La verdad, la única verdad posible y plausible, aunque siempre provisional, es la que se establece por consenso o, en su ausencia, por acuerdo y convenio entre los entendidos de la materia a que aquella hace referencia. También de tales requisitos precisa la verdad científica, aunque, además, tenga la someterse al imperio del experimento. La razón no basta, pues la razón suele actuar en el suelo de los prejuicios y del desconocimiento de las causas y suele levantar a menudo ilusorios castillos de arena. Hace falta el concilio y el concierto. La evidencia individual no es suficiente.
Para los mortales, la verdad lanzada por el concierto de los entendidos debe ser la más fiable, la más verosímil de todas las alternativas a ella. Pero en realidad tal acuerdo y el que sea la más aceptada tampoco la convierte en verdad. Puede ser que esté falseada adrede por un subgrupo del grupo de entendidos, un subgrupo que monopolice la voz y la voluntad ―e incluso la conciencia―del grupo total y establezca, así, una tiranía sobre él.
Una tiranía en la moda en la historia en la filosofía… en cualquier ciencia. Los ejemplos son infinitos: tiranía del marxismo sobre la filosofía y la historia del siglo XX, tiranía de Hegel sobre la filosofía del siglo XIX, tiranía del materialismo dialéctico aplicado a la biología y protagonizado por Lysenko en la URSS, tiranía del psicoanálisis en la psicología del siglo XX…
En todos los casos se produce la siguiente secuencia: se forma un grupo de aduladores-aprovechados que actúan de portavoces y profetas del rebaño de pretendidamente entendidos en el tema, sean filósofos, historiadores, psicólogos, políticos, biólogos, etc. Acuerdan la verdad y la ponen de moda, y el rebaño les sigue dócilmente practicando el sans-culottismo contra los que se oponen a ella. Consiguen que nadie se atreva a decir en voz alta que el emperador está desnudo. Tal afrenta conduce al ostracismo. El temor a ser apartado del redil con los pesebres llenos.
Las falsas verdades ―o incluso las más sublimes y oscuras tonterías confitadas al gusto del rebaño, como las de Hegel―se aposentan así en las conciencias de los hombres por decenios o por siglos sin encontrar negativas respuestas. Lo que la Iglesia practicó durante mil años, lo han seguido practicando después esas manadas de «entendidos»: la falsedad, el oscurantismo, la opresión ideológica, la siembra en los campos del pensamiento de las más oscuras estupideces… y la complicidad de las reses bípedas de esos rebaños por mor del interés económico, político, o simplemente por no parecer tonto si se atreviera a negarlo.
Y no es cosa del pasado. Se sigue idolatrando a Hegel a Lacan, al psicoanálisis, a Heidegger, a Marx, a Marcuse, y siguen tratando de enviar a otros Galileos o a otros Copérnicos o Borges al ostracismo.
Ya veremos en qué acaba el antaño llamado Calentamiento Global y ahora nombrado Cambio climático al comprobar que la Tierra ha dejado de calentarse. Se han tomado por hechos científicos lo que no son más que hipótesis, pero lo avalan los miles de investigadores del clima que viven de que el tal calentamiento cale en la conciencia de los hombres como indiscutible verdad.
Y como antaño, las discrepancias se pagan caras: se pone la señal de apestado sobre quien asegure que el emperador está desnudo.
La metafísica, sin embargo, no está desnuda, se le viste de palabrería vana. Eso sí, sigue siendo tan estéril como siempre lo ha sido.
La Historia y las circunstancias
• El sentimiento de agravio que sufre el individuo al sentir a los demás, social o económicamente, por encima de uno mismo, causa en él envidia y resentimiento, pasiones malsanas pero que son el germen de los derechos y de la democracia.
• Las creencias que tenemos nos suministran los criterios y los sentimientos para juzgar el mundo.
• Quien carece de dudas y se obstina en ello, posee claramente un carácter totalitario: él se halla en posesión de la verdad y todo el mundo se equivoca o actúa de mala fe. Sin embargo, quien no posee verdad alguna para ningún hecho, quien tiene la duda asentada en su conciencia, o es un pensador (que es una de las peores especies de hombres existentes), o es una res que con seguir al pastor ya está contenta.
• Cuando los franceses se enteraron que los ingleses tenían su Carta de Derechos y que el Parlamento inglés tenía sujetos a sus reyes por el cogote, hicieron la Revolución francesa. Quienes les contaron a los gabachos todas esas ventajas que tenían los ingleses fueron Locke, Montesquieu y Voltaire.
• Luego llegó Robespierre, amante de la paz y enemigo de la pena de muerte, que declaró la guerra a media Europa e hizo guillotinar a media Francia.
• Cuando los franceses se hartaron de la revolución y deseaban muy mayoritariamente que retornase el rey, Napoleón concretó un golpe y se hizo con la República como antes se había hecho Robespierre. Así acabó la Revolución.
• Los primeros cristianos predicaban el amor y la igualdad entre todos los hombres. Cuando alcanzaron el poder con Constantino y sus sucesores, pasaron a predicar el odio contra los paganos y la obediencia ciega a las jerarquías eclesiásticas. Cuando uno cambia de posición cambia de perspectiva.
• Dijo el sabio Epicuro que no hay que tener miedo a la muerte: mientras vivimos, la muerte no existe, y cuando viene, nosotros ya no estamos.
• Aviso a los pusilánimes: Los judíos tienen el siguiente dicho: «Espera sentado en la puerta de tu casa y verás pasar con el tiempo el cadáver de tu enemigo». Pero la verdad es que con la pusilanimidad que pretéritamente tenían los judíos no les fueron muy bien las cosas. Ningún pueblo ha sufrido las masacres que ellos han sufrido a lo largo de la historia.
• Convendría que algún gobernante que peca reiteradamente de pusilánime se aplicase el cuento.
• Los reyes y emperadores europeos se dedicaron durante buena parte de los siglos XVIII y XIX al deporte de declararse la guerra y causar cientos de miles de muertos. El Zar no quería estar por debajo del emperador austriaco ni éste por debajo de la reina de Inglaterra. Cuestión de machitos. Los marxistas siguen creyendo que todo ha sido una lucha de clases. Siempre hay ciegos.
• El igualitarismo, en la enseñanza (que nadie sepa más que nadie, era el estribillo de los pedagogos de la LOGSE) o en la economía conduce inexorablemente a ser todos analfabetos o a ser todos pobres. Los más capaces imitarían a los más lerdos, porque ¿quién iba a crear riqueza o se iba a esforzar más que se esfuerza el más inútil o el más bigardo si tales acciones no le producen beneficio, si su riqueza se reparte entre los que apenas aportan? Ahora bien, en una tribu primitiva o en una comuna hippie en donde lo económico se limite a la subsistencia, es ideal el igualitarismo.
De la vida
• Si eres más sabio o más inteligente que los que te rodean o más rico, y si quieres su amistad, no alardees de ello, ni siquiera lo nombres, pues la envidia y el resentimiento hará que te quedes solo.
