Destrucción, Populismo y Brexit

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  2. Hoy, el impulso a destruir impera en muchos jóvenes. Acostumbrados al buen vivir y a los derechos gratuitos, sin responsabilidades de algún tipo, no saben qué hacer con una libertad que les pesa como una losa; pocos buscan, la mayoría esperan que se les dé sin la molestia de tener que buscar; muchos de ellos carecen de propósitos y esperanzas; lo desean todo sin esfuerzo y todo les parece insuficiente; así que la vieja y fracasada fórmula del igualitarismo, de esquilmar a los ricos, de envidia y resentimiento contra los que destacan socialmente, resuena en sus oídos con fuerza, sintoniza sus conciencias y encauza sus pasiones a la destrucción del orden social existente. Esta clase destructora que hoy surge no es una clase económica, sino que la integran los que poseen niveles semejantes de resentimiento social, de falta de esperanza, de incapacidad para elaborar proyectos, y la integran también aquellos que presentan contra la cultura en la que viven niveles de odio parecido. Hoy estas gentes, jóvenes principalmente, como en mayo del 68, en época de iniciación guerrera, se rebelan contra la generación anterior, rechazan la cultura y los valores en que se han criado, rechazan el esfuerzo y la responsabilidad individual, y esperan el prodigio del maná caído del cielo y la apertura de un paraíso que maravillosamente aparecerá y les traerá la buenaventura eterna. Hoy, muchos de ellos forman parte del Populismo, un rebaño ciego que espera un aprisco cálido y un pesebre bien lleno sin necesidad de realizar esfuerzo alguno para lograrlo.
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  4. Hay quienes se extrañan de la sintonía que muestra el Populismo español con una buena parte del mundo islámico. Aquellos y estos manifiestan intenciones de destruir libertades, de destruir la democracia representativa, de destruir los tradicionales valores de Occidente, de destruir a Israel, y unos y otros se aparejan en odio. No resulta extraña tal sintonía. De ahí surge ese silencio alarmante del feminismo radical populista ante la ausencia de derechos de la mujer o de los homosexuales en el mundo musulmán; de ahí los esfuerzos que realiza el Populismo para justificar el terrorismo palestino; de ahí la amistad que une al Populismo de Podemos con  el régimen teocrático de Irán; de ahí la política de acogida que dirige el Populismo a todos los musulmanes que recalan en España. Están unidos por el ansia de destrucción. De su alianza solo se puede esperar la miseria y una vuelta a las cavernas de la civilización. ¡Y se llaman a sí mismos progresistas! Mayor dislate no cabe. Barbarie=progresismo. Esa es la nueva fórmula.
  5. Cuando la socialdemocracia alemana consiguió llegar al poder tras de la Primera Guerra Mundial, sus dirigentes, impregnados hasta la médula de ideas revolucionarias y de alcanzar una pretendida justicia social pero sin una sola idea de qué construir ni de cómo construir, se hicieron esta rotunda pregunta: ¿Y ahora qué? El que no encontraran una respuesta adecuada, motivo la llegada del nazismo. El triunfo del Brexit ha conmocionado Europa, aunque nos ha salvado del avance del populismo español, travestido como un camaleón de ropajes engañosos, que conmociona a España. ¿Y ahora qué?, nos preguntamos todos.
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  7. El Brexit es entendible. Los británicos son un pueblo con gran apego a sus tradiciones y libertades. En el siglo XVII el parlamento inglés se levantó en armas contra su monarca y le cortó la cabeza. En Londres se proclamó la carta de derechos y libertades de los ingleses, The Bill of Rights, de la que tan orgullosos se han mostrado siempre. En 1801 se celebró el primer censo de población en el Reino Unido y muchos de sus ciudadanos se rasgaron las vestiduras por considerarlo un atentado a sus libertades. Un pueblo tan amante de sus tradiciones, su democracia y sus libertades, no puede dejar de sentirse preocupado por las amenazas que se ciernen sobre estos valores. Por el hecho de que Londres haya dejado de ser inglesa; por el hecho de que el crecimiento de la población islámica en Inglaterra sea imparable; por el hecho de que un 45% de los jóvenes musulmanes que viven en el Reino Unido muestren simpatías por el terrorismo islámico; por el hecho de que Europa ejerza un fuerte control sobre sus libertades. Se separan porque Europa se ha rendido a un relativismo cultural y de valores que equipara, sin sonrojo alguno por su parte, la Shariah con la Carta de los Derechos Humanos. Se separan porque el clima moral reinante en Europa, un clima de buenismo institucionalizado y de populismo igualitarista en el Sur, conduce a medio plazo al desastre cultural y económico y a la destrucción de los valores tradicionales. Los ingleses huyen de Europa porque temen hundirse con ella. Pero tal hecho no tiene porqué ser una catástrofe. Por su cercanía y supeditación a EEUU (a sus antiguas colonias), el reino Unido ha sido siempre una china en el zapato de Europa. Podemos salir reforzados de su separación. Para ello hacen falta ajustes de laboriosidad y gasto en el Sur y una defensa de lo propio contra las huestes que amenazan nuestros valores, derechos, democracia y libertades.
  8. He de reconocer que en los anteriores puntos solo aparece una parte de verdad, aquella que me parece más preocupante; y que es posible mirar las cosas –también con sensatez—desde otro punto de vista no tan negativo, pero España y Europa no están para medias tintas, y, a mi entender, es preferible resaltar los peligros que esconderlos bajo la sucia alfombra de lo políticamente correcto.

Me tomo unas vacaciones de verano y cierro este Blog, provisionalmente, a entradas nuevas. Un saludo a todos.

 

 

Ideas que cambiaron el mundo

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Las ideas que han ido cambiando el mundo de las relaciones sociales con más ímpetu no han sido ideas profundas y ni siquiera son las que nos cuentan. De manera típica han sido ideas simples conducidas por deseos, obsesiones e intereses, y a las que el predicamento social alcanzado hizo grandes. Mediante esas pequeñas ideas se encauzaron las pasiones de las gentes –y en eso reside su virtud—a propósitos que parecían ilusionantes y liberadores.

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La idea de Karl Marx de que el tren de la historia traería de manera inexorable el paraíso comunista (idea sustentada en la fe en esa chistera de prestidigitador llamada Materialismo dialéctico, de la que el marxismo saca indistintamente un conejo o un elefante), agavilló el resentimiento de los más menesterosos, germinó ilusiones en sus conciencias, y les señaló el norte de derribar el orden social establecido.

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Otra idea aún más exitosa fue la idea que condujo al Capitalismo. Fue formulada por Adam Smith, que estaba imbuido de la idea calvinista de la Predestinación y de la Soberanía de Dios, y viene a decir que los hombres son egoístas por naturaleza, así que conviene dejar que se comporten egoístamente en lo económico, pues la mano de Dios, que todo lo gobierna, les impulsará a conseguir de forma inconsciente el mayor bien posible para la comunidad. La mano de Dios viene representada por el mercado. Si a tal idea le añadimos otra idea calvinista, la que argumenta que el éxito en la vida es signo de estar poseído por la Gracia divina, nos explicamos la carrera hacia el éxito que se produjo en el comercio, en las finanzas, o en cualquier otra actividad social en el Reino Unido durante los siglos XVIII y XIX. Y nos explicamos también, en términos comparativos, la miseria y la opulencia que genera la idea del capitalismo.

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Una idea mucho más simple que éstas se halla actualmente en la cresta de la ola. Fue Rousseau –cuya vida e ideas presentan grandes incoherencias—el padre de la criatura. En esencia dice que ‘el hombre es bueno por naturaleza’, cosa que no resiste el más ligero análisis pero que empapó las utopías liberadoras hasta Habermas y Marcuse, que se quiso plasmar en lo que se denominó ‘el nuevo hombre soviético’, y que boga viento en popa en el ‘buenismo’ social.

