Existencialismo y absurdo

Los existencialistas percibían el absurdo en el hecho de que la vida no tenga otro sentido y propósito que el formar parte de un proceso dinámico de organismos interrelacionados que se adaptan al entorno mediante mecanismos tales como los propios de las mutaciones y de la Selección Natural. Y lo que les era aún más absurdo: ¡que dichos procesos y dichos mecanismos obedezcan en última y esencial instancia ―se reduzcan― a meras acciones químicas y físicas, esto es, a las leyes básicas de la Naturaleza.

¡Que no haya nada  «detrás»!, ni Dios ni propósito ni meta ni finalidad de cualquier tipo… Y que, por lo tanto, cualquier construcción de los hombres, ética, moral, cultural, religiosa, científica, tecnológica, sea «ficticia», no se apoye en nada, sean meras piruetas, mero artificio. El considerar que del tan buscado «núcleo del ser» se haya desprendido toda sustancia trascendente, considerar que todo recorrido hecho en busca de las esencias, en busca de aprehensiones, haya devenido vacío de sustancia, haya sido fantasmal, haya sido mera apariencia, huero, que todo sea un sin-sentido…; tales asuntos preocuparon sobremanera a los existencialistas. Hasta el punto de considerar esa incapacidad de «conocer», ese afán de perseguir sombras, el «absurdo».

Pero el conocer que la vida es azar y autopropulsión que obedece a leyes de la Naturaleza no ha de ser considerado un absurdo (en lo íntimo quieren decir decepcionante), como si el tal asunto al ser de la manera que es, les hubiera quitado su juguete preferido, les hubiera dejado sin conjeturas, incapaces, derrengados, sin ánimo; como si el haber reducido la vida a mero polvo les hubiera erradicado de su horizonte toda trascendencia, toda pretendida importancia; les hubiera arrancado esa cosa tan poco romántica que los psicólogos denominan autoestima, autoestima de la esencialidad.

Pero, por esas mismas razones, dicha autopropulsión destruye el absurdo: hace que nos sostengamos en nosotros mismos, que gravitemos sobre nosotros mismos. La certeza de que debajo no hay nada sólido ―a modo trascendente― que nos sostenga, sino inercia, propulsión, ausencia de cimiento, deshace el absurdo de la vida. Sabemos que debajo no hay «nada», y el conocer tal «absurdo» deshace el absurdo de la existencia, el absurdo de no encontrar, esto es, por el hecho de hallarnos en posesión de ese conocimiento, por el hecho de que somos nosotros mismos nuestro «cimiento» y nuestro porvenir, se destruye el sentimiento de falta de instinto que tal «absurdo» hacía surgir.

Del amor y otros fenómenos (VII)

Para el mantenimiento del amor valen aquellas dos condiciones que puse en la primera entrada de esta secuencia sobre el amor: no considerar al otro como una posesión, y no entregarse nunca del todo. Esto es, no propiciar que el otro sienta que posee un objeto ni pretender tú mismo poseerlo. O dicho con otras palabras: que cada miembro de la pareja mantenga en candelero la llama de su individualidad. Pero ahora, aparentemente, me voy a contradecir (al fin y al cabo el amor es un cúmulo de contradicciones): todo amor, para perdurar y consolidarse ha de contemplar esas dos llamas confundidas en una sola, ha de conseguirse una simbiosis de gustos, deseos, sentimientos e intereses en la pareja. Cada cual debe ver su llama y la de su amada distintas pero brillando al unísono y con intensidad parecida. Para este propósito se deben de derrumbar muros, difuminar sombras, limar asperezas, tender puentes, trazar caminos comunes, ingeniar una ética del comportamiento en pareja, hablar a corazón abierto sofocando las emociones malignas, llegar a acuerdos, conciliar deseos, derrumbar desconfianzas, lograr que el deber en la pareja resulte delicia, mirar mutuamente por el otro, conseguir que la palabra sea sanadora, hacer que en presencia del otro el corazón se engalane.

Pero vayamos al grano de los peligros que proclamé en el post antecedente a éste. Si el amor en sus inicios es idealismo, visión ideal de perfección y virtudes, mantenerlo vivo cuando se desciende a la áspera realidad de la convivencia bajo la amenaza de la rutina, es tarea ardua. Exige que el tal descenso hasta esa realidad se haga paso a paso, con toda la atención puesta en ello, evitando los caminos empinados y los atajos abruptos. Exige que los dos miembros de la pareja se sujeten el uno en el otro, cuidadosamente pero con todas las fuerzas de que sean capaces. Exige que en las caídas y en los resbalones los dos se levanten prontamente y aprendan artimañas para no volver a caer. Y exige quitarse con cuidado la venda que cubría sus ojos, y aprender a descubrir el verdadero aspecto de la realidad en la convivencia: percatarse de que el colorido del amor, por fuerza, es menos brillante y hermoso que el que lucía en la imaginación. (Hay un tipo de individuos que se niega a admitir esto y cuando se consume el amor ideal con su provisional pareja, cambian de inmediato a otra para seguir en la idealización y no descender de ella).

Otro gran peligro: la acumulación de pensamientos negativos hacia el otro miembro de la pareja, lo cual conlleva, paralelamente, la acumulación de rencores que salen a relucir en caso del más mínimo conflicto, y que hacen imposible el bienestar. Para evitar que esos rencores se añejen en exceso y taladren la convivencia con su afilada barrena, es conveniente la comunicación entre los enamorados, en frío, cuando el rencor o el mal pensamiento está dormido, y conviene entonces analizarlos y relativizarlos, y ponerse para ello en la piel del otro, y en la piel de sus deseos y sus sentimientos en el momento que tuvo lugar el acto o el comportamiento que generó aquel mal pensamiento y aquel rencor; y, de esa manera, limarlo o liquidarlo con la comprensión mutua.

Otro tanto cabe decir de la desconfianza. Desconfianza generalmente de aquel que, aunque enamorado, por timidez o por acomplejamiento, le resulta imposible confiar plenamente en su pareja, pues no cree poseer garantías suficientes. La desconfianza levanta muros entre los enamorados que resultan muy difíciles de derrumbar,  al contrario, con el tiempo van fortaleciéndose, creciendo y ensanchándose. Solo cuando uno de los dos, en un acto de generosidad, confía en el otro ciegamente, este otro encuentra garantías y razones para derrumbar su propio muro, para aprender a confiar. La confianza del uno induce al otro a confiar.

Porque la desconfianza suele producir, seguidamente, falta de entrega de afectividad (resulta casi imposible dar afecto sin confiar), falta de apetito sexual, rigidez en la actitud hacia el otro, rigidez en la convivencia, rutina…, todo ello como mecanismo de protección contra la desconfianza que el otro le produce. El lugar en donde se inician casi todos los procesos que conducen a la ruptura del amor en la pareja se llama desconfianza.

Así que, mediante la adecuada comunicación de pareja,  se debe poner todo el empeño posible en evitar que los conflictos mínimos queden sin resolver, pues, si no, el tiempo los agranda hasta que estallan. Y se debe de ser valiente para confiar, porque la desconfianza es producto del miedo, que es irracional, mientras que la mera precaución ―prever los eventos―es producto de la mente consciente. El pozo de los rencores y el pozo de la desconfianza tienen que vaciarse prontamente.

Y otra cuestión esencial que debe ser tomada en cuanta, es la de tener ánimo democrático en la relación, y ánimo de  igualdad de deberes y derechos y libertades para ambos miembros de la pareja. El amor requiere igualdad y correspondencia. Una relación solo será duradera cuando hay compensación mutua entre los dones que ofrece el uno y los que ofrece el otro,  cuando hay reciprocidad.  No valen la soberbia ni el sentimiento de superioridad ni el faltar el respeto a las singularidades del otro, sino la condescendencia, el ceder o claudicar a veces para hacer valer el propio criterio otras, el mirar por el bien del otro (porque su bien representa de forma indirecta tu propio bien), el tener siempre en el punto de mira la búsqueda de consenso…

Es decir, imponerse el amor como disciplina. Al fin y al cabo, el amor es una de las cosas más importantes de la vida, y sólo quien no ama no se empeña. Y no temer a las disputas, pues bien se dice que “los amores reñidos son los más queridos”.

No me inmiscuyo en lo relativo a los caracteres semejantes o complementarios para que todo resulte más sencillo en una pareja. Si los tienen semejantes y se parecen en el deseo de imponer sus propios criterios o se parecen en el carácter desconfiado, el fracaso se asegura.

Queriendo terminar más poéticamente, si plantamos una flor en el jardín, ¿dejaremos que se críe por ella sola?, ¿no quitaremos las malas hierbas que le crezcan alrededor, no la echaremos nutrientes, no procuraremos que le dé en justa medida el sol, no la protegeremos contra las heladas? A la flor, para que alcance su justo y bello desarrollo, la debemos de cuidar, de adorar, de estar atentos a su desarrollo, en fin, debemos de elaborar un proyecto para que luzca su plena hermosura. ¿Veis alguna diferencia del cuidado del la flor con el cuidado del amor? ¿No se dice cultivar el amor”? Un dicho árabe lo asevera: el amor se debe cultivar con el mismo mimo con que cuida las flores el jardinero del paraíso.

Así pues, el amor, para su cultivo, requiere de un mimo especial, de un volcar nuestra voluntad para que crezca enhiesto y hermoso. Requiere de un cuidado tan especial como el que ofrecemos a la flor más hermosa del jardín, requiere adquirir todos los conocimientos posibles para su cultivo primoroso, requiere hacerse experto, cambiar de hábitos abonar en los momentos precisos, requiere adquirir nuevas habilidades, saber muy bien el camino a seguir. Requiere, por todo lo dicho, imponérnoslo con la fuerza de una obligación. Requiere que amar e convierta en un deber sagrado.