• La atracción de Pedro Navaja es lo canallesco. En el fondo, todos querríamos ser canallas, pero no valemos para ello.
• Si uno sabe qué está buscando es mucho más fácil que lo encuentre. Esto vale para buscar un calcetín, una fórmula matemática o una justificación a nuestros actos o a nuestras creencias. Lo perverso de buscar de ese modo es que solemos hacer trampas para encontrarlo.
• No es que los súbditos del emperador Hegel o del emperador Heidegger lo vean desnudo y callen, sino que ven su traje turbio y sucio y algunos incluso lo ven lleno de roturas y remiendos, pero enseguida actúa en ellos la imaginación del siervo impotente que se apresura a ponerle oropeles sobre el fraude de su cuerpo. Vitorean lo que es oscuro y no entienden, por no parecer tontos.
• La moral católica defendía antaño un orden y una organización social que reducían a los hombres a ser meros siervos de los jerarcas eclesiásticos y de la aristocracia. Los luteranos y los calvinistas procuraban por la comunidad y se guarnecían y resolvían sus asuntos en ella. Además, estimulaban la laboriosidad y la responsabilidad individual. De esa diferencia de criterios y comportamientos deriva el que en los países católicos sea norma el rechazo a las jerarquías y a la desigualdad económica y la negación a pechar con la responsabilidad de los propios actos. Donde imperaron Lutero y Calvino no sucede esto. ¿Es extraño que la crisis económica se cebe en los países donde imperó el catolicismo?
• Europa es un enfermo de buenismo y abundancia. También la estupidez gangrena sus carnes.
• Dicen los físicos que resulta imposible percibir la realidad inalterada. El observador la perturba en su intento de medirla o de aprehenderla. De ahí que resulte fatuo hablar de verdad en sentido absoluto –tal como los filósofos pretenden–, pues ante cualquier asunto nos presentamos con creencias, prejuicios e impresiones inevitables que retuercen la verdad para acomodarla a nuestro gusto.
• La multiculturalidad y la mezcla de etnias está logrando que la historia de héroes y de orgullos nacionales tenga los días contados. Sólo algunos charnegos se sienten orgullosos de la historia de los mercenarios normados en las huestes catalanas.
• Los grupos poseídos por mayores pasiones acaban imponiéndose siempre a los más numerosos y pusilánimes. Así se impusieron los nazis en Alemania o los bolcheviques en Rusia. Hoy en día, los apasionados ecologistas, los animalistas, las feministas…, imponen sus criterios morales y sus prohibiciones.
• El hombre de acción, el hombre que primero siente, luego actúa y pocas veces piensa en las consecuencias de sus actos, resulta ser el triunfador: el delincuente, el héroe. Alejandro Magno.
• Hoy en día se menosprecia el valor de la moral en la dirección e idiosincrasia de los pueblos.
Breves con sabor ácido
• Los humanos son seres gregarios que desean destacar por encima de los demás y tienen miedo
• Vemos la realidad del mundo a través de los anteojos de nuestras creencias.
• Los asuntos de los hombres que reclaman demasiados derechos acaban saliendo torcidos.
• Los franceses guillotinaron a su rey y a parte de su nobleza; también Cromwell hizo guillotinar al rey de Inglaterra; en España, en donde hemos tenido los peores reyes de Europa, apenas si lo enviamos al destierro. Quizá, a pesar de todo lo que dicen de nosotros, somos demasiado civilizados.
• ¿Qué es un filósofo? Aquel que es capaz de enrevesar de tal forma un dictamen que nadie se siente capaz o con ánimos de refutarlo.
• Paradojas de nuestra naturaleza gregaria: Francia, donde se asentaron los galos, los francos, normandos, britones y vascos, en donde se hablaron múltiples lenguas y se desarrollaron múltiples culturas, sorprendentemente, debe su unidad y su orgullo como nación a un corso que con sus guerras dejó diezmada a la población.
• La metáfora es el lenguaje del pensamiento, y en la comunicación es el arte supremo para cercar la verdad y presentarla debelada al que escucha.
• En la vergüenza expresamos nuestras ansias de aparentar. En la compasión, el temor a estar nosotros en el lugar del compadecido.
• Para que surgiera el hombre fue necesario que la materia, la atmósfera, el clima y la geografía de los terremotos lograran producir ciertas singularidades en ciertos periodos. A esa conspiración debemos nuestra existencia.
Pequeños confites de estupideces sacras (VII)
El caso Zapatero III
En sus muchos años metido en la burbuja doctrinaria socialista, Rodríguez Zapatero, aunque entendiese solo cinco céntimos de las ideologías decimonónicas del partido, se embebió de dos características del socialismo de aquella época: el maniqueísmo de categorizar la realidad política en dos grupos antagónicos, «nosotros», la izquierda, los «buenos», y «ellos», el enemigo a batir, la derecha, los «malos»; y un carácter redentor, un querer redimir a la humanidad de unas supuestas cadenas que les oprimen.
La denominada Alianza de Civilizaciones obedece a este último propósito. En realidad, una boutade de Zapatero que más que a ese carácter redentor obedeció a las ansias suyas de aparecer encumbrado a los ojos del mundo. En realidad, tal proyecto responde a una iniciativa iraní que quedó relegada en un cajón de las Naciones Unidas. Pero el Presidente Rodríguez Zapatero la presentó algún tiempo después en su Asamblea General. Las adhesión más importante al citado proyecto (a la citada boutade suya) vino por parte de Turquía, a quien le servía de vehículo para su intento de formar parte de la Unión Europea; pero el que a España le interesase un ápice no se ve por ninguna parte.
La cultura democrática turca es escasa, y su respeto de los derechos de las minorías ha sido nulo. En 1922 Turquía expulsó a la minoría griega ortodoxa de Anatolia, donde habían vivido los últimos 2500 años; masacró a la población armenia desde 1925 a 1923; invadió la isla de Chipre en 1974; y ha perseguido y privado de libertad política a los kurdos. Erdogan, el gran amigo de Zapatero en el proyecto, está islamizando el país a marchas forzadas, y pretende ejercer el poder absoluto mediante la opción de llegar a presidente de la República al tiempo que sigue siendo su Primer Ministro. Como se ve, las afinidades de Turquía con la Europa democrática y de los derechos no tienen por donde cogerse. Pero eso no desanimó a la altanería y simpleza de nuestro presidente. Debía satisfacer su megalomanía, la absurda creencia de que estaba destinado para algo grande, ¿tal vez hundir España a lo grande?
Ese desconocer las consecuencias de sus acciones y propósitos nos costó caro, pero podría habernos salido aún mucho más oneroso. Porque, ¿qué consecuencias habría tenido para la población europea el tener 75 millones de turcos con posibilidad de instalarse en la más rica Europa? Un agravamiento de las condiciones de paro; un fortalecimiento de los grupos islámicos enfrentados a los autóctonos; una disolución de la cultura europea; en fin, una fuente de problemas y conflictos. Pero Zapatero: a lo grande.
