De lo literario

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Confieso que tengo graves carencias literarias. He leído, sí, de forma exhaustiva a Proust y a Borges; si bien no exhaustivamente, a casi todos los escritores hispano-americanos de más renombre; a  Tolstoi y Dostoyevski, naturalmente; a casi todos los grandes novelistas del XIX; la prosa de Ortega, Marañón y Unamuno me encanta; pero, de la literatura contemporánea, aquellos que con más fruición leo, Paul Auster, Houellebecg, Salinger y Coetzee, ya son veteranos o difuntos, así que apenas conozco escritores de ahora.

No es que no lo haya intentado con novelistas españoles, sino que, cuando lo he hecho, generalmente me puede el aburrimiento. No encuentro en ellos crudeza ni psicología de los personajes, ni grandes pensamientos, ni sorpresas, ni siquiera trama. Cierto es que la historia, la biología, el Pensamiento, me atraen más, pero si se me presentara algo como Pedro Páramo o Cien años de soledad, lo dejaría todo y me encadenaría a leerlo.

Claro que lo más probable es que ese desánimo mío para con ellos se deba más a mis carencias y a mi simpleza que a su valía. Reconozco que juzgar la literatura española actual sin  haberla leído apenas es una majadería por mi parte o una memez insensata, pero últimamente me siento osado.

Tengo para mí que es ahora norma el escribir muy correctamente sin decir nada. Estaré equivocado, pero me atengo a interpretar lo que leo: un clima tibio, sin grandes sucesos, sin pasión, sin sentimientos, sin hechos extraordinarios (cualquier hecho puede convertirse en extraordinario si aparece desvelada su naturaleza íntima), los personajes encerrados en un mundo anodino, sin apenas acción, sin sobresaltos, sin motivos apenas. Es como si el relativismo y el pensamiento débil del postmodernismo se hubiera instalado en la novela actual.

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El relato corto es mucho peor. Ahí todo parece huero, todo parece ser un fatuo juego de luces, un mariposeo. Palabras, adornos, metáforas huecas, preciosistas ocurrencias, expresiones lastimeras, agolpamiento de sandeces… y todo ello para no decir nada. Una explosión gratuita de sensibilidad huera que me sugiere que todos los relatadores han seguido el mismo curso de escritura a distancia, o que todos los cursos de escritura enseñan la misma sinsustancia.

Pero apuesto decididamente a que me equivoco, porque leo algunos blogs de gran calidad literaria y no menor inteligencia. Vaya aquí el botón de muestra de tres: www.mediarueda.wordpress.com  ; www.tertuliafilosoficatoledo.blogspot.com.es  ; y este otro donde Stella da semanalmente pinceladas: www.apuntodecaramelo.wordpress.com  . En otra ocasión hablaré de los dos primeros, pero permítanme ahora decir de este último.

Verán: los trazos de Stella son leves y concisos, como si con la yema de sus dedos pintase. Garabatea aquí y allá, y difumina y da sombras, y va apareciendo la hojarasca desparramada por el viento y verjas oxidadas y escaleras con baldosines rotos, y el lienzo se va enseñoreando de otoño y de aromas de melancolía lejana y de frescas humedades. Los personajes germinan de esa humedad como camaleones que se camuflan y se tiñen del ocre del suelo y de las hojas pardas y del cielo grisáceo. Y la hábil mano de Stella prosigue trazando soledades e inyectándonos en vena evocaciones y sentimientos.

En ocasiones, en unas pocas, alguna brillante rama verde deja en su cuadro una ventana abierta a la esperanza. No hace mucho escribió: “Era un domingo quieto”, y casi se me derrumba el alma.

Cosas que no se dicen

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1.-Los grandes conflictos matrimoniales lo son por el poder o el sexo, las dos grandes potencias que guían nuestro comportamiento. Buscar imponer las decisiones de uno sobre las de su compañero o compañera, o buscar el sexo fuera del matrimonio, suelen ser los motivos de la mayoría de los divorcios.

2.-Las tres cualidades que más se aprecian: la belleza, la fuerza de carácter y la inteligencia. Los tres bienes que más se desean: poder, fama y riquezas.

3.-Los principales gérmenes del placer: el sexo y sus vericuetos; el ejercicio del poder; la crueldad con el enemigo; la prominencia sobre los demás en el afecto que se recibe, en la fama, en el poder o en la riqueza, así como en atributos y capacidades varias; y, last but not least important, el cumplimiento de una venganza.

4.-Los árboles de la cultura, la filosofía o el arte los riega el agua de la política. Las verdades, originalidad, genio, creación, dificultad, belleza, son hojas de aquellos árboles que solo brillan si se bendicen con tal agua, que solo crecen a la orilla del río de la política. Si nacen lejos y no se riegan con tales aguas, pronto pierden su hojarasca o se la lleva el viento de la inexistencia, y pronto se secan y mueren.

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5.-El atroz rayo del tiempo va añadiendo en el corazón de las gentes la tristeza que produce lo perdido y el dolor que produce lo no alcanzado.

6.-Todos los actos son un único acto. En todos ellos nos ponemos a prueba, en todos nos endurecemos o debilitamos, en todos nos salvamos o perdemos.

7.-Existe una tendencia natural en el ser humano a alabar todo aquello que posee renombre y autoridad, sobremanera si viene envuelto de oscuridad.

8.-La historia, la sociología, la psicología, la economía…, inquieren la realidad de las cosas al modo de la química, tratando de descifrar  “cómo” discurren los asuntos. No saben aún inquirir al modo físico, preguntándose el “porqué” ocurren los sucesos. La metafísica, sin embargo, no necesita descifrar la realidad ni inquirir respuestas, simplemente inventa supuestas realidades a la medida de sus cavilaciones y ocurrencias.

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De egoísmo, altruismo, Mesías y partidos políticos

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No niego que la filantropía, la compasión, el altruismo, la ayuda al necesitado, no produzcan efectos sociales benéficos y que resulta necesario que se practiquen y deben ser, en ciertas ocasiones y casos, aplaudidos, pero es mi parecer que, oculto o desvelado, todo acto humano es un acto egoísta, aunque su faz venga engalanada con los más bellos colores del altruismo. Y también sostengo que el animal político destaca en lo del egoísmo de conseguir poder, estatus y otros beneficios, aunque asegure laborar abnegadamente por el bienestar de los ciudadanos.

Recientemente se han celebrado en España elecciones a cargos municipales y autonómicos. Las banderas de la pasión se han empezado a agitar en estos comicios que son el preludio de las elecciones generales que vendrán al finalizar el año. En la derecha se ha agitado el miedo a que un cambio de gobierno destruya privilegios, valores y riquezas; en el PSOE, que representa al socialismo moderado, como andan perdidos en el laberinto de autodefinirse y de encontrar qué querer y qué aborrecer, apenas se ha agitado nada; en Podemos, sucursal del pensamiento bolivariano en España, se han agitado el odio y el resentimiento.

Podemos es la nueva máscara del viejo Igualitarismo. Es una máscara hecha con retales de populismo, mesianismo y engaño. Se asemeja más a un movimiento religioso que a un partido político. Tiene a un líder a imagen de Jesucristo; el Jesucristo representado en  los iconos mostrando su bondad a Marta y a María, y mostrando su odio a los mercaderes del templo. Un líder, un Mesías, Pablo Iglesias, que promete un Paraíso Terrenal, una nueva Tierra Prometida: por el hecho de nacer, todo el mundo tiene derecho a todo, basta quitárselo a los ricos: vivienda, 30 horas de trabajo a la semana, jubilación a los 60, paga universal de 600 euros, sanidad y educación gratuitas en todo el amplio espectro de operaciones quirúrgicas y en todo ámbito educativo. ¡La tierra de Jauja de nuevo!

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A él acuden obnubiladas las muchedumbres hambrientas de palabras y esperanzas nuevas, a su silbo acuden, a despeñarse con él si fuera preciso. La muchedumbre airada que no se resigna a haber perdido sus coches y sus vacaciones y sus subvenciones y sus lujos, la muchedumbre que quiere seguir teniendo todos los derechos del mundo solo por haber nacido, que quiere recuperar todos sus privilegios con el mero argumento del deseo de conseguirlo y de la confianza ciega en quien se lo ofrece con voz templada y le asegura que así será si le siguen y le votan y odian a quien no sea de los suyos.

Y para que esa muchedumbre se inflame, el mesías erige altares al viejo dios laico, Papá Estado, ahora remozado con plumas de nuevos colores, que protegerá a las gentes en su andar por el desierto y pondrá remedio a todos los males y extenderá sobre todo hombre y mujer su amplio manto de riquezas y bendiciones sin cuento. Y lo público reinará para siempre por los siglos de los siglos sin agobiar a nadie en el trabajo y todos ricos y felices.

Pero, a menos que el Mesías señalado sea un redomado idiota ―que no lo es―, no puede ignorar que la Tierra Prometida es un espejismo que envenena la imaginación de las gentes y que nunca podrá calmar su sed, y que incluso conduce al abismo; pero sigue adelante con su propósito redentor porque odia mucho, porque está hecho de odio, y porque el poder le ciega. ¡Apañados estamos con él!

Recordemos las palabras de Bertrand Russell:  «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Pues eso.

De encuestas, estadísticas y humana naturaleza

Es una verdad casi universalmente ignorada que el mundo se mueve por el interés propio y no por el bien común ni por el altruismo ni por designios divinos. Esa ignorancia de las gentes ―que creen tener otros motivos de conducta distintos a los que realmente tienen―se alimenta con engaños (el engaño es aquello que mantiene las cosas en su apariencia, ocultando su verdadera cara), y una de las mejores herramientas utilizadas para el engaño es la estadística.

Una forma sutil de engaño que quiero referir hoy es el de amañar los datos recogidos en sondeos de opinión. Mírense los datos estadísticos que ofrecen los medios escritos televisivos  antes de unas elecciones políticas y observarán cómo cada partido político mejora  sus perspectivas según su afinidad ideológica con el medio considerado. Pero, aún así, en este tipo de encuestas el margen para la manipulación y el engaño es limitado, pues el medio se juega su prestigio en caso de quedar su fraude de manifiesto.

