo y tejiera ropajes de pensamiento perdurables. La escritura fija los hechos y las ideas, y, a fuerza de volver a ellos, favorece que surja el bello argumento, la invención o el proyecto. Mediante la escritura fijamos la información, oteamos en el horizonte de las ideas y avanzamos por la senda del conocimiento.

Fijar la información tuvo que ser una necesidad cuasi vital desde muy pronto, desde que nuestros ancestros se pelearon con las primeras palabras. Unos huesos de 30.000 años de antigüedad encontrados en Francia así lo atestiguan. Llevan grabados líneas y puntos (¿meses y días?), y la autoría de estos se atribuye a los primeros homo sapiens sapiens en Europa.

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Pero la escritura como tal nació en Mesopotamia, la actual Iraq, sobre el 3.100a.C. Un pueblo de oscuros orígenes, el pueblo sumerio, la inventó o la trajo consigo hasta ese lugar. Y poco después, sobre el 3.000 a.C. ya se representaban en Egipto las ideas por medio de jeroglíficos.

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Significó una revolución como no habían conocido anteriormente los hombres. Permitió que nacieran los Estados; que se llevaran a cabo  grandes obras de regadío y edificaciones monumentales; permitió el nacimiento de la moneda; saber los días en los que sembrar o recoger; hacer más grandes a los dioses; estipular el tributo que pagar a sacerdotes y reyes; aumentar los intercambios económicos; dar fe perenne de una cuestión; permitió construir ciudades, fijar las leyes…

A la escritura, desde su nacimiento, se le atribuyeron poderes sobrenaturales y creadores divinos. Thot, el dios de las Ciencias para los egipcios, fue también el dios creador de los signos, mientras que para los sumerios lo fue la diosa Era, con las mismas funciones que aquél; y todavía dos escrituras llevan fama de haber sido dictadas por dioses, me refiero a la Biblia y al Corán.

Volvamos a Mesopotamia. Allí, el primer tipo de escritura fue ideográfico, cada imagen escrita representaba una idea, mientras que en Egipto constaba de una combinación de signos figurativos y de signos abstractos. De cualquier manera, eran necesarios casi tantos signos distintos como ideas, así que la tarea de escribir era tan ardua que necesitaba de toda una vida de aprendizaje, por lo que la escritura quedó reservada a la casta sacerdotal.

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Tuvo que cambiar el tipo de escritura, que se hizo cuneiforme en Mesopotamia (signos rectos grabados con una caña afilada) y en Egipto el jeroglífico dio paso a la escritura hierática y luego demótica (con signos simplificados de la anterior realizados con  pincel); y cambió el soporte material, que pasó de la piedra a la tablilla de barro en Mesopotamia y en Egipto al papiro (de la misma forma, los hititas, un pueblo situado al norte de Summer, usaban signos jeroglíficos en las inscripciones en monumentos de piedra, pero para los asuntos vulgares empleaban el sistema cuneiforme).

Esta vulgarización de la escritura hizo que surgieran escuelas y escribas laicos, lo que originó una mayor propagación y, de resultas, una mayor y mejor comunicación. En 1.500 años la escritura se divulgó por todo Oriente. En el año 2.500 a.C. la poseían los elamitas (un pueblo cercano a Mesopotamia) y en el valle del Indo; en el año 2.000 los cretenses, y en el año 1.500 los chinos, hititas y hurritas. Se utilizó la piedra, la tablilla de barro, el papiro, la chapa de cobre (como la encontrada en Zaragoza, escrita en lengua celta con caracteres iberos), la chapa de  oro, y el bambú y la seda entre los chinos.

Pero, aun con todo, lo arduo del aprendizaje restringía su uso a las clases dirigentes (con sus escribas) y a la casta sacerdotal. La dificultad para su popularización estribaba en que los signos podían tener un valor fonético e ideográfico a la vez; en que cada signo podía representar varios valores silábicos; y en que cada sílaba podía ser escrita con varios signos distintos ¡un verdadero galimatías!

Fue necesaria otra revolución dentro de la misma revolución que se había iniciado con la escritura, me refiero a la invención del alfabeto. Cuando esta revolución se llevó a cabo, fue tal su impacto que sólo 500 años después su uso estaba difundido a todo el Mediterráneo, Asia Menor, Grecia, Arabia y Persia; y con su uso, el desarrollo urbano y social, la obra literaria, las leyes, el comercio, las grandes obras…

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Se coció esa invención en esa estrecha franja formada por Israel, Líbano, Siria, y sobre todo, en la ciudad de Ugarit y en las grandes ciudades fenicias: Biblos,  Tiro y Sidón. En el año 1.300 a.C. ya existía un alfabeto en Ugarit, pero fue el de Biblos (distinto a aquel), en el año 1.000, el que se expandió por el mundo conocido. El pueblo fenicio era marinero, y allí donde recalaban sus barcos con mercancías nacían escribas que adaptaban el alfabeto a su propia lengua.

Es de resaltar que, como la escritura árabe y hebrea, el alfabeto fenicio no tenía vocales sino veintidós caracteres consonánticos, hasta que en el siglo IX a.C. los griegos se las añadieron, y al igual que en el árabe, en el hebreo y en el griego, esos caracteres, además de un valor fonético, poseen un valor numérico.

En fin, esa es, a grandes rasgos, la historia de la invención de la escritura y la repercusión social a que dio lugar, pero no me puedo olvidar de su temprana utilización en el terreno literario.  Ya en las primeras muestras de escritura cuneiforme aparecen plegarias, encantamientos rituales, supersticiones, crónicas, proverbios, poemas amorosos, épicos, leyendas heroicas…, es decir, las esencias que el ser humano necesita expresar.

Ya desde los comienzos nació la gran literatura, El Poema de Gilgamesh, la leyenda de un héroe, rey de la ciudad de Uruk, que parte en busca de la inmortalidad guardada en forma de brebaje por Noé (rescatado por los dioses de la muerte tras el diluvio). Un maravilloso poema escrito y rescrito en numerosas lenguas desde el 2.700 a.C. hasta poco antes de nuestra era. O esa otra hermosura: El descenso de Innana a los infiernos, donde se describe a esa diosa atravesando las siete puertas del Averno (el mágico número siete) y despojándose en cada una de ellas de una túnica y una joya (los míticos siete velos tras de los que se oculta el verdadero conocimiento), hasta quedar desnuda delante de los severos jueces que «fijan sus ojos en ella, los ojos de la muerte».  Y ya la música en una tablilla escrita en sistema cuneiforme hurrita encontrada en Ugarit, donde se nos da una frase musical  y la forma de interpretarla.

Siente uno ante el carácter esencial de estos relatos, que las duras condiciones de vida, el enfrentamiento crudo con la realidad, sin máscaras, hacían aflorar del alma las esencias más profundas, los símbolos universales, lo primordial del ser humano. De ahí la necesidad, siempre, de tener que volver a los mitos clásicos para percibir las pasiones, los anhelos, las conductas en su estado más puro, tal como muestra un sello de piedra del 2.300 a.C. en el que se representa al hombre-pájaro Zu intentando robar la tablilla del destino donde se halla escrito el porvenir de los hombres y los dioses.

EL TIEMPO PASA

 

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El tiempo es algo inherente al cambio. De no ser éste, no existiría aquél. Imaginemos un mundo estático, paralizado, congelado, en el que no ocurriera cambio alguno: el tiempo no tendría lugar. El tiempo nace pues con la formación del universo; antes no existía porque nada cambiaba, porque nada ocurría. Éste tiempo es el tiempo físico, y el tiempo que percibimos está imbuido de él: cuando esperamos a alguien que no llega, cuando no sentimos alteración a nuestro alrededor, decimos que el tiempo transcurre muy lentamente; sin embargo, cuando estamos animados, cuando pasan muchas cosas que retienen nuestro interés, decimos que el tiempo pasa muy rápidamente.

Como asociamos la rapidez con que pasa el tiempo a la rapidez con que se producen los cambios, la humanidad ha clasificado su historia en periodos cada vez más cortos, porque cada vez los cambios ocurren más rápidamente. Así, desde los primeros primates hasta la aparición del homo sapiens transcurrieron millones de años, pero lo vemos como una misma época porque hubo pocos cambios; desde esa aparición hasta la invención de la escritura pasaron unos cien mil años, y para los historiadores es una época más rica que la anterior porque ocurrieron más cambios y se produjeron con mayor rapidez; y no hablemos ya de la época actual, en donde las tecnologías de la comunicación nos lanzan las novedades a un ritmo vertiginoso: lo novedoso cabalga hoy tan aprisa que el entendimiento es incapaz de atraparlo.