Y el maniqueísmo de considerar al PP como enemigo y negarle el pan y el agua: canales televisivos para los «nuestros» al tiempo que se trata de cerrar la COPE; la ley de Memoria Histórica dirigida a enfrentar a los españoles; la instrumentalización partidista de la Justicia y de los Medios; la ocupación política de la Universidad, de los Institutos Educativos etc.
Bien, creo que ya es hora de acabar con Zapatero, el calor de agosto así lo aconseja. No obstante, invito al lector a incluir alguna más ―no mencionada en estos tres escritos― en este compendio de simplezas.
Buen verano a todos los lectores
Pequeños confites de estupideces sacras (VI)
El caso Zapatero (II)
Resulta de una evidencia extrema que un buen gobernante debe someterse a las obligaciones del cargo, debe tener los pies en el suelo y debe mirar de conseguir en su gestión lo socialmente óptimo de entre aquello que sea factible; y, además, no debe abocarse a perseguir utopías que el sentido común señale como irrealizables por mucho que le resulten deseables. También es del todo inobjetable que el buen gobernante, mirando por el progreso social, ha de poner, en sus decisiones, el fiel de su balanza en posición equidistante entre lo que le resulta justo y lo que le resulta conveniente; más cuando esos dos conceptos no suelen ir de la mano y, sobre todo el primero, tiene tantos colores como estamentos tiene la sociedad.
Zapatero vivía en las nubes, confundía lo deseable con lo factible y sin entender ―siquiera sin cuestionarse― qué convenía a España y a sus gentes, buscó con marrullerías de todo tipo imponer un sentido de lo justo basado en el Igualitarismo decimonónico, negando valor alguno al mérito personal, pretendiendo que la mediocridad reinara a todos los niveles institucionales.
Me resulta difícil encontrar en la gestión de Zapatero como gobernante algo más que simpleza. Convengamos que sí, que debido a su éxito inesperado (había sido un mediocre estudiante, y no se le reconocía peso político alguno ni capacidad demostrada) se inunda de orgullo y soberbia y se llega a pensar, de pronto, un estadista con fuste e ingenio. Eso explicaría sus pueriles ocurrencias que lanzaba a los cuatro vientos: «Soy el Presidente de Gobierno más rojo de Europa», «pronto superaremos económica a Francia», «Alemania copia el modelo económico de España»; o explicaría su pretensión de aparecer como fundador de una nueva entente mundial basada en la Alianza de Civilizaciones, o incluso de llegar a ser una especie de justiciero universal.
Pero no. Aunque es cierto que ―tal como relató Felipe González―a los pocos meses de estar en el cargo ya desoía a sus numerosos consejeros, se puede decir que su «esencia» en cuanto al desempeño de su cargo fue la simpleza. Si no, valga esta anécdota que contó el economista Ramón Tamames en un programa de radio:
«Estábamos ya en octubre de 2009, con la crisis económica galopando, y le pedí una cita con él para explicarle algunos asuntos económicos y algunas recetas que tenía que aplicar con urgencia para evitar que la crisis se desbocase. Me escuchó en silencio y con poco interés durante 20 minutos, al final de los cuales y muy ufano y enérgico me espetó: “Ramón, no te enteras que en dos meses vamos a salir de la crisis y vamos a superar la renta per cápita de Alemania inmediatamente”». He de aclarar que Ramón Tamames era uno de sus consejeros económicos.
También demostró peligrosa simpleza en la pretensión que mostró al comienzo de su primera legislatura como gobernante de que se enseñara el Corán en los colegios públicos a la par que el catolicismo. En aquel entonces todavía debía de escuchar a alguno de sus consejeros, que le tuvo que advertir que el Corán, además de atentar en cada una de sus páginas contra la igualdad de género y contra muchos derechos ciudadanos, viola en sus páginas todas las normas y derechos que establece la Constitución española. Desistió de tal propósito, supongo que con pesar.
El embajador Inocencio Arias también contó en un medio televisivo dos anécdotas sustanciosas sobre la simpleza dicha. En una de ellas se había organizado una cena, creo recordar que en la embajada española en Washington, a la que asistían varios senadores norteamericanos, y en la que Zapatero tenía que hablar. Bueno, prefirió irse a cenar con unos amigos y dar el plante a los senadores. Algo semejante hizo en China, adonde acudió con una importante delegación comercial: dio el plantón a altos cargos políticos y económicos chinos y en vez de acudir a una cena de gala en su honor prefirió practicar footing.
Simpleza no es sinónimo de ignorancia, pero Zapatero compartía ésta a partes iguales con aquella. Poco antes de convocar elecciones y de perderlas, viajó de nuevo a China y proclamó a los medios de aquel país que el desarrollo tecnológico en el estudio de nuevas energías renovables iba a crear en los dos próximos años más de un millón de nuevos puestos de trabajo en España. Y tengo para mí que se lo creía. ¡Después del despilfarro de decenas de miles de millones de euros en esas tecnologías para tener uno de los precios más elevados por kilovatio de Europa! Y creo que se lo creía (o desconocía el valor de la cifra que dio) cuando anunció en la televisión pública que, gracias a su programa de Economía Sostenida, los edificios que albergan los ministerios en España, bajando la temperatura de los despachos en invierno y subiéndola en verano, iban a ahorrar ese año 3.000 millones de euros. Pero mucho me temo que esa cantidad no se gasta en los dichos ministerios ni en cien años.
También gasta por igual simpleza e ignorancia sobre las religiones en su última ocurrencia, la de abogar por una autoridad mundial religiosa. Y es que no distingue entre lo factible y lo deseable (pero en su simpleza se cree capacitado para mediar con éxito en los grandes asuntos del mundo).
Pero no nos engañemos, además de simpleza, por seguir algunas importantes creencias decimonónicas, en muchas de sus propuestas lucía malignidad. Pero esto ya es motivo de otro Post en donde se tratará de su maniqueísmo y sus ansias redentoras.
SEGUIRÁ…
Pequeños confites de estupideces sacras (V)
El caso Zapatero
Ondeando en lo más alto del mástil de las estupideces sacras en España se encuentra el caso Zapatero. En él se pone de manifiesto la simpleza y el seguidismo de las gentes que consideran excelente todo cuanto provenga de quien consideran su líder redentor, en quien fían y en quien delegan su criterio y su juicio, y a quien se someten gustosamente. Y también el silencio de aquellos que percatándose de los disparates que el presidente Zapatero cometía un día tras otro, medrosamente callaban por no poner en riesgo su pesebre, es decir, por medrar a la sombra de la estupidez del rabadán. ¿Recuerdan el niño aquel del cuento que se atrevió a decir que el emperador estaba desnudo?, pues nadie en el PSOE se atrevió a tener la valentía y la inocencia de tal niño. Y, finalmente, poner a las claras cómo un estulto ignorante con poder es un gran peligro.
