Psicología, sentimientos e injusticia

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He de hacer varias advertencias. Con la primera quiero aclarar que el propósito de este escrito no es el de expresar mi opinión acerca de cuál debe ser el comportamiento correcto, la ética, sino el de echar un vistazo a algunas de las causas que lo rigen. La segunda advierte contra los incontables y contradictorios manuales de psicología al uso. La tercera advertencia pretende simplemente señalar que algunas de las razones  que expongo y de las afirmaciones que realizo son de digestión difícil.

El hombre se mueve a instancias de los deseos y de los sentimientos. Esta es la premisa de la que parto y debería resultar evidente a los ojos de aquellos que han pulido y calibrado correctamente sus gafas del entendimiento. Cierto es que los instintos y las emociones juegan su papel, pero están contenidos en aquellos; y cierto es que las creencias del hombre presentan en su conciencia la perspectiva y el juicio para que deseos y sentimientos se manifiesten en una determinada forma, pero son estos los que nos mueven en última instancia.

Uno de los adagios que figura en la entrada de este pasado 17 de diciembre, dice así: «Nos parece solución justa la que nos satisface». Voy a tratar de precisar su significado con ejemplos. Piensen en la venganza, pero miren en lo profundo. Nos satisface imaginativamente vengarnos, e inmediatamente sentimos que sería justo hacerlo (y a ese sentir le da el plácet la conciencia, que le dice a uno desde lo íntimo “sí, vengarte sería lo justo”). La Ley del Talión, la vendetta, la venganza, se arraigaron en nosotros durante nuestro andar evolutivo, e íntimamente sentimos y creemos que son formas elementales de justicia. ¡Porque nos produce satisfacción imaginar su cumplimiento, es decir, porque lo deseamos y porque el sentimiento de agravio que sufrimos nos impele a ello!

Piensen ahora en un hecho dramático del que se han hecho eco las noticias de estos últimos meses (en España, pero otros casos similares han ocurrido en el mundo, por ejemplo en Australia y EEUU): el asesinato de niños a manos de sus padres. Por precisar: piensen en Medea (véase mi entrada del 11 de noviembre pasado). Para Medea es del todo justo vengarse de la traición de Jasón, su marido. Medea siente injusticia. Medea necesita satisfacerse, necesita vengarse, necesita infringir el mayor dolor posible: un dolor semejante al que ella siente. Sus hijos son el instrumento de la venganza. Ese deseo, su despecho, su odio contra Jasón, es lo único que cuenta. El cariño a sus hijos es accesorio. El sentimiento de la injusticia cometido con ella la mueve de forma imparable. Vengarse es actuar con justicia porque el vengarse  la satisface.

Veamos otros ejemplos no menos elocuentes.

El grito y la fórmula ética del Igualitarismo es: “desigualdad social o económica igual injusticia”, que se puede reformular como “igualdad igual a justicia”. No es solo igualdad de derechos o igualdad de oportunidades lo que defiende el Igualitarismo, sino igualdad económica, igualdad de rango, igualdad de estatus…, y los más feos y de entendimiento más liviano desearían también igualdad de belleza e igualdad de inteligencia. Es el agravio comparativo lo que cuenta. Si todos viviésemos en la miseria, si todos careciéramos de derechos, si todos fuésemos tontos y feos, los igualitaristas extremos serían felices porque obtendrían la satisfacción de haber desaparecido el agravio comparativo, la satisfacción de que todos seríamos iguales. Para estos extremistas del Igualitarismo no vale mérito alguno para hacer que alguien destaque. La satisfacción  que les proporcionaría la igualdad (acallando de así la envidia y el resentimiento que sienten) les hace sentir que la igualdad es lo justo: “igualdad=justicia”.

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Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, la fuerza ha sido la base de los derechos de la gente. Los individuos con más poder se sentían satisfechos por ello y consideraban por ello su posesión de derechos, de riquezas y de estatus justo. El poder y la fuerza ―la satisfacción que les producía―eran la base sobre la que descansaba el considerar la desigualdad con los menos fuertes y poderosos como justa. La fórmula ética podría esquematizarse como: “el más fuerte debe estar más arriba en la pirámide de estatus y poder”. Esto daba lugar a sistemas sociales de jerarquización estanca. En esencia no es mejor ni peor que la fórmula igualitarista, sino que esta es defendida por los “débiles” y la otra por los “poderosos” (como se ve, cada cual vela por sus intereses). De hecho, esta fórmula que produce jerarquías estancas es que la rige las relaciones sociales en numerosas especies de animales, produciendo una jerarquización lineal.

En lo íntimo, aquello que le satisface a uno es considerado como justo. Ahí tenemos los derechos territoriales que alegan los catalanes o los vascos. Como les satisface poseer esos derechos, los consideran justos. También el derecho de conquista era considerado justo: les satisfacía dominar a los conquistados.

Profundicemos un poco con otro ejemplo. A un individuo le gusta una mujer y la imagina con cualidades perfectas. A la vez, el deseo le hace imaginar que ella le desea a él de la misma forma, y de ese imaginar aparece en dicho individuo ese edificio sentimental que vulgarmente llamamos amor, en cuya argamasa es elemento importante el ansia de posesión.

El tal individuo, en su interior, más que creer, siente que aquella mujer es “su mujer”, siente que le pertenece. Las redes neuronales que han trazado su imagen perfecta reclaman esa pertenencia (la mujer real, íntimamente, es un mero reflejo de la mujer imaginada). Y esas redes influyen en la estructura sentimental y anímica del individuo en relación a ella. El individuo cree que es suya porque la posee en el cerebro. Como consecuencia, espera que su comportamiento sea el adecuado a esa relación de pertenencia.

Ahora bien, si las evidencias en contra de que  ella esté por él ―en reciprocidad, tal como el deseo argumenta―son muy fuertes, si se hace evidente para él el desdén y el desprecio de ella, la imagen de perfección edificada se derrumba. El sujeto percibe injusticia porque ha perdido algo que le “pertenecía”; el sujeto percibe satisfacción en hacer que desaparezca, digámoslo claramente, percibe satisfacción en vengarse, percibe venganza en matarla, y, como consecuencia, considera justa esa solución.  (Entiéndaseme: esas son las pulsaciones que se sienten. Luego intervienen las creencias, los miedos, la moral social, el temor a la condena social etc, que logran hacer que ni siquiera la conciencia del individuo se percate de ese cruel deseo de matar, ni de lo justo que le parece esa muerte).

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POEMAS LEJANOS

 

El temor al sentimiento que emana de la poesía me ha hecho ser esquivo con el verso. Esa falta de práctica y labor me expone al bochorno, pero me rige la voluntad de empezar el año exaltando el sentimiento más hermoso, el del amor. Así que, quizás con poco acierto pero  con el buen deseo de ofrecer lo mejor que uno puede dar de sí en estas labores, lanzo a modo de felicitación de Año Nuevo estos versos.