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Pero para los primeros hombres sedentarios sus mayores preocupaciones respecto al tiempo no pasaban de querer conocer cuándo era la época de siembra o recolección, de lluvias o de sequía. Se dieron cuenta de que esas épocas seguían un ciclo, que se repetían.  Miraron a los astros del cielo y se dieron cuenta de que la posición relativa de algunos de ellos se repetía a la par que los fenómenos atmosféricos, que la sequía, que el calor, que el frío, que las lluvias. Pronto se dieron cuenta que las distintas posiciones del Sol y la Tierra eran cíclicas.  Resultó tan importante determinar con exactitud estos ciclos que se encargaron los sacerdotes de su estudio.  En lo alto de sus templos de Mesopotamia (actual Iraq) seguían el discurrir de las estrellas y de los planetas; y llegaron a tal grado de precisión que establecieron un calendario; un doble calendario solar y lunar con los nombres de planetas y estrellas, que para ellos eran dioses. Para tal menester inventaron los números y las operaciones matemáticas. Inventaron los números en base hexagesimal y los de base decimal. Con ellos calculaban el deambular de las estrellas por los cielos. Y si las estrellas eran dioses y regulaban los fenómenos atmosféricos, qué más sencillo que admitir que también regulaban nuestras vidas desde el mismo instante de nuestro nacimiento; así que al lado de la astronomía, surgió inmediatamente la astrología.

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El tiempo lo dividieron en años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos. Emplearon para ello los más diversos artilugios: desde relojes de arena a relojes de agua o clepsidras mecánicas movidas por correas y engranajes. Los árabes se destacaron por la belleza de algunos de estos inventos. Más adelante, hacia 1840, un inglés ideó el primer reloj eléctrico; y luego se descubrió una propiedad del cuarzo que consiste en que cuando vibra genera una corriente eléctrica cuya frecuencia podemos medir y que coincide con la frecuencia con que vibra el cristal. Ello permitió una exactitud increíble en la medida del tiempo. Pero actualmente se utiliza otro reloj mucho más exacto: el reloj atómico. Se basa en la regularidad con que ocurren las transiciones electrónicas en un átomo de Cesio y su error es de menos de un segundo en miles de siglos.

En la antigüedad cada emperador empezaba una era; como queriendo dar a entender que el tiempo existía desde el comienzo de su reinado; los griegos empezaron a contar el tiempo desde el siglo III a. C.,  a partir de la primera Olimpiada; en cambio los romanos establecieron su era a partir del nacimiento de la ciudad de Roma; y los musulmanes a partir de la Hégira (la fecha en que el profeta Mahoma huyó de la Meca a Medina). Los cristianos desde el nacimiento de Cristo, pero como no se sabía con certeza la fecha en que tuvo lugar, la mayoría de calendarios consideraban el comienzo  el 25 de Diciembre, fecha en que tradicionalmente nacieron los dioses de los países de oriente próximo; sin embargo, otros calendarios cristianos diferían en la fecha del comienzo algunos años, así, en la era hispana (que se mantuvo en vigor hasta el 1500) se comenzaba el 38 a.C. La reforma del calendario juliano, que dio lugar al  gregoriano, unificó en los territorios cristianos la cronología oficial.

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H.G. Wells, autor de La guerra de los mundos, y de Los primeros hombres en la Luna (aunque él nunca creyó que el hombre pudiese llegar a la Luna), escribió la fantástica novela La máquina del tiempo, en la que el protagonista viaja a diferentes épocas, del pasado y del futuro. Las modernas teorías físicas hacen todo uno de las propiedades del espacio y del tiempo. Y dicen algo insólito, que el tiempo transcurre de manera distinta para dos personas que se muevan de forma distinta. Además, se preguntan si sería posible una vuelta atrás en el tiempo; no ya sólo volverse más joven mientras los otros de nuestro alrededor envejecen, sino rejuvenecer en otros universos paralelos; algo como decir que existen otros universos en que ocurren cosas que aquí han tenido posibilidades de ocurrir pero no han ocurrido.

Todas las culturas hablan de la relatividad del tiempo. Dicen los musulmanes que Alá transportó a su profeta Mahoma hasta el cielo en el momento en que a éste se le caía una jarra de agua. En el cielo platicaron durante siglos, y al volver a dejarlo en el lugar en que lo tomó, la jarra no había chocado aún con el suelo. Los chinos tienen ciertas ideas que hablan de que a veces vivimos el futuro antes que el presente. Los alquimistas creían que la tierra es una enorme matriz telúrica en donde se gesta la formación del metal más puro, el oro, aunque ello cuesta muchos miles de años; así que pensaron que mediante la alquimia podrían acelerar ese proceso, podrían ganar tiempo al tiempo y lograr oro puro a partir de otro metal.

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El tiempo es un embrión de paradojas y misterios. Los físicos poseen un arsenal de ellos sin resolver. Pero, qué duda cabe de que el tiempo más elogiado es el tiempo de la felicidad. Hacia él debemos dirigirnos.

 

Los dos que soñaron

 

En 1978 Borges dio una serie de conferencias que fueron recogidas en el libro Siete Noches, una de las lecturas que me suscitan mayor placer. En él  alude a un hermoso relato comprendido en Las Mil y Una Noches titulado Los dos que soñaron. Un hombre de El Cairo sueña que en cierto lugar de Isphajan se encuentra un tesoro escondido. Ya en esa ciudad se ve atrapado en circunstancias que lo llevan a presidio. El jefe de policía lo interroga y se sorprende al escuchar la causa de su viaje. Se apiada de él y lo deja libre no sin antes recriminarle su credulidad. “Yo también sueño con un tesoro escondido en el jardín de una casa de El Cairo, junto a una higuera y un reloj de sol, debajo de un surtidor”, le dice con ánimo reprobador.  El hombre de El Cairo ha reconocido en las palabras del policía su propia casa. Regresa a su ciudad, excava bajo del surtidor señalado y encuentra el tesoro.

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Recientemente, en el antiguo barrio judío de la ciudad de Cracovia, al sur de Polonia, de refilón he escuchado una versión un poco distinta del relato. Corren los años de la alianza de Austria y Polonia contra el imperio Otomano que se resolvió con derrota turca en Viena. Un rabino de Cracovia sueña con un tesoro escondido en la capital austriaca. Hacia allí se dirige, pero un oficial austriaco le impide cruzar un puente cercano a esa ciudad por el peligro de los combates. El oficial le cuenta su propio sueño acerca de un tesoro escondido en una casa de Cracovia, y le refiere el escenario. De vuelta a su casa, el rabino excava y lo encuentra y construye una hermosa sinagoga que en nuestros días perdura.

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Las historias de Las Mil y Una Noches fueron habladas en la India y en Persia, y fueron recogidas en árabe en El Cairo. Están henchidas de sueños y de sucesos mágicos.

Es creíble suponer que los sucesos que el libro refiere se contasen en los zocos de las tierras musulmanas a partir de los siglos XIV o XV; pero puede que no sea vana la hipótesis de que se tratara de cuentos muy antiguos, anteriores al siglo XI, anteriores a la época en que la figura de Alá adquirió en la conciencia de sus fieles un rigor incompatible con el erotismo y la libertad que muestran. Harun al-Rasid, uno de los primeros califas, es de los principales protagonistas.

Caben otras posibilidades. Tampoco resultaría extraño que Las Mil y Una Noches recogiera relatos preislámicos, de la India y de Persia, que fueran adaptados después a lo musulmán. En tal caso, la matriz creadora no sería semita, de árabes o hebreos, sino irania, de indios o persas.

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El hecho de que el relato Los dos que soñaron figure también en lo legendario del judaísmo puede tener varias explicaciones. Una de ellas aventuraría que lo copiaron de una narración islámica anterior, pero otras dos explicaciones son posibles. Podría tratarse de una adquisición procedente de Persia o Mesopotamia; recuérdese que durante la cautividad del pueblo judío en Babilonia se copiaron de esas culturas mitos esenciales como el de Noé, el Diluvio, el Cielo y el Infierno, etc. Otra explicación refiere que podría tratarse de una creación propia de los judíos.

En apoyo de esta última explicación está el hecho de que el empleo de la parábola como forma narrativa es característico del judaísmo. Los dos que soñaron puede ser interpretado como una parábola acerca de perseverar en la consecución de los sueños con la fuerza de la esperanza. Ningún otro pueblo ha mantenido tan alto el pendón de la esperanza (en su Mesías salvador, en su reunificación, etc.) como los judíos a lo largo de su historia. Los sueños también son elemento común en sus relatos bíblicos. Ahí tenemos los sueños de los Profetas; el sueño de Daniel, en Babilonia, que sueña el sueño de Nabucodonosor; el sueño de José en Egipto…Algún narrador de la India, Persia o Egipto la habría incorporado al acervo de las narraciones de Oriente, que se recopiló con el nombre de Las Mil y Una Noches.

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O es posible que todo se reduzca a una sarcástica invención de Borges, tan aficionado a las simetrías y a los espejos. En tal caso tendríamos que suponer que alguien  de la ciudad de Cracovia –de quien yo la escuché—tuvo que tomar la invención borgiana para transformarla en una leyenda judía.  Pero es inútil seguir con adivinanzas. Más sentido tiene recomendar la belleza de Los dos que soñaron,   la belleza de Las Mil y Una Noches, y  la belleza de Siete Noches, donde se refieren las anteriores.

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El título del libro: “Borges en su laberinto y otros relatos de amor y muerte”. Se vende en Amazon, tanto en formato Kindle para e-book como en formato papel.

