Caracteres fascistoides del independentismo catalán

Hoy me llega la noticia de que en Cataluña los sindicatos de profesores CCOO, CGT, USTEC-STEs y la Asamblea de Docentes, «exigen» a Rigau la insumisión frente a la LOMCE y contra las sentencias sobre el bilingüismo.

Como ya apunté en otra entrada de este Blog, Puntadas con hilo, la dicha exigencia expresa un deseo de acción que conculque la ley, y expresa una opinión que impera en los regímenes fascistas y comunistas: la de oprimir y negar derechos y libertades al discrepante o al disidente.

En primer lugar, se arenga y se exige violar la ley, lo cual es una llamada a la rebelión contra el régimen democrático y una incitación a delinquir. En segundo lugar, en la mente de tales colectivos (no se les puede aplicar «individuos» porque el rebaño quebranta la individualidad) resalta un grave desprecio hacia los valores democráticos, pues el cumplimiento de la ley lo es; resalta un desprecio hacia el derecho y la libertad a que los estudiantes sean escolarizados en la lengua materna y en la que prescribe la ley; resalta también la pretensión totalitaria de querer imponer el propio criterio por encima de la ley, por encima de la voluntad de los afectados por el asunto y por encima de los modos democráticos de acción. Y resalta también su intolerancia hacia las opiniones, derechos, y libertades de quienes no piensan igual, así como una clara tendencia a la imposición monolítica y opresora de una cultura y una lengua.

En la entrada mencionada, Puntadas con hilo, expliqué que estos eran métodos y actitudes propias de la Alemania nazi, de la Italia fascista y de la España de Franco; también de la Rusia comunista. Ahora esos mismos métodos y actitudes, como carácter del movimiento, brotan abundantemente en los ámbitos del Independentismo catalán.

Que en voz alta se ponga bien claro de manifiesto ese carácter. RT esto a todos tus seguidores.

Del amor y otros fenómenos (III)

IMG_2757(2)

Reconocimiento del amor, de sus estados y sus enemigos

Se me ocurre que, antes de tratar de disciplinar el amor, para comprender mejor, tendremos que catalogarlo, señalar, todo lo exhaustivamente que nos permitan estas páginas, computar sus arrebatadoras implicaciones, los excesos que se cometen en su nombre.

Y en  qué sitio mejor buscar que en las páginas de la poesía, ¿no se destila en ellas la pena, la alegría, el alboroto sentimental que deja el rastro del amor?, ¿no es acaso  el amor, sobre todo, libertad, intuición, flechazo repentino y cegador?,

Pasemos a escuchar al avaricioso Neruda:

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo

y por las calles voy sin nutrirme, callado,

no me sostiene el pan, el alba me desquicia,

busco el sonido líquido de tus pies en el día

Estoy hambriento de tu risa resbalada,

de tus manos color de furioso granero,

tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,

quiero comer tu piel como una intacta almendra

Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura

la nariz soberana del arrogante rostro

quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas

y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo

buscándote, buscando tu corazón caliente

como un puma en la soledad de Quitratúe

Teresa de Ávila y Cepeda, en opiáceo trance de santidad escribió este arrebato de enajenado amor que la lleva a desear morir:

Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero

que muero porque no muero

Si Neruda quiere poseer a su amada plenamente, Santa Teresa pretende entregar su vida al amor de Jesucristo. Ibn Hazm, el gran poeta andalusí, nos muestra en hermoso verso el trastorno que le crea la mujer amada:

Su amor ha hecho volar mi corazón de su sitio

y todavía anda revoloteando

Pero sabemos que el amor es también un veneno, ¿no se dice el veneno del amor, o acaso no hablamos de un amor envenenado? Omar Kayyam, a quien ya nombré en el capítulo primero, nos lo recuerda:

¿Te niegas a renunciar al amor?

recuerda que Dios lo creó

al tiempo que otras plantas venenosas

Otra particularidad del amor lo empareja con los negocios: parece que para mantenerse debe estar creciendo siempre. Al menos así lo señala el poeta metafísico inglés John Donne:

El amor es la luz siempre creciente

plena e inmutable

y su primer minuto

después del mediodía es ya la noche

Esto es, si apaga un minuto su fulgor álgido, ya no es amor, ya es decadencia. Así que sacando cuentas, el amor es libertad y cárcel, herida, deseo, ansia de posesión, desesperación, desprendimiento, deseo de morir, hoguera que arrasa, espina, veneno, trastorno anímico, arrebato, paraíso, paroxismo de luz, erotismo, química concordante, obsesión, obnubilación de los sentidos, engaño de la razón…

Ahora me acecha una pregunta, ¿buscan lo mismo las mujeres y lo hombres en el amor? Se tiene a bien seguro que no. Parece ser que las mujeres buscan protección, sentirse alabadas y queridas, autoestima, y procrear. Los hombres parecen buscar propiedad, aplacar su libido, orgullo, y procrear

Existe una fábula muy hermosa  sobre la búsqueda del Santo Grial. El rey Arturo y el caballero Gwain buscan por todo el reino artúrico la respuesta a la pregunta que deben contestar en el plazo de un año: ¿Qué desean todas las mujeres? En ello le va la vida al rey Arturo. No logran repuesta unánime ni convincente. Cuando el plazo está a punto de expirar, aparece ante ellos una mujer extraordinariamente fea y desproporcionada, capaz de causar horror en el ánimo más firme. Les ofrece la respuesta a cambio de que un caballero de la Tabla Redonda se case con ella. Gwain acepta el sacrificio. “Lo que todas las mujeres desean es dominar a los hombres”, es la solución que les da y que salva a Arturo de la muerte.

Gwain ha de cumplir su promesa y, a petición de ella, pone un beso en su mejilla. Es una prueba más de iniciación  en la búsqueda del Santo Grial, en la búsqueda de la perfección interior. Inmediatamente del beso, aquel deforme cuerpo se convierte en una hermosísima doncella. Pero las pruebas no han concluido. Ella le dice que sólo mantendrá ese aspecto durante doce horas diarias; en las otra doce volverá al horror. Le ofrece la elección a Gwain: ¿durante el día o durante la noche? Grave dilema: si la acepta bella de noche, los caballeros se mofarán durante las horas diurnas de él; de elegir la otra opción, tendrá que dormir con un ser monstruoso.

El caballero Gwain cede, cualquier decisión es mala. El “hombre” no es adecuado para elegir entre lo malo y lo peor. Ante estos casos suele evadirse, suicidarse, o someterse a un ser superior que le guíe y domine. El caballero Gwain cede la elección a su esposa. Ella tendrá que elegir la belleza diurna o nocturna. Gwain ha superado la prueba definitiva: se ha puesto en manos de su mujer, se somete a su dominio, sólo así conseguirá su amor.

La dama le anuncia la buena nueva, el sacrificio le ha dado el triunfo: el maleficio que operaba sobre ella (ese lado oscuro de la mujer, dionisiaco, demoniaco, que tanto temen los hombres) ha desaparecido. Será hermosa las veinticuatro horas del día.

Gwain se ha sometido a lo femenino y ha obtenido por recompensa el amor de la Mujer. Se ha sometido a lo femenino y ha permitido que se desarrolle en él lo femenino; sólo así puede obtener la  recompensa.

Luego el amor también es servidumbre, sumisión, abarcar en la expresión los lados femenino y masculino

Y el amor también es creación, ¿podría haber creado Dante la Divina Comedia sin su amor por Beatriz?

En fin, creo que ya he catalogado lo suficiente los estados que produce el amor, aunque  nos quedarían muchos libros por llenar antes de entender un ápice sus intríngulis. ¿Y sus enemigos? Tal vez los principales sean: el desencanto, el fraude, la desilusión, los celos, la traición… y el mayor de todos: el aburrimiento.

Sabemos algo más del amor, pero ¿cómo lo reconoceremos?  Proust, en su extensa obra En busca del Tiempo Perdido nos revela que su amor por Albertina lo reavivan los celos y lo mata la tranquilidad. Pero también añade que es en verdad el dolor de la ausencia de la persona amada quien nos revela la profundidad del amor. Aristóteles decía que amar es querer el bien para alguien.  El ínclito José Antonio Marina propone este criterio para saber si estamos enamorados: Siento que amo a una persona por la alegría y la plenitud que siento cuando está presente. Y también: Amo a una persona cuando sus fines se vuelven importantes para mí.