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En muchas ocasiones ‘la idea’ ha sido presentada con el apoyo de ‘la voz de Dios’. La alucinación de Pablo de Tarso en su viaje a Damasco, viendo el resplandor de Dios y oyendo su voz (se conjetura que San Pablo era epiléptico), fue la causante de que el cristianismo –hasta entonces una religión exclusivamente judía—se extendiese a todo el Imperio Romano, pues Pablo era ciudadano romano. La prédica cristiana, amoldada a las ideas del de Tarso, percutió a partir de entonces en el corazón de los más míseros del imperio. Nada menos que ofrecía el inmediato fin de los tiempos y aparecer, resucitado, a la derecha del Padre.

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Juana de Arco también escuchó la voz de Dios, y dando, con su vigor y su fe, el ánimo y el orgullo a la nobleza y al pueblo francés, a los 17 años encabezó el ejército que expulsó a los odiados ingleses de Francia.

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En un maniaco cabo austriaco la voz de Dios se transformó en la voz de la raza. Apenas había en Hitler otra cosa que la presunción de la superioridad racial del pueblo alemán, pero una larga tradición germana en ese sentido –en la cual destacaba Prusia—, unida a la humillante derrota sufrida en la Gran Guerra y al cataclismo de la República de Weimar, hizo posible que sus ideas raciales calaran en la población. Aportaban orgullo, señalaban a los judíos como culpables de su desgracia, y prometían grandeza imperial. Pero sus ramplonas ideas condujeron a Alemania y a Europa al descarrilamiento. Valga como ejemplo de que las ideas más simples o más peregrinas pueden enseñorearse de la conciencia y del corazón de las gentes si encuentran el clima moral y cultural apropiado para crecer.
En todos los grandes Mesías –grandes paranoicos—la idea se convierte en una deidad a la que hay que adorar, y en cuyo altar se celebran y se convierten en lícitos todos los sacrificios. Los Mesías se encadenan a una idea y encadenan también al pueblo al que quieren salvar. La idea actúa como una luz con la que se columbra a lo lejos un mundo nuevo; actúa como un símbolo hipnotizador o como una campana tocando a rebato a la población. Bajo su estandarte todos los crímenes están justificados.

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La democracia, la libertad, la vida, se han ofrecido impunemente en el altar del comunismo. La tan celebrada Revolución soviética de Octubre no fue otra cosa que una revuelta armada contra el gobierno socialdemócrata de Kerensky. La idea del comunismo desembocó en millones de ajusticiamientos y de una represión de libertades y una infusión de miedo a la población como pocas veces se había dado en la historia. El Gran Salto Adelante, dirigido por Mao en China, trajo casi 40 millones de personas muertas de hambre. A Mao se le ocurrió la idea de producir acero en cada casa de agricultor, por lo que debían abandonar la agricultura. En Camboya, el comunismo maoísta tuvo la idea de implantar un sistema totalmente agrario, evacuando las ciudades y destruyendo la civilización urbana. El resultado fueron casi dos millones de camboyano asesinados.

Recordemos a Robespierre y su idea de la República como bien absoluto. Ante ella todo debía doblegarse y cualquier asesinato estaba justificado. Todo era válido para el propósito de República: dar un golpe de Estado, declarar la guerra a media Europa, instaurar la nueva religión del Ser Supremo, y guillotinar a todo aquel que dudase.
En estos últimos casos no es la voz de Dios ni la voz de la raza quienes aportan argumentos y fuerza a la ‘idea’, sino otra deidad, la voz del pueblo. Esa voz es la que sirve para legitimar todo tipo de tropelías, desmanes, asesinatos y represiones. Con su ayuda se pretende instaurar el totalitarismo.
Para alucinar a las masas, los mesías de la idea no tienen que ofrecer razones, sino levantar sentimientos, y, si acaso, engañar convincentemente prometiendo un paraíso. Contra la ingenua creencia de los filósofos de cualquier época, la razón ha dicho poca cosa en la germinación de los acontecimientos sociales e históricos. A la res humana en su aprisco solo la mueve las alucinaciones, los deseos y los sentimientos.

OJOS PARA VER

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Tenemos los ojos para ver, el corazón para sentir (metafóricamente hablando), la inteligencia para relacionar conceptos, y la sabiduría para descubrir la conveniencia que nos ofrecen los hechos y las cosas. De entre todas estas capacidades nombradas, la sabiduría es la más rara –escasa—entre nosotros, la que menos abunda. De hecho es tan rara que no conozco que se haya hecho un estudio de ella en ningún ámbito académico. Posiblemente haya millones de estudios sobre la percepción, sobre los sentimientos, sobre la inteligencia, pero ni uno solo sobre la sabiduría. Ni siquiera creo que esté bien determinada su definición. Pero sabemos que la persona sabia es aquella que sabe escoger fácilmente el camino que le conviene en la vida, el camino que mejor se adecúa a sus circunstancias en busca de encontrar una parcela de felicidad o de ausencia de sufrimiento.

En Occidente, hoy en día, el corazón se ha puesto de moda. La compasión, la piedad, la conmiseración, la vergüenza, la culpa, los sentimientos que en parte regulan nuestra relación social prescriben hoy nuestra moral e incluso el espíritu de nuestras leyes. Sobremanera la compasión, que ha devenido en sentimiento radical de nuestra conducta social.

Pero, ¿es bueno que el corazón domine nuestro comportamiento? Desde luego que no. Si la inteligencia casi que está desahuciada en nuestras relaciones con los demás, y la sabiduría para con estos temas brilla por su ausencia, dejar al corazón como guía rector puede llevarnos al abismo a la vuelta de la esquina. De este asunto quiero hoy tratar, y me serviré para ello de un ejemplo de rabiosa actualidad.