Vuelvo también a Kayyam, qué sabias y hermosas palabras ¡y qué ardua labor!:

 

Antes que aprendas a acariciar

un rostro suave como de rosa

¡Cuántas espinas deberás arrancar

de tu propia carne!

 

Del amor y otros fenómenos (VI)

Logística del amor con la intención de que sea perdurable (II)

Considerando que evaluamos con las razones del intelecto y con las razones que presentan los sentimientos, en la evaluación que preconicé en el post precedente pueden presentarse los siguientes casos:

Caso A: Unas y otras razones o conveniencias son adversas. Ni los sentimientos hacia la otra persona de la pareja ni los juicios que emitamos acerca de ella ni ningún recuerdo feliz ni ninguna esperanza presentan un dictamen favorable. En tal caso la mejor opción posible es romper la relación (y este consejo se sale de la intención del escrito que no es otra que analizar el comportamiento humano. Es un consejo gratuito). Algunos, ingenuamente, y solo guiados por el temor a la soledad o a perder prerrogativas separándose, creen factible un futuro mejor para la pareja; un futuro a imagen del propio deseo o del propio temor. Es una ilusión que puede resultar muy dolorosa, ya que sus probabilidades de éxito son escasísimas, pues falta la llama del amor o al menos un rescoldo de ella. Las pavesas no sirven.

(Un blog muy refrescante, ameno y candoroso de una psicóloga da unas recomendaciones muy adecuadas para aventar esas pavesas: http://porquenohaypsicologosencorea.wordpress.com/2014/01/   )

Caso B: unas razones y otras discrepan. Problema arduo se presenta. Los sentimientos hacia el otro muestran conveniencia mientras que las razones que dicta la conciencia enseñan inconveniencia de seguir la relación. Unos promueven el amor, los otros el rechazo. Lo que es imprescindible es un elemento motivador al que agarrarse, un rescoldo aunque dé poco calor. Puede ser el recuerdo de momentos dichosos o de bondades que el tiempo ha ido difuminando, o una virtud o una cualidad del otro que aún hace sentir hacia él bienquerencia, que aún se ama. Rehacer a partir de ese rescoldo la llama del amor o al menos del bienaventurado afecto compartido, significa encaminarse por un largo y pedregoso camino. Esto hay que tenerlo en cuenta en el momento de decidirse.

Si es la sentimentalidad quien alega el dictamen del “no”, la separación no conllevaría pérdida afectiva, pero puede que lo que se pierda sea seguridad, nombre, posición, amparo, riqueza, afecto filial… Si, por el contrario,  quien niega o alega inconveniencia  es la razón intelectiva, mientras que los sentimientos son favorables a seguir la relación, separarse puede resultar muy doloroso.

Como se puede ver aquí también, al tomar la decisión de separarse o de intentar recomponer la convivencia y el amor, el deseo y el temor juegan un importante papel. El deseo de libertad, de cambio de pareja, de empezar otra vida… y el temor a perder la seguridad que la pareja ofrecía, de perder afecto y otros dones que se poseían. Siempre es recomendable ―y vuelvo a hacer notar que esto es una recomendación gratuita y nunca un consultorio sentimental―ser valiente. El valor, si no es temerario, siempre es recomendable en cualquier situación.

Caso C: los dictados de la razón y los dictados sentimentales son conformes y favorables. Uno tiene el convencimiento de que las desavenencias son pasajeras y la llama del amor aún ilumina lo suficiente. En este caso y en el anterior ―siempre que la decisión tomada haya sido la de remendar o reconstruir la convivencia amorosa― conviene empezar a obrar en el edificio del amor.

Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: dado que las creencias morales acerca de las relaciones de pareja, así como las creencias sobre posibilidades de futuro que dicha pareja tenga, son quienes modelan el perfil sentimental del individuo hacia la relación, y dado, consecuentemente, que si se intenta reconstruir el amor habrá que reconstruir sentimientos, se hace necesario el intentar que las creencias de la pareja cambien. Y deben cambiar en cuanto a lo correcto e incorrecto aplicado al comportamiento amoroso, en cuanto a las relaciones sociales, en cuanto a las labores a desarrollar por cada cual, en cuanto a resolver los problemas etc. y ese cambio debe ir en la dirección de confluir pareceres y de lograr consensos. Nada más útil para ello que utilizar la siguiente argucia que resulta ser un potente algoritmo: ponerse en la piel del otro para examinar los problemas en común.

Así pues, en esa Odisea hacia Ítaca habrá que luchar contra los vientos desfavorables, contra los cantos de sirena que enloquecen a los hombres, contra las ilusiones malignas de Circe la hechicera por convertir a la pareja en animales, contra el cíclope Polifemo,  el ojo social reprobador, y contra los sediciosos e insidiosos pretendientes de Penélope, que incitarán su deseo.

Se poseen para ello los instrumentos de la inteligencia, del valor y de la palabra. El impulso de la llama de amor que aún reluce y se quiere reavivar. Se utiliza la eficaz argucia de ponerse en la piel del otro, de ver las cosas desde su punto de vista. El proyecto es el de consensuar democráticamente  un nuevo modelo de convivencia amorosa. Se posee también la finalidad, la de reconstruir el amor mediante ese modelo dicho. Que la navegación sea venturosa.

¿Cuáles son los peligros principales con que se han de enfrentar esos navegantes?

  • En los comienzos de la relación, un descenso abrupto desde la elevada posición del amor ideal al suelo áspero y duro de la realidad cotidiana.
  • Las desconfianzas, que levantan muros separadores.
  • Los pensamientos negativos sobre los comportamientos del otro, que de no ser comunicados y examinados se hacen venenosos y exhalan su pestilencia en la relación.
  • La falta de comunicación de las alegrías y los pesares.
  • La negación a destilar los conflictos con palabras para evitar que se vuelvan añejos y se conviertan en rencor.
  • El considerarse superior al otro miembro de la pareja.
  • Los problemas sexuales.
  • La falta de afectividad.
  • La rigidez mental.
  • La falta de voluntad de obrar en el edificio…

Y ahora me doy cuenta que esto se ha alargado demasiado considerando que nunca había escrito una sola palabra sobre el amor, así que seguiré otro día.

Del amor y otros fenómenos (V)

Logística del amor  con la intención de que sea perdurable (I)

Lo que sigue no pretende ser, en absoluto, un remedo de consultorio sentimental sino un esbozo acerca de la naturaleza de las relaciones humanas de pareja. Pero, aviso, entre la pretensión y el resultado puede haber un abismo.

La empresa que me ocupa, la de reconstruir el edificio del amor o cuanto menos arreglar las paredes, los techos y los basamentos para evitar que se derrumbe y conseguir que siga siendo habitable, es un empresa humana y, como tal ―y dada la preponderante importancia que los asuntos humanos cobran en el hombre―, exige el mejor tratamiento, un tratamiento que goce de un carácter científico.

En este sentido, los pasos a seguir deben ser: un análisis de la situación de ruina en que se encuentra el edificio, un análisis de la factibilidad de su arreglo, tomar o no la decisión de arreglarlo, la elaboración, en consecuencia, de un proyecto en esa dirección, y, finalmente, el desarrollo de dicho proyecto con los esfuerzos que se requieran para ello.

Pero previamente, para un conocimiento adecuado del terreno por donde nos movemos, me resulta necesario realizar algunas aclaraciones sobre la naturaleza humana (dada la escasa atención que la filosofía tiene a este respecto ―con magníficas excepciones como la de José Antonio Marina―y la veleidosa y escasa capacidad que muestra la psicología, contaminada aún por las influencias del psicoanálisis, en este asunto).

En primer lugar se ha de hacer notar que el temor y el deseo son las entidades que mayormente marcan nuestro rumbo y manejan nuestro ánimo. Son la argamasa de los sentimientos y ellos son quienes propician y frecuentemente dirigen nuestros pensamientos.

En segundo lugar, es muy relevante percatarse de que a todo ser humano lo empuja un deseo de destacar por encima de los demás hombres en todo aquello que estima conveniente. Esto no es menos cierto en el caso de la pareja amorosa y, de forma general, en cualquier relación cooperativa. Pero siempre que en una relación libre de este tipo ―y la amorosa lo es―hay uno que destaca, otro u otros se sienten rebajados en su valer, apareciendo en ellos un sentimiento de agravio comparativo, de malestar y malquerencia hacia el que destaca que amenaza con dar al traste con la  cooperación; y también aparece ese sentimiento de agravio en el que participa en la cooperación con mayores bienes, mejores cualidades, mayor esfuerzo o mayor capacidad. De forma que la única estrategia que resulta factible para continuar la relación colaboradora, se asienta en el igualitarismo de poseer, dar y recibir cantidades semejantes, se asienta en el llamado Principio de reciprocidad. En las relaciones libres entre personas, sean de ayuda, sean de auxilio, sean de amor, sean de pretendido altruismo, sean de cualquier empresa… la reciprocidad es condición necesaria. Te doy, te ayudo, te auxilio, te presto, coopero, para que tú me des, me auxilies, me prestes, cooperes conmigo, me devuelvas en igual medida que la que te he dado o cooperado contigo. Sólo las relaciones libres que se basan en el Principio de reciprocidad se pueden sostener en el tiempo.

En tercer lugar, las creencias morales del hombre, junto a las creencias acerca de sus posibilidades en la relación social, son las principales modeladoras de su perfil sentimental y, consiguientemente, resultan determinantes en su conducta. Una vez explicitado esto, pasemos al análisis de la situación.