En donde la manipulación de las cadenas televisivas y de los medios periodísticos no tiene límites es en la presentación de sucesos que la actualidad dota de relevancia pública. Por ejemplo, los datos relativos a las denuncias por maltrato a mujeres por su pareja sentimental varían, según cuál sea el medio encargado de hacerlas públicas y de la alarma social en las fechas de la publicación, entre un 5%  y un 35% . Pero aún varían más los datos sobre denuncias falsas que se presentan sobre presunto maltrato. Hace unos años la decana del colegio de abogados de Barcelona los cifró esa falsedad en casi un 60%, añadiendo que en muchos casos se correspondían con procesos de separación en donde estaba en juego el reparto de bienes matrimoniales. Desde que las agrupaciones feministas más radicales se le echaron encima con pasión parecida a la que ponían los sans-culottes en cortar cabezas, las estadísticas que presentan las cadenas de televisión han bajado esas cifras a menos del 10%, alegando, no obstante, que falsas, lo que se dice falsas, solo lo son en una cantidad cifrada en un uno o un dos por ciento. He de aclarar que las denuncias se multiplicaron desde que se promulgó la ley de Discriminación positiva de la mujer, que, en pocas palabras, posibilita que si una mujer denuncia a un hombre por maltrato o acoso sexual, éste es inmediatamente encarcelado sin miramientos; si es un hombre quien denuncia contra una mujer esos execrables hechos, se le ríen en sus narices.

Bien, he de señalar que los errores en la presentación de los datos estadísticos son frecuentes en las cadenas de televisión. En muchos casos son producto de la ignorancia de los propios presentadores, a quienes parece darles lo mismo 8 que 80. Un caso escuché en que el asunto empeoró: el presentador se disculpó alegando ser “de letras”, una bellaca estupidez que implícitamente llama idiotas a quienes no han realizado estudios de Ciencias.

Yo juro por lo más sagrado que no es infrecuente que algunas cadenas anuncien en primera plana, por ejemplo, un 60 %, lo reduzcan luego a un 40% cuando entra en escena la noticia, y que quede en un 20% cuando se desgrana ésta; o que 80 millones pasen a ser 8000 millones y queden finalmente en 80 mil. Recuerdo a este respecto al “gran estadista” Zapatero, anunciando a toda España que se procedería a disminuir la potencia del aire acondicionado en los ministerios del gobierno y que con esa medida se ahorrarían 3000 millones de euros en un año. ¡Pues si en vez de limitarse a disminuirla la hubieran suprimido, la deuda de España habría desaparecido!

Pero, volviendo a los sondeos de opinión, algunos de estos producen una reacción espasmódica en nuestras neuronas. Uno de ellos asegura que los españoles somos la gente más feliz de Europa. Señores, ¡con la cara de mala leche que ponemos a todas horas y el odio que nos tenemos los unos a los otros! ¿Qué veracidad presenta dicha encuesta?

Yo, al menos, tengo las siguientes objeciones: En caso de que a uno le pregunten en cualquier esquina cuál es su grado de felicidad del 1 al 10, ¿qué puñetas va a responder si es sensato? Confieso que una de mis posibles respuestas calificaría mi felicidad con un 10, para añadir a continuación mi disposición al suicidio. Pero, mirándolo bien, ¿se realizan realmente este tipo de sondeos de opinión, o todo es un engañabobos? La única explicación que encuentro plausible para realizarlos (si en verdad se realizan) es el de la corruptela de otorgar la realización de la encuesta a alguna empresa amiga del político responsable para beneficio de ambos. En España sabemos mucho de tales chanchullos. Sin embargo, lo más probable es que los datos sean inventados y que otorguen una u otra calificación a boleo, o fijándose en aspectos tales como el sol de que disfrutamos.

Bien es verdad que aunque tales sondeos importen un bledo a la población, de obtener una buena puntuación en ellos, como es el caso, a los españolitos de a pie nos llena de orgullo estar en lo más alto de la puntuación, y nos solemos jactar de ello y hacer chistes fáciles acerca de la poca nota que han sacado los suecos, por ejemplo.

Lo malo es que en otra encuesta semejante los franceses y los italianos destacan por encima de nosotros en el número de veces que hacemos el amor por semana. En fin, no podemos ser los mejores en todo.

Por cierto, los científicos no se libran de simplezas semejantes. Si no, atiendan ustedes a esta noticia: “Tras más de 10 años de investigación, el equipo médico de la Universidad de  […] en Estados Unidos ha descubierto que hacer el amor dos veces por semana es bueno para la salud”. Si el periódico se expresó con corrección y veracidad ―que ya es extraño, ¡vaya usted a saber!―, me pregunto: ¿se necesitaban tantas alforjas para tan corto trayecto? Además, en la noticia no se contemplan edades ni sexo, lo cual deja los dos polvos semanales en el limbo de los promedios, pues no se me negará que los beneficios para la salud de dos quiquis semanales no pueden ser iguales para un veinteañero empalmado, con priapismo, y para un octogenario, que ha de echar mano del viagra para empalmarse.

Pero lo que me desconcierta es el no conocer los métodos utilizados en el experimento.  ¿Utilizaban grupos de prueba que hacían el amor 2, 3, 1, 5, 7, 25, cero veces por semana?, ¿se siguió su evolución sanitaria durante 10 años?, ¿tenían parejas estables formadas o las variaban, digamos de que mes en mes o de año en año?, ¿contempló el experimento parejas homosexuales?, ¿se introdujo la variable del amor en grupo? No sé si las correlaciones o  las modas y medianas, las varianzas, la dispersión y las regresiones  funcionaron. Vamos, que yo creo más razonable y más lógico que los médicos se reunieran, se repartieran el dinero de la investigación sin más cuentos, y que luego de discutir unos instantes acordaron: ¿qué os parece?, ¿dos cópulas semanales nos dejan contentos?, pues ya está la investigación hecha.

En cualquier caso, para mejorar la salud de la población, yo propondría que de polvo en polvo se cambiara de pareja, y a ser posible que el compañero o compañera que se elija sea joven y hermosa. Les aseguro que sería un remedio sanitario infalible. ¡Vamos, la panacea!

Libre Albedrío III (y final)

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¿Qué ocurre a nivel neuronal cuando se produce un pensamiento o se toma una decisión? Ciertas regiones del cerebro se activan y se conectan; ciertas zonas de formación evolutiva reciente reciben aferencias de zonas más antiguas y viceversa. En esas activaciones no solo se transmiten potenciales eléctricos, sino también neurotransmisores e incluso hormonas, recorriendo circuitos que se ven afectados por su acción química y eléctrica, y activando otras redes y produciendo estados de ánimo determinados.

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¿De qué depende ese baile de sustancias químicas y eléctricas que se produce en las neuronas y en otros tipos de células llamadas gliales? De los ambientes químicos existentes en el interior y en el exterior de las células. Según sea la relación de desequilibrio entre esos ambientes y según sean estos, algunas largas proteínas singularmente enrolladas sobre sí mismas ―y que son las puertas de entrada y salida de sustancias de la célula―se abrirán o cerrarán al paso de ciertas moléculas o átomos, dando lugar al inicio y mantenimiento del baile químico señalado.

Así que la acción biológica de actividad celular se reduce a la acción química de ciertas moléculas, pero la acción química se reduce a su vez a una acción física: por ejemplo, el enrollamiento de las proteínas, su modificación en la apertura o cierre de sustancias a la célula, depende en último término de las cargas eléctricas de sus partículas interactuando con las cargas de las partículas de los ambientes considerados.

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Algo semejante a lo dicho para una célula en particular ocurre para las redes neuronales, aunque la complejidad explicativa aumente, pero no su esencia, que es la misma: los pensamientos, las razones, los sentimientos, las emociones, las decisiones, son reducibles a acciones químicas, que se reducen a acciones físicas, y, consecuentemente, la acción mental es determinismo puro, pues la física lo es.

Ahora bien, a nivel psicológico, el lector atento habrá adivinado que falta por averiguar qué sujetos motivan el desequilibrio químico existente entre el interior y el exterior celular. Esa es la pieza que falta en el engranaje. Ahí se encuentra el meollo del asunto. Y es un meollo complejo. Los sujetos son varios y se encuentran interrelacionados.

El organismo humano ha sido pergeñado para responder al entorno con ciertas garantías de éxito para la supervivencia y el éxito reproductivo. Poseemos varios sistemas cerebrales para hacer frente al medio, para adaptarnos provechosamente a él. El enamoramiento, la ira la vergüenza, el resentimiento, el afecto, el deseo, el miedo, los instintos, el dolor, el placer…, son respuestas de esos sistemas al medio ambiente (sea éste un medio social, o cualquier otro entorno considerado) con vistas a la finalidad señalada. Pero todas esas respuestas se producen en el cerebro relacionalmente de acuerdo al grado de afección que el medio ambiente nos produce.  Nuestros sistemas de percepción envían señales químicas y eléctricas a otros sistemas neuronales, alterando la composición química del correspondiente medio intercelular, produciendo a su vez nuevos desequilibrios químicos que dan comienzo al trajín de otras redes neuronales.

Resumiéndolo con un ejemplo, la visión de un hermoso cuerpo produce que se envíen señales químicas a ciertas regiones cerebrales y que se alteren los equilibrios y ambientes químicos de ciertas redes neuronales, dando lugar a lo que conocemos como un estado de deseo, y haciendo surgir derivativamente pensamientos acordes con él.

Todo comportamiento humano y toda acción mental son reducibles a esos procesos químicos y físicos. Puro determinismo. La aparente libertad de acción, el aparente libre albedrío, no son otra cosa que un espejismo engendrado desde esta oculta complejidad. También se podría considerar como una ilusión subproducto de la conciencia con cierta utilidad evolutiva: la de hacernos sentir distintos, diferenciados, humanos, dueños de nuestro destino, hacedores y no meras máquinas celulares que el instinto conduce. Tal vez esa ilusión provenga de la capacidad de poseer memoria, de tener conciencia del pasado y percibir que es diferente del presente y que nos sentimos responsables de ello.