Educado en la burbuja ideológica en la que el PSOE cría las larvas destinadas a cargos políticos, con Zapatero regresó el disparate ideológico que siempre estuvo latente en su partido:
• El apoyo a los nacionalismos periféricos que promueven la desmembración de España.
• Una concepción del mundo ―política, social y económica―propia del siglo XIX.
• Un exagerado maniqueísmo de buenos y malos, de izquierdas y derechas.
• La fantasía de considerarse redentores del mundo e instrumento de la justicia universal.
• El odio visceral contra Norteamérica y el capitalismo.
• La idealización de la Segunda República española, de la «liberación», de la «liberación de los pueblos de España», de la santificación del concepto «pueblo»… y otras idealizaciones construidas sobre el anverso de la realidad.
• Pero también el ansia de control partidista de todos los medios y de las instituciones del Estado; y también la graciosa subvención con ánimo clientelar o el puesto a dedo para los familiares, amigos y poseedores de carné del partido.
La simpleza de Zapatero prontamente se puso de manifiesto al ni siquiera atisbar la repercusión que tendrían todos sus actos como Presidente del Gobierno de España. Con desdén y desprecio se niega a saludar a la bandera norteamericana en el desfile de las fuerzas armadas españolas. Para él no hay diferencia entre representar a un país y manifestar una rabieta. Y ni siquiera su penoso aislamiento en los foros internacionales, en donde era observado desde lejos con tono burlesco, le hizo percatarse del desatino de sus intervenciones (al vivir en una burbuja de irrealidad, carecía del sentido del ridículo).
Pero ya antes había manifestado su simpleza y arrogancia al declarar muy ufano y varias veces que él iba a acabar con el problema de ETA y con el problema de los nacionalismos periféricos en España. Ya sabemos lo que ocurrió al respecto: con ETA establece relaciones, lo niega públicamente, y finalmente accede a todas las pretensiones de la banda. En cuanto al problema del nacionalismo, su simpleza llega a extremos difícilmente superables: pone en cuestión la existencia de una nación española, y espolea al parlamento catalán a elaborar un estatuto al antojo y deseo de éste: «Aprobaré en las Cortes todo lo que decidáis». La consecuencia: una carrera de cada caudillo en cada reino de Taifas de las Autonomías españolas por crear un estatuto a conveniencia propia, sin mirar en ningún momento el interés general. Con la estupidez de sus palabras Zapatero dio a las autonomías el cuchillo con que partir a su gusto todo el jamón que quisieran. Y solo dejaron un muñón descarnado.
Sin embargo, ni sus fieles y ciegos seguidores ni los miembros de las innumerables ONGs con fines peregrinos que surgieron al olor de medrar a costa del erario público ni los subvencionados de la farándula ni sindicalistas ni familiares de cargos políticos ni los de carné con pesebre bien lleno, que se percataban de los desaguisados que el ínclito personaje iba cometiendo, adujeron una sola crítica ni cuestionaron disparate alguno. Cuanto más, callaban, pero generalmente aplaudían. Nadie se atrevió a señalar que el emperador iba desnudo.
Ni aun cuando se gobernaba con la ocurrencia o la improvisación absoluta de inventarse un ministerio de la Paridad y regalárselo a una especialista en folclore que le «cayó graciosa» o de, en un acto efusivo, prometer un Ministerio de Deportes.
Claro que en esto de la ocurrencia y el disparate sus ministros no le iban a la zaga. Ahí está el caso de Sebastián, enviándonos una bombilla a todos los españoles o asegurando con toda la imprudencia del mundo que «en España caben 20 millones de subsaharianos», produciendo con ello un descomunal efecto llamada de emigrantes. O el ínclito Caldera, que intentó convertir en acciones el Fondo de Pensiones de los jubilados españoles poco antes de que la bolsa cayera en picado. O la ministra de la Paridad, Bibiana Aído, con la estupidez de los «miembros y miembras» que generó un movimiento legislativo en todas las administraciones a favor del lenguaje «de género». O la propuesta de un diputado del PSOE a favor de otorgar derechos humanos a los monos. O la del Rector de la Universidad de Sevilla a favor de dejar en agua de borrajas la sanción a los estudiantes que copian en las aulas universitarias, es decir, en facilitar que copiasen (no había que discriminar a los mediocres, todo el mundo debía poseer título universitario). O…
Sin embargo, todo disparate era bien visto por el rebaño.
SEGUIRÁ
Pequeños confites de estupideces sacras (IV)
El profeta Marcuse
En la investigación científica resulta muy raro que se busque a «tientas y a ciegas»; al contrario, suele tenerse, de antemano, una idea cabal de lo que pretende encontrar. Gauss ilustró este hecho con una certera frase: «Ya conseguí el resultado que buscaba, pero todavía no sé cómo se llega a él». Marcuse sabe de antemano lo que tiene que encontrar, la innata naturaleza bondadosa del hombre y, consecuentemente, la «liberación».
Como en el cristianismo, como en el marxismo, el credo de Marcuse es redentor; pero, además, se asemeja al cristianismo en que, a imagen de Jesús, los afectos, la paz, el amor, «abren el Reino de los Cielos»; y, también, como Jesús, Marcuse ataca a los «fariseos» y a los «publica-nos», y advierte contra las «tentaciones» y contra los «falsos profetas». Podemos hablar del Evangelio según Marcuse. Como Marx, Marcuse tiene ascendencia judía, es decir, un gusto especial por la profecía
¿Qué rasgos muestra del «paraíso»? Apenas da razones, pero nombra, según las palabras de Marx, un ingenuo: «a cada cual de acuerdo con sus necesidades»; «…poner todas las necesidades al alcance de todos los miembros de la sociedad»; coloca palabras de devoción para con «las fases matriarcales de la sociedad»; pone de ejemplo la cultura Arapesh descrita por Margaret Mead*; nos descubre que el modelo que más se acerca a su «paraíso» son los falansterios de Fourier, socialista utópico que diseñó un modo de vida en comunidades denominadas falansterios, pero Marcuse reniega de la idea de mantener la «gigantesca organización y administración que retiene los elementos represivos». Carga contra la monogamia y el patriarcado; prescribe la erotización de la personalidad como cosa necesaria; está a favor del ecologismo; de la ambivalencia sexual de Orfeo y Narciso; pregona la disciplina estética instala el orden de la sensualidad contra el orden de la razón; repite a menudo que el trabajo no enajenado consistirá en juego, y estará erotizado; y en cuanto a la libertad, señala que «el hombre es libre cuando no está constreñido ni por la ley ni por la necesidad».
Si en Eros y civilización Marcuse utiliza el psicoanálisis y el metapsicoanálisis freudiano como sustancias argumentales de su deseo, en El hombre unidimensional se sirve de la dialéctica para clamar su misión profética y apostólica.