Ahora me falta cumplir con el propósito que expresé en el anterior capítulo: ¿cómo conseguir hacer al amor perdurable? Pero esto se hará más adelante. No obstante, Omar Kayyam nos ofrece una hermosa pista para tal propósito:

Antes que aprendas a acariciar

un rostro suave como de rosa

¡cuántas espinas deberás arrancar

de tu propia carne!

Del amor y otros fenómenos (II)

El amor Cortés y el amor arquetipo

Leonor de Aquitania, heredera del ducado que lleva el nombre de esa región francesa, fue en el siglo XII, sucesivamente,  reina consorte de Francia e Inglaterra; maniobró para colocar a su hijo Juan en el trono inglés a la muerte de su otro hijo, Ricardo Corazón de León, y a los 80 años logró imponer a su nieta Blanca de Castilla como consorte del rey francés Luis VIII. Pero es más recordada por ser la reina del Amor Cortés. En su corte en el rico palacio de Poitiers, Leonor y sus damas tenían por habitual pasatiempo las justas poéticas del amor y los juegos que hoy nos parecerían candorosos simulacros de seducción. En esas justas, juglares y trovadores cantaban a sus damas ―a quien de usual no conocían o habían visto una sola vez― con encendidas alegorías, adornándolas  de cualidades perfectas y con belleza sin par. También resaltaban la figura del caballero que buscaba  fama que ofrecer para ganar el amor de su amada. Una amada custodiada en un castillo por celosos padres, y un caballero que libraba torneos de caballería en nombre de ella.

La dama aparecía idolatrada en los cánticos del trovador. Se le arropaba con todas las perfecciones que en mente enamorada puedan caber. Podríamos decir que el trovador y el juglar eran unos enamorados del amor ideal. Uno de ellos, llamado Marcabrú, sobrepasó los límites del decoro debido a una reina consorte (Leonor ya estaba casada con el rey de Francia) y en sus cánticos a Leonor mostró un atrevimiento que fue castigado apartándolo del séquito real (y de las prebendas), que por entonces se dirigía a las Cruzadas, en donde Leonor esperaba encontrar un escenario ideal  donde plasmar la representación adecuada del Amor Cortés. El tal Marcabrú fue conocido a partir de entonces como Panperdut (pan perdido), y cuenta la leyenda que seguía a lo lejos a Leonor llorando con amargura su propia desgracia. (Como se ve, el friquismo no es nada nuevo).

Como se ve, el Amor Cortés representa el amor arquetipo; el amor construido idealmente hacia el objeto amado, vertiendo en él la suma de todas las virtudes y todas las bellezas, las interiores y las externas. El primer amor, resulta casi ineludible que sea de esa manera. Sobre todo si la persona amada está separada del enamorado por una barrera de distancia o de timidez. Todo se torna idílico entonces. El joven o la joven que tras «conocer» con breves encuentros o mediante breves miradas al «amor de su vida» se han visto obligados por las circunstancias a permanecer lejos de él, llevando consigo en el recuerdo lo placentero y perfecto de aquellos momentos, los agrandan al evocarlos constantemente en grato embeleso y quedan prendidos a ellos, enamorados de ellos. O el tímido en extremo, que no se atreve siquiera a saludar a la persona que es objeto de su amor (construido por lo general a través de un rasgo de ella que le ha resultado agradable) y que edifica todo un mundo mental de cómo es ella, de cómo actuaría en tal circunstancia, de cómo quedará prendada de él (o de ella) en cuanto establezcan contacto, de cómo se darán los inmensos besos que nadie se ha dado, de cómo se derretiría en sus brazos, de cómo…

Pero aun siendo propio del «primer amor» y de acrecentarse éste por la distancia y la timidez, el amor idealizado crece con pasmosa facilidad y frecuencia en los individuos «románticos», en aquellos que más que enamorarse de otros individuos se enamoran del amor. No necesariamente son tímidos ni necesariamente evitan las relaciones reales, ni necesariamente han de ser precavidos o inseguros, al contrario, algunos de ellos son atrevidos, valientes, decididos, y se embarcan en todas las aventuras amorosas que les dicta su corazón llevando mentalmente consigo el amor idealizado, y creyendo que la próxima vez que lo alcancen será la vez más hermosa y definitiva que los tiempos han contemplado jamás. Pero, de manera general, tras de los primeros fracasos aumentan las precauciones y las desconfianzas, y el idealismo amoroso se resiente y en numerosos casos se derrumba y desaparece.

Porque como muy bien dice la copla o cantata del Amor Brujo de Falla: «Lo mismo que el fuego fatuo se desvanece el querer». Todo el recipiente que la imaginación ha ido llenado de cualidades, gestos excelsos, virtudes y bellezas de la amada o el amado, se vacía abruptamente cuando a través de la experiencia amorosa se produce decepción, es decir, no se cumplen las expectativas que se tenían puestas en ella (así que cuando las expectativas son enormes las decepciones son profundas). Y lo que es aún más dañino: dichas decepciones se van acumulando en otro recipiente mental en donde abonan y hacen germinar las malquerencias, las desconfianzas y los rencores hacia la persona a quien antes amábamos de forma absoluta, sin encontrarle mácula alguna. Y es este último recipiente el que siempre está abierto en la rutina diaria de la pareja. Y son esos sentimientos y desconfianzas que se germinan los que envenenan la relación. Como dice la copla mejicana: fallaste corazón, no vuelvas a apostar.

Por todo ello, por esa irrealidad del amor idealizado, por esas decepciones que genera, por lo veleidoso de sus razones, por las graves consecuencias que usualmente acarrea, no conviene dejar al amor al puro arbitrio del corazón. Conviene amarrar al evanescente amor para que no se desvanezca con el viento de cualquier decepción, conviene asentarlo a la realidad con fuertes pilares. Conviene que se domeñe, que se discipline. Ya se nos advierte en la copla: «Lo mismo que el fuego fatuo, lo mismito es el querer, le huyes y te persigue, lo llamas y echa a correr». Trataremos de disciplinarlo.

Del amor y otros fenómenos (I)

El amor en llamas

 

Omar Kayyam, un gran astrónomo y matemático del siglo XI pero que en Occidente es más conocido por su obra poética,  Rubaiyat, escribió acerca del amor lo siguiente:

Un amor que no arrasa no es amor

¿calienta acaso la hoguera un tizón?

noche y día, durante el resto de su vida

el amante deberá llevar el dolor y el placer por compañeros

Esas palabras parecen indicar que el verdadero amor es agridulce y eterno. Sin embargo, Stendhal, en Del amor, no concibe a la eternidad como necesaria en estos asuntos, y señala del amor cuatro tipos: el amor-pasión, el amor-gusto, el amor-físico, y el amor-vanidad. Entreveradamente hablaré de algunos de ellos, pero antes voy a tratar de cercar su esencia sentimental. Su conocimiento,  el de ese batiburrillo de sentimientos que es el amor, es un re-conocimiento que solo puede lograr plenamente quien de forma previa  lo haya experimentado. En Román paladino: para conocer el amor hay que sentirlo.  Del que lo siente se dice que está enamorado, esto es, que está inmerso en el amor. Hay que advertir, sin embargo, que el uso común ha restringido este concepto hasta identificar con él al que se encuentra en una suerte de embeleso, de atención máxima en la persona amada, de ilusión extrema y apasionamiento, hasta identificar el enamoramiento con el amor-pasión que señalaba Stendhal. A este amor me referiré hoy principalmente.

