Fases de la revolución socialista

Dice Bertrand Russell en La conquista de la felicidad que «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Movidos por el odio y teniendo en el horizonte imaginativo la idealizada sociedad que fabrica su deseo, los revolucionarios se lanzan al asalto del poder sin preguntarse qué hacer después de vencer. Una ilusión construida irracionalmente les hace creer que después de derribar las instituciones y poderes que estorban, estos se reconstruirán solos en la forma que dictan los propios deseos, pero la realidad del día después desbarata inmediatamente la ilusión construida y se tienen que echar mano de fórmulas totalitarias para seguir manteniendo el poder. Tal es el gran drama de las revoluciones.

De manera general, las revoluciones socialistas han ido alcanzando hitos similares y han desembocado en la misma tragedia, una tiranía personal o de partido. Tomo de ejemplos a las revoluciones en Cuba, Rusia, China, Camboya e incluso la pretendida revolución de Podemos en España. Los hitos o fases por las que discurren son las que siguen:

Fase prelimiar:
Existencia de condiciones de opresión, corrupción o miseria muy elevadas .

Fase 1
El resentimiento acumulado por los jóvenes contra la situación política y social, origina grupos y movimientos contestatarios que suelen actuar de forma asamblearia en la clandestinidad .

Fase 2
Debido a la dinámica del movimiento asambleario, las ideas más extremistas y los individuos más capaces se imponen como líderes .

Fase 3
El programa de acción que establecen es el de dinamitar la organización político-económica y social existente, con la exaltación del Socialismo y de los valores del Igualitarismo, así como el desprecio a la “democracia burguesa” .

Fase 4
Mediante acciones generalmente violentas, se intenta la toma del poder.

Fase 5
Las primeras medidas tras del triunfo revolucionario suelen consistir en expropiaciones forzosas, controles del mercado, y repartos de bienes para satisfacer las ansias igualitaristas de los seguidores.

Fase 6
Amenazados, muchos empresarios, emprendedores, el capital internacional y los individuos más cualificados, salen del país.

Fase 7
La economía del país enseguida se resiente. Parte de la población se opone al nuevo orden que se quiere imponer. Se suceden las revueltas contra el nuevo gobierno, y en muchos casos se llega a la guerra civil.

Fase 8
Para poder sofocar mejor los descontentos y la desilusión de la población, el gobierno revolucionario se hace con el control de todos los poderes. El régimen enseña su cariz totalitario.

Fase 9
Se agudiza la ruina económica por la salida de capitales y de recursos humanos señalados en la fase 6. Se empieza a disipar la buena acogida de la revolución en amplios sectores de la población.

Fase 10
Con el fin de mantener la revolución a toda costa y a cualquier precio, comienza un proceso de adoctrinamiento extremo, y se impone una dictadura que en algunos casos resulta hereditaria .

Memoria (II)

Un acontecimiento se graba y guarda en la memoria con mayor fidelidad y nitidez si va acompañado de emoción (lo que otorga a la emoción una importancia excepcional para el aprendizaje). Cuanto mayor sea el peso emocional que otorguemos a un suceso, mejor se guardará en la memoria y mejor se recuperará, y ello sucede sobremanera, si el suceso es relevante para nuestra supervivencia. Los sucesos emocionalmente relevantes son los que mejor resisten el vendaval del olvido.

Sin embargo, a pesar de ese carácter evocador que posee la emoción sobre los hechos ocurridos, los hechos y la etiqueta emocional que se adhiere a ellos no se procesan en el cerebro como si de una sola entidad se tratase sino que se desgajan. Dice el premiado neurocientífico Antonio Damasio que guardamos el recuerdo de los hechos en sí además de un recuerdo emocional, y que ambos se procesan independientemente en áreas distintas del cerebro

La amígdala, que es una pequeña almendra (en realidad dos) del sistema límbico y que es responsable directa del disparo emocional, almacena recuerdos de las emociones vividas. Sus neuronas se reorganizan según las experiencias emocionales que se sufren. Una experiencia que es famosa en la literatura médica lo pone en evidencia.

El médico francés Eduard Claperede atendía a principios del siglo XX a una paciente que no podía formar nuevos recuerdos. En cada nueva visita la mujer le saludaba como si le viese por primera vez. Pero al buen doctor se le ocurrió un día ponerse una chincheta en la mano que le ofrecía al saludarla, y tras de sentir el pinchazo, en los días de visita que siguieron, la mujer se negó a estrechar la mano que el doctor le tendía aunque seguía sin reconocerle. Su amígdala guardaba el recuerdo emocional del pinchazo sufrido previamente.

De sufrir una lesión cerebral que desconecte la memoria episódica de los hechos o bien desconecte la amígdala, un individuo perdería la memoria de los sucesos o la memoria emocional. Si le hubiera mordido un perro con anterioridad, en el primer caso sentiría temor a los perros sin saber por qué, en el segundo caso recordaría que un perro le mordió, pero no sentiría temor alguno.

La memoria emocional también nos sirve para el reconocimiento. Ramanchandran, un afamado neurocientífico indio, relata el caso de un hombre que creía a sus padres unos impostores. Reconocía la figura y el rostro de ellos, pero pensaba que eran unos actores o unos extraterrestres que habían usurpado sus cuerpos. No sabía reconocer las señales de emoción que recibía, pues tenía dañadas ciertas conexiones de la amígdala. Tal disociación se conoce con el nombre de Síndrome de Capgas. Con la elegancia que le caracteriza, Marcel Proust pone en evidencia la franquicia que existe entre le pensamiento y la emoción que pinta en el rostro: «En la persona no vemos el pensamiento hasta que se ha difundido en esa caracola del rostro abierta como un nenúfar».

En un libro delicioso que recomiendo encarecidamente leer, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el doctor Oliver Sacks nos narra el caso de una anciana que un día, repentinamente, empezó a escuchar música de su infancia dentro de su cabeza, pensando que era una radio que había quedado encendida. Sorprendentemente, en una conversación informal una amiga mía me informó que su madre estaba «perdiendo la cabeza», pues decía escuchar a todas horas música de su niñez. Le hablé del caso que narra el doctor Sacks y le recomendé que lo leyese.

En la niñez absorbemos una ingente cantidad de experiencias, emociones, olores y sonidos, y los almacenamos con más fiabilidad que en cualquier otra etapa posterior. Un golpe fortuito o la impresión de un sueño pueden abrir de forma inconsciente una ventana a esos recuerdos.

Los olores son los grandes evocadores de los sucesos guardados en la memoria. El olor de las magdalenas recién hechas para el desayuno, traía a Marcel Proust un aluvión de recuerdos de juventud. De ellos se servía para describir con milimétrica minuciosidad un paisaje de los años evocados, un cuadro, una puesta de Sol o la angustia de los celos que le causaba Albertina.

Por todo ello, como escribió Luis Buñuel, nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada. Epicuro aseveraba que el recuerdo de placeres pasados nos ayuda a conseguir la felicidad.