  • Occidente está hoy rendido a una ética promovida en buena medida por el sentimiento de la compasión. Una compasión que nos rodea, que nos obliga, que está de moda; de la compasión hiperextendida a todos aquellos que sufren y pasan miserias; extendida a los animales e incluso a las plantas; una compasión universalizada.
  • Sin embargo, las relaciones humanas básicas siempre han tenido como rector un principio que emana de la entente que establece la naturaleza egoísta de uno en conflicto con la naturaleza egoísta de los demás: el Principio de Reciprocidad. Yo te doy, te auxilio, te presto…, para que tú me des, me auxilies, me prestes… en igual medida en el futuro. Si no se devuelve la ayuda, la donación, el auxilio, queda el que dio o ayudó agraviado; lo cual es motivo de conflicto o de rotura de la relación entre uno y otro.
  • Algo semejante ocurre en la cooperación. Entre los individuos cooperantes se establece el pacto tácito de considerar justo un reparto de beneficios que sea proporcional a la labor que realizó cada cooperante (la parte del beneficio total que se debe a su labor). Tal es la forma que adquiere el Principio de Reciprocidad en la simple cooperación social. Cuando se trata de una propiedad comunal, tal principio sirve y ha servido para regular la cooperación; y, aunque se altera y se desvirtúa cuando aparece por medio la propiedad privada, parece tan adecuado para las relaciones de cooperación, ayuda o  auxilio, que todos venimos a considerarlo de justicia.
  • Cuando la relación de cooperación, ayuda o auxilio no se atiene al dicho principio de Reciprocidad, aparecen lo que se denominan comportamientos egoístas y altruistas. Objetivamente, en ese tipo de relaciones, el comportamiento egoísta es aquel en el que un sujeto percibe en mayor cantidad de lo que le corresponde en justicia (ateniéndose a la reciprocidad debida); mientras que el comportamiento altruista es aquel en que uno aporta o da más de lo que en justicia le corresponde dar. En un extremo se encuentra el comportamiento parasitario: cuando uno no da ni aporta pero recibe de los bienes de los demás. El parásito parasita a aquellos de quienes recibe.
  • Situémonos en la realidad: En toda sociedad conviven gentes de comportamiento altruista con otros de comportamiento egoísta, con parásitos sociales. Lo que llama la atención es que, desde el punto de vista objetivo con que he definido esos conceptos, muy pocas veces el objetivamente egoísta o el objetivamente altruista son señalados como tales, sino que, muy frecuentemente, una parte importante de la sociedad les asigna los papeles inversos, cambiados. Muy frecuentemente, quien hace alarde de altruismo es, de manera objetiva, un egoísta social; mientras que el señalado como egoísta resulta ser netamente altruista.
  • Por ejemplo, el individuo con arte para escabullirse de trabajar y vivir de subsidios y cambalaches, suele llamar egoístas y explotadores a todos los laborantes y suele aparecer dibujado socialmente como un altruista que busca el bien general, pero, objetivamente, no es otra cosa que un egoísta e incluso un parásito social que medra a costa de los demás. Este tipo de gente se especialista en pedir y en recibir gratuitamente todo tipo de derechos para él sin aportar nada a cambio.
  • Esto nos lleva a otro apartado, al de que los derechos sociales de que disfrutamos todos no son gratuitos. Los derechos que disfruta el parásito provienen de la diferencia entre lo que aportan a la comunidad los altruistas y lo que a cambio reciben de ella.
  • Volvamos a la compasión y a la dramática situación de la corriente migratoria hacia Europa. La compasión se ha puesto de moda y cuando algo está de moda todos quieren subirse a su carro y reprobar a quienes son reticentes a subirse. Leo en las redes sociales que han surgido en Europa cientos de miles de ciudadanos dispuestos a acoger en sus casas a inmigrantes islámicos. (Conviene hacer alguna puntualización: 1.-parece ser que los de procedencia siria que llaman a las puertas de Europa apenas representan un 30% del total; 2.-hemos de suponer que el ofrecimiento de acogida que se efectúa es gratuito, sin recibir remuneración del Estado por ello). Me jugaría una taba a que, si esa acogida por parte de particulares se produjese, no pasaría una semana sin que una mayoría de los anfitriones no estuviesen arrepentidos. Piense el lector en convivir con inquilinos que dan muestras del machismo trasnochado que se producían en España hace un siglo; con inquilinos con usos y costumbres sociales que chocan de frente con los nuestros; con inquilinos cuya religión es contraria a las libertades y a la democracia.
  • En todo caso, piense el lector ¿hasta qué grado está dispuesto a ejercer su compasión con los dolientes y necesitados del mundo?, ¿hasta el grado de perder por ello gran parte de sus propios derechos, e incluso hasta el grado de convertir nuestra sociedad en un escenario de confrontación de culturas y religiones, e incluso hasta la posible pérdida de nuestra democracia y nuestras libertades?, ¿o solo hasta el grado de que nuestro sacrificio compasivo no altere sustancialmente nuestros derechos, riquezas y libertades, y que, en compensación, sirva para aliviar nuestra conciencia? Porque dependiendo del grado de compasión que estemos dispuestos a ofrecer –si somos conscientes de nuestros actos y de las consecuencias que acarrean—a los refugiados, será mayor o menos la amenaza de desestabilización social que traerá consigo.
  • Naturalmente que se ha de atender humanitariamente, con alimentación, sanidad, enseñanza y cobijo, a los cientos de miles de desplazados por la guerra en Siria, pero otra cosa distinta es la pretensión de algunos –tal  vez sintiéndose responsables de todas las desgracias del mundo—de exigir a España y a Europa que se reparen esas desgracias y que se otorgue a todo el mundo nuestros derechos y libertades a costa de nuestros bolsillos.
  • Porque lo que está demandando esa ola compasiva que recorre Europa –sin un claro juicio, tan solo utilizando el corazón—con sus exigencias de libre entrada y derechos a la carta para todo emigrante, es ni más ni menos que el desmantelamiento de nuestra civilización. Porque, que a nadie le quepa la menor duda: si Europa abre sus puertas y acoge sin reticencias a todo el que quiera venir a ella, toda África, todo Oriente Medio y la mitad de Iberoamérica plantarían sus reales en el viejo Continente.
  • ¿Estamos dispuestos a pechar con las consecuencias que tal hecho traería consigo?, ¿estaría usted dispuesto?
    • ¿Estaría dispuesto a que España tuviese que aumentar drásticamente su deuda y disminuir hasta niveles de espanto los derechos de sus ciudadanos para mantener a una abultada población emigrante que actuaría de parásito al no haber trabajo?
    • ¿Estaría dispuesto a afrontar los conflictos religiosos y culturales que se derivarían de ello (en Alemania y Francia la política de integración basada en la multiculturalidad ha demostrado ser un fracaso, y la población en paro en esos países es muy mayoritariamente musulmana de segunda o tercera generación en Europa. Por lo general, esos musulmanes rechazan los valores occidentales y su cultura, encerrándose en su grupo?
    • En encuestas recientes del Reino Unido, casi la mitad de los jóvenes musulmanes apoyan moralmente al DAESH, ¿estaría usted dispuesto a convivir con tal amenaza?
    • Otro problema, la libertad y la democracia es algo extraño al Islam, sólo en Turquía e Indonesia se puede hablar de democracia (y con graves y grandiosas restricciones). En Egipto, Argelia, Sudán, las elecciones democráticas sirvieron para imponer la ley coránica como ordenamiento jurídico y acabar con la democracia. No es extraño que en ciertas regiones europeas el islamismo se haga mayoritario y, tal como ocurre en todos los países islámicos de Oriente Medio, reprima duramente a los no musulmanes, no solo en sus manifestaciones religiosas, sino en sus derechos y libertades. ¿Está usted dispuesto a afrontar estas posibilidades?
    • ¿Aceptaría usted que su permisividad en materia religiosa, cultural y de libertades no fuera, en reciprocidad, correspondida, y que grupos egoístas cada vez más numerosos medrasen a costa de su permanente altruismo hacia ellos?
    • ¿Es mucho pedirle que no sea solo su corazón quien juzgue, que utilice también los ojos, la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, y que actúe en consecuencia de la conveniencia que perciba?

ENMIENDA POLÍTICA

AHORA SE QUEJAN

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Ahora los antiguos barones del socialismo español se quejan de las catastróficas consecuencias que puede traer el hecho de que el PSOE y el populismo podemita caminen de la mano. Ahora el antiguo ministro Corcuera, ahora el antiguo vicepresidente del gobierno español, Alfonso Guerra, ahora Felipe González, ahora Joaquín Leguina, se quejan de la horda asamblearia que dirigida por un mesías bolivariano intenta implantar en España el desastre que Chávez y Maduro implantaron en Venezuela.

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Pero esos ilustres miembros del PSOE  fueron en su día  responsables, por acción u omisión, de que el principal quehacer del partido político al que pertenecen  haya sido insuflar odio contra todos aquellos que no comulgasen con sus ideas políticas; fueron esos mismos barones –o fueron sus compañeros de partido y callaron—los  que propugnaban que se acabara con los símbolos, los mitos, las banderas patrias, con todo aquello tenido hasta entonces como sagrado; fueron ellos los que jalearon a los nacionalismos periféricos con los fatuos eslóganes de la ‘liberación de los pueblos de España’; fueron esos mismos barones los que cooperaron en instaurar un atroz maniqueísmo moral en la sociedad española, un maniqueísmo  que santifica cualquier aberración que cometa la ‘izquierda’ y que señala a la ‘derecha’ como el Mal para cuya destrucción cualquier medio es bueno; fueron ellos –o sus acólitos—los que agitaron los demonios de la guerra civil durante lustros, y levantaron la bandera de la discordia y del enfrentamiento –o asintieron cuando la levantaban sus compañeros; fueron ellos mismos quienes permitieron que su grupo se manifestara reiteradamente  contra la excelencia y el mérito y a favor de primar la mediocridad y de esquilmar y expoliar a los emprendedores. Ahora, ¿de qué se quejan?

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Ellos y su grupo político son quienes acunaron y amamantaron el populismo de Podemos. Ellos insuflaron ese odio que hoy luce en el rostro de la horda podemita. Bueno, tal vez no se quejen de que se haya descarriado ese rebaño que alimentaron con un pesebre bien lleno de derechos, prebendas y gratuidades, sino que las reses hayan cambiado de pastor. Pensaban que la grey estaba a buen recaudo en su redil, sin sospechar que la cabra joven siempre tira al monte, y más cuando tiene un nuevo pastor que le gusta caminar por cerros y bordear precipicios.