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Mujer diamantina

Tú, tan dura y tan frágil como el diamante,

rayas mi corazón con la dureza de tu silencio distante

 y te rompes con una caricia, con una mirada,

con una palabra de amor

 

Metamorfosis

 

Se refugia en la seda de mis brazos

como en su ovillo la crisálida,

antiguas soledades le dan alas

 y echa a volar sigilosamente,

metamorfoseada…, lejana

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Gata en el tejado

 

Toco su espalada rosada de gata meliflua,

y ronronea plácida,

se inserta entre mis piernas,

jadea…

y se vence y se desfleca

toda

 

Ahora

 

Hoy,

después de tanto,

he vuelto a tocar su cuerpo

y ha surgido un murmullo de olas

Ella,

que lo fue todo,

que fue mi cárcel y mi biblia,

ahora me ama con fuego y con lluvia

ADAGIOS

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  • Donde no hay ansias de laboriosidad o de proyecto,  hay ansias de revolución.
  • La envidia, sin embargo, es el germen de la democracia.
  • Todo dictador, y en eso Maduro no es excepción, está cargado de buenas intenciones.
  • Las ideologías no existen en el rebaño. Su labor la cumple el tono de voz del rabadán.
  • La máscara moldea el rostro.
  • Sólo los grandes hombres pueden vivir sin misterios. A costa de convertirse en lobos solitarios y perversos.
  • Argentina es ese pueblo, tan confuso, que cree tener sus raíces en Francia.
  • Las persecuciones y matanzas de cristianos en el mundo islámico no son tema para la izquierda.
  • Un dicho judío: “Déjame tuerto, Señor, cuando los demás anden ciegos”.
  • Otro: “Espera sentado en la puerta de tu casa; con el tiempo verás pasar el cadáver de tu enemigo”.
  • El poder, el dinero, la fama y la gloria, son las caras del prisma de nuestros anhelos.
  • En Europa se han cambiado las creencias por derechos. Eso la condena.
  • La experiencia siempre llega tarde a aleccionarnos.
  • Los ojos de la inexperiencia suelen conducir al precipicio.
  • Uno pone su fe en las doctrinas que le reportan beneficio.
  • En las creencias utópicas se confunde lo deseable con lo factible.
  • La sabiduría es una forma de estupidez refinada.
  • El arte de la política es el arte de confeccionarse una máscara.
  • Dicen los más feos, los más pobres y los menos capaces: “Lo justo es que seamos iguales y tengamos lo mismo”.
  • Nos parece solución justa la que nos satisface.
  • Una rana croa a otra de una ciénaga cercana: “Tu charca es más putrefacta que la mía”.
  • En toda relación social se vende algo.
  • En las revoluciones se clama por la libertad, pero es el odio quien moviliza.
  • Nadie es demócrata por naturaleza. Es aconsejable que lo sea por voluntad.
  • Los jóvenes creen que la democracia es poder decidir sobre todo en todo momento y lugar, pero con ello se abren las puertas del abismo.
  • La Constitución de un país simboliza la firmeza ante las veleidades de los hombres.
  • Hay gente que cree ilusamente que los derechos no cuestan nada.
  • Estigmatizar a los que sostienen una opinión contraria a la propia es el recurso de quien carece de argumentos y odia mucho.
  • Los políticos no suelen ver más allá de sus narices y de sus intereses.
  • Una hermosa frase que he escuchado: “Ahora que te has ido, todo se va muriendo”

Me gustaría poder decir, con Nietzsche,  que algunos escriben vastos libros con menos significado que el poseído por uno solo de estos adagios. Todos ellos han precisado de ardua destilación y de alambique apropiado.

 

Feliz Navidad a todo el que me leyere. Desde París-La-Bella se lo deseo.

 

SEMBLANZAS Y ESTAMPAS

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Conozco a dos “tipos” de los llamados comúnmente raros, y, curiosamente, son muchas las similitudes que presentan ambos. En su época de estudiantes los dos fueron alumnos aventajados: los dos recibieron el Premio Extraordinario de Fin de Carrera en sus estudios; los dos estudiaron Ciencias Exactas, lo que solemos decir Matemáticas; los dos han ejercido como profesores de esa materia; los dos se apasionan por los problemas de lógica, los sudokus y los crucigramas; los dos rehúyen la sociedad y cada uno de ellos se recluye en su pensamiento. Ahora los matices que les diferencian: al uno se le suele ver siempre caminando con el atuendo propio de un vagabundo y con suma ligereza, además, le gusta la caza y la montaña; el otro, en cambio, siempre va en bicicleta y, cuanto más, algunos aseguran que le han visto pescando sobre una barca en mitad de un pantano. Ambos, con su rica inteligencia, han construido unos extraños mundos de lógicas y números en donde se refugian. Tal vez, ambos, anhelan en lo íntimo construir privadamente la Biblioteca de Babel que postuló Borges.

El decir popular también achaca la categoría de “tipos raros” a los filósofos. Suelen vivir, se dice, en nubes etéreas, cada uno en busca de su particular verdad. No sé si esto será generalizable a todos ellos, pues en algunos de los que conozco ese vivir abstraído es más una pose que una búsqueda. Lo que sí parecen guardar en común es un grado elevado de vanidad.

Cada escritor también construye su particular mundo y en él se refugia. Bien es verdad que también los escritores buscan la vanidad de la fama como meta final. El encontrarse con la vanidad parece ser el destino que anhela trazar cada hombre.

HOMBRE

Pero no solo las especies mencionadas viven alejadas de la realidad. Otras muchas que pisan cada día el suelo áspero y duro de la realidad en su trabajo, viven también pendientes de un anhelo imaginario llamado caza, fútbol, deportes…

Una especie singular en nuestros días es la de los ni-nis (ni estudia ni trabaja), a la que según las últimas encuestas pertenecen la mayoría de jóvenes de España (aunque parece ser que le problema es aún más grave en otros países). Edifican su mundo en su cuarto, frente al ordenador, frente a un juego virtual. Suelen ser en su gran mayoría hombres.

Los hombres parecen tener la necesidad de vivir mentalmente más allá de la realidad, cabalgando sobre una nube de ilusión.  La mujer, sin embargo, vive más apegada a lo cotidiano, y, dentro de este ámbito, a la minuciosidad. Viven permanentemente en la realidad.

Fijémonos en las escritoras. Las novelas que trazan inventan mundos de sentimentalidad, algo muy a ras de suelo, muy de realidad. En cambio, los mundos de los escritores masculinos son psicológicos, oníricos, épicos…, e incluso, cuando pretenden describir crudamente la realidad, terminan por encerrar a ésta en un angosto ámbito moral o bien optan por  señalar un iluso horizonte de esperanza en cuyos altares sacrifican y destruyen la realidad que pretendidamente debían mostrar sus escritos.

MUJER

La psicología evolutiva usa una explicación para estos distintos papeles mentales que interpretan mujeres y hombres. Nuestros ancestros masculinos recorrían la selva y los barrancos y la sabana imaginando caminos y formas de acorralar a la presa y matarla. Las mujeres permanecían en el campamento base cuidando de los infantes, recogiendo frutos y raíces y organizándose socialmente. Para ese cuidado y para esa organización, los sentimientos son vitales. Así que el hombre adquirió tendencias hacia la abstracción y la mujer hacia la concreción.

Tal vez esa diferencia en cuanto a capacidades ayude a comprender el porqué cuando se trata producir teorías abstractas el hombre arrasa. Incluso la tan reconocida Madame Curie no escapa de este esquema. Obtuvo sus galardones por realizar un trabajo de campo: manejar materiales radioactivos y experimentar con ellos. Quien abordó los cálculos teóricos fue su marido.

Personalmente creo que la mujer se muestra mucho más capaz que el hombre en la tarea de desenvolverse en la vida con los pies puestos en el suelo de la realidad, así como para gestionar los asuntos y vicisitudes de la vida en sus pormenores. El hombre creo que muestra mayor capacidad para la abstracción. El hombre proyecta y la mujer gestiona. Esa debería ser la fórmula ideal.