Cuando se va cumpliendo el plazo de caducidad del torrente químico que opera en la atracción sexual como copartícipe del enamoramiento, o bien cuando las diferentes circunstancias de la realidad van erosionando la imagen ideal que el sujeto enamorado edificó de su objeto amado, o bien si por motivos diversos los roces, los caracteres antagónicos, los daños y perjuicios recibidos, las decepciones y los enfrentamientos van introduciendo en cada miembro de la pareja rencores y malquerencias, digo que entonces, consciente o inconscientemente, cognitiva o sentimentalmente, el antaño enamorado siente la necesidad de realizar una evaluación de su vida de pareja. Realiza una doble evaluación: valora y mide lo que aporta y lo que cree obtener de la pareja; y, por otro lado, valora lo que podría obtener cambiando de objeto amoroso. Y la dicha evaluación es también doble en otro sentido, en el mecanismo que  pone en uso: es evaluación emotiva y sentimental, y es evaluación cognitiva, de pensamiento, y en contadas ocasiones se emplean también en ella los argumentos  de las razones y de la lógica. Los principales elementos de juicio para realizar dicha evaluación son el temor y el deseo; el temor a perder lo que se posee: cobijo, tranquilidad, placer sexual, bienes materiales, compañía, hijos…; y el deseo de poseer otro hombre u otra mujer distinta a la que actualmente se posee, el deseo de nuevas posibilidades…

Se evalúa lo que uno percibe que aporta a la pareja y lo que percibe que recibe de ella, ateniéndose el juicio evaluador al Principio de reciprocidad. Se perciben como elementos a juzgar, la satisfacción afectiva, la sexual, la satisfacción de las relaciones sociales logradas a través de la pareja, la belleza de cada cual[1], la posición económica y social de uno y otro, la inteligencia, la capacidad, la fama (naturalmente,  al tener presentes las ofensas recibidas, los rencores acumulados…, el juicio sobre lo que uno da y recibe no resulta imparcial, echándose más en el platillo de lo que uno da, por lo que el Principio de reciprocidad suele falsearse).  Tal es la evaluación de lo que da y recibe cada cual en la pareja. Cierto es que como en el juicio evaluador intervienen el temor, el deseo y los sentimientos, el sentido de la reciprocidad  puede también resultar erróneo por dicho motivo. Uno puede creerse  superior en belleza a su esposa o en inteligencia, o en capacidad, en posibilidades o posición social. El deseo es productor de espejismos e ilusiones.

Pero en donde el deseo produce más trastornos en la apreciación de la realidad es en la valoración de lo que podría obtener el sujeto cambiando de objeto amoroso, quiero decir, cambiando de pareja. Ahí tenemos el usual caso de quien cree que sin lugar a dudas es correspondido por la mujer que ama; o del que se enamora de toda mujer bella que le mira de soslayo, creyendo que esa mirada es un signo de amor irrefutable; o del que ve posibilidades de ser correspondido en cuanto lance un requiebro amoroso a cualquier mujer; o del que cree que puede engañar impunemente a su mujer pero que ella nunca le engañaría; o del que se cree un galán y es un hazmerreír… Todos ellos tienden equivocadamente a suponer que ganarían con un cambio de pareja.

Así que una buena evaluación requiere indagar honrada y valientemente en la realidad de sus atributos y de lo que da y recibe, requiere alejar las ilusiones y las sombras, requiere adaptarse al Principio de realidad. En caso contrario, cuando solo se persiguen espejismos, cuando el deseo se convierte en único o principal elemento para evaluar, la evaluación será desastrosa y cualquier decisión que se tome a partir de ella conllevará una posterior penalización y el correspondiente arrepentimiento. Una estrategia que puede ayudar, y mucho, para adaptarse a la realidad, consiste en ponerse en la piel del otro, es decir, sopesar desde el otro lado de la pareja la percepción que ella puede tener de mí y de lo que yo doy y recibo. También puesto en la piel del otro, revisar las causas de las supuestas ofensas recibidas, que han ido llenado de rencores la relación.

Ateniéndonos al Principio de realidad evaluamos la situación de la pareja en cuanto al Principio de reciprocidad, y utilizamos para ello los sentimientos, los deseos, la inteligencia y las creencias. Ya tenemos la evaluación hecha. Corresponde seguidamente tomar una decisión. Pero esto quedará para una posterior entrada porque mi cabeza ya no da para más y esto se ha hecho muy largo (y muy pesado, añadirá más de uno).


[1] Ulrich Renz en La ciencia de la belleza señala que de modo general, la belleza que posee cada miembro de una pareja es semejante. Si está desequilibrada es porque se compensa con estatus, fama, poder o riqueza. Hasta ese extremo se cumple el Principio de reciprocidad en el dar y recibir.

Del amor y otros fenómenos (IV)

Aunque había anunciado hablar seguidamente de la perdurabilidad del amor, o al menos de la perdurabilidad del bienestar en común de la pareja que alguna vez se sintió enamorada, por salir de tal brete si no con donaire sí con cierto decoro intelectual, dilato ligeramente la fecha de la ocasión (en el supuesto de que al estimado Yack, que la espera con cierto ánimo avieso, no le importe la dilación), y me dispongo a decir algunas palabras sobre la sexualidad.

Por cierto, animo muy encarecidamente a quien lea esto que se interese por el blog de Yack, http://tertuliafilosoficatoledo.blogspot.com.es Un extenso blog de artículos de pensamiento que destilan por todos sus poros inteligencia, arduo conocimiento y sentido común.

El amor se manifiesta como una necesidad de nuestra naturaleza. El deseo emerge de esa necesidad y congrega, seduce y dirige a un tropel de sentimientos a la misión de edificar en el enamorado, embelesadamente, un arquetipo del objeto de amor, esto es, a atribuir  a la persona amada todas las virtudes, y adornarla con las guirnaldas de toda perfección. La persona así idealmente amada es una fantasía elaborada por nuestra imaginación. (Quien escribe el guión y diseña el atrezo de esa obra imaginativa es el deseo de amor, aunque la obra se represente en el teatro de la conciencia, en donde tienen su aposento los pensamientos y la razón). Pero el tiempo trabaja derruyendo el arquetipo: la realidad destruye la imagen perfecta concebida. Con la decepción que produce el contraste, los deliciosos sentimientos que envolvían la imagen ideal en tiempos pasados se van reemplazando paulatinamente por otros que resultan odiosos. Se acaba el amor.

En la tercera entrega Del amor… señalé a varios enemigos, pero omití deliberadamente uno, quizá el más importante: la falta de conciliación sexual de los enamorados. Al fin y al cabo el amor lleva impreso la subordinación a la finalidad sexual dictada por lo biológico mediante instintos. (Recomiendo al respecto leer esta entrada de blog http://sexdelicias.wordpress.com/2014/03/03/locoa-de-amor/ de una sexóloga, en donde  pone de manifiesto el estallido hormonal y de neurotransmisores que produce la cosecha sexual y la cosecha amorosa).

Todos los placeres son adictivos: el placer sexual lo es. El instinto sexual, como el instinto que nos empuja a comer, se recarga periódicamente, pero somos conscientes de que ciertas golosinas nos compelen a seguir y seguir comiendo, a no sentirnos satisfechos con la cantidad usual; y somos conscientes también de que ciertos excesos en la ingesta de alimentos pueden desencadenar cambios metabólicos y cambios en la regulación del sistema digestivo que pueden propiciar que no se aplaque el hambre si no es con una ingesta desmesurada; y fatalmente, en ciertos casos, la disposición genética faculta un metabolismo desastroso y unas necesidades de ingesta muy alejadas de lo usual. Muy semejantes cuestiones afectan al funcionamiento del sistema sexual. Para el hombre heterosexual (economizo lenguaje: lo mismo se puede decir conceptualmente del hombre, de la mujer, del homosexual, del heterosexual o del bisexual) las chicas jóvenes representan ―para el instinto sexual de ese hombre― las golosinas que nombré anteriormente. Las chicas jóvenes y su reemplazo permanente, la novedad permanente. Quienes en el pasado disfrutaron del suficiente poder para imponer por la fuerza los dictados de su instinto sexual, lo impusieron (hoy la regulación democrática lo limita). Voy a poner algunos ejemplos:

Ya en la primera literatura escrita, en el grandioso Poema de Gilgamesh, se da cuenta de que el rey de la ciudad mesopotámica de Uruk abusaba de sus derechos reales en las noches de boda de las jóvenes de la ciudad. Como tal abuso originaba quejas y revueltas entre la población, los reyes de las ciudades estado mesopotámicas optaron por los harenes reales, quedando testimonio escrito de los existentes en el reino de Marí. Grandes edificios tuvieron que ser necesarios para albergar tanta mujer, por ejemplo, el Libro de los Reyes (11:3) nos atestigua que Salomón tuvo hasta 700 mujeres reinas y 300 concubinas. Más modesto hubo de ser el harén de Ramses II, a quien se le atribuyen 120 hijos; el del soberano inca Topa Inca Yupanqui, que tuvo 70 hijos de sus concubinas; o el del azteca Moctezuma II, que llegó a disponer de 150 concubinas. Nada les tiene que envidiar el de los actuales reyes saudíes: el fundador de la dinastía, Abdel Aziz al Saud, tuvo 145 hijos con sus 19 esposas oficiales, sin hacer cuentas de las concubinas. Aunque nada en comparación con el harén de los emperadores chinos del siglo XIX, que podía llegar a tener 3000 mujeres. Se sabe que entre los incas y aztecas  los grandes señores y los jefes acaparaban la mayoría de las mujeres disponibles. Cada hombre podía tener tantas mujeres y concubinas como su posición social le permitiera mantener. Dado también que, como en Egipto, los hijos de las esposas principales se ponían en la línea sucesoria mientras que los de las esposas secundarias y concubinas ocupaban cargos de sumos sacerdotes, visires o altos cargos administrativos –señores a su vez poderosos, con numerosas esposas e hijos—el linaje de los poderosos se hacía desmesuradamente abundante en la población. Otro ejemplo: un proyecto genético llevado a cabo recientemente ha puesto de manifiesto que hay actualmente en Asia Central 16 millones de portadores de un gen raro que se atribuye a Gengis Khan, casi un 10% de la población total. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que todos descendemos de reyes.