Libre Albedrío II

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              En la anterior entrada expuse los dos distintos conjuntos de sistemas de que dispone el cerebro para percibir la conveniencia de un asunto y, consecuentemente, decidir. Por un lado está el sistema límbico y otros sistemas aún más antiguos que gobiernan las emociones, los instintos y las acciones reflejas; por otro lado están los sistemas que en mayor medida operan en la conciencia.

Pero la cuestión resulta mucho más complicada de lo que parece a simple vista porque unos sistemas y otros se ejercen mutua influencia. Por esa razón y antes de proseguir en esa línea, examino dos experimentos clínicos que son famosos en el campo de las neurociencias.

El primero de ellos fue llevado a cabo por el doctor Benjamín Libet, de la Universidad de California en San Francisco. Mediante tal experimento descubrió que un poco antes de hacer consciente la decisión de llevar a cabo un acto, dicha decisión ya se refleja (ya ha sido tomada) en la actividad de áreas subcorticales de las que no somos conscientes. Por ejemplo, antes de decidir mover un dedo, las redes neuronales motoras que controlan dicho movimiento a nivel subcortical ya habían decidido mover el dedo.

Esto es, la conciencia aparece solo como mero notario que da fe de lo que en el subconsciente ya se ha decidido. Es este subconsciente quien evalúa las opciones que se presentan y es él quien decide. La decisión la recibe después la conciencia, creyendo ilusamente que ha sido ella quien ha decidido.

El segundo experimento lo llevó a cabo el doctor Robert Heath. Fue como sigue: a un  paciente aquejado de un cierto desorden neurológico se le colocaron varios electrodos en el cerebro. En un cierto momento en que el paciente describía lo apenado que se hallaba por la enfermedad terminal de su padre, el doctor Heath estimuló con los electrodos el septum  del paciente, un área del sistema límbico que participa en los procesos de placer con carácter sexual. En menos de 15 segundos el paciente olvidó su pena y comenzó a sonreír picaronamente y a hablar de planes para seducir a una amiga. Según su propia confesión, “los planes han acudido de pronto a m i cabeza”.

Esquemáticamente, la estimulación de la actividad de una zona del sistema límbico originó un  cambio de pensamientos y de sentimientos.

Volvamos al hilo de la influencia mutua que se ejercen los sistemas arriba dichos. Se ha de tener en cuenta que las emociones y los instintos afectan de manera muy importante a nuestro pensamiento y a los senderos que toma la razón; pero también se produce la influencia en sentido inverso, pues nuestras razones y pensamientos influyen en agrandar o diluir el grito emocional e instintivo. Se sabe también que las creencias que poseemos acerca de un determinado asunto, determinan en gran medida la predisposición emocional y sentimental hacia su ocurrencia.

Por otro lado, el sistema intelectivo, haciendo uso de la imaginación y de la memoria, labora especulativamente en el presente con vistas al futuro en razón de encontrar a largo plazo lo conveniente en referencia a cualquier asunto de la vida. Pero, en cambio, en las cuestiones que se han de dilucidar a corto plazo, en la inmediatez, la facultad intelectiva suele intervenir poco, y nos mueven rutinas de acción basadas en costumbres, usos o creencias, o bien nos guiamos a instancias del miedo o del placer que nos presentan en primer término los asuntos.

Como se ha podido ver, un auténtico galimatías: una intrincada influencia entre los distintos sistemas encargados de percibir la conveniencia del organismo, y la intervención ―y la frecuente disputa entre ellos― de sistemas encargados de la percepción de lo conveniente a largo y a corto plazo.

Dicho lo dicho, se vislumbra que los sistemas que operan en el ámbito de la conciencia, como los sistemas intelectivos, ejercen la doble labor de percibir lo que conviene al individuo (sobre todo a largo plazo), pero también la de resaltar lo que le resultaría a éste conveniente frente a la conveniencia que perciben los sistemas que operan en el subconsciente. Pero, ¿toman estos sistemas conscientes la decisión respecto a las conveniencias presentadas, o su acción se limita a presentarlas?

El lector que haya estado atento se habrá percatado de que su labor es de mera presentación. El sistema evaluador y que decide no se halla en el ámbito de la conciencia.  Opera en su subterráneo y tiene por misión evaluar cada conveniencia en razón del peso de miedo o placer que presenta. En el sistema límbico se evalúa la placentera e instintiva conveniencia que representa el hecho de engañar a la esposa con la compañera de la oficina, a la vez que la conveniencia de evitar el hecho por temor a las consecuencias de dicha acción.

La decisión se elabora en el subconsciente pero conscientemente podemos laborar para otorgar más peso a la conveniencia intelectiva que a la conveniencia instintiva a la hora de ser evaluadas emocionalmente.

Veamos las razones que presenta un fumador que pretende dejar de fumar. Las razones relativas a la prevención, al miedo a los efectos del tabaco, deben lograr un peso mayor que las razones del placer de fumar. Uno debe crear una preocupación por fumar dentro de sí, un temor a fumar. Recuérdese el dicho de Spinoza de que para hacer frente a una emoción debemos de emplear otra que la venza. En la evaluación, el peso de ese temor debe ser mayor que el peso que aporta el placer.

En ese sentido se puede decir que uno decide libremente. No es la conciencia en último término quien decide dejar de fumar, sino que es el sistema evaluador del subconsciente, pero  desde la conciencia podemos agrandar el peso de lo conveniente que resulta tirar el cigarrillo.

Vistas así las cosas, esa decisión libre en el sentido considerado, como capacidad para agrandar el peso que presente aquello que la conciencia estima conveniente, como capacidad que es, no es igual en unos individuos que en otros. No solamente porque la capacidad intelectiva de unos y otros es distinta, ni porque el influjo de las emociones tenga distinta potencia en unas y otras personas, sino también por la propia naturaleza de cada cual para dar mayor peso a la conveniencia que presenta el intelecto. De ahí que a ciertas personas les resulta relativamente fácil dejar de fumar mientras que a otras les resulta imposible. Así que el libre albedrío varía de unas personas a otras.

CONTINUARÁ…

Libre albedrío I

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En un sentido estricto significa que mediante los mecanismos de la mera conciencia somos capaces de decidir nuestra acción en el mundo. Esto es, que al «yo consciente» le corresponde la autoría de nuestras decisiones; y que  tenemos autonomía, que «nuestras» decisiones no están predeterminadas ni forzadas desde otros ámbitos «fuera» de la conciencia. De forma radical y extrema, el libre albedrío implicaría que es de la acción exclusiva de la conciencia de donde surgen los motivos de la decisión y la decisión misma.

Claro está que la supuesta  acción de los mecanismos de la conciencia reduciría los procesos que tienen lugar fuera de ella, en el subconsciente, a meros comparsas y servidores silentes de la razón, que los  gobernaría con manu militari y absoluto control. Evidentemente, no es así la cosa. Las pasiones emergen desde las afueras del control de la razón sin que la conciencia sepa siquiera de las causas profundas de su emergencia.

Así que, obviamente, no existe en nosotros el libre albedrío en el sentido estricto antedicho. Pero conviene averiguar con qué sentido y en qué grado se puede hablar de la autoría y autonomía del yo consciente en la decisión, y, consecuentemente, con qué sentido y en qué grado el libre albedrío.

Ello dependerá del papel que la entidad conciencia juegue en la holística estructura del organismo y de su acción: de la interrelación de los diversos sistemas orgánicos –entre los que se encuentran los propios de la conciencia–, de la comunicación que establezcan entre sí, de la dependencia, subordinación y control de los unos sobre los otros…

Con la intención señalada anteriormente, conviene poner en claro una premisa que resulta obvia desde el punto de vista evolutivo: todos los sistemas que obran en el organismo han sido pergeñados como adaptaciones evolutivas, por la utilidad que mostraron para que el organismo sobreviviera en el medio considerado (o porque no resultaron ser un impedimento vital).

También conviene realzar algunas cuestiones conocidas: sólo somos conscientes de aquello que supone alguna actividad del neocórtex. Pero para que se produzca algún grado de consciencia, deben entrar en funcionamiento muchas partes del cerebro que operan en el subconsciente. La memoria, la atención, las sensaciones, el pensamiento, la razón… son componentes principales de la conciencia, sin embargo, ¿sabemos algo de su emergencia?, ¿sabemos algo de las causas por las que un pensamiento, un deseo o una emoción surgen a la conciencia (en cuyo plano son reconocidas)? Brotan de un hontanar  subterráneo del predio conciencia, más allá de él, más profundo, oculto;  y lo hacen «mostrándose», pero sin mostrar las causas de su emergencia.

Bien, vayamos al grano. Se trata de decidir sobre un asunto en cuestión. Por lo tanto, considerando  que la decisión se produjera en el plano de la conciencia, se trataría de conocer conscientemente lo que al tal asunto convendría, y aquello de lo que resultase mayor conveniencia  resultaría ser la decisión. Pero pudiera ser que el organismo dispusiese de otros sistemas para «reconocer» la conveniencia, sistemas distintos a los de la conciencia; al fin y al cabo la funcionalidad del organismo se asienta en percibir, en su sentido más amplio, las amenazas y posibilidades del medio, y responder adecuadamente a ellas con la finalidad teleológica de sobrevivir. Por ejemplo, en situaciones de inmediato peligro, la amígdala «responde»  incluso antes de que dicho peligro se haga consciente. En tal caso es el sistema límbico (en donde se halla la amígdala), desde el subconsciente, quien ha «decidido» y quien impulsa a la acción. En otras palabras: es la amígdala quien ha «reconocido» el peligro y quien tiene dispuesta la acción «conveniente» para gestionarlo.

Se saca en claro con este ejemplo que el organismo-en-pleno dispone de otros sistemas distintos a los propios de la conciencia para reconocer ciertos eventos relevantes para supervivencia y responder a ellos convenientemente. El organismo tiene codificada la situación y la respuesta a ella; y en dicha codificación participa usualmente la experiencia, aunque resulte innato el automatismo de la respuesta. Los deseos y los instintos actúan así. Vemos a una hermosa mujer y la deseamos, pero no es «nuestra» la decisión de que tal deseo surja, y menos de que fulja como lo hace; no es una decisión de la conciencia, del «yo consciente». Ni lo es el que sintamos un frío temor cuando un mal aliñado desconocido se dirige a nuestro encuentro en un sombrío callejón. Tampoco es de la incumbencia de ese «yo» la «decisión» de huir como alma que lleva el diablo en tal circunstancia; ni de que miremos con ojos vidriosos y sentimiento anhelante los pechos de la mujer. Se trata de meros reflejos, de acciones instintivas sobre las que la conciencia obra y se percata después, al cabo de unas décimas de segundo.