O quizá todo lo dicho sea un mero producto de lo ilusorio de mi imaginación. Al fin y al cabo soy hombre. ¡Qué le voy a hacer!: empiezo hablando de dos tipos raros y acabo filosofando acerca de las diferencias entre el hombre y la mujer. No tengo enmienda. Empiezo  mirando con ojos descriptivos la realidad y termino abstrayéndome de ella. ¡Malditos pensamientos errabundos!: siempre me hacen retornar a mi mundo de cazador abstraído en busca de presa.

 

El subconsciente pasional

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Presento a continuación El subconsciente pasional, el segundo ensayo del libro Animal moral.  El libro, ya saben, versa sobre la conducta individual y la organización social, en cuanto a sus bases biológicas y el papel que juegan las creencias que poseemos.

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

 

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

En esta dirección puede echar un vistazo a los temas:

 

 

Ensayo 2º: EL SUBCONSCIENTE PASIONAL

 

Resumen

Los mecanismos instintivos y emocionales y otros muchas mecanismos reflejos, sin que seamos conscientes de ello, elaboran en el laberinto del subconsciente  nuestro modo de pensar, nuestras apetencias, la conveniencia o inconveniencia que sintamos hacia ciertas razones, doctrinas, objetos, hechos o conductas. Después se representa todo ello en el escenario de la conciencia, con lo cual nos percatamos de lo cosas que ocurren en el interior de nosotros mismos, como los deseos y los sentimientos. Además, esa representación nos produce el delirio de que es la razón la principal gestora de nuestra mente. Pero en el fondo todo resulta ser pura conveniencia del organismo.

Deseamos a una mujer o a un hombre  hermoso, o un rico pastel, o ser el más amado o el más listo…,  pero es el instinto quien nos lo sugiere y nos lanza a conseguirlo. La ira nos lanza a la violencia o a la malquerencia, la compasión nos empuja a ofrecer y ayudar, el temor nos impele a alejarnos, la culpa nos infringe castigo, los celos nos lanzar a aprisionar a la persona amada… Y son también esas razones del subconsciente las que nos inducen el pensamiento correspondiente. El organismo, desde el subterráneo de la conciencia nos seduce y nos dicta lo que le resulta conveniente y nos empuja para que lo logremos.

En muchos aspectos apenas nos hemos alejado unos pocos pasos de nuestros cercanos parientes primates. Nuestros instintos y nuestras emociones son muy semejantes. Es en el deseo y en el temor y en los instintos y en la conciencia en donde radica la diferencia.

En el surgimiento del deseo se interrelacionan la conciencia y el instinto. En la conciencia, mediante los mecanismos de la imaginación y del pensamiento, se focaliza y se mantiene en candelero el objeto que el instinto señala como conveniente para la vida del individuo, el objeto que debe ser “poseído” en la consumación del deseo.

Todos los deseos están guiados hacia tres grandes finalidades: la sexualidad, la alimentación y la prominencia del propio individuo sobre los demás.

El temor es al miedo lo que el deseo al instinto. Mediante la imaginación se representa y es la imaginación quien lo fortalece o lo desvanece. El temor es un miedo al por-venir concitado imaginativamente. Percibimos una posible amenaza  y la conciencia produce mediante la imaginación situaciones de futuro en la que lidiamos con ella. En ese acto de lidia se gesta el temor, es decir, se concita al miedo.

Los sentimientos contienen emociones, un modo alterado de pensar ―con pensamientos acordes a la emoción sentida―, y ciertos grados de placer o dolor. Nacieron con vocación de ser reguladores de la conducta social. En otras palabras, un sentimiento es la marejada mental que nos sobreviene cuando el organismo percibe la importancia que un hecho social tiene para nuestra supervivencia y nuestro éxito reproductivo.

Añado un último apunte a este esquemático resumen: casi todos los sentimientos están cargados de temor y de deseo. La vergüenza, la culpa, la envidia, el orgullo, la soberbia… tienen todos que ver con el deseo de éxito social y con el temor al fracaso.

 

 

Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL

Este libro que presento y del que soy autor, Animal Moral, no es un libro de filosofía al uso, muy al contrario, en él se desdeñan a menudo muchas  razones que la filosofía emplea. Se trata de un libro de ensayos que, dentro de su mucha variedad de temas, versa sobre la conducta humana. Tanto de la conducta individual como de la colectiva, pretendiendo sonsacar sus causas recónditas y sus circunstancias.

En él se dan cita la biología y las neurociencias, la psicología y la filosofía, cada una de ellas en la medida en  que  aportan datos relevantes para intentar descifrar  lo íntimo de dicha conducta. Pero el libro hace singular hincapié en dos factores del comportamiento que hasta la fecha han sido examinados muy superficialmente: el sentimental e instintivo, y el de las creencias que poseen los individuos sobre los asuntos del mundo.

Los ensayos son los que enumero:

  1. Evolución de la mente.
  2. El subconsciente pasional.
  3. Creencias mágicas y religiosas.
  4. Las creencias en el grupo.
  5. La médula de las creencias.
  6. Moral, instinto y orden social.
  7. Moral, sociedad e historia.
  8. Hegel y Marx.
  9. El psicoanálisis,
  10. Marcuse
  11. El «buenismo».

Para comprar el libro puede dirigirse a http://www.eraseunavez.org o a www.agapea.com

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Hoy expongo un resumen  un  resumen razonado del primer ensayo, Evolución de la mente, en el que desfilan las condiciones del medio, las dificultades que hubieron de superar nuestros ancestros en las distintas etapas de su evolución, y las necesidades que debían resolver para lograr eficacia biológica.

Apartados del medio selvático en que se habían desarrollado sus ancestros y arrojados por cambios geológicos y climáticos a una hostil sabana, los primeros homo habilis  sólo encontraron un camino evolutivo factible para hacer frente al medio.  Fue el de un crecimiento cerebral que propiciara novedosas capacidades con las que suplir la carencia de fortaleza, velocidad, envergadura, fuertes garras…, que poseían otros animales que  habitaban la sabana. No se ha de olvidar que aquellos primeros predecesores eran esencialmente presas.

Tal camino ya había sido iniciado por otros primates cercanos, y seguir cualquier otro hubiera conducido a un callejón evolutivo sin salida posible.

Pero un aumento cerebral requiere alimentos energéticos, lo que motivó que los de su linaje se hicieran carroñeros y, más adelante, cazadores.

Como carroñeros podían tener alguna eficacia individualmente, pero como cazadores individuales eran un desastre. Solo la caza en grupo aportaba la suficiente eficacia. No obstante, esa eficacia solo se podía producir si el grupo actuaba como un todo organizado. En ese sentido, las adaptaciones biológicas que propiciaran la organización grupal cobrarían ventaja evolutiva.

También lo cobrarían ciertas habilidades como el lanzamiento de dardos o piedras y la fabricación de ciertos útiles para la caza y la defensa.

Ahora bien, organizar un grupo para que una cacería resulte eficaz requiere de numerosas acciones secuenciadas, y, sobre todo, requiere poseer dos capacidades: la de comunicarse con los otros miembros del grupo y la prever los escenarios y sucesos que pueden acaecer.

La primera de estas capacidades se fue paulatinamente construyendo hasta dar lugar a un lenguaje externo de signos que pasó  luego a ser oral, y a un lenguaje interno que es el pensamiento. La segunda capacidad requiere poseer imaginación para el futuro. Pero esta imaginación, que es la capacidad de proyectar hacia el futuro los hechos y las relaciones del pasado, necesita apoyarse en sistemas cerebrales como la memoria y el sistema de la imitación. Así que resolver  la necesidad de hacer eficaz la partida de caza produjo evolutivamente  nuevos sistemas de procesamiento cerebral y una red de relaciones entre ellos.