Algunos otros  “imponen” su dictado sexual seductoramente, mediante su belleza. Recuerdo a un actor español declarando sin empacho haber tenido más de mil amantes distintas.

Pero el común de los mortales no poseen el poder ni la belleza suficientes para lograr la satisfacción instintiva “que les pide el cuerpo”, así que, generalmente, uno se restringe a la novia, a la esposa o a la amante de turno, a lo política y moralmente correcto en estos casos (al menos lo que se considera “correcto” en la calle), sin quitar de que cada cual, en mayor o menor grado según sus precauciones y creencias, aproveche las ocasiones que le salgan al paso ―siempre que la ocasión resulte discreta. Lo que se llama echar una cana al aire (por cierto, las estadísticas al respecto son cuanto menos sorprendentes: más de un 60% de mujeres casadas inglesas declara haber realizado “saltos de cama”, lo que sugiere ―por la discreción de que se quiere hacer gala en estos casos― que el porcentaje podría ser mucho mayor).

En resumidas cuentas, la moral, la norma, la escasez de posibilidades ―al menos públicamente― ponen coto a las veleidades del deseo sexual. Sin embargo,  muchos, por motivos y circunstancias que ahora no viene al caso resaltar, caen en una adicción  que les conduce a probar sin reparo alguno todos los placeres anudados a lo sexual (sadismo, masoquismo, intercambio sexual, prácticas zoofílicas, etc). Adicción que, tratando de suplir la satisfacción de aquel instinto que pugna por lo juvenil y novedoso,  les pide más y más y que al ser desmedida y crear una continua necesidad de novedad conduce generalmente a encadenamientos, a esclavitud sexual, a perder la referencia de otra cosa que no sea la sexualidad. No digo que esté bien ni mal, esto no es un tratado de moral, sino que en el plano sexual ―y prácticamente en cualquier plano de la vida― defiendo que en el equilibrio y en el control sobre lo que se hace se halla la virtud. La servidumbre para con el placer, como cualquier otra servidumbre, nunca es aconsejable. En tales casos se pierden cualesquiera otros valores, la personalidad toda se altera, el placer pone en sus esclavos asfixiantes grilletes.

La búsqueda incesante de placer sexual en la pareja es, por las cuestiones señaladas, uno de los grandes peligros para su bienestar. Un amor languidece si en él ha muerto el placer sexual, pero se hace un infierno de deseo y necesidad nunca satisfecha cuando lo sexual preside imperiosamente la convivencia.

Ya no me quedan excusas para tratar de la perdurabilidad del amor.

Caracteres fascistoides del independentismo catalán

Hoy me llega la noticia de que en Cataluña los sindicatos de profesores CCOO, CGT, USTEC-STEs y la Asamblea de Docentes, «exigen» a Rigau la insumisión frente a la LOMCE y contra las sentencias sobre el bilingüismo.

Como ya apunté en otra entrada de este Blog, Puntadas con hilo, la dicha exigencia expresa un deseo de acción que conculque la ley, y expresa una opinión que impera en los regímenes fascistas y comunistas: la de oprimir y negar derechos y libertades al discrepante o al disidente.

En primer lugar, se arenga y se exige violar la ley, lo cual es una llamada a la rebelión contra el régimen democrático y una incitación a delinquir. En segundo lugar, en la mente de tales colectivos (no se les puede aplicar «individuos» porque el rebaño quebranta la individualidad) resalta un grave desprecio hacia los valores democráticos, pues el cumplimiento de la ley lo es; resalta un desprecio hacia el derecho y la libertad a que los estudiantes sean escolarizados en la lengua materna y en la que prescribe la ley; resalta también la pretensión totalitaria de querer imponer el propio criterio por encima de la ley, por encima de la voluntad de los afectados por el asunto y por encima de los modos democráticos de acción. Y resalta también su intolerancia hacia las opiniones, derechos, y libertades de quienes no piensan igual, así como una clara tendencia a la imposición monolítica y opresora de una cultura y una lengua.

En la entrada mencionada, Puntadas con hilo, expliqué que estos eran métodos y actitudes propias de la Alemania nazi, de la Italia fascista y de la España de Franco; también de la Rusia comunista. Ahora esos mismos métodos y actitudes, como carácter del movimiento, brotan abundantemente en los ámbitos del Independentismo catalán.

Que en voz alta se ponga bien claro de manifiesto ese carácter. RT esto a todos tus seguidores.

Del amor y otros fenómenos (III)

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Reconocimiento del amor, de sus estados y sus enemigos

Se me ocurre que, antes de tratar de disciplinar el amor, para comprender mejor, tendremos que catalogarlo, señalar, todo lo exhaustivamente que nos permitan estas páginas, computar sus arrebatadoras implicaciones, los excesos que se cometen en su nombre.

Y en  qué sitio mejor buscar que en las páginas de la poesía, ¿no se destila en ellas la pena, la alegría, el alboroto sentimental que deja el rastro del amor?, ¿no es acaso  el amor, sobre todo, libertad, intuición, flechazo repentino y cegador?,

Pasemos a escuchar al avaricioso Neruda:

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo

y por las calles voy sin nutrirme, callado,

no me sostiene el pan, el alba me desquicia,

busco el sonido líquido de tus pies en el día

Estoy hambriento de tu risa resbalada,

de tus manos color de furioso granero,

tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,

quiero comer tu piel como una intacta almendra

Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura

la nariz soberana del arrogante rostro

quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas

y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo

buscándote, buscando tu corazón caliente

como un puma en la soledad de Quitratúe

Teresa de Ávila y Cepeda, en opiáceo trance de santidad escribió este arrebato de enajenado amor que la lleva a desear morir:

Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero

que muero porque no muero

Si Neruda quiere poseer a su amada plenamente, Santa Teresa pretende entregar su vida al amor de Jesucristo. Ibn Hazm, el gran poeta andalusí, nos muestra en hermoso verso el trastorno que le crea la mujer amada:

Su amor ha hecho volar mi corazón de su sitio

y todavía anda revoloteando

Pero sabemos que el amor es también un veneno, ¿no se dice el veneno del amor, o acaso no hablamos de un amor envenenado? Omar Kayyam, a quien ya nombré en el capítulo primero, nos lo recuerda:

¿Te niegas a renunciar al amor?

recuerda que Dios lo creó

al tiempo que otras plantas venenosas

Otra particularidad del amor lo empareja con los negocios: parece que para mantenerse debe estar creciendo siempre. Al menos así lo señala el poeta metafísico inglés John Donne:

El amor es la luz siempre creciente

plena e inmutable

y su primer minuto

después del mediodía es ya la noche

Esto es, si apaga un minuto su fulgor álgido, ya no es amor, ya es decadencia. Así que sacando cuentas, el amor es libertad y cárcel, herida, deseo, ansia de posesión, desesperación, desprendimiento, deseo de morir, hoguera que arrasa, espina, veneno, trastorno anímico, arrebato, paraíso, paroxismo de luz, erotismo, química concordante, obsesión, obnubilación de los sentidos, engaño de la razón…

Ahora me acecha una pregunta, ¿buscan lo mismo las mujeres y lo hombres en el amor? Se tiene a bien seguro que no. Parece ser que las mujeres buscan protección, sentirse alabadas y queridas, autoestima, y procrear. Los hombres parecen buscar propiedad, aplacar su libido, orgullo, y procrear

Existe una fábula muy hermosa  sobre la búsqueda del Santo Grial. El rey Arturo y el caballero Gwain buscan por todo el reino artúrico la respuesta a la pregunta que deben contestar en el plazo de un año: ¿Qué desean todas las mujeres? En ello le va la vida al rey Arturo. No logran repuesta unánime ni convincente. Cuando el plazo está a punto de expirar, aparece ante ellos una mujer extraordinariamente fea y desproporcionada, capaz de causar horror en el ánimo más firme. Les ofrece la respuesta a cambio de que un caballero de la Tabla Redonda se case con ella. Gwain acepta el sacrificio. “Lo que todas las mujeres desean es dominar a los hombres”, es la solución que les da y que salva a Arturo de la muerte.

Gwain ha de cumplir su promesa y, a petición de ella, pone un beso en su mejilla. Es una prueba más de iniciación  en la búsqueda del Santo Grial, en la búsqueda de la perfección interior. Inmediatamente del beso, aquel deforme cuerpo se convierte en una hermosísima doncella. Pero las pruebas no han concluido. Ella le dice que sólo mantendrá ese aspecto durante doce horas diarias; en las otra doce volverá al horror. Le ofrece la elección a Gwain: ¿durante el día o durante la noche? Grave dilema: si la acepta bella de noche, los caballeros se mofarán durante las horas diurnas de él; de elegir la otra opción, tendrá que dormir con un ser monstruoso.