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EL ABURRIMIENTO

Uno de los grandes males que acechan al individuo es el aburrimiento. Antiguamente se combatía con el sexo, la caza, la lucha, el juego, la guerra, el alcohol o las drogas. Los rituales mágicos de los sabios de la tribu trataban de mitigarlo imponiendo obligaciones en la conciencia de las gentes, es decir, descargándoles de parte del insoportable peso de la libertad individual. Algunas modas eran como juegos con la finalidad  de combatir el aburrimiento, así, el siglo II tuvo la moda de la discusión filosófica, y otros siglos fueron de acendrada religiosidad; en Francia los salones de los nobles y ricos eran los únicos lugares donde combatir el aburrimiento (quien haya leído a Marcel Proust sabrá de lo que hablo), bien es verdad es que los pobres apenas se aburrían pues apenas tenían tiempo para ello. Las danzas, la música, el contar cuentos, las lecturas cuando se aprendió a leer, han sido grandes remedios contra el aburrimiento. Ahora gozamos de la televisión y de Internet.

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El aburrimiento es un estado de inquietud y de falta de atención. Ningún pensamiento, ninguna acción, resultan gratos de llevar a cabo o carecen de sentido. La droga y el alcoholismo penetran en el sujeto a través del aburrimiento. Los cuadernos de pasatiempos han nacido para hacerle frente. La rutina y la desilusión son dos de sus más importantes gérmenes. Pero también el aburrimiento se adquiere por la forma de vida que llevamos. El pastor que estaba en la majada varias semanas sin otra compañía que su rebaño no se aburría, pero un joven acostumbrado a la estimulación constante de la televisión, los videojuegos o internet, se sentirá mortalmente aburrido en cuanto carezca de esos elementos de diversión.

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De ahí que se hayan multiplicado los comportamientos de hiperactividad en los colegios: son consecuencia del aburrimiento. Cuando se cumplen años, el aburrimiento tiene otras connotaciones. Hay varios remedios contra el aburrimiento de los jóvenes. Uno de ellos es el de tener un proyecto personal de vida. En este caso, el joven sabe a qué atener su comportamiento en cada momento: presta atención al propósito que se ha creado. El estudiante que quiere ser un buen médico o un buen ingeniero, el que quiere montar su propia empresa, el que quiere ser un deportista de élite, etc. mantienen al sujeto atento, prevenido, dispuesto, ocupado. También lo es el propósito grupal: pertenecer a un equipo de fútbol, a una ONG, participar en actividades políticas etc., le permiten a uno luchar contra el aburrimiento. Lo malo es el no tener un propósito a cumplir. En ese caso, el alcohol, las drogas, el comportamiento violento, el odio contra la sociedad, son soluciones rápidas contra el aburrimiento.

Sobremanera si se da un aburrimiento acompañado de incertidumbre y desasosiego como el de la crisis moral-social-económico-política que ahora se da. En estas condiciones las gentes buscan su remedio en odio y violencia  contra lo establecido. Se inculca odio, indignación, resentimiento y se obtienen los mayores efectos y la máxima eficacia cuando se hace desde la época escolar. De esa raíz surge el Nacionalismo, el Populismo que quieren destruir todo lo que existe sin saber qué construir después. El sometimiento al grupo le saca a uno del aburrimiento.  El aburrimiento que produce el no tener un proyecto personal propio le puede hacer a uno borrego y fanático.

Claro, ahora estamos desasistidos de los remedios tradicionales contra el aburrimiento. Ahora el aburrimiento de los que carecen de un proyecto que les cautive se combate con las tablees, los ordenadores, los móviles, con el mundo virtual. La nueva versión de Pokemon surgida es un remedio contra el tedio que, además, se adapta a nuestra naturaleza de cazador en busca de presa.

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Pero la solución más eficaz contra el aburrimiento es el proyecto personal: uno tiene una meta, una disciplina y una acción planificada que mantienen su atención en candelero.  Por esa razón me sorprenden esas pretensiones por las que hoy abogan algunas escuelas de sicología de Vivir en el presente a todas horas, que no es otra cosa que carecer de perspectivas y de miradas a la lejanía. El ser humano ha sido pergeñado para laborar en el presente con vistas al futuro. Actuar sin mirar a la lejanía, al foco atractor lejano, es como carecer de luz, es vivir desorientado, sin proyecto. Los que pomposa e ingenuamente abogan por la exclusividad del aquí y ahora, suelen caer en desorientación, aburrimiento, melancolía, y finalmente depresión, a menos que se vuelvan hiperactivos, a menos que salgan de sí mismos y se dejen llevar sin rumbo por la corriente de la vida, sin ser ellos mismos.

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LIBRO DE ENSAYOS ACERCA DEL COMPORTAMIENTO HUMANO

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En esta dirección puede echar un vistazo a los temas:

Destrucción, Populismo y Brexit

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  2. Hoy, el impulso a destruir impera en muchos jóvenes. Acostumbrados al buen vivir y a los derechos gratuitos, sin responsabilidades de algún tipo, no saben qué hacer con una libertad que les pesa como una losa; pocos buscan, la mayoría esperan que se les dé sin la molestia de tener que buscar; muchos de ellos carecen de propósitos y esperanzas; lo desean todo sin esfuerzo y todo les parece insuficiente; así que la vieja y fracasada fórmula del igualitarismo, de esquilmar a los ricos, de envidia y resentimiento contra los que destacan socialmente, resuena en sus oídos con fuerza, sintoniza sus conciencias y encauza sus pasiones a la destrucción del orden social existente. Esta clase destructora que hoy surge no es una clase económica, sino que la integran los que poseen niveles semejantes de resentimiento social, de falta de esperanza, de incapacidad para elaborar proyectos, y la integran también aquellos que presentan contra la cultura en la que viven niveles de odio parecido. Hoy estas gentes, jóvenes principalmente, como en mayo del 68, en época de iniciación guerrera, se rebelan contra la generación anterior, rechazan la cultura y los valores en que se han criado, rechazan el esfuerzo y la responsabilidad individual, y esperan el prodigio del maná caído del cielo y la apertura de un paraíso que maravillosamente aparecerá y les traerá la buenaventura eterna. Hoy, muchos de ellos forman parte del Populismo, un rebaño ciego que espera un aprisco cálido y un pesebre bien lleno sin necesidad de realizar esfuerzo alguno para lograrlo.
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  4. Hay quienes se extrañan de la sintonía que muestra el Populismo español con una buena parte del mundo islámico. Aquellos y estos manifiestan intenciones de destruir libertades, de destruir la democracia representativa, de destruir los tradicionales valores de Occidente, de destruir a Israel, y unos y otros se aparejan en odio. No resulta extraña tal sintonía. De ahí surge ese silencio alarmante del feminismo radical populista ante la ausencia de derechos de la mujer o de los homosexuales en el mundo musulmán; de ahí los esfuerzos que realiza el Populismo para justificar el terrorismo palestino; de ahí la amistad que une al Populismo de Podemos con  el régimen teocrático de Irán; de ahí la política de acogida que dirige el Populismo a todos los musulmanes que recalan en España. Están unidos por el ansia de destrucción. De su alianza solo se puede esperar la miseria y una vuelta a las cavernas de la civilización. ¡Y se llaman a sí mismos progresistas! Mayor dislate no cabe. Barbarie=progresismo. Esa es la nueva fórmula.
  5. Cuando la socialdemocracia alemana consiguió llegar al poder tras de la Primera Guerra Mundial, sus dirigentes, impregnados hasta la médula de ideas revolucionarias y de alcanzar una pretendida justicia social pero sin una sola idea de qué construir ni de cómo construir, se hicieron esta rotunda pregunta: ¿Y ahora qué? El que no encontraran una respuesta adecuada, motivo la llegada del nazismo. El triunfo del Brexit ha conmocionado Europa, aunque nos ha salvado del avance del populismo español, travestido como un camaleón de ropajes engañosos, que conmociona a España. ¿Y ahora qué?, nos preguntamos todos.
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  7. El Brexit es entendible. Los británicos son un pueblo con gran apego a sus tradiciones y libertades. En el siglo XVII el parlamento inglés se levantó en armas contra su monarca y le cortó la cabeza. En Londres se proclamó la carta de derechos y libertades de los ingleses, The Bill of Rights, de la que tan orgullosos se han mostrado siempre. En 1801 se celebró el primer censo de población en el Reino Unido y muchos de sus ciudadanos se rasgaron las vestiduras por considerarlo un atentado a sus libertades. Un pueblo tan amante de sus tradiciones, su democracia y sus libertades, no puede dejar de sentirse preocupado por las amenazas que se ciernen sobre estos valores. Por el hecho de que Londres haya dejado de ser inglesa; por el hecho de que el crecimiento de la población islámica en Inglaterra sea imparable; por el hecho de que un 45% de los jóvenes musulmanes que viven en el Reino Unido muestren simpatías por el terrorismo islámico; por el hecho de que Europa ejerza un fuerte control sobre sus libertades. Se separan porque Europa se ha rendido a un relativismo cultural y de valores que equipara, sin sonrojo alguno por su parte, la Shariah con la Carta de los Derechos Humanos. Se separan porque el clima moral reinante en Europa, un clima de buenismo institucionalizado y de populismo igualitarista en el Sur, conduce a medio plazo al desastre cultural y económico y a la destrucción de los valores tradicionales. Los ingleses huyen de Europa porque temen hundirse con ella. Pero tal hecho no tiene porqué ser una catástrofe. Por su cercanía y supeditación a EEUU (a sus antiguas colonias), el reino Unido ha sido siempre una china en el zapato de Europa. Podemos salir reforzados de su separación. Para ello hacen falta ajustes de laboriosidad y gasto en el Sur y una defensa de lo propio contra las huestes que amenazan nuestros valores, derechos, democracia y libertades.
  8. He de reconocer que en los anteriores puntos solo aparece una parte de verdad, aquella que me parece más preocupante; y que es posible mirar las cosas –también con sensatez—desde otro punto de vista no tan negativo, pero España y Europa no están para medias tintas, y, a mi entender, es preferible resaltar los peligros que esconderlos bajo la sucia alfombra de lo políticamente correcto.