El sistema de dominación lo controla todo. Todos formamos parte de su engranaje y todos cooperamos en su funcionamiento. Como un enorme agujero negro, el sistema de dominación absorbe, manipula y pervierte cualquier actividad social. La ciencia, la tecnología, el análisis lingüístico, la filosofía analítica, el operacionalismo que impera en la sociedad, el lenguaje de los medios, el carácter positivista de las ciencias… están supeditados servilmente al sistema de dominación imperante. Aquel saber que pretenda aclarar, restringir, definir, limitar y reducir, sirve en último término a los propósitos del sistema, pierde su negatividad.
Sólo lo ambiguo, lo aparentemente irracional, lo metafísico, lo cargado de ilusión, lo que posibilita alternativas liberadoras, sostiene aún la suficiente carga de negatividad (negatividad en sentido dialéctico). Así determina el Bien y el Mal el profeta Marcuse. Contra el Mal antedicho lanza Marcuse sus rayos como si fuesen escribas y fariseos (especialmente contra Wittgenstein aquí y contra Erich Fromm en Eros y…) . Toda la sociedad es un escenario malsano, alienador, represor, de cartón piedra, que esconde y tapa al verdadero hombre, al verdadero mundo, a la verdadera felicidad. Sobre el mundo actual se cierne una máscara de maldad que muestra todo irreal y falso; pero Marcuse nos quiere quitar dicha máscara para que entremos en el mundo de la libertad por él inventado. Sin embargo, la vanguardia proletaria que Marx pronosticara como elemento de contradicción, de negatividad contra el sistema, ha perdido su «negatividad». Marcuse se muestra contrariado: «antes, su forma de esclavitud era su fuente de negación»; «los cambios en los instrumentos de producción modifican la actitud y la conciencia del trabajador»; «el nuevo mundo del trabajo tecnológico refuerza así un debilitamiento de la posición negativa de la clase trabajadora: esta ya no parece como la contradicción viviente para la sociedad establecida», nos dice con pesadumbre. El profeta ha perdido la fe en «el pueblo de Israel».
El romántico profeta Marcuse añora el tiempo pasado, de mayor sufrimiento pero de mayor «verdad»: «Es cierto que este romántico mundo anterior a la técnica estaba lleno de miseria, esfuerzo y suciedad y estos, a su vez, eran el fondo de todo el placer y el gozo. Sin embargo había un «paisaje», un medio de experiencia libidinal que ya no existe». Incluso la música culta, al popularizarse, al ser escuchada en la cocina, le parece a Marcuse una cosa insultante porque ha perdido su «fuerza antagonista». Como el profeta Ezequiel en el cautiverio de Babilonia, Marcuse nos advierte contra la «corrupción de las costumbres» (el placer represivo como sucedáneo del verdadero placer, la conciencia feliz anestesiante, en suma, la pérdida de negatividad) y nos ofrece en lontananza un «retorno a Jerusalén», su paraíso. Y finalmente, sin mucho ánimo, bien es cierto, sin mucho convencimiento, anuncia quienes es factible que posibiliten la venida del paraíso (la venida del Reino de los Cielos), los que sustituirán a la vanguardia proletaria: «…los proscritos y los “extraños”, los explotados y los perseguidos de otras razas y otros colores, los parados y los que no pueden ser empleados. Su oposición es revolucionaria incluso si su conciencia no lo es. »
Su lectura nos produce la impresión del fanático predicador que cree hallarse poseído por la verdad, y que nos impondría esa verdad con sangre y fuego si fuese necesario, produciéndole sufrimiento nuestro disfrute si ello debilita nuestra negatividad. Le irrita que el bienestar llegue a la gente porque se pierde negatividad. Cuando la música culta se populariza le molesta porque de esa forma los clásicos han perdido fuerza antagonista; cuando las bellas artes, la estética, cuando los privilegios culturales han llegado a las masas, le irrita por la misma razón. La pérdida de bienestar social le alegra porque aporta negatividad. Él está en su empeño de implantar el socialismo contra viento y marea.
Quitarles las diversiones para que estallen: …la mera supresión de todo tipo de anuncios y de todos los medios adoctrinadores de información y diversión sumergiría al individuo en un vacío traumático… «el no funcionamiento de la televisión y de los medios similares podría empezar a lograr, así, lo que las contradicciones inherentes del capitalismo no logran: la desintegración del sistema.»
Para Marcuse, igual que para el marxismo en general, la democracia liberal no es un fin en sí mismo, sino un medio para llegar al socialismo; un medio del que se debe prescindir en el momento que convenga: « La dominación tiene su propia estética y la dominación democrática tiene su estética democrática». El socialismo –la liberación en Marcuse—tiene para él un «valor» muy superior a la democracia; parece ser el más alto bien y la más alta verdad existente, y que, consecuentemente, merece que se le sacrifique incluso la vida. No resulta extraño que todas las sociedades en que se ha instaurado un sistema socialista se hayan convertido en sistemas totalitarios. No es una crítica del sistema lo que realiza, sino que nos ofrece una visión maniquea en donde todo es dominación, servidumbre y esclavitud. O blanco o negro. Él está poseído por la verdad y el mundo es una conspiración de necios embrutecidos, sujetos a las cadenas de la «dominación» que necesitan ser liberados y necesitan ser reeducados en la nueva fe. Fanatismo ideológico aunque ofrezca un paraíso edulcorado e ilusorio; pero un fanatismo semejante al de algunos grupos islámicos o terroristas. La lucha contra el sistema es cuanto tiene valor:
…en el grado en que la sociedad establecida es irracional, la conciencia llega a ser libre para la más alta racionalidad histórica sólo en la lucha «contra» la sociedad establecida. La verdad y la libertad del pensamiento negativo tienen su base y su razón en esta lucha.
También, como en cualquier dictadura socialista, propugna la «dictadura educacional»:
En realidad la sociedad debe crear primero los requisitos materiales de la libertad para todos sus miembros antes de poder ser una sociedad libre; debe crear primero la riqueza antes de ser capaz de distribuirla de acuerdo con las necesidades libremente desarrolladas del individuo; debe permitir primero que los esclavos aprendan, vean y piensen antes de saber qué está pasando y lo que pueden hacer para cambiarlo.
Y, haciendo referencia al Contrato social de Rousseau, añade:
Ellos deben ser «obligados a ser libres», a «ver los objetos como son y algunas veces como deberían ser», se les debe enseñar el «buen camino» que están buscando.
Algunas cualidades humanas de una «existencia pacífica»:
…negativa a la rudeza, a la brutalidad y al espíritu gregario; aceptación del temor y la debilidad; reducción de la población futura; vida privada individual protegida.