Empiezo diciendo que el enamoramiento ―y esto sonará hartamente prosaico―es una suerte de estupidez suprema que dura dos o tres años, y que tiene por finalidad evolutiva el procurar por la continuidad de la especie humana. A través de los vericuetos afectivos que presenta, el hombre y la mujer cooperan en la crianza del infante. Una de las primeras formas culturales que el homo sapiens inventó para complementar la fortaleza química que los genes procuran al enamoramiento fue la institución del matrimonio. Un contrato social que aseguraba a cada macho la posesión en exclusividad de una hembra, con penalización para quien intentara arrebatársela. La gran Leonor de Aquitania, madre de Ricardo Corazón de León, decía que el matrimonio es la tumba del amor. Pero el autor principal del asesinato del enamoramiento es la fecha de caducidad que lleva impresa. Esa pócima con ingredientes de atracción sexual, embeleso, celos, deseo de posesión,  atención mental focalizada en la persona amada, reblandecimiento sentimental, bienquerencia, seguridad y confianza variables, que constituye el enamoramiento, se acaba, ya lo he dicho, al cabo de dos o tres años. Cuando se cumplen, el amor-pasión se difumina y empiezan los saltos de cama, las infidelidades, las separaciones…, a menos que el amor-pasión se transforme en otro tipo de amor. Enzo Emmanuel, de la Universidad de Pavía, y Donatella Marazziti, de la Universidad de Pisa, han dado con el intríngulis químico de asunto: han descubierto que los niveles de testosterona bajan en el hombre enamorado, mientras las hormonas neutrofinas invaden su torrente sanguíneo y cambian su metabolismo. La bajada de testosterona explica la pérdida de pasión loca por otras mujeres hermosas, y las neutrofinas explican la supeditación afectiva que sufre. ¿Resulta posible prolongar este amor-pasión más allá de la fecha de caducidad impresa en su etiqueta química? Sí, siempre que nunca se satisfaga el deseo por la persona amada ni nunca se marchite. Es decir, siempre que ésta «no conceda» pero tampoco «niegue», cosa harto difícil de manejar y mantener, aunque algunos y algunas saben gestionar muy bien. Es decir, se trata de mantener encendida la llama del amor avivándola cuando mengua y meguándola cuando se aviva. Algunos son verdaderos artistas en estos menesteres. Más simple y sencillo, aunque quizá menos interesante, resulta mutar el amor-pasión a un amor más apaciguado, con menos altibajos de ánimo, con gratificaciones menos extremas pero también menos sufrimientos.  Y es que el amor-pasión es peligroso (por la falta de control que sobre él tenemos) y extraño. Para que se me entienda expongo dos de sus manifestaciones: el amor de dos enamorados puede desaparecer de la noche a la mañana por despecho  (menosprecio, desengaño, es decir, cuando uno siente que el otro le ha rebajado en su valer o simplemente que no es correspondido en su querer en el grado deseado), pero también puede perdurar eternamente en uno de ellos si  el otro muere en un fatal accidente. En este caso el recuerdo del amor perfecto se mantiene indeleble en el pensamiento(pues ninguna mala experiencia ha enturbiado la imagen idílica creada del amado o amada). Son esas cosas extrañas e incontrolables que tiene el enamoramiento. De haber seguido la relación es muy probable que el amor se hubiera convertido prontamente en odio, pero…

El amor esta labrado en su base de sentimientos, es decir, de los artífices de estos: de temores y deseos. El amor es muy principalmente deseo de poseer. Por tal razón muere en cuanto se satisface; muere en cuanto uno de la pareja siente la seguridad de poseer plenamente al otro. De ahí que sea harto frecuente el desamor que surge en muchas parejas que tras muchos años de convivencia amorosa deciden casarse. Los papeles del matrimonio dan seguridad de posesión ante las familias respectivas y ante la sociedad, así que sintiendo que se tiene esa seguridad se relajan las muestras de afecto, se relajan los artificios diarios para ganar el amor de la pareja, se abandonan las liturgias y los ritos de seducción, en fin, una vez satisfecho el deseo de posesión, éste  desaparece y con él desaparece su estímulo. De ahí la aseveración de Leonor de Aquitania. Pero el amor conlleva también temor a perder lo que se cree o se quiere poseer. Temor a que el objeto amoroso nos sea robado por un intruso. El sentimiento de los celos manifiesta la tensión entre el deseo de poseer y el temor a ser desposeído. Los celos son semillas que crecen en los suelos más pedregosos: basta una sospecha auspiciada por el temor para que el manantial de la imaginación la haga crecer infinitamente hasta desquiciarnos por completo. El deseo es un generador de imágenes de la persona amada, pero el temor alienta las imágenes de peligro, «descubre» disimulos de ella, engaños ocultos, simula en la imaginación todos los escenarios de peligro posibles y crea la ilusión de que son reales. Esos son los celos, un sistema avisador de peligros potenciales para la finalidad de posesión de nuestro deseo. Deseo y temor se avivan mutuamente. Promueven un baile de análisis y contraanálisis, un examen de cada peligro potencial, una búsqueda de indicios que aseveren o rechacen un imaginado peligro, y una evaluación infernal, en círculo, que no conduce a parte alguna porque no es la razón quien impera en estos asuntos sino la ilusión que producen los sentimientos. Esto también es el amor. Pero ahora lo examinaré a través de otro prisma.

Sentimientos (I)

Sentimientos

Imagen

De su andamiaje dice Antonio Damasio[i] que «son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación». Según el principio de anidamiento propuesto por este autor, parte de la maquinaria del sistema inmune está incorporada a la maquinaria de los comportamientos del dolor y del placer; parte de esta otra se halla incluida en la maquinaria de los instintos y emociones; y, finalmente, parte de todo lo anterior se incorpora a los sentimientos. Huelga añadir, visto el entramado, que cuando un sentimiento se manifiesta, se produce un proceso mental, reacciones emocionales, impulsos instintivos, se acompaña de ingredientes de dolor y placer e incluso de regulaciones más básicas. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo. Pero conviene hacerlo: los sentimientos manifiestan su esencia en lo social. Este es su caldo de cultivo, su soporte y su quicio. Evolutivamente nacieron con vocación social, y en lo social radica su funcionalidad. No se olvide esto.

Para atisbar su complejidad vale exponer un caso: un individuo ofende a otro públicamente. De forma inmediata, el ofendido siente ira contra el ofensor y vergüenza (al ser percibida por el público presente la ofensa que le hiere y rebaja) ante los presentes. La ira tiende a consumirse con violencia, pero el ofendido puede sentir temor hacia el ofensor y, a causa de ello, sofrenar los dictados de su ira. El ofendido se siente ante los demás desvalorizado, lo que produce un sentimiento con gran dosis de dolor de ánimo: la humillación. Con el paso del tiempo, el recuerdo de esa humillación mantiene la ira en candelero, haciendo aflorar un  deseo muy sentimentalizado: el odio. Éste, se revierte imaginativamente contra el ofensor como deseo de venganza (de vengar la afrenta), es decir, con el ánimo de cobrarse crecidamente la  humillación sufrida. En la escenificación mental que conlleva el deseo de venganza, se representa con gozo la obra del sufrimiento y dolor del ofensor —y este gozo por el dolor ajeno es un instinto sentimentalizado que se conoce como crueldad. De no llevarse a cabo la venganza en su debido tiempo, el odio se añeja, se encalla, se camufla en rencor, que es un sentimiento perdurable (en los lugares pequeños se transmite de generación en generación entre familias). Si quien ofende o agravia no es un individuo sino que tiene como origen lo que el agraviado u ofendido entiende como una injusticia social, la humillación genera un resentimiento contra los promotores de tal pretendida injusticia. Como se ve, toda una maraña. De ahí la dificultad de poner lindes a este campo.

La génesis y los ingredientes que propone el citado autor los definen: Los sentimientos sociales son adaptaciones evolutivas consistentes en ciertos desencadenantes que tienen lugar en nuestro organismo ante un suceso o estímulo socialmente relevante, cuyos ingredientes principales son emociones, una representación mental del estado del cuerpo que produce imágenes, y un modo alterado de pensar, con pensamientos acordes a la emoción que se siente, así como alguna variación del dolor y del placer.  En tanto que representaciones mentales del estado del cuerpo, la conciencia entra en juego; no se trata solo del mero disparo emocional, sino que, acompañándolo,  interviene la atención, las razones, el pensamiento, los recuerdos… De ahí la importancia que cobra la corteza prefrontal ventromediana para lidiar de forma adecuada una «situación social»  con el capote de los sentimientos .  Parece ser que esa región está adaptada para detectar los estímulos socialmente relevantes, es decir, aquellos eventos o relaciones sociales que fueron de primordial importancia para el éxito o fracaso biológico de los individuos de nuestra especie. Ahora bien,  el área señalada, que se comunica con la amígdala a través de la corteza cingulada, también está comunicada con otras áreas de procesamiento superior y con otras estructuras cerebrales que sustentan la producción de imágenes, de forma que la atención, los recuerdos, la imaginación y los pensamientos mismos se suscitan y se alteran en concordancia con los «gritos» emocionales provenientes de la amígdala. El sentimiento es el cúmulo de todo ese proceso; es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra eficacia biológica. Dicho de manera que puede resultar harto sorprendente: el sentimiento es también  respuesta del organismo en su afán de seguridad. La búsqueda de seguridad constituye uno de los afanes más prominentes del organismo, enredado como se halla en esa aparente finalidad teleológica de sobrevivir y dejar descendencia.  Es decir, los sentimientos le señalan a la mente aquello por lo que tiene que preocuparse el organismo, y, en ese sentido, representan un sistema de seguridad. O de una manera más precisa: el organismo dispara los sentimientos para señalar a la mente aquello que le preocupa, aquello que la mente debe tomar en consideración; y, ¿para qué?: para que las imágenes, la razón, los pensamientos, tomen parte activa en formular la respuesta, sofocando, modelando, regulando, moldeando e incluso concitando el automatismo emocional e instintivo.