Pero no se ha de olvidar una capacidad nueva que resultaba decisiva para la aparición de las antes mencionadas. Me estoy refiriendo a la capacidad de aprender. Sin aprendizaje no puede darse la comunicación ni la imaginación.

Para que pudieran emerger todas estas capacidades el neocórtex tuvo que crecer mucho más que en otros primates. No solo para  aprender los requisitos de la comunicación y para gobernar sus sistemas motores, sino también para el aprendizaje de habilidades de piernas, brazos y manos, y para la creación y el uso de las tecnologías.

Y no solo el neocórtex. Para que lo aprendido se fije y se convierta en habilidad, para que resulte eficaz, debe automatizarse, debe hacerse rutina, debe ser manejada como manejamos los pedales de un coche, sin pensar en ello, y para esta automatización se precisa el concurso del cerebelo, que hubo de crecer a un ritmo igual o superior al del neocórtex.

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En fin, la imbricación de  los nuevos sistemas con los antiguos, produjeron facultades nuevas. Haciendo uso de la imaginación, el miedo se proyecta al futuro en forma de temor. El instinto se sostiene imaginativamente en forma de deseo. A su vez, la necesidad de regular el comportamiento individual dentro del grupo hizo surgir los sentimientos…

La necesidad, el azar, el medio, contribuyeron a pergeñar un organismo que, con pequeñas variaciones de unos individuos a otros, presenta una forma de percepción, una forma de procesar la información que recibe, una forma de sentir, de actuar, de desear y temer, en resumidas cuentas, de comportarse, que es la que poseen los individuos de nuestra especie. Somos el producto de todo el proceso evolutivo mencionado, somos de la forma en que la necesidad y las circunstancias del medio nos hacen ser.


Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL –
(c) –
Fernando Joya

Medea. Arrebato[i] sentimental.

 

Crueldad, venganza y sentimientos.

En la filosofía griega la sentimentalidad fue mirada de reojo, con prevención, belicosidad o desdén. Tal actitud amarró  el posterior pensamiento filosófico ―hasta nuestros días―a la argolla de la idealidad, de lo etéreo de sustanciar el conocimiento del ser humano sin mirar sus entrañas, imaginándolo mediante el solo uso de la razón. La actitud de prescindir de las pasiones como causas motoras de nuestra conducta y como armazón de lo humano ha lastrado su quehacer desde entonces.

Sin embargo, la tragedia griega presenta al hombre desnudo, real, agitado violentamente por lo pasional. Si se trata de hallar lo real del «ser» humano, en sus pasiones se ha de mirar.

Soberbia, despecho, odio, crueldad, compasión, piedad, deseo de venganza… son las actrices que intervienen en la función sentimental que se representa en la Medea de Eurípides. Mírese atentamente en ella para encontrar lo humano.

Recuérdese que Medea es hija del rey de la Cólquide y que presta valiosísima ayuda a Jasón para conseguir el Vellocino de oro. Que despedaza a su mismo hermano Apsirto para que Jasón pueda escapar del cerco del rey, y que, llegados a Yolco, mediante un sutil engaño, da muerte al rey Pelias en defensa de los derechos de Jasón. Éste le jura fidelidad eterna. La obra que nos ocupa cuenta a Medea odiando a Jasón porque se ha casado con la hija del rey  Creonte, rompiendo así su promesa. Medea, en venganza, dará muerte a esa nueva esposa, Glauce, a Creonte, y a sus propios hijos.

La obra enseguida nos aporta dos bases sentimentales: en la personalidad de Medea ha hecho la soberbia baluarte, y Medea se siente despechada contra Jasón.

Dice el diccionario María Moliner que la soberbia «es una cualidad o actitud de la persona que se tiene por superior a las que le rodean, y desprecia y humilla a las que considera inferiores». El Larrouse añade que «es estimación excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás». El soberbio destaca por «no dar su brazo a torcer», aunque tal actitud le provoque adversidad. El soberbio muestra empecinamiento en resistir y en despreciar. Se enroca cuando el sentido común aconseja el apaciguamiento.

Del despecho, que germina mejor en la mujer, dice la RAE que «es una malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad». El diccionario WordReference lo abrevia así: «Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa».

Medea es soberbia, no se detiene ante nada; y siente despecho hacia Jasón porque este ha preferido a la joven Glauce, rompiendo el juramento de fidelidad pactado. Medea siente como injusticia el abandono de que es objeto (pues Jasón no ha cumplido ―en reciprocidad― con los enormes servicios que ella le prestó). Ese abandono lo considera ella una injusticia y una traición que se unen al despecho y lo agrandan, que hacen que destile odio.

Lo orgánico señala un único camino posible para aliviar el dolor que tales sentimientos le producen: la venganza cruel: producir en Jasón igual o mayor dolor que el dolor que ella sufre. La tragedia arranca.

Al comienzo de la obra la nodriza advierte del estado de ánimo de Medea:

                                            Aborrece de los hijos y no disfruta al contemplarlos

                                             Violento es su ánimo y no tolerará ser menospreciado

                                             Quien gane su odio no obtendrá fácilmente el premio de la victoria.

El deseo de venganza parece ocupar su conciencia. Ninguna otra cosa importa. Jasón ha de sentir un dolor y una pérdida semejantes a los que ella siente. La reciprocidad en el dolor se vislumbra como única fuente posible de satisfacción.

Lo que la psicología al uso no dice (quizás porque lo ignora o por prudencia o porque le temblaría la voz) es que cuando se odia con esa pasión con que Medea odia a Jasón, no solo se odia al individuo, sino también a cada uno de sus rasgos. Y no solo se odian esos rasgos en Jasón, sino también en sus hijos. Las similitudes con el padre, las muecas, las sonrisas idénticas, el cómo él y cómo ellos fruncen de igual modo el ceño, el cómo se parecen en los andares y cómo se enojan de manera semejante… A través del odio a esos rasgos, en el parecido que muestran con el padre, Medea odia a sus hijos.

La misma nodriza, demostrando una funesta previsión, ordena a un criado:

                                               Y tú mantenlos lo más apartado posible y no los aproximes a su

                                               encolerizada madre, pues la he observado ya dirigiéndoles a

                                                estos una mirada de toro, como si fuera a intentar algo.

Poco después, Medea confirma esa intención

                                               ¡Ojalá muráis en unión de vuestro padre!

Terrible sentencia que puede parecer increíble, pero que es harto sentida por cualquier mujer que desate sentimentalmente nudo semejante.

A Medea la sentimos muy capaz de llevar a cabo ese horrendo crimen; crimen que la satisfaría en el grado en que causase al padre un dolor semejante al suyo. Recuérdese que es soberbia y que está ocupada por el odio y el deseo de venganza.

No obstante, lo contradictorio del espíritu humano hace su aparición, y el dolor y la humillación sufridos parecen hacer mella en su ánimo, parecen imponerse sobre su soberbia, parecen abatirla. La aflicción aparece en escena.

                                               Perdida me veo y, al perder la alegría de vivir, quiero morir,

                                                amigas mías, pues quien sabía claramente que lo era todo

                                                para mí, mi marido, se ha convertido en el peor de los hombres.

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Dice también:

                                                ¡Ojalá una llama celeste me atravesara la cabeza!,

                                               ¡Ojalá deje esta vida odiosa!

En esos instantes Medea ve el mundo como un erial en donde sólo crece el sufrimiento. La depresión anímica parece tomar sus riendas. Todo es negro. La vida no merece ser vivida. Ahora siente que los hijos sufrirán el mismo calvario que ella ha sufrido. Se apiada de ellos. Por amor… ¡desea que mueran!