Así que, actuando fuera del plano de la conciencia, mediante mecanismos automáticos, el organismo «reconoce» objetos y hechos relevantes para la supervivencia (objetos y hechos que estima «convenientes» o «inconvenientes» para la supervivencia) y responde a ellos según esa conveniencia. Ya lo señaló Descartes: «El deseo es la agitación del alma causada por los espíritus, que la disponen a las cosas que ella se representa como convenientes». Se ha de resumir, pues, diciendo que el organismo dispone de varios sistemas distintos para el «conocimiento» de la realidad. Algunos como la razón, situados en la superficie de la conciencia, y otros escondidos en sus subterráneos. Desde estas ocultas profundidades, el instinto y el deseo nos lanzan hacia lo que el organismo estima «conveniente» para la supervivencia, mientras que el miedo nos retrae de lo que el organismo estima «inconveniente» para sobrevivir. El organismo, considerando su holística estructura funcional, «reconoce» de forma distinta a como conocen los mecanismos de la conciencia.

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Expongo un ejemplo burdo con la pretensión de evidenciarlo. El del hombre casado al que la convivencia prolongada con una compañera de trabajo hace caer en la tentación erótica que se concita entre ellos, y que practica con la susodicha un rápido y ardiente intercambio sexual. Como el tal individuo sigue enamorado de su mujer (no hace aún un año que se conocen), su conciencia le avisa primeramente de que el deseo suscitado no resulta conveniente, y más adelante, tras de la consumación del deseo, le regala un sentimiento de culpa acompañado de un cierto  displacer o malestar, y le avisa de nuevo de los peligros y problemas que pueden surgir y de lo inconveniente de la acción realizada. Resulta, así, que los mecanismos de la conciencia reconocen inconveniencia, mientras que, ¡ah, aparente incongruencia!, otros mecanismos más primitivos, causantes de los instintivos, son «reconocedores» de lo conveniente de la acción. El organismo ha tenido que optar entre la conveniencia propuesta por la razón y la «conveniencia» propuesta por el deseo sexual. Ha tenido que optar… y «decidir».  Deducimos de ello que el organismo dispone de al menos dos sistemas distintos de «conocer», y que, en este caso,  los dos muestras conveniencias distintas. La memoria, el pensamiento, la razón, nos dan desde el plano de la conciencia (con titubeos, con cambio de criterios, con análisis antagónicos, a veces, de los asuntos) un dictamen de lo que conviene; mientras que, desde zonas subcorticales, obrando en el ámbito de lo insconsciente y «disparando» desde allí, las emociones y los instintos nos dan otro dictamen diferente. Tal vez convenga recordar que el organismo se dirige hacia lo que percibe «conveniente» mediante los deseos y los instintos, instrumentos estos del organismo, antiquísimos, y que velan por su supervivencia

Hasta aquí, no obstante, he considerado que esos sistemas actúan independientemente entre sí; lo cual es falso. Se hallan interconectados y se proyectan influencias mutuamente. Tradicionalmente la razón nos hacía humanos y el instinto nos hace animal, y tradicionalmente han sido considerados independientes, y han sido considerados «puros» en el sentido de que cada uno de ellos actúa con una finalidad bien definida y determinada; pero ese es un modelo ideal que no se atiene al verdadero carácter de promiscuidad e interrelación con que se manifiestan en nosotros esos instrumentos que son la razón y el instinto. Lo cierto es que en el cerebro existe una imbricación íntima de la corteza asociativa, responsable en gran medida de la conciencia, con los sistemas subcorticales responsables de las pulsaciones más primitivas.  Es manifiesto que emociones e instintos invaden con su acción el plano de la conciencia, influyendo de manera característica en su funcionamiento e incluso en misma emergencia. Y también los mecanismos de la conciencia influyen decisivamente en el desarrollo, en el modelado, en la magnificación o atenuación de los disparos emocionales e instintivos. La cosa se complica aún más porque en el conocimiento (y en el «reconocimiento») de la conveniencia (y de la «conveniencia») que procuran la conciencia y el sistema instintivo intervienen, como sistema evaluador, las emociones. Para aclarar estas cuestiones expongo a continuación un caso muy similar al expuesto anteriormente.

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De nuestra historia evolutiva conservamos una gran avidez por las grasas y los azúcares (los Mac Donald y las pastelerías o las tiendas de chuches se han creado a la sombra de esa avidez nuestra). En nuestro pasado de escaseces fueron sustancias muy demandadas por su alto valor calórico y, en el organismo, consecuentemente con ello,  se esbozó un especial placer gustativo por ese tipo de productos. Sin embargo, en la actualidad y en los países occidentales, la abundancia de tales nutrientes y el escaso gasto metabólico que realizamos por actividad  han motivado que ya no resulte conveniente el tomarlos.  Algunos tipos de diabetes, el sobrepeso, problemas del corazón, respiratorios… son los disgustos que nos causa ese «obsequio» de la evolución humana que es la avidez por ellos. El caso es que «nos los pide el cuerpo»; esto es, el organismo «reconoce» que dichos alimentos representan un bien a conseguir para nuestra supervivencia y, movilizado en el placer de consumirlos, nos impulsa a ello. No obstante, la conciencia nos avisa de lo poco convenientes que resultan. ¡Y el organismo se encuentra en un brete!, ¿a quién hago caso?  Claro, puede aducir alguien: «en eso consiste el libre albedrío, en la posibilidad de imponer las razones de la razón frente a las pasiones». Pero no es tan sencilla la cosa. En primer lugar, porque la razón no actúa sola. Mediante la razón analizamos los pros y contras de tomarlos y de no tomarlos, pero quien íntimamente valora los dichos pros y contras no es la razón, sino las emociones. Es el peso emocional que nos suscitan los pros y los contras quienes dirigen el análisis de la razón y finalmente quienes dan el veredicto. ¡Y dicho más exactamente!: como aún en un substrato de la emoción se hallan el placer y el displacer del miedo al peligro, estos son en última instancia quienes dan el veredicto que la razón sólo se encarga de reconocer y transmitir. Ante el pastel de marras el sujeto obeso siente que todo su  cuerpo está conjurado para engullirlo, pero una voz de peligro (de miedo condicionado a ciertos productos) trae la memoria que avisa: ¡cuidado, si engordas no gustarás a fulanita!, ¡cuidado, si comes ese pastel te sentirás molesto contigo mismo después!, ¡cuidado, con esa tripa que se te está poniendo, pues serás el hazmerreír de la oficina! Y también escucha los gritos del placer: ¡qué más da un pastel más o menos, si tiene tan buen aspecto!, ¡total, la vida son cuatro días y hay que aprovecharlos!, ¡ya estoy harto de pasar hambre y no consigo adelgazar!… La razón no ha tenido que ver en la emergencia de unos gritos u otros, sino que obedecen a motivos de miedo o placer.

 CONTINUARÁ…

Noticias de España

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Siempre que visito el lugar donde nací me suelo encontrar con viejos conocidos  a quienes no veía en mucho tiempo. Algunos emigraron de jóvenes y vuelven en visita breve y jubilosa. Pero todos ellos, los que se fueron y los que se quedaron, cantan alabanzas del lugar que les vio nacer. Y todos ellos se extrañan, e incluso se irritan, por el hecho de que yo no encuentre excelencias que cantar al respecto.

Sin menosprecio de considerar  la infancia como la patria espiritual de uno, el pueblo donde nací no es mejor ni peor que los demás en los que he vivido. Puestos a tener que destacar algo de él, sólo se me ocurre que sus moradores beben más vino y cerveza que en los pueblos de los alrededores. Al menos, presumen de ello.

También aseguran que el vino que se produce allí es el mejor del mundo. Cierto es que también aseguran lo mismo los habitantes del pueblo donde nació mi mujer, que se encuentra en la otra punta de España. Bien, he de decir que ¿dónde va a parar un vino con otro!, pero en fin, dice el refrán que de gustos no hay nada escrito.

Viene esto a cuento de que los españoles defienden con vehemencia su terruño, mientras que el defender o alabar a la colectividad nacional les produce vértigo, y, a muchos, vergüenza. Algunos sólo se sienten españoles si salen fuera de España. Entonces todo es morriña y confraternización con todo español que les sale al paso.

Somos un pueblo extraño, pero la izquierda política de este país es extrañísima. Contrariamente a otras izquierdas de Europa, que levantan un pedestal a su patria y a sus símbolos nacionales, en estos cuarenta años de democracia la izquierda española ha dado sobradas muestras de descreer de España y de su bandera.

Sin embargo, en repetidas ocasiones han aplaudido de forma entusiasta el represor nacionalismo catalán, que gasta tintes fascistoides y esquizofrénicos. Con decir que a un emigrante andaluz que insultó gravemente los símbolos españoles desde Cataluña, la izquierda sindical le hizo un homenaje en Madrid, queda todo dicho. Esas actitudes son explicables desde la suposición de que las produce el odio, pero la explicación que me resulta más satisfactoria es la de que “aquí no cabe un tonto más”.

Y si nos acercamos a los partidos políticos la cosa desbarra por todos lados. Ahora surge un nuevo partido, Podemos, dirigido por gentes que han sido asesores de Chavez y Maduro en Venezuela, y que son financiados por el Irán de los Ayatolas, ―mire usted por dónde―; y esos mismos anuncian a bombo y platillo que todos nos vamos a jubilar a los 60 años y que nuestra jornada de trabajo va a ser de 30 horas semanales, y que todos vamos a nadar en la abundancia cuando se les quite el dinero a los Bancos, y que dejaremos de pagar las deudas del Estado por narices. ¡Qué bicoca!, ¡pues qué bien, oiga, me apunto!, ¡ah!, también aseguran desde ese partido que todo pueblo que quiera podrá votar libremente para independizarse del vecino si así lo decide. ¡El acabose! ¡Volvemos al Cantonalismo!