 

El  nacionalismo en sus esencias

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El nacionalismo es un retorno a lo tribal. Todas las características tribales son reconocibles en él.

  1. La asunción en la conciencia nacionalista de una clara división de las categorías ‘nosotros’ y ‘ellos’.
  2. La utilización de argumentos legitimadores basados en la defensa del territorio o de la lengua.
  3. La formación de mitos acerca de héroes y hazañas que construyeron una patria impoluta en el pasado.
  4. La tergiversación de la historia mediante la proclamación de supuestos agravios históricos contra la sagrada nación.
  5. La creación de un enemigo contra quien encauzar el odio y el resentimiento nacionalista, lo cual produce cohesión nacional.
  6. La imposición de una moral maniquea, de buenos y malos, que excluye y culpabiliza a quienes no hacen gala de fe nacionalista.
  7. La formación de un fanático rebaño nacionalista que repruebe y coacciones a los discrepantes.
  8. La existencia de líderes que antepongan la nación a toda otra consideración como la familia, el trabajo etc.
  9. El establecimiento de un totalitarismo cultural e ideológico y la represión de la cultura y de las libertades del enemigo o del no nacionalista.
  10. La sacralización de la nación, esto es, el elevarla a los altares de la pureza y de la grandeza de sus valores y méritos.
  11. La reivindicación de otros territorios como propios.

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Todos estos puntos se pueden aplicar de igual manera a la Alemania nazi, a la Italia fascista o al nacionalismo vasco o catalán. Los mitos de razas, valores, supuestos imperios, de impolutas patrias originarias… fueron creados en todas esas naciones de manera y funcionalidad semejante. Pero pasemos a otras esencias.

No es que el nacionalismo sea algo nuevo, pero su ebullición actual tiene que ver con la Globalización. El nacionalista percibe que sus valores tradicionales se diluyen por el avance de formas culturales nuevas que les parecen extrañas, y que sus raíces se están perdiendo, y sienten por ello malestar, así que se vuelven hacia lo propio y lo magnifican. A ello (me refiero ahora a Cataluña y el País Vasco) se añade que su orgullo de ‘residentes’, de creerse superiores a los ‘intrusos’ emigrantes, se resquebraja. Como resultado, retornan al huevo-matriz nacionalista, buscando su calidez y pintándolo de los bellos colores de un supuesto pasado glorioso que volverá con el auge de la nación.

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En el caso catalán, la fuerza que les suministra ese ensimismamiento les hace creer factible el digerir lo extraño (a los intrusos castellano-parlantes, a los musulmanes…) y transformarlo en propio; esto es, asimilarlo mediante el elemento conversor de eliminar su lengua y hacer que adquieran la catalana. El origen primero y principal del nacionalismo catalán, que fue el desprecio hacia lo español por considerarlo inferior, adquiere ahora otras pretensiones, como la de engullir y digerir lo extraño bajo la condición de hacerle renegar de sus raíces, de sus valores, de su lengua, y acomodarlo a la lengua, costumbres y valores supuestamente catalanes. Sométete a nosotros y serás uno de los nuestros, dice el nacionalismo catalán a los intrusos. A partir de ahora nosotros seremos los rectores de esta sacrosanta nación.

Y para conseguir la reconversión vale cualquier medio y cualquier artimaña: prohibir el uso de la lengua materna de los intrusos, la reprobación social, la discriminación institucional, la amenaza…

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El fanatismo nacionalista llega hasta grados extremos. Por ejemplo, el de inventarse una lengua o resucitarla y quererla imponer a todos los ciudadanos en sustitución de la suya. En el País Vasco se hizo un refrito de dialectos que sólo hablaba un 5 % de la población en algunos valles dispersos, y esa lengua se impuso a todos los ciudadanos. Más grave aún es el caso de la llamada fabla aragonesa. En unos pocos valles de los pirineos se hablaron en siglos pasados unas formas dialectales que poco tenían que ver entre sí y que a lo sumo afectaba a unos pocos miles de personas encerradas entre montañas. Hace ya más de un siglo que dejaron de utilizarse. Pues han salido unos pocos nacionalistas que han hecho un incongruente popurrí con todo ello y pretenden que todo aragonés lo aprenda y utilice. Tal cosa no ha existido nunca como lengua, pero eso no les importa, ya que la estupidez política ha hecho posible que se haya creado una academia de la fabla, que se den premios literarios, que se creen consejerías, direcciones generales, profesores, etc. Este tipo de disparates es propio del nacionalismo. Los nacionalistas uzbekos y kazakos, una vez cayó el muro, se metieron en las bibliotecas para descubrir lenguas y culturas históricas que para la inmensa mayoría de esas poblaciones son adquisiciones nuevas.

El nacionalismo es disgregador y pretende romper el principio de reconocimiento social y político en la igualdad para todos los habitantes de una región. Esa es una de sus perversiones. Ya he nombrado otras: totalitarismo, coacción a la libertad etc.

Si los nacionalismos europeos surgieron en el XIX, durante la transición de los distintos países a la sociedad industrial, y como reacción a ella, estos nacionalismos de nuevo cuñó crecen como reacción a la sociedad de la Globalización. Pero resultan más absurdos  que los anteriores, pues sus motivaciones no provienen de discriminación ni malestar social o económico alguno; y son en potencia más dañinos porque tienen mucho más por destruir.

Nazismo y Comunismo

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Han sido las dos grandes plagas que el dios de las ideologías lanzó sobre el siglo XX. Se acogen a doctrinas radicalmente distintas, lo que les da diferente apariencia, pero sus razones íntimas y el que en ambas se sacrifiquen  los medios al fin hace que en la práctica sean  dos caras contrapuestas de una misma moneda, la del totalitarismo.

Mucho más que de lo ideológico, ambos movimientos adquieren su fuerza del agravio, la miseria y el resentimiento realzados por la Gran Guerra.

El nazismo antepone a toda consideración el instinto tribal y la confianza ciega en el líder.  La raza y el territorio son los elementos que delimitan y determinan su ‘nosotros’; en cambio, en el  comunismo el ‘nosotros’ es la clase proletaria, la clase de los agraviados y de los resentidos contra el orden social y económico existentes. Por lo demás, en ambos, el enemigo es el resto.

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El nazismo es orgullo de raza e instinto tribal de fuerza y prominencia sobre cualquier otra tribu. Sentirse raza elegida, raza aristocrática que reclama su eminencia y que se cohesiona en el líder. El nazismo es, pues, un retorno a los orígenes tribales de la humanidad. Para con los demás, la fuerza hace el derecho.

El comunismo se escuda en la débil justificación ética ‘justicia = igualdad’, pero en la praxis trata de imponer la igualdad de estatus social y económico mediante la fuerza de la masa proletaria y su violencia. Rasar a la fuerza: también de la fuerza nace su derecho.

Nazismo y comunismo supeditan cualquier medio al fin propuesto: a la fuerza de la tribu y al desarrollo del supuesto paraíso socialista, respectivamente. De ahí que tanto para el uno como para el otro la democracia sea un medio prescindible para conseguir su fin. De ahí, por tanto, que la consecuencia final sea la imposición de un sistema totalitario.

Además, ni para el comunismo ni para el nazismo la democracia es factible por otras razones. El nazismo tiene necesidad de un líder poderoso en quien confiar y a quien seguir, necesita una sola voluntad que cohesione la tribu; por esa razón es incompatible con la democracia, ya que ésta implica división y cuestionamiento.

La pretensión del comunismo es rasar, que en estatus social y económico todos sean iguales, y necesita de la represión por dos motivos: para maniatar la superioridad de los más capaces y emprendedores (maniatar y sofocar su instinto), para lograr que la población en general, sin incentivos para el trabajo, se esfuerce. De esa manera el entramado social se convierte en un entramado de cadenas en donde el incentivo de la democracia liberal se sustituye por coacción; y para el mantenimiento de esa coacción sería nefasta la democracia, así que se prescinde de ella.