Me tomo unas vacaciones de verano y cierro este Blog, provisionalmente, a entradas nuevas. Un saludo a todos.

 

 

Pensamientos pecaminosos

 

  • El gran problema de la psicología y de la psiquiatría no se encuentra en la dificultad de penetrar en lo intrincado de la mente humana, sino en verse atrapadas en teorías sin aval científico alguno, en teorías que no pasan de ser meras ocurrencias, en teorías en las que los investigadores se enredan y se pierden y no encuentran el camino de salida.
  • Condición necesaria para saber: tener amplitud de miras.
  • Todas las grandes culturas tienen su origen en fenómenos religiosos.
  • Tradicionalmente, para imponer una religión nueva a un pueblo, se ha hecho saber los beneficios que tal religión traería a los gobernantes.
  • Cuando los dioses se expulsan de la esfera humana los modelos de jerarquización social existentes se resienten y el Igualitarismo avanza. De ahí el empeño de los igualitaristas por alejarlos.
  • Cuando mueren los dioses no deja de actuar el mecanismo mental que nos hacía creer en ellos, sino que actúa inventando y adorando otras ilusiones: utopías socialistas, los mundos soñados, las conexiones místicas, las justicias universales, y los diversos tipos de pensamientos mágicos; además, claro está, de las alucinaciones artificiales que las drogas generan. Me asola la terrible sospecha de que la muerte de los dioses no es una bendición para la humanidad.
  • En los dioses se plasman muchos de los temores y deseos de los creyentes, y en los dioses se aquietan.
  • El clima de compasión que impera hoy en día lo hemos heredado del cristianismo.
  • Si se mira con detenimiento, la razón ha sido históricamente de poca importancia en los movimientos sociales. La rabia, el odio, el resentimiento, la indignación por una pretendida injusticia, han sido las fuerzas imperantes en las grandes revoluciones.
  • Todo el siglo XIX fue un hervidero de revoluciones ―alentadas por la revolución francesa ―que condujeron a la revolución soviética. También surgieron en ese siglo los nacionalismos. En todos esos movimientos resultan de primordial importancia las creencias justificadoras que emplee cada grupo en busca y defensa de su propósito, es decir, los argumentos. Pero también resulta esencial la fuerza de la pasión en cada grupo. Quienes poseen pasión suelen imponer su credo.
  • En ocasiones una falsedad manifiesta –o incluso una estupidez grandiosa—se establecen como grandes verdades históricas o monumentos al conocimiento. El psicoanálisis, la homeopatía, el materialismo dialéctico…, son algunos ejemplos.
  • Primeramente, uno debe adquirir un buen haz de conocimientos. A continuación debe aprender a desprenderse de los inútiles y erróneos, de todas las falsas teorías que pululan en la sociedad y dañan el entendimiento. Mediante dicha poda se alcanza la virtud.
  • En nuestra naturaleza está el pertenecer al rebaño.
  • Las bandadas de estorninos crean verdaderas y artísticas filigranas en el aire. El parámetro principal que rige la dirección de su vuelo es ‘la distancia al compañero más próximo’.
  • El parámetro principal que rige el comportamiento humano en sociedad es el de seguir la actitud del vecino más próximo y mirar los movimientos de la cabeza del grupo.
  • Soy partidario de que cada cual encuentre su propio camino hacia la cima o hacia el abismo. Las prohibiciones que pretenden proteger a uno de sí mismo me parecen innecesarias y peligrosas.
  • Hoy todo el mundo se encapsula: detrás de un ordenador, detrás de los animales de compañía, detrás de la escritura, detrás de la Naturaleza… La Seguridad nos ha hecho cobardes y tememos mirar al ‘otro’ de frente.

Ideas que cambiaron el mundo

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Las ideas que han ido cambiando el mundo de las relaciones sociales con más ímpetu no han sido ideas profundas y ni siquiera son las que nos cuentan. De manera típica han sido ideas simples conducidas por deseos, obsesiones e intereses, y a las que el predicamento social alcanzado hizo grandes. Mediante esas pequeñas ideas se encauzaron las pasiones de las gentes –y en eso reside su virtud—a propósitos que parecían ilusionantes y liberadores.

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La idea de Karl Marx de que el tren de la historia traería de manera inexorable el paraíso comunista (idea sustentada en la fe en esa chistera de prestidigitador llamada Materialismo dialéctico, de la que el marxismo saca indistintamente un conejo o un elefante), agavilló el resentimiento de los más menesterosos, germinó ilusiones en sus conciencias, y les señaló el norte de derribar el orden social establecido.

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Otra idea aún más exitosa fue la idea que condujo al Capitalismo. Fue formulada por Adam Smith, que estaba imbuido de la idea calvinista de la Predestinación y de la Soberanía de Dios, y viene a decir que los hombres son egoístas por naturaleza, así que conviene dejar que se comporten egoístamente en lo económico, pues la mano de Dios, que todo lo gobierna, les impulsará a conseguir de forma inconsciente el mayor bien posible para la comunidad. La mano de Dios viene representada por el mercado. Si a tal idea le añadimos otra idea calvinista, la que argumenta que el éxito en la vida es signo de estar poseído por la Gracia divina, nos explicamos la carrera hacia el éxito que se produjo en el comercio, en las finanzas, o en cualquier otra actividad social en el Reino Unido durante los siglos XVIII y XIX. Y nos explicamos también, en términos comparativos, la miseria y la opulencia que genera la idea del capitalismo.

Rousseau buen salvaje

Una idea mucho más simple que éstas se halla actualmente en la cresta de la ola. Fue Rousseau –cuya vida e ideas presentan grandes incoherencias—el padre de la criatura. En esencia dice que ‘el hombre es bueno por naturaleza’, cosa que no resiste el más ligero análisis pero que empapó las utopías liberadoras hasta Habermas y Marcuse, que se quiso plasmar en lo que se denominó ‘el nuevo hombre soviético’, y que boga viento en popa en el ‘buenismo’ social.

pablo

En muchas ocasiones ‘la idea’ ha sido presentada con el apoyo de ‘la voz de Dios’. La alucinación de Pablo de Tarso en su viaje a Damasco, viendo el resplandor de Dios y oyendo su voz (se conjetura que San Pablo era epiléptico), fue la causante de que el cristianismo –hasta entonces una religión exclusivamente judía—se extendiese a todo el Imperio Romano, pues Pablo era ciudadano romano. La prédica cristiana, amoldada a las ideas del de Tarso, percutió a partir de entonces en el corazón de los más míseros del imperio. Nada menos que ofrecía el inmediato fin de los tiempos y aparecer, resucitado, a la derecha del Padre.

juana de arco

Juana de Arco también escuchó la voz de Dios, y dando, con su vigor y su fe, el ánimo y el orgullo a la nobleza y al pueblo francés, a los 17 años encabezó el ejército que expulsó a los odiados ingleses de Francia.

hitler

En un maniaco cabo austriaco la voz de Dios se transformó en la voz de la raza. Apenas había en Hitler otra cosa que la presunción de la superioridad racial del pueblo alemán, pero una larga tradición germana en ese sentido –en la cual destacaba Prusia—, unida a la humillante derrota sufrida en la Gran Guerra y al cataclismo de la República de Weimar, hizo posible que sus ideas raciales calaran en la población. Aportaban orgullo, señalaban a los judíos como culpables de su desgracia, y prometían grandeza imperial. Pero sus ramplonas ideas condujeron a Alemania y a Europa al descarrilamiento. Valga como ejemplo de que las ideas más simples o más peregrinas pueden enseñorearse de la conciencia y del corazón de las gentes si encuentran el clima moral y cultural apropiado para crecer.
En todos los grandes Mesías –grandes paranoicos—la idea se convierte en una deidad a la que hay que adorar, y en cuyo altar se celebran y se convierten en lícitos todos los sacrificios. Los Mesías se encadenan a una idea y encadenan también al pueblo al que quieren salvar. La idea actúa como una luz con la que se columbra a lo lejos un mundo nuevo; actúa como un símbolo hipnotizador o como una campana tocando a rebato a la población. Bajo su estandarte todos los crímenes están justificados.

jemeres rojos

La democracia, la libertad, la vida, se han ofrecido impunemente en el altar del comunismo. La tan celebrada Revolución soviética de Octubre no fue otra cosa que una revuelta armada contra el gobierno socialdemócrata de Kerensky. La idea del comunismo desembocó en millones de ajusticiamientos y de una represión de libertades y una infusión de miedo a la población como pocas veces se había dado en la historia. El Gran Salto Adelante, dirigido por Mao en China, trajo casi 40 millones de personas muertas de hambre. A Mao se le ocurrió la idea de producir acero en cada casa de agricultor, por lo que debían abandonar la agricultura. En Camboya, el comunismo maoísta tuvo la idea de implantar un sistema totalmente agrario, evacuando las ciudades y destruyendo la civilización urbana. El resultado fueron casi dos millones de camboyano asesinados.