Una funcionalidad sorprendente. El organismo, «empeñado» en lograr eficacia biológica,  engarza áreas filogenéticamente muy antiguas, como el sistema límbico ―al que pertenece la amígdala―, con áreas «nuevas» como la corteza prefrontal. Engarza emociones, instintos, dolor y placer, con imágenes y razonamientos, y surgen los sentimientos en el medio ambiente en que vivimos, que es social. (Algo semejante ocurre con los deseos, que vienen a ser a los instintos lo que los sentimientos a las emociones.) También actúa el tándem dolor/placer, con la funcionalidad de recompensa/castigo, señalando a las emociones las conductas a evitar e indicando la conveniencia de dicha evitación[ii].


[i] Antonio Damasio, En busca de Spinoza, p. 41

[ii] Claro que, una consecuencia no deseada de esa señalización que produce el placer es la adicción. James Olds y Peter Milner (1954) demostraron la adicción de la rata a la cocaína y a la estimulación de los centros nerviosos que provocan el riego con dopamina. Recientemente, Serge Ahmed ha diseñado un experimento que ha puesto de manifiesto que las ratas optan por el jarabe dulce incluso antes que por la cocaína. Los humanos podemos hacernos adeptos al juego, a la bebida, a la relación sexual, a las drogas… La evolución no ha «reparado» los mecanismos del placer/dolor –eliminando de ellos la adicción–, porque no fue relevante en los modos de vida de nuestra larga historia evolutiva. Ahora sí puede serlo.

Puntadas con hilo

1

Resulta de una  obviedad sin discusión posible que la escuela tiene que ser un reflejo de la sociedad en que se halla inmersa. Si la sociedad catalana es bilingüe y los dos idiomas se usan por igual según el deseo de los individuos, la escuela también, de forma radical, lo debería ser. Si no lo es y, por el contrario, se impone con exclusividad una lengua, no existe modo razonable alguno de negar que tal acción es opresiva y discriminatoria, que representa una vulneración represiva de la libertad y de los derechos lingüísticos de la población.

Si se pretende justificar tal acción aludiendo a un supuesto derecho de la «lengua propia» del territorio (fundamentado lo «propio» en la Territorialidad en vez de la realidad lingüística), además de pervertir intencionadamente el significado de «lengua propia», se está defendiendo la supeditación de los derechos y libertades democráticos a un supuesto valor supremo de Territorialidad. Esto es: como en la Alemania de Hitler, como en la Italia de Mussolini,  como en la España de Franco, con esta justificación se desprecian los valores democráticos y se ensalzan y ponen en un pedestal los valores derivados de una concepción sacra de lo territorial.

2

Leo en el periódico El Mundo del 8 de febrero, que el equipo rector de una escuela (a la que se pretende obligar a impartir el 25 % de las clases en castellano) ha proclamado con orgullo que «harán todo cuanto esté en sus manos para proseguir con la inmersión lingüística en catalán». ¿Qué otro significado no tiene esto sino una muestra de altanero desprecio a la ley, qué otra cosa que una loa a suprimir el derecho de enseñanza en castellano, qué otra cosa que una represión de la libertad paterna de elegir la lengua en que quieren que se eduquen sus hijos?, ¡y lo proclaman con orgullo!, ¡y son jaleados por ello por los patriotas del independentismo!, ¡como si les asistiera una moral de origen divino que se coloca por encima de la democracia, de las leyes y las normas!, ¿qué moral es ésta?, ¿no es una moral represora de libertades y derechos?, ¿no es una moral que atenta contra los valores democráticos básicos?, ¿no es una moral que quebranta la ley?, ¿no es una moral que persigue imponer un «pensamiento único»? Una moral represora que obedece a los dictados de la diosa Territorialidad.

Una moral represora muy semejante a ésta existía en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco.

3

El control de los medios de comunicación mediante dádivas o amenazas; la pretensión de imponer una «verdad» exclusiva y única en los individuos; el aleccionamiento en el fanatismo; el señalar con dedo acusador a un supuesto enemigo e inculcar odio en su contra; el alarde incesante de banderas, lemas y consignas; el falseamiento interesado de la Historia; el amedrentamiento, el acoso, la condena al ostracismo del discrepante y del disidente; el intento de convertir a los ciudadanos en rebaño…, fueron prácticas habituales en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco. Estas prácticas obedecen a una ideología y a una moral que tiene un nombre concreto desde hace casi un siglo. Se denomina fascismo.

Lo psicológico en Borges. Emma Zunz

Borges, El Aleph, Emma Zunz

Naturalmente Borges es su lenguaje. Y, naturalmente, nadie defendería que  lo psicológico tenga un papel relevante en Borges. Lo psicológico indaga motivos y causas, despliega las razones del subconsciente y pone a los deseos y a los sentimientos bajo sospecha, mientras que Borges suele ceñirse escrupulosamente a los hechos. Sin embargo, aunque Borges no explicita la disposición sentimental que empuja a cometer los actos ni aún menos construye un clima emocional preparatorio y propiciatorio de los hechos, sino que, organizándolos con cierta relación de simetría  espacial y  temporal, parece obviar o cuando menos trivializar los asuntos pasionales,  estos asuntos  aparecen en sus narraciones en potencia, ocultos, cifrados, no dejando de tener por ello importancia suma en el desarrollo y en el desenlace de la narración. Vale a veces una reflexión del autor ―que no parece venir a cuento―, valen ciertas palabras dejadas como de adorno junto a los hechos descritos, para que de su ayuntamiento se evoque en el lector atento toda una marejada de razones psicológicas; razones que hacen mover a los protagonistas. El desapasionamiento que se muestra no excluye la existencia cifrada de deseos y sentimientos.

Emma Zunz, una narración inscrita en El Aleph, es un buen ejemplo para recalcar el fenómeno. La historia trata de una venganza. Una carta anuncia a Emma Zunz el suicidio de su padre, acusado de desfalco y deshonra. Ella sabe que su padre es inocente y la venganza le reclama castigar al verdadero culpable. Borges nos cuenta en una línea la impresión que esa muerte le produjo. Pero la impresión restalla evocativamente con mucha mayor fuerza unas líneas adelante: «…porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo y seguiría sucediendo sin fin». Eso es todo. Explícitamente no fulge un solo sentimiento que aderece la situación, que cree clímax al propósito de que resulte comprensible al lector la venganza que ya planea Emma.  No hay un solo sentimiento pero esas palabras remiten a un dolor inmenso y a una soledad perenne. Ese dolor y esa soledad a que Emma es condenada hacen creíble que la venganza cobre vida en su conciencia. Sin embargo, el desentendimiento de Borges por el clima pasional se hace patente en las siguientes líneas de la narración, que muestran la espera del momento de la venganza, y presentan a una Emma contenida, sin que una sola emoción o una sola palabra delaten su decisión.