La solución moral empleada por el nazismo y por el comunismo para sostener sus respectivos sistemas represivos sin democracia real, fue el de acrecentar la represión hasta el grado de hacer de los ciudadanos súbditos y del Jefe un dios; fue la solución de poner en la conciencia de las gentes la imagen de un Estado repleto de perfecciones para quien todo sacrificio de los individuos era poco; y temor: la vigilancia, el ostracismo, el encarcelamiento, el despojo, el fusilamiento. Su supervivencia necesita de la represión social, el miedo siempre genera fervientes conversos. De otro modo ambos sistemas hubieran desaparecido prontamente.

Y se parecen (se puede decir que son idénticos en esto) en los millones de muertos que causaron. Si en uno y otro sistema lo importarte era la tribu o era el establecer el comunismo, los hombres se convierten en marionetas que giran en esa rueda que engrandece a la tribu o trae y sostiene el comunismo, se convierten en medios utilizables para el fin propuesto, y sin gran quebranto se les puede fusilar o masacrar sin gran quebranto.

Así que en ambos sistemas se da una completa deshumanización. En el nazismo y en el comunismo el hombre es un hombre de hojalata.

Pensamientos dispersos al calor del estío

  1. Los más pasionales, los más aguerridos, los que más odian, son siempre la vanguardia de cualquier movimiento. Primeramente arrastran a los indecisos; más tarde, a los pusilánimes.
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  2. ¿Qué pretenden los hombres de las mujeres y viceversa? Qué busca la mujer en el hombre: seguridad; qué busca el hombre en la mujer: belleza; qué admira la mujer en el hombre: la fuerza; qué admira el hombre en la mujer: la dulzura; qué busca la mujer fuera del matrimonio: pasión; qué busca el hombre fuera del matrimonio: sexo; qué reprocha la mujer al hombre en el matrimonio: no ser el ideal buscado; qué reprocha el hombre a la mujer en el matrimonio: que se pase el día reprochando; qué pretende la mujer del hombre: que se someta a su voluntad; qué pretende el hombre de la mujer: que sea el descanso del guerrero.audrey5
  3. Cuando la realidad es penosa la ilusión de otra realidad crece.
  4. La necesidad de esperanza nos hace receptivos a cualquier ilusión.
  5. Un ánimo emocionalmente alterado es un manantial de ilusiones.
  6. La oscuridad se ha convertido en la atmósfera lumínica de la filosofía; el éter es su escenario.
  7. Las creencias nos proporcionan: certezas, conveniencias, previsiones, sentimientos, prejuicios, criterios y perspectivas.
  8. Uno siempre busca justificarse a sí mismo, incluso negar la responsabilidad de sus propios actos; pero en épocas de zozobra, de futuro incierto, de inseguridad, uno busca un enemigo a quien hacer culpable de todo lo que a uno le pasa.
  9. El resentimiento es un flujo prolongado de impotencia.
  10. Rousseau amaba la idea de humanidad, pero odiaba a la humanidad.
  11. El sentimiento de injusticia que padecen algunas gentes es tan enorme que son capaces de poner sus vidas en peligro por una causa que creen que acabará con la injusticia.
  12. Cuanto más fuerte es el odio y el resentimiento que mueven al fanático, más se convence de estar en posesión de la verdad y de que su causa es justa.
  13. ¡Qué ingenuos somos los hombres! Dicen los biólogos que en casi todas las especies son las hembras las que eligen. Los machos se engalanan de colores y plumas, despiden aromas seductores o se presentan con todo tipo de cantos y espectáculos de danza.

De egoísmo, altruismo, Mesías y partidos políticos

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No niego que la filantropía, la compasión, el altruismo, la ayuda al necesitado, no produzcan efectos sociales benéficos y que resulta necesario que se practiquen y deben ser, en ciertas ocasiones y casos, aplaudidos, pero es mi parecer que, oculto o desvelado, todo acto humano es un acto egoísta, aunque su faz venga engalanada con los más bellos colores del altruismo. Y también sostengo que el animal político destaca en lo del egoísmo de conseguir poder, estatus y otros beneficios, aunque asegure laborar abnegadamente por el bienestar de los ciudadanos.

Recientemente se han celebrado en España elecciones a cargos municipales y autonómicos. Las banderas de la pasión se han empezado a agitar en estos comicios que son el preludio de las elecciones generales que vendrán al finalizar el año. En la derecha se ha agitado el miedo a que un cambio de gobierno destruya privilegios, valores y riquezas; en el PSOE, que representa al socialismo moderado, como andan perdidos en el laberinto de autodefinirse y de encontrar qué querer y qué aborrecer, apenas se ha agitado nada; en Podemos, sucursal del pensamiento bolivariano en España, se han agitado el odio y el resentimiento.

Podemos es la nueva máscara del viejo Igualitarismo. Es una máscara hecha con retales de populismo, mesianismo y engaño. Se asemeja más a un movimiento religioso que a un partido político. Tiene a un líder a imagen de Jesucristo; el Jesucristo representado en  los iconos mostrando su bondad a Marta y a María, y mostrando su odio a los mercaderes del templo. Un líder, un Mesías, Pablo Iglesias, que promete un Paraíso Terrenal, una nueva Tierra Prometida: por el hecho de nacer, todo el mundo tiene derecho a todo, basta quitárselo a los ricos: vivienda, 30 horas de trabajo a la semana, jubilación a los 60, paga universal de 600 euros, sanidad y educación gratuitas en todo el amplio espectro de operaciones quirúrgicas y en todo ámbito educativo. ¡La tierra de Jauja de nuevo!

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A él acuden obnubiladas las muchedumbres hambrientas de palabras y esperanzas nuevas, a su silbo acuden, a despeñarse con él si fuera preciso. La muchedumbre airada que no se resigna a haber perdido sus coches y sus vacaciones y sus subvenciones y sus lujos, la muchedumbre que quiere seguir teniendo todos los derechos del mundo solo por haber nacido, que quiere recuperar todos sus privilegios con el mero argumento del deseo de conseguirlo y de la confianza ciega en quien se lo ofrece con voz templada y le asegura que así será si le siguen y le votan y odian a quien no sea de los suyos.

Y para que esa muchedumbre se inflame, el mesías erige altares al viejo dios laico, Papá Estado, ahora remozado con plumas de nuevos colores, que protegerá a las gentes en su andar por el desierto y pondrá remedio a todos los males y extenderá sobre todo hombre y mujer su amplio manto de riquezas y bendiciones sin cuento. Y lo público reinará para siempre por los siglos de los siglos sin agobiar a nadie en el trabajo y todos ricos y felices.

Pero, a menos que el Mesías señalado sea un redomado idiota ―que no lo es―, no puede ignorar que la Tierra Prometida es un espejismo que envenena la imaginación de las gentes y que nunca podrá calmar su sed, y que incluso conduce al abismo; pero sigue adelante con su propósito redentor porque odia mucho, porque está hecho de odio, y porque el poder le ciega. ¡Apañados estamos con él!

Recordemos las palabras de Bertrand Russell:  «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Pues eso.

El País de Jauja y de Todos lo Mismo

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Érase una vez el país que digo, grande o chico, pobre o rico, seco o húmedo. Sus habitantes gozaban de derechos y libertades y tenían un plato lleno en la mesa, así que decían sentirse felices. Pero, al comprobar algunos que la mansión de otros era mayor que la suya y más hermosa, decían también sentirse agraviados e iracundos por esa diferencia.

(Al fin y al cabo lo que provoca disgusto y envidia y resentimiento no es el poco tener, sino el tener menos que los otros).

Para todo zapato siempre hay una china, y para todo descontento popular siempre hay un Conductor que aparece. Y los dos pinchan. La china con sus aristas y el Conductor o líder con sus palabras.

¡Y qué palabras más finas y hermosas decía el Conductor!: Libertad, Derechos, Igualdad, Riquezas… Así que al resentimiento de muchas gentes se le unió la ilusión de alcanzar un mundo feliz. Y estalló la Revolución. Lo hizo con muchas muertes y destrucciones, pero se ganó.