Pero, sobremanera, el modelo «ilusorio», ya tratado, de la vida como juego, tiempo libre y autodeterminación. Un modelo, un paraíso que gravita en el aire: planificación central sin poder; libertad instintiva sin conflictos; juego y diversión sin violencia; erotización del cuerpo e imaginación como instrumentos de la «pacificación»…
Tal parece que Marcuse haya pretendido tomarnos el pelo. Sin embargo, como ya indiqué, este modelo «ilusorio» ha calado en muchos grupos sectarios igualitaristas. Porque, ¿qué sociedad se crearía subyugando el instinto hacia la prominencia, es decir, sin esa fuerza que nos impele a competir, a conseguir el bien más importante, a sentir celos, a sentir envidia, a la avaricia, a desear lo mejor para uno mismo, que nos impele incluso a la crueldad? Ciertamente la sociedad se convertiría en un páramo yermo en donde se carecería de impulso para cualquier acción que no fuese la de alimentarse y la sexual. Esto es, no habría cultura, no habría progreso, y la civilización devendría en selvática. Tal es, en el fondo, sin él reconocerlo, la sociedad a lo que conducirían la utopía marxista o la utopía soñada por Marcuse.
Pequeños confites de estupideces sacras (III)
Marcuse, el marrullero
Tengo que ofrecer una verdad que a poco que se escrute la realidad circundante resulta obvia: No somos buenos por naturaleza. A saber: somos crueles con los que consideramos enemigos nuestros, al menos imaginativamente; sentimos con harta frecuencia envidia, odio, rencor, ira, resentimiento… También ofrece la misma verdad cualquier estudio antropológico de cualquier tribu con tecnología primitiva de las que aún existen. Asevera esa verdad la historia evolutiva del hombre. No existe duda posible. ¡Qué más querríamos que poseer en esencia una naturaleza bondadosa que compartir con todos nuestros semejantes, y vivir en armonía y felicidad, sin rencores, sin enfados, sin menosprecios, sin enfrentamientos, los unos con los otros! Pero, desgraciadamente, nunca en la historia de la humanidad se ha producido una situación semejante.
Sin embargo, Marcuse, el profeta y gran santón de las revueltas del 68 y del movimiento hippie, en sus dos libros más famosos, Eros y civilización y El hombre unidimensional, nos quiere convencer de lo contrario.
Increíblemente, gran parte de la intelectualidad de la segunda mitad del siglo XX calificaron esos dos libros de exquisito análisis e implacable ataque a la represiva sociedad industrial del pasado siglo. Algún día se pondrá en solfa la estupidez inaudita de esa ilustre intelectualidad obnubilada por el brillo del materialismo dialéctico y del psicoanálisis (a los que rindió pleitesía y culto durante buena parte del siglo XX), pero, hasta entonces, enseñemos alguna cosilla, demos algún pequeño confite de ello.
No digo que Marcuse, uno de los pensadores de la denominada Escuela de Frankfurt, no pretendiera ―tal como se le reconoce― ejercer una labor crítica de las sociedades industrializadas, pero ese no es el principal cometido de los citados libros, sino el de convencernos de que es posible el paraíso socialista, y el de labrar tal convencimiento desarrollando un simulacro de demostración «científica» que presente al hombre íntimamente infundido de bondad. Esa supuesta bondad natural del hombre avalaría la posibilidad del paraíso socialista.
¿Qué nos trata de decir Marcuse en Eros y Civilización? Que, de acuerdo con Freud, la civilización se ha construido a costa de la represión instintiva del hombre, pero que, en desacuerdo con Freud, nuestras sociedades industriales avanzadas producen las precondiciones para la existencia de una civilización no represiva, para una liberación. Esta es la tesis que intenta «demostrar» Marcuse.
¿Qué gafas utiliza para ello? El psicoanálisis y la metapsicología freudiana son los anteojos que Marcuse utiliza y nos ofrece para la demostración de la posibilidad mencionada. ¡Qué digo!, son también la perspectiva y la panorámica. Marcuse camina cogido de la mano de Freud y no se separa de él ni un instante. Represión, sublimación, regresión, Eros, Instinto de Muerte, principio del Nirvana, recuerdos filogenéticos, complejo de Edipo, sentido de culpa, Horda primigenia, el id, el ego, el superego… toda esa panoplia de intuiciones freudianas, todos esos cachivaches, todo ese material de derribo, le sirve a Marcuse de argamasa para construir ―mediante un tremebundo cambalache― la argumentación de su tesis: la alquímica destilación de la naturaleza bondadosa del hombre al no existir la escasez (que conduce a la lucha por la existencia). Bien conviene señalar que Marcuse se muestra en ello mucho más freudiano que el mismo Freud, pues lo que este consideró como meras hipótesis de trabajo, son tomadas por Marcuse como incuestionable verdad.
Con toda esa panoplia de «argumentos freudianos» ―pero retorciendo el brazo de Freud para llevarlo hacia donde él cree preciso, para hacerle decir cosas que nunca dijo―nos conduce a esta conclusión gratuita: la «naturaleza» de los instintos es modificable, y Tánatos está subordinado a Eros , así que se abre la posibilidad de que los impulsos destructivos desaparezcan. Esto es, la represión de la sociedad industrial alimenta a Tánatos, pero Eros terminará engulléndole y aparecerá la naturaleza buena del hombre (que hasta entonces había estado como en conserva, reprimida por esos mecanismos freudianos que nunca han mostrado signo alguno de realidad).
Pero como la demostración no le ha llegado a convencer a él siquiera, entonces alega que : La fantasía, el sueño, la imaginación… son los «agujeros» por donde se cuela lo gratificante reprimido de la niñez y de la prehistoria, y por ellos manará la sustancia de la «liberación». Y para remacharlo, después de cantos varios a la unión gratificante de hombre y naturaleza, pasa a ofrecernos la visión que percibe desde su místico estado:
« El Eros órfico transforma el ser: domina la crueldad y la muerte mediante la liberación. Su lenguaje es la canción y su trabajo es el juego. La vida de Narciso es el de la belleza y su existencia es la contemplación.»
Ya tenemos los cimientos de de la nueva civilización: el juego y la belleza. A partir de este momento, reiteradamente, pertinazmente, Marcuse trata de sugestionarnos, trata de convencernos de ello, y habla de la erotización del cuerpo, de las risas, del juego, de la experiencia estética, de la sensualidad, que romperán nuestras cadenas. A fuerza de repetir lo mismo, trata de que lo pongamos de forma permanente en los ojos de nuestra imaginación y que lo demos por bueno. Pero no es otra cosa que mera charlatanería, sin siquiera una sola razón consistente. Estas cosas fueron llamadas filosofía.
A Marcuse el deseo de un paraíso socialista le hace intuir la necesidad del buen salvaje y se lanza con afán a encontrarlo con todas las ocurrencias y marrullerías de que es capaz. Trata de convencernos de que en un mundo sin escasez se dan las condiciones para que emerja una sociedad de ambiente festivo con merienda campestre que aromatiza una exuberante floresta. En ese sinsentido ―porque tal sociedad sería un retorno a la selva―consiste Eros y civilización.
A la vida en una comuna hippie la llamó Marcuse «liberación», pero las comunas han durado lo que dura un suspiro, lo que tarda en aparecer a la palestra la naturaleza del hombre. Una comuna en donde la «enajenación» y la «alienación» estarían ausentes. (¡Cuánto juego han dado esos dos términos en manos de los embaucadores de pensamiento, cuántos mamotretos se han escrito alrededor de esos dos términos hueros!)