Memoria

En el relato de Borges, Funes el memorioso, Ireneo Funes da cuenta en latín y en español de los casos de memoria prodigiosa registrados en la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitridates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio…

Para enfatizar la brutal enormidad de la memoria de Funes, Borges nos propone la infinitud: «…percibía todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes ancestrales del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que solo había mirado una vez y con las líneas de espuma que un remo levantó en Río Negro la víspera de la acción de Quebracho.»

Se tienen registros de otras hazañas memorísticas increíbles protagonizadas por «sabios idiotas». Quien se sabía de memoria los nueve volúmenes del Diccionario de música y músicos de Grove; quien memorizó con una sola lectura el listín de teléfonos de Nueva York; quien es capaz de pintar en un lienzo todas las casas y barrios y calles y avenidas de Moscú habiendo mirado unos segundos una fotografía aérea de esa ciudad.

En todos tales casos cuasi espantosos el sujeto no puede olvidar. Los datos colapsan la capacidad de su cerebro y aparecen déficits en otras áreas de procesamiento cerebral como en la capacidad intelectiva o en la capacidad de relación social.

Dicen los entendidos que poseemos una memoria de hábitos, otra memoria episódica que guarda las experiencias en el orden de las imágenes de un film, y una memoria semántica que da significado a lo ocurrido. También poseemos una memoria de corto plazo o de trabajo y una memoria de largo plazo, un almacén de situaciones, hechos y aprendizajes.

Ciertos daños cerebrales son capaces de destruir la capacidad de crear nuevos recuerdos, y el sujeto olvida al cabo de unos pocos minutos todo lo experimentado. Varias series de televisión muestras las desventuras de estos protagonistas, que se ven obligados a llenar las paredes de notas escritas que les recuerden lo más relevante que les ha sucedido en el día y los encargos que han de cumplir.

A cierto personaje en la obra de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, le ocurría algo semejante. Se hallaba en una fiesta de la princesa de Guermates y saludaba cada poco a los invitados como si les conociera por primera vez.

Además de obrar de almacén de experiencias y de relacionar y gestionar su recuerdo, esto es, de evocarlos, de traerlos al escenario de la conciencia, las redes de la memoria también puede crear esas experiencias imaginativamente. Se trata del llamado Síndrome de los falsos recuerdos, y aparecen muy fácilmente por sugestión.

Y pueden resultar peligrosos. Kelly Lambert y Scott Lilienfeld, estudiosos del cerebro, aseguran que la práctica de la hipnosis y del psicoanálisis, al introducir en el paciente, sin advertirlo, falsos recuerdos, ha provocado desastres en la personalidad de una legión de personas. En los años 90, en Norteamérica, se dieron decenas de miles de demandas judiciales de pacientes de psicoanalistas contra sus padres acusándoles de violaciones durante la infancia. Un examen riguroso de los casos llevó a determinar la escasa fiabilidad de las técnicas de recuperación de memoria practicadas por el psicoanálisis, así como la inducción de falsos recuerdos de abusos sexuales en la infancia y la consiguiente creación de graves trastornos mentales en los pacientes.

Recuérdese que para el primer Freud lo sexual reina en nosotros desde la más tierna infancia, constituye nuestra esencia. Al respecto, llega a decir: «Es posible que nada importante suceda en el organismo que no contribuya con sus componentes a la excitación del instinto sexual». Así que, con esa premisa, dando por hecho de que todos los desequilibrios de la madurez provienen de conflictos sexuales de la infancia olvidados, algunos psicoanalistas, con preguntas que inducen ya la respuesta, producen en sus pacientes la formación de recuerdos falsos. Quien entró con un simple dolor de cabeza a la consulta de un desaprensivo psicoanalista, puede salir con la certeza de que fue repetidamente violado por su padre en la infancia.

Así que la memoria no es muy fiable. Y tenemos también memoria emocional. Pero tal cosa se verá en la próxima entrada.

Selfies y cubos de agua

La moda del selfie llega hoy en día a estos extremos

Otra moda está produciendo un furor parecido: la de verter cubos de agua fría sobre sus propias cabezas con cualquier excusa espuria o filantrópica:
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Hace unos pocos días el furor por llegó a un extremo que supera los límites menos prudentes: un sujeto encargó que desde un helicóptero se vertieran sobre su cabeza 1600 litros de agua. Resultado: múltiples lesiones internas y externas en todo el cuerpo.

Con estas hazañas (en realidad, con cualquier hazaña en cualquier lugar y época) el pretendido héroe busca la fama, la atención preferente de los demás, la aclamación popular dirigida hacia él. En otro sentido, al producirse estos furores preferentemente en los jóvenes, son pruebas tribales de iniciación del cazador o del guerrero. Tienen el mismo significado que el dar muerte a un león, el soportar días de hambre, o el dar muerte a un guerrero enemigo.

No es el haber cobrado una gran pieza lo que produce satisfacción en el cazador, sino que se sepa. Para ello cuelga la testa disecada de su presa en el salón, o presenta testigos de su hazaña para que den fe de ella al público.

Hasta hace no muchos años las leyendas corrían entre los lugareños de boca en boca de generación en generación: tal individuo de tal familia realizó tal increíble hecho. El héroe en cuestión adquiere y acumula orgullo si los demás son testigos de sus heroicidades. La hazaña puesta en boca de las gentes aumenta el valor social de uno, es decir, aumenta la valía con que se percibe él mismo y con que le perciben los demás. Aumenta la autoestima del propio individuo, a la vez que, al quedar la hazaña en la memoria, produce orgullo cuando la evoca uno mismo o la evocan los demás. Bien decía Epicuro que con el recuerdo de los placeres pasados se aíslan los dolores del presente.

Antaño, recibir los halagos de todos los miembros de la tribu, ganar fama, nombre, reconocimiento social. Hogaño, lo mismo. El anhelo de prominencia en estado puro.

La diferencia entre las hazañas del pasado tribal y las que ahora se anuncian y promocionan en las redes sociales estriba en la dimensión de la audiencia aclamadora que se pretende conseguir. Antaño la sociedad de referencia eran el clan o la tribu o la nación o el país, hoy en día es, en potencia, todo el mundo.

Otra diferencia muy importante es la durabilidad del eco de la hazaña. Antaño permanecía meses, años e incluso lustros en la conciencia de las gentes, y era usual que si su relevancia era grande, pasase de padres a hijos, se consagrase como leyenda o mito y a permanecer en la memoria colectiva para siempre. Hogaño, sin embargo, las hazañas que se gestan a la sombra de la moda del momento son provisionales, no trascienden la brevedad de la moda que las engendra; en minutos o en horas o en días están destinadas al olvido, a la no existencia. Se agostan y desaparecen con la misma rapidez con que se crearon, y apenas dejan un rastro tras de sí. Lo pasajero de la moda empapa a la fama que se consigue con ella.