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En los comienzos la gente trabajó muy duro porque tenían la cabeza llena de ilusión. Pero un día un agricultor vio que su vecino salía 3 horas después que él hacia el trabajo y que trabajaba menos. Otro día todos los habitantes de un barrio se apercibieron de que el más protestón y más vago de entre ellos había sido nombrado su jefe directo. A don Lucas, un hombre de gran laboriosidad y grandes ideas que antes de la Revolución había creado dos empresas y muchos puestos de trabajo, le pusieron a sacar aguas fecales y le despojaron de todo.

Para dirigir las dos empresas que don Lucas había creado, pusieron a un imberbe mal encarado que era de fácil gatillo, y con él al mando la producción bajó a un cuarto y la calidad del producto se resintió. Pronto las cerraron.

Las mujeres, que son las primeras que entienden la situación y que son las que a escondidas hacen las grandes revoluciones, dijeron a sus maridos:

―A ti no se te ocurra trabajar más que los que trabajan menos, que luego el reparto es por igual. Además ―dijo una tal Encarnación―, me ha dicho Juanita que los más inútiles y vagos se ríen a espaldas de los que más trabajan.

La autoridad había hablado. La producción del lugar cayó en picado al tiempo que la ilusión se esfumaba. Como las ruedas dentadas del mecanismo de un reloj, todos los trabajadores acoplaron su ritmo y su horario de trabajo al de los más inútiles y vagos.

―Me engañarán en el reparto, dijeron muchos, pero no en el trabajo.

La producción cayó ahora a mínimos. Las averías de la maquinaria, por descuido o por desidia de los operarios, contribuyeron a ello.

El Conductor y sus acólitos examinaron la situación y dictaminaron que el caos se debía al sabotaje que efectuaban algunos elementos contrarrevolucionarios. Entonces comenzaron las purgas de los sospechosos. Las cárceles se llenaron, pero la situación productiva no mejoró.

De un asesor del Conductor surgió una idea brillante que aumentó enormemente la oferta de puestos de trabajo: crear un cuerpo de policía gigantesco que vigilase de cerca a la población para encontrar a los saboteadores y a los enemigos de la Revolución.

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Poco después de eso, la categoría Enemigos de la Revolución estaba en boca de todo el mundo. Los Enemigos eran los culpables del descarrilamiento del país. Si uno era acusado de Enemigo ¡estaba listo!

Todo el mundo empezó a vigilar a todo el mundo. Se emitieron draconianas leyes que limitaban la movilidad de las personas, su privacidad y sus derechos. Cualquiera podía ser detenido sin acusación concreta.

Juanita le dijo de forma tajante a su marido:

―Ni se te ocurra criticar nada ni siquiera abrir la boca en el trabajo, ¡que los hombres sois bastante tontos para eso!

Y aquel mismo día el marido agradeció el consejo o la orden de Juanita y alabó su conocimiento, pues a su compañero Felipe se lo llevaron preso por criticar las nuevas normas en el trabajo.

La ilusión aquella de los comienzos aún permanecía en unos pocos, aunque muy menguada, por cierto. Las bellas palabras revolucionarias ahora sólo producían hartazgo, pero por precaución y miedo se pronunciaban con aparente fervor en los mítines del Conductor, no sea que a uno le acusaran de Enemigo.

La falta de esperanza  pronto produjo desánimo en la población, y se intentó mitigar con la bebida y el baile. Así que la gente empezó a faltar al trabajo alegando males imaginarios, y las máquinas se fueron estropeando o quedando obsoletas, y los muros de las casas se ennegrecieron o se derrumbaron, y los viejos coches dejaron de funcionar, y la escasez de alimentos y otras necesidades llamó a la puerta. Pero quedaba el remedio de la bebida y el baile.

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―Encarnación, mañana estaremos al otro lado de la valla. Mi marido ha sobornado a la gente adecuada.

―Ay, Juanita, me da un poco de pena dejar todo. ¿Cómo nos acogerán al otro lado?, ¿y si nos cogen?

―Déjate de pamplinas Encarna. Hay que salir de esta prisión. Eso de todos iguales aunque en la miseria, no va conmigo. Además, tú eras una entusiasta de la Revolución. Ves a qué nos ha conducido matar a la gallina de los huevos de oro.

―Razón tienes, Juanita. Yo, qué ilusa.

Próximamente

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Por razones varias tengo que abandonar temporalmente la publicación de nuevas entradas en el blog. Todo aquel que quiere cavilar debe retirarse al desierto. A él me retiro con la esperanza de la iluminación y con el propósito de aprender a ser más eficaz en los asuntos que me depare la vida. Dejo como despedida unos consejos, un temor, un buen discurso en video y un poema.

Agradezco su interés a todo el que me haya leído,  y si ha obtenido interés de ello, doblemente lo agradezco. ¡Hasta más vernos!, que espero no sea mucho;¡que los hados nos traigan días de vino y rosas!

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Unos consejos que siempre van bien:

Simplifica el decorado de tus necesidades, en resumen, simplifica tu vida.

Despréndete de lo que solo aporta vanidad.

Evita que te zarandeen las modas

Si tu necesidad afectiva es muy grande, antes de mirar fuera, mira en tu interior.

No te esclavices ni a la amistad.

Organízate, decídete, véncete.

La vida te ha de hacer fuerte. Ese debe ser el primer mandamiento.

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Un temor:

En el año 1085 Alfonso VI de Castilla conquistó Toledo a los árabes. El asceta Abú Muhamma Ibn-Azzad escribió al respecto:

¡Oh gentes de al-Andalus,

Espolead vuestras monturas para partir,

Porque permanecer sería locura!

El manto se desfleca por los bordes,

Pero el de la península se deshace por su centro.

Mi temor es que ahora se desfleque el manto español y europeo por los bordes. Quienes lo están desflecando son dos  populismos redentores, el heredero del marxismo y el nacionalista. Europa se puede desflecar por el borde griego. España se puede desflecar por los bordes catalán y vasco, pero también por el centro, por el populismo de Podemos.

Esos populismos son redentores, prometen un paraíso en caso de conseguir el poder. Catalanes y vascos pintan ilusamente que una vez fuera de España ese paraíso aparecerá de forma automática por lo recio de la personalidad de sus hombres.

Podemos, siguiendo los panfletos marxistas, promete un paraíso en la igualdad. Que nadie destaque, que nadie sea más rico, que nadie tenga más derechos. Rasar. Esa es la acción.

En lo que no difieren los populismos y los nacionalismos en incitar al odio y a la revancha, y en prometer paraísos y proponer soluciones ilusas que siempre han conducido, e inexorablemente conducirán en caso de aplicarse, a la miseria, al totalitarismo y a la disgregación. Todos ellos eluden la propia responsabilidad de su situación y echan las culpas de ella a los demás. Los culpables son siempre los otros.

Ese es mi gran  temor.

 

Magnífico discurso de una parlamentaria de Guatemala

https://www.youtube.com/watch?v=_04ZS7b43eU

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Poema: Ausencia

 

En el destierro de cada hora, pienso:

¿qué hará ella?

¿con qué bálsamo sanará sus heridas?

¿sonríe o llora?

¿mirará la misma estrella que yo miro?

¿estará su corazón anegado de tristeza como el mío?

 

Del reparto justo

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En mi anterior entrada Psicología, sentimientos e injusticia, hablé de la tendencia humana a percibir como justo aquello que nos produce satisfacción o conveniencia. Hoy voy a hablar acerca de la posibilidad de determinar un sentido de lo justo que desde la razón económica resulte irrebatible argumentalmente, aunque no lo sea desde la razón que alegan los sentimientos.

De lo arduo que resulta el sentar alguna base sólida desde donde poder abordar con ciertas garantías de ecuanimidad el juicio sobre lo justo o injusto de un asunto o de un dictamen, da cuenta el sorprendente hecho de que poseemos un mecanismo neuronal que procura por la justificación de los propios actos y creencias. Las neurociencias lo han puesto de manifiesto mediante experimentos que no viene a cuento detallar.

Si lo que percibimos justo obedece a nuestro interés ―a la satisfacción, conveniencia o grata sentimentalidad que nos produce―irremediablemente nos encontramos sobre arenas movedizas a la hora de señalar “imparcialmente” lo que consideramos justo. Es decir, al responder  al interés personal, lo justo no se puede universalizar, cada cual tendrá su propio sentido de la justicia y generalmente no coincidirá con el sentido que aprecien los demás.