El caballero Gwain cede, cualquier decisión es mala. El “hombre” no es adecuado para elegir entre lo malo y lo peor. Ante estos casos suele evadirse, suicidarse, o someterse a un ser superior que le guíe y domine. El caballero Gwain cede la elección a su esposa. Ella tendrá que elegir la belleza diurna o nocturna. Gwain ha superado la prueba definitiva: se ha puesto en manos de su mujer, se somete a su dominio, sólo así conseguirá su amor.

La dama le anuncia la buena nueva, el sacrificio le ha dado el triunfo: el maleficio que operaba sobre ella (ese lado oscuro de la mujer, dionisiaco, demoniaco, que tanto temen los hombres) ha desaparecido. Será hermosa las veinticuatro horas del día.

Gwain se ha sometido a lo femenino y ha obtenido por recompensa el amor de la Mujer. Se ha sometido a lo femenino y ha permitido que se desarrolle en él lo femenino; sólo así puede obtener la  recompensa.

Luego el amor también es servidumbre, sumisión, abarcar en la expresión los lados femenino y masculino

Y el amor también es creación, ¿podría haber creado Dante la Divina Comedia sin su amor por Beatriz?

En fin, creo que ya he catalogado lo suficiente los estados que produce el amor, aunque  nos quedarían muchos libros por llenar antes de entender un ápice sus intríngulis. ¿Y sus enemigos? Tal vez los principales sean: el desencanto, el fraude, la desilusión, los celos, la traición… y el mayor de todos: el aburrimiento.

Sabemos algo más del amor, pero ¿cómo lo reconoceremos?  Proust, en su extensa obra En busca del Tiempo Perdido nos revela que su amor por Albertina lo reavivan los celos y lo mata la tranquilidad. Pero también añade que es en verdad el dolor de la ausencia de la persona amada quien nos revela la profundidad del amor. Aristóteles decía que amar es querer el bien para alguien.  El ínclito José Antonio Marina propone este criterio para saber si estamos enamorados: Siento que amo a una persona por la alegría y la plenitud que siento cuando está presente. Y también: Amo a una persona cuando sus fines se vuelven importantes para mí.

Ahora me falta cumplir con el propósito que expresé en el anterior capítulo: ¿cómo conseguir hacer al amor perdurable? Pero esto se hará más adelante. No obstante, Omar Kayyam nos ofrece una hermosa pista para tal propósito:

Antes que aprendas a acariciar

un rostro suave como de rosa

¡cuántas espinas deberás arrancar

de tu propia carne!

Del amor y otros fenómenos (II)

El amor Cortés y el amor arquetipo

Leonor de Aquitania, heredera del ducado que lleva el nombre de esa región francesa, fue en el siglo XII, sucesivamente,  reina consorte de Francia e Inglaterra; maniobró para colocar a su hijo Juan en el trono inglés a la muerte de su otro hijo, Ricardo Corazón de León, y a los 80 años logró imponer a su nieta Blanca de Castilla como consorte del rey francés Luis VIII. Pero es más recordada por ser la reina del Amor Cortés. En su corte en el rico palacio de Poitiers, Leonor y sus damas tenían por habitual pasatiempo las justas poéticas del amor y los juegos que hoy nos parecerían candorosos simulacros de seducción. En esas justas, juglares y trovadores cantaban a sus damas ―a quien de usual no conocían o habían visto una sola vez― con encendidas alegorías, adornándolas  de cualidades perfectas y con belleza sin par. También resaltaban la figura del caballero que buscaba  fama que ofrecer para ganar el amor de su amada. Una amada custodiada en un castillo por celosos padres, y un caballero que libraba torneos de caballería en nombre de ella.

La dama aparecía idolatrada en los cánticos del trovador. Se le arropaba con todas las perfecciones que en mente enamorada puedan caber. Podríamos decir que el trovador y el juglar eran unos enamorados del amor ideal. Uno de ellos, llamado Marcabrú, sobrepasó los límites del decoro debido a una reina consorte (Leonor ya estaba casada con el rey de Francia) y en sus cánticos a Leonor mostró un atrevimiento que fue castigado apartándolo del séquito real (y de las prebendas), que por entonces se dirigía a las Cruzadas, en donde Leonor esperaba encontrar un escenario ideal  donde plasmar la representación adecuada del Amor Cortés. El tal Marcabrú fue conocido a partir de entonces como Panperdut (pan perdido), y cuenta la leyenda que seguía a lo lejos a Leonor llorando con amargura su propia desgracia. (Como se ve, el friquismo no es nada nuevo).

Como se ve, el Amor Cortés representa el amor arquetipo; el amor construido idealmente hacia el objeto amado, vertiendo en él la suma de todas las virtudes y todas las bellezas, las interiores y las externas. El primer amor, resulta casi ineludible que sea de esa manera. Sobre todo si la persona amada está separada del enamorado por una barrera de distancia o de timidez. Todo se torna idílico entonces. El joven o la joven que tras «conocer» con breves encuentros o mediante breves miradas al «amor de su vida» se han visto obligados por las circunstancias a permanecer lejos de él, llevando consigo en el recuerdo lo placentero y perfecto de aquellos momentos, los agrandan al evocarlos constantemente en grato embeleso y quedan prendidos a ellos, enamorados de ellos. O el tímido en extremo, que no se atreve siquiera a saludar a la persona que es objeto de su amor (construido por lo general a través de un rasgo de ella que le ha resultado agradable) y que edifica todo un mundo mental de cómo es ella, de cómo actuaría en tal circunstancia, de cómo quedará prendada de él (o de ella) en cuanto establezcan contacto, de cómo se darán los inmensos besos que nadie se ha dado, de cómo se derretiría en sus brazos, de cómo…

Pero aun siendo propio del «primer amor» y de acrecentarse éste por la distancia y la timidez, el amor idealizado crece con pasmosa facilidad y frecuencia en los individuos «románticos», en aquellos que más que enamorarse de otros individuos se enamoran del amor. No necesariamente son tímidos ni necesariamente evitan las relaciones reales, ni necesariamente han de ser precavidos o inseguros, al contrario, algunos de ellos son atrevidos, valientes, decididos, y se embarcan en todas las aventuras amorosas que les dicta su corazón llevando mentalmente consigo el amor idealizado, y creyendo que la próxima vez que lo alcancen será la vez más hermosa y definitiva que los tiempos han contemplado jamás. Pero, de manera general, tras de los primeros fracasos aumentan las precauciones y las desconfianzas, y el idealismo amoroso se resiente y en numerosos casos se derrumba y desaparece.

Porque como muy bien dice la copla o cantata del Amor Brujo de Falla: «Lo mismo que el fuego fatuo se desvanece el querer». Todo el recipiente que la imaginación ha ido llenado de cualidades, gestos excelsos, virtudes y bellezas de la amada o el amado, se vacía abruptamente cuando a través de la experiencia amorosa se produce decepción, es decir, no se cumplen las expectativas que se tenían puestas en ella (así que cuando las expectativas son enormes las decepciones son profundas). Y lo que es aún más dañino: dichas decepciones se van acumulando en otro recipiente mental en donde abonan y hacen germinar las malquerencias, las desconfianzas y los rencores hacia la persona a quien antes amábamos de forma absoluta, sin encontrarle mácula alguna. Y es este último recipiente el que siempre está abierto en la rutina diaria de la pareja. Y son esos sentimientos y desconfianzas que se germinan los que envenenan la relación. Como dice la copla mejicana: fallaste corazón, no vuelvas a apostar.

Por todo ello, por esa irrealidad del amor idealizado, por esas decepciones que genera, por lo veleidoso de sus razones, por las graves consecuencias que usualmente acarrea, no conviene dejar al amor al puro arbitrio del corazón. Conviene amarrar al evanescente amor para que no se desvanezca con el viento de cualquier decepción, conviene asentarlo a la realidad con fuertes pilares. Conviene que se domeñe, que se discipline. Ya se nos advierte en la copla: «Lo mismo que el fuego fatuo, lo mismito es el querer, le huyes y te persigue, lo llamas y echa a correr». Trataremos de disciplinarlo.

Del amor y otros fenómenos (I)

El amor en llamas

 

Omar Kayyam, un gran astrónomo y matemático del siglo XI pero que en Occidente es más conocido por su obra poética,  Rubaiyat, escribió acerca del amor lo siguiente:

Un amor que no arrasa no es amor

¿calienta acaso la hoguera un tizón?

noche y día, durante el resto de su vida

el amante deberá llevar el dolor y el placer por compañeros

Esas palabras parecen indicar que el verdadero amor es agridulce y eterno. Sin embargo, Stendhal, en Del amor, no concibe a la eternidad como necesaria en estos asuntos, y señala del amor cuatro tipos: el amor-pasión, el amor-gusto, el amor-físico, y el amor-vanidad. Entreveradamente hablaré de algunos de ellos, pero antes voy a tratar de cercar su esencia sentimental. Su conocimiento,  el de ese batiburrillo de sentimientos que es el amor, es un re-conocimiento que solo puede lograr plenamente quien de forma previa  lo haya experimentado. En Román paladino: para conocer el amor hay que sentirlo.  Del que lo siente se dice que está enamorado, esto es, que está inmerso en el amor. Hay que advertir, sin embargo, que el uso común ha restringido este concepto hasta identificar con él al que se encuentra en una suerte de embeleso, de atención máxima en la persona amada, de ilusión extrema y apasionamiento, hasta identificar el enamoramiento con el amor-pasión que señalaba Stendhal. A este amor me referiré hoy principalmente.