La venganza es un deseo cargado de sentimientos de odio y crueldad. Llevarla a cabo exige edificar sentimentalmente una voluntad de acción. Una cosa es desear vengarse, otra distinta es cargarse de los sentimientos que la hagan posible. Emma apenas conoce al señor Loewenthal, gerente de la fábrica donde ella trabaja y culpable del suicidio de su padre. Esa falta de relación hace que apenas resulte factible imaginar la consumación, menos aún llevarla a cabo. Hace falta sentir. El agravio lo sufrió su padre; ella necesita sentirlo en sus carnes, «sentir» que es ella la agraviada, para que la venganza haga en ella su cuerpo, para que el odio contra Loewenthal anide en su conciencia. ¿Cómo transformar su dolor en crueldad? ¿Cómo lograr que la carne responda y construya una voluntad irrevocable? Otros hubieran creado páginas y páginas de atmósfera angustiosa con el ánimo de hacer creíble el acto vengativo. Borges, el genio de Borges, imagina una solución extrema que, ciñéndose a meros hechos,  sorprende por lo increíble que parece. Nos la sugiere previamente: nos predispone a vislumbrar unos hechos por acaecer mediante un solo dato que en el contexto en que se expresa parece fútil: «En abril cumplirá diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico…». Unas páginas después se desvela el argumento psicológico por el que Emma transforma su dolor en voluntad de matar: odiando a todos los hombres y enfocando ese odio contra Loewenthal. Emma se entrega como furcia portuaria a un grosero marinero en un turbio barrio. Emma se entrega a la repulsión, al horror hacia todos los hombres. Y ese sacrificio implica también sentir la punzada de odio hacia el propio padre.

«¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, enseguida, en el vértigo. El hombre sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. »

La voluntad ya había sido edificada: «El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco», dice Borges a continuación. Ya en el limen de la acción vengadora, recalca: «Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de la castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra.»  Borges nos desvela aquí que la voluntad de castigar la ha edificado el ultraje a que Emma se sometió con el ánimo de vengar a su padre; que fue preciso el ultraje, fue preciso enfondarse en la ciénaga de la repulsión para lograr la sentimentalidad que impusiera  en las carnes la imperiosidad de la venganza (que hasta entonces sólo había sido deseo y proyecto).

Cierto es que Borges parece incidir en asignar al ultraje otro propósito, el de justificar la muerte de Loewenthal ante la autoridad. Nos dice que Emma «Apretó el gatillo dos veces» y que luego tomó el teléfono y repitió…:«Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…» Unas páginas antes se preguntaba Borges ante el lector: «¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba…?» Es cierto, ante la autoridad, la fuerza emocional del asco por el ultraje padecido hace verosímil la versión que Emma entrega. Pero el ultraje como elemento que da verosimilitud a una muerte en respuesta a un intento de violación, es un argumento secundario, incluso superfluo; hubieran bastado signos: vestido roto, huella de resistencia, moratones, una preparada representación… El lector atento se percata de que el argumento es mucho más extraordinario y complejo: la edificación sentimental de una voluntad que cumpla con el propósito de venganza que su dolor le reclama. Aquel es el argumento explícito, éste es el implícito y esencial.

Si la psicología es el arte en investigar la motivación de los actos, Borges es un artista consumado. Pero en él los hechos, las referencias aparentemente fútiles, las locuciones exentas ―descarnadas―de atributos pasionales pero cifrando mediante su exacta y ordenada significación la acción de lo primordial del ser humano, sustituyen a las indagaciones, sustituyen a las deducciones, sustituyen, incluso, a la exposición de motivos sentimentales. Es lo que esos hechos y palabras evocan en la imaginación del lector lo que debela el aparentemente inextricable muro de las motivaciones. El lienzo psicológico que tinta Borges es abstracto y está difuminado, apenas se vale de unos trazos de realidad, pero hay que observar atentamente las pinceladas, hay que pulir bien los anteojos de la imaginación y del entendimiento para ver la grandiosidad de la obra.

Las ideologías en la Ciencia

Voy a hablar de creencias que se tienen por fiables, por poco sentimentalizadas, que poseen –así se suele considerar—mayor grado de verdad. Me refiero a las creencias científicas. No es políticamente correcto entre los científicos aunar los vocablos «creencias» y «científicas», dado que lo científico se suele colocar en lo más alto del pedestal que anuncia la «verdad», mientras que lo todo lo relacionado con creencias se coloca en un pedestal que apenas destaca del suelo, como si el «creer» estuviera desvalorizado, fuese cosa del vulgo. Por tal razón se suele emplear «saberes científicos» o «conocimientos científicos», dándose por supuesta su verdad; pero nunca «creencias científicas», aunque creencias son. Son creencias y, como tal, se encuentra expuesta su verdad al albur de las interpretaciones; bien es cierto que es aconsejable fiarse más de unas que de otras pues se meten muchas en el mismo cajón. Responden a distintas maneras de entender y aplicar el término «científico». Las Ciencias Físicas, las más «duras» de entre todas ellas, exigen un rigor exquisito en los pasos, en las condiciones y los métodos a aplicar para validar la «verdad» del asunto que se trate. Se exige coherencia argumental, adecuada matematización, evidencia experimental verificable, predicción… Otras como las ciencias históricas, no pasan de ser meras interpretaciones de hechos parcialmente documentados y siempre analizados con parcialidad. De científico apenas poco más poseen que un cierto rigor en el análisis, y la pretensión de serlo. Resulta meridianamente claro que tras de la  parcialidad en el  análisis y del sesgo que se produce en la interpretación se encuentra  la ideología del interpretador. La visión de la realidad se percibe con las gafas de nuestra ideología. La ideología  del interpretador cincela a su antojo la verdad con el ánimo de infundir  en el lector de su obra la creencia acorde a su ideología. Véase, si no, la historia interpretada por un marxista: tras de todo suceso encuentra lucha de clases y lo económico resulta ser el fundamento de toda acción. O la historia de la antigüedad contada por  «ojos» griegos o por «ojos» romanos.

Claro, se puede alegar: «la parcialidad señalada o las ideologías no tiene ni puede tener lugar en el desarrollo e interpretación de las ciencias “duras” como la Física»… No, con reparos. No es que el investigador no la tenga, sino que la posibilidad de replicar las experiencias científicas y quedar expuesto al ridículo en caso de no obrar con diligencia, pone coto a su parcialidad. No obstante, existen los ejemplos de ello. El célebre astrofísico Arthur Eddington partió el 29 de mayo de 1919, al poco de acabada la Gran Guerra, al frente de una expedición a la isla Príncipe, en el golfo de Guinea, en la costa oeste de África, donde se vería un eclipse de Sol total. Trataba de confirmar la teoría de la Relatividad General de Einstein, que predecía  la curvatura de la luz en las cercanías solares De vuelta a Inglaterra, Eddington comparó las fotografías tomadas durante el eclipse con las que había tomado seis meses antes en Inglaterra, del mismo cielo de estrellas y con el mismo telescopio. La teoría de Einstein se confirmaba. Pero Eddington, llevado por su fe en la Relatividad, cometió de forma intencionada la poco científica acción –aunque a la larga irrelevante acción—de  desechar las fotografías que manifestaban discrepancia con lo que se esperaba encontrar. ¡Y es que la fe en una creencia se toma muchas veces como criterio de verdad[1]! A propósito, ni siquiera el mundo científico está libre de esas ilusiones, al menos hasta que la experimentación da su visto bueno o lo niega. Por ejemplo, la belleza matemática de una teoría suele ser tomada, mágicamente, como criterio de verdad entre los científicos. Cuando casi nadie tomaba en serio la Teoría de la Relatividad General, la belleza de sus fórmulas procuraba a Einstein una fe inquebrantable en ellas. En una carta al físico Arnold Sommerfeld, escribía: «Usted se convencerá de la Relatividad General una vez la haya estudiado. Por consiguiente, no voy a decir una palabra en su defensa».

El deseo, germinador de ilusiones varias, es una gafa bifocal: impulsa al descubrimiento científico, pero puede hacernos ver cosas que no son. Un ejemplo muy figurativo: Stanley Pons y Martin Fleischmann, de la Universidad de Utah, publicaron en la revista Nature un artículo sobre la denominada Fusión Fría. El 23 de marzo de 1989, en una conferencia, dieron a conocer su «descubrimiento»: se abría la posibilidad de fabricar energía barata ¡y en la propia casa de uno! En esencia consistía en un par de electrodos conectados a una batería y un recipiente con agua pesada rica en deuterio. Científicos de todo el mundo se lanzaron durante las semanas siguientes a reproducir los resultados y, sorprendentemente, ¡casi la mitad de ellos declararon haberlos reproducido! Pero la certidumbre de que aquello no era cierto se impuso. La magia de la botella no duró mucho, y el bochorno de los científicos replicadores fue grande.