Tal vez se aclare lo dicho echando mano del sentimiento de la compasión, que constituye una de las bases de la moral (las principales bases sentimentales de la moral son la vergüenza y la culpa).

La compasión, que surgió evolutivamente con la “finalidad” de cohesionar los grupos humanos, puede, no obstante ser tan alabada, producir una interpretación de lo justo deleznable. Me detengo un instante en analizar algunos de los posibles efectos de establecer lo justo compasivamente, es decir, poniendo a la compasión como juez.

Empecemos por señalar que nuestro cerebro construye mentalmente un “nosotros” y un “ellos”, y juzga de manera radicalmente distinta las acciones de quienes catalogamos en un grupo o en otro. Con uno de los “nuestros” vale la disculpa, la compasión, el afecto…; con uno de “ellos” vale el odio, el culpabilizar, el juicio perverso de sus actos…

En los distintos grupos políticos, religiosos, familiares, económicos, etc., es fácil de ver esa radical diferenciación del juicio que emitimos acerca de un mismo acto cuando éste es realizado por uno del propio grupo o cuando lo realiza un individuo del grupo oponente. Acerca de un tema de tan candente actualidad como es el del terrorismo islamista, se han llegado a escuchar voces de algún sujeto de la extrema izquierda que ha llegado a justificar los atentados de París: en el “nosotros” de ese sujeto se encuentran los islamistas radicales. Eso explica su aberrante juicio.  Otro caso semejante de disparidad de juicios sobre lo justo de una acción o de un reparto, dependiendo del sujeto implicado, se manifiesta en algunos animalistas que, con evidente pasión, declaran que es de justicia otorgar a los animales iguales derechos y condiciones de vida que los poseídos por los humanos, y pretenden que se penalice con graves penas a quienes no los respeten, mientras que se muestran indiferentes ante las calamidades que pueden estar padeciendo un grupo de humanos. En su “nosotros” se encuentran los animales.

Así que la compasión, que depende de la categoría  “nosotros”,  no resulta ser un buen aliado para determinar un sentido de lo justo que resulte universalmente aceptado con argumentos de la razón, aunque  lo sea con argumentos sentimentales.

Veamos un caso de reparto de bienes que universalmente es considerado justo. Malinowski descubrió durante sus investigaciones con pueblos primitivos que la base del orden social en las sociedades pequeñas es el Principio de Reciprocidad. Te doy, te ayudo, te presto, colaboro en tu empresa, en la esperanza de que tú me devuelvas en igual medida. Bien es verdad que cuando dos individuos cooperan a partes iguales en una determinada labor, en el fuero interno de cada uno de ellos se desea obtener el mayor beneficio posible, aun a costa de mermar el beneficio del otro cooperante. Recuérdese que nuestra esencia es el egoísmo. Pero ambos perciben que lo justo es la igualdad en el reparto de beneficios por haber sido la misma la aportación de cada uno de ellos. Es esta una estrategia apropiada para el mantenimiento de la relación cooperante, que evita disputas y sentimientos de agravio. Al proporcionar tales ventajas a la actitud cooperante, es decir, al obtener ambos cooperantes beneficios de la cooperación, las acciones, las ayudas y los repartos basados en el Principio de reciprocidad se perciben universalmente como justos. Si uno de los cooperantes recibiese menos de lo que le corresponde según el principio nombrado, se sentiría agraviado y ello sería un factor decisivo para dejar de cooperar y para el enfrentamiento.

El tal principio lo podemos extender al caso en el que uno de los cooperantes aporta a la cooperación en mayor medida que el otro. Parece obvio en tal caso que lo justo sería el reparto equitativo de recibir en proporción a lo que se ha aportado. Pero no resulta tan obvio como parece porque cuando se hacen aportaciones desiguales aparece la consideración del mérito de cada cual, y medir este mérito conlleva graves complicaciones. Sirva de ejemplo del desacuerdo en los criterios con que medir el mérito la propuesta marxista: “De cada cual según sus capacidades, a la cual según sus necesidades”.  Una propuesta ilusa que ha traído el desastre económico a todos los países que han ensayado modelos comunistas; pero también una propuesta que pone de manifiesto el gran desconocimiento de la naturaleza humana de que Marx y Engels hacían gala. Simplemente negaban el mérito ¡y esperaban que todos cooperasen con todas sus fuerzas!

Y es que si un individuo presenta, en una cooperación con otro, más méritos que éste, por ejemplo, mayores capacidades creativas o mayor ingenio o más fuerza, el que presenta menos méritos se siente doblemente agraviado, no solo por recibir menos en el reparto de beneficios, sino también por poseer menores capacidades. Dado nuestro carácter egoísta, el mérito que presentan los demás y que sobresale por encima del nuestro nos parece injusto, y suele conducir al nacimiento de envidias, odios y resentimientos. El Igualitarismo proclama esa injusticia, niega el mérito, y encauza esos resentimientos. Para el Igualitarismo, lo justo es la igualdad en el reparto.

Así que para que el mérito de algunos sea reconocido por todos, al menos desde la óptica del beneficio personal, es decir, con la razón y los números aunque no necesariamente con el sentimiento, para que al menos desde ese punto de vista el reparto desigual sea considerado como justo, es preciso que del mérito de unos pocos saquen beneficio todos.

Esta solución de lo justo está contenida secretamente en las doctrinas calvinistas. Calvino justificó la desigualdad de riquezas y estatus entre los hombres. Con su conducta y sus éxitos cada individuo se demostraba a sí mismo y a los demás que era uno de los Elegidos por Dios. El calvinista Adam Smith lanzó estas razones: “Los hombres son egoístas por naturaleza, dejémosles comportarse económicamente según su egoísmo les dicte, pues se verán irremediablemente conducidos por la mano de Dios a la búsqueda del bien de la comunidad”. Esto es, cada individuo colabora egoístamente de tal forma que el esfuerzo conjunto conduce a la obtención del máximo beneficio para la sociedad.

Dicho con otras palabras y evitando cualquier referencia religiosa: logrando mediante leyes que todos los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima, el actuar en lo económico egoístamente procura el mayor beneficio posible, no solo para el propio individuo, sino también para todos los miembros de la comunidad. El mérito de un o repercute en el beneficio de todos. Además, el éxito de cada cual es el reflejo de sus propios méritos, lo cual evita el gran problema de tener que determinar la vara de medir los méritos (una vara de medir que se estira o encoge según el “otro” sea o no uno de los “nuestros”). El éxito obtenido evidencia el mérito.

¿Extraña que esa fórmula de lo justo en el reparto diera los mayores frutos económicos que se habían producido jamás en la historia de la humanidad, que produjera la Revolución Industrial y el auge del capitalismo? Claro, una condición que he señalado y que no se halla presente en el capitalismo real es el la de que los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima. Esto implica una optimización de los recursos humanos, esto es, todo el mundo tendría que poder acceder en igualdad de condiciones a los recursos económicos, algo que las diferentes posiciones de partida de unos individuos y otros hace imposible, lo que origina que el éxito económico y el reparto de riquezas dependa en gran medida de la posición inicial desde la que parte un individuo.

Así que en este modelo ideal capitalista (aunque inicialmente el capital estaría socializado) el reparto justo se realizaría de acuerdo al mérito mostrado por cada individuo en generar riqueza que repercutiese a favor de la comunidad, y la vara de medir ese mérito sería precisamente el éxito obtenido por el sujeto en la obtención de beneficios. Económicamente, todo el mundo obtiene beneficios del éxito de cada sujeto. De ese modo, desde el mero punto de vista económico, el desigual reparto de riquezas entre los distintos miembros de la comunidad se consideraría justo porque egoístamente satisface a todos, ya que produce el mayor beneficio posible para cada uno de ellos.