Empiezo diciendo que el enamoramiento ―y esto sonará hartamente prosaico―es una suerte de estupidez suprema que dura dos o tres años, y que tiene por finalidad evolutiva el procurar por la continuidad de la especie humana. A través de los vericuetos afectivos que presenta, el hombre y la mujer cooperan en la crianza del infante. Una de las primeras formas culturales que el homo sapiens inventó para complementar la fortaleza química que los genes procuran al enamoramiento fue la institución del matrimonio. Un contrato social que aseguraba a cada macho la posesión en exclusividad de una hembra, con penalización para quien intentara arrebatársela. La gran Leonor de Aquitania, madre de Ricardo Corazón de León, decía que el matrimonio es la tumba del amor. Pero el autor principal del asesinato del enamoramiento es la fecha de caducidad que lleva impresa. Esa pócima con ingredientes de atracción sexual, embeleso, celos, deseo de posesión,  atención mental focalizada en la persona amada, reblandecimiento sentimental, bienquerencia, seguridad y confianza variables, que constituye el enamoramiento, se acaba, ya lo he dicho, al cabo de dos o tres años. Cuando se cumplen, el amor-pasión se difumina y empiezan los saltos de cama, las infidelidades, las separaciones…, a menos que el amor-pasión se transforme en otro tipo de amor. Enzo Emmanuel, de la Universidad de Pavía, y Donatella Marazziti, de la Universidad de Pisa, han dado con el intríngulis químico de asunto: han descubierto que los niveles de testosterona bajan en el hombre enamorado, mientras las hormonas neutrofinas invaden su torrente sanguíneo y cambian su metabolismo. La bajada de testosterona explica la pérdida de pasión loca por otras mujeres hermosas, y las neutrofinas explican la supeditación afectiva que sufre. ¿Resulta posible prolongar este amor-pasión más allá de la fecha de caducidad impresa en su etiqueta química? Sí, siempre que nunca se satisfaga el deseo por la persona amada ni nunca se marchite. Es decir, siempre que ésta «no conceda» pero tampoco «niegue», cosa harto difícil de manejar y mantener, aunque algunos y algunas saben gestionar muy bien. Es decir, se trata de mantener encendida la llama del amor avivándola cuando mengua y meguándola cuando se aviva. Algunos son verdaderos artistas en estos menesteres. Más simple y sencillo, aunque quizá menos interesante, resulta mutar el amor-pasión a un amor más apaciguado, con menos altibajos de ánimo, con gratificaciones menos extremas pero también menos sufrimientos.  Y es que el amor-pasión es peligroso (por la falta de control que sobre él tenemos) y extraño. Para que se me entienda expongo dos de sus manifestaciones: el amor de dos enamorados puede desaparecer de la noche a la mañana por despecho  (menosprecio, desengaño, es decir, cuando uno siente que el otro le ha rebajado en su valer o simplemente que no es correspondido en su querer en el grado deseado), pero también puede perdurar eternamente en uno de ellos si  el otro muere en un fatal accidente. En este caso el recuerdo del amor perfecto se mantiene indeleble en el pensamiento(pues ninguna mala experiencia ha enturbiado la imagen idílica creada del amado o amada). Son esas cosas extrañas e incontrolables que tiene el enamoramiento. De haber seguido la relación es muy probable que el amor se hubiera convertido prontamente en odio, pero…

El amor esta labrado en su base de sentimientos, es decir, de los artífices de estos: de temores y deseos. El amor es muy principalmente deseo de poseer. Por tal razón muere en cuanto se satisface; muere en cuanto uno de la pareja siente la seguridad de poseer plenamente al otro. De ahí que sea harto frecuente el desamor que surge en muchas parejas que tras muchos años de convivencia amorosa deciden casarse. Los papeles del matrimonio dan seguridad de posesión ante las familias respectivas y ante la sociedad, así que sintiendo que se tiene esa seguridad se relajan las muestras de afecto, se relajan los artificios diarios para ganar el amor de la pareja, se abandonan las liturgias y los ritos de seducción, en fin, una vez satisfecho el deseo de posesión, éste  desaparece y con él desaparece su estímulo. De ahí la aseveración de Leonor de Aquitania. Pero el amor conlleva también temor a perder lo que se cree o se quiere poseer. Temor a que el objeto amoroso nos sea robado por un intruso. El sentimiento de los celos manifiesta la tensión entre el deseo de poseer y el temor a ser desposeído. Los celos son semillas que crecen en los suelos más pedregosos: basta una sospecha auspiciada por el temor para que el manantial de la imaginación la haga crecer infinitamente hasta desquiciarnos por completo. El deseo es un generador de imágenes de la persona amada, pero el temor alienta las imágenes de peligro, «descubre» disimulos de ella, engaños ocultos, simula en la imaginación todos los escenarios de peligro posibles y crea la ilusión de que son reales. Esos son los celos, un sistema avisador de peligros potenciales para la finalidad de posesión de nuestro deseo. Deseo y temor se avivan mutuamente. Promueven un baile de análisis y contraanálisis, un examen de cada peligro potencial, una búsqueda de indicios que aseveren o rechacen un imaginado peligro, y una evaluación infernal, en círculo, que no conduce a parte alguna porque no es la razón quien impera en estos asuntos sino la ilusión que producen los sentimientos. Esto también es el amor. Pero ahora lo examinaré a través de otro prisma.

Sentimientos (I)

Sentimientos

Imagen

De su andamiaje dice Antonio Damasio[i] que «son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación». Según el principio de anidamiento propuesto por este autor, parte de la maquinaria del sistema inmune está incorporada a la maquinaria de los comportamientos del dolor y del placer; parte de esta otra se halla incluida en la maquinaria de los instintos y emociones; y, finalmente, parte de todo lo anterior se incorpora a los sentimientos. Huelga añadir, visto el entramado, que cuando un sentimiento se manifiesta, se produce un proceso mental, reacciones emocionales, impulsos instintivos, se acompaña de ingredientes de dolor y placer e incluso de regulaciones más básicas. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo. Pero conviene hacerlo: los sentimientos manifiestan su esencia en lo social. Este es su caldo de cultivo, su soporte y su quicio. Evolutivamente nacieron con vocación social, y en lo social radica su funcionalidad. No se olvide esto.

Para atisbar su complejidad vale exponer un caso: un individuo ofende a otro públicamente. De forma inmediata, el ofendido siente ira contra el ofensor y vergüenza (al ser percibida por el público presente la ofensa que le hiere y rebaja) ante los presentes. La ira tiende a consumirse con violencia, pero el ofendido puede sentir temor hacia el ofensor y, a causa de ello, sofrenar los dictados de su ira. El ofendido se siente ante los demás desvalorizado, lo que produce un sentimiento con gran dosis de dolor de ánimo: la humillación. Con el paso del tiempo, el recuerdo de esa humillación mantiene la ira en candelero, haciendo aflorar un  deseo muy sentimentalizado: el odio. Éste, se revierte imaginativamente contra el ofensor como deseo de venganza (de vengar la afrenta), es decir, con el ánimo de cobrarse crecidamente la  humillación sufrida. En la escenificación mental que conlleva el deseo de venganza, se representa con gozo la obra del sufrimiento y dolor del ofensor —y este gozo por el dolor ajeno es un instinto sentimentalizado que se conoce como crueldad. De no llevarse a cabo la venganza en su debido tiempo, el odio se añeja, se encalla, se camufla en rencor, que es un sentimiento perdurable (en los lugares pequeños se transmite de generación en generación entre familias). Si quien ofende o agravia no es un individuo sino que tiene como origen lo que el agraviado u ofendido entiende como una injusticia social, la humillación genera un resentimiento contra los promotores de tal pretendida injusticia. Como se ve, toda una maraña. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo.

La génesis y los ingredientes que propone el citado autor los definen: Los sentimientos sociales son adaptaciones evolutivas consistentes en ciertos desencadenantes que tienen lugar en nuestro organismo ante un suceso o estímulo socialmente relevante, cuyos ingredientes principales son emociones, una representación mental del estado del cuerpo que produce imágenes, y un modo alterado de pensar, con pensamientos acordes a la emoción que se siente, así como alguna variación del dolor y del placer.  En tanto que representaciones mentales del estado del cuerpo, la conciencia entra en juego; no se trata solo del mero disparo emocional, sino que, acompañándolo,  interviene la atención, las razones, el pensamiento, los recuerdos… De ahí la importancia que cobra la corteza prefrontal ventromediana para lidiar de forma adecuada una «situación social»  con el capote de los sentimientos .  Parece ser que esa región está adaptada para detectar los estímulos socialmente relevantes, es decir, aquellos eventos o relaciones sociales que fueron de primordial importancia para el éxito o fracaso biológico de los individuos de nuestra especie. Ahora bien,  el área señalada, que se comunica con la amígdala a través de la corteza cingulada, también está comunicada con otras áreas de procesamiento superior y con otras estructuras cerebrales que sustentan la producción de imágenes, de forma que la atención, los recuerdos, la imaginación y los pensamientos mismos se suscitan y se alteran en concordancia con los «gritos» emocionales provenientes de la amígdala. El sentimiento es el cúmulo de todo ese proceso; es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra eficacia biológica. Dicho de manera que puede resultar harto sorprendente: el sentimiento es también  respuesta del organismo en su afán de seguridad. La búsqueda de seguridad constituye uno de los afanes más prominentes del organismo, enredado como se halla en esa aparente finalidad teleológica de sobrevivir y dejar descendencia.  Es decir, los sentimientos le señalan a la mente aquello por lo que tiene que preocuparse el organismo, y, en ese sentido, representan un sistema de seguridad. O de una manera más precisa: el organismo dispara los sentimientos para señalar a la mente aquello que le preocupa, aquello que la mente debe tomar en consideración; y, ¿para qué?: para que las imágenes, la razón, los pensamientos, tomen parte activa en formular la respuesta, sofocando, modelando, regulando, moldeando e incluso concitando el automatismo emocional e instintivo.