Claro que, cuando no existe posibilidad de experimentar una hipótesis, las creencias y las ideologías ajenas al asunto de que se trate pueden tomar las riendas para determinar su «verdad». Tal cosa ocurre con la hipótesis del cambio climático global por las emisiones de dióxido de carbono y otros gases a la atmósfera. Los panconservacionistas del medio ambiente y la izquierda en general, ven churras donde la derecha ve merinas (hasta hace poco); aunque parece que se ha acabado imponiendo el compromiso del «por si acaso es así, dada la correlación que observamos, vamos a actuar».

Pero el ejemplo de más relieve y más ignominioso del sometimiento de la verdad científica al influjo de  creencias e ideologías en toda la historia de la humanidad –más aún que en los casos de Galileo y Copérnico—se produjo en la URSS.  En el Segundo Congreso Soviético de Granjas Colectivas, en febrero de 1935, Trofim Denisovich Lysenko, un oscuro biólogo, ataca a los genetistas soviéticos porque «con sus teorías importadas de Occidente están destruyendo la agricultura soviética»; palabras que satisficieron enormemente a Stalin. Con el utópico proyecto de transformar los cereales de invierno en cereales de primavera, ideando una suerte de lamarquismo de nuevo cuño que conseguiría adaptar las semillas al clima siberiano,  Lysenko — haciendo uso del engaño de conseguir «una nueva biología dialéctica y comunista» para lograr el apoyo de Stalin—, consiguió llegar a ser en 1938 presidente de la Academia Nacional de Ciencias Agrícolas, y ser temido en todo el ámbito agrícola y universitario. Durante tres décadas, Lysenko y sus partidarios controlaron la enseñanza, las investigaciones biológicas y la agricultura, llevando a la URSS a un fracaso tras otro en la producción de cereales. Sin embargo, ninguna evidencia en su contra fue suficiente para contrarrestar el entusiasmo que producía con sus palabras entre los dirigentes comunistas: «La teoría mendeliana de la herencia es falsa por ser reaccionaria y metafísica, y niega los principios fundamentales del materialismo dialéctico». Recuérdese que el marxismo dialéctico, sobre todo en la versión de Engels, pretende explicar todo conocimiento con oscuras palabras (a imitación del maestro supremo en esas lides, Hegel), y ataca con saña a la metafísica dominante en Occidente. Lysenko escribió: «En la URSS existen dos biologías radicalmente opuestas, una es materialista y soviética; la otra es reaccionaria, capitalista, idealista y metafísica». Como resultado del enfrentamiento, hizo prohibir la enseñanza de la genética mendeliana, y ordenó la destrucción de todos los libros e investigaciones basados en ella. Y no contento con ello, comenzó la purga política de los científicos que discrepaban de sus teorías: arrestos, deportaciones, ejecuciones, se sucedieron a cientos. ¡Durante treinta años! Los progresos en biología desaparecieron, pero ninguna evidencia en contra podía luchar contra su fervor ideológico y los apoyos que con ello conseguía. Un iluso ignorante con poder quizá sea la especie animal más peligrosa que existe, al menos la más destructiva; tenemos ejemplos de ello que nos tocan de cerca.


[1] Hay gremios que se especializan en creer en todo lo turbio o en aquello que venga envuelto en oscuridad; y en otros, lo ambiguo, lo vaporoso, lo novedoso, la belleza del asunto, o la misma jerigonza, sin más, sirven de criterio de verdad de un asunto.

Sacralización de la democracia

Yack: Si la democracia se cifrara en votar una vez cada cuatro años (a unos elegibles, desconocidos para el ciudadano generalmente, y a un programa decorativo que nunca se cumple), en la URSS, en el Zimbabue de Robert Mugabe, en la Siria de Basar al-Asad, en la Venezuela de Madero, en la Cuna de los Castro o en el Irán de los ayatolás, podríamos decir que reina o ha reinado la democracia, pero nadie en su sano juicio tildaría de democráticos a los sistemas políticos de esos países.  Por otro lado, la condición de que existan varios partidos con distintas estrategias de gobierno, siendo necesaria, no es suficiente para que se instaure una democracia deseable en el sentido de corresponder el poder a la colectividad. Este país y otros muchos tienen una larga historia de bipartidismo ―que es favorecido por la disposición de medios económicos y por el sistema electivo reinante― que es propicio al acuerdo y al cambalache entre ellos en aras a su propio beneficio, produciendo frecuentemente una corrupción generalizada, una perversión de la democracia. Tampoco el cumplimiento riguroso de la ley que tú nombras es hacedor de democracia, pues esa ley puede no estar hecha para el bien común, sino para el beneficio de unos pocos, generalmente los propios partidos políticos. No. La democracia implica voz ciudadana, adecuados mecanismos prebiscitarios, participación, derechos y libertades, es decir, un modelo de democracia que facilite la convivencia en base a la voluntad general.

El método más eficaz para llegar a un sitio es el de saber de antemano el sitio al que se quiere ir. La democracia, como modelo a conseguir, debe hacerse creencia en la conciencia del ciudadano (recuerdo al lector que una creencia es una idea que ha hecho suelo en la conciencia y se ha convertido en rutina del pensamiento), debe ser rutina en relación al modo de actuar socialmente y en relación al modo de concebir los mecanismos de organización y participación política.  Si no abunda en la conciencia de los ciudadanos ese tipo de creencias, cualquier brisa producida por creencias del tipo paradisiaco o redentor ―léase nacionalismo, socialismo, comunismo, fascismo―conducirán al barco de la democracia a puertos totalitarios o caóticos, tales como el del fanatismo independentista catalán o el sistema bolivariano de Venezuela o el régimen de los ayatolás de Irán. La navegación del velero Democracia no puede supeditarse a la intención de llegar al puerto del socialismo ni del Islam; no puede amarrar en puerto alguno, su esencia está en la navegación. La Democracia no puede ser un medio para el fin del socialismo ni del Estado catalán ni del imperio de la shariat islámica. Frente a esas fuertes creencias debe reinar la creencia en la democracia: ésta debe ser el fundamento de la convivencia. Con más valor público que cualquier otra creencia. El modelo de democracia que tiene en cuenta la participación, la libertad respetuosa y respetada, los derechos del individuo y de los grupos, resulta ser el mejor modelo posible para resolver conciliatoriamente los asuntos sociales, y el modelo que produce mayor bienestar general y mayores beneficios sociales y económicos.

Se necesita infundir en la conciencia colectiva el modelo de democracia de libertades y derechos de participación e intervención sociales. Que ese modelo sirva de principio legitimador de la política. Y tener bien presente a Locke, Montesquieu y Stuart Mill. Al fin y al cabo somos máquinas movidas por los vientos de las creencias.

Revalorización de la democracia

Yack: Creo que en algo estamos los dos absolutamente de acuerdo: en la consideración que debe reinar en la ciudadanía acerca de la Democracia como algo sagrado, como fundamento de la convivencia. Pero antes hemos de ponernos de acuerdo ―a grandes rasgos―de qué entendemos cuando hablamos de sistema democrático. A mi entender, no es sólo una apariencia de representación en la que el ciudadano manifiesta en las urnas periódicamente estar de acuerdo con una opción política generalmente engañosa, sino que la entiendo como posibilidad de participación en las discusiones y decisiones que afectan a la colectividad, la entiendo como intervención del individuo en los asuntos políticos, y la entiendo como respeto a los consensos obtenidos en esas discusiones referidos al papel y a los derechos y libertades de la ciudadanía y de los distintos grupos que la integran. Y la entiendo, claro, como independencia de los poderes del Estado con un control sobre estos poderes y sobre los políticos (conseguirlo esto sería la cura más efectiva y urgente de esta democracia nuestra). Volver a Locke y a Montesquieu.