                                              Jamás entregaré mis hijos a mis enemigos para que sean ultrajados.

 

Pero enseguida el orgullo y la soberbia, acuden en su auxilio. Habla con Jasón y de ello se acrecienta su odio y se afirma su decisión de vengarse de él a través de sus hijos.

                                            Cualquier cosa menos causar risa en mis enemigos.

                                              Pues, no es soportable, amigas, ser la irrisión

                                               de mis enemigos

                                               CORIFEO: ¿osarías matar tu semilla, mujer?

                                                MEDEA: Sí, pues así sufrirá la mayor herida mi esposo.

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Sobre Medea planea la pasión de matar a sus hijos ¡por amor a ellos! o ¡por odio a Jasón!, según el estado de ánimo que prevalezca en ella, según se imponga la piedad o el deseo de venganza, según se doblegue su ánimo o la soberbia lo levante con furia.

En algunos momentos vacila, se arrepiente, piensa en llevárselos con ella fuera del país, se apiada, encoge su ánimo. En esos momentos la razón interviene para sofocar las violentas pasiones que la zarandean, pero la razón es endeble como una hoja frente a las tormentas del espíritu. Nada puede.

                                              Comprendo qué crímenes voy a cometer, pero

                                                más fuerte que mis pensamientos resulta mi ira.

 

Más que el amor a sus hijos, más que la razón, más que la piedad, más que la repugnancia moral del crimen, más que el dolor, más que la vida, puede en ella el grito del «yo» pidiendo satisfacer el deseo de venganza, demandando preponderar sobre Jasón, exigiendo devolver un sufrimiento acrecentado.

                                                 MEDEA: me beneficia el dolor, con tal que no te mofes tú.

                                                   …Tú, tras ultrajar mi lecho, no ibas a tener una vida grata

                                                   mofándote de mí; ni tampoco la princesa, ni quien te propuso

                                                   la boda, Creonte.

Y esas exigencias y demandas producen su efecto, la acción vengativa; y, en la venganza, la crueldad como elemento de gozo, de satisfacción.

                                                   JASÓN: ¿Y, con todo, los mataste?

                                                     MEDEA: Sí, por afligirte.

Ahora los dos sufren por igual. Empatan, lo que le produce satisfacción. Están en «paz» el uno con el otro. La representación toca a su fin.

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Ese bamboleo de sentimientos y estados de ánimo, esa ofuscada e inoperante razón, ese deseo de venganza cruel, esa profusa manifestación de la naturaleza humana, forman el verdadero entramado argumental de la obra. Si se han de buscar las razones íntimas del obrar humano, mírese en Eurípides y en la Tragedia griega, y no en idealizaciones ni en garabatos acerca del ser.

[i]  Arrebato tiene su origen en la llamada “a rebato” que se realizaba en una población por medio del toque de campana, llamando a los vecinos a la defensa ante cualquier peligro. La urgencia de atajar éste movilizaba a los hombres a actuar con toda su pasión.

 

 

Famas y modas

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Satisfacer a los snobs de la moda con lo extremo, con el esperpento,  con lo estrafalario, con la rareza, con la imitación de formas exóticas o con formas pertenecientes a otros ámbitos que nadan tienen que ver con el que trata la obra, son algunos de los recursos que los nuevos creadores aportan para subirse al carro de la moda.

La Nueva Cocina es un buen ejemplo de todo esto que digo. Si en el arte la belleza había dejado de ser un valor, en el mundo gastronómico deja de ser valor el sabor del plato y pasan a serlo las formas, los colores, los productos empleados, la tecnología usada en su preparación, la mezcla de gustos y olores ―sorprendentemente, también, la belleza― y, sobre todo, la innovación y la originalidad. Ferrán Adrià del restaurante El Bulli, y Andoni Luis Adúriz, del restaurante Mugaritz, son los principales representantes de este quehacer.

Por ello fueron encumbrados al altar de la moda y de la fama. El ya fallecido cocinero, Santi Santamaría, pretendiendo volver a colocar el sabor en lo alto de los valores por los que se debería apreciar el plato, se rebeló contra todo esto y fue abucheado y apaleado por la mayoría de compañeros de profesión.

Un gran fenómeno de la moda fue Chiquito de la Calzada. Saltó a esa palestra en el año 1994 con una nueva forma de contar chistes basada más en causar hilaridad con la acción y el esperpento que con lo escatológico o genital que suelen usar los cómicos al uso. Se convirtió en el mayor héroe popular que haya existido. Durante muchos años fue imitado hasta la saciedad en bares, televisiones, en las reuniones de empresa, en la escuela… La originalidad le dio un triunfo apoteósico que le llevó a ponerse de moda y a ser famoso.

También la moda se pasea por el boulevard de los sesudos filósofos y por el de otras categorías intelectuales. Derrida, Lacan, Marcuse, Heidegger, Marx, Freud… estuvieron de moda en su momento y todos alcanzaron fama duradera (que fuera merecida o no es otra cosa). Por cierto, me estoy percatando de que las modas no son tan pasajeras, que más bien resulta que la moda es un escalón primero y necesario para subir a la fama.

Los pseudointelectuales, esos snobs que creen pertenecer a una categoría especial de iniciados en el conocimiento profundo, son quienes mantienen la fama inmerecida de muchos famosos intelectuales. Y mediante su aplauso les hacen seguir subidos en el altar de la fama. Claro, viven a costa de ellos, de repetir como cacatúas sus asertos.

La filosofía académica hace ya mucho que parece haberse alejado de la realidad, y anda entretenida ensalzando y venerando a los buscadores de esencias metafísicas, cabalistas mistificadores de la palabra. Alejada de la Ciencia y de los descubrimientos científicos, se dedica a producir palabrería huera y vana acerca del ser y de la nada y de otras entelequias, pero es casi norma general que muchos filósofos caminen como el pavo real con el pecho hinchado y las plumas desplegadas mostrando una actitud altanera hacia los demás.

Sartre, Lacan, Heidegger, Derrida, son algunos de los filósofos que durante el siglo XX estuvieron de moda, y cada uno de ellos tuvo su fiel rebaño de seguidores. Para que la fama de un personaje sea perdurable ha de crearse en torno a él una tribu interesada que lo venere. Pero la tribu mayor fue la de Marx, fueron los marxianos. En los años 79 y 80 era difícil encontrar pseudointelectual alguno que no declarase en acta pública su profesión de fe a las teorías de Marx. Claro que pocos las habían leído, y casi ninguno las había analizado con criterios de realidad. Cuando los acontecimientos derribaron el muro de Berlín y el comunismo dejó de estar de moda entre la intelectualidad, la desbandada de marxianos hacia otras tribus próximas fue épica.

La pintura del siglo XX y la del siglo XXI coinciden con la filosofía en mostrar parecidos tics, en invocar significados abstractos muy alejados de la realidad, y en que sus prosélitos creen pertenecer a una categoría especial que posee especiales conocimientos y criterios para apreciar las obras pictóricas o del pensamiento.  También coinciden en considerar que el absurdo en la pintura y la oscuridad en la filosofía son valores a destacar.

De esa múltiple coincidencia se deriva también un semejante descreimiento acerca de la existencia de la verdad. De tanto tratar de jugar a las modas y a las formas, han llegado a poner de moda el nihilismo.  Cualquier cosa es arte, dicen los artistas. Cualquier verdad es relativa, dicen los filósofos. Así las cosas, quien da valor a la obra y quien la pone de moda es el autor que ya posee fama o que ya está de moda. Lo cual es otra vuelta de tuerca al absurdo. Si el autor posee el reconocimiento suficiente, cualquier broma suya se convertirá en objeto de veneración para el rebaño de los “entendidos”, y, mediante el seguidismo del sugestionado ignorante de las esencias, para todo el mundo.