Recordemos a Robespierre y su idea de la República como bien absoluto. Ante ella todo debía doblegarse y cualquier asesinato estaba justificado. Todo era válido para el propósito de República: dar un golpe de Estado, declarar la guerra a media Europa, instaurar la nueva religión del Ser Supremo, y guillotinar a todo aquel que dudase.
En estos últimos casos no es la voz de Dios ni la voz de la raza quienes aportan argumentos y fuerza a la ‘idea’, sino otra deidad, la voz del pueblo. Esa voz es la que sirve para legitimar todo tipo de tropelías, desmanes, asesinatos y represiones. Con su ayuda se pretende instaurar el totalitarismo.
Para alucinar a las masas, los mesías de la idea no tienen que ofrecer razones, sino levantar sentimientos, y, si acaso, engañar convincentemente prometiendo un paraíso. Contra la ingenua creencia de los filósofos de cualquier época, la razón ha dicho poca cosa en la germinación de los acontecimientos sociales e históricos. A la res humana en su aprisco solo la mueve las alucinaciones, los deseos y los sentimientos.

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA III

 

 

LAS CREENCIAS Y LA CONVENIENCIA QUE PRESENTAN

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¿Cómo resaltar la importancia de las creencias en nuestra conducta social?

 

La gente vive y muere por sus creencias. Por creencias se hicieron pirámides gigantescas, catedrales inmensas, monumentos grandiosos, en fin, altares magníficos a las creencias humanas. Por creencias se lanzaban contra las naves enemigas los kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial; en la India, por creencias la viuda del difunto era ofrecida  a morir en la pira funeraria; por creencias se fundan o se destruyen los imperios, se suicidan colectivamente grupos humanos, se inmolan los terroristas del Daesh en sangrientos atentados; por creencias se altera la razón o se pierde la visión de la realidad y se ve a ésta transformada en fantasía o en esquizoide ilusión. Cuando una creencia se implanta en una comunidad y crea en ella un clima de opinión, y aporta criterios y verdades nuevos,  acaba imponiendo una dictadura moral, es decir, nos dice lo que está bien y lo que está mal, y ejerce de rectora de nuestra conducta social.

Si, tal como se ha explicado en las dos entradas anteriores de este blog,  el sistema instintivo y el sistema sentimental, nos dictan –mediante la pulsión que nos hacen sentir—las  conductas sociales a seguir (y en ese dictado para realizar tal o cual acción muestran la conveniencia percibida en él por dichos sistemas), para dicho menester de dictar nuestra conducta las creencias que anidan en nuestra conciencia acerca de la realidad son la crème de la crème.

Asumimos  las creencias de nuestros padres, de los medios, de los líderes de opinión, de los políticos; seguimos sus criterios, hacemos nuestros sus juicios; confiamos en ellos buscando seguridad. Entendemos el mundo a través de su opinión y juzgamos según su juicio. Delegamos en ellos, fiamos en ellos, hacemos dejación en ellos de nuestra responsabilidad para entender la realidad. Así que ponemos nuestra seguridad, nuestra conducta y nuestras esperanzas en sus manos. Nos convertimos en rebaño de conciencia moldeada de acuerdo a los propósitos de los líderes. Hitler y Mussolini crearon así su rebaño fiel. Cuando murió Stalin, millones de personas que habían sufrido opresión y que habían perdido a algún ser querido por la política asesina del tirano, lloraban con dolor la muerte del ‘padrecito’.

 

Pero, ¿qué son las creencias, de dónde proviene su fuerza?

 

Nos dice Julián Marías que  «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos con la perspectiva que nos aportan las creencias que tenemos. Bueno, en realidad, debemos decir que son ellas las que nos tienen, las que se apoderan de nosotros. Una creencia anida en la conciencia del individuo y hace que éste sienta y se comporte de tal o cual manera ante una situación determinada. La creencia se suelda a nuestra conciencia y construye aquí la base de nuestra conducta, de nuestros juicios, de nuestro sentir e incluso de nuestro pensar. De ahí su fuerza. Las creencias nos dirigen, nos zarandeas, nos señalan dónde está el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la mentira y la verdad.

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¿Qué beneficios nos reporta el ‘creer’?

 

En primer lugar, sirven para automatizar nuestra conducta. Gracias a que nos proporcionan una previsión de la realidad, ante cada acontecimiento no tenemos que sopesar a cada instante la conducta más adecuada o conveniente, es decir, nos evita ese delirio en que nos introduce la duda, ese delirio de análisis y pros y contras que ésta trae consigo. O dicho de otra manera, las creencias nos proporcionan, criterios,  juicios y sentimientos para escrutar el mundo y posicionarnos frente a él. Nos indican el camino de lo que se anhela, su busca o se teme. Nos proporcionan certezas, un suelo por el que caminar desprevenidamente.

Y no importa si contienen o no verdad. Lo que importa es que nos proporcionen convencimiento. Si analizamos cualquier creencia en profundidad la derrumbamos. Ahí tenemos creencias sin ton ni son que están profundamente arraigadas en una parte importante de la humanidad: la astrología, el tarot, la homeopatía, las cosmovisiones místicas, etc., etc. Lo que satisface de ellas es que proporcionan previsión de la realidad, satisfacen las ansias de saber de sus acólitos, dan cobijo y amparo, o generan ilusiones satisfactorias. Generalmente se amoldan a la horma de nuestros deseos y temores. De ahí que las creencias más poderosas –como las creencias religiosas y otras de las que hablaremos— manejan profusamente el temor y el deseo.

 

Somos crédulos

 

Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  ‘ciencias’ de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán… Y tales creencias nos transforman, nos pueden aportar ánimo o desesperación, deseos de vivir o de morir. Tracios y Celtas creían en la transmigración de las almas, en la metempsicosis, y poseían un gran desprecio de sus vidas, lo que les proporcionaba una gran valor en las batallas.

Toda creencia es una ilusión de la realidad, una fantasía acerca del mundo. El ser humano necesita ilusión. Cuando la realidad no le satisface –y casi nunca lo logra—la ilusión, la esperanza, son su salvaguardia. La ilusión, al satisfacer virtualmente el deseo encerrado en ella, alivia la realidad, la hace soportable, incluso la reemplaza.  El temor y el deseo son las entidades que fabrican las ilusiones en nuestra mente; y lo hacen tomando las alas de la imaginación y edificando, fijando y organizando creencias a su albedrío. La mente se halla ocupada a todas horas en trazar ilusiones a la medida de los deseos y de los temores. Para entender que sea posible tener fe en las creencias más absurdas, conviene resaltar nuestra naturaleza ilusoria. Tenemos que entender que son el temor y el deseo quienes suscitan esas ilusorias creencias; que son el temor y el deseo quienes nos hacen crédulos.

 

Creencias potentes y peligrosas

 

Los hombres están poco preparados para afrontar creencias basadas en la racionalidad, así que, para imprimir una dirección a los afectos y un norte a la conducta,  la expresividad simbólica, la  ritual y la mitológica resultan mucho más eficaces que el análisis racional. Sirva como ejemplo de esta simplificación conceptual  la religiosidad andaluza: lo que provoca el llanto de los rocieros o de los cofrades en una procesión, lo que exalta el ánimo al ver la imagen de la Virgen María, no son los misterios de la trinidad ni los valores de la ética cristiana ni la organización celestial, sino el simbolismo pagano, la imagen representativa del poder o la bondad. El símbolo desata de inmediato la pasión.

Las creencias Redentoras son las que manejan con más empeño la ilusión y el símbolo. Nada menos que pretenden redimir al que sufre, al oprimido, al descontento, al infeliz, al mísero. Las más conocidas y más en boga son: el nacionalismo, las religiones del Libro, el Igualitarismo marxista o comunista… Todas ellas proponen la ilusión de un Paraíso –así en el Cielo o en la Tierra—que se logrará siguiendo la conducta conveniente o pertinente al caso: la lucha por la independencia, el acatamiento a ciertos dictados religiosos, la revolución sangrienta… Las banderas, las insignias, las imágenes, los símbolos que utilizan cada una de ellas focalizan la atención del creyente, le infunden pasión y le identifican con el grupo. Su principal fuerza reside en la obnubilación que concitan las  pasiones y sentimientos. El deseo, el temor, el odio, el resentimiento que dichas creencias concitan y agavillan en las gentes, son sus armas más poderosas.