¿Qué es el Cantonalismo?, se dirán ustedes. Pues un movimiento que durante la Primera República española promovió la independencia de las ciudades al modo de las Polis griegas (aquí en España siempre hemos sido así de ocurrentes). Y ahí tenías al cantón de Cartagena en guerra abierta con el cantón de Murcia. En fin, un disparate más de los muchos que han tenido lugar en esta piel de toro.

¡Vamos a ver, oiga, que hemos sufrido tres guerras carlistas y varias intentonas, y guerras civiles que ni te cuento! ¡Y es que aquí siempre nos hemos ido por los extremos! Tal como se lo digo: “En España no cabe un tonto más”.

¡Y qué le voy a decir del pensamiento y de la cultura!, tontadas a carretadas, que dicen aquí en Aragón.

No es que España carezca de grandes y profundos pensadores y de hombres de cultura amplísima, ahí están los Américo Castro, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Unamuno, Ramón y Cajal, Severo Ochoa, Menéndez Pidal, Menéndez Pelayo y un larguísimo etcétera más, pero están olvidados cuando no despreciados o al menos no reconocidos debidamente…, ¿por qué? Porque todo lo que en este país hoy lleva el nombre de cultura es cosa ramplona, propio de actores de películas malas que forman parte de una secta que se cree en posesión de la verdad absoluta; y lo que no entienden y les viene grande lo desprecian.  Ni escritor ni actor ni artista alguno que no sea de su secta puede cobrar valor cultural porque ahí están ellos con  sus pistolas preparadas.

Miren ustedes algo que parece increíble: los mismos culturillas que no reconocen a nuestros grandes hombres (ni los reconocen ni los entienden) hicieron no hace mucho en Aragón hasta cuatro homenajes con gran boato a Pepín Bello; además, en el 2004 se le concedió la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes, y en el 2001 la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Pero, ¿quién fue Pepín Bello?, se preguntarán ustedes, ¿cuál fue su labor? Ninguna, les respondo. Nunca se le conoció oficio ni nunca escribió ni nunca hizo cosa de provecho reconocido. ¿Cuál es entonces su mérito?, se preguntarán: pues que coincidió en la Residencia de Estudiantes con Lorca, Dalí y Buñuel, y, claro, con la iglesia de los culturillas hemos topado, amigo Sancho, porque Lorca, el poeta de quien Borges decía que su oficio era el de ser andaluz, es el Sancta Sanctorum de los culturillas españoles. Ni más ni menos, ese es todo el mérito acumulado por Pepín Bello, coincidir con Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid, un talismán hoy en día como el poseer en la Edad Media el brazo incorrupto de Santo Tomás.

Tal como dice Javier Pérez-Reverte, si entra un tonto más en España se cae al mar. Propongo que se corrija inmediatamente en la Wikipedia la entrada correspondiente a Pepín Bello, que nada menos que en su primera línea le atribuye ser escritor e intelectual, ¿quién es el estúpido que así subvalora el intelecto y la escritura?

Por lo demás, tenemos en España médicos, físicos, ingenieros, arquitectos, investigadores, que se codean con lo mejorcito del mundo en su género, pero para los culturillas todo lo que huela a ciencia es reaccionario, ¡qué le vamos a hacer! Con estas miserias cabalgamos. Todavía Borges es un proscrito en esa camarilla de culturillas, ¡qué les voy a decir más!

Si a los tontos les nacieran alas, su bandada cubriría el cielo de España.

El País de Jauja y de Todos lo Mismo

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Érase una vez el país que digo, grande o chico, pobre o rico, seco o húmedo. Sus habitantes gozaban de derechos y libertades y tenían un plato lleno en la mesa, así que decían sentirse felices. Pero, al comprobar algunos que la mansión de otros era mayor que la suya y más hermosa, decían también sentirse agraviados e iracundos por esa diferencia.

(Al fin y al cabo lo que provoca disgusto y envidia y resentimiento no es el poco tener, sino el tener menos que los otros).

Para todo zapato siempre hay una china, y para todo descontento popular siempre hay un Conductor que aparece. Y los dos pinchan. La china con sus aristas y el Conductor o líder con sus palabras.

¡Y qué palabras más finas y hermosas decía el Conductor!: Libertad, Derechos, Igualdad, Riquezas… Así que al resentimiento de muchas gentes se le unió la ilusión de alcanzar un mundo feliz. Y estalló la Revolución. Lo hizo con muchas muertes y destrucciones, pero se ganó.

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En los comienzos la gente trabajó muy duro porque tenían la cabeza llena de ilusión. Pero un día un agricultor vio que su vecino salía 3 horas después que él hacia el trabajo y que trabajaba menos. Otro día todos los habitantes de un barrio se apercibieron de que el más protestón y más vago de entre ellos había sido nombrado su jefe directo. A don Lucas, un hombre de gran laboriosidad y grandes ideas que antes de la Revolución había creado dos empresas y muchos puestos de trabajo, le pusieron a sacar aguas fecales y le despojaron de todo.

Para dirigir las dos empresas que don Lucas había creado, pusieron a un imberbe mal encarado que era de fácil gatillo, y con él al mando la producción bajó a un cuarto y la calidad del producto se resintió. Pronto las cerraron.

Las mujeres, que son las primeras que entienden la situación y que son las que a escondidas hacen las grandes revoluciones, dijeron a sus maridos:

―A ti no se te ocurra trabajar más que los que trabajan menos, que luego el reparto es por igual. Además ―dijo una tal Encarnación―, me ha dicho Juanita que los más inútiles y vagos se ríen a espaldas de los que más trabajan.

La autoridad había hablado. La producción del lugar cayó en picado al tiempo que la ilusión se esfumaba. Como las ruedas dentadas del mecanismo de un reloj, todos los trabajadores acoplaron su ritmo y su horario de trabajo al de los más inútiles y vagos.

―Me engañarán en el reparto, dijeron muchos, pero no en el trabajo.

La producción cayó ahora a mínimos. Las averías de la maquinaria, por descuido o por desidia de los operarios, contribuyeron a ello.

El Conductor y sus acólitos examinaron la situación y dictaminaron que el caos se debía al sabotaje que efectuaban algunos elementos contrarrevolucionarios. Entonces comenzaron las purgas de los sospechosos. Las cárceles se llenaron, pero la situación productiva no mejoró.

De un asesor del Conductor surgió una idea brillante que aumentó enormemente la oferta de puestos de trabajo: crear un cuerpo de policía gigantesco que vigilase de cerca a la población para encontrar a los saboteadores y a los enemigos de la Revolución.

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Poco después de eso, la categoría Enemigos de la Revolución estaba en boca de todo el mundo. Los Enemigos eran los culpables del descarrilamiento del país. Si uno era acusado de Enemigo ¡estaba listo!

Todo el mundo empezó a vigilar a todo el mundo. Se emitieron draconianas leyes que limitaban la movilidad de las personas, su privacidad y sus derechos. Cualquiera podía ser detenido sin acusación concreta.

Juanita le dijo de forma tajante a su marido:

―Ni se te ocurra criticar nada ni siquiera abrir la boca en el trabajo, ¡que los hombres sois bastante tontos para eso!

Y aquel mismo día el marido agradeció el consejo o la orden de Juanita y alabó su conocimiento, pues a su compañero Felipe se lo llevaron preso por criticar las nuevas normas en el trabajo.

La ilusión aquella de los comienzos aún permanecía en unos pocos, aunque muy menguada, por cierto. Las bellas palabras revolucionarias ahora sólo producían hartazgo, pero por precaución y miedo se pronunciaban con aparente fervor en los mítines del Conductor, no sea que a uno le acusaran de Enemigo.

La falta de esperanza  pronto produjo desánimo en la población, y se intentó mitigar con la bebida y el baile. Así que la gente empezó a faltar al trabajo alegando males imaginarios, y las máquinas se fueron estropeando o quedando obsoletas, y los muros de las casas se ennegrecieron o se derrumbaron, y los viejos coches dejaron de funcionar, y la escasez de alimentos y otras necesidades llamó a la puerta. Pero quedaba el remedio de la bebida y el baile.

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―Encarnación, mañana estaremos al otro lado de la valla. Mi marido ha sobornado a la gente adecuada.

―Ay, Juanita, me da un poco de pena dejar todo. ¿Cómo nos acogerán al otro lado?, ¿y si nos cogen?

―Déjate de pamplinas Encarna. Hay que salir de esta prisión. Eso de todos iguales aunque en la miseria, no va conmigo. Además, tú eras una entusiasta de la Revolución. Ves a qué nos ha conducido matar a la gallina de los huevos de oro.

―Razón tienes, Juanita. Yo, qué ilusa.

De lo lógico y lo mágico

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Mi modo de mirar el mundo y las vicisitudes sociales nunca ha sido frío pero sí  racional. Empeño pasión en indagar las causas de los hechos y en intentar vislumbrar las consecuencias de las acciones. En aras de que brille la verdad, me he batido contra todo tipo de oscurantismos y supersticiones, y empleo para ello toda la artillería de mi razón y mis conocimientos.

Contra las autoproclamadas Ciencias adivinatorias, como la astrología y la quiromancia; contra los defensores de los llamados fenómenos paranormales; contra los avistamientos de OVNIs y contra arcaicas supersticiones; contra ese deísmo o panteísmo tan en boga que santifica lo “natural” y da por excelso cualquier absurdo o cualquier estupidez seudomística si viene envuelta en la bandera del ecologismo; contra todos esos dislates me he batido.

También me he batido contra ese sinsentido que es la Homeopatía; contra la oscuridad huera de muchas filosofías; y contra la pretensión de tildar de ciencia al psicoanálisis, cuando el hecho es que no ha  presentado jamás prueba científica ni sanación alguna.

Me jacto de poseer unos buenos anteojos para atisbar las razones de las cosas más allá de su apariencia, y creo firmemente que la magia no tiene lugar en este mundo. Pero…

Verán:

Siendo yo niño tenía mi padre un caballo alazán muy fiero para el trabajo, de dócil trato y de mucha utilidad para las labores del campo. Le creció a aquel alazán una verruga en el lagrimal del ojo. Una verruga de tan gran tamaño que  cubría todo su ojo izquierdo  y lo invalidaba como animal de tiro y carga. El veterinario del pueblo ―pues mi familia era rural―dictaminó que era preciso sacrificarlo. Mi padre, de escasos medios económicos y apegado al caballo, se resistió a ello.