Pero no se olvide la pretensión ahora y en toda época: la fama, la gloria, el reconocimiento, siquiera momentáneos. La posibilidad de aparecer como macho alfa de la manada virtual por un día siquiera en algún asunto de conveniencia. Reminiscencias instintivas de la manada primitiva. El poder, la fama y la gloria son las caras de un mismo prisma de la prominencia que el hombre busca. En contraste con lo perdurable, pero obediente al mismo prisma, la actualidad tecnológica ofrece la posibilidad de la fama pasajera, microscópica incluso, pero que otorga al individuo esa sensación de poder que produce la atención preferente hacia él. Esa atención obnubiladora que ya se producía en el general romano victorioso. Para que la ilusión no se hiciera perenne y fuera peligros, el conductor de la cuadriga, ante los vítores y el júbilo de la población, repetía incesantemente al oído del general: Recuerda que no eres más que un hombre.

Hoy en las redes no existe ese problema de endiosamiento: el olvido al día siguiente de haber lucido una fama momentánea nos recuerda que solo somos hombres.

Estado islámico, Assissins y Al-Qaeda

Mientras que al-Qaeda sigue la táctica del atentado mortal con el sacrificio de la vida del adepto, la pretensión más inminente de los agrupados en las milicias del denominado Estado islámico es simplemente la de matar. Se recluta a estos milicianos entre los más resentidos de la sociedad y los que más odian ―y no son pocos los reclutados que se han criado en Occidente―, y se les ofrece a corto plazo satisfacer su odio mediante la catarsis de ejercer la crueldad contra todo aquel que aclama otra doctrina diferente de la suya. Los instintos más bajos del miliciano se liberan para que mate y torture felizmente. Esa felicidad en el matar y en el torturar es una compensación, la otra es el Paraíso si muere matando. El efecto que producen entre sus enemigos es el del pavor.
La acción de los miembros del Estado islámico es más parecida a la de las hordas de Atila, los Vándalos , o las de Gengis Khan: dar muerte con crueldad a todas las poblaciones conquistadas y exhibir sus cadáveres. Pero la acción de al-Qaeda es distinta, y parece un calco de la que empleaban los antiguos Assissins. De ellos quiero hablar.
El ofrecimiento de la propia vida en acto terrorista luchando contra el infiel para entrar en el Paraíso es cosa de los miembros de al-Qaeda o de los talibanes, pero no es cosa nueva en el Islam. Quienes iniciaron a finales del siglo XI tan funestos métodos contra sus enemigos fueron los Assissins. En Oriente fueron más conocidos como Batinís (seguidores del libro Taiwil al-Batin), Fidays (devotos), rafiqs (camaradas), ismaelíes nazaritas, e incluso chiitas septimanos, aunque su gran impulsor, Hasan as-Sabbah, le agradaba denominar a sus adeptos Asasiyun (los fieles a Asás, el fundamento de la fe), mientras que la versión de dio Marco Polo de ellos fue la de haxixiyun (fumadores de haxix).
Desde finales del siglo XI hasta mediados del siglo XIII, todos los dignatarios de Oriente Medio: príncipes, emires, cadíes, sultanes, califas… soportaron el miedo a caer muerto por la daga de un Asesino. Los ejecutores son enviados contra los destinatarios de su daga desde la inexpugnable fortaleza de Alamut, situada en lo alto de la región de Daylam, al norte de la cadena montañosa que bordea la gran meseta de Irán. Se ocultan con el disfraz más inesperado: son miembros de la guardia personal del dignatario, sacerdotes, mercaderes, sirvientes… Pueden estar meses e incluso años representando pacientemente su papel, pero cuando llega la ocasión esperada, golpean sin piedad. El verdugo no se mueve, espera la muerte a manos de los guardias o de la multitud enfurecida. Es el mensaje de Alamut.
El fanatismo de los fidays no es menor que el de su primer Gran Maestro y fundador, Hasan as-Sabbah, que permaneció 32 años sin salir de su habitación en Alamut e hizo decapitar a su único hijo varón por la acusación de haber bebido vino, que luego se demostró ser falsa. Por debajo del Gran Maestro están los Day (misionero), y por debajo de estos están los Ragik, los jefes provinciales; a los vinculados a la organización se les denomina Lasek, y por debajo están los muyib, los novicios. Los Fiday son los destinados a sacrificarse.
Hasan era conocido como «El viejo de la montaña», pero no es el mismo «viejo» del que da cuenta Marco Polo a su paso por Siria, siendo éste otro gran jefe Assissin posterior conocido como Rashid al-Din, conocido como Sinán, que reside en la magnífica fortaleza de Masiaf, en Siria. Un Fiday mandado por él asesta a Saladino tres puñaladas, pero no consigue acabar con su vida. Cuando en venganza Saldino pone cerco a Masiaf, se presenta en su tienda un mensajero desarmado de Sinán y pregunta a los mamelucos que custodiaban a Saladino en presencia de éste: «Si os ordenara que matarais a este Sultán en nombre de mi señor, ¿lo haríais?» Respondieron que sí y desenvainaron las espadas. Lo cierto es que Saladino levantó inmediatamente el asedio a la fortaleza.
Aunque con métodos distintos (ahora los fanáticos islamistas se cargan de explosivos mientras que los Assissins actuaban daga en mano), el propósito en unos y en otros es el mismo: llenar a las gentes de pavor hacia ellos para conseguir su dominio. La organización es similar y el ocultismo y el fanatismo y el propósito. Pueden estar viviendo en la casa de al lado y ser sumamente amables con usted, pero al instante siguiente se inmolarán con una carga de explosivos en el ánimo de causar el mayor número de muertos posibles y extender el miedo hacia ellos. El 28 de abril de 1192 mataron en Tiro a Conrado de Monferrato, rey de Jerusalén. Los asesinos se habían disfrazado de monjes cristianos y durante seis meses se ganaron la confianza del obispo de Tiro y del propio Conrado.
Toda precaución es poca ante quienes pretenden convertir por la fuerza al Islam a todo el mundo, ante quienes están dispuestos a matar a todo aquel que no se convierta, ante quienes su pasión esencial es el odio.

Sobre la verdad y el rebaño. Contra los mixtificadores y los tontos.