Las nuevas creencias místicas

 

Son esas creencias seudoreligiosas que los nuevos tiempos han traído. Unos tiempos de vida acomodada, de evitación a toda costa de todo cuanto huela a sufrimiento, de evitación de lucha y enfrentamiento…; unos tiempos en que se trata de eludir el temor social buscando refugio en los animales o la naturaleza. Unas creencias que han sustituido al clásico dios etéreo por esos nuevos dioses que son la Naturaleza, la Vida, la cosmovisión mística del Todo relacionado, la Justicia entretejida en los actos y en sus consecuencias…Me refiero, claro, al animalismo, al veganismo, al ecologismo extremo.

Y hacia esos dioses se vuelca el afán religioso de sus seguidores: el proselitismo, el militarismo en la creencia, la imposición de su ideario por la fuerza etc., etc.

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¿Qué conveniencia percibimos?

 

Tal como se ha podido ver,  al hombre no lo mueve la realidad, sino las ilusiones que la conciencia —sugestionada por las creencias— construye de esa realidad. Las creencias distorsionan y alteran la percepción de la realidad, categorizan esa realidad percibida, emiten juicios de valor acerca de ella, estiman la conveniencia que representa para el individuo, y disponen a los deseos y a los sentimientos al arbitrio de aquellas. Temor, deseos y sentimientos brotan, se disponen y se desarrollan en el suelo de las creencias del individuo, así que según la sustancia de éstas, adquirirán aquellos su peculiar color, su tallo, su fortaleza, su fruto, su singular desarrollo, y, las ilusiones que se construyen con ellas terminarán adquiriendo su estructura, vitalidad, colorido y forma.

 

Otro sistema que poseemos en el cerebro para percibir la conveniencia de nuestras actitudes y nuestra conducta, es el sistema intelectivo, pero sospecho que hablar de él me exigirá un arduo trabajo, así que lo dejo por ahora en el tintero.

 

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA II

 

CONVENIENCIA SENTIMENTAL

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Los sentimientos nos sugieren que determinada conducta o acción frente a los demás es aceptable y grata o, por el contrario, es reprobable. Nos hacen sentir atracción o repulsión, malquerencia o bienquerencia, gozo o malestar, paralizan la acción o nos impulsan a ella. Frente al otro, frente a quien nos relacionamos, nos concitan un rumbo y una intención. En resumidas cuentas, mediante dicho sentir hacen resaltar en nuestra conciencia lo conveniente  de tal o cual modo de actuar en relación a tal o cual individuo, predisponiéndonos a estar alerta o a confiar despreocupadamente.

Los sentimientos surgieron como tales en las primitivas agrupaciones de homo sapiens ( muy plausiblemente, se esbozaron en la época del homo erectus), con vocación de actuar a modo de reguladores sociales. La compasión, la vergüenza, la culpa, la envidia, los celos…actúan como instrumentos de la naturaleza humana. Procuran por un difícil equilibrio entre los intereses individuales y los sociales. Propugnan una difícil entente entre el competir con los demás y el cooperar con ellos.

Para sobrevivir en un medio hostil, nuestros primitivos ancestros tuvieron que competir y cooperar entre ellos. Lo mismo ocurre hoy en día en cualquier  negocio: en la empresa los trabajadores cooperan y compiten entre ellos por obtener beneficios empresariales y por alcanzar estatus a costa de los demás. Para estas labores resultaron y resultan de gran utilidad los sentimientos (y también para la convivencia y para la defensa del grupo y del individuo…).

La crueldad, los celos, el odio, la envidia –en  ciertas circunstancias—, actúan en nosotros en forma de pulsiones que nos impelen a competir; la compasión, la vergüenza, el afecto, facilitan, en cambio, la cooperación. Así que los sentimientos, con las pulsiones y la predisposición que nos producen hacia los demás, muestran a la conciencia el comportamiento que al sistema emocional le resulta conveniente cuando un individuo se encuentra frente a otros individuos.

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El compasivo “percibe” conveniencia en actuar con misericordia frente a unos y con odio frente a otros; el vergonzoso “percibe” conveniencia en evitar situaciones en las que podría aparecer deshonroso; la conveniencia del envidioso se cifra en hacer desaparecer al oponente que le hace sombra…

Los sentimientos tienen una importante particularidad: son en alto grado educables, lo cual les confiere un plus de potencial peligro. Incluso pueden ponerse de moda, tal como la compasión y la conmiseración lo están ahora. Los horrores de la 2ª Guerra Mundial fueron un toque de clarín para que se evitara la crueldad e imperase  la compasión. En el fondo, ese es el programa de la filosofía de la llamada Escuela de Frankfurt. El buenismo, cuya moralidad impera hoy en día en Occidente, hunde sus raíces en esa fuente.

La compasión es hoy, a nivel social, el sentimiento estrella, pero la compasión se alimenta de temor, y este sentimiento es el gran reconductor de conciencias. El temor es un miedo anticipado imaginativamente, es el sentimiento que nos produce la percepción de una amenaza en ciernes. Sentimos temor por un peligro supuesto, no por un peligro presente.

En el espectro humano se pueden observar caracteres más o menos medrosos (y también algún Juan Sin Miedo) pero, como sentimiento que es, es educable. Lo sentimos especialmente cuando otros lo sienten y lo comunican.

El temor se propaga entre las gentes como una llama en la estopa; es altamente contagioso y puede agrandarse en nuestra conciencia hasta el delirio. Voy a poner un ejemplo. En marzo de 1220 Gengis Khan tomó Samarcanda y masacró a su población. Igual suerte sufrió el Jorasán iraní y Afganistán. Las ciudades fueron reducidas a escombros y los cronistas musulmanes de la época narran que los cráneos apilados formaban montañas. Tal devastación provocó en el imperio musulmán un temor inmenso hacia los mongoles. Un temor que podemos apreciar por el relato del cronista Ibn al-Athir:[i]

Me han contado cosas que apenas pueden creerse; tan grande era el es­panto que Alá había puesto en todos los corazones. Se cuenta, por ejem­plo, que un solo jinete tártaro entró en una ciudad muy poblada y se puso a matar a todos sus habitantes uno tras otro sin que nadie se atreviera a defenderse. He oído decir que un tártaro, no teniendo ningún arma y que­riendo matar a uno que había hecho prisionero, le ordenó que se acostara en tierra, fue a buscar un sable y después mató a ese desgraciado, que no se había movido.

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La conveniencia que manifiesta un temor prudente es provechosa; no lo es, en cambio,  la conveniencia de actuar de acuerdo a los dictados de un temor desbocado, pavoroso, ni tampoco la de actuar sin temor alguno –es decir, no ser precavido—cuando existe peligro. El temor prudente nos alerta sobre los peligros, mientras que en el temor desbocado esa alerta se hace obsesiva y nos paraliza o nos hace huir despavoridos.

En cualquier caso, la conveniencia que dictan los sentimientos es de por sí peligrosa si no está sometida al control de las razones del intelecto que miran por nosotros mismos. No ha sido infrecuente en la historia que el compadecido clave un puñal en la espalda del compasivo. En la encrucijada en que nos hallamos, con la mitad de la población africana y de Oriente Medio queriendo llegar a las costas europeas, esa historia es muy probable que se repita.

Percibimos otro tipo de conveniencia que no he nombrado hasta ahora y que quizá sea la más determinante en nuestra conducta. Me refiero a la conveniencia que percibimos en las cosas a través de las creencias que poseemos, pero de esto hablaré en una próxima entrada.

 

 

 

 

[i] René Grousset, El Imperio de las Estepas, página 304

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA I

El hecho ha sido observado en multitud de ocasiones en muchas especies animales. Comprenderlo solo precisa de un ejemplo: Un rebaño ovino pastando apaciblemente a unas decenas de metros de un despeñadero; un pastor al que un fortuito menester aleja unos instantes del ganado; un oveja madura que por razones extrañas, obedeciendo a un mero instinto ocasional,  obedeciendo a una pulsión, echa a trotar y se desboca hacia el precipicio. Ahora viene el asunto principal: suele ocurrir que las demás ovejas, en fila, siguen los pasos de la primera y se despeñan también.

Los seres humanos no somos tan distintos a esas ovejas. Como ellas, somos gregarias, solemos tener pastores políticos y religiosos, y, los suicidios colectivos –siguiendo las indicaciones o doctrinas de un líder—han sido harto numerosos en nuestra especie. Desde sectas religiosas que se han inmolado a una orden de su líder, hasta la infinitud de guerras que no tuvieron otro propósito que el enfrentamiento entre líderes, ni otro resultado posible que la muerte de centenares, miles o millones de seres humanos.

Somos animales, somos gregarios y seguimos a un líder cual rebaño de ovejas o de lobos o de caribús. Nos creemos distintos porque, de manera singular, poseemos conciencia, pero, realmente, todas nuestras decisiones se toman en ese ámbito subterráneo que es el inconsciente.

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La conducta de los animales –deslindándonos ahora de ellos—resulta mucho menos complicada que la nuestra: es guiada y catapultada de manera casi exclusiva por los instintos. Sus instintos les indican la conveniencia que poseen las cosas para su supervivencia y bienestar, y les impulsan a conseguirlas. Los humanos disponemos, además, de otros mecanismos neuronales para percibir dicha conveniencia: poseemos la razón y los sentimientos, es decir, poseemos conciencia, poseemos la capacidad de obrar en el presente con vistas al futuro empleando el conocimiento del pasado. Esa amplitud de conveniencias (conveniencia instintiva, sentimental, racional) origina que la vida del hombre resulte un permanente conflicto: una  lucha interior entre conveniencias. El instinto nos suele decir una cosa, el sentimiento otra distinta y la razón otra más enrevesada aún.