Pero antes de seguir con el caso he de aclarar que estoy hablando de finales de los 60 del pasado siglo, de España y de 4.000 habitantes; y ningún pueblo que se preciase carecía de brujas y sanadores varios. Se les llamaba para quitar el mal de ojo, sanar las torceduras, aliviar los retorcijones de tripas y, alguna vez que otra, para eliminar verrugas. Éstas se contaban con minuciosidad y ya bastaba. Del resto se encargaba el ritual que el brujo o la bruja ejercían misteriosamente en su propia casa. Según se decía ―pero, ¡vaya usted a saber!― en el ritual participaban ciertos rezos, el agua bendita, la media noche y el viernes. Las verrugas desaparecían sin más. Eso decían las gentes del lugar.

Si la memoria no me falla, las malas lenguas aldeanas achacaban a alguna bruja trato con Dios, mientras que a una, joven, muy señalada ―que ya había enviudado en cuatro ocasiones―le achacaban trato con el diablo.

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Yo doy fe del siguiente suceso. Blanca, la hermana mayor de uno de mis mejores amigos, tenía desde 10 años antes el cuerpo repleto de verrugas. La visitó el brujo. Le contaron todas sin dejar ninguna.  Tenía165. Marchó el brujo. Pasaron dos semanas. La muchacha, de 16 años, se levantó aquella mañana,  se quitó el camisón y quedó desnuda, fue a sacar el vestido del armario y vio de refilón su cara en un espejo deslustrado. Desvió su atención hacia el vestido y de pronto le vino a la cabeza la discordancia. Se volvió a mirar en el espejo: todo su cuerpo estaba limpio. Aquella misma mañana, después de muchos años, salió a la calle acompañada por su madre. Yo la vi y días antes la había visto en su casa. Las verrugas de su cuerpo habían desaparecido.

Aunque no  supe interpretarlo hasta mucho después ―tendría yo entonces diez u once años― un hombre entrado ya en la vejez nos dio a mí y a mis amigos la explicación lógica del hecho de la eliminación de las verrugas de Blanca. Se le conocía como el “ilustrao”, y vivía solo y apartado de las gentes. Era greñudo, desaliñado, y su extravagante indumentaria se adornaba de retales, remiendos y rotos. Pero no le rehuían las gentes por esa causa, sino por ser un descreído. Descreía de las razones mágicas que utilizaban los aldeanos y prefería las lógicas, que siempre tienen menos predicamento. Por esa razón le rehuían. El caso es por unas causas u otras prefería la compañía de los muchachos mientras jugábamos en las afueras del pueblo durante las calurosas noches de verano. Para la eliminación de las verrugas de Blanca nos dio esta explicación que en aquel entonces no entendimos: “Si uno cree que una cosa le va a pasar, le pasa. El creer hace milagros”. Y todos nos quedamos mudos porque a él se le conocía también como “el descreído”, y porque no podíamos imaginar que por creer en el poder del brujo uno  pudiera sanar.

Volviendo ya al asunto del alazán, he de decir que mi padre no era muy crédulo en los asuntos en los que supuestamente intervenía la magia, así que pensó que si alguna cosa podía resultar eficaz para eliminar la verruga del caballo, esa cosa tenía que ser el ungüento del tío Botijón, un curandero del que contaban milagros. Lo daba en un frasquito a cambio de la voluntad del afectado, aunque en este caso la voluntad era la de mi padre y el afectado era el caballo.

¡Mano de santo! Con la aplicación del ungüento la verruga se fue consumiendo y terminó por desaparecer en una semana. A cambio del pago de la voluntad, el ungüento aquel salvó el ojo del caballo y salvó su vida. También fui testigo de ello.

Muchos años después, cuando ya había cumplido yo los 35, coincidí con el nieto de aquel tío Botijón cuyo ungüento había secado de raíz la verruga del alazán de mi padre. Coincidimos, codo con codo, en las gradas de la plaza de toros del pueblo, en la que se ofrecía un espectáculo taurino. Aunque no recuerdo que hubiese hablado antes con él, entablamos conversación a cuenta de la verruga y del caballo, y me atreví a preguntarle si había heredado los ingredientes del ungüento.

―No, me dijo, los poderes los ha heredado mi hermana.

Con “los poderes” se refería a los poderes mágicos, pues es sabido que los sanadores y los brujos  legan sus artes a alguno de sus descendientes. Todavía me atreví a preguntar: ¿por qué no ha patentado tu familia la pócima?, pues estaba seguro que de comercializarse tan maravillosa pócima reportaría buenos beneficios económicos. Y entonces me dio una respuesta que conmovió los cimientos de mi racionalidad.

―No, si el ungüento del frasco solo contenía vinagre y garbanzos machacados. Eran las fórmulas mágicas que mi abuelo empleaba en sus rituales las que sanaban al enfermo.

Y  quedé mudo.

Desde unos años antes la psicología venía ocupando parte de mi tiempo y de mi fervor, y achacaba la sanación de Blanca al “efecto placebo” tan bien descrito con las palabras de aquel “ilustrao” de mi infancia: “el creer obra milagros”. Pero comprendí inmediatamente que las razones lógicas patinaban en el caso del caballo. O daba por bueno el efecto curativo de los rituales mágicos o daba por bueno que los caballos  puedan albergar creencias y resulte eficaz en ellos el efecto placebo. Algún lector descreído puede que achaque todo a la casualidad, pero no era el primer animal que el tío Botijón sanaba con su ungüento.

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En el bien consolidado armazón de mi racionalidad, ese patinazo, esa singularidad extraña y amenazadora, es una espina que llevo clavada, es un aguijón que en ocasiones hurga de forma despiadada en el  acervo  de mis convicciones científicas. Es una pequeña herida que se resiste a cicatrizar.

Próximamente

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Por razones varias tengo que abandonar temporalmente la publicación de nuevas entradas en el blog. Todo aquel que quiere cavilar debe retirarse al desierto. A él me retiro con la esperanza de la iluminación y con el propósito de aprender a ser más eficaz en los asuntos que me depare la vida. Dejo como despedida unos consejos, un temor, un buen discurso en video y un poema.

Agradezco su interés a todo el que me haya leído,  y si ha obtenido interés de ello, doblemente lo agradezco. ¡Hasta más vernos!, que espero no sea mucho;¡que los hados nos traigan días de vino y rosas!

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Unos consejos que siempre van bien:

Simplifica el decorado de tus necesidades, en resumen, simplifica tu vida.

Despréndete de lo que solo aporta vanidad.

Evita que te zarandeen las modas

Si tu necesidad afectiva es muy grande, antes de mirar fuera, mira en tu interior.

No te esclavices ni a la amistad.

Organízate, decídete, véncete.

La vida te ha de hacer fuerte. Ese debe ser el primer mandamiento.

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Un temor:

En el año 1085 Alfonso VI de Castilla conquistó Toledo a los árabes. El asceta Abú Muhamma Ibn-Azzad escribió al respecto:

¡Oh gentes de al-Andalus,

Espolead vuestras monturas para partir,

Porque permanecer sería locura!

El manto se desfleca por los bordes,

Pero el de la península se deshace por su centro.

Mi temor es que ahora se desfleque el manto español y europeo por los bordes. Quienes lo están desflecando son dos  populismos redentores, el heredero del marxismo y el nacionalista. Europa se puede desflecar por el borde griego. España se puede desflecar por los bordes catalán y vasco, pero también por el centro, por el populismo de Podemos.

Esos populismos son redentores, prometen un paraíso en caso de conseguir el poder. Catalanes y vascos pintan ilusamente que una vez fuera de España ese paraíso aparecerá de forma automática por lo recio de la personalidad de sus hombres.

Podemos, siguiendo los panfletos marxistas, promete un paraíso en la igualdad. Que nadie destaque, que nadie sea más rico, que nadie tenga más derechos. Rasar. Esa es la acción.

En lo que no difieren los populismos y los nacionalismos en incitar al odio y a la revancha, y en prometer paraísos y proponer soluciones ilusas que siempre han conducido, e inexorablemente conducirán en caso de aplicarse, a la miseria, al totalitarismo y a la disgregación. Todos ellos eluden la propia responsabilidad de su situación y echan las culpas de ella a los demás. Los culpables son siempre los otros.

Ese es mi gran  temor.

 

Magnífico discurso de una parlamentaria de Guatemala

https://www.youtube.com/watch?v=_04ZS7b43eU

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Poema: Ausencia

 

En el destierro de cada hora, pienso:

¿qué hará ella?

¿con qué bálsamo sanará sus heridas?

¿sonríe o llora?

¿mirará la misma estrella que yo miro?

¿estará su corazón anegado de tristeza como el mío?

 

Del reparto justo

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En mi anterior entrada Psicología, sentimientos e injusticia, hablé de la tendencia humana a percibir como justo aquello que nos produce satisfacción o conveniencia. Hoy voy a hablar acerca de la posibilidad de determinar un sentido de lo justo que desde la razón económica resulte irrebatible argumentalmente, aunque no lo sea desde la razón que alegan los sentimientos.

De lo arduo que resulta el sentar alguna base sólida desde donde poder abordar con ciertas garantías de ecuanimidad el juicio sobre lo justo o injusto de un asunto o de un dictamen, da cuenta el sorprendente hecho de que poseemos un mecanismo neuronal que procura por la justificación de los propios actos y creencias. Las neurociencias lo han puesto de manifiesto mediante experimentos que no viene a cuento detallar.

Si lo que percibimos justo obedece a nuestro interés ―a la satisfacción, conveniencia o grata sentimentalidad que nos produce―irremediablemente nos encontramos sobre arenas movedizas a la hora de señalar “imparcialmente” lo que consideramos justo. Es decir, al responder  al interés personal, lo justo no se puede universalizar, cada cual tendrá su propio sentido de la justicia y generalmente no coincidirá con el sentido que aprecien los demás.