Pero el hombre no es simplemente un animal económico, es sobre todo un animal sentimental, y ese desigual reparto, inobjetablemente justo de acuerdo con la razón económica, no lo sería con la razón sentimental: el sentimiento de agravio comparativo (y el consiguiente resentimiento contra los de más éxito) seguiría produciéndose en aquellos que muestran menos mérito, que obtienen menos éxito y cuyas expectativas de mejorarlo son pequeñas. Esas razones sentimentales llevarían a muchos a preferir la miseria para todos antes que la desigualdad. Tales son las razones que presenta el Igualitarismo extremo, cuya razón sentimental les dicta la fórmula de “lo justo en el reparto es la igualdad”.

No por razones de justicia social, como se suele alegar, sino por razones de conciliación social y de compasión (la compasión, por la conveniencia de armonía social, abre el “nosotros” a todos los miembros de la comunidad), la comunidad detrae riqueza de los más económicamente favorecidos y la asigna gratuitamente a los menos favorecidos. Pero esto, como ya he dicho, no es una cuestión de justicia en el reparto, sino de caridad y acuerdo y armonía social, y no es éste el tema.

Fases de la revolución socialista

Dice Bertrand Russell en La conquista de la felicidad que «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Movidos por el odio y teniendo en el horizonte imaginativo la idealizada sociedad que fabrica su deseo, los revolucionarios se lanzan al asalto del poder sin preguntarse qué hacer después de vencer. Una ilusión construida irracionalmente les hace creer que después de derribar las instituciones y poderes que estorban, estos se reconstruirán solos en la forma que dictan los propios deseos, pero la realidad del día después desbarata inmediatamente la ilusión construida y se tienen que echar mano de fórmulas totalitarias para seguir manteniendo el poder. Tal es el gran drama de las revoluciones.

De manera general, las revoluciones socialistas han ido alcanzando hitos similares y han desembocado en la misma tragedia, una tiranía personal o de partido. Tomo de ejemplos a las revoluciones en Cuba, Rusia, China, Camboya e incluso la pretendida revolución de Podemos en España. Los hitos o fases por las que discurren son las que siguen:

Fase prelimiar:
Existencia de condiciones de opresión, corrupción o miseria muy elevadas .

Fase 1
El resentimiento acumulado por los jóvenes contra la situación política y social, origina grupos y movimientos contestatarios que suelen actuar de forma asamblearia en la clandestinidad .

Fase 2
Debido a la dinámica del movimiento asambleario, las ideas más extremistas y los individuos más capaces se imponen como líderes .

Fase 3
El programa de acción que establecen es el de dinamitar la organización político-económica y social existente, con la exaltación del Socialismo y de los valores del Igualitarismo, así como el desprecio a la “democracia burguesa” .

Fase 4
Mediante acciones generalmente violentas, se intenta la toma del poder.

Fase 5
Las primeras medidas tras del triunfo revolucionario suelen consistir en expropiaciones forzosas, controles del mercado, y repartos de bienes para satisfacer las ansias igualitaristas de los seguidores.

Fase 6
Amenazados, muchos empresarios, emprendedores, el capital internacional y los individuos más cualificados, salen del país.

Fase 7
La economía del país enseguida se resiente. Parte de la población se opone al nuevo orden que se quiere imponer. Se suceden las revueltas contra el nuevo gobierno, y en muchos casos se llega a la guerra civil.

Fase 8
Para poder sofocar mejor los descontentos y la desilusión de la población, el gobierno revolucionario se hace con el control de todos los poderes. El régimen enseña su cariz totalitario.

Fase 9
Se agudiza la ruina económica por la salida de capitales y de recursos humanos señalados en la fase 6. Se empieza a disipar la buena acogida de la revolución en amplios sectores de la población.

Fase 10
Con el fin de mantener la revolución a toda costa y a cualquier precio, comienza un proceso de adoctrinamiento extremo, y se impone una dictadura que en algunos casos resulta hereditaria .

Actualidad llameante

 

1.-Elecciones europeas

En Europa avanzan los partidos euroescépticos, que son tildados de «extrema derecha» por la moral buenista imperante; por el contrario, en España avanzan los partidos que podríamos tildar de «extrema izquierda». En Europa se muestran más egoístas, es decir, más de acuerdo con la realidad de la naturaleza humana, y ante los peligros que acechan al bienestar propio se atienen al principio rector del «nosotros primero», mientras que en España, el país de la ilusión ―el país de los ilusos―, el país de las utopías sin pies ni cabeza, el país de los reinos de Taifas, un trozo importante de la población, en vez de pronunciarse por el deseo de lo factible y benéfico, en actitud de revancha se pronuncian en favor de lo inviable y perjudicial.

Aquí nos puede el quijotismo, nos evadimos de la realidad para vivir en el mundo de las ilusiones descerebradas. Este es el país del cantonismo, de los Sánchez Gordillo, del liliputiense Montilla, de los ilusos Zapatero, de los pusilánimes Rajoy, de Carlos II el Hechizado, de Fernando VII el Deseado, de los machos ibéricos Juan Carlos, de los fanáticos nuevos conversos que como Torquemada pretenden quemar en la hoguera a todos cuantos el nacionalismo señale como herejes. Este es el país del paganismo de las romerías marianas.

En este país ha nacido una secta religiosa de irreligiosos ateos-paganos en cuyo líder se funden los tradicionales rostros de Jesucristo y la Virgen María, y que marchan en romería por el viacrucis de la indignación. ¡Encima, el pollo objeto de la nueva veneración se llama Pablo Iglesias!

Este país, España, es la novia frívola y poco fiable, la novia que con frecuencia te desdeña, la novia que solo a su manera y a destiempo te da cariño, la que a todas horas te atormenta, y, sin embargo… ¡la quieres tanto!

2.-Champions

El Real Madrid campeón de la Champions League, campeón de Europa,  que se decía antes. La tribu Real Madrid cuyos grandes héroes guerreros ―mercenarios como Jenofonte y sus diez mil―han derrotado a todas las tribus enemigas. Las luchas tribales trasladadas ―y ritualizadas―al terreno de la competición deportiva.  Imitación ritual pero no menos emotiva, no menos visceral; la Anábasis, el camino de muchos años por el desierto, y el descenso a los infiernos de la guerra, la catarsis purificadora. La necesidad de triunfar que tiene el individuo a través del triunfo del grupo al que pertenece; la necesidad de orgullo, la necesidad de euforia, la necesidad de alejarse de la monótona realidad, la necesidad de victorias. El ansia de triunfo, el ansia de prominencia; en lo más hondo, la evolución actuando sobre el individuo a través de la tribu.

3.-Cataluña y Ucrania

Los fanáticos pro-rusos del Este de Ucrania contra los fanáticos ucranianos del Oeste. Putin, una vez traída al redil Crimea (traídas sus bases navales y el petróleo del Mar Negro) hace de Poncio Pilatos pero juega con la injerencia o no injerencia a desarmar las reacciones europeas y americanas.

El reciente ganador de las elecciones ucranianas ya habla de Federalismo. Ucrania es el espejo de Cataluña, pero con imágenes distorsionadas. En Cataluña no hay fanatismo opositor. Quien posee el fanatismo posee la fuerza, y más si, comparativamente, enfrente reina la pusilanimidad. Por esa razón el nacionalismo catalán no acepta el Federalismo. Por eso buscan lo que buscan, lo que siempre han buscado: la entelequia que la izquierda española le va a poner en bandeja de plata: el Federalismo (que no es tal) asimétrico. Esto es, lo que siempre ha buscado el nacionalismo catalán: la prominencia respecto a España.

Mantener lo ventajoso, acrecentarlo, y desembarazarse de las inconveniencias. Figurar como superiores: más ricos, más cultos, más altos, más guapos, más inteligentes, más capaces. Y, desgraciadamente, lo conseguirán. En esa jaula de grillos del PSOE y en ese Camposanto del PP y en ese manicomio de amantes de las dictaduras sudamericanas de IU y PODEMOS (que se descubrirá que son el mismo), no existe un gramo de oposición a ese infame proyecto que trae la guerra a españoles y catalanes. Desgraciadamente lo conseguirá, y, si no, tiempo al tiempo. Y ¡ojalá!, yo solo sea un agorero.