La verdad, la única verdad posible y plausible, aunque siempre provisional, es la que se establece por consenso o, en su ausencia, por acuerdo y convenio entre los entendidos de la materia a que aquella hace referencia. También de tales requisitos precisa la verdad científica, aunque, además, tenga la someterse al imperio del experimento. La razón no basta, pues la razón suele actuar en el suelo de los prejuicios y del desconocimiento de las causas y suele levantar a menudo ilusorios castillos de arena. Hace falta el concilio y el concierto. La evidencia individual no es suficiente.
Para los mortales, la verdad lanzada por el concierto de los entendidos debe ser la más fiable, la más verosímil de todas las alternativas a ella. Pero en realidad tal acuerdo y el que sea la más aceptada tampoco la convierte en verdad. Puede ser que esté falseada adrede por un subgrupo del grupo de entendidos, un subgrupo que monopolice la voz y la voluntad ―e incluso la conciencia―del grupo total y establezca, así, una tiranía sobre él.
Una tiranía en la moda en la historia en la filosofía… en cualquier ciencia. Los ejemplos son infinitos: tiranía del marxismo sobre la filosofía y la historia del siglo XX, tiranía de Hegel sobre la filosofía del siglo XIX, tiranía del materialismo dialéctico aplicado a la biología y protagonizado por Lysenko en la URSS, tiranía del psicoanálisis en la psicología del siglo XX…
En todos los casos se produce la siguiente secuencia: se forma un grupo de aduladores-aprovechados que actúan de portavoces y profetas del rebaño de pretendidamente entendidos en el tema, sean filósofos, historiadores, psicólogos, políticos, biólogos, etc. Acuerdan la verdad y la ponen de moda, y el rebaño les sigue dócilmente practicando el sans-culottismo contra los que se oponen a ella. Consiguen que nadie se atreva a decir en voz alta que el emperador está desnudo. Tal afrenta conduce al ostracismo. El temor a ser apartado del redil con los pesebres llenos.
Las falsas verdades ―o incluso las más sublimes y oscuras tonterías confitadas al gusto del rebaño, como las de Hegel―se aposentan así en las conciencias de los hombres por decenios o por siglos sin encontrar negativas respuestas. Lo que la Iglesia practicó durante mil años, lo han seguido practicando después esas manadas de «entendidos»: la falsedad, el oscurantismo, la opresión ideológica, la siembra en los campos del pensamiento de las más oscuras estupideces… y la complicidad de las reses bípedas de esos rebaños por mor del interés económico, político, o simplemente por no parecer tonto si se atreviera a negarlo.
Y no es cosa del pasado. Se sigue idolatrando a Hegel a Lacan, al psicoanálisis, a Heidegger, a Marx, a Marcuse, y siguen tratando de enviar a otros Galileos o a otros Copérnicos o Borges al ostracismo.
Ya veremos en qué acaba el antaño llamado Calentamiento Global y ahora nombrado Cambio climático al comprobar que la Tierra ha dejado de calentarse. Se han tomado por hechos científicos lo que no son más que hipótesis, pero lo avalan los miles de investigadores del clima que viven de que el tal calentamiento cale en la conciencia de los hombres como indiscutible verdad.
Y como antaño, las discrepancias se pagan caras: se pone la señal de apestado sobre quien asegure que el emperador está desnudo.
La metafísica, sin embargo, no está desnuda, se le viste de palabrería vana. Eso sí, sigue siendo tan estéril como siempre lo ha sido.

La Historia y las circunstancias

• El sentimiento de agravio que sufre el individuo al sentir a los demás, social o económicamente, por encima de uno mismo, causa en él envidia y resentimiento, pasiones malsanas pero que son el germen de los derechos y de la democracia.
• Las creencias que tenemos nos suministran los criterios y los sentimientos para juzgar el mundo.
• Quien carece de dudas y se obstina en ello, posee claramente un carácter totalitario: él se halla en posesión de la verdad y todo el mundo se equivoca o actúa de mala fe. Sin embargo, quien no posee verdad alguna para ningún hecho, quien tiene la duda asentada en su conciencia, o es un pensador (que es una de las peores especies de hombres existentes), o es una res que con seguir al pastor ya está contenta.
• Cuando los franceses se enteraron que los ingleses tenían su Carta de Derechos y que el Parlamento inglés tenía sujetos a sus reyes por el cogote, hicieron la Revolución francesa. Quienes les contaron a los gabachos todas esas ventajas que tenían los ingleses fueron Locke, Montesquieu y Voltaire.
• Luego llegó Robespierre, amante de la paz y enemigo de la pena de muerte, que declaró la guerra a media Europa e hizo guillotinar a media Francia.
• Cuando los franceses se hartaron de la revolución y deseaban muy mayoritariamente que retornase el rey, Napoleón concretó un golpe y se hizo con la República como antes se había hecho Robespierre. Así acabó la Revolución.
• Los primeros cristianos predicaban el amor y la igualdad entre todos los hombres. Cuando alcanzaron el poder con Constantino y sus sucesores, pasaron a predicar el odio contra los paganos y la obediencia ciega a las jerarquías eclesiásticas. Cuando uno cambia de posición cambia de perspectiva.
• Dijo el sabio Epicuro que no hay que tener miedo a la muerte: mientras vivimos, la muerte no existe, y cuando viene, nosotros ya no estamos.
• Aviso a los pusilánimes: Los judíos tienen el siguiente dicho: «Espera sentado en la puerta de tu casa y verás pasar con el tiempo el cadáver de tu enemigo». Pero la verdad es que con la pusilanimidad que pretéritamente tenían los judíos no les fueron muy bien las cosas. Ningún pueblo ha sufrido las masacres que ellos han sufrido a lo largo de la historia.
• Convendría que algún gobernante que peca reiteradamente de pusilánime se aplicase el cuento.
• Los reyes y emperadores europeos se dedicaron durante buena parte de los siglos XVIII y XIX al deporte de declararse la guerra y causar cientos de miles de muertos. El Zar no quería estar por debajo del emperador austriaco ni éste por debajo de la reina de Inglaterra. Cuestión de machitos. Los marxistas siguen creyendo que todo ha sido una lucha de clases. Siempre hay ciegos.
• El igualitarismo, en la enseñanza (que nadie sepa más que nadie, era el estribillo de los pedagogos de la LOGSE) o en la economía conduce inexorablemente a ser todos analfabetos o a ser todos pobres. Los más capaces imitarían a los más lerdos, porque ¿quién iba a crear riqueza o se iba a esforzar más que se esfuerza el más inútil o el más bigardo si tales acciones no le producen beneficio, si su riqueza se reparte entre los que apenas aportan? Ahora bien, en una tribu primitiva o en una comuna hippie en donde lo económico se limite a la subsistencia, es ideal el igualitarismo.