Tal vez se aclare lo dicho echando mano del sentimiento de la compasión, que constituye una de las bases de la moral (las principales bases sentimentales de la moral son la vergüenza y la culpa).

La compasión, que surgió evolutivamente con la “finalidad” de cohesionar los grupos humanos, puede, no obstante ser tan alabada, producir una interpretación de lo justo deleznable. Me detengo un instante en analizar algunos de los posibles efectos de establecer lo justo compasivamente, es decir, poniendo a la compasión como juez.

Empecemos por señalar que nuestro cerebro construye mentalmente un “nosotros” y un “ellos”, y juzga de manera radicalmente distinta las acciones de quienes catalogamos en un grupo o en otro. Con uno de los “nuestros” vale la disculpa, la compasión, el afecto…; con uno de “ellos” vale el odio, el culpabilizar, el juicio perverso de sus actos…

En los distintos grupos políticos, religiosos, familiares, económicos, etc., es fácil de ver esa radical diferenciación del juicio que emitimos acerca de un mismo acto cuando éste es realizado por uno del propio grupo o cuando lo realiza un individuo del grupo oponente. Acerca de un tema de tan candente actualidad como es el del terrorismo islamista, se han llegado a escuchar voces de algún sujeto de la extrema izquierda que ha llegado a justificar los atentados de París: en el “nosotros” de ese sujeto se encuentran los islamistas radicales. Eso explica su aberrante juicio.  Otro caso semejante de disparidad de juicios sobre lo justo de una acción o de un reparto, dependiendo del sujeto implicado, se manifiesta en algunos animalistas que, con evidente pasión, declaran que es de justicia otorgar a los animales iguales derechos y condiciones de vida que los poseídos por los humanos, y pretenden que se penalice con graves penas a quienes no los respeten, mientras que se muestran indiferentes ante las calamidades que pueden estar padeciendo un grupo de humanos. En su “nosotros” se encuentran los animales.

Así que la compasión, que depende de la categoría  “nosotros”,  no resulta ser un buen aliado para determinar un sentido de lo justo que resulte universalmente aceptado con argumentos de la razón, aunque  lo sea con argumentos sentimentales.

Veamos un caso de reparto de bienes que universalmente es considerado justo. Malinowski descubrió durante sus investigaciones con pueblos primitivos que la base del orden social en las sociedades pequeñas es el Principio de Reciprocidad. Te doy, te ayudo, te presto, colaboro en tu empresa, en la esperanza de que tú me devuelvas en igual medida. Bien es verdad que cuando dos individuos cooperan a partes iguales en una determinada labor, en el fuero interno de cada uno de ellos se desea obtener el mayor beneficio posible, aun a costa de mermar el beneficio del otro cooperante. Recuérdese que nuestra esencia es el egoísmo. Pero ambos perciben que lo justo es la igualdad en el reparto de beneficios por haber sido la misma la aportación de cada uno de ellos. Es esta una estrategia apropiada para el mantenimiento de la relación cooperante, que evita disputas y sentimientos de agravio. Al proporcionar tales ventajas a la actitud cooperante, es decir, al obtener ambos cooperantes beneficios de la cooperación, las acciones, las ayudas y los repartos basados en el Principio de reciprocidad se perciben universalmente como justos. Si uno de los cooperantes recibiese menos de lo que le corresponde según el principio nombrado, se sentiría agraviado y ello sería un factor decisivo para dejar de cooperar y para el enfrentamiento.

El tal principio lo podemos extender al caso en el que uno de los cooperantes aporta a la cooperación en mayor medida que el otro. Parece obvio en tal caso que lo justo sería el reparto equitativo de recibir en proporción a lo que se ha aportado. Pero no resulta tan obvio como parece porque cuando se hacen aportaciones desiguales aparece la consideración del mérito de cada cual, y medir este mérito conlleva graves complicaciones. Sirva de ejemplo del desacuerdo en los criterios con que medir el mérito la propuesta marxista: “De cada cual según sus capacidades, a la cual según sus necesidades”.  Una propuesta ilusa que ha traído el desastre económico a todos los países que han ensayado modelos comunistas; pero también una propuesta que pone de manifiesto el gran desconocimiento de la naturaleza humana de que Marx y Engels hacían gala. Simplemente negaban el mérito ¡y esperaban que todos cooperasen con todas sus fuerzas!

Y es que si un individuo presenta, en una cooperación con otro, más méritos que éste, por ejemplo, mayores capacidades creativas o mayor ingenio o más fuerza, el que presenta menos méritos se siente doblemente agraviado, no solo por recibir menos en el reparto de beneficios, sino también por poseer menores capacidades. Dado nuestro carácter egoísta, el mérito que presentan los demás y que sobresale por encima del nuestro nos parece injusto, y suele conducir al nacimiento de envidias, odios y resentimientos. El Igualitarismo proclama esa injusticia, niega el mérito, y encauza esos resentimientos. Para el Igualitarismo, lo justo es la igualdad en el reparto.

Así que para que el mérito de algunos sea reconocido por todos, al menos desde la óptica del beneficio personal, es decir, con la razón y los números aunque no necesariamente con el sentimiento, para que al menos desde ese punto de vista el reparto desigual sea considerado como justo, es preciso que del mérito de unos pocos saquen beneficio todos.

Esta solución de lo justo está contenida secretamente en las doctrinas calvinistas. Calvino justificó la desigualdad de riquezas y estatus entre los hombres. Con su conducta y sus éxitos cada individuo se demostraba a sí mismo y a los demás que era uno de los Elegidos por Dios. El calvinista Adam Smith lanzó estas razones: “Los hombres son egoístas por naturaleza, dejémosles comportarse económicamente según su egoísmo les dicte, pues se verán irremediablemente conducidos por la mano de Dios a la búsqueda del bien de la comunidad”. Esto es, cada individuo colabora egoístamente de tal forma que el esfuerzo conjunto conduce a la obtención del máximo beneficio para la sociedad.

Dicho con otras palabras y evitando cualquier referencia religiosa: logrando mediante leyes que todos los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima, el actuar en lo económico egoístamente procura el mayor beneficio posible, no solo para el propio individuo, sino también para todos los miembros de la comunidad. El mérito de un o repercute en el beneficio de todos. Además, el éxito de cada cual es el reflejo de sus propios méritos, lo cual evita el gran problema de tener que determinar la vara de medir los méritos (una vara de medir que se estira o encoge según el “otro” sea o no uno de los “nuestros”). El éxito obtenido evidencia el mérito.

¿Extraña que esa fórmula de lo justo en el reparto diera los mayores frutos económicos que se habían producido jamás en la historia de la humanidad, que produjera la Revolución Industrial y el auge del capitalismo? Claro, una condición que he señalado y que no se halla presente en el capitalismo real es el la de que los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima. Esto implica una optimización de los recursos humanos, esto es, todo el mundo tendría que poder acceder en igualdad de condiciones a los recursos económicos, algo que las diferentes posiciones de partida de unos individuos y otros hace imposible, lo que origina que el éxito económico y el reparto de riquezas dependa en gran medida de la posición inicial desde la que parte un individuo.

Así que en este modelo ideal capitalista (aunque inicialmente el capital estaría socializado) el reparto justo se realizaría de acuerdo al mérito mostrado por cada individuo en generar riqueza que repercutiese a favor de la comunidad, y la vara de medir ese mérito sería precisamente el éxito obtenido por el sujeto en la obtención de beneficios. Económicamente, todo el mundo obtiene beneficios del éxito de cada sujeto. De ese modo, desde el mero punto de vista económico, el desigual reparto de riquezas entre los distintos miembros de la comunidad se consideraría justo porque egoístamente satisface a todos, ya que produce el mayor beneficio posible para cada uno de ellos.

Pero el hombre no es simplemente un animal económico, es sobre todo un animal sentimental, y ese desigual reparto, inobjetablemente justo de acuerdo con la razón económica, no lo sería con la razón sentimental: el sentimiento de agravio comparativo (y el consiguiente resentimiento contra los de más éxito) seguiría produciéndose en aquellos que muestran menos mérito, que obtienen menos éxito y cuyas expectativas de mejorarlo son pequeñas. Esas razones sentimentales llevarían a muchos a preferir la miseria para todos antes que la desigualdad. Tales son las razones que presenta el Igualitarismo extremo, cuya razón sentimental les dicta la fórmula de “lo justo en el reparto es la igualdad”.

No por razones de justicia social, como se suele alegar, sino por razones de conciliación social y de compasión (la compasión, por la conveniencia de armonía social, abre el “nosotros” a todos los miembros de la comunidad), la comunidad detrae riqueza de los más económicamente favorecidos y la asigna gratuitamente a los menos favorecidos. Pero esto, como ya he dicho, no es una cuestión de justicia en el reparto, sino de caridad y acuerdo y armonía social, y no es éste el tema.

JUDÍOS, CRISTIANOS Y MUSULMANES

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Las religiones del Libro

Se denominan así a las tres religiones que tienen un libro santo donde se cifran sus doctrinas, el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam.  También las tres proclaman un único Dios ―que es el mismo en las tres―, además de estar relacionadas entre sí por la consideración de ciertos profetas judíos como verdaderos, entre ellos Abraham y Jesús.

Origen

Parece ser que el monoteísmo hebreo comienza como imitación del culto monoteísta que practicaba en Egipto el faraón Akenaton, pero es en el cautiverio de Babilonia cuando se elabora una parte sustancial del Torah, el principal libro sagrado del judaísmo, que conocemos como Antiguo Testamento. En Babilonia se transcribe al Torah gran parte de la mitología irania:  el Diluvio Universal, el Cielo y el Infierno, los ángeles y los demonios, la existencia de un Mesías redentor, el Juicio Final, y un largo etcétera, parte del cual se encuentra en el Avesta de Zaratustra y parte es de una antigüedad mayor.

El Cristianismo ―para nosotros no precisa de mayor explicación―, nace de las enseñanzas del judío Jesús. Sin embargo, Jesucristo, más que seguir con el esquema de un dios, Yahwé, perteneciente con exclusividad a un pueblo, el israelí, realiza una reforma ética (véase la entrada, Ética del Apaciguamiento) que clama a favor de los débiles.