Claro, la democracia será siempre imperfecta y zigzagueante porque representa un acuerdo comunal frente a los instintos egoístas del hombre y, consiguientemente, aceptar las implicaciones que tiene conlleva necesariamente una lucha con uno mismo y con los demás por el hecho de tener que aceptar dictados que uno no desea seguir o que rechaza. Pero creo que el límite donde la democracia empieza a perder el nombre es perceptible, el límite en el que los defectos de la democracia se han pervertido es reconocible: de la putrefacción que desprende es posible detectar diferentes olores: la corrupción institucionalizada y generalizada, la absoluta pasividad del ciudadano ante los asuntos públicos, la veneración del caudillaje, el dominio político en todas las instituciones…

Cuando la democracia ha perdido su esencia participativa y ha derivado en totalitarismo, con las leyes y las instituciones al servicio de un partido o de una clase social y no sirviendo al bien común, en tales circunstancias, digo, la rebelión de la ciudadanía es un derecho para dejar de ser meros súbditos. En las revueltas de la «primavera árabe» se produjeron esas circunstancias. También esos fueron los motivos de la caída de la URSS. En el caso de Egipto, y viniendo al caso, se plantea un problema que es sólo aparente: ¿respetar la voluntad popular expresada en las urnas que llevó al poder a los Hermanos Musulmanes, quienes rápidamente manifestaron la intención de imponer un sistema totalitario, o defender la democracia, los derechos y libertades con una nueva rebelión? En mi opinión esta segunda opción es la única respetable, la defensa de las libertades y derechos de cualquier grupo que los exija. Ahí tenemos un ejemplo parecido en el caso de Zimbaue y el dictador Robert Mugabe, héroe de la izquierda mundial en los años 70 y 80, que ha acabado con la democracia en ese país y con los derechos de la población, especialmente con los derechos de los blancos. Algo que puede suceder también en Sudáfrica si se olvidan las enseñanzas democráticas de Mandela y la mayoría negra aboliere los derechos y libertades de los blancos haciendo uso de su mayoría. Caso semejante presenta Cataluña, en donde están abolidos los derechos lingüísticos de la mayoría de habla castellana. Ese es otro carácter de la democracia: en nombre de la mayoría, manifestado en las urnas, no se pueden conculcar los derechos de las minorías.

No sé si en Ucrania se produce un caso de perversión de la democracia que se pueda asimilar al totalitarismo, pero en el asunto de Gamonal no se produce y sin embargo los piquetes actuaron al modo de los sans-culottes que tanto gusta a la izquierda. No es éste el sentido de la democracia. Para ser más exactos, en una democracia tan imperfecta como la española aún existen mecanismos correctivos y producen sus efectos, por ejemplo, con el surgimiento de los nuevos partidos (VOX, UPyD, CIUDADANOS) que promueven la participación en el escenario político, de forma que esa suerte de Totalitarismo arraigada en la figura del todopoderoso Jefe del partido tiende a difuminarse y acabará desapareciendo. De tal manera que los miembros de los distintos grupos dejarán de ser rebaño para aspirar a ser ciudadanos con derechos de intervención en las decisiones, con posibilidades de hacer política a distintos niveles para que la voluntad general surja de una conciliación abierta de voluntades.

Así que en una democracia verdadera, quiero decir, si el hedor de la corrupción no ha alcanzado aún niveles notables, no es la revuelta al modo del sans-culottismo, a la que digo es tan aficionada cierta izquierda, en absoluto, un comportamiento democrático. Sí lo es la manifestación que muestre el desagrado o el disgusto de las gentes afectadas, que con su número y potencia puedan mover a las autoridades a cambiar de opinión. Pero cuando se perciba que se ha sobrepasado el límite que anuncia el Totalitarismo, la revuelta que pretenda restaurar la democracia sea bienvenida. Por ejemplo, cuando el Ejecutivo no se atenga a la legalidad o cuando ésta no sea democrática.

Por todas las razones que en la discusión han sido expuestas, el aprendizaje de la democracia debería ser un tema escolar prioritario.

Bien es cierto que la democracia necesita de aditamentos,  que tal vez un buen sistema democrático puede no ser capaz de sostener en pie a una nación o a un país o que éste pueda resquebrajarse por tendencias centrífugas o no logre infundir en las gentes el ánimo suficiente para la cooperación. Si nuestros políticos hubieran gozado de la suficiente inteligencia y honradez, habrían hecho uso de ciertos emblemas y ciertos mitos y hubieran creado una ilusión colectiva tan necesaria para la cooperación y la solidaridad social. Ahí están los casos de Francia o EEUU o China o Rusia. Pero la dejación de estas labores por parte de los sucesivos gobiernos de España (especialmente del PSOE, con su perenne indefinición de España y su avergonzarse de la bandera española) las ha dejado en manos de los nacionalismos periféricos, que han explotado los símbolos, emblemas, banderas, mitos e historias a su antojo. Pero esto tal vez sea otro asunto.

Tanatos

 

(Primeros párrafos del cuento. Si desea leerlo entero sólo tiene que dejar un pequeño comentario con su deseo, y se lo enviaré por e-mail en unos pocos días ) 

El cuchillo se introdujo sin dolor entre las carnes. El individuo se mantuvo por un instante marmóreo,  detenido, y toda su vida le pasó girando. Acto seguido, la quietud se le quebró en los ojos, que se abrieron en señal de sorpresa e incredulidad: no creía él que morir fuese tan simple, que produjese una sensación tan poco letal. Los mismos ojos mudaron poco después a la severidad, quizá al arrepentimiento. Inmediatamente se ladeó hacia el costado derecho, se le desmayaron los tendones y la masa muscular, dio un respingo y cayó al suelo hecho un rebujo. El hombre quedó tumbado con el cuchillo clavado en el pecho.

José Bonés tenía previsto el suicidio desde mucho tiempo antes. No había construido el proyecto en sus pormenores, pero sí lo había presentido. Desde que le asolaba un sentimiento de inanidad de sí mismo, de carecer de esperanza, de estar por demás, de hallarse instalado en el desánimo sin paliativos de cada instante, José Bonés resistía en la vida por la necesidad de arreglar unos últimos asuntos. De esa necesidad sacó vida para seguir tirando hasta el día de autos. Poco antes del desenlace aún hurgaba en los recuerdos, quizá esperando encontrar en ellos un rescoldo del gozo que alguna vez ardió.., pero sólo encontró pavesas. Los jirones del pasado le trajeron poco bienestar y ninguna esperanza. Cada momento festivo recordado concluía ofuscado y ultrajado por otros momentos trágicos posteriores. En el agridulce sabor del pasado siempre ponía lo agrio su bandera en lo alto.

Desvalorización de la democracia

Imagen

Cataluña, Ucrania, Tailandia, y en cierta medida el barrio de Gamonal en Burgos,  son lugares en donde se ha puesto en cuestión el sistema de democracia representativa y se ha optado por la acción directa. Si el odio, la rabia y el resentimiento sobrepasan ciertos límites ―si se sobrepasa la masa crítica de indignación―aparece en las gentes un desprecio hacia los valores democráticos y cobran fuerza en el grupo los viejos instintos que impulsan a la acción directa, a la lucha, a la coacción violenta como medio de conseguir los fines deseados. Pretenden hacer prevalecer mediante la acción directa los deseos de unos cuantos, restando valor a la opinión de una mayoría manifestada en las urnas.  La crisis actual favorece el resquebrajamiento de los valores democráticos por dos motivos principalmente. El primer motivo es lo propiciatoria que resulta la crisis ―por las desigualdades que se generan― para la aparición de odios y resentimientos. El segundo motivo es la decadencia moral que la crisis pone al descubierto: los valores democráticos han sido barridos por la escoba de la corrupción.

En todos los lugares antedichos, aunque sea contra el respectivo gobierno  contra quien se dirige la rebelión, lo que palpita en el fondo de esas revueltas es un descrédito de los valores democráticos y de los gobiernos que las representan. Y aún más en el fondo lo que palpita es el sentir que «nuestro odio y nuestro resentimiento justifican la acción directa». Es decir, aparecen creencias justificadoras de la rebelión. Fórmulas tales como «igualdad=justicia», «lo justo y democrático es el derecho a decidir», «poseemos derechos históricos», «voluntad popular=justicia», etc. tratan de aportar razones para justificar la rebelión violenta y para saltarse a la torera el acuerdo social que constituye la democracia, así como los valores que sostiene. Dichas fórmulas que proclaman las creencias agavillan los odios y los resentimientos y los impulsan a la acción contra el enemigo. Porque en la mente del resentido se produce una categorización del «enemigo», de aquel que por poseer más riquezas que «nosotros»,  de aquel que se opone a nuestros deseos o propósitos, de aquel que posee razones contrarias a las nuestras, de aquel que es de otra «secta» distinta a la nuestra. Y hacia ellos se canalizan los odios y los resentimientos.

