Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL

Este libro que presento y del que soy autor, Animal Moral, no es un libro de filosofía al uso, muy al contrario, en él se desdeñan a menudo muchas  razones que la filosofía emplea. Se trata de un libro de ensayos que, dentro de su mucha variedad de temas, versa sobre la conducta humana. Tanto de la conducta individual como de la colectiva, pretendiendo sonsacar sus causas recónditas y sus circunstancias.

En él se dan cita la biología y las neurociencias, la psicología y la filosofía, cada una de ellas en la medida en  que  aportan datos relevantes para intentar descifrar  lo íntimo de dicha conducta. Pero el libro hace singular hincapié en dos factores del comportamiento que hasta la fecha han sido examinados muy superficialmente: el sentimental e instintivo, y el de las creencias que poseen los individuos sobre los asuntos del mundo.

Los ensayos son los que enumero:

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

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<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
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Hoy expongo un resumen  un  resumen razonado del primer ensayo, Evolución de la mente, en el que desfilan las condiciones del medio, las dificultades que hubieron de superar nuestros ancestros en las distintas etapas de su evolución, y las necesidades que debían resolver para lograr eficacia biológica.

Apartados del medio selvático en que se habían desarrollado sus ancestros y arrojados por cambios geológicos y climáticos a una hostil sabana, los primeros homo habilis  sólo encontraron un camino evolutivo factible para hacer frente al medio.  Fue el de un crecimiento cerebral que propiciara novedosas capacidades con las que suplir la carencia de fortaleza, velocidad, envergadura, fuertes garras…, que poseían otros animales que  habitaban la sabana. No se ha de olvidar que aquellos primeros predecesores eran esencialmente presas.

Tal camino ya había sido iniciado por otros primates cercanos, y seguir cualquier otro hubiera conducido a un callejón evolutivo sin salida posible.

Pero un aumento cerebral requiere alimentos energéticos, lo que motivó que los de su linaje se hicieran carroñeros y, más adelante, cazadores.

Como carroñeros podían tener alguna eficacia individualmente, pero como cazadores individuales eran un desastre. Solo la caza en grupo aportaba la suficiente eficacia. No obstante, esa eficacia solo se podía producir si el grupo actuaba como un todo organizado. En ese sentido, las adaptaciones biológicas que propiciaran la organización grupal cobrarían ventaja evolutiva.

También lo cobrarían ciertas habilidades como el lanzamiento de dardos o piedras y la fabricación de ciertos útiles para la caza y la defensa.

Ahora bien, organizar un grupo para que una cacería resulte eficaz requiere de numerosas acciones secuenciadas, y, sobre todo, requiere poseer dos capacidades: la de comunicarse con los otros miembros del grupo y la prever los escenarios y sucesos que pueden acaecer.

La primera de estas capacidades se fue paulatinamente construyendo hasta dar lugar a un lenguaje externo de signos que pasó  luego a ser oral, y a un lenguaje interno que es el pensamiento. La segunda capacidad requiere poseer imaginación para el futuro. Pero esta imaginación, que es la capacidad de proyectar hacia el futuro los hechos y las relaciones del pasado, necesita apoyarse en sistemas cerebrales como la memoria y el sistema de la imitación. Así que resolver  la necesidad de hacer eficaz la partida de caza produjo evolutivamente  nuevos sistemas de procesamiento cerebral y una red de relaciones entre ellos.

Pero no se ha de olvidar una capacidad nueva que resultaba decisiva para la aparición de las antes mencionadas. Me estoy refiriendo a la capacidad de aprender. Sin aprendizaje no puede darse la comunicación ni la imaginación.

Para que pudieran emerger todas estas capacidades el neocórtex tuvo que crecer mucho más que en otros primates. No solo para  aprender los requisitos de la comunicación y para gobernar sus sistemas motores, sino también para el aprendizaje de habilidades de piernas, brazos y manos, y para la creación y el uso de las tecnologías.

Y no solo el neocórtex. Para que lo aprendido se fije y se convierta en habilidad, para que resulte eficaz, debe automatizarse, debe hacerse rutina, debe ser manejada como manejamos los pedales de un coche, sin pensar en ello, y para esta automatización se precisa el concurso del cerebelo, que hubo de crecer a un ritmo igual o superior al del neocórtex.

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En fin, la imbricación de  los nuevos sistemas con los antiguos, produjeron facultades nuevas. Haciendo uso de la imaginación, el miedo se proyecta al futuro en forma de temor. El instinto se sostiene imaginativamente en forma de deseo. A su vez, la necesidad de regular el comportamiento individual dentro del grupo hizo surgir los sentimientos…

La necesidad, el azar, el medio, contribuyeron a pergeñar un organismo que, con pequeñas variaciones de unos individuos a otros, presenta una forma de percepción, una forma de procesar la información que recibe, una forma de sentir, de actuar, de desear y temer, en resumidas cuentas, de comportarse, que es la que poseen los individuos de nuestra especie. Somos el producto de todo el proceso evolutivo mencionado, somos de la forma en que la necesidad y las circunstancias del medio nos hacen ser.


Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL –
(c) –
Fernando Joya

Medea. Arrebato[i] sentimental.

 

Crueldad, venganza y sentimientos.

En la filosofía griega la sentimentalidad fue mirada de reojo, con prevención, belicosidad o desdén. Tal actitud amarró  el posterior pensamiento filosófico ―hasta nuestros días―a la argolla de la idealidad, de lo etéreo de sustanciar el conocimiento del ser humano sin mirar sus entrañas, imaginándolo mediante el solo uso de la razón. La actitud de prescindir de las pasiones como causas motoras de nuestra conducta y como armazón de lo humano ha lastrado su quehacer desde entonces.

Sin embargo, la tragedia griega presenta al hombre desnudo, real, agitado violentamente por lo pasional. Si se trata de hallar lo real del «ser» humano, en sus pasiones se ha de mirar.

Soberbia, despecho, odio, crueldad, compasión, piedad, deseo de venganza… son las actrices que intervienen en la función sentimental que se representa en la Medea de Eurípides. Mírese atentamente en ella para encontrar lo humano.

Recuérdese que Medea es hija del rey de la Cólquide y que presta valiosísima ayuda a Jasón para conseguir el Vellocino de oro. Que despedaza a su mismo hermano Apsirto para que Jasón pueda escapar del cerco del rey, y que, llegados a Yolco, mediante un sutil engaño, da muerte al rey Pelias en defensa de los derechos de Jasón. Éste le jura fidelidad eterna. La obra que nos ocupa cuenta a Medea odiando a Jasón porque se ha casado con la hija del rey  Creonte, rompiendo así su promesa. Medea, en venganza, dará muerte a esa nueva esposa, Glauce, a Creonte, y a sus propios hijos.

La obra enseguida nos aporta dos bases sentimentales: en la personalidad de Medea ha hecho la soberbia baluarte, y Medea se siente despechada contra Jasón.

Dice el diccionario María Moliner que la soberbia «es una cualidad o actitud de la persona que se tiene por superior a las que le rodean, y desprecia y humilla a las que considera inferiores». El Larrouse añade que «es estimación excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás». El soberbio destaca por «no dar su brazo a torcer», aunque tal actitud le provoque adversidad. El soberbio muestra empecinamiento en resistir y en despreciar. Se enroca cuando el sentido común aconseja el apaciguamiento.

Del despecho, que germina mejor en la mujer, dice la RAE que «es una malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad». El diccionario WordReference lo abrevia así: «Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa».

Medea es soberbia, no se detiene ante nada; y siente despecho hacia Jasón porque este ha preferido a la joven Glauce, rompiendo el juramento de fidelidad pactado. Medea siente como injusticia el abandono de que es objeto (pues Jasón no ha cumplido ―en reciprocidad― con los enormes servicios que ella le prestó). Ese abandono lo considera ella una injusticia y una traición que se unen al despecho y lo agrandan, que hacen que destile odio.

Lo orgánico señala un único camino posible para aliviar el dolor que tales sentimientos le producen: la venganza cruel: producir en Jasón igual o mayor dolor que el dolor que ella sufre. La tragedia arranca.

Al comienzo de la obra la nodriza advierte del estado de ánimo de Medea:

                                            Aborrece de los hijos y no disfruta al contemplarlos

                                             Violento es su ánimo y no tolerará ser menospreciado

                                             Quien gane su odio no obtendrá fácilmente el premio de la victoria.

El deseo de venganza parece ocupar su conciencia. Ninguna otra cosa importa. Jasón ha de sentir un dolor y una pérdida semejantes a los que ella siente. La reciprocidad en el dolor se vislumbra como única fuente posible de satisfacción.

Lo que la psicología al uso no dice (quizás porque lo ignora o por prudencia o porque le temblaría la voz) es que cuando se odia con esa pasión con que Medea odia a Jasón, no solo se odia al individuo, sino también a cada uno de sus rasgos. Y no solo se odian esos rasgos en Jasón, sino también en sus hijos. Las similitudes con el padre, las muecas, las sonrisas idénticas, el cómo él y cómo ellos fruncen de igual modo el ceño, el cómo se parecen en los andares y cómo se enojan de manera semejante… A través del odio a esos rasgos, en el parecido que muestran con el padre, Medea odia a sus hijos.

La misma nodriza, demostrando una funesta previsión, ordena a un criado:

                                               Y tú mantenlos lo más apartado posible y no los aproximes a su

                                               encolerizada madre, pues la he observado ya dirigiéndoles a

                                                estos una mirada de toro, como si fuera a intentar algo.

Poco después, Medea confirma esa intención

                                               ¡Ojalá muráis en unión de vuestro padre!

Terrible sentencia que puede parecer increíble, pero que es harto sentida por cualquier mujer que desate sentimentalmente nudo semejante.

A Medea la sentimos muy capaz de llevar a cabo ese horrendo crimen; crimen que la satisfaría en el grado en que causase al padre un dolor semejante al suyo. Recuérdese que es soberbia y que está ocupada por el odio y el deseo de venganza.

No obstante, lo contradictorio del espíritu humano hace su aparición, y el dolor y la humillación sufridos parecen hacer mella en su ánimo, parecen imponerse sobre su soberbia, parecen abatirla. La aflicción aparece en escena.

                                               Perdida me veo y, al perder la alegría de vivir, quiero morir,

                                                amigas mías, pues quien sabía claramente que lo era todo

                                                para mí, mi marido, se ha convertido en el peor de los hombres.

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Dice también:

                                                ¡Ojalá una llama celeste me atravesara la cabeza!,

                                               ¡Ojalá deje esta vida odiosa!

En esos instantes Medea ve el mundo como un erial en donde sólo crece el sufrimiento. La depresión anímica parece tomar sus riendas. Todo es negro. La vida no merece ser vivida. Ahora siente que los hijos sufrirán el mismo calvario que ella ha sufrido. Se apiada de ellos. Por amor… ¡desea que mueran!

                                              Jamás entregaré mis hijos a mis enemigos para que sean ultrajados.

 

Pero enseguida el orgullo y la soberbia, acuden en su auxilio. Habla con Jasón y de ello se acrecienta su odio y se afirma su decisión de vengarse de él a través de sus hijos.

                                            Cualquier cosa menos causar risa en mis enemigos.

                                              Pues, no es soportable, amigas, ser la irrisión

                                               de mis enemigos

                                               CORIFEO: ¿osarías matar tu semilla, mujer?

                                                MEDEA: Sí, pues así sufrirá la mayor herida mi esposo.

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Sobre Medea planea la pasión de matar a sus hijos ¡por amor a ellos! o ¡por odio a Jasón!, según el estado de ánimo que prevalezca en ella, según se imponga la piedad o el deseo de venganza, según se doblegue su ánimo o la soberbia lo levante con furia.

En algunos momentos vacila, se arrepiente, piensa en llevárselos con ella fuera del país, se apiada, encoge su ánimo. En esos momentos la razón interviene para sofocar las violentas pasiones que la zarandean, pero la razón es endeble como una hoja frente a las tormentas del espíritu. Nada puede.

                                              Comprendo qué crímenes voy a cometer, pero

                                                más fuerte que mis pensamientos resulta mi ira.

 

Más que el amor a sus hijos, más que la razón, más que la piedad, más que la repugnancia moral del crimen, más que el dolor, más que la vida, puede en ella el grito del «yo» pidiendo satisfacer el deseo de venganza, demandando preponderar sobre Jasón, exigiendo devolver un sufrimiento acrecentado.

                                                 MEDEA: me beneficia el dolor, con tal que no te mofes tú.

                                                   …Tú, tras ultrajar mi lecho, no ibas a tener una vida grata

                                                   mofándote de mí; ni tampoco la princesa, ni quien te propuso

                                                   la boda, Creonte.

Y esas exigencias y demandas producen su efecto, la acción vengativa; y, en la venganza, la crueldad como elemento de gozo, de satisfacción.

                                                   JASÓN: ¿Y, con todo, los mataste?

                                                     MEDEA: Sí, por afligirte.

Ahora los dos sufren por igual. Empatan, lo que le produce satisfacción. Están en «paz» el uno con el otro. La representación toca a su fin.

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Ese bamboleo de sentimientos y estados de ánimo, esa ofuscada e inoperante razón, ese deseo de venganza cruel, esa profusa manifestación de la naturaleza humana, forman el verdadero entramado argumental de la obra. Si se han de buscar las razones íntimas del obrar humano, mírese en Eurípides y en la Tragedia griega, y no en idealizaciones ni en garabatos acerca del ser.

[i]  Arrebato tiene su origen en la llamada “a rebato” que se realizaba en una población por medio del toque de campana, llamando a los vecinos a la defensa ante cualquier peligro. La urgencia de atajar éste movilizaba a los hombres a actuar con toda su pasión.

 

 

Famas y modas

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Satisfacer a los snobs de la moda con lo extremo, con el esperpento,  con lo estrafalario, con la rareza, con la imitación de formas exóticas o con formas pertenecientes a otros ámbitos que nadan tienen que ver con el que trata la obra, son algunos de los recursos que los nuevos creadores aportan para subirse al carro de la moda.

La Nueva Cocina es un buen ejemplo de todo esto que digo. Si en el arte la belleza había dejado de ser un valor, en el mundo gastronómico deja de ser valor el sabor del plato y pasan a serlo las formas, los colores, los productos empleados, la tecnología usada en su preparación, la mezcla de gustos y olores ―sorprendentemente, también, la belleza― y, sobre todo, la innovación y la originalidad. Ferrán Adrià del restaurante El Bulli, y Andoni Luis Adúriz, del restaurante Mugaritz, son los principales representantes de este quehacer.

Por ello fueron encumbrados al altar de la moda y de la fama. El ya fallecido cocinero, Santi Santamaría, pretendiendo volver a colocar el sabor en lo alto de los valores por los que se debería apreciar el plato, se rebeló contra todo esto y fue abucheado y apaleado por la mayoría de compañeros de profesión.

Un gran fenómeno de la moda fue Chiquito de la Calzada. Saltó a esa palestra en el año 1994 con una nueva forma de contar chistes basada más en causar hilaridad con la acción y el esperpento que con lo escatológico o genital que suelen usar los cómicos al uso. Se convirtió en el mayor héroe popular que haya existido. Durante muchos años fue imitado hasta la saciedad en bares, televisiones, en las reuniones de empresa, en la escuela… La originalidad le dio un triunfo apoteósico que le llevó a ponerse de moda y a ser famoso.

También la moda se pasea por el boulevard de los sesudos filósofos y por el de otras categorías intelectuales. Derrida, Lacan, Marcuse, Heidegger, Marx, Freud… estuvieron de moda en su momento y todos alcanzaron fama duradera (que fuera merecida o no es otra cosa). Por cierto, me estoy percatando de que las modas no son tan pasajeras, que más bien resulta que la moda es un escalón primero y necesario para subir a la fama.

Los pseudointelectuales, esos snobs que creen pertenecer a una categoría especial de iniciados en el conocimiento profundo, son quienes mantienen la fama inmerecida de muchos famosos intelectuales. Y mediante su aplauso les hacen seguir subidos en el altar de la fama. Claro, viven a costa de ellos, de repetir como cacatúas sus asertos.

La filosofía académica hace ya mucho que parece haberse alejado de la realidad, y anda entretenida ensalzando y venerando a los buscadores de esencias metafísicas, cabalistas mistificadores de la palabra. Alejada de la Ciencia y de los descubrimientos científicos, se dedica a producir palabrería huera y vana acerca del ser y de la nada y de otras entelequias, pero es casi norma general que muchos filósofos caminen como el pavo real con el pecho hinchado y las plumas desplegadas mostrando una actitud altanera hacia los demás.

Sartre, Lacan, Heidegger, Derrida, son algunos de los filósofos que durante el siglo XX estuvieron de moda, y cada uno de ellos tuvo su fiel rebaño de seguidores. Para que la fama de un personaje sea perdurable ha de crearse en torno a él una tribu interesada que lo venere. Pero la tribu mayor fue la de Marx, fueron los marxianos. En los años 79 y 80 era difícil encontrar pseudointelectual alguno que no declarase en acta pública su profesión de fe a las teorías de Marx. Claro que pocos las habían leído, y casi ninguno las había analizado con criterios de realidad. Cuando los acontecimientos derribaron el muro de Berlín y el comunismo dejó de estar de moda entre la intelectualidad, la desbandada de marxianos hacia otras tribus próximas fue épica.

La pintura del siglo XX y la del siglo XXI coinciden con la filosofía en mostrar parecidos tics, en invocar significados abstractos muy alejados de la realidad, y en que sus prosélitos creen pertenecer a una categoría especial que posee especiales conocimientos y criterios para apreciar las obras pictóricas o del pensamiento.  También coinciden en considerar que el absurdo en la pintura y la oscuridad en la filosofía son valores a destacar.

De esa múltiple coincidencia se deriva también un semejante descreimiento acerca de la existencia de la verdad. De tanto tratar de jugar a las modas y a las formas, han llegado a poner de moda el nihilismo.  Cualquier cosa es arte, dicen los artistas. Cualquier verdad es relativa, dicen los filósofos. Así las cosas, quien da valor a la obra y quien la pone de moda es el autor que ya posee fama o que ya está de moda. Lo cual es otra vuelta de tuerca al absurdo. Si el autor posee el reconocimiento suficiente, cualquier broma suya se convertirá en objeto de veneración para el rebaño de los “entendidos”, y, mediante el seguidismo del sugestionado ignorante de las esencias, para todo el mundo.

Un artista reconocido puede crear sus obras lanzando botes de pintura sobre un lienzo, o, como Duchamp, poniendo una taza de wáter en una exposición. Sin duda alguna, esas algaradas serán consideradas obras de arte. O un acólito versado en liturgia filosófica puede tomar el siguiente texto de Hegel que habla de la planta y del animal,

El objeto mismo subsumido en el concepto es la planta, sujeta al elemento o a la pura cantidad de la tierra y produciéndose contra el elemento del aire en una infinita amplitud de producción de toda su propia individualidad y totalidad (por medio del concepto). … El concepto, de lo vivo subsumido en la intuición, es el animal; ya que esta misma subsunción es parcial,  sin que se dé también de igual manera la subsunción de la intuición en el concepto, lo vivo se representa de modo empírico real, infinitamente disgregado…

y descubrir en él profundidades insospechadas para los demás morales.

De todo lo cual se deducen dos importantes conclusiones: primera: que la naturaleza humana tiende a considerar en gran cosa e incluso a alabar aquello que dice un personaje que posee renombre, sobre todo si es oscuro y no se entiende; segunda: que tal alabanza la tiende a hacer pública con el fin de aparentar que “entiende” y, así, entrar a formar parte del elenco de “entendidos”, del elenco de los que están en la cresta de la ola de la cultura y la intelectualidad

En la moda del vestir, que aparenta ser de una volubilidad extrema, sin embargo,  el esnobismo es menor. Por mucho que un diseñador cobre importancia o que el gusto de los usuarios de la moda se fuerce mediante diversos reclamos propagandísticos, el diseñador ha de obtener el refrendo del comprador y en buena medida se debe ceñir al buen gusto para poder sacar adelante el negocio.

Más sencillo resulta forzar el gusto de los jóvenes, sobre todo a los quince años. Recuérdese la moda de los pantalones vaqueros para chicas  en torno al 2005.  La cintura del pantalón caía muy por debajo de las caderas, quedando expuestas a la visión del público no solo las temibles lorzas de grasa de la cintura desnuda, sino también el nacimiento de las cóncavas carnosidades de las nalgas y del abrupto tajo que las separa. Un auténtico cuadro abstracto. Por suerte la moda pasó.

Sin embargo, la minifalda de la británica Mary Quant perdura, no por ser bella en sí misma, sino porque permite lucir la parte quizás más bella del cuerpo de la mujer. Ahí radica su gran valor. Claro, siempre que la mujer sea joven y tenga piernas bien formadas.

Con esos condicionantes la minifalda entra en la moda que no pasa de moda, como la tortilla de patatas (de la que habla Yack en comentario a la anterior entrada), la Gioconda, las Meninas, el Tal-Majal, la Alhambra de Granada, Kant, la Sagrada Familia de Barcelona…, y tantas obras humanas que poseen fama incontestable por presentar razones de belleza, sabor, gusto, lógica o inteligencia aceptadas por el común de los mortales, por presentar razones que se adaptan a las tendencias de nuestra naturaleza.

Otras modas y famas que presentan razones poco consistentes puede que se mantengan largo tiempo porque tienen prosélitos que viven de ellas y las defienden. Escritores, filósofos,  artistas plásticos, la Homeopatía, el Psicoanálisis…, más pronto o más tarde serán arrumbadas por el tiempo al cajón de los desperdicios inservibles. Pero esto es otra historia.

 

 

FAMA, MODA Y SNOBISMO

 

La fama es la atención preferente que dispensa el público de un cierto ámbito social hacia un sujeto, objeto, tendencia, idea, diseño, modo, manera o forma de hacer, por ciertos méritos, cualidades o gracia que se le atribuyen.

La moda conlleva fama focalizada en un cierto momento, pero también marca tendencias, es decir, incita a las gentes del ámbito considerado a realizar ciertas valoraciones o a seguir ciertos usos. Por ejemplo, una moda pictórica, arquitectónica o del vestido, induce en las gentes el afán por contemplar la obra, valorarla, enjuiciarla, usarla  o comprársela.

La moda es por definición pasajera, como si no tuviese la suficiente consistencia como para perdurar más allá de un corto espacio de tiempo. Sin embargo, estando sometidos a los dictados de la estupidez humana, suele ocurrir que algunas modas no pasen de moda y que famas merecidas apenas se mantengan en pie durante un breve periodo.

Los esnobs son los seguidores acérrimos de la moda en el ámbito que les resulta pertinente.

Sabiendo que el común de las gentes suele carecer de criterio para juzgar casi cualquier cosa que se salga de lo cotidiano de sus vidas, y que delegan su opinión en los líderes que les merecen respeto, resulta obvio concluir que una cosa se pondrá de moda cuando a los líderes de opinión les resulte conveniente y provechoso que se ponga. Su trabajo consiste en sugestionar al rebaño para que valore de forma adecuada lo que ellos pretenden que se eleve a los altares de la moda del momento.

Claro que algunos productos se ponen de moda mejor que otros, por ejemplo, lo original e innovador aporta un valor extra en sí mismo pues saca de su tedio al público y le abre los ojos a nuevas perspectivas y nuevas razones. En épocas de aburrimiento lo novedoso arrasa. Pero, también,  lo original, es decir, la originalidad aportada por el creador,  aporta a los snobs la posibilidad de encontrar nuevas oportunidades que redunden en su provecho. Los snobs se suman al carro de lo novedoso, quieren aparecer montados en la cresta de la ola, pretenden desplazar a los que conducen “lo viejo”.

También lo estrafalario y extremo se toman como valores añadidos. Sobre todo en aquellas obras donde, por su temática, se carece de criterios objetivos para enjuiciarlas.  En el mercado del arte contemporáneo lo estrafalario resulta incluso un criterio. Dada la volubilidad de los creadores artísticos, que de usual basan  su afán creador en procurar salirse de la norma, lo estrafalario casi siempre es acogido como arte en estado puro. Así que, de esa forma, por haberse ido añadiendo criterios nuevos en la valoración de la obra artística, la belleza ha dejado de considerarse valor esencial para juzgar la bondad de la obra. Por ejemplo, he aquí una obra de dudosa belleza del reciente Premio Príncipe de Asturias de este año, Frank Gehry:

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La fuerza que produce la unión entre los creadores  es otro valor añadido. Resulta bastante usual que surjan y se pongan de moda movimientos pictóricos arquitectónicos o filosóficos. El apoyo que se brindan unos a otros resulta crucial para crear una vanguardia de moda. En el magnífico blog http://tertuliafilosoficatoledo.blogspot.com.es/2007/11/qu-es-el-arte.html se sugiere que el Impresionismo en la pintura surgió de un grupo de pintores mediocres. En realidad, casi es determinante la pertenencia a un grupo para que la aportación de un individuo pueda pasar a ser altamente valorada o incluso ponerse de moda.

Sin embargo, quienes aportan más valor para que la cosa se ponga de moda son los mecenas, críticos o padrinos, todos ellos relacionados por actuar como líderes de opinión para la moda en cuestión. La crítica elogiosa de un crítico con renombre, la apuesta de un gran empresario por una forma arquitectónica para sus empresas, el recibir un premio económicamente importante como el Planeta…, producen ipso facto la conversión del creador en famoso y su ascenso al atrio de la moda.

Se puede ascender a la moda, pero mantener la fama es mucho más arduo. Sobre todo en ciertos ámbitos en los que la fama se gana, se mantiene o se pierde en cada envite nuevo que se hace. Un novelista puede saltar a la fama en un instante si gana un importante premio literario, pero luego se enfrenta al criterio de los lectores, que es inapelable.

Claro que el criterio del gozo en la lectura solo es aplicable a los casos en que la obra se destine a todos los públicos. Si, por el contrario, los destinatarios son unos pocos, entran en juego otros factores distintos a los del gozo lector. La creación poética es un caso de estos. Un poeta puede alcanzar fama o puede ponerse de moda habiendo vendido solo unos pocos libros. Pero la influencia de los intelectuales que lo leen ―que constituyen su público― es quien lo eleva a los altares. Y entre los intelectuales el esnobismo es la clave. Puede ser que el poeta de marras no les guste o incluso no lo hayan leído, pero si goza fama de maldito o lo asciende algún líder reconocido, pronto todos se suben al carro de las carantoñas, las reverencias y las veneraciones. En realidad no existe nada tan tonto como un “intelectual”.

Tomemos el Ulises de James Joyce. El libro es originalidad y complejidad a partes iguales. El gozo lector es un gozo intelectual más que de los sentidos, el gozo del que busca descifrar acertijos y componer organizativamente un orden y una estructura. La mayoría de los que compran el libro lo abandonan a las pocas páginas. Al respecto, el cineasta español Gonzalo Suarez ilustraba humorística y bellamente este abandono en una de sus novelas. Creo recordar que al protagonista le dispararon, pero la bala se incrustó en el Ulises de Joyce que llevaba bajo el brazo y no pasó de la página  sesenta. Sin embargo, en torno al Ulises se ha creado una hermandad que practica la mística literaria de abundante ritualidad.

Bien, he nombrado muy alegremente y sin mucho criterio a los “intelectuales”. No. Me refiero a los pseudointelectuales que tanto abundan aunque se adornen con las plumas de la intelectualidad. Me refiero aquellos que jamás han pronunciado una idea original, que suelen dárselas de expertos repitiendo como papagayos frases sin sentido acerca de tal obra o tal artista, o invocando en todo momento figuras de autoridad en la filosofía o en la psicología a las que jamás han entendido.  Esos forman el hatajo de snobs más delirante y esperpéntico.

Así que la obra susceptible de merecer la fama o estar de moda ha sido desligada de la belleza o de otras cualidades meritorias y se le liga a la originalidad, a lo extravagante, a lo extremo, a lo sensitivo, a la complejidad o a otros criterios, como modo de ponerla en valor, de justificarla. Y en este juego de la justificación aparecen los “entendidos”, los pretendidamente iniciados en la ciencia del reconocimiento de supuestos valores que el neófito se muestra incapaz de aprehender por sí mismo. Claro que estos “entendidos” viven de eso, ¿cómo hemos de creerles?

 

SEGUIRÁ…

BIBLIOLITAS

 

 

Hoy es el día mundial de las bibliotecas y por la veneración que las profeso maldigo a los bibliolitas. Un bibliolita es un destructor de libros, es un destructor de “los remedios del alma”, tal como tintaba en una escritura jeroglífica a la entrada al templo de egipcio de Imhotep. Paso a nombrar a los principales  que conoce la Historia.

 

El caudillo del Califato de Córdoba Almanzor, a instancias de los ulemas malikíes[i], mandó quemar la biblioteca de califa Al-Hakam,  con 400.000 ejemplares.

 

El califa almohade Yusuf  ordena quemar todos los libros de Al-Andalus a excepción del Corán.

 

Santo Domingo de Guzmán hizo quemar todos los libros de los Albigenses (y a estos también).

 

El emperador romano Diocleciano quemó todos los libros de alquimia que pudo encontrar en el imperio ante el temor de que la fabricación de oro produjera una gran inflación.

 

En sus andanzas por tierras británicas, los viquingos quemaron todos los libros que encontraron a su paso.

 

Nabomasar, fundador del segundo imperio babilónico, mandó destruir todos los libros para pasar a la posteridad como primer rey de Babilonia.

 

Con propósito semejante, Shih Huang Ti quemó todos los libros de China, a excepción de los de medicina. Quería que la historia comenzase con él.

 

El obispo cristiano Cirilo hizo quemar los libros de la biblioteca de Alejandría, y con ellos a Hipatia, la directora de la biblioteca.

 

Hitler, en la noche de «los cristales rotos» levantó grandes piras de libros tomados a los judíos.

 

En 1109 los cruzados, tras de tomar Trípoli,  quemaron los más de cien mil ejemplares de su enorme biblioteca. Sus textos eran sobre todo persas, griegos y árabes.

 

Trofim Denisovich Lysenko consiguió llegar a ser en 1938 presidente de la Academia Nacional de Ciencias Agrícolas de la URSS. Hizo prohibir la enseñanza de la genética mendeliana, y ordenó la destrucción de todos los libros e investigaciones basados en ella (y a los científicos también). Quería imponer una nueva biología dialéctica y comunista contra la “reaccionaria, capitalista, idealista y metafísica biología de Occidente”.

 

LA MALDIDIÓN ETERNA CAIGA SOBRE TODOS ELLOS.

[i] Seguidores de una de las cuatro escuelas de derecho del islam sunní.

Pensamientos a deshora

La moda siempre es extrema, extravagante y novedosa, lo que no quiere decir que esté relacionada en forma alguna  con la belleza.

 

Ser escritor es sinónimo de ser ególatra. Pero un ególatra que por temor se esconde del mundo.

 

El horror hacia la pena de muerte muestra una compasión encubierta hacia uno mismo. El sujeto, de manera generalmente inconsciente, teme que en el futuro, en mágica reciprocidad de situaciones, el condenado pueda ser él mismo. Piénsese que la compasión se expresa  por un temor difuso a la posibilidad de verse uno en el porvenir, imaginativamente,  en el lugar del compadecido.

 

Las herencias morales siguen produciendo sus efectos aunque su raíz moral ya esté seca. Así, en los países anglosajones se aboga por el éxito y la competencia; en los países escandinavos, por la virtud y las cosas bien hechas; en el sur de Europa, por la seguridad, el afecto y el delegar las responsabilidades en el Estado. Son, respectivamente, las herencias del calvinismo, del luteranismo y del catolicismo.

 

Las utopías anarquistas, socialistas o comunistas, coinciden en considerar que aboliendo del mundo todo aquello que no  gusta a los utópicos la sociedad se recompondría automáticamente y la felicidad reinaría para siempre en los hombres. Al eliminar todo lo que molesta,  los hechos, los asuntos, las circunstancias, la organización social, política y económica, discurrirían a la medida de los deseos de los hombres de forma plácida y ordenada. Propongo que las utopías pasen a llamarse el reino de Jauja.

 

Dos leyes de la naturaleza: El más guapo, el más inteligente, el más capaz, el más rico… sienten desprecio hacia quienes en la posesión de sus dones o  de sus bienes están por debajo. La segunda ley señala que estos últimos sienten envidia y resentimiento hacia los primeros.

 

Ilusamente cree el filósofo que el motivo de sus pesquisas y de su ser en el mundo es la búsqueda de la verdad. El religioso cree que su existencia obedece a un designio divino que, según la más antigua teología, nos ha puesto en la Tierra para que lo sirvamos y alabemos. El científico cree que su vida está dedicada a descubrir la esencia de la relación entre las cosas, la búsqueda del orden absoluto que gobierna el mundo, la búsqueda de la lógica eterna. El político dice enervarse por las injusticias que se cometen y pregona que lucha por el bien de la humanidad. Pero lo que todos buscan, desde el más común al más excelente, consciente o inconscientemente, es la propia satisfacción en forma de gloria, fama, riqueza o poder.

 

Quien posee ideología es un individuo, pero quien meramente sigue las consignas que  una ideología supura, y se encadena a ellas, ese es un esclavo.

 

 

Altruismo versus egoísmo

El organismo humano es el eslabón de una cadena que obra con la intencionalidad –consciente o inconsciente—de prolongarse y de persistir en el tiempo. Todos nuestros sistemas y órganos laboran con esa intención, aunque no con infalibilidad en el propósito de la acción, pues están sujetos a errores y, consecuentemente, al desgaste y al fallo. Somos, de esa guisa, esencialmente egoístas, siempre miramos –en lo más íntimo del organismo—por nosotros mismos.

Sin embargo, no podemos obviar nuestra historia como especie: conseguir eficacia biológica a través de la supervivencia del grupo al que se pertenece; ser subsidiarios en nuestra eficacia biológica de la supervivencia del grupo. De dicha subsidiariedad nace el altruismo: me sacrifico por el beneficio de mi grupo o de alguno de sus miembros para obtener, derivativamente, un beneficio que compense con creces el sacrificio que realizo[1]. Lo cual, claro es si es así, no hace sino poner de manifiesto el carácter de egoísmo camuflado que tiene el altruismo.

¡No hay que alarmarse!: Los términos «sacrifico», «beneficio», «compensación», no se refieren necesariamente a conceptos ni a conciencia, aunque en ocasiones lo hagan, sino que actúan como operadores en el ámbito sentimental del organismo. Aclaremos esto: un altruista «puro» no se sacrifica por el bien de otro individuo por cálculo consciente, sino por necesidad imbuida de sentimientos. El organismo[2] «percibe»[3] –errónea o acertadamente—lo que le resulta conveniente (y todos sus órganos y sistemas obran «para» la supervivencia) y emite el correspondiente sentimiento para lograrlo.

Se puede alegar: ¿Cómo sabe el organismo aquello que le conviene?, y ¿cómo reconoce esa conveniencia en las cosas y los hechos?, es decir, ¿cómo maneja el organismo ese a priori y ese a posteriori? Recuérdese que nos movemos en busca de la seguridad y del placer, y huyendo del dolor y del peligro; y adviértase que obramos en el presente con la mirada puesta en el futuro, y con los pertrechos –conciencia, conocimientos e idiosincrasia sentimental—esbozados en el pasado mediante el aprendizaje.

A la primera pregunta: el organismo «sabe» a priori  que lo conveniente se halla en el mejor-estar y sentir que resulta factible. Ese «saber» es obra de todos sus sistemas y órganos, pergeñados por la utilidad de que hicieron gala para la supervivencia; todos ello miran y velan por el mejor-estar del organismo. Y, en relación a la segunda pregunta, ¿cómo y en qué lugar reconoce el organismo ese mejor-estar-y-sentir, esa conveniencia? Para ello, percepción de seguridad, de peligro, de placer, de dolor, confluyen y batallan, pero con proyección de futuro; no se evalúa e interpreta sin más el presente, sino las consecuencias de una acción u otra en el futuro; y se ponen para ello en acción la conciencia, con su imaginería, con su razón, con sus recuerdos…, y las emociones y los instintos, y se produce un acuerdo sentimental: «ha reconocido». Ha reconocido, ha elegido el mejor-estar-y-sentir, aunque sea la muerte (la muertecomo mal menor, entiende el organismo). Lo cual parece paradójico, pero no lo es si se tiene en cuenta el carácter operativo de los sentimientos y que en gran medida han sido aprendidos. Los mecanismos de sentimentalización los tenemos ahí porque resultaron ser beneficiosos para nuestra supervivencia; pero ese beneficio pertenece al ámbito estadístico, a lo que se fijó en el acervo genético: algunos del grupo podían morir (movidos por sentimientos) intentando auxiliar a otros miembros, pero en conjunto sobrevivieron más individuos que en caso de no haberse ayudado, y sobrevivirían con mayor probabilidad aquellos que se ayudaron, aquellos que tenían sentimientos para ello, para comportarse altruistamente. Así que, retorciendo la paradoja: el actuar altruistamente incluso con el resultado de morir por ello, no contraviene el que íntimamente seamos egoístas, es decir, que miremos y sintamos siempre por el mejor-estar-y-sentir nuestro. Uno se siente impulsado a salvar a costa de su vida a su hijo que se está ahogando, porque en caso de no hacerlo su sufrimiento en forma de dolor por culpa y remordimiento será tan grande que desearía morir y haber muerto. Los mecanismos sentimentales producen esa culpa y ese remordimiento.

Ayudar a una anciana a cruzar la calle conlleva sentirse bien consigo mismo, conseguir miradas de aprobación de los viandantes, satisfacción por cumplir las enseñanzas recibidas en la infancia, sentirse orgulloso de ser un buen ciudadano, evitar el punzamiento de la culpa en caso contrario… Un misionero o un miembro de una ONG actúan altruistamente porque sienten un deber con el prójimo, que puede obedecer al sometimiento a la idea de Dios o a otra idea, y porque obtienen bienestar en el agradecimiento de los beneficiados de su ayuda, o porque se sienten mejor consigo mismo si tratan con gente dignas de conmiseración, o porque tratando con esa gente, que suele ser humilde, evitan la alteridad que les producen «los otros», o porque disfrute de unas vacaciones socialmente bien vistas. Siempre que se mire en el interior del altruista se encuentran razones egoístas, se encuentra un beneficio propio que se oculta. Lo cual no niega que el acto altruista no basado en el altruismo recíproco sea un medio ideal de convivencia social (aunque muy mal visto hasta épocas recientes por el marxismo y por la izquierda en general, que consideraban a la caridad nefasta).

El altruismo nació con vocación de cohesionar los grupos y permitir la cooperación entre sus miembros; ya ha sido recalcado que categorizamos el «nosotros» y el «ellos», y que aplicamos la compasión y el altruismo al nosotros, y otros sentimientos como la malquerencia y la crueldad al ellos. Pero al hiperextender el «nosotros» y contraer el «ellos» mediante el aprendizaje social, el altruismo y la compasión la extendemos a casi todos los miembros de la especie humana, e incluso a los animales.


[1] Tal como señala Edward O. Wilson (Consilience, p. 377), «Existe una ventaja selectiva hereditaria en pertenecer a un grupo poderoso unido por la creencia y el propósito devotos». Esto es, los grupos que manifiestan altruismo en la cooperación, tuvieron en el pasado mayor probabilidad de supervivencia, ¡sobrevivieron!, frente a los grupos menos altruistas.

[2] Recalco el «organismo» porque aunque el cerebro rige en gran medida la funcionalidad de los sistemas orgánicos, células de cualquier parte del cuerpo responden –individualmente o en grupo—al medio expresando proteínas de funcionalidad diversa, y sin la intervención directa del sistema cerebral; también el sistema nervioso autónomo, que recibe información de las vísceras y del medio interno para actuar sobre glándulas, músculos y vasos sanguíneos, aunque su acción viene mediada en muchos casos por el sistema nervioso central, en otros su impulso no llega al cerebro sino que es la médula espinal quien recibe la señal y envía la respuesta; este sistema se encarga de los reflejos viscerales. Así pues, resultaría muy erróneo hablar de la conciencia para explicar nuestras acciones, incluso sería insuficiente hablar del cerebro en su totalidad; hablar del organismo es lo adecuado.

[3] Percepción en el sentido amplio, como información de los sentidos, evaluación e interpretación.

Fases de la revolución socialista

Dice Bertrand Russell en La conquista de la felicidad que «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Movidos por el odio y teniendo en el horizonte imaginativo la idealizada sociedad que fabrica su deseo, los revolucionarios se lanzan al asalto del poder sin preguntarse qué hacer después de vencer. Una ilusión construida irracionalmente les hace creer que después de derribar las instituciones y poderes que estorban, estos se reconstruirán solos en la forma que dictan los propios deseos, pero la realidad del día después desbarata inmediatamente la ilusión construida y se tienen que echar mano de fórmulas totalitarias para seguir manteniendo el poder. Tal es el gran drama de las revoluciones.

De manera general, las revoluciones socialistas han ido alcanzando hitos similares y han desembocado en la misma tragedia, una tiranía personal o de partido. Tomo de ejemplos a las revoluciones en Cuba, Rusia, China, Camboya e incluso la pretendida revolución de Podemos en España. Los hitos o fases por las que discurren son las que siguen:

Fase prelimiar:
Existencia de condiciones de opresión, corrupción o miseria muy elevadas .

Fase 1
El resentimiento acumulado por los jóvenes contra la situación política y social, origina grupos y movimientos contestatarios que suelen actuar de forma asamblearia en la clandestinidad .

Fase 2
Debido a la dinámica del movimiento asambleario, las ideas más extremistas y los individuos más capaces se imponen como líderes .

Fase 3
El programa de acción que establecen es el de dinamitar la organización político-económica y social existente, con la exaltación del Socialismo y de los valores del Igualitarismo, así como el desprecio a la “democracia burguesa” .

Fase 4
Mediante acciones generalmente violentas, se intenta la toma del poder.

Fase 5
Las primeras medidas tras del triunfo revolucionario suelen consistir en expropiaciones forzosas, controles del mercado, y repartos de bienes para satisfacer las ansias igualitaristas de los seguidores.

Fase 6
Amenazados, muchos empresarios, emprendedores, el capital internacional y los individuos más cualificados, salen del país.

Fase 7
La economía del país enseguida se resiente. Parte de la población se opone al nuevo orden que se quiere imponer. Se suceden las revueltas contra el nuevo gobierno, y en muchos casos se llega a la guerra civil.

Fase 8
Para poder sofocar mejor los descontentos y la desilusión de la población, el gobierno revolucionario se hace con el control de todos los poderes. El régimen enseña su cariz totalitario.

Fase 9
Se agudiza la ruina económica por la salida de capitales y de recursos humanos señalados en la fase 6. Se empieza a disipar la buena acogida de la revolución en amplios sectores de la población.

Fase 10
Con el fin de mantener la revolución a toda costa y a cualquier precio, comienza un proceso de adoctrinamiento extremo, y se impone una dictadura que en algunos casos resulta hereditaria .

Memoria (II)

Un acontecimiento se graba y guarda en la memoria con mayor fidelidad y nitidez si va acompañado de emoción (lo que otorga a la emoción una importancia excepcional para el aprendizaje). Cuanto mayor sea el peso emocional que otorguemos a un suceso, mejor se guardará en la memoria y mejor se recuperará, y ello sucede sobremanera, si el suceso es relevante para nuestra supervivencia. Los sucesos emocionalmente relevantes son los que mejor resisten el vendaval del olvido.

Sin embargo, a pesar de ese carácter evocador que posee la emoción sobre los hechos ocurridos, los hechos y la etiqueta emocional que se adhiere a ellos no se procesan en el cerebro como si de una sola entidad se tratase sino que se desgajan. Dice el premiado neurocientífico Antonio Damasio que guardamos el recuerdo de los hechos en sí además de un recuerdo emocional, y que ambos se procesan independientemente en áreas distintas del cerebro

La amígdala, que es una pequeña almendra (en realidad dos) del sistema límbico y que es responsable directa del disparo emocional, almacena recuerdos de las emociones vividas. Sus neuronas se reorganizan según las experiencias emocionales que se sufren. Una experiencia que es famosa en la literatura médica lo pone en evidencia.

El médico francés Eduard Claperede atendía a principios del siglo XX a una paciente que no podía formar nuevos recuerdos. En cada nueva visita la mujer le saludaba como si le viese por primera vez. Pero al buen doctor se le ocurrió un día ponerse una chincheta en la mano que le ofrecía al saludarla, y tras de sentir el pinchazo, en los días de visita que siguieron, la mujer se negó a estrechar la mano que el doctor le tendía aunque seguía sin reconocerle. Su amígdala guardaba el recuerdo emocional del pinchazo sufrido previamente.

De sufrir una lesión cerebral que desconecte la memoria episódica de los hechos o bien desconecte la amígdala, un individuo perdería la memoria de los sucesos o la memoria emocional. Si le hubiera mordido un perro con anterioridad, en el primer caso sentiría temor a los perros sin saber por qué, en el segundo caso recordaría que un perro le mordió, pero no sentiría temor alguno.

La memoria emocional también nos sirve para el reconocimiento. Ramanchandran, un afamado neurocientífico indio, relata el caso de un hombre que creía a sus padres unos impostores. Reconocía la figura y el rostro de ellos, pero pensaba que eran unos actores o unos extraterrestres que habían usurpado sus cuerpos. No sabía reconocer las señales de emoción que recibía, pues tenía dañadas ciertas conexiones de la amígdala. Tal disociación se conoce con el nombre de Síndrome de Capgas. Con la elegancia que le caracteriza, Marcel Proust pone en evidencia la franquicia que existe entre le pensamiento y la emoción que pinta en el rostro: «En la persona no vemos el pensamiento hasta que se ha difundido en esa caracola del rostro abierta como un nenúfar».

En un libro delicioso que recomiendo encarecidamente leer, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el doctor Oliver Sacks nos narra el caso de una anciana que un día, repentinamente, empezó a escuchar música de su infancia dentro de su cabeza, pensando que era una radio que había quedado encendida. Sorprendentemente, en una conversación informal una amiga mía me informó que su madre estaba «perdiendo la cabeza», pues decía escuchar a todas horas música de su niñez. Le hablé del caso que narra el doctor Sacks y le recomendé que lo leyese.

En la niñez absorbemos una ingente cantidad de experiencias, emociones, olores y sonidos, y los almacenamos con más fiabilidad que en cualquier otra etapa posterior. Un golpe fortuito o la impresión de un sueño pueden abrir de forma inconsciente una ventana a esos recuerdos.

Los olores son los grandes evocadores de los sucesos guardados en la memoria. El olor de las magdalenas recién hechas para el desayuno, traía a Marcel Proust un aluvión de recuerdos de juventud. De ellos se servía para describir con milimétrica minuciosidad un paisaje de los años evocados, un cuadro, una puesta de Sol o la angustia de los celos que le causaba Albertina.

Por todo ello, como escribió Luis Buñuel, nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada. Epicuro aseveraba que el recuerdo de placeres pasados nos ayuda a conseguir la felicidad.

Memoria

En el relato de Borges, Funes el memorioso, Ireneo Funes da cuenta en latín y en español de los casos de memoria prodigiosa registrados en la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitridates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio…

Para enfatizar la brutal enormidad de la memoria de Funes, Borges nos propone la infinitud: «…percibía todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes ancestrales del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que solo había mirado una vez y con las líneas de espuma que un remo levantó en Río Negro la víspera de la acción de Quebracho.»

Se tienen registros de otras hazañas memorísticas increíbles protagonizadas por «sabios idiotas». Quien se sabía de memoria los nueve volúmenes del Diccionario de música y músicos de Grove; quien memorizó con una sola lectura el listín de teléfonos de Nueva York; quien es capaz de pintar en un lienzo todas las casas y barrios y calles y avenidas de Moscú habiendo mirado unos segundos una fotografía aérea de esa ciudad.

En todos tales casos cuasi espantosos el sujeto no puede olvidar. Los datos colapsan la capacidad de su cerebro y aparecen déficits en otras áreas de procesamiento cerebral como en la capacidad intelectiva o en la capacidad de relación social.

Dicen los entendidos que poseemos una memoria de hábitos, otra memoria episódica que guarda las experiencias en el orden de las imágenes de un film, y una memoria semántica que da significado a lo ocurrido. También poseemos una memoria de corto plazo o de trabajo y una memoria de largo plazo, un almacén de situaciones, hechos y aprendizajes.

Ciertos daños cerebrales son capaces de destruir la capacidad de crear nuevos recuerdos, y el sujeto olvida al cabo de unos pocos minutos todo lo experimentado. Varias series de televisión muestras las desventuras de estos protagonistas, que se ven obligados a llenar las paredes de notas escritas que les recuerden lo más relevante que les ha sucedido en el día y los encargos que han de cumplir.

A cierto personaje en la obra de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, le ocurría algo semejante. Se hallaba en una fiesta de la princesa de Guermates y saludaba cada poco a los invitados como si les conociera por primera vez.

Además de obrar de almacén de experiencias y de relacionar y gestionar su recuerdo, esto es, de evocarlos, de traerlos al escenario de la conciencia, las redes de la memoria también puede crear esas experiencias imaginativamente. Se trata del llamado Síndrome de los falsos recuerdos, y aparecen muy fácilmente por sugestión.

Y pueden resultar peligrosos. Kelly Lambert y Scott Lilienfeld, estudiosos del cerebro, aseguran que la práctica de la hipnosis y del psicoanálisis, al introducir en el paciente, sin advertirlo, falsos recuerdos, ha provocado desastres en la personalidad de una legión de personas. En los años 90, en Norteamérica, se dieron decenas de miles de demandas judiciales de pacientes de psicoanalistas contra sus padres acusándoles de violaciones durante la infancia. Un examen riguroso de los casos llevó a determinar la escasa fiabilidad de las técnicas de recuperación de memoria practicadas por el psicoanálisis, así como la inducción de falsos recuerdos de abusos sexuales en la infancia y la consiguiente creación de graves trastornos mentales en los pacientes.

Recuérdese que para el primer Freud lo sexual reina en nosotros desde la más tierna infancia, constituye nuestra esencia. Al respecto, llega a decir: «Es posible que nada importante suceda en el organismo que no contribuya con sus componentes a la excitación del instinto sexual». Así que, con esa premisa, dando por hecho de que todos los desequilibrios de la madurez provienen de conflictos sexuales de la infancia olvidados, algunos psicoanalistas, con preguntas que inducen ya la respuesta, producen en sus pacientes la formación de recuerdos falsos. Quien entró con un simple dolor de cabeza a la consulta de un desaprensivo psicoanalista, puede salir con la certeza de que fue repetidamente violado por su padre en la infancia.

Así que la memoria no es muy fiable. Y tenemos también memoria emocional. Pero tal cosa se verá en la próxima entrada.

Selfies y cubos de agua

La moda del selfie llega hoy en día a estos extremos

Otra moda está produciendo un furor parecido: la de verter cubos de agua fría sobre sus propias cabezas con cualquier excusa espuria o filantrópica:
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Hace unos pocos días el furor por llegó a un extremo que supera los límites menos prudentes: un sujeto encargó que desde un helicóptero se vertieran sobre su cabeza 1600 litros de agua. Resultado: múltiples lesiones internas y externas en todo el cuerpo.

Con estas hazañas (en realidad, con cualquier hazaña en cualquier lugar y época) el pretendido héroe busca la fama, la atención preferente de los demás, la aclamación popular dirigida hacia él. En otro sentido, al producirse estos furores preferentemente en los jóvenes, son pruebas tribales de iniciación del cazador o del guerrero. Tienen el mismo significado que el dar muerte a un león, el soportar días de hambre, o el dar muerte a un guerrero enemigo.

No es el haber cobrado una gran pieza lo que produce satisfacción en el cazador, sino que se sepa. Para ello cuelga la testa disecada de su presa en el salón, o presenta testigos de su hazaña para que den fe de ella al público.

Hasta hace no muchos años las leyendas corrían entre los lugareños de boca en boca de generación en generación: tal individuo de tal familia realizó tal increíble hecho. El héroe en cuestión adquiere y acumula orgullo si los demás son testigos de sus heroicidades. La hazaña puesta en boca de las gentes aumenta el valor social de uno, es decir, aumenta la valía con que se percibe él mismo y con que le perciben los demás. Aumenta la autoestima del propio individuo, a la vez que, al quedar la hazaña en la memoria, produce orgullo cuando la evoca uno mismo o la evocan los demás. Bien decía Epicuro que con el recuerdo de los placeres pasados se aíslan los dolores del presente.

Antaño, recibir los halagos de todos los miembros de la tribu, ganar fama, nombre, reconocimiento social. Hogaño, lo mismo. El anhelo de prominencia en estado puro.

La diferencia entre las hazañas del pasado tribal y las que ahora se anuncian y promocionan en las redes sociales estriba en la dimensión de la audiencia aclamadora que se pretende conseguir. Antaño la sociedad de referencia eran el clan o la tribu o la nación o el país, hoy en día es, en potencia, todo el mundo.

Otra diferencia muy importante es la durabilidad del eco de la hazaña. Antaño permanecía meses, años e incluso lustros en la conciencia de las gentes, y era usual que si su relevancia era grande, pasase de padres a hijos, se consagrase como leyenda o mito y a permanecer en la memoria colectiva para siempre. Hogaño, sin embargo, las hazañas que se gestan a la sombra de la moda del momento son provisionales, no trascienden la brevedad de la moda que las engendra; en minutos o en horas o en días están destinadas al olvido, a la no existencia. Se agostan y desaparecen con la misma rapidez con que se crearon, y apenas dejan un rastro tras de sí. Lo pasajero de la moda empapa a la fama que se consigue con ella.

Pero no se olvide la pretensión ahora y en toda época: la fama, la gloria, el reconocimiento, siquiera momentáneos. La posibilidad de aparecer como macho alfa de la manada virtual por un día siquiera en algún asunto de conveniencia. Reminiscencias instintivas de la manada primitiva. El poder, la fama y la gloria son las caras de un mismo prisma de la prominencia que el hombre busca. En contraste con lo perdurable, pero obediente al mismo prisma, la actualidad tecnológica ofrece la posibilidad de la fama pasajera, microscópica incluso, pero que otorga al individuo esa sensación de poder que produce la atención preferente hacia él. Esa atención obnubiladora que ya se producía en el general romano victorioso. Para que la ilusión no se hiciera perenne y fuera peligros, el conductor de la cuadriga, ante los vítores y el júbilo de la población, repetía incesantemente al oído del general: Recuerda que no eres más que un hombre.

Hoy en las redes no existe ese problema de endiosamiento: el olvido al día siguiente de haber lucido una fama momentánea nos recuerda que solo somos hombres.

Estado islámico, Assissins y Al-Qaeda

Mientras que al-Qaeda sigue la táctica del atentado mortal con el sacrificio de la vida del adepto, la pretensión más inminente de los agrupados en las milicias del denominado Estado islámico es simplemente la de matar. Se recluta a estos milicianos entre los más resentidos de la sociedad y los que más odian ―y no son pocos los reclutados que se han criado en Occidente―, y se les ofrece a corto plazo satisfacer su odio mediante la catarsis de ejercer la crueldad contra todo aquel que aclama otra doctrina diferente de la suya. Los instintos más bajos del miliciano se liberan para que mate y torture felizmente. Esa felicidad en el matar y en el torturar es una compensación, la otra es el Paraíso si muere matando. El efecto que producen entre sus enemigos es el del pavor.
La acción de los miembros del Estado islámico es más parecida a la de las hordas de Atila, los Vándalos , o las de Gengis Khan: dar muerte con crueldad a todas las poblaciones conquistadas y exhibir sus cadáveres. Pero la acción de al-Qaeda es distinta, y parece un calco de la que empleaban los antiguos Assissins. De ellos quiero hablar.
El ofrecimiento de la propia vida en acto terrorista luchando contra el infiel para entrar en el Paraíso es cosa de los miembros de al-Qaeda o de los talibanes, pero no es cosa nueva en el Islam. Quienes iniciaron a finales del siglo XI tan funestos métodos contra sus enemigos fueron los Assissins. En Oriente fueron más conocidos como Batinís (seguidores del libro Taiwil al-Batin), Fidays (devotos), rafiqs (camaradas), ismaelíes nazaritas, e incluso chiitas septimanos, aunque su gran impulsor, Hasan as-Sabbah, le agradaba denominar a sus adeptos Asasiyun (los fieles a Asás, el fundamento de la fe), mientras que la versión de dio Marco Polo de ellos fue la de haxixiyun (fumadores de haxix).
Desde finales del siglo XI hasta mediados del siglo XIII, todos los dignatarios de Oriente Medio: príncipes, emires, cadíes, sultanes, califas… soportaron el miedo a caer muerto por la daga de un Asesino. Los ejecutores son enviados contra los destinatarios de su daga desde la inexpugnable fortaleza de Alamut, situada en lo alto de la región de Daylam, al norte de la cadena montañosa que bordea la gran meseta de Irán. Se ocultan con el disfraz más inesperado: son miembros de la guardia personal del dignatario, sacerdotes, mercaderes, sirvientes… Pueden estar meses e incluso años representando pacientemente su papel, pero cuando llega la ocasión esperada, golpean sin piedad. El verdugo no se mueve, espera la muerte a manos de los guardias o de la multitud enfurecida. Es el mensaje de Alamut.
El fanatismo de los fidays no es menor que el de su primer Gran Maestro y fundador, Hasan as-Sabbah, que permaneció 32 años sin salir de su habitación en Alamut e hizo decapitar a su único hijo varón por la acusación de haber bebido vino, que luego se demostró ser falsa. Por debajo del Gran Maestro están los Day (misionero), y por debajo de estos están los Ragik, los jefes provinciales; a los vinculados a la organización se les denomina Lasek, y por debajo están los muyib, los novicios. Los Fiday son los destinados a sacrificarse.
Hasan era conocido como «El viejo de la montaña», pero no es el mismo «viejo» del que da cuenta Marco Polo a su paso por Siria, siendo éste otro gran jefe Assissin posterior conocido como Rashid al-Din, conocido como Sinán, que reside en la magnífica fortaleza de Masiaf, en Siria. Un Fiday mandado por él asesta a Saladino tres puñaladas, pero no consigue acabar con su vida. Cuando en venganza Saldino pone cerco a Masiaf, se presenta en su tienda un mensajero desarmado de Sinán y pregunta a los mamelucos que custodiaban a Saladino en presencia de éste: «Si os ordenara que matarais a este Sultán en nombre de mi señor, ¿lo haríais?» Respondieron que sí y desenvainaron las espadas. Lo cierto es que Saladino levantó inmediatamente el asedio a la fortaleza.
Aunque con métodos distintos (ahora los fanáticos islamistas se cargan de explosivos mientras que los Assissins actuaban daga en mano), el propósito en unos y en otros es el mismo: llenar a las gentes de pavor hacia ellos para conseguir su dominio. La organización es similar y el ocultismo y el fanatismo y el propósito. Pueden estar viviendo en la casa de al lado y ser sumamente amables con usted, pero al instante siguiente se inmolarán con una carga de explosivos en el ánimo de causar el mayor número de muertos posibles y extender el miedo hacia ellos. El 28 de abril de 1192 mataron en Tiro a Conrado de Monferrato, rey de Jerusalén. Los asesinos se habían disfrazado de monjes cristianos y durante seis meses se ganaron la confianza del obispo de Tiro y del propio Conrado.
Toda precaución es poca ante quienes pretenden convertir por la fuerza al Islam a todo el mundo, ante quienes están dispuestos a matar a todo aquel que no se convierta, ante quienes su pasión esencial es el odio.