El Islam nace con Mahoma, su profeta, quien pensó primeramente en adaptar el judaísmo (en Arabia residían numerosos judíos) a las características del los beduinos del desierto arábigo, pero la desafección de aquellos a sus doctrinas le empujó a desarrollar una doctrina de caracteres nuevos, aunque Alá sea el mismo dios de Abraham.

Desarrollo

El fuerte sentimiento religioso judío provocó incomodidad en los imperios antiguos como el babilónico o el Asirio, lo que causó las primeras diásporas de los judíos, pero fue sobre todo en los años 70 y 135 d.C. cuando el imperio romano les expulsó de Israel y repartirse por el mundo conocido(después han sufrido muchas más diásporas, como la de los sefardíes, los judíos españoles expulsados por los Reyes Católicos). Desde entonces hasta la constitución del Estado de Israel en 1948 han sido un pueblo sin tierra y han estado sometidos a todo tipo de persecuciones y matanzas. Desde esa fecha forman un Estado laico que pretende a coger a los varios millones todavía dispersos por el mundo.

El cristianismo, un movimiento que inicialmente es Igualitarista y apocalíptico, es decir, que con el reclamo del amor al prójimo en comunidad y la espera de una pronta Resurrección de los Muertos atrae a los menesterosos de la Tierra, al contacto con el mundo griego se carga de interpretación gnóstica, y al contacto e inclusión en el mundo romano ―adaptándose a sus estructuras de poder y escalando por ellas― se convierte en sostén y fundamento de las jerarquías de poder, estableciendo una sociedad a caballo entre la teocracia y la organización indoeuropea de clases.

Aunque en el cristianismo se produce desde un primer momento separación entre la organización política y la religiosa, no es hasta el surgimiento del protestantismo cuando dicha separación se hace nítida. La multiplicidad y variedad de grupos cristianos nacidos del protestantismo hizo posible esa separación. E hizo posible la democracia, los derechos individuales, la cultura y el progreso.

Ésta separación no se produce en el Islam. Ni siquiera dándose también una gran variedad de sectas islámicas:  72 son las clásicas, y 4 escuelas de jurisprudencia. El Islam es religión pero es también política y jurisprudencia y es costumbre y las enseñanzas del Corán rigen todos los aspectos de la vida del creyente. El Corán y los hadits (dichos) del profeta forman lo que se denomina Sariah. Muchos de estos hadits se escribieron hasta 400 años después de muerto Mahoma.

Las mayores creaciones científicas, culturales o tecnológicas del Islam se produjeron hasta el siglo XI. Hasta entonces las diversas interpretaciones del Corán y de los hadit del Profeta habían sido defendidas vivamente pero con considerable libertad de criterio. Recuérdese que en palabras de Mahoma «La verdad profunda se oculta tras siete velos». A partir del siglo XI la interpretación moralmente más rígida y menos amiga de la libertad de conciencia se impuso a todas las demás, y la fuerza creativa del mundo musulmán desapareció. Éste es un ejemplo de cómo la moral puede maniatar el progreso e  impedir todo cambio.

Pero el Islam no resulta sólo inmovilista, sino también totalitario y opresivo. La amenaza de la Yihad, la pena de muerte para el apóstata, la subordinación de la mujer al hombre, la falta de libertades, la negación de la democracia, la persecución de las otras religiones…Todo esto es característico del Islam. Y es también en los últimos tiempos un hontanar de odio hacia el Estado judío y hacia Occidente.

Fuerza de las religiones:

Los judíos tienen su dios, un dios para un pueblo, el pueblo elegido. Los dioses habían sido hasta entonces dioses de una ciudad o de un país,  moraban en santuarios fijos y cobijaban bajo su amparo a todo el que le aceptara; pero Yahwé es un dios ambulante que exige la transformación interior del individuo mediante la obediencia, que exigía a su pueblo la sumisión plena, un dios de moralidad extrema. De tal fanatismo moral, surgió la obsesión de los judíos por la pureza ritual. Pero, en fin, un dios del pueblo elegido, que procura las victorias o derrotas contra los enemigos según obre el pueblo. La esperanza y el temor de todo el grupo se cifran en él. No ya de un individuo, sino que según el comportamiento del grupo Yahwé envía premios o castigos a toda la comunidad. La  cohesión de un grupo cifrada en el orgullo de ser el pueblo elegido, de poseer un dios propio. De ello, también, una fortísima reprobación social contra quien desatiende las doctrinas. Al fin y al cabo, la conducta de unos pocos puede afectar a la totalidad a través de los castigos mandados por el dios a la comunidad. Totalitarismo religioso y moral. Orgullo de grupo, temor del grupo, esperanza del grupo: creencias de rebaño. La moral adaptada a la naturaleza del rebaño. Pero un rebaño sin rabadán, que se guía por la Torah, la palabra escrita de Jehová, y por la tradición oral, el Talmud, que establece los actos rituales y en ocasiones interpreta la Torah.

Cristianismo e Islamismo prometen un paraíso más allá de la muerte para quienes se atengan a las normas de conducta que dichas religiones prescriben. Es cierto que en el Islam se detallan profusamente las dádivas y premios que los admitidos a dicho paraíso obtendrán. Sobre todo en relación a los hombres, se detallan las huríes que cada uno tendrá según el mérito adquirido, así como los colores, los manjares etc que recibirán. El cristianismo no lo detalla en grado semejante. Lo que sí hacen algunas sectas protestantes es detallar las penalidades del infierno.

Describiendo el paraíso se aviva el deseo; describiendo el infierno se aviva el temor. Miedo y deseo, ya lo sabíamos. Esos son los ingredientes de la fuerza que nos empuja a creer.

 

Esoterismo y Misticismo

El esoterismo cristiano no ha carecido de importancia, y ahí está el ejemplo de Raymon Llull y del gnosticismo de muchos de los primeros padres del cristianismo, pero nada en comparación con el esoterismo judío o el de algunas sectas y grupos islámicos. En cuanto al misticismo, es decir, la experiencia personal y amorosa con Dios, sí son comparables. San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y todo el movimiento eremita de los primeros cristianos pero incluso de los miembros de cualquier orden monástica, tienen su equivalencia en el sufismo musulmán. En el judaísmo, sin embargo, esoterismo y misticismo van de la mano, son dos caras de la misma moneda. Expongo a continuación algunas prácticas esotéricas de estas religiones.

Los textos escritos contribuyeron sobremanera a ello al recoger la historia mítica y dotarla de carácter sobrenatural. Y una vez establecido ese carácter, alrededor de él nacen las interpretaciones esotéricas. Por ejemplo, algunos grupos protestantes consideran que la Biblia contiene –palabra a palabra—la voluntad divina, y que es, por esencia, inalterable; lo que conlleva a que el creyente deba atenerse a un comportamiento  acorde con esa voluntad. Para los musulmanes el Corán es increado, existía antes de la creación, siendo su esencia hecha de aliento divino (que es uno de los atributos de Alá). Pero el Corán se abre a muchas interpretaciones. Toda la historia del Islam gira en torno de las alegorías que pronunció el profeta en ese libro.

No obstante, en donde los sentidos e interpretaciones resultan infinitos es en la Torah de los judíos. Para muchos de ellos, Dios y la Torah son lo mismo. Dios se limita a un texto, pero a un texto infinito. Infinitas son las interpretaciones que los talmudistas obtienen de él. De ahí la infinitud deYahwé. O dicho de otro modo: el universo entero y toda la creación están encerrados en sus páginas. Todo está cifrado, arquetípicamente cifrado (resultaría interesante un estudio de la posible relación de este misticismo y esoterismo judíos con el hecho de que el 50% de los premios nobeles sean judíos). Los seguidores de la Cábala se encargan de buscar en los entresijos de las palabras la verdad y el poder de la creación. Al modo mágico, mediante la imitación simbólica y el deseo. Pero aquí los símbolos son numéricos y lo que se quiere imitar es el acto creador original. Las pistas para desarrollar tal labor se hallan en otros dos libros: el Sefer Yetzirat, o Libro de la Creación, y el Zohar. Según esto, la creación se realizó mediante diez números (sefiroth) y 22 letras. Juntos forman los 32 senderos de la sabiduría divina. Las 22 letras forman grupos de tres, siete y doce letras: los tres números mágicos para el pueblo judío.

También los seguidores del Islam tienen sus números mágicos: el de los shiíes (duodecimanos) es el doce; el de ismaelíes (shiíes septimanos) es el siete. Los primeros tuvieron doce jefes espirituales, doce profetas y –según su doctrina—fueron necesarias doce emanaciones divinas para crear el mundo. Los ismaelíes cuentan siete jefes espirituales, siete profetas y siete emanaciones; siete escalones del conocimiento para acceder a la verdad, siete velos, siete estados del alma… la magia del siete. Otra tradición islámica se acerca más a los cabalistas, se trata de la Ciencia de las Letras y Ciencia de la Balanza, que tuvo sus más conspicuos representantes en los Gramáticos de Basora. Se basa en las permutaciones de las raíces árabes, y tiene como propósito descubrir en cada cuerpo, palabra o entidad, la relación entre lo manifiesto y lo oculto, medir el alma del mundo incorporada a esa sustancia, y expresar en números su valor.

Por no hablar de la arquitectura celestial que elaboraron esas religiones con fines de sobrecoger y maravillar, que alcanzó el súmmum en ciertas doctrinas gnósticas, pero que aún mantiene el chiismo septimano (los ismaelíes), con una miríada de ángeles y arcángeles emanando como manifestación de la divinidad en una archisimétrica disposición arquitectónica celestial. O la astrología del gran Ibn Arabi, (uno de los mayores sabios del Islam, nacido en Murcia), que establece una relación mágica entre las cualidades divinas, los ángeles, los profetas, las letras del alfabeto, los colores, los planetas, las regiones de la mano, los signos del zodiaco, los metales… vinculando en una gran correspondencia todo lo viviente. Y el misterio cristiano de la Santísima Trinidad o de la mocedad de María…

De todo lo dicho se deduce que, lo mágico, confeccionado a partir de simbolismo y deseos, y lo esotérico, es consustancial a lo religioso.