Una funcionalidad sorprendente. El organismo, «empeñado» en lograr eficacia biológica,  engarza áreas filogenéticamente muy antiguas, como el sistema límbico ―al que pertenece la amígdala―, con áreas «nuevas» como la corteza prefrontal. Engarza emociones, instintos, dolor y placer, con imágenes y razonamientos, y surgen los sentimientos en el medio ambiente en que vivimos, que es social. (Algo semejante ocurre con los deseos, que vienen a ser a los instintos lo que los sentimientos a las emociones.) También actúa el tándem dolor/placer, con la funcionalidad de recompensa/castigo, señalando a las emociones las conductas a evitar e indicando la conveniencia de dicha evitación[ii].


[i] Antonio Damasio, En busca de Spinoza, p. 41

[ii] Claro que, una consecuencia no deseada de esa señalización que produce el placer es la adicción. James Olds y Peter Milner (1954) demostraron la adicción de la rata a la cocaína y a la estimulación de los centros nerviosos que provocan el riego con dopamina. Recientemente, Serge Ahmed ha diseñado un experimento que ha puesto de manifiesto que las ratas optan por el jarabe dulce incluso antes que por la cocaína. Los humanos podemos hacernos adeptos al juego, a la bebida, a la relación sexual, a las drogas… La evolución no ha «reparado» los mecanismos del placer/dolor –eliminando de ellos la adicción–, porque no fue relevante en los modos de vida de nuestra larga historia evolutiva. Ahora sí puede serlo.

Puntadas con hilo

1

Resulta de una  obviedad sin discusión posible que la escuela tiene que ser un reflejo de la sociedad en que se halla inmersa. Si la sociedad catalana es bilingüe y los dos idiomas se usan por igual según el deseo de los individuos, la escuela también, de forma radical, lo debería ser. Si no lo es y, por el contrario, se impone con exclusividad una lengua, no existe modo razonable alguno de negar que tal acción es opresiva y discriminatoria, que representa una vulneración represiva de la libertad y de los derechos lingüísticos de la población.

Si se pretende justificar tal acción aludiendo a un supuesto derecho de la «lengua propia» del territorio (fundamentado lo «propio» en la Territorialidad en vez de la realidad lingüística), además de pervertir intencionadamente el significado de «lengua propia», se está defendiendo la supeditación de los derechos y libertades democráticos a un supuesto valor supremo de Territorialidad. Esto es: como en la Alemania de Hitler, como en la Italia de Mussolini,  como en la España de Franco, con esta justificación se desprecian los valores democráticos y se ensalzan y ponen en un pedestal los valores derivados de una concepción sacra de lo territorial.

2

Leo en el periódico El Mundo del 8 de febrero, que el equipo rector de una escuela (a la que se pretende obligar a impartir el 25 % de las clases en castellano) ha proclamado con orgullo que «harán todo cuanto esté en sus manos para proseguir con la inmersión lingüística en catalán». ¿Qué otro significado no tiene esto sino una muestra de altanero desprecio a la ley, qué otra cosa que una loa a suprimir el derecho de enseñanza en castellano, qué otra cosa que una represión de la libertad paterna de elegir la lengua en que quieren que se eduquen sus hijos?, ¡y lo proclaman con orgullo!, ¡y son jaleados por ello por los patriotas del independentismo!, ¡como si les asistiera una moral de origen divino que se coloca por encima de la democracia, de las leyes y las normas!, ¿qué moral es ésta?, ¿no es una moral represora de libertades y derechos?, ¿no es una moral que atenta contra los valores democráticos básicos?, ¿no es una moral que quebranta la ley?, ¿no es una moral que persigue imponer un «pensamiento único»? Una moral represora que obedece a los dictados de la diosa Territorialidad.

Una moral represora muy semejante a ésta existía en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco.

3

El control de los medios de comunicación mediante dádivas o amenazas; la pretensión de imponer una «verdad» exclusiva y única en los individuos; el aleccionamiento en el fanatismo; el señalar con dedo acusador a un supuesto enemigo e inculcar odio en su contra; el alarde incesante de banderas, lemas y consignas; el falseamiento interesado de la Historia; el amedrentamiento, el acoso, la condena al ostracismo del discrepante y del disidente; el intento de convertir a los ciudadanos en rebaño…, fueron prácticas habituales en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco. Estas prácticas obedecen a una ideología y a una moral que tiene un nombre concreto desde hace casi un siglo. Se denomina fascismo.

Lo psicológico en Borges. Emma Zunz

Borges, El Aleph, Emma Zunz

Naturalmente Borges es su lenguaje. Y, naturalmente, nadie defendería que  lo psicológico tenga un papel relevante en Borges. Lo psicológico indaga motivos y causas, despliega las razones del subconsciente y pone a los deseos y a los sentimientos bajo sospecha, mientras que Borges suele ceñirse escrupulosamente a los hechos. Sin embargo, aunque Borges no explicita la disposición sentimental que empuja a cometer los actos ni aún menos construye un clima emocional preparatorio y propiciatorio de los hechos, sino que, organizándolos con cierta relación de simetría  espacial y  temporal, parece obviar o cuando menos trivializar los asuntos pasionales,  estos asuntos  aparecen en sus narraciones en potencia, ocultos, cifrados, no dejando de tener por ello importancia suma en el desarrollo y en el desenlace de la narración. Vale a veces una reflexión del autor ―que no parece venir a cuento―, valen ciertas palabras dejadas como de adorno junto a los hechos descritos, para que de su ayuntamiento se evoque en el lector atento toda una marejada de razones psicológicas; razones que hacen mover a los protagonistas. El desapasionamiento que se muestra no excluye la existencia cifrada de deseos y sentimientos.

Emma Zunz, una narración inscrita en El Aleph, es un buen ejemplo para recalcar el fenómeno. La historia trata de una venganza. Una carta anuncia a Emma Zunz el suicidio de su padre, acusado de desfalco y deshonra. Ella sabe que su padre es inocente y la venganza le reclama castigar al verdadero culpable. Borges nos cuenta en una línea la impresión que esa muerte le produjo. Pero la impresión restalla evocativamente con mucha mayor fuerza unas líneas adelante: «…porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo y seguiría sucediendo sin fin». Eso es todo. Explícitamente no fulge un solo sentimiento que aderece la situación, que cree clímax al propósito de que resulte comprensible al lector la venganza que ya planea Emma.  No hay un solo sentimiento pero esas palabras remiten a un dolor inmenso y a una soledad perenne. Ese dolor y esa soledad a que Emma es condenada hacen creíble que la venganza cobre vida en su conciencia. Sin embargo, el desentendimiento de Borges por el clima pasional se hace patente en las siguientes líneas de la narración, que muestran la espera del momento de la venganza, y presentan a una Emma contenida, sin que una sola emoción o una sola palabra delaten su decisión.

La venganza es un deseo cargado de sentimientos de odio y crueldad. Llevarla a cabo exige edificar sentimentalmente una voluntad de acción. Una cosa es desear vengarse, otra distinta es cargarse de los sentimientos que la hagan posible. Emma apenas conoce al señor Loewenthal, gerente de la fábrica donde ella trabaja y culpable del suicidio de su padre. Esa falta de relación hace que apenas resulte factible imaginar la consumación, menos aún llevarla a cabo. Hace falta sentir. El agravio lo sufrió su padre; ella necesita sentirlo en sus carnes, «sentir» que es ella la agraviada, para que la venganza haga en ella su cuerpo, para que el odio contra Loewenthal anide en su conciencia. ¿Cómo transformar su dolor en crueldad? ¿Cómo lograr que la carne responda y construya una voluntad irrevocable? Otros hubieran creado páginas y páginas de atmósfera angustiosa con el ánimo de hacer creíble el acto vengativo. Borges, el genio de Borges, imagina una solución extrema que, ciñéndose a meros hechos,  sorprende por lo increíble que parece. Nos la sugiere previamente: nos predispone a vislumbrar unos hechos por acaecer mediante un solo dato que en el contexto en que se expresa parece fútil: «En abril cumplirá diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico…». Unas páginas después se desvela el argumento psicológico por el que Emma transforma su dolor en voluntad de matar: odiando a todos los hombres y enfocando ese odio contra Loewenthal. Emma se entrega como furcia portuaria a un grosero marinero en un turbio barrio. Emma se entrega a la repulsión, al horror hacia todos los hombres. Y ese sacrificio implica también sentir la punzada de odio hacia el propio padre.

«¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, enseguida, en el vértigo. El hombre sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. »

La voluntad ya había sido edificada: «El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco», dice Borges a continuación. Ya en el limen de la acción vengadora, recalca: «Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de la castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra.»  Borges nos desvela aquí que la voluntad de castigar la ha edificado el ultraje a que Emma se sometió con el ánimo de vengar a su padre; que fue preciso el ultraje, fue preciso enfondarse en la ciénaga de la repulsión para lograr la sentimentalidad que impusiera  en las carnes la imperiosidad de la venganza (que hasta entonces sólo había sido deseo y proyecto).