Otro día hablaré de El hombre unidimensional, con Marcuse convertido en profeta y odiando a todo el mundo, como cualquier profeta que se precie.
Pequeños confites de estupideces sacras (II)
Rousseau, el padre del «buenismo»
Diderot y d’Alembert, que dirigieron la Enciclopedia en la que participaron todos los grandes personajes de la Ilustración, dieron poca cancha a Rousseau en su elaboración, apenas algunos artículos musicales. De hecho, lleno de resentimiento, rompe con Diderot, Voltaire, Hume, Grimm…, que le habían brindado su amistad y apoyo. Sus escritos más importantes, El contrato social y el Discurso sobre el origen de la desigualdad, presentan serias contradicciones y ciertamente han sido sobrevalorados. Entonces, ¿por qué esa sacralización de su figura?
Esencialmente por la creencia en «el buen salvaje», por pregonar que «el hombre es bueno por naturaleza». Tal creencia ha sido desde entonces aceptada por muchos hombres, y es la base del «buenismo» que impregna las sociedades de Occidente. Pero, ¿contiene tal creencia algo de verdad?
Si se le pregunta a un biólogo, responderá que el hombre es de naturaleza egoísta; si se estudia el comportamiento de las tribus primitivas que aún perduran en muchos lugares del mundo, la conclusión a que se llega es la de que las guerras entre tribus rivales son moneda de uso común, y las luchas entre miembros de la propia tribu causan más muertes que las mordeduras de serpiente; si nos fijamos en la conducta de los niños, es de lo más cruel y egoísta. Se mire por donde se mire el buen salvaje no aparece por ninguna parte.
Psicológicamente, en ese creer en la bondad innata del hombre se esconde un odio feroz. Rousseau aduce que es la sociedad quien corrompe al hombre, que es la desigualdad entre los hombres quien hace a estos perversos. Es la cantinela a favor del Igualitarismo que luego entonarían Marx y Marcuse y tantos otros. Pero la fórmula psicológica que se esconde en ese canto es ésta: «desigualdad igual a injusticia».
Muchos hombres creen que es injusto que otros hombres destaquen en cuanto a fama, poder o riquezas, sienten ante ello un agravio comparativo que se convierte usualmente en odio y resentimiento contra quienes gozan de esa superior posición, así que pretenden rasar: que todos seamos iguales en la posesión y disfrute de esos bienes. «Si no puedes ser superior a los demás, no permitas que nadie sea superior a ti», es la máxima que guía al hombre mediante una complicada imbricación de sentimientos. Así que, con brío, hay que acabar con las instituciones represoras, hay que acabar con la desigualdad, hay que acabar con la perversa sociedad que nos hace malos. Y en ese acabar se encierra el destruir: con odio, para que la destrucción sea eficaz. Destruir a todos los enemigos de la revolución, tal como hicieron Lenin y Robespierre.
Pero en una sociedad igualitaria de tal guisa (como las anunciadas por Rousseau, Marx o Marcuse), sin leyes, sin moral, sin instituciones represoras, ¿qué impediría el abuso de los fuertes sobre los débiles en mucha mayor amplitud que en la sociedad no igualitaria?, ¿quién trabajaría más allá de lo necesario para la mera subsistencia?, ¿quién impediría que las venganzas cobraran su imperio?
La solución la encontró Rousseau: somos buenos por naturaleza, así que en cuanto reine la igualdad saldrá de dentro del hombre su innata bondad y todo será afecto y trabajo desinteresado por la comunidad. Es la misma cantinela de Marx y de Marcuse. Pero esto, psicológicamente, es la mera excusa de quien no sabe qué decir al respecto de las preguntas arriba planteadas y se deja guiar por el deseo. Lo que ocurrirá después no nos importa ahora, que no detenga tu odio destructor lo que «qué ocurrirá después», convéncete de que el paraíso que prometemos es real, luego ya veremos. Tal es el íntimo secreto de la psique de Rousseau, de Marx y Marcuse, carecer de proyecto real y suplir esa carencia con la hipótesis de una naturaleza bonachona que permitirá un paraíso a la medida del deseo de los hombres.
Esa contradicción entre la bondad humana que se afirma, y el odio que se emplea en la acción que debe mostrar esa supuesta verdad, fulge también en la vida de Rousseau. Propugna una educación de los niños basada en el amor, sin castigos, y va entregando al hospicio cada uno de los cinco hijos que tiene con Teresa Levasseur.
De madre calvinista que muere al poco de nacer él, y abandonado por su padre a los 10 años, queda al cuidado de unos tíos y durante dos años trabaja como pupilo en casa de una familia calvinista. Luego es mantenido por Madame de Warens, dama ilustrada que se convierte en su madre y amante. ¿Se precisan más argumentos para intuir en Rousseau un fuerte resentimiento contra las clases superiores que poseen fortuna sin poseer talento?
Pequeños confites de estupideces sacras (I)
La homeopatía y el psicoanálisis no han dado jamás prueba alguna de su poder sanador (más allá del poder que ofrece el efecto placebo), pero ahí siguen, inánimes al desaliento, encandilando aún a una parte significativa de la intelectualidad, ¡y con buenas ganancias de los profesionales que las ejercen!
Pero, claro, el ser humano goza de dos cualidades que nunca han sido debidamente ponderadas: la de la credulidad y la de la estupidez.
Somos crédulos y estúpidos en grado superlativo. Si a ello le añadimos la necesidad y el deseo de curación que tiene el enfermo o el que sufre un desequilibrio mental, la credulidad y la estupidez dichas se acrecientan en ellos, pues el deseo dibuja en la conciencia fantasías dichosas (como la de encontrarse curado) que terminan por suplantar al sentido de la realidad que en esa conciencia habitaba.
A esa suplantación de la realidad por la fantasía que suscita el deseo a través de una creencia, ayuda el que ésta venga envuelta en vistosos ropajes. Por ejemplo, el psicoanálisis freudiano pone en escena un vestuario de tragedia griega:
Complejo de Edipo, complejo de Electra, moral apolínea en lucha contra lo dionisiaco de la sexualidad temprana, horda primitiva, pecado original en forma de trauma infantil…, y, sobre todo, una curación mistérica, una purificación psíquica semejante a la que se producía en los Misterios de Eleusis en la Grecia antigua, una purificación que propicia el nuevo chamán de la tribu, el psicoanalista.
En los creyentes de la homeopatía el ropaje no es muy vistoso, tan solo la guía que proporciona el dicho aquel de su creador Hahnemann, de que lo tóxico en pequeñas dosis sana. Pero lo cierto es que las sustancias homeopáticas solo contienen productos inocuos como la lactosa o el agua. La credulidad humana se encargará del resto, es decir, de que aquello que se toma es curativo.