Un artista reconocido puede crear sus obras lanzando botes de pintura sobre un lienzo, o, como Duchamp, poniendo una taza de wáter en una exposición. Sin duda alguna, esas algaradas serán consideradas obras de arte. O un acólito versado en liturgia filosófica puede tomar el siguiente texto de Hegel que habla de la planta y del animal,

El objeto mismo subsumido en el concepto es la planta, sujeta al elemento o a la pura cantidad de la tierra y produciéndose contra el elemento del aire en una infinita amplitud de producción de toda su propia individualidad y totalidad (por medio del concepto). … El concepto, de lo vivo subsumido en la intuición, es el animal; ya que esta misma subsunción es parcial,  sin que se dé también de igual manera la subsunción de la intuición en el concepto, lo vivo se representa de modo empírico real, infinitamente disgregado…

y descubrir en él profundidades insospechadas para los demás morales.

De todo lo cual se deducen dos importantes conclusiones: primera: que la naturaleza humana tiende a considerar en gran cosa e incluso a alabar aquello que dice un personaje que posee renombre, sobre todo si es oscuro y no se entiende; segunda: que tal alabanza la tiende a hacer pública con el fin de aparentar que “entiende” y, así, entrar a formar parte del elenco de “entendidos”, del elenco de los que están en la cresta de la ola de la cultura y la intelectualidad

En la moda del vestir, que aparenta ser de una volubilidad extrema, sin embargo,  el esnobismo es menor. Por mucho que un diseñador cobre importancia o que el gusto de los usuarios de la moda se fuerce mediante diversos reclamos propagandísticos, el diseñador ha de obtener el refrendo del comprador y en buena medida se debe ceñir al buen gusto para poder sacar adelante el negocio.

Más sencillo resulta forzar el gusto de los jóvenes, sobre todo a los quince años. Recuérdese la moda de los pantalones vaqueros para chicas  en torno al 2005.  La cintura del pantalón caía muy por debajo de las caderas, quedando expuestas a la visión del público no solo las temibles lorzas de grasa de la cintura desnuda, sino también el nacimiento de las cóncavas carnosidades de las nalgas y del abrupto tajo que las separa. Un auténtico cuadro abstracto. Por suerte la moda pasó.

Sin embargo, la minifalda de la británica Mary Quant perdura, no por ser bella en sí misma, sino porque permite lucir la parte quizás más bella del cuerpo de la mujer. Ahí radica su gran valor. Claro, siempre que la mujer sea joven y tenga piernas bien formadas.

Con esos condicionantes la minifalda entra en la moda que no pasa de moda, como la tortilla de patatas (de la que habla Yack en comentario a la anterior entrada), la Gioconda, las Meninas, el Tal-Majal, la Alhambra de Granada, Kant, la Sagrada Familia de Barcelona…, y tantas obras humanas que poseen fama incontestable por presentar razones de belleza, sabor, gusto, lógica o inteligencia aceptadas por el común de los mortales, por presentar razones que se adaptan a las tendencias de nuestra naturaleza.

Otras modas y famas que presentan razones poco consistentes puede que se mantengan largo tiempo porque tienen prosélitos que viven de ellas y las defienden. Escritores, filósofos,  artistas plásticos, la Homeopatía, el Psicoanálisis…, más pronto o más tarde serán arrumbadas por el tiempo al cajón de los desperdicios inservibles. Pero esto es otra historia.

 

 

FAMA, MODA Y SNOBISMO

 

La fama es la atención preferente que dispensa el público de un cierto ámbito social hacia un sujeto, objeto, tendencia, idea, diseño, modo, manera o forma de hacer, por ciertos méritos, cualidades o gracia que se le atribuyen.

La moda conlleva fama focalizada en un cierto momento, pero también marca tendencias, es decir, incita a las gentes del ámbito considerado a realizar ciertas valoraciones o a seguir ciertos usos. Por ejemplo, una moda pictórica, arquitectónica o del vestido, induce en las gentes el afán por contemplar la obra, valorarla, enjuiciarla, usarla  o comprársela.

La moda es por definición pasajera, como si no tuviese la suficiente consistencia como para perdurar más allá de un corto espacio de tiempo. Sin embargo, estando sometidos a los dictados de la estupidez humana, suele ocurrir que algunas modas no pasen de moda y que famas merecidas apenas se mantengan en pie durante un breve periodo.

Los esnobs son los seguidores acérrimos de la moda en el ámbito que les resulta pertinente.

Sabiendo que el común de las gentes suele carecer de criterio para juzgar casi cualquier cosa que se salga de lo cotidiano de sus vidas, y que delegan su opinión en los líderes que les merecen respeto, resulta obvio concluir que una cosa se pondrá de moda cuando a los líderes de opinión les resulte conveniente y provechoso que se ponga. Su trabajo consiste en sugestionar al rebaño para que valore de forma adecuada lo que ellos pretenden que se eleve a los altares de la moda del momento.

Claro que algunos productos se ponen de moda mejor que otros, por ejemplo, lo original e innovador aporta un valor extra en sí mismo pues saca de su tedio al público y le abre los ojos a nuevas perspectivas y nuevas razones. En épocas de aburrimiento lo novedoso arrasa. Pero, también,  lo original, es decir, la originalidad aportada por el creador,  aporta a los snobs la posibilidad de encontrar nuevas oportunidades que redunden en su provecho. Los snobs se suman al carro de lo novedoso, quieren aparecer montados en la cresta de la ola, pretenden desplazar a los que conducen “lo viejo”.

También lo estrafalario y extremo se toman como valores añadidos. Sobre todo en aquellas obras donde, por su temática, se carece de criterios objetivos para enjuiciarlas.  En el mercado del arte contemporáneo lo estrafalario resulta incluso un criterio. Dada la volubilidad de los creadores artísticos, que de usual basan  su afán creador en procurar salirse de la norma, lo estrafalario casi siempre es acogido como arte en estado puro. Así que, de esa forma, por haberse ido añadiendo criterios nuevos en la valoración de la obra artística, la belleza ha dejado de considerarse valor esencial para juzgar la bondad de la obra. Por ejemplo, he aquí una obra de dudosa belleza del reciente Premio Príncipe de Asturias de este año, Frank Gehry:

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La fuerza que produce la unión entre los creadores  es otro valor añadido. Resulta bastante usual que surjan y se pongan de moda movimientos pictóricos arquitectónicos o filosóficos. El apoyo que se brindan unos a otros resulta crucial para crear una vanguardia de moda. En el magnífico blog http://tertuliafilosoficatoledo.blogspot.com.es/2007/11/qu-es-el-arte.html se sugiere que el Impresionismo en la pintura surgió de un grupo de pintores mediocres. En realidad, casi es determinante la pertenencia a un grupo para que la aportación de un individuo pueda pasar a ser altamente valorada o incluso ponerse de moda.

Sin embargo, quienes aportan más valor para que la cosa se ponga de moda son los mecenas, críticos o padrinos, todos ellos relacionados por actuar como líderes de opinión para la moda en cuestión. La crítica elogiosa de un crítico con renombre, la apuesta de un gran empresario por una forma arquitectónica para sus empresas, el recibir un premio económicamente importante como el Planeta…, producen ipso facto la conversión del creador en famoso y su ascenso al atrio de la moda.