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Hace poco comenté en un blog que nuestra civilización trata de reprimir nuestra naturaleza instintiva, nuestra naturaleza animal, y que en esa represión solapada se encuentra en gran medida la raíz de muchas de las enfermedades cuya etiología los médicos se encuentran incapaces de descubrir. Que tales enfermedades son harto frecuentes en quienes, por una causa u otra, han reprimido fuertemente su acción instintiva: quienes huyen de la relación social por temor a la alteridad del ‘otro’, quienes sofocan ilimitadamente su sexualidad, quienes llenos de temor a la experiencia social se refugian en  la soledad o en los animales, en los hipercompasivos, en aquellos que se horrorizan ante cualquier crueldad por insignificante que sea, en aquellos que temen todo lo que huela a competir, en quienes carecen de un itinerario de vida o no poseen un propósito vital. Abjurar de lo instintivo, querer matar la parte animal de uno mismo, lo entiende el organismo, de manera inconsciente, como un suicidio. Los impulsos instintivos se dirigen entonces, no a satisfacerse, sino a descompensan el funcionamiento de los diversos órganos del cuerpo, y, junto con el miedo, el gran represor del instinto, provocan la enfermedad.

En otros casos, una idea se apodera de nosotros, se asienta en la conciencia en forma de creencia (no siendo otra cosa que una ilusión), y obnubilando la razón y redireccionando la acción sentimental hacia el propósito que indica dicha idea, esto es, mostrándonos ciegamente una única e ilusa conveniencia, nos lanza a realizar grandes revoluciones y a producir grandes catástrofes en su nombre. El ejemplo de la Alemania de Hitler o del comunismo soviético, especialmente con Stalin, son bastante elocuentes al respecto. Pero no es preciso señalar casos extremos como los dichos, el ámbito social está lleno de comportamientos disparatados auspiciados por creencias que producen en las gentes una visión de la realidad alterada que puede llegar al fanatismo, esto es, a no ver más allá de sus narices, a pensar que todo el mundo está equivocado menos él, y a considerar su enemigo y declarar la guerra a todo aquel que discrepe de su verdad. El sectario, el revolucionario, el terrorista, son algunos tipos característicos de este tipo de gente. Es como si su cerebro estuviera cortocircuitado y solo la idea que le ronda produjera allí actividad. Los ejemplos son numerosos y no es preciso exponerlos.  Se está descubriendo que muchas enfermedades mentales son consecuencia de ese cortocircuitado y del miedo.

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Recojamos que somos gregarios, que solemos seguir a líderes y a fiar en su opinión, que poseemos mecanismos diversos y de diversa antigüedad evolutiva para percibir aquello que nos conviene para nuestro bienestar, que las ideas anidan en nuestro cerebro fabricando ilusiones que nos guían a comportamientos desastrosos, que renegar de manera notable de nuestra acción instintiva puede enfermar la mente y el cuerpo…

Nos falta hablar de la conveniencia sentimental y de la racional, y también somos capaces de producir tecnología y cultura y moral, pero estos temas serán tratados en próximas entradas de este Blog.

AUTOJUSTIFICACIÓN

 

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En alguna entrada anterior expuse comentarios acerca de las varas de medir lo injusto o injusto de una acción. Aunque abundan los sistemas éticos y las reglas morales que dictaminan sobre la justicia y el bien y el mal, su influencia sobre nuestra conducta no es del todo determinante. Influye en ello el egoísmo de cada cual. Dicho de otro modo, cada cual tiene su vara de medir sus acciones y las de los demás; y no es una vara de dimensiones fijas, sino que se acorta o alarga de acuerdo al trascendental factor del egoísmo que guía nuestro deambular por la vida.

Voy a permitirme ir más allá: esa elasticidad de la vara de medir, esa distinta percepción de lo justo o injusto de las acciones de los individuos en sociedad, es el germen de una variada sentimentalidad. Expongo ejemplos: uno considera injusto que un compañero le desplace o haga sombra en el disfrute de un bien o en la adquisición de un estatus, y, como consecuencia, surge la envidia en él. También quien posee pocos bienes o pocas aptitudes o capacidades, suele considerar injusta su situación relativa a la de quienes poseen esos dones en una cantidad mayor, y sufren dicho agravio comparativo en forma de envidia y resentimiento, que son leña para el fuego de la revolución social y germen de creencias éticas que propugnan la igualdad.

Claramente se ha de decir: nuestro primordial egoísmo nos impele a considerar justo aquello que nos conviene, beneficia o satisface. De ahí la tendencia generalizada en el ser humano a justificar sus actos y a descargar sus culpas en los demás. En estos años de crisis, este modo de autojustificación y de elusión de la propia responsabilidad ha llegado al extremo de que se haya considerado de manera bastante generalizada cargar a los bancos la responsabilidad y la culpa de la ruina de muchos particulares, tratando de justificarlo por la razón de ‘haberles prestado dinero’, como si tal cosa fuera un delito sin par.

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Certifican este impulso hacia la autojustificación algunos experimentos científicos que desvelan la existencia de un mecanismo mental con esos fines. En ensayos de laboratorio con personas con lesiones en el cuerpo calloso o en la corteza frontal medial ―los primeros con los dos hemisferios procesando independientemente, y los segundos con algunos procesos inhibidores de la conducta suprimidos―, se observa constancia en inventar justificaciones a sus actos extraños o problemáticos. La mente es una máquina de justificarse a uno mismo, afirma Michael Gazzaniga, del colegio Darmunth en New Hampshire[i].

Yo mismo he sido observador de un notable hecho a este respecto. Una anciana con las funciones cognitivas muy deterioradas, que yacía postrada sin poder reconocer los rostros ni hablar, había hecho trizas su pañal (un pañal que se le colocaba en previsión de incontinencias) que le producía calor. Al entrar su hija en la habitación y reprobarla por ello, la anciana respondió con voz alta y clara: ‘ha sido una paloma blanca que me ha estado picoteando el pañal’.

Los distintos grupos sociales hacen uso también de su particular vara de medir lo justo. Ni siquiera con la evidencia que proporcionan las cámaras de televisión verán los seguidores del Real Madrid la justicia del penalti que les han pitado en contra, mientras que, indudablemente, lo verán así los seguidores del Barcelona, y viceversa. Para los miembros del PSOE, IU y Podemos, no habrá un acto del PP que no sea canallesco, injusto y mezquino. La culpa y la maldad pertenecen siempre al enemigo; la razón y la justicia están siempre de nuestra parte.

Poseemos predisposiciones neuronales para establecer en nuestra conciencia un ‘nosotros’ y un ‘ellos’, y juzgar los actos de unos y otros según nuestra conveniencia y la de nuestro grupo social. Piénsese en las categorizaciones, ‘izquierda’, ‘derecha’, ‘nacionalista’… y cómo juzga cada uno de estos grupos las acciones de los demás.

De todo ello resulta obvio deducir que la moral y la ética –que están impregnadas del sentido de lo justo e injusto—, por mucho que pretendan imparcialidad, han sido elaboradas mediante una vara de medir que se amolda a los intereses de los individuos o grupos creadores.

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Pero, mirando un poco más allá, la cosa se complica aún más. Cuando el sentido de lo justo que defiende un grupo con unos determinados intereses triunfa y se impone a los demás, se redibuja en la conciencia de estos un nuevo ‘nosotros’ y un nuevo ‘ellos’, así como nuevas formas éticas y morales. Por ejemplo, la proclamación ética de que ‘lo justo está en la igualdad social de todos los individuos’, promueve en quienes aceptan la proclama un sentimiento de compasión hacia los más menesterosos, que ahora pasan a formar parte de su ‘nosotros’…

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En fin, detrás de la puerta de toda justificación se esconde la patita del egoísmo humano.

 

[i] Artículo «Razón y conjetura», en Mente y Cerebro núm. 6, p. 91

 

OJOS PARA VER

Tenemos los ojos para ver, el corazón para sentir (metafóricamente hablando), la inteligencia para relacionar conceptos, y la sabiduría para descubrir la conveniencia que nos ofrecen los hec…

Origen: OJOS PARA VER

OJOS PARA VER

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Tenemos los ojos para ver, el corazón para sentir (metafóricamente hablando), la inteligencia para relacionar conceptos, y la sabiduría para descubrir la conveniencia que nos ofrecen los hechos y las cosas. De entre todas estas capacidades nombradas, la sabiduría es la más rara –escasa—entre nosotros, la que menos abunda. De hecho es tan rara que no conozco que se haya hecho un estudio de ella en ningún ámbito académico. Posiblemente haya millones de estudios sobre la percepción, sobre los sentimientos, sobre la inteligencia, pero ni uno solo sobre la sabiduría. Ni siquiera creo que esté bien determinada su definición. Pero sabemos que la persona sabia es aquella que sabe escoger fácilmente el camino que le conviene en la vida, el camino que mejor se adecúa a sus circunstancias en busca de encontrar una parcela de felicidad o de ausencia de sufrimiento.