La estupidez lleva puesto aquí el traje de lo «natural». Un número creyentes cada vez más grande, cree que lo natural sana y lo artificial mata, y se niegan a tomar antibióticos y otros remedios que la ciencia prepara. Pero un simple y objetivo vistazo a la realidad desmiente la verdad que esa creencia en la bondad de lo «natural» afirma poseer:
Natural es que uno se muera, que uno tenga enfermedades, natural era que la mitad de los niños ―en épocas no tan lejanas― muriesen al nacer de parto natural; naturales fueron las pestes y plagas que periódicamente asolaban y diezmaban Europa cuando no existían remedios artificiales.
En fin, he puesto el ejemplo de dos grandes estupideces que han sido sacralizadas, a las que una parte significativa de la intelectualidad rinde pleitesía; pero ¡que nadie se alarme!: la estupidez humana es un ave que anida con preferencia en los árboles más elevados.
Libro de ensayos acerca del comportamiento humano
Sinopsis
Ésta es una obra que incluye distintos ensayos acerca de los principales factores que rigen la conducta humana: qué factores son estos, cuál es su origen y su singular cometido, cómo se imbrican, influyen y enredan los unos con los otros… A tales preguntas trata de dar respuesta este libro, y a tal fin se analizan el instinto de poder o prominencia y la acción de los deseos y los sentimientos en los más variados comportamientos humanos. Pero, también, y como factor principal, se analiza el imperio que en la conciencia de cada individuo establecen sus singulares creencias. Las creencias dotan al hombre de una perspectiva, de unos particulares anteojos a través de los cuales mirar el mundo, pero también aportan los criterios para juzgarlo. Las creencias construyen en la conciencia de cada cual ilusiones a la medida de su temor y de sus deseos, y colocan en su horizonte imaginativo la conveniencia a conseguir. El comportamiento humano se cifra en esas complejas influencias.
ÍNDICE
- La evolución de la mente
- Lo pasional
- Instintos
- El deseo
- Funcionalidad de las emociones
- El temor y el miedo
- Los sentimientos
- Creencias mágicas y religiosas
- Las creencias en el grupo
- Las creencias
- Moral, instinto y orden social
- Moral, sociedad e historia
- Hegel y Marx
- El psicoanálisis
- Marcuse
- El «buenismo»
LA VERGÜENZA (II)
Sigo a partir de lo expuesto en la entrada anterior, LA VERGÜENZA (I).
La timidez, el pudor, el sentimiento del ridículo son las formas de esa vergüenza expuesta. Es la timidez una turbación sentida frente a extraños o ante quienes se carece de confianza. Un caso especial de timidez aparece a causa de la mirada del «otro».
El pudor también se debe a la presencia del «otro» y a su mirada, pero se trata de una mirada que nos desnuda. Deseamos ser percibidos con cualidades honrosas, dignos, sobre lo alto de un pedestal, así que intentamos ocultar nuestras flaquezas, nuestras miserias, nuestro cuerpo a los ojos de los demás. El temor al juicio ajeno se refiere aquí a lo que mostramos.
Que un comportamiento ha resultado poco digno se suele manifestar mediante el sentimiento del ridículo, que es una vergüenza en peligro de extinción, promoviéndose en el día de hoy su desaparición por inservible y perniciosa: «últimamente se ha perdido el sentido del ridículo», se dice. Este sentimiento se manifiesta al realizar un acto que resulta fallido y poco honroso, como resbalar y caer aparatosamente en un charco, quedarse sin habla en un acto público[i], derrumbar un grupo de latas apiladas en un supermercado… No se trata tanto aquí del temor al posible juicio negativo que los demás muestren ante el fallo que hemos cometido, sino del miedo inducido por la certidumbre de que es así, por la certeza de que esa posibilidad ha ocurrido. No nos cabe duda de que nuestra acción ha resultado fallida. José Antonio Jaúregui, en su libro Cerebro y Emociones, manifiesta de forma acertada la singularidad de este sentimiento:
Cuando se desencadena el mecanismo del ridículo se desencadena al mismo tiempo la vergüenza, pero no siempre ocurre al revés. Un marido sorprendido pegando a su mujer es castigado con la sensación de vergüenza, pero no con la del ridículo. Un marido sorprendido recibiendo una paliza de su mujer es penalizado con la vergüenza y el ridículo.
Pero existe otro tipo de vergüenza por la que se suele pagar un alto tributo. El Diccionario de uso de María Moliner lo define de esta manera: «Sentimiento penoso de pérdida de dignidad por alguna falta cometida por uno mismo o por persona con quien uno está ligado, o por una humillación o un insulto sufridos.» En un ámbito social en donde todos se conocen, conduce a menudo al desastre. El hijo que roba, la joven que ha quedado embarazada de un desconocido, el padre de familia que ha sido objeto de mofa en público, quien ha realizado una estafa en la empresa en que trabaja, la mujer que ha sido descubierta engañando al marido… En todos los casos, el sujeto y toda su familia sufren rebaja en la altura de su pedestal social: una pérdida de honra, buen nombre, dignidad, confianza. La acción vergonzosa puede seguir produciendo sus efectos toda la vida del individuo; dichos sucesos no prescriben moralmente, se mantienen latentes, callados, pero prestamente pueden ser recordados, utilizados contra quien los cometió. De ahí que en esos ámbitos en que tal vergüenza adquiere los tintes señalados, resultan primordiales los comportamientos que eviten los hechos que se reprueban; resulta primordial mantener incólume la dignidad y la honra, el juicio favorable del ojo ajeno. Aún se conoce otro tipo de vergüenza, con el sentido de diligencia para preservar la dignidad que tanto se estima. Produce los comportamientos debidos por «el qué dirán». Una hija de ella es la llamada vergüenza torera. Más que sentir vergüenza, el sujeto percibe lo vergonzoso y lo evita.
En cualquier caso, como es fácil de ver, la vergüenza resulta aliada de la moral, o más propiamente, la vergüenza es el principal instrumento coercitivo de la moral. La vergüenza como constreñidora de los instintos por temor al ojo ajeno. La vergüenza como reguladora de la conducta humana. Y podemos extender esa acción más allá de la vergüenza: los sentimientos en general, como instrumento principal de la acción moral, incluso: los sentimientos como raíces de la moral, como sustancias vitales de la moral, como naturaleza moral del hombre. Los sentimientos, parte de la naturaleza humana, con la utilidad para lidiar un compromiso entre la necesidad de competir y de cooperar, de un compromiso entre la búsqueda de prominencia y de juicio social favorable. Tratan de conciliar las necesidades de dominio y de estima social, de pulsión a sobresalir y de temor al ojo ajeno. Producen conductas adecuadas al equilibrio entre esos impulsos.
[i] Recuerdo mi asistencia como espectador a la lectura de una tesina en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Barcelona. El título de la tesina era El pecado según San Jerónimo. Subió el sujeto al estrado, miró al público y al jurado, se detuvo, apoyó su mano derecha en la mesa, bajó lo ojos… y así hasta que pasaron diez minutos de reloj, sin pronunciar palabra alguna. Hasta que el director de su tesina le vino a disculpar por su ofuscación. El miedo lo había mantenido paralizado.