De la vida

• Si eres más sabio o más inteligente que los que te rodean o más rico, y si quieres su amistad, no alardees de ello, ni siquiera lo nombres, pues la envidia y el resentimiento hará que te quedes solo.
• La atracción de Pedro Navaja es lo canallesco. En el fondo, todos querríamos ser canallas, pero no valemos para ello.
• Si uno sabe qué está buscando es mucho más fácil que lo encuentre. Esto vale para buscar un calcetín, una fórmula matemática o una justificación a nuestros actos o a nuestras creencias. Lo perverso de buscar de ese modo es que solemos hacer trampas para encontrarlo.
• No es que los súbditos del emperador Hegel o del emperador Heidegger lo vean desnudo y callen, sino que ven su traje turbio y sucio y algunos incluso lo ven lleno de roturas y remiendos, pero enseguida actúa en ellos la imaginación del siervo impotente que se apresura a ponerle oropeles sobre el fraude de su cuerpo. Vitorean lo que es oscuro y no entienden, por no parecer tontos.
• La moral católica defendía antaño un orden y una organización social que reducían a los hombres a ser meros siervos de los jerarcas eclesiásticos y de la aristocracia. Los luteranos y los calvinistas procuraban por la comunidad y se guarnecían y resolvían sus asuntos en ella. Además, estimulaban la laboriosidad y la responsabilidad individual. De esa diferencia de criterios y comportamientos deriva el que en los países católicos sea norma el rechazo a las jerarquías y a la desigualdad económica y la negación a pechar con la responsabilidad de los propios actos. Donde imperaron Lutero y Calvino no sucede esto. ¿Es extraño que la crisis económica se cebe en los países donde imperó el catolicismo?
• Europa es un enfermo de buenismo y abundancia. También la estupidez gangrena sus carnes.
• Dicen los físicos que resulta imposible percibir la realidad inalterada. El observador la perturba en su intento de medirla o de aprehenderla. De ahí que resulte fatuo hablar de verdad en sentido absoluto –tal como los filósofos pretenden–, pues ante cualquier asunto nos presentamos con creencias, prejuicios e impresiones inevitables que retuercen la verdad para acomodarla a nuestro gusto.
• La multiculturalidad y la mezcla de etnias está logrando que la historia de héroes y de orgullos nacionales tenga los días contados. Sólo algunos charnegos se sienten orgullosos de la historia de los mercenarios normados en las huestes catalanas.
• Los grupos poseídos por mayores pasiones acaban imponiéndose siempre a los más numerosos y pusilánimes. Así se impusieron los nazis en Alemania o los bolcheviques en Rusia. Hoy en día, los apasionados ecologistas, los animalistas, las feministas…, imponen sus criterios morales y sus prohibiciones.
• El hombre de acción, el hombre que primero siente, luego actúa y pocas veces piensa en las consecuencias de sus actos, resulta ser el triunfador: el delincuente, el héroe. Alejandro Magno.
• Hoy en día se menosprecia el valor de la moral en la dirección e idiosincrasia de los pueblos.

Breves con sabor ácido

• Los humanos son seres gregarios que desean destacar por encima de los demás y tienen miedo
• Vemos la realidad del mundo a través de los anteojos de nuestras creencias.
• Los asuntos de los hombres que reclaman demasiados derechos acaban saliendo torcidos.
• Los franceses guillotinaron a su rey y a parte de su nobleza; también Cromwell hizo guillotinar al rey de Inglaterra; en España, en donde hemos tenido los peores reyes de Europa, apenas si lo enviamos al destierro. Quizá, a pesar de todo lo que dicen de nosotros, somos demasiado civilizados.
• ¿Qué es un filósofo? Aquel que es capaz de enrevesar de tal forma un dictamen que nadie se siente capaz o con ánimos de refutarlo.
• Paradojas de nuestra naturaleza gregaria: Francia, donde se asentaron los galos, los francos, normandos, britones y vascos, en donde se hablaron múltiples lenguas y se desarrollaron múltiples culturas, sorprendentemente, debe su unidad y su orgullo como nación a un corso que con sus guerras dejó diezmada a la población.
• La metáfora es el lenguaje del pensamiento, y en la comunicación es el arte supremo para cercar la verdad y presentarla debelada al que escucha.
• En la vergüenza expresamos nuestras ansias de aparentar. En la compasión, el temor a estar nosotros en el lugar del compadecido.
• Para que surgiera el hombre fue necesario que la materia, la atmósfera, el clima y la geografía de los terremotos lograran producir ciertas singularidades en ciertos periodos. A esa conspiración debemos nuestra existencia.

Pequeños confites de estupideces sacras (VII)

El caso Zapatero III

En sus muchos años metido en la burbuja doctrinaria socialista, Rodríguez Zapatero, aunque entendiese solo cinco céntimos de las ideologías decimonónicas del partido, se embebió de dos características del socialismo de aquella época: el maniqueísmo de categorizar la realidad política en dos grupos antagónicos, «nosotros», la izquierda, los «buenos», y «ellos», el enemigo a batir, la derecha, los «malos»; y un carácter redentor, un querer redimir a la humanidad de unas supuestas cadenas que les oprimen.

La denominada Alianza de Civilizaciones obedece a este último propósito. En realidad, una boutade de Zapatero que más que a ese carácter redentor obedeció a las ansias suyas de aparecer encumbrado a los ojos del mundo. En realidad, tal proyecto responde a una iniciativa iraní que quedó relegada en un cajón de las Naciones Unidas. Pero el Presidente Rodríguez Zapatero la presentó algún tiempo después en su Asamblea General. Las adhesión más importante al citado proyecto (a la citada boutade suya) vino por parte de Turquía, a quien le servía de vehículo para su intento de formar parte de la Unión Europea; pero el que a España le interesase un ápice no se ve por ninguna parte.

La cultura democrática turca es escasa, y su respeto de los derechos de las minorías ha sido nulo. En 1922 Turquía expulsó a la minoría griega ortodoxa de Anatolia, donde habían vivido los últimos 2500 años; masacró a la población armenia desde 1925 a 1923; invadió la isla de Chipre en 1974; y ha perseguido y privado de libertad política a los kurdos. Erdogan, el gran amigo de Zapatero en el proyecto, está islamizando el país a marchas forzadas, y pretende ejercer el poder absoluto mediante la opción de llegar a presidente de la República al tiempo que sigue siendo su Primer Ministro. Como se ve, las afinidades de Turquía con la Europa democrática y de los derechos no tienen por donde cogerse. Pero eso no desanimó a la altanería y simpleza de nuestro presidente. Debía satisfacer su megalomanía, la absurda creencia de que estaba destinado para algo grande, ¿tal vez hundir España a lo grande?

Ese desconocer las consecuencias de sus acciones y propósitos nos costó caro, pero podría habernos salido aún mucho más oneroso. Porque, ¿qué consecuencias habría tenido para la población europea el tener 75 millones de turcos con posibilidad de instalarse en la más rica Europa? Un agravamiento de las condiciones de paro; un fortalecimiento de los grupos islámicos enfrentados a los autóctonos; una disolución de la cultura europea; en fin, una fuente de problemas y conflictos. Pero Zapatero: a lo grande.

Y el maniqueísmo de considerar al PP como enemigo y negarle el pan y el agua: canales televisivos para los «nuestros» al tiempo que se trata de cerrar la COPE; la ley de Memoria Histórica dirigida a enfrentar a los españoles; la instrumentalización partidista de la Justicia y de los Medios; la ocupación política de la Universidad, de los Institutos Educativos etc.