En Occidente, hoy en día, el corazón se ha puesto de moda. La compasión, la piedad, la conmiseración, la vergüenza, la culpa, los sentimientos que en parte regulan nuestra relación social prescriben hoy nuestra moral e incluso el espíritu de nuestras leyes. Sobremanera la compasión, que ha devenido en sentimiento radical de nuestra conducta social.

Pero, ¿es bueno que el corazón domine nuestro comportamiento? Desde luego que no. Si la inteligencia casi que está desahuciada en nuestras relaciones con los demás, y la sabiduría para con estos temas brilla por su ausencia, dejar al corazón como guía rector puede llevarnos al abismo a la vuelta de la esquina. De este asunto quiero hoy tratar, y me serviré para ello de un ejemplo de rabiosa actualidad.

  • Occidente está hoy rendido a una ética promovida en buena medida por el sentimiento de la compasión. Una compasión que nos rodea, que nos obliga, que está de moda; de la compasión hiperextendida a todos aquellos que sufren y pasan miserias; extendida a los animales e incluso a las plantas; una compasión universalizada.
  • Sin embargo, las relaciones humanas básicas siempre han tenido como rector un principio que emana de la entente que establece la naturaleza egoísta de uno en conflicto con la naturaleza egoísta de los demás: el Principio de Reciprocidad. Yo te doy, te auxilio, te presto…, para que tú me des, me auxilies, me prestes… en igual medida en el futuro. Si no se devuelve la ayuda, la donación, el auxilio, queda el que dio o ayudó agraviado; lo cual es motivo de conflicto o de rotura de la relación entre uno y otro.
  • Algo semejante ocurre en la cooperación. Entre los individuos cooperantes se establece el pacto tácito de considerar justo un reparto de beneficios que sea proporcional a la labor que realizó cada cooperante (la parte del beneficio total que se debe a su labor). Tal es la forma que adquiere el Principio de Reciprocidad en la simple cooperación social. Cuando se trata de una propiedad comunal, tal principio sirve y ha servido para regular la cooperación; y, aunque se altera y se desvirtúa cuando aparece por medio la propiedad privada, parece tan adecuado para las relaciones de cooperación, ayuda o  auxilio, que todos venimos a considerarlo de justicia.
  • Cuando la relación de cooperación, ayuda o auxilio no se atiene al dicho principio de Reciprocidad, aparecen lo que se denominan comportamientos egoístas y altruistas. Objetivamente, en ese tipo de relaciones, el comportamiento egoísta es aquel en el que un sujeto percibe en mayor cantidad de lo que le corresponde en justicia (ateniéndose a la reciprocidad debida); mientras que el comportamiento altruista es aquel en que uno aporta o da más de lo que en justicia le corresponde dar. En un extremo se encuentra el comportamiento parasitario: cuando uno no da ni aporta pero recibe de los bienes de los demás. El parásito parasita a aquellos de quienes recibe.
  • Situémonos en la realidad: En toda sociedad conviven gentes de comportamiento altruista con otros de comportamiento egoísta, con parásitos sociales. Lo que llama la atención es que, desde el punto de vista objetivo con que he definido esos conceptos, muy pocas veces el objetivamente egoísta o el objetivamente altruista son señalados como tales, sino que, muy frecuentemente, una parte importante de la sociedad les asigna los papeles inversos, cambiados. Muy frecuentemente, quien hace alarde de altruismo es, de manera objetiva, un egoísta social; mientras que el señalado como egoísta resulta ser netamente altruista.
  • Por ejemplo, el individuo con arte para escabullirse de trabajar y vivir de subsidios y cambalaches, suele llamar egoístas y explotadores a todos los laborantes y suele aparecer dibujado socialmente como un altruista que busca el bien general, pero, objetivamente, no es otra cosa que un egoísta e incluso un parásito social que medra a costa de los demás. Este tipo de gente se especialista en pedir y en recibir gratuitamente todo tipo de derechos para él sin aportar nada a cambio.
  • Esto nos lleva a otro apartado, al de que los derechos sociales de que disfrutamos todos no son gratuitos. Los derechos que disfruta el parásito provienen de la diferencia entre lo que aportan a la comunidad los altruistas y lo que a cambio reciben de ella.
  • Volvamos a la compasión y a la dramática situación de la corriente migratoria hacia Europa. La compasión se ha puesto de moda y cuando algo está de moda todos quieren subirse a su carro y reprobar a quienes son reticentes a subirse. Leo en las redes sociales que han surgido en Europa cientos de miles de ciudadanos dispuestos a acoger en sus casas a inmigrantes islámicos. (Conviene hacer alguna puntualización: 1.-parece ser que los de procedencia siria que llaman a las puertas de Europa apenas representan un 30% del total; 2.-hemos de suponer que el ofrecimiento de acogida que se efectúa es gratuito, sin recibir remuneración del Estado por ello). Me jugaría una taba a que, si esa acogida por parte de particulares se produjese, no pasaría una semana sin que una mayoría de los anfitriones no estuviesen arrepentidos. Piense el lector en convivir con inquilinos que dan muestras del machismo trasnochado que se producían en España hace un siglo; con inquilinos con usos y costumbres sociales que chocan de frente con los nuestros; con inquilinos cuya religión es contraria a las libertades y a la democracia.
  • En todo caso, piense el lector ¿hasta qué grado está dispuesto a ejercer su compasión con los dolientes y necesitados del mundo?, ¿hasta el grado de perder por ello gran parte de sus propios derechos, e incluso hasta el grado de convertir nuestra sociedad en un escenario de confrontación de culturas y religiones, e incluso hasta la posible pérdida de nuestra democracia y nuestras libertades?, ¿o solo hasta el grado de que nuestro sacrificio compasivo no altere sustancialmente nuestros derechos, riquezas y libertades, y que, en compensación, sirva para aliviar nuestra conciencia? Porque dependiendo del grado de compasión que estemos dispuestos a ofrecer –si somos conscientes de nuestros actos y de las consecuencias que acarrean—a los refugiados, será mayor o menos la amenaza de desestabilización social que traerá consigo.
  • Naturalmente que se ha de atender humanitariamente, con alimentación, sanidad, enseñanza y cobijo, a los cientos de miles de desplazados por la guerra en Siria, pero otra cosa distinta es la pretensión de algunos –tal  vez sintiéndose responsables de todas las desgracias del mundo—de exigir a España y a Europa que se reparen esas desgracias y que se otorgue a todo el mundo nuestros derechos y libertades a costa de nuestros bolsillos.
  • Porque lo que está demandando esa ola compasiva que recorre Europa –sin un claro juicio, tan solo utilizando el corazón—con sus exigencias de libre entrada y derechos a la carta para todo emigrante, es ni más ni menos que el desmantelamiento de nuestra civilización. Porque, que a nadie le quepa la menor duda: si Europa abre sus puertas y acoge sin reticencias a todo el que quiera venir a ella, toda África, todo Oriente Medio y la mitad de Iberoamérica plantarían sus reales en el viejo Continente.
  • ¿Estamos dispuestos a pechar con las consecuencias que tal hecho traería consigo?, ¿estaría usted dispuesto?
    • ¿Estaría dispuesto a que España tuviese que aumentar drásticamente su deuda y disminuir hasta niveles de espanto los derechos de sus ciudadanos para mantener a una abultada población emigrante que actuaría de parásito al no haber trabajo?
    • ¿Estaría dispuesto a afrontar los conflictos religiosos y culturales que se derivarían de ello (en Alemania y Francia la política de integración basada en la multiculturalidad ha demostrado ser un fracaso, y la población en paro en esos países es muy mayoritariamente musulmana de segunda o tercera generación en Europa. Por lo general, esos musulmanes rechazan los valores occidentales y su cultura, encerrándose en su grupo?
    • En encuestas recientes del Reino Unido, casi la mitad de los jóvenes musulmanes apoyan moralmente al DAESH, ¿estaría usted dispuesto a convivir con tal amenaza?
    • Otro problema, la libertad y la democracia es algo extraño al Islam, sólo en Turquía e Indonesia se puede hablar de democracia (y con graves y grandiosas restricciones). En Egipto, Argelia, Sudán, las elecciones democráticas sirvieron para imponer la ley coránica como ordenamiento jurídico y acabar con la democracia. No es extraño que en ciertas regiones europeas el islamismo se haga mayoritario y, tal como ocurre en todos los países islámicos de Oriente Medio, reprima duramente a los no musulmanes, no solo en sus manifestaciones religiosas, sino en sus derechos y libertades. ¿Está usted dispuesto a afrontar estas posibilidades?
    • ¿Aceptaría usted que su permisividad en materia religiosa, cultural y de libertades no fuera, en reciprocidad, correspondida, y que grupos egoístas cada vez más numerosos medrasen a costa de su permanente altruismo hacia ellos?
    • ¿Es mucho pedirle que no sea solo su corazón quien juzgue, que utilice también los ojos, la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, y que actúe en consecuencia de la conveniencia que perciba?