Tales intentos de devaluar las razones democráticas frente a la instintiva acción directa pueden resultar en cierto modo beneficiosos  si se restringen a ser puntuales, si son excepciones que ponen de relieve la degradación democrática imperante en las instituciones y gobiernos, pero cuando se convierten en método violento y antidemocrático de resolución de disputas, tal como la acción de ETA en el País Vasco, tales intentos, digo, se convierten en gérmenes del Totalitarismo.  Por esa razón hay que combatirlos, porque aunque se presenten con la cara amable del movimiento 15 M o del la revuelta del Gamonal, e incluso aunque las razones de uno coincidan con las razones que alegan en sus reivindicaciones, e incluso cuando en uno resuenen sentimentalmente los posibles derechos que reclamen, no hay que olvidar que deben prevalecer los valores y razones democráticos, pues en caso contrario nos abocamos a la dictadura totalitaria o al caos del desgobierno y la acción directa que se produce en Venezuela, por ejemplo.

De nuestra credulidad (I)

IMG_2225

Obvio resulta el señalar que somos de naturaleza crédula. Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  «ciencias» de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán…

No solemos exigir prueba alguna para creer en las cosas más absurdas, tan sólo sentimos la exigencia de confiar en quienes trata de infundirnos sus creencias. En ese caso, prontamente creemos; enseguida  mostramos  fe en su «verdad». Confiar en alguien es sentirse seguro a su lado, es tomar por cierto y auténtico todo cuanto nos trate de infundir, es reconocerlo como consistente realidad en que apoyarse. La confianza en los proclamadores de la «verdad» es llave maestra de nuestra fe. Confiar, o… que la creencia se amolde hasta en sus pliegues más íntimos al guante de nuestro deseo. En tal caso nos mostramos extraordinariamente proclives a creer. Sin duda,  solemos tomar por incuestionable verdad aquello que nuestro deseo o nuestros temores recomiendan. Así que esa naturaleza nuestra confiada, pesimista u optimista, temerosa y deseosa, es proclive a la ilusión, a ver la realidad ilusoriamente, a tomar por verdad lo ilusorio. De todo esto, en parte, en gran medida, trata este libro. Y, en gran medida, también, trata de descifrar, en el acomodo de las creencias al molde de los deseos y  los sentimientos, la causa de esa naturaleza ilusoria nuestra. En cómo se influyen unas y otras, en cómo se derrumban y se construyen nuestras «verdades», en cómo percibimos otras evidencias al ritmo con que nuestros cambian nuestros deseos y nuestros sentimientos. Y a mostrar al desnudo cuánto tienen de verdad algunas ideologías.

Ortega y Gasset señaló que «las creencias no son ideas que tenemos, sino ideas que somos». Es decir, las creencias se encuentran asentadas en nosotros, se nos presentan de forma indudable,  nos adherimos a ellas sin reflexión. Se comportan –dice—como los cimientos que soportan todo lo demás, proporcionándonos así una orientación básica. Otro pensador, Charles Sanders Peirce mantuvo la doctrina de la Credulidad primitiva, según la cual los hombres somos criaturas crédulas por naturaleza y llegamos a ser escépticos por la experiencia. Para Peirce, las creencias guían nuestros deseos y conforman nuestras acciones; son un hábito que proporciona al organismo un estado de equilibrio. Ambos pensadores proclaman ese carácter de hábito que tienen las creencias. Se tienen o no se tienen, se pueden adquirir o se pueden perder, pero una vez aposentadas manejan nuestro comportamiento; y lo «manejan» tal como se maneja una bicicleta o los pedales del coche, sin tomar consciencia de ello, sin que notemos su acción, sin que notemos su «presencia», sin que tengamos que plantearnos a cada instante  el «qué hago ahora», sin que tengamos que preguntarnos a cada momento por su validez. Pero la duda viene a poner en solfa su certeza o lo adecuado o benéfico que una creencia resulte (recuérdese que somos esencialmente egoístas). La duda, que surge cuando una nueva evidencia se opone a la «verdad»  que la creencia al uso nos proporciona, es un estado de inquietud e insatisfacción del que tratamos de liberarnos.  Si tal desazón nos produce la duda, se entiende que sintamos prestamente la necesidad de creeri. Huyendo de la inquietud, de la desazón, las creencias firmes representan un refugio, un amparo. Se verá la manera en que tal consuelo enraíza en el temor y en el deseo; temor y deseo que modelan nuestro comportamiento.

Julián Marías añade: «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos mediante la perspectiva que aducen nuestras creencias. Pero la idea proporciona una visión similar, así que para el propósito de vislumbrar la acción que las creencias llevan a cabo en lo humano, su génesis, los beneficios que proporcionan,  e incluso su relación con los sentimientos y la influencia que ejercen en la conducta, conviene poner lindes —aunque sean lindes corredizas— entre ellas y las ideas, acotando también lo que son  meras rutinas de comportamiento que carecen de entramado significativo, que carecen de otra base conceptual que no sea el mimetismo y la adscripción emotiva a ciertos símbolos. La grey en el campo político o en el de la superstición son ejemplos de esto último que digo.

Tanto las ideas como las creencias son sistemas de conceptos que organizan la percepción de parcelas del mundo y nos proveen de criterios para hacer inteligible la realidad y juzgarla. Sin embargo, son distintas en sus raíces: las ideas las tienen en la superficie, mientras que en las creencias son subterráneas. Las creencias se enraízan en las categorizaciones que establecemos del mundo mediante el aprendizaje, el hábito y las costumbres, y al categorizarse se adhieren a lo pasional, como iremos viendo, y por fin  se fijan  como certezas que indican indudables formas de actuar o juzgar: se hacen rutinarias, adquieren «solera». En cambio, las ideas se muestran  más menesterosas,  están siempre de precario, más a merced del viento de la discusión, más al albur de la fuerza de las ideas contrarias o del cambio de parecer razonado.  La idea siempre se halla insegura, incompleta, permanentemente ha de validarse; se muestra temblorosa, frágil, no tienen sus anclajes consistencia, necesita conectarse a conceptos firmes, con  raigambre. Si tal conexión ocurre y la idea se percibe indubitable, si se reconoce como obvia, si aparece  clara, firme y segura, si ya ha echado raíces en el subsuelo de la conciencia, si el árbol de tal enraizamiento da frutos en forma de rutinas de acción y pensamiento…, entonces y sólo entonces, es clara la señal de que la idea se ha hecho creencia.

Abundan, como ya he dicho, un tipo de creencias, de «caparazón duro», con  escasos argumentos y razones significativas, pero fuertemente enraizadas en la sentimentalidad. Suelen ser creencias grupales, propias de la grey religiosa o política. Símbolos, banderas y ritos actúan como síntesis de creencias y reclamos de  emotividad. Ciertos hechos, ciertas interpretaciones del pasado histórico, se sustancian, para el consumo de la grey, en  símbolos y banderas  que proporcionan referencia emotiva, y determinan y fijan con seguridad quién es el «amigo» y quién el «enemigo». Con mucha menos nitidez, señalan en determinados casos  dónde está el Bien y dónde el Mal, y qué cosas son ciertas y qué cosas falsas. Tales «creencias», sin apenas entidad conceptual, producen en lo político un seguidismo ciego al ser utilizadas como simples consignas. Al proporcionar una fuerte raigambre emocional, la agitación interesada de símbolos y banderas produce, a su mismo ritmo, una agitación de las emociones de la grey. Además, siendo de caparazón duro y careciendo de andamiaje conceptual, se hallan blindadas ante las evidencias en su contra: ante cualquier evidencia comprometedora la grey suele mirar hacia el lado opuesto. El caparazón duro, hay que decirlo, lo suele proveer el resentimiento, pero ésta es cuestión que se tratará después convenientemente. Ahora lo que conviene es escrutar ciertas pasiones sobre cuyo pendón se encrespan y se entretejen como guirnaldas las creencias.