Bien, creo que ya es hora de acabar con Zapatero, el calor de agosto así lo aconseja. No obstante, invito al lector a incluir alguna más ―no mencionada en estos tres escritos― en este compendio de simplezas.
Buen verano a todos los lectores

Pequeños confites de estupideces sacras (VI)

El caso Zapatero (II)

Resulta de una evidencia extrema que un buen gobernante debe someterse a las obligaciones del cargo, debe tener los pies en el suelo y debe mirar de conseguir en su gestión lo socialmente óptimo de entre aquello que sea factible; y, además, no debe abocarse a perseguir utopías que el sentido común señale como irrealizables por mucho que le resulten deseables. También es del todo inobjetable que el buen gobernante, mirando por el progreso social, ha de poner, en sus decisiones, el fiel de su balanza en posición equidistante entre lo que le resulta justo y lo que le resulta conveniente; más cuando esos dos conceptos no suelen ir de la mano y, sobre todo el primero, tiene tantos colores como estamentos tiene la sociedad.

Zapatero vivía en las nubes, confundía lo deseable con lo factible y sin entender ―siquiera sin cuestionarse― qué convenía a España y a sus gentes, buscó con marrullerías de todo tipo imponer un sentido de lo justo basado en el Igualitarismo decimonónico, negando valor alguno al mérito personal, pretendiendo que la mediocridad reinara a todos los niveles institucionales.

Me resulta difícil encontrar en la gestión de Zapatero como gobernante algo más que simpleza. Convengamos que sí, que debido a su éxito inesperado (había sido un mediocre estudiante, y no se le reconocía peso político alguno ni capacidad demostrada) se inunda de orgullo y soberbia y se llega a pensar, de pronto, un estadista con fuste e ingenio. Eso explicaría sus pueriles ocurrencias que lanzaba a los cuatro vientos: «Soy el Presidente de Gobierno más rojo de Europa», «pronto superaremos económica a Francia», «Alemania copia el modelo económico de España»; o explicaría su pretensión de aparecer como fundador de una nueva entente mundial basada en la Alianza de Civilizaciones, o incluso de llegar a ser una especie de justiciero universal.

Pero no. Aunque es cierto que ―tal como relató Felipe González―a los pocos meses de estar en el cargo ya desoía a sus numerosos consejeros, se puede decir que su «esencia» en cuanto al desempeño de su cargo fue la simpleza. Si no, valga esta anécdota que contó el economista Ramón Tamames en un programa de radio:
«Estábamos ya en octubre de 2009, con la crisis económica galopando, y le pedí una cita con él para explicarle algunos asuntos económicos y algunas recetas que tenía que aplicar con urgencia para evitar que la crisis se desbocase. Me escuchó en silencio y con poco interés durante 20 minutos, al final de los cuales y muy ufano y enérgico me espetó: “Ramón, no te enteras que en dos meses vamos a salir de la crisis y vamos a superar la renta per cápita de Alemania inmediatamente”». He de aclarar que Ramón Tamames era uno de sus consejeros económicos.

También demostró peligrosa simpleza en la pretensión que mostró al comienzo de su primera legislatura como gobernante de que se enseñara el Corán en los colegios públicos a la par que el catolicismo. En aquel entonces todavía debía de escuchar a alguno de sus consejeros, que le tuvo que advertir que el Corán, además de atentar en cada una de sus páginas contra la igualdad de género y contra muchos derechos ciudadanos, viola en sus páginas todas las normas y derechos que establece la Constitución española. Desistió de tal propósito, supongo que con pesar.

El embajador Inocencio Arias también contó en un medio televisivo dos anécdotas sustanciosas sobre la simpleza dicha. En una de ellas se había organizado una cena, creo recordar que en la embajada española en Washington, a la que asistían varios senadores norteamericanos, y en la que Zapatero tenía que hablar. Bueno, prefirió irse a cenar con unos amigos y dar el plante a los senadores. Algo semejante hizo en China, adonde acudió con una importante delegación comercial: dio el plantón a altos cargos políticos y económicos chinos y en vez de acudir a una cena de gala en su honor prefirió practicar footing.

Simpleza no es sinónimo de ignorancia, pero Zapatero compartía ésta a partes iguales con aquella. Poco antes de convocar elecciones y de perderlas, viajó de nuevo a China y proclamó a los medios de aquel país que el desarrollo tecnológico en el estudio de nuevas energías renovables iba a crear en los dos próximos años más de un millón de nuevos puestos de trabajo en España. Y tengo para mí que se lo creía. ¡Después del despilfarro de decenas de miles de millones de euros en esas tecnologías para tener uno de los precios más elevados por kilovatio de Europa! Y creo que se lo creía (o desconocía el valor de la cifra que dio) cuando anunció en la televisión pública que, gracias a su programa de Economía Sostenida, los edificios que albergan los ministerios en España, bajando la temperatura de los despachos en invierno y subiéndola en verano, iban a ahorrar ese año 3.000 millones de euros. Pero mucho me temo que esa cantidad no se gasta en los dichos ministerios ni en cien años.

También gasta por igual simpleza e ignorancia sobre las religiones en su última ocurrencia, la de abogar por una autoridad mundial religiosa. Y es que no distingue entre lo factible y lo deseable (pero en su simpleza se cree capacitado para mediar con éxito en los grandes asuntos del mundo).

Pero no nos engañemos, además de simpleza, por seguir algunas importantes creencias decimonónicas, en muchas de sus propuestas lucía malignidad. Pero esto ya es motivo de otro Post en donde se tratará de su maniqueísmo y sus ansias redentoras.

SEGUIRÁ…

Pequeños confites de estupideces sacras (V)

El caso Zapatero

Ondeando en lo más alto del mástil de las estupideces sacras en España se encuentra el caso Zapatero. En él se pone de manifiesto la simpleza y el seguidismo de las gentes que consideran excelente todo cuanto provenga de quien consideran su líder redentor, en quien fían y en quien delegan su criterio y su juicio, y a quien se someten gustosamente. Y también el silencio de aquellos que percatándose de los disparates que el presidente Zapatero cometía un día tras otro, medrosamente callaban por no poner en riesgo su pesebre, es decir, por medrar a la sombra de la estupidez del rabadán. ¿Recuerdan el niño aquel del cuento que se atrevió a decir que el emperador estaba desnudo?, pues nadie en el PSOE se atrevió a tener la valentía y la inocencia de tal niño. Y, finalmente, poner a las claras cómo un estulto ignorante con poder es un gran peligro.