Cierto es que Borges parece incidir en asignar al ultraje otro propósito, el de justificar la muerte de Loewenthal ante la autoridad. Nos dice que Emma «Apretó el gatillo dos veces» y que luego tomó el teléfono y repitió…:«Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…» Unas páginas antes se preguntaba Borges ante el lector: «¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba…?» Es cierto, ante la autoridad, la fuerza emocional del asco por el ultraje padecido hace verosímil la versión que Emma entrega. Pero el ultraje como elemento que da verosimilitud a una muerte en respuesta a un intento de violación, es un argumento secundario, incluso superfluo; hubieran bastado signos: vestido roto, huella de resistencia, moratones, una preparada representación… El lector atento se percata de que el argumento es mucho más extraordinario y complejo: la edificación sentimental de una voluntad que cumpla con el propósito de venganza que su dolor le reclama. Aquel es el argumento explícito, éste es el implícito y esencial.

Si la psicología es el arte en investigar la motivación de los actos, Borges es un artista consumado. Pero en él los hechos, las referencias aparentemente fútiles, las locuciones exentas ―descarnadas―de atributos pasionales pero cifrando mediante su exacta y ordenada significación la acción de lo primordial del ser humano, sustituyen a las indagaciones, sustituyen a las deducciones, sustituyen, incluso, a la exposición de motivos sentimentales. Es lo que esos hechos y palabras evocan en la imaginación del lector lo que debela el aparentemente inextricable muro de las motivaciones. El lienzo psicológico que tinta Borges es abstracto y está difuminado, apenas se vale de unos trazos de realidad, pero hay que observar atentamente las pinceladas, hay que pulir bien los anteojos de la imaginación y del entendimiento para ver la grandiosidad de la obra.

Las ideologías en la Ciencia

Voy a hablar de creencias que se tienen por fiables, por poco sentimentalizadas, que poseen –así se suele considerar—mayor grado de verdad. Me refiero a las creencias científicas. No es políticamente correcto entre los científicos aunar los vocablos «creencias» y «científicas», dado que lo científico se suele colocar en lo más alto del pedestal que anuncia la «verdad», mientras que lo todo lo relacionado con creencias se coloca en un pedestal que apenas destaca del suelo, como si el «creer» estuviera desvalorizado, fuese cosa del vulgo. Por tal razón se suele emplear «saberes científicos» o «conocimientos científicos», dándose por supuesta su verdad; pero nunca «creencias científicas», aunque creencias son. Son creencias y, como tal, se encuentra expuesta su verdad al albur de las interpretaciones; bien es cierto que es aconsejable fiarse más de unas que de otras pues se meten muchas en el mismo cajón. Responden a distintas maneras de entender y aplicar el término «científico». Las Ciencias Físicas, las más «duras» de entre todas ellas, exigen un rigor exquisito en los pasos, en las condiciones y los métodos a aplicar para validar la «verdad» del asunto que se trate. Se exige coherencia argumental, adecuada matematización, evidencia experimental verificable, predicción… Otras como las ciencias históricas, no pasan de ser meras interpretaciones de hechos parcialmente documentados y siempre analizados con parcialidad. De científico apenas poco más poseen que un cierto rigor en el análisis, y la pretensión de serlo. Resulta meridianamente claro que tras de la  parcialidad en el  análisis y del sesgo que se produce en la interpretación se encuentra  la ideología del interpretador. La visión de la realidad se percibe con las gafas de nuestra ideología. La ideología  del interpretador cincela a su antojo la verdad con el ánimo de infundir  en el lector de su obra la creencia acorde a su ideología. Véase, si no, la historia interpretada por un marxista: tras de todo suceso encuentra lucha de clases y lo económico resulta ser el fundamento de toda acción. O la historia de la antigüedad contada por  «ojos» griegos o por «ojos» romanos.

Claro, se puede alegar: «la parcialidad señalada o las ideologías no tiene ni puede tener lugar en el desarrollo e interpretación de las ciencias “duras” como la Física»… No, con reparos. No es que el investigador no la tenga, sino que la posibilidad de replicar las experiencias científicas y quedar expuesto al ridículo en caso de no obrar con diligencia, pone coto a su parcialidad. No obstante, existen los ejemplos de ello. El célebre astrofísico Arthur Eddington partió el 29 de mayo de 1919, al poco de acabada la Gran Guerra, al frente de una expedición a la isla Príncipe, en el golfo de Guinea, en la costa oeste de África, donde se vería un eclipse de Sol total. Trataba de confirmar la teoría de la Relatividad General de Einstein, que predecía  la curvatura de la luz en las cercanías solares De vuelta a Inglaterra, Eddington comparó las fotografías tomadas durante el eclipse con las que había tomado seis meses antes en Inglaterra, del mismo cielo de estrellas y con el mismo telescopio. La teoría de Einstein se confirmaba. Pero Eddington, llevado por su fe en la Relatividad, cometió de forma intencionada la poco científica acción –aunque a la larga irrelevante acción—de  desechar las fotografías que manifestaban discrepancia con lo que se esperaba encontrar. ¡Y es que la fe en una creencia se toma muchas veces como criterio de verdad[1]! A propósito, ni siquiera el mundo científico está libre de esas ilusiones, al menos hasta que la experimentación da su visto bueno o lo niega. Por ejemplo, la belleza matemática de una teoría suele ser tomada, mágicamente, como criterio de verdad entre los científicos. Cuando casi nadie tomaba en serio la Teoría de la Relatividad General, la belleza de sus fórmulas procuraba a Einstein una fe inquebrantable en ellas. En una carta al físico Arnold Sommerfeld, escribía: «Usted se convencerá de la Relatividad General una vez la haya estudiado. Por consiguiente, no voy a decir una palabra en su defensa».

El deseo, germinador de ilusiones varias, es una gafa bifocal: impulsa al descubrimiento científico, pero puede hacernos ver cosas que no son. Un ejemplo muy figurativo: Stanley Pons y Martin Fleischmann, de la Universidad de Utah, publicaron en la revista Nature un artículo sobre la denominada Fusión Fría. El 23 de marzo de 1989, en una conferencia, dieron a conocer su «descubrimiento»: se abría la posibilidad de fabricar energía barata ¡y en la propia casa de uno! En esencia consistía en un par de electrodos conectados a una batería y un recipiente con agua pesada rica en deuterio. Científicos de todo el mundo se lanzaron durante las semanas siguientes a reproducir los resultados y, sorprendentemente, ¡casi la mitad de ellos declararon haberlos reproducido! Pero la certidumbre de que aquello no era cierto se impuso. La magia de la botella no duró mucho, y el bochorno de los científicos replicadores fue grande.

Claro que, cuando no existe posibilidad de experimentar una hipótesis, las creencias y las ideologías ajenas al asunto de que se trate pueden tomar las riendas para determinar su «verdad». Tal cosa ocurre con la hipótesis del cambio climático global por las emisiones de dióxido de carbono y otros gases a la atmósfera. Los panconservacionistas del medio ambiente y la izquierda en general, ven churras donde la derecha ve merinas (hasta hace poco); aunque parece que se ha acabado imponiendo el compromiso del «por si acaso es así, dada la correlación que observamos, vamos a actuar».

Pero el ejemplo de más relieve y más ignominioso del sometimiento de la verdad científica al influjo de  creencias e ideologías en toda la historia de la humanidad –más aún que en los casos de Galileo y Copérnico—se produjo en la URSS.  En el Segundo Congreso Soviético de Granjas Colectivas, en febrero de 1935, Trofim Denisovich Lysenko, un oscuro biólogo, ataca a los genetistas soviéticos porque «con sus teorías importadas de Occidente están destruyendo la agricultura soviética»; palabras que satisficieron enormemente a Stalin. Con el utópico proyecto de transformar los cereales de invierno en cereales de primavera, ideando una suerte de lamarquismo de nuevo cuño que conseguiría adaptar las semillas al clima siberiano,  Lysenko — haciendo uso del engaño de conseguir «una nueva biología dialéctica y comunista» para lograr el apoyo de Stalin—, consiguió llegar a ser en 1938 presidente de la Academia Nacional de Ciencias Agrícolas, y ser temido en todo el ámbito agrícola y universitario. Durante tres décadas, Lysenko y sus partidarios controlaron la enseñanza, las investigaciones biológicas y la agricultura, llevando a la URSS a un fracaso tras otro en la producción de cereales. Sin embargo, ninguna evidencia en su contra fue suficiente para contrarrestar el entusiasmo que producía con sus palabras entre los dirigentes comunistas: «La teoría mendeliana de la herencia es falsa por ser reaccionaria y metafísica, y niega los principios fundamentales del materialismo dialéctico». Recuérdese que el marxismo dialéctico, sobre todo en la versión de Engels, pretende explicar todo conocimiento con oscuras palabras (a imitación del maestro supremo en esas lides, Hegel), y ataca con saña a la metafísica dominante en Occidente. Lysenko escribió: «En la URSS existen dos biologías radicalmente opuestas, una es materialista y soviética; la otra es reaccionaria, capitalista, idealista y metafísica». Como resultado del enfrentamiento, hizo prohibir la enseñanza de la genética mendeliana, y ordenó la destrucción de todos los libros e investigaciones basados en ella. Y no contento con ello, comenzó la purga política de los científicos que discrepaban de sus teorías: arrestos, deportaciones, ejecuciones, se sucedieron a cientos. ¡Durante treinta años! Los progresos en biología desaparecieron, pero ninguna evidencia en contra podía luchar contra su fervor ideológico y los apoyos que con ello conseguía. Un iluso ignorante con poder quizá sea la especie animal más peligrosa que existe, al menos la más destructiva; tenemos ejemplos de ello que nos tocan de cerca.


[1] Hay gremios que se especializan en creer en todo lo turbio o en aquello que venga envuelto en oscuridad; y en otros, lo ambiguo, lo vaporoso, lo novedoso, la belleza del asunto, o la misma jerigonza, sin más, sirven de criterio de verdad de un asunto.