Se puede ascender a la moda, pero mantener la fama es mucho más arduo. Sobre todo en ciertos ámbitos en los que la fama se gana, se mantiene o se pierde en cada envite nuevo que se hace. Un novelista puede saltar a la fama en un instante si gana un importante premio literario, pero luego se enfrenta al criterio de los lectores, que es inapelable.

Claro que el criterio del gozo en la lectura solo es aplicable a los casos en que la obra se destine a todos los públicos. Si, por el contrario, los destinatarios son unos pocos, entran en juego otros factores distintos a los del gozo lector. La creación poética es un caso de estos. Un poeta puede alcanzar fama o puede ponerse de moda habiendo vendido solo unos pocos libros. Pero la influencia de los intelectuales que lo leen ―que constituyen su público― es quien lo eleva a los altares. Y entre los intelectuales el esnobismo es la clave. Puede ser que el poeta de marras no les guste o incluso no lo hayan leído, pero si goza fama de maldito o lo asciende algún líder reconocido, pronto todos se suben al carro de las carantoñas, las reverencias y las veneraciones. En realidad no existe nada tan tonto como un “intelectual”.

Tomemos el Ulises de James Joyce. El libro es originalidad y complejidad a partes iguales. El gozo lector es un gozo intelectual más que de los sentidos, el gozo del que busca descifrar acertijos y componer organizativamente un orden y una estructura. La mayoría de los que compran el libro lo abandonan a las pocas páginas. Al respecto, el cineasta español Gonzalo Suarez ilustraba humorística y bellamente este abandono en una de sus novelas. Creo recordar que al protagonista le dispararon, pero la bala se incrustó en el Ulises de Joyce que llevaba bajo el brazo y no pasó de la página  sesenta. Sin embargo, en torno al Ulises se ha creado una hermandad que practica la mística literaria de abundante ritualidad.

Bien, he nombrado muy alegremente y sin mucho criterio a los “intelectuales”. No. Me refiero a los pseudointelectuales que tanto abundan aunque se adornen con las plumas de la intelectualidad. Me refiero aquellos que jamás han pronunciado una idea original, que suelen dárselas de expertos repitiendo como papagayos frases sin sentido acerca de tal obra o tal artista, o invocando en todo momento figuras de autoridad en la filosofía o en la psicología a las que jamás han entendido.  Esos forman el hatajo de snobs más delirante y esperpéntico.

Así que la obra susceptible de merecer la fama o estar de moda ha sido desligada de la belleza o de otras cualidades meritorias y se le liga a la originalidad, a lo extravagante, a lo extremo, a lo sensitivo, a la complejidad o a otros criterios, como modo de ponerla en valor, de justificarla. Y en este juego de la justificación aparecen los “entendidos”, los pretendidamente iniciados en la ciencia del reconocimiento de supuestos valores que el neófito se muestra incapaz de aprehender por sí mismo. Claro que estos “entendidos” viven de eso, ¿cómo hemos de creerles?

 

SEGUIRÁ…

BIBLIOLITAS

 

 

Hoy es el día mundial de las bibliotecas y por la veneración que las profeso maldigo a los bibliolitas. Un bibliolita es un destructor de libros, es un destructor de “los remedios del alma”, tal como tintaba en una escritura jeroglífica a la entrada al templo de egipcio de Imhotep. Paso a nombrar a los principales  que conoce la Historia.

 

El caudillo del Califato de Córdoba Almanzor, a instancias de los ulemas malikíes[i], mandó quemar la biblioteca de califa Al-Hakam,  con 400.000 ejemplares.

 

El califa almohade Yusuf  ordena quemar todos los libros de Al-Andalus a excepción del Corán.

 

Santo Domingo de Guzmán hizo quemar todos los libros de los Albigenses (y a estos también).

 

El emperador romano Diocleciano quemó todos los libros de alquimia que pudo encontrar en el imperio ante el temor de que la fabricación de oro produjera una gran inflación.

 

En sus andanzas por tierras británicas, los viquingos quemaron todos los libros que encontraron a su paso.

 

Nabomasar, fundador del segundo imperio babilónico, mandó destruir todos los libros para pasar a la posteridad como primer rey de Babilonia.

 

Con propósito semejante, Shih Huang Ti quemó todos los libros de China, a excepción de los de medicina. Quería que la historia comenzase con él.

 

El obispo cristiano Cirilo hizo quemar los libros de la biblioteca de Alejandría, y con ellos a Hipatia, la directora de la biblioteca.

 

Hitler, en la noche de «los cristales rotos» levantó grandes piras de libros tomados a los judíos.

 

En 1109 los cruzados, tras de tomar Trípoli,  quemaron los más de cien mil ejemplares de su enorme biblioteca. Sus textos eran sobre todo persas, griegos y árabes.

 

Trofim Denisovich Lysenko consiguió llegar a ser en 1938 presidente de la Academia Nacional de Ciencias Agrícolas de la URSS. Hizo prohibir la enseñanza de la genética mendeliana, y ordenó la destrucción de todos los libros e investigaciones basados en ella (y a los científicos también). Quería imponer una nueva biología dialéctica y comunista contra la “reaccionaria, capitalista, idealista y metafísica biología de Occidente”.

 

LA MALDIDIÓN ETERNA CAIGA SOBRE TODOS ELLOS.

[i] Seguidores de una de las cuatro escuelas de derecho del islam sunní.

Pensamientos a deshora

La moda siempre es extrema, extravagante y novedosa, lo que no quiere decir que esté relacionada en forma alguna  con la belleza.

 

Ser escritor es sinónimo de ser ególatra. Pero un ególatra que por temor se esconde del mundo.

 

El horror hacia la pena de muerte muestra una compasión encubierta hacia uno mismo. El sujeto, de manera generalmente inconsciente, teme que en el futuro, en mágica reciprocidad de situaciones, el condenado pueda ser él mismo. Piénsese que la compasión se expresa  por un temor difuso a la posibilidad de verse uno en el porvenir, imaginativamente,  en el lugar del compadecido.

 

Las herencias morales siguen produciendo sus efectos aunque su raíz moral ya esté seca. Así, en los países anglosajones se aboga por el éxito y la competencia; en los países escandinavos, por la virtud y las cosas bien hechas; en el sur de Europa, por la seguridad, el afecto y el delegar las responsabilidades en el Estado. Son, respectivamente, las herencias del calvinismo, del luteranismo y del catolicismo.

 

Las utopías anarquistas, socialistas o comunistas, coinciden en considerar que aboliendo del mundo todo aquello que no  gusta a los utópicos la sociedad se recompondría automáticamente y la felicidad reinaría para siempre en los hombres. Al eliminar todo lo que molesta,  los hechos, los asuntos, las circunstancias, la organización social, política y económica, discurrirían a la medida de los deseos de los hombres de forma plácida y ordenada. Propongo que las utopías pasen a llamarse el reino de Jauja.

 

Dos leyes de la naturaleza: El más guapo, el más inteligente, el más capaz, el más rico… sienten desprecio hacia quienes en la posesión de sus dones o  de sus bienes están por debajo. La segunda ley señala que estos últimos sienten envidia y resentimiento hacia los primeros.

 

Ilusamente cree el filósofo que el motivo de sus pesquisas y de su ser en el mundo es la búsqueda de la verdad. El religioso cree que su existencia obedece a un designio divino que, según la más antigua teología, nos ha puesto en la Tierra para que lo sirvamos y alabemos. El científico cree que su vida está dedicada a descubrir la esencia de la relación entre las cosas, la búsqueda del orden absoluto que gobierna el mundo, la búsqueda de la lógica eterna. El político dice enervarse por las injusticias que se cometen y pregona que lucha por el bien de la humanidad. Pero lo que todos buscan, desde el más común al más excelente, consciente o inconscientemente, es la propia satisfacción en forma de gloria, fama, riqueza o poder.

 

Quien posee ideología es un individuo, pero quien meramente sigue las consignas que  una ideología supura, y se encadena a ellas, ese es un esclavo.

 

 

Altruismo versus egoísmo

El organismo humano es el eslabón de una cadena que obra con la intencionalidad –consciente o inconsciente—de prolongarse y de persistir en el tiempo. Todos nuestros sistemas y órganos laboran con esa intención, aunque no con infalibilidad en el propósito de la acción, pues están sujetos a errores y, consecuentemente, al desgaste y al fallo. Somos, de esa guisa, esencialmente egoístas, siempre miramos –en lo más íntimo del organismo—por nosotros mismos.

Sin embargo, no podemos obviar nuestra historia como especie: conseguir eficacia biológica a través de la supervivencia del grupo al que se pertenece; ser subsidiarios en nuestra eficacia biológica de la supervivencia del grupo. De dicha subsidiariedad nace el altruismo: me sacrifico por el beneficio de mi grupo o de alguno de sus miembros para obtener, derivativamente, un beneficio que compense con creces el sacrificio que realizo[1]. Lo cual, claro es si es así, no hace sino poner de manifiesto el carácter de egoísmo camuflado que tiene el altruismo.

¡No hay que alarmarse!: Los términos «sacrifico», «beneficio», «compensación», no se refieren necesariamente a conceptos ni a conciencia, aunque en ocasiones lo hagan, sino que actúan como operadores en el ámbito sentimental del organismo. Aclaremos esto: un altruista «puro» no se sacrifica por el bien de otro individuo por cálculo consciente, sino por necesidad imbuida de sentimientos. El organismo[2] «percibe»[3] –errónea o acertadamente—lo que le resulta conveniente (y todos sus órganos y sistemas obran «para» la supervivencia) y emite el correspondiente sentimiento para lograrlo.

Se puede alegar: ¿Cómo sabe el organismo aquello que le conviene?, y ¿cómo reconoce esa conveniencia en las cosas y los hechos?, es decir, ¿cómo maneja el organismo ese a priori y ese a posteriori? Recuérdese que nos movemos en busca de la seguridad y del placer, y huyendo del dolor y del peligro; y adviértase que obramos en el presente con la mirada puesta en el futuro, y con los pertrechos –conciencia, conocimientos e idiosincrasia sentimental—esbozados en el pasado mediante el aprendizaje.

A la primera pregunta: el organismo «sabe» a priori  que lo conveniente se halla en el mejor-estar y sentir que resulta factible. Ese «saber» es obra de todos sus sistemas y órganos, pergeñados por la utilidad de que hicieron gala para la supervivencia; todos ello miran y velan por el mejor-estar del organismo. Y, en relación a la segunda pregunta, ¿cómo y en qué lugar reconoce el organismo ese mejor-estar-y-sentir, esa conveniencia? Para ello, percepción de seguridad, de peligro, de placer, de dolor, confluyen y batallan, pero con proyección de futuro; no se evalúa e interpreta sin más el presente, sino las consecuencias de una acción u otra en el futuro; y se ponen para ello en acción la conciencia, con su imaginería, con su razón, con sus recuerdos…, y las emociones y los instintos, y se produce un acuerdo sentimental: «ha reconocido». Ha reconocido, ha elegido el mejor-estar-y-sentir, aunque sea la muerte (la muertecomo mal menor, entiende el organismo). Lo cual parece paradójico, pero no lo es si se tiene en cuenta el carácter operativo de los sentimientos y que en gran medida han sido aprendidos. Los mecanismos de sentimentalización los tenemos ahí porque resultaron ser beneficiosos para nuestra supervivencia; pero ese beneficio pertenece al ámbito estadístico, a lo que se fijó en el acervo genético: algunos del grupo podían morir (movidos por sentimientos) intentando auxiliar a otros miembros, pero en conjunto sobrevivieron más individuos que en caso de no haberse ayudado, y sobrevivirían con mayor probabilidad aquellos que se ayudaron, aquellos que tenían sentimientos para ello, para comportarse altruistamente. Así que, retorciendo la paradoja: el actuar altruistamente incluso con el resultado de morir por ello, no contraviene el que íntimamente seamos egoístas, es decir, que miremos y sintamos siempre por el mejor-estar-y-sentir nuestro. Uno se siente impulsado a salvar a costa de su vida a su hijo que se está ahogando, porque en caso de no hacerlo su sufrimiento en forma de dolor por culpa y remordimiento será tan grande que desearía morir y haber muerto. Los mecanismos sentimentales producen esa culpa y ese remordimiento.

Ayudar a una anciana a cruzar la calle conlleva sentirse bien consigo mismo, conseguir miradas de aprobación de los viandantes, satisfacción por cumplir las enseñanzas recibidas en la infancia, sentirse orgulloso de ser un buen ciudadano, evitar el punzamiento de la culpa en caso contrario… Un misionero o un miembro de una ONG actúan altruistamente porque sienten un deber con el prójimo, que puede obedecer al sometimiento a la idea de Dios o a otra idea, y porque obtienen bienestar en el agradecimiento de los beneficiados de su ayuda, o porque se sienten mejor consigo mismo si tratan con gente dignas de conmiseración, o porque tratando con esa gente, que suele ser humilde, evitan la alteridad que les producen «los otros», o porque disfrute de unas vacaciones socialmente bien vistas. Siempre que se mire en el interior del altruista se encuentran razones egoístas, se encuentra un beneficio propio que se oculta. Lo cual no niega que el acto altruista no basado en el altruismo recíproco sea un medio ideal de convivencia social (aunque muy mal visto hasta épocas recientes por el marxismo y por la izquierda en general, que consideraban a la caridad nefasta).

El altruismo nació con vocación de cohesionar los grupos y permitir la cooperación entre sus miembros; ya ha sido recalcado que categorizamos el «nosotros» y el «ellos», y que aplicamos la compasión y el altruismo al nosotros, y otros sentimientos como la malquerencia y la crueldad al ellos. Pero al hiperextender el «nosotros» y contraer el «ellos» mediante el aprendizaje social, el altruismo y la compasión la extendemos a casi todos los miembros de la especie humana, e incluso a los animales.


[1] Tal como señala Edward O. Wilson (Consilience, p. 377), «Existe una ventaja selectiva hereditaria en pertenecer a un grupo poderoso unido por la creencia y el propósito devotos». Esto es, los grupos que manifiestan altruismo en la cooperación, tuvieron en el pasado mayor probabilidad de supervivencia, ¡sobrevivieron!, frente a los grupos menos altruistas.

[2] Recalco el «organismo» porque aunque el cerebro rige en gran medida la funcionalidad de los sistemas orgánicos, células de cualquier parte del cuerpo responden –individualmente o en grupo—al medio expresando proteínas de funcionalidad diversa, y sin la intervención directa del sistema cerebral; también el sistema nervioso autónomo, que recibe información de las vísceras y del medio interno para actuar sobre glándulas, músculos y vasos sanguíneos, aunque su acción viene mediada en muchos casos por el sistema nervioso central, en otros su impulso no llega al cerebro sino que es la médula espinal quien recibe la señal y envía la respuesta; este sistema se encarga de los reflejos viscerales. Así pues, resultaría muy erróneo hablar de la conciencia para explicar nuestras acciones, incluso sería insuficiente hablar del cerebro en su totalidad; hablar del organismo es lo adecuado.

[3] Percepción en el sentido amplio, como información de los sentidos, evaluación e interpretación.