Educado en la burbuja ideológica en la que el PSOE cría las larvas destinadas a cargos políticos, con Zapatero regresó el disparate ideológico que siempre estuvo latente en su partido:
• El apoyo a los nacionalismos periféricos que promueven la desmembración de España.
• Una concepción del mundo ―política, social y económica―propia del siglo XIX.
• Un exagerado maniqueísmo de buenos y malos, de izquierdas y derechas.
• La fantasía de considerarse redentores del mundo e instrumento de la justicia universal.
• El odio visceral contra Norteamérica y el capitalismo.
• La idealización de la Segunda República española, de la «liberación», de la «liberación de los pueblos de España», de la santificación del concepto «pueblo»… y otras idealizaciones construidas sobre el anverso de la realidad.
• Pero también el ansia de control partidista de todos los medios y de las instituciones del Estado; y también la graciosa subvención con ánimo clientelar o el puesto a dedo para los familiares, amigos y poseedores de carné del partido.
La simpleza de Zapatero prontamente se puso de manifiesto al ni siquiera atisbar la repercusión que tendrían todos sus actos como Presidente del Gobierno de España. Con desdén y desprecio se niega a saludar a la bandera norteamericana en el desfile de las fuerzas armadas españolas. Para él no hay diferencia entre representar a un país y manifestar una rabieta. Y ni siquiera su penoso aislamiento en los foros internacionales, en donde era observado desde lejos con tono burlesco, le hizo percatarse del desatino de sus intervenciones (al vivir en una burbuja de irrealidad, carecía del sentido del ridículo).

Pero ya antes había manifestado su simpleza y arrogancia al declarar muy ufano y varias veces que él iba a acabar con el problema de ETA y con el problema de los nacionalismos periféricos en España. Ya sabemos lo que ocurrió al respecto: con ETA establece relaciones, lo niega públicamente, y finalmente accede a todas las pretensiones de la banda. En cuanto al problema del nacionalismo, su simpleza llega a extremos difícilmente superables: pone en cuestión la existencia de una nación española, y espolea al parlamento catalán a elaborar un estatuto al antojo y deseo de éste: «Aprobaré en las Cortes todo lo que decidáis». La consecuencia: una carrera de cada caudillo en cada reino de Taifas de las Autonomías españolas por crear un estatuto a conveniencia propia, sin mirar en ningún momento el interés general. Con la estupidez de sus palabras Zapatero dio a las autonomías el cuchillo con que partir a su gusto todo el jamón que quisieran. Y solo dejaron un muñón descarnado.

Sin embargo, ni sus fieles y ciegos seguidores ni los miembros de las innumerables ONGs con fines peregrinos que surgieron al olor de medrar a costa del erario público ni los subvencionados de la farándula ni sindicalistas ni familiares de cargos políticos ni los de carné con pesebre bien lleno, que se percataban de los desaguisados que el ínclito personaje iba cometiendo, adujeron una sola crítica ni cuestionaron disparate alguno. Cuanto más, callaban, pero generalmente aplaudían. Nadie se atrevió a señalar que el emperador iba desnudo.

Ni aun cuando se gobernaba con la ocurrencia o la improvisación absoluta de inventarse un ministerio de la Paridad y regalárselo a una especialista en folclore que le «cayó graciosa» o de, en un acto efusivo, prometer un Ministerio de Deportes.

Claro que en esto de la ocurrencia y el disparate sus ministros no le iban a la zaga. Ahí está el caso de Sebastián, enviándonos una bombilla a todos los españoles o asegurando con toda la imprudencia del mundo que «en España caben 20 millones de subsaharianos», produciendo con ello un descomunal efecto llamada de emigrantes. O el ínclito Caldera, que intentó convertir en acciones el Fondo de Pensiones de los jubilados españoles poco antes de que la bolsa cayera en picado. O la ministra de la Paridad, Bibiana Aído, con la estupidez de los «miembros y miembras» que generó un movimiento legislativo en todas las administraciones a favor del lenguaje «de género». O la propuesta de un diputado del PSOE a favor de otorgar derechos humanos a los monos. O la del Rector de la Universidad de Sevilla a favor de dejar en agua de borrajas la sanción a los estudiantes que copian en las aulas universitarias, es decir, en facilitar que copiasen (no había que discriminar a los mediocres, todo el mundo debía poseer título universitario). O…

Sin embargo, todo disparate era bien visto por el rebaño.

SEGUIRÁ

Pequeños confites de estupideces sacras (IV)

El profeta Marcuse
En la investigación científica resulta muy raro que se busque a «tientas y a ciegas»; al contrario, suele tenerse, de antemano, una idea cabal de lo que pretende encontrar. Gauss ilustró este hecho con una certera frase: «Ya conseguí el resultado que buscaba, pero todavía no sé cómo se llega a él». Marcuse sabe de antemano lo que tiene que encontrar, la innata naturaleza bondadosa del hombre y, consecuentemente, la «liberación».

Como en el cristianismo, como en el marxismo, el credo de Marcuse es redentor; pero, además, se asemeja al cristianismo en que, a imagen de Jesús, los afectos, la paz, el amor, «abren el Reino de los Cielos»; y, también, como Jesús, Marcuse ataca a los «fariseos» y a los «publica-nos», y advierte contra las «tentaciones» y contra los «falsos profetas». Podemos hablar del Evangelio según Marcuse. Como Marx, Marcuse tiene ascendencia judía, es decir, un gusto especial por la profecía

¿Qué rasgos muestra del «paraíso»? Apenas da razones, pero nombra, según las palabras de Marx, un ingenuo: «a cada cual de acuerdo con sus necesidades»; «…poner todas las necesidades al alcance de todos los miembros de la sociedad»; coloca palabras de devoción para con «las fases matriarcales de la sociedad»; pone de ejemplo la cultura Arapesh descrita por Margaret Mead*; nos descubre que el modelo que más se acerca a su «paraíso» son los falansterios de Fourier, socialista utópico que diseñó un modo de vida en comunidades denominadas falansterios, pero Marcuse reniega de la idea de mantener la «gigantesca organización y administración que retiene los elementos represivos». Carga contra la monogamia y el patriarcado; prescribe la erotización de la personalidad como cosa necesaria; está a favor del ecologismo; de la ambivalencia sexual de Orfeo y Narciso; pregona la disciplina estética instala el orden de la sensualidad contra el orden de la razón; repite a menudo que el trabajo no enajenado consistirá en juego, y estará erotizado; y en cuanto a la libertad, señala que «el hombre es libre cuando no está constreñido ni por la ley ni por la necesidad».

Si en Eros y civilización Marcuse utiliza el psicoanálisis y el metapsicoanálisis freudiano como sustancias argumentales de su deseo, en El hombre unidimensional se sirve de la dialéctica para clamar su misión profética y apostólica.

El sistema de dominación lo controla todo. Todos formamos parte de su engranaje y todos cooperamos en su funcionamiento. Como un enorme agujero negro, el sistema de dominación absorbe, manipula y pervierte cualquier actividad social. La ciencia, la tecnología, el análisis lingüístico, la filosofía analítica, el operacionalismo que impera en la sociedad, el lenguaje de los medios, el carácter positivista de las ciencias… están supeditados servilmente al sistema de dominación imperante. Aquel saber que pretenda aclarar, restringir, definir, limitar y reducir, sirve en último término a los propósitos del sistema, pierde su negatividad.

Sólo lo ambiguo, lo aparentemente irracional, lo metafísico, lo cargado de ilusión, lo que posibilita alternativas liberadoras, sostiene aún la suficiente carga de negatividad (negatividad en sentido dialéctico). Así determina el Bien y el Mal el profeta Marcuse. Contra el Mal antedicho lanza Marcuse sus rayos como si fuesen escribas y fariseos (especialmente contra Wittgenstein aquí y contra Erich Fromm en Eros y…) . Toda la sociedad es un escenario malsano, alienador, represor, de cartón piedra, que esconde y tapa al verdadero hombre, al verdadero mundo, a la verdadera felicidad. Sobre el mundo actual se cierne una máscara de maldad que muestra todo irreal y falso; pero Marcuse nos quiere quitar dicha máscara para que entremos en el mundo de la libertad por él inventado. Sin embargo, la vanguardia proletaria que Marx pronosticara como elemento de contradicción, de negatividad contra el sistema, ha perdido su «negatividad». Marcuse se muestra contrariado: «antes, su forma de esclavitud era su fuente de negación»; «los cambios en los instrumentos de producción modifican la actitud y la conciencia del trabajador»; «el nuevo mundo del trabajo tecnológico refuerza así un debilitamiento de la posición negativa de la clase trabajadora: esta ya no parece como la contradicción viviente para la sociedad establecida», nos dice con pesadumbre. El profeta ha perdido la fe en «el pueblo de Israel».

El romántico profeta Marcuse añora el tiempo pasado, de mayor sufrimiento pero de mayor «verdad»: «Es cierto que este romántico mundo anterior a la técnica estaba lleno de miseria, esfuerzo y suciedad y estos, a su vez, eran el fondo de todo el placer y el gozo. Sin embargo había un «paisaje», un medio de experiencia libidinal que ya no existe». Incluso la música culta, al popularizarse, al ser escuchada en la cocina, le parece a Marcuse una cosa insultante porque ha perdido su «fuerza antagonista». Como el profeta Ezequiel en el cautiverio de Babilonia, Marcuse nos advierte contra la «corrupción de las costumbres» (el placer represivo como sucedáneo del verdadero placer, la conciencia feliz anestesiante, en suma, la pérdida de negatividad) y nos ofrece en lontananza un «retorno a Jerusalén», su paraíso. Y finalmente, sin mucho ánimo, bien es cierto, sin mucho convencimiento, anuncia quienes es factible que posibiliten la venida del paraíso (la venida del Reino de los Cielos), los que sustituirán a la vanguardia proletaria: «…los proscritos y los “extraños”, los explotados y los perseguidos de otras razas y otros colores, los parados y los que no pueden ser empleados. Su oposición es revolucionaria incluso si su conciencia no lo es. »

Su lectura nos produce la impresión del fanático predicador que cree hallarse poseído por la verdad, y que nos impondría esa verdad con sangre y fuego si fuese necesario, produciéndole sufrimiento nuestro disfrute si ello debilita nuestra negatividad. Le irrita que el bienestar llegue a la gente porque se pierde negatividad. Cuando la música culta se populariza le molesta porque de esa forma los clásicos han perdido fuerza antagonista; cuando las bellas artes, la estética, cuando los privilegios culturales han llegado a las masas, le irrita por la misma razón. La pérdida de bienestar social le alegra porque aporta negatividad. Él está en su empeño de implantar el socialismo contra viento y marea.
Quitarles las diversiones para que estallen: …la mera supresión de todo tipo de anuncios y de todos los medios adoctrinadores de información y diversión sumergiría al individuo en un vacío traumático… «el no funcionamiento de la televisión y de los medios similares podría empezar a lograr, así, lo que las contradicciones inherentes del capitalismo no logran: la desintegración del sistema.»

Para Marcuse, igual que para el marxismo en general, la democracia liberal no es un fin en sí mismo, sino un medio para llegar al socialismo; un medio del que se debe prescindir en el momento que convenga: « La dominación tiene su propia estética y la dominación democrática tiene su estética democrática». El socialismo –la liberación en Marcuse—tiene para él un «valor» muy superior a la democracia; parece ser el más alto bien y la más alta verdad existente, y que, consecuentemente, merece que se le sacrifique incluso la vida. No resulta extraño que todas las sociedades en que se ha instaurado un sistema socialista se hayan convertido en sistemas totalitarios. No es una crítica del sistema lo que realiza, sino que nos ofrece una visión maniquea en donde todo es dominación, servidumbre y esclavitud. O blanco o negro. Él está poseído por la verdad y el mundo es una conspiración de necios embrutecidos, sujetos a las cadenas de la «dominación» que necesitan ser liberados y necesitan ser reeducados en la nueva fe. Fanatismo ideológico aunque ofrezca un paraíso edulcorado e ilusorio; pero un fanatismo semejante al de algunos grupos islámicos o terroristas. La lucha contra el sistema es cuanto tiene valor:
…en el grado en que la sociedad establecida es irracional, la conciencia llega a ser libre para la más alta racionalidad histórica sólo en la lucha «contra» la sociedad establecida. La verdad y la libertad del pensamiento negativo tienen su base y su razón en esta lucha.

También, como en cualquier dictadura socialista, propugna la «dictadura educacional»:
En realidad la sociedad debe crear primero los requisitos materiales de la libertad para todos sus miembros antes de poder ser una sociedad libre; debe crear primero la riqueza antes de ser capaz de distribuirla de acuerdo con las necesidades libremente desarrolladas del individuo; debe permitir primero que los esclavos aprendan, vean y piensen antes de saber qué está pasando y lo que pueden hacer para cambiarlo.

Y, haciendo referencia al Contrato social de Rousseau, añade:
Ellos deben ser «obligados a ser libres», a «ver los objetos como son y algunas veces como deberían ser», se les debe enseñar el «buen camino» que están buscando.

Algunas cualidades humanas de una «existencia pacífica»:
…negativa a la rudeza, a la brutalidad y al espíritu gregario; aceptación del temor y la debilidad; reducción de la población futura; vida privada individual protegida.

Pero, sobremanera, el modelo «ilusorio», ya tratado, de la vida como juego, tiempo libre y autodeterminación. Un modelo, un paraíso que gravita en el aire: planificación central sin poder; libertad instintiva sin conflictos; juego y diversión sin violencia; erotización del cuerpo e imaginación como instrumentos de la «pacificación»…

Tal parece que Marcuse haya pretendido tomarnos el pelo. Sin embargo, como ya indiqué, este modelo «ilusorio» ha calado en muchos grupos sectarios igualitaristas. Porque, ¿qué sociedad se crearía subyugando el instinto hacia la prominencia, es decir, sin esa fuerza que nos impele a competir, a conseguir el bien más importante, a sentir celos, a sentir envidia, a la avaricia, a desear lo mejor para uno mismo, que nos impele incluso a la crueldad? Ciertamente la sociedad se convertiría en un páramo yermo en donde se carecería de impulso para cualquier acción que no fuese la de alimentarse y la sexual. Esto es, no habría cultura, no habría progreso, y la civilización devendría en selvática. Tal es, en el fondo, sin él reconocerlo, la sociedad a lo que conducirían la utopía marxista o la utopía soñada